Música

Canciones para amar y matar (I)

Posted by Ricardo J. G. yOlivia Zinc

Decía Heinrich von Kleist por boca de Pentesilea que “besos, mordiscos, son parientes, y el que ama con pasión bien puede confundir unos con otros”. O al menos eso he visto en la hoja de hoy de mi calendario de frase célebres. No inicio ninguna revolución que resquebrajará los cimientos del pensamiento occidental según se sale, a la derecha, si acometo esta introducción afirmando que en ciertas ocasiones el infierno que media entre individuos solo puede transitarse con ayuda de esa muerte que no se distingue del amor, o el eros, si decidimos utilizar tecnicismos.  Al menos en lo simbólico. Trazando un esbozo de andar por casa de las teorías psicoanalíticas, el ser humano estándar deambula por la vida haciendo equilibrios entre una fuerza que empuja al amor, al deseo, a la felicidad, y otra que empuja al sufrimiento, el dolor y la muerte. Esta última resulta siempre vencedora, pues este mismo ser humano estándar no es inmortal. No incluyo en el estudio a Keith Richards o Jordi Hurtado. Y que el amor sea la causa de su propia derrota frente al enemigo que lo complementa es la razón por la que a lo largo de la historia estos dos poderes se han visto mezclados en multitud de obras artísticas. Amamos porque morimos, porque en la búsqueda del otro pretendemos espantar a la muerte; amamos porque tenemos miedo de enfrentarnos al terrible abismo de nuestra propia fugacidad. Quien ama con locura puede llenar su alma de alegres trinos de pájaros que saludan a las rubicundas muchachillas que recogen flores mientras hacen cabriolas en un campo dorado, o de la pena más negra y fantasías que implican una cuchilla de afeitar y unas venas. Alternativamente o a la vez. Es jodido ser humano. Quien lo probó, lo sabe. Si descendemos por un momento de este párnaso barato y colgamos el laurel rancio para situarnos al nivel de la terrenal biología, la mera existencia del sexo explica la de la muerte. Somos mortales porque para reproducirnos precisamos crear una nueva vida junto a un otro. Algunos seres (una ameba, por ejemplo, y puede que algún humano no estándar, como quizá un informático obeso incapaz de atarse los zapatos sin la ayuda de los bomberos) se limitan a dividirse en varios trozos idénticos al original en todos los sentidos. Igual de viscosos. Viven eternamente. O hasta que alguien se bebe su casa en el primer caso o le cortan la conexión a internet, en el segundo.

Creo que tras esta reflexión he abierto un fértil campo de descubrimiento para el ser humano, donde podrá hallar por fin respuesta y alivio a lo que le pica entre las piernas, o puede que haya sufrido derrames de diversa consideración en toda la superficie de mi cerebro. Apostaría por esto último como explicación además de acariciar siquiera la idea de la primera creencia.

Sucede entonces que morimos por amor. Y a veces matamos. Porque el deseo y la violencia juegan en el mismo campo a un deporte muy similar. Ciertas personas convierten este hecho en motivo de dar la brasa al prójimo componiendo obras al respecto, no tanto por compartir su experiencia en forma de deleite estético para el espectador como por hacerlo partícipe de lo profundo que es y de lo que mola. Existen millones de creaciones artísticas en todos los campos que abundan en esta lucha. Iniciamos un viaje aquí que empieza en las murder ballads y en el mismo punto termina, pues la sola idea de emprender un repaso a la historia general de la danza eros-tanatos me provoca el deseo de tumbarme en una fría losa a esperar la muerte. Deseo y muerte otra vez, al final de todo.

La murder ballad es un subgénero de la balada tradicional proveniente de la tradición escandinava, celta y anglosajona. La premisa es sencilla: se trata de la narración de un crimen, real o ficticio. Nada que no exista en el folklore de cualquier país, pero aquí nos centraremos (salvo alguna excepción introducida en pos de la diversificación, el multiculuralismo, la aldea global y el buen rollito en definitiva) en lo que fue a dar el género tras llegar a América. El blues, el country, el folk americano, hizo suya esta entrañable temática y terminó centrándose casi exclusivamente en el crimen pasional. Siempre causa más emoción el clásico relato de la maté porque era mía, o más bien la maté porque no era mía que las andanzas de un criminal común que termina ajusticiado en el último compás. Aunque también hay buenas canciones sobre esto. Queremos por otra parte disipar cualquier sospecha del lector justamente indignado acerca de nuestra intención: estas canciones hablan de asesinatos, sí, de casos clínicos de celos absurdos, arrebatos de violencia y auténticos psicópatas que pican el billete al prójimo por un quítame allá esas pajas que le estás haciendo a otro. Pero no es nuestra intención hacer una apología de los malos tratos como piensa ese de ahí que está punto de enviar una denuncia al Ministerio del Pensamiento. Condenamos firmemente la violencia de género, el terrorismo, y esa obsesión que padecen ahora los restaurantes con ponerte boletus hasta en la bandejita de la cuenta. Y, como mostraremos, existen casos en los que la asesina era ella.

