Jot Down Cultural Magazine – Restaurante Solana

Restaurante Solana

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Restaurante Solana

La Aparecida, 11, Marrón.

Ampuero (Cantabria)

Tel.: 942676718

Con la excusa barata de celebrar nuestro primer gritón de visitantes, el Director de Internet de Jot Down —un cargo tan impresionante como vacío—, decidió marcarse un detallazo con alguno de sus esbirros y citó a una pequeña parte de la Delegación Norte del Magazine en el Restaurante Solana, que al parecer ha recibido recientemente su primera estrella en esa guía tan mediática como inexplicable para mí: supongo que no soy el primero que piensa que una guía de restaurantes redactada por una marca de neumáticos es tan válida como una guía de neumáticos redactada por una cadena de restaurantes, pero las estrellas son las que son y a ti te encontré en la calle.

Total, que me presenté en el lugar del encuentro nervioso porque mi anterior contacto directo con algo que tuviera que ver con Michelin fue hace varias décadas cuando jugaba en columpios poco ergonómicos y mortales. El restaurante se encuentra en uno de esos parajes que los de ciudad, que solo han visto vacas en fotografía, denominan “marco incomparable” o “muy rural”. Pero sí, está bien, el sitio es bonito.

Señoras y señores, con ustedes: vacas.

En el aparcamiento, junto al Santuario de la Bien Aparecida, nos encontramos Octavio Domosti, José María Velaz, Arturo Peñalba y el arriba firmante dispuestos a todo y sin desayunar, como mandan los cánones cuando comes fuera y paga otro. El Director de Internet (en adelante, D.) apareció al poco, justo a tiempo para evitar que llegáramos a las manos por una inocente conversación sobre la calidad de nuestros respectivos artículos que fue subiendo de tono inopinadamente. En Jot Down somos tan sinceros respecto al talento de los compañeros como poco rencorosos, por lo que al entrar en el bar ya habíamos pasado página y nos abalanzamos sobre la barra exigiendo vino, mucho vino, posadero. Apenas habíamos comenzado a trasegar los caldos, se destapó que se trataba de una invitación-trampa ya que D. dejó caer que o uno de nosotros se encargaba de redactar una reseña gastronómica o “a la puta calle”.

Me tocó la pajita más corta.

Una vez consumada mi derrota comencé a fijarme en los detalles para llenar estas líneas con un poco de costumbrismo. Se trataba de un bar de los de toda la vida, con la quiniela de la peña local y las severas reglas de pago clavadas con una chincheta directamente en la pared. Porque poner corcheras es superfluo. Un bar de los que presumo arrojan serrín cuando llueve, con personalidad en definitiva, pero que se encuentra separado del restaurante homónimo por una pared, como si tuvieran vergüenza el uno del otro. Me suena que una de esas reglas que los franceses de las ruedas te imponen para otorgarte estrellitas es que tengas el restaurante separado del bar; al menos, es lo que he oído alguna vez. Como se darán cuenta, ésta y otras muchas otras cosas relacionadas con restaurantes con pedigrí me son completamente desconocidas y/o incomprensibles; sin ir más lejos, otro ejemplo: una vez acomodados en nuestra mesa comenzamos a examinar la carta, que estaba encabezada por un menú degustación que consistía en dos aperitivos y 7 medios platos que debía ser servido a toda la mesa, sin excepción. Me pongo en situación, en otro ambiente: cinco amigos tomando todos un café solo descafeinado de cafetera con sacarina  porque está escrito en piedra que TODOS HAN DE TOMAR LO MISMO. Me parece una medida de lo más fascista, o comunista, pero mal en todo caso. Volví de estos (y otros pensamientos más impuros) envalentonado, a punto de dar un puñetazo en la mesa y llamar a mis compañeros a la anarquía, cuando me di cuenta de que llegaba tarde a la gresca que se había montado con Octavio a la cabeza. “Por mis huevos morenos que yo pido lo que me apetece”, alcancé a oírle proclamar. D., que tenía aspecto de estar a punto de morir tras una larga enfermedad, se refugió en la carta de vinos.

No sé cómo estaría antes de conseguir la estrella, pero aquel día la sala estaba abarrotada.

