El periodismo ha muerto. ¡Viva el periodismo!

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Lo resumió Chesterton con uno de sus habituales fogonazos de magnesio: el periodismo consiste esencialmente en decir “Lord Jones ha muerto” a gente que no sabía que Lord Jones estaba vivo. Pero precisamente en este venir en conocimiento de lo ignorado pero juzgado relevante por profesionales cualificados se ha fundado un pilar de la democracia durante el siglo y pico que ha durado el auge de los medios de masas convencionales. Y es que hemos pasado de los medios de masas a la masa de los medios merced a una doble crisis: tecnológica —la explosión de Internet— y económica. El periodista y semiólogo Ignacio Ramonet, director durante 18 años de Le Monde Diplomatique y reconocido teórico de la izquierda antisistema, acierta en un opúsculo titulado La explosión del periodismo a diagnosticar las causas de la crisis, si bien a nuestro juicio —como un economista cualquiera— arriesga poco en los pronósticos y equivoca los tratamientos.

Literalmente, dice el autor, el periodismo tradicional se está desintegrando. Las fuentes de contenidos se multiplican implacablemente en la era de los blogs, las webs agregadoras de noticias y las redes sociales, cuya rapidez y economía de producción consagran el triunfo del amateurismo, mientras los viejos Kanes se mesan las barbas consternados y los periodistas profesionales suplican un poco de respeto a la jerarquía… antes de resignarse a aceptar el finiquito. El caso de Le Journal de Montréal es para echarse a temblar: ante una redacción en huelga para protestar por el endurecimiento de las condiciones laborales, la directiva decidió sacar un diario sin periodistas recurriendo masivamente a cables de agencia, blogueros y freelancers de bajo caché. El triste resultado, para humillación de los redactores, fue que pese al notorio descenso de la calidad de la información —y sobre todo de su escritura—, Le Journal aumentó su difusión y la participación de sus accionistas. Sencillamente porque a la mayoría de los humanos les importa la calidad de la información que reciben tanto como la vida de Lord Jones. Pero no vamos ahora a arrancarnos las filacterias por que el prejuicio triunfe sobre la ponderación y el arrullo de la ideología sobre la autocrítica.

Este el efecto pernicioso de la bendita invención de la Red en su concepción básicamente gratuita hoy vigente. Internet se lleva sólo el 17% de la tarta publicitaria —porque los anunciantes no confían en el impacto de las promociones lanzadas a través de tan volátil e indiscriminado soporte—, y sólo el 19% de los internautas se declara dispuesto a pagar por una información de calidad. Mientras tanto, las ventas de los diarios impresos siguen cayendo, los periodistas siendo despedidos, la precariedad instalándose como norma, el público eligiendo lo fácil. Todo lo cual redunda en una crisis deontológica de carácter sistémico: no hay dinero para pagar el tiempo y a la gente capaz de contrastar la información o de escribirla con esmero, con lo que la verosimilitud sustituye a