Jot Down Cultural Magazine – Dexter

Dexter

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Los elogios algo desmesurados dedicados últimamente a la serie The Wire han hecho nacer en mí un afán de reivindicación de mis series predilectas. Una de ellas es Dexter, que comencé a ver por su actor protagonista, Michael C. Hall, del que no me quería despedir tras Six feet under. Incapaz de perder el contacto definitivo con el universo tanatorial y metafísico de la serie y enamorado de la vis cómica del actor, tan capaz de encarnar la culpa, el tormento y las oscuridades del deseo como de la ironía y el humor, todo ello en un golpe de ceja, me lancé a ‘visionar’ Dexter.

Michael C. Hall forma parte de la estirpe de actores de un solo gesto, los mejores, y su sola presencia justifica el amor por la serie.

Si no recuerdo mal, llevo vistas cuatro temporadas y ni siquiera dispongo de los DVD’s a mano, de modo que mi homenaje será forzosamente impreciso.

Nacen mis líneas, también, de la reacción a lo escrito por Jorge Carrión. En un ensayo excelente que tampoco tengo a mano, este autor destaca la dualidad como rasgo fundamental de la serie. Quiero, humildemente, añadir —hacia el final— algo más, un rasgo moral, edificante, casi político del personaje. Político en el sentido edificante en que lo usaba Aristóteles, no en el sentido actual de boca pastosa, tics y promesas rotas.

La dualidad: culpa/inocencia, muerte/vida, noche/día la recoge mejor que nada, en mi opinión, la música elegida para amenizar esos momentos de transición en que Dexter, tras una noche loca de machetes, embarca y sale a la mar. Suena el Conocí la paz de Benny Moré, que nace en una espiral onírica de viento hasta alcanzar la cadenciosa y sedante tranquilidad del bolero. Dexter vive de noche y de día, es perseguido y perseguidor, asesino y policía. Pero eso ya está dicho.

El romanticismo de Dexter y la seducción del psicópata

Las series televisivas recientes son, ante todo, un diálogo y un homenaje a un género determinado. Los Soprano eran la postmodernidad de lo mafioso y Dexter lleva todo lo lejos que puede el género del psicópata. En algún momento todos nos hemos reído con la serie al comprobar que estábamos deseando que Dexter asesinase no ya a culpables, sino a cualquier inocente inoportuno que pudiese estorbarle (¡oh, cuánto detestamos a los inocentes!). Estoy recordando ahora a ese policía negro con bigote y músculos o a ese otro irlandés, insoportable, con un vago aire a Newman (Nota: en la serie hay policías afroamericanos, latinos e irlandeses. El peor es el irlandés, el resto tienen una ética bastante plasta. Concesión a la corrección política de esta serie mestiza de Miami). Dexter es la aceptación y familiarización definitiva con la figura del psicópata. Estados Unidos, su arte, ha estilizado una figura tan deprimente como la que ofrece España en el Arropiero. Hannibal Lecter ya era un psicópata extraordinario al que apetecía tener como amigo; invitarle a casa a escuchar música de cámara, ofrecerle té, pastas y, quizá, algo de lengua a la plancha. El psicópata americano, que suele ser leído y fino, es apasionante por solitario, monstruoso y antisocial. Parece la última estación del estomagante artista romántico. El sujeto primordial, insobornable, con unos apetitos y razones particularísimas, porque nadie hay más singular y con un yo más yo que el psicópata. De hecho, lo último que te dice la novia cuando te expulsa al definitivo y moderno mundo de la individualidad es eso: psicópata.

El artista moderno es un yo despendolado, libre, que se guía por la pureza de sus instintos. Incluso disculpamos a nuestros artistas favoritos y les concedemos un estatuto moral distinto. El psicópata es puro instinto y se lleva con la sociedad peor que un heavy adolescente. Es el último estadio del yo romántico.

Recuerdo haber leído a Hunter S. Thompson relacionar el término ‘psicopatía’ con el nada convencional modo de vida de los ángeles del infierno. La expresión psicopatía también se aplicaba a los hipsters en algunos estudios clínicos. Lo contracultural, que es un romanticismo para pobres de espíritu, se ha asociado en el momento de su eclosión con la psicopatía.