Otro aspecto relevante de los restaurantes con mantel de tela es la carta de vinos. Houellebecq ha publicado libros muy reconocidos por la crítica especializada con menos páginas que la carta que estudiaba atentamente D. Veinticinco minutos de reloj se pasó mirándola el cabrón, para ser precisos. Y aún así, me juego el cuello a que no la leyó entera y eligió uno al azar, con tan mala suerte que al poco volvió el camarero diciendo que ese, precisamente ese vino, se les había terminado. D. se derrumbó sobre la mesa, derrotado. Finalmente, la celebración se regó con un par de botellas de un crianza de Fernández de Piérola, recomendación de la casa, que estaba francamente bueno.

Mientras D. se hacía el interesante examinando la carta de vinos, los demás habíamos llegado a un acuerdo amistoso y nadie en la mesa iba a probar el menú degustación. Fuimos cantando los platos: de entrantes pedimos para compartir una Ensalada de jamón ibérico y foie con pan de pasas y nueces tamaño familiar con un foie espectacular, unas Almejas finas de Carasa a la sartén en cuya salsa agotamos nuestras existencias de pan para vergüenza de D., y dos raciones de Sartén de Boletus de temporada, huevo y trufa que bien podrían haber sido cuatro o cinco de lo buenas que estaban.

Como plato principal D. se decidió por un Rape asado tradicionalmente a la bilbaína con puré de boniato, que según su opinión estaba “bueno”. Rodaballo autóctono a la parrilla con refrito añejo y salteado fue la elección de Velaz. También le gustó, y solo la piel era más gruesa que el cuerpo de los peces de ración procedentes de piscifactoría que venden con el mismo nombre. Huevos de corral con jabugo, patatas fritas y pimientos de temporada para Peñalba, siempre tan práctico y tan sabio, que se puso las botas. Domosti dio buena cuenta de un espectacular Chuletón de res, con una generosa guarnición de patatas y pimientos asados. Con anécdota incluida al pedir:

Octavio: Yo, chuletón.

Camarera: Disculpe, señor. En la carta se especifica que la chuleta, como mínimo, es de 1 kg.

Octavio (mirando por encima de las gafas): Sí, sé leer. ¿Por?

Camarera (anotando): Chuletón para el señor.

Para mí, un Solomillo frisón a la parrilla con puré de manzana y ciruelas pasas al punto, con el sabor y textura que toda carne que te lleves a la boca debería tener.

Al postre solo llegamos tres, y tomamos Pera al regaliz sin regaliz, Lingote de chocolate y mango con helado “happydent” clorofila, y El postre de Cantabria: quesada con té y orujo. Todos con una presentación muy cuidada y deliciosos, por descontado.

Y tras el postre, golmajería por cortesía de la casa: sorbete de leche natural y dulce de leche con café. El aperitivo-entretenimiento inicial lo conocía (por cierto, consistió en croquetas, compota de pera y bombón de chocolate blanco con foie), pero que te regalen un picoteo dulce para rematar la comida me sorprendió gratamente.

La cuenta ascendió a casi 310 euros (poco más de 60 euros por persona), por lo que la relación calidad/precio (en caso de tener que haber pagado) me pareció muy razonable. Por poner una pega, el servicio un pelín lento, pero también es cierto que el comedor estaba a rebosar. Así pues, mi nota final: cojonudo.

7 comentarios

  1. Tomo nota. Aunque mira tú qué horas…

  2. Un poco borde el Octavio, ¿no?

    La camarera de ese sitio está hasta los ovarios de hacer la maniobra de Heimlich a cada batracio de ciudad comehamburguesas que se atreve con la vaca que ella misma ha alimentado, matado y descuartizado (no siempre por ese orden)

    He dicho.

  3. Lástima de tan correcto como vulgar caldo para acompañar tamaño menú selecto. No es que F. de Piérola sea un vulgar Don Simón pero la minuta requería otro maridaje. O el que paga (D.) es un rata o no tiene pajolera idea de bebercio.

  4. Sí, lo mejor hubiera sido pedir no menos de cuatro vinos y que os lo mezclaran todo en un cubo.
    Bender, ese gourmet.

  5. “Pera al regaliz sin regaliz” Ahí está la estrella Michelín.

  6. Tirso, su madre será una santa, pero es usted un canalla.

  7. Lástima que se quedara fuera de la crónica el momento en el que José María Velaz pidió café con leche y “galletitas” refiriéndose a los “petit fours”.

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