Manuales de fuga (II)

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(Viene de la primera parte)

Ramón Carnicer. Gracia y desgracias de Castilla la Vieja (1976)

Todos los libros de viaje tienen un poso melancólico, más o menos acentuado según quién sea el autor. Es inevitable cuando todo fluye y todo queda. Uno llega a un sitio, lo describe y se marcha a otro en el que hará lo mismo. Mientras, resta en cada ciudad, pueblo, villa y aldea la lucha de cada día, como si el mundo fuera una maqueta imposible de sí mismo.

A estos cuatro libros los une, además del camino y la melancolía, el humor. También en éste de Ramón Carnicer, un hombre serio, hierático, de escritura seca y precisa. Carnicer hizo su viaje por Castilla la Vieja entre febrero y noviembre de 1973, en cuatro épocas distintas: invierno, primavera, verano y otoño. Su intención tenía algo de desmitificadora y de restitutoria. “La razón principal del viaje fue la sospecha de que eran infundados muchos de los tópicos sobre aquella región; unos, geográficos (Castilla como tierra llana); otros, espirituales (creados en particular por la Generación del 98); otros, políticos (imposición por parte de Castilla de ciertos moldes al conjunto peninsular); etcéra”.

El libro está nutridísimo de detalles históricos y artísticos, consultados después del viaje y añadidos a las notas que Carnicer tomaba en su camino. Del contraste de la erudición monográfica y del detalle intrahistórico surge la reflexión sobre Castilla, pero sobre todo el golpe de humor que hace de este libro una delicia. Viene a ser como la técnica de las coplas de pie quebrado, que mantienen un metro y un ritmo durante unos versos para romperlo en el último. Así Carnicer, que hace un resumen metódico de datos de carácter sociológico e industrial para acabar denigrando el plato podrido que le sirven en la fonda, o el carácter de tal o cual indígena. Hay un regusto solanesco en todo el libro que resulta fascinante.  

Carnicer es de los escasos escritores viajeros que se ha atrevido a cruzar los páramos orientales de Castilla. Son aquellos que el distinguido Richard Ford despreció por creer que no guardaban interés alguno y que, como una tierra fantasma o inexistente que recuerda a la ciudad de Castroforte del Baralla, permiten el asombroso salto descriptivo de Zaragoza a Burgos en la mayoría de libros de viaje. Trescientos kilómetros recorridos como quien pasa de una habitación a otra con solo abrir una puerta. Curiosamente, Carnicer arriba a la villa de Ágreda, el pueblo que pensaba visitar Cela según cuenta en su prólogo a Judíos, moros y cristianos, aunque después desistió sin que constaran los motivos. Acierta al describirla como un lugar apátrida, si es que este adjetivo cupiera darlo a otra cosa que no sea una persona sin patria. Enclavada en Castilla es frontera de cuatro Comunidades Autónomas. La rudeza verbal de sus gentes queda reflejada en un cartel que no se sabe si tomar en serio o como chiste, colocado en un solar destinado a sala de baile: “Toda persona masculina o femenina que haya tendrá que vay lar con todo á quel que baya á sacala. Si así no lo aze será desalojada de este salón”. Y, como Cela, termina frente a los toros de Guisando, parece que el lugar idóneo para que el poeta y el caminante echen el nudo final a sus reflexiones sobre España.

Había más semejanzas entre la España de 1911 y la de 1956, la de Ciro Bayo y la de Camilo José Cela, que entre la de 1956 y 1976, año en que se publica este libro. El Plan Nacional de Estabilización Económica le cambió la cara al país, tan parecido hasta entonces al que habían pisado Quevedo, Velázquez o Cervantes, y eso se nota en las diferencias que hay entre los dos primeros y éste. Si en aquéllos hay pequeñas concesiones a la exageración, al disfraz literario y aun a la ficción, de Gracia y desgracias de Castilla la Vieja puede asegurarse que todo lo que hay en él es pura verdad. Tanta, que se sacude el áurea mitificadora del viaje. Caminante, no hay camino, se hace camino al subirse a un autobús.  

¿Qué queda hoy de esa España de 1973? Por lo pronto, los nombres de los bares. Me ha dado por curiosear algunos de los que aparecen en estas páginas y aún continúan en pie, en las plazas y calles de los pueblos, testigos incólumes de la vida y de la muerte, de lo inmóvil y de lo variable, sirviendo vino a Parménides un día y otro a Heráclito, ¿un Rioja o el de la casa?, que es una buena forma de preguntar si se quiere el malo o el peor.

No es éste el único libro de viajes de Carnicer. Tiene otros dedicado a Extremadura y a Nueva York, magnífico especialmente este último. Y uno, delicioso, sobre la sierra de la Cabrera, en la provincia de León. Carnicer es uno de los grandes escritores españoles del siglo XX y posiblemente el más desconocido de todos. Andrés Trapiello escribió su necrológica en el diario El País:

No es sólo que fuese el escritor, de cuantos ha conocido uno, que mejor hablaba en castellano y el castellano, sino uno de los que mejor lo ha escrito en nuestro tiempo en obras de una ejemplar modestia cervantina: basta leer sus memorias, Friso Menor, o alguno de sus libros de viajes por la Cabrera, por Castilla-La Vieja o por Extremadura, que le valieron en su día merecida fama de hombre libre, ecuánime e independiente, o sea, de difícil. Hay en todas y cada una de esas páginas siempre un homenaje a la lengua de donde nacen, y una voluntad expresa de claridad y decencia que, unidas a la nobleza de su porte romano, le hacían creer a uno que, habiendo sido profesor, era también la encarnación del algún viejo y noble patricio de la Institución Libre de Enseñanza

(Continúa aquí)

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