Tras el pertinente aviso para escandalizables, pasamos a una selección de murder ballads. Dividimos el artículo en dos entregas para no agobiar al atento lector y para que quien se canse no tenga que mirar el siguiente. Hemos intentado ser eclécticos e incluir tanto clásicos indiscutibles como canciones que tratan el asunto por los pelos o que técnicamente ni siquiera son una murder ballad,  y han quedado fuera otras como Hey Joe de Jimi Hendrix o Down By The River de Neil Young en honor a los lectores certeros que obtienen gran placer al decir “uhmm, esto está mal”. Para que todos disfrutemos.

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Horse Head, por Woven Hand: Parece extraño que en la siniestra poética religiosa de David Eugene Edwards (el mayor genio musical del siglo XXI, quizás abundemos en esto en posteriores artículos) tenga cabida una muerte que no sea expreso deseo de Dios en su infinita sabiduría. Pero por oscura que sea la canción, si hacemos un análisis deconstructivista y extraemos de la letra los conceptos “oh mi amor”, “ira” y “caja de pino”, podemos afirmar que aquí alguien ha matado a alguien. O si no, podemos mirar cómo empieza el vídeo.  O en cualquier caso escucharla cientos de veces sin pararse a reflexionar, pues lo que consigue el reverendo David Eugenio con unos rasguidos de acústica y esa voz por la que Ian Curtis hubiera matado es absolutamente sobrenatural.

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Crow Jane, por Skip James: Un tema sublime en su misma sencillez. Skip James cuenta los inconvenientes de tenérselo un poco creído; vas por ahí con la cabeza bien alta hasta que un día llega un señor y te mete cuatro tiros, te entierra y después se dedica a componer canciones sobre lo mucho que te echa de menos. Hombres. Nick  Cave tiene una canción con este mismo título dentro del álbum Murder Ballads, pero es infinitamente más tostón.

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Where The Wild Roses Grow, por Nick Cave y Kylie Minogue: Un precioso dueto en el que Kylie interpreta a Elisa Day, una joven preciosa aunque bastante tonta, y Nick Cave al galán que la ronda durante tres días. Elisa demuestra ser una chica muy moderna o que se da muy poco a valer, porque en ese breve lapso de tiempo se deja convencer por el aspirante a seductor y se marcha con él al río pensando que van a allí a conversar sobre si es mozuela o quiere dejar de serlo. Pero el seductor resulta ser un psicópata aquejado de una extraña variante del síndrome de Stendhal que en lugar de sentir un éxtasis paralizador ante la belleza, experimenta un irrefrenable deseo de destrozarla. Como el tronado que quiso cargarse a martillazos el David de Miguel Ángel, pero en homicida. Así que cuando Elisa se da la vuelta, le abre la cabeza con una piedra y allí deja el cadáver, entre las rosas de la orilla. Podemos extraer una moraleja de todo esto esto: no bajar al río sin casco, por ejemplo.

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Frank Wild Years, por Tom Waits: Sobre una base jazz, Tom Waits nos recita un poema que desgrana la vida de Frank, un tipo gris con un trabajo gris que le permite darle un techo a su aburrida esposa y a su detestable chihuahua. Una tarde, al salir del trabajo, decide prenderle fuego a la casa y huir al norte. Termina diciendo aquello de “Nunca pudo soportar a aquel perro”.

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Pretty Polly, por Dock Boggs: Una canción tradicional con innumerables versiones, y elegimos la de Dock Boggs porque el traqueteo del banjo y su inquietante voz le dan a la historia la dimensión que merece. La forma en que la acometieron The Byrds quizá sea más agradable para los oídos poco hechos al paleto americano de pura cepa. En esta historia encontramos a otra bella joven de no muchas luces que sigue a un sujeto a lo profundo del bosque con las mejillas arreboladas porque acaba de pedirle matrimonio. Lo que hace en el bosque es, como estabais pensando, matarla. Y nos cuenta la historia mientras está allí mismo enterrándola. Nueva moraleja: no te fíes de las propuestas de un extraño que se te presenta en los Apalaches.