La particularidad absoluta, inalienable, del psicópata, su subjetividad, su excentricidad, son las estaciones terminales del romanticismo. Es más, el despellejamiento del psicópata es el estadio final del arte romántico. Ese chalequito epidérmico del loco demente que invoca a Satán desde su razón incomprensible debería ser, si hubiera congruencia y amnistía penal, ‘carne’ de exposición en ARCO. Nada hay más narcisista que el romántico despellejador de espaldas ajenas, enemigo del orbe, de la sociedad y de lo humano, de Dios y sus criaturas. La serie remata el proceso de comprensión y fascinación del asesino en serie, su progresiva racionalización (sus razones, su mundo, su intelectualismo aberrante) culmina en la familiaridad con el flujo de conciencia de Dexter, que es nuestro Bloom. Eso es: Dexter convierte al monstruo psicopático en un Leopold Bloom al que, bueno, más que los riñones al jerez le gustan otras cosas.

Dexter es la comprensión del monstruo y el estudio de su soledad. Es el monólogo de un monstruo. El monstruo nos encanta y, veremos, se convierte en nuestro portavoz porque el monstruo se esfuerza en socializar, digamos (y perdonen) que se destaretologiza y ese proceso es un prodigio, que diría Garci.

Tan nuestro es Dexter que el inicio de cada capítulo describe una rutina cotidiana potencialmente criminal. Exprimir un cítrico, atarse los cordones, pasarse el hilo dental son actos que con la suficiente crispación están muy cerca del gesto criminal. Cada mañana, al desayunar y ante el espejo, recuerdo, como una advertencia, las posibilidades homicidas de mis manos.

Dexter, serie menor

Dexter es una serie menor. Salvo el personaje principal, no evoluciona ni el tato. El ejemplo más claro es Masuka, el otro forense, el salido de las camisas hawaianas. La obcecada comicidad de Masuka prueba su carácter de personaje plano, propio de las sitcom de toda la vida. Las sitcom tienen algo de empecinamiento. Son los mismos personajes, los mismos modos, chocando una y otra vez, como elementos, en mil formas diferentes, réplicas del mismo patrón, como una ola contra una roca, explotando las formas espumosas de la comicidad hasta su completa erosión. Masuka no crece, ni evoluciona, ni muestra más aristas. La hermana es estupenda y terca y tonta y se lía con tipos inadecuados y es siempre así. No es, por tanto, una serie big bang, una serie expansiva, homérica, como Los Soprano o The Wire. En Dexter sólo crece Dexter y sólo nos interesa Dexter.

La tragedia y lo policiaco en Dexter

Dexter es una falsa serie policial. No hay inversión de culpa ni catarsis porque el protagonista es culpable todo el tiempo. Pese a los amenabarismos no hay revelación, vuelta de calcetín dramático. Dexter no tiene esa cosa trágica de lo policiaco, sino un tratamiendo de la tragedia distinto, más sutil.

De alguna forma que no pienso desarrollar porque no soy un autor remunerado, la (perdón) destaretologización de Dexter es un proceso de lucha contra el destino. El fatum (adoro esa palabra, yo sustituiría el ‘magnum’ por el ‘fatum’) empieza a reconducirlo y ahí surge la autoconciencia humana, derivación de la tragedia: el manejo sosegado que el hombre hace de su destino. O lo que es lo mismo: el monstruo haciéndose hombre, abandonando la soledad por una forma moderada de compañía.

Dexter se mueve en lo policiaco, a lo que también homenajea. En el mundo de las oficinas de la policía de Miami, con sus intrigas de asuntos internos, sus códigos, sus ímpetus de policías vocacionales, tan pesaditos ellos y sus protocolos de actuación, tan desesperantemente ineficientes, aunque en realidad la verdadera actuación policiaca, de caza, la desarrolla Dexter. Lo que hacen Laguerta y sus muchachos entra más en el thriller, quizá en la mera acción. Su intervención decisiva suele llegar al final, como mero rescate, y la tensión detectivesca la tienen con el propio Dexter, al que van descubriendo, acorralando casi por azar a lo largo de la serie. La policia de Miami es el Scotland Yard de Dexter.