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I Used to Love Her, por Guns’n'roses: Que si se grabó a modo de parodia, que si en realidad hace referencia al perro de Axel Rose… Al margen de las posibles interpretaciones sobre la letra, es un tema de rock americano clásico que merece la pena escuchar

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Caleb Meyer, por Gillian Welch & David Rawlins: Caleb Meyer vive en las montañas y destila su propio whisky. Suponemos que también almuerza estofado de ardilla, pero eso no nos lo aclaran. Como esto no palía su tedio, un día decide rondar a su vecina Nellie Kane aprovechando que su marido ha bajado a la gran ciudad a ocuparse de algún asunto. Las intenciones de Caleb no son muy honestas: ante la negativa de la chica, se dispone a derramarle su exceso de amor por la fuerza. Pero ella, durante el forcejeo, rompe una botella y le raja el cuello. Después de esto, el fantasma de Caleb sigue dando el coñazo aullando por las noches, pero a ella no parece importarle mucho. Por fin tenemos una murder ballad con final feliz.

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 Pedro Navaja, por Rubén Blades: La vida te da sorpresas. Como por ejemplo, que vayas a asesinar a una puta (de las que cobran, se entiende) y a la que le clavas la navaja, ella te dispare un balazo en el pecho. Un tema salsero para horrorizar a nuestros puristas lectores.

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Die Die My Darling, por The Misfits: Asistimos aquí no al relato, sino a la ejecución del crimen en directo. Glenn Danzig, con esa voz que es un cruce malvado entre la de Elvis y Jim Morrison, le explica a la cercanamente interfecta que esto lo tendría que haber visto venir, que cierre la boquita, que su futuro está en una caja oblonga y que muere, muere, muere y no me llores. El mismo compositor ha escrito sobre el tema a su manera en otras ocasiones mediando violaciones de madres y asesinatos de nenas como en Last Caress; o buscando cráneos (solo de lindas chiquillas, sí) para adornar las paredes de su cuarto, como en Skulls. Quizá esconda algún complejo que le lleve por ese camino, además del que le llevó a esconderse primero con el flequillo la nariz y después operársela, y a mazarse hasta límites absurdos para salir a cantar sin camiseta. La estatura, quizá también.

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Riverside, por Agnes Obel: Él la mata a ella. Ella se lo estaba buscando. Él es un río.

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Little Sadie, por Tony Rice: Otra pieza tradicional de la que existen decenas de versiones y que es, en esencia,  la misma canción que Cocaine Blues o Bad Lee Brown. El protagonista decide salir armado a dar un paseo y se encuentra con Little Sadie. Y ya que se ha tomado la molestia de cargar con un revólver pues, qué coño, le vacía el cargador encima. Duerme tranquilamente toda la noche con el arma del crimen bajo la almohada, pero al día siguiente reflexiona sobre sus acciones y llega a la conclusión de que quizá se haya metido en problemas con la ley. Huye. Lo capturan pronto y lo juzgan. Aquí viene la variación: mientras que en las otras canciones la condena es a muerte, en Little Sadie la broma le cuesta 41 años de trabajos forzados. Las sentencias en los estados del Sur ya no son lo que eran.

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La funcionaria asesina, por Alaska y Dinarama: Divertidísima canción sobre una aburrida trabajadora del estado que un día decide animar sus noches asesinando personitas. Y como las pruebas es mejor hacerlas en casa y con gaseosa, se estrena quitando de en medio a su marido, al que nos presenta como “un déspota feroz”.

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The Unforgiven II, por Metallica: James Hetfield nos había hablado muchas veces de buscar y destruir o de matar sin remordimientos de la manera más cazurra, pero —quién sabe si porque sus compañeros Lars y Kirk sintieron la repentina necesidad de pintarse las uñas y vestir boas de plumas— un día le dio por mostrarnos su sensibilidad y arrojarse en brazos de la metáfora, como ya hizo con el alcohol. Con un toquecito country y ese sonido de la telecaster, se nos muestra en esta canción como un hombre preso de la duda. Me ama, pero no me ama, me amará para siempre, negras nubes traen el silencio, estás aquí para aliviarme o eres también una de esas personas tan hijas de puta que mencioné en la primera canción de la saga… al final parece bastante claro que le clava algo además del aparato, aunque lo de enterrarle una llave dentro se presta a diversas interpretaciones. Pero que el resultado de todo esto es que ella está más muerta que un steak tartar resulta evidente.

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My Good Gal, por Old Crow Medicine Show: Un tema bellísimo escrito desde la dolorosa convicción de que asesinar a la chica era la única salida posible. Ella se dedicaba a destrozarle la vida de todas las maneras imaginables hasta que él hizo, según dice la canción, “lo único razonable”: la condujo a las afueras y la abandonó allí, con la precaución de haberle disparado cinco o seis veces. A destacar lo mucho que la echa de menos, a pesar de que ella hacía que el amor verdadero se pareciera a la miseria.

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Furnace Room Lullaby, por Neko Case: La buena de Neko es demasiado artista para limitarse a narrarnos una historia, así que nos transmite unos sentimientos de liberación, culpa y redención mediante no muy complejas metáforas: no podía respirar con el peso de tu trono en mi pecho, el carbón ardiente se ha llevado tus restos, todas las noches oigo el latido de tu corazón sonando desde el sótano… el corazón delator, vaya. Uno de los casos en los que la asesina es ella.

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Bang, Bang, por Nancy Sinatra: Su inclusión en la banda sonora de Kill Bill le devolvió la fama a este tema en el que no llega a haber una muerte real (o sí), pero que desde luego pone los pelos de punta. Soberbia la versión de Nancy Sinatra; la original, de Sonny and Cher, palidece en comparación.

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Whiskey On My Whiskey, por The Felice Brothers: Lamentamos la mala calidad de audio, pero después de tanto drama la alegría que desprende esta interpretación en directo, con el más gordo de los hermanos Felice pegando voces, era necesaria. Aunque la historia gire en torno a lo que ocurre cuando mezclamos whisky, un ataque de cuernos y un revólver del 44, se puede cantar con una sonrisa que tú te has metido tres copas y a tu novia tres tiros, por qué no. Aquí se encuentra la versión de estudio, en tono más trágico, pero en cualquier caso recomendamos comprar directamente el disco.

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Y así, presos del amor entendido de manera un poco regular que termina a tiros, tomamos un descanso en el viaje y os emplazamos a la segunda y última parte del artículo, si es que no terminamos antes de patitas en la calle. Para amenizar la espera, he aquí la lista completa en Spotify: Canciones para amar y matar (I)

Ilustración: Diego Cuevas

 

16 comentarios

  • Echo de menos “La mataré”, de Loquillo.

    • Todavía está en el horno la segunda parte y ya nos están leyendo la cartilla. Son ustedes formidables.

      • No, hombre, no, se trata de facilitaros futuras entregas.

      • El primer comentario a la noticia, el primer bollo del horno, y ya le están leyendo la cartilla al lector por dar una opinión. Son ustedes formidables.

        Por lo demás, buen artículo. Keep it up!

  • En la segunda parte deberían entrar las versiones de Dylan y Cash de Delia y Delia’s Gone. Dos canciones tan iguales y a la vez tan distintas, una de arrepentimiento y la otra de orgullo.

  • Excelente artículo. Grandes descubrimientos, sobre todo Dock Boogs. Mi sugerencia particular es “El sacahuntos de Allariz” de Lucas XV, temazo absoluto.

    • No tengo el placer de conocer el temita, pero toda referencia en español es bienvenida. Merci beacoup.

  • Suscribo lo que dice Giacomo, y añadiria varias de Nacho Vegas, por ejemplo “por culpa de la humedad” no puede faltar.

    • Lo último de Nacho Vegas (así como lo de Bunbury, aunque me pesa decirlo) se merecen una escucha sólo por la progresiva ‘countryzación’ de sus estilos. Y al hilo de esto, no me extraña que salgan por las murder ballads.

      También Christina Rosenvinge tiene alguna canción digna de ser incluida en esta lista, pero si lo hago el señor J. me borra de su Facebook.

  • Muy buen artículo…

    Ya que habéis mencionado a Nick Cave, en realidad podría incluirse casi todo el “Murder Ballads”. O como mínimo, por eso de la igualdad de géneros y tal, “Henry Lee”… En la que, como ya adelantabais, la que mata es ella.

    (Qué maja era PJ Harvey antes de volverse folky, como nota lateral… Qué letal aburrimiento durante su concierto del pasado Primavera Sound).

    • Estimado Lapidario, del ‘Murder Ballads’, como su nombre indica, podría incluirse entero en esta humilde selección de canciones sobre decesos. Pero nos ha disuadido el elevado riesgo de mortandad por tedio. El disco debería haberse titulado ‘Murderer Ballads’, más bien.

  • Quizá el Strippped de los Depeche Mode, la letra es bastante ambigua

    • La de Depeche puede quedar bien al ladito de Doubt, de The Cure, que (alerta spoiler) está incluida en la próxima entrega. Seguiremos informando…

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