La estructura normal es la siguiente: aparición de un cadáver-desconcierto policial-éxito detectivesco de Dexter, ejerciendo de detective aficionado. Lo meramente policiaco, la duda en asignar un culpable a un cadáver sucede en las fases de investigación dexteriana. Dexter, como “policía”, sería una derivación modernísima de Holmes. Sigue un método científico, forense, como destaca Carrión, en la estela de los CNI, que son todos, ya digo, seguidores del cientifismo holmesiano. En Dexter, sin embargo, esto queda reducido a coger sangre y meterla en la base de datos. Hay poca pasión deductiva. Los métodos de Dexter son funcionariales y sumarios. Quiere un culpable y lo quiere ya, porque está ansioso (¿no nos suena familiar?). El método científico frente al instinto del sabueso es también una de las tensiones de la serie, otro de los lugares comunes de la ficción policiaca americana: los detestables Asuntos Internos y luego esa pericia olfativa del policía vocacional, siempre al borde del alcoholismo, al que acaba ganando un empollón de laboratorio. Otro cliché del género es la oposición detective privado (Dexter a sus horas) versus la policía reglamentada con su placa reluciente.

La justicia de Dexter

En el momento justo en que Dexter ha encontrado al culpable se invierte la relación y el asesino pasa a ser víctima. Se inicia el ritual: Dexter observa, captura y ejecuta. La ritualización del proceso le confiere un placer erótico y una forma procedimental que se asemeja a las prácticas de justicia y sacrificio. El asesino suele acabar en una escena criminal plastificada, frente al retrato de las víctimas, con un Dexter un poco de los nervios que se pone una peluca de magistrado y ejerce justicia. Dexter mata dos pájaros de un tiro: sacia su sed, consigue su placer (ah, qué importante…) y aplica una forma sumaria e irregular pero ritualizada, procedimentalizada, de justicia. La escena, que es cruenta, aparecerá limpia. Hay un esfuerzo por esterilizarla y hacer aséptica la ejecución. No se dejan huellas, no aparece sangre. Es la higienización social de la pena, de la ejecución. Por otra parte, a la víctima/asesino se le pone delante de sus víctimas como forzándole al arrepentimiento. El ritual incluye la pena (Dexter es inclemente y solo una vez deja a la víctima marchar), pero también la oportunidad de arrepentimiento, de pedir perdón antes del más allá.

El ritual asesino de Dexter trascendentaliza la muerte. En Six feet Under la muerte era doméstica, accidental, banal, cotidiana y tonta como un anuncio. Dexter asocia la muerte a un ritual; eso le confiere cierta fascinación y quizá explique nuestro interés por los psicópatas. Cuando se descubre el patrón de actuación y de selección de víctimas del psicópata se produce un gran alivio, pero no sólo por adentrarse en el misterio y la identidad del criminal, también porque permite descubrir su función en un patrón, en un diseño demente. Le confiere sentido y función en una trama y, además, una cosa muy psico: la estiliza, y la adorna estéticamente. Esto quizá no se entienda, pero si uno mata una cucaracha la mata y punto. Si la acorrala, la atonta con insecticida y, moribunda, la ofrenda a Ra ataviado con túnicas doradas, entonces está trascendentalizando la muerte de la cucaracha. Por otra parte, todo asesino en serie esteticista es un dador de sentido disparatado a la muerte que provoca. Para él, al menos, lo tiene. Descubrir eso nos da repelús pero de modos distintos.

La limpieza posterior de la escena elimina las huellas, la autoría y, de alguna forma, la culpa. Dexter recoge la escena criminal como uno cuando organizaba una fiestecita en casa de los padres y no quiere dejar ni una gota de sangre. Se juega la vida en ello, claro. La sangre juega un papel importante en la serie.

La sangre en Dexter

Matarife es aquel que puede ver sangre, dice Jünger, y Dexter está más que dotado. Dexter es experto en plasma. Lo analiza en el laboratorio, describe crímenes por la forma de la salpicadura (como una novia ante el retrete del novio). Incluso en algún momento se alude a cierta forma artística que remedaría esas salpicaduras, como un puntillismo sanguinario —presente en la mercadotecnia de la serie—. Dexter conserva también la gota de sangre fetichista, como una filmina con imágenes de cada uno de sus viajes. Se queda la gota de sangre y es como si se quedase el alma del finado.

El asesinato de su madre, ese bautismo de sangre, fue lo que le convirtió en monstruo. El derramamiento de sangre le transmitió el dolor, la rabia y diríamos que la culpa. La serie parte de una concepción positiva del ser humano, de una bondad inicial, traumatizada, pero traumatizada por lo humano subyacente. La sangre es transmisión de culpa durante toda la serie. Culpa y verdad. Identidad de cada cual y testimonio de responsabilidad. Elemento espiritual, fluido de vida y rastro de muerte. El aspecto místico, trascendental de la sangre, está presente en todos los capítulos. Hay hasta un esteticismo de lo sangriento. Pensemos en ello: la verdad está en la sangre, también la continuidad de lo humano y de su pecado. Es como si la sangre fuera la sustancia portadora del pecado original y éste una ETS inevitable.

Dexter. Retrato de un asesino encantador

Antes de incidir en el aspecto fundamental de Dexter, debería retratarlo. Dexter es detective forense. Tranquilo, intelectual, racional, frio. Tiene, sin embargo, sagacidad e instinto quizá por el entrenamiento de Harry y una capacidad física, una fuerza, notables. A veces, la infalibilidad y prepotencia de Dexter lo hacen un poco superhéroe.

Dexter es poco sexual. Sólo determinadas formas de morbo criminoso (esa deliciosa mujer morena, mala como ella sola, que le entendía mejor que Rita) le ponen. Tan es así que Rita, a su lado, aparece como mustia, poco deseable. La mirada de Dexter no la inflama de deseo.

Nacho Polo dijo que Miami era la ciudad del sexo, pero Dexter va por allí y no mira a las mulatas ni a los negratas.

Es ordenado, metódico, de un modo robótico. Su vida diurna es fingimiento y compostura. Su vida nocturna, entrenamiento casi militar por parte de Harry.

Su pasión criminal se ordena en un código moral que, a su vez, es una forma de pasar inadvertido. El código Harry: no matar al inocente. El código comporta, también, la soledad.

Todo lo diurno, toda su vida familiar es un camuflaje. Dexter está vivo cuando caza y a la mañana siguiente, con la adrenalina todavía corriendo por sus venas, cuando sosegado sale al sol de Miami a los sones de Benny Moré, que nos suena simpático porque habla de una paz cursi de bolero en el alma saciada del psicópata.

La importancia de Dexter, uno de los nuestros

Llegados aquí surge lo interesante. Lo que encuentro conmovedor y fascinante de Dexter no es todo el embrollo detectivesco ni las cacerías a cuchillo. Lo que encuentro superior de esa serie es la voz en off del protagonista y su manera de encarar el día a día. Dexter frente a su vida diurna. Tengo el suficiente valor para confesar que me he sentido Dexter muchas veces, que me he sentido descrito en su desapasionada forma de vida. Creo que no soy el único. Dexter se integra en el mundo social por mandato paterno, como supervivencia, luego como costumbre y, al final, como una forma racionalizada, sentida, de realización. Eso culmina un desarrollo del personaje, de tarambana solitario y romántico, sujeto a la deriva, a individuo integrado en la familia y la sociedad.

Dexter aprende. De una manera autoconsciente, irónica y, desde luego, desapasionada, se relaciona en el trabajo con sus compañeros y en la familia con mujer, niños y hermana. Lo hace desde una situación inicial de vacío emocional y ausencia de significación. Sólo tiene el código Harry como un modo de supervivencia. La serie es ese aprendizaje de la relación. Aprender a amar, aprender la relación fraternal, aprender a echar de menos a los hijos de Rita.

Dexter somos todos. El extañamiento, el desencanto, la despegada filiación y la soledad del hombre contemporáneo perdido en el naufragio racionalista y en la satisfacción de sus instintos, son, con diferencias de grado, las del psicópata. Supremo romántico, la inadaptación de su yo y su cuestionamiento de todos los valores lo convierten en el portavoz más indicado para reflejar la débil soledad, el aislamiento atribulado del sujeto actual. Toda institucionalización es penosa, precaria, estratégica y forzosa, pero lo es de un modo lúcido y voluntario: “Puesto que no parece haber más en la vida, tendré que hacerlo. Esto es ser humano” y al hacerlo, al consentir fundar algo parecido a una familia con Rita, la aburrida Rita, o admitir el amor de su hermana va aprendiendo y reconquistando el sentido de esas instituciones sociales, que se le abren hasta el punto del amor. ‘Siente’ y, al sentir, el monstruo deja de serlo.

La forma en la que Dexter, movido por ese leve extrañamiento de ceja del gran Michael C. Hall, se integra en lo social no es devota, ni convencida, ni fanática, ni ortodoxa, ni absoluta, sino paradójica, ironista, utilitaria, fría. Una ‘institucionalización fría’, en definitiva, en instituciones que se repiensan tras su absoluto derrumbamiento. Por eso habrá quien encuentre a Dexter conservador o reaccionario. Yo lo encuentro un personaje de ficción inolvidable. Mío, nuestro, como pocos ha habido en la historia de la televisión.

14 comentarios

  1. Una serie magnífica! Yo la llevo al día con respecto a su emisión en EE.UU. y no decepciona nunca. Si no quieres perder el contacto con los actores de “Six Feet Under” recomiendo encarecidamente ver “American Horror Story” donde Frances Conroy hace un papel secundario que promete mucho (por supuesto, también sale en “How I Met Your Mother” haciendo de madre de Barney Stinson, pero para lo poco que sale no recomiendo ver la serie solo por ella, aunque es entretenida, eso sí) y también tuvimos a Peter Krause en una serie que pasó sin pena ni gloria, “Dirty Sexy Money”, y que yo ni me molesté en ver, las promos me echaron para atrás.

    • “Dirty sexy money” fue un desastre. Solamente destacaría el trabajo y la belleza de Natalie Zea, ahora en “Justified, la ley de Raylan”.

  2. Magnífico artículo compañero. Dexter es mi serie predilecta .Gran análisis en profundidad del personaje, estoy totalmente de acuerdo contigo, la voz en Off es lo que hace que realmente te enganches a la serie.

    El único detalle que añadiría sería la insistente aparición de Harry en la serie.

    Yo también me he sentido identificado por momentos con Dexter.

  3. Gran artículo… Y muy interesante lo del psicópata como evolución del héroe romántico.

    A todo esto, soy fan fatal de Dexter desde el capítulo uno, pero esta última temporada con su trasfondo religioso me está dando algo de grimilla… No sé aún si por manías personales o porque realmente los guionistas no saben cómo hacer evolucionar al personaje.

  4. Esta serie merece la pena sólo por ver los títulos de crédito. Una obra de arte.

  5. Dexter es El Equipo A al otro lado del espejo. Banalidad y leucocitos.

  6. fantástico artículo,quien no se ha sentido Dexter alguna vez, solo te ha faltada mencionar que la serie posee una banda sonora a la altura de su personaje, melodias perfectas encajadas a la perfección en los momentos claves.

  7. Si, pero menos Michael C. Hall, el casting es uno de los más plasticosos que ha habido en mucho tiempo. Cuesta entrar en la serie por eso, aunque bien es cierto que algunos pocos evolucionan empáticamente. Por lo demás d’accord.

  8. Pingback: Ha vuelto Dexter

  9. No entiendo por que hay que entrar a comparar Dexter con The Wire. Dexter es magnífica y The Wire una obra maestra.

  10. Menudo rollo para comentar una serie de TV. El día que tenga que hablar de la “Fenomenología del espíritu” bloquea usted internet.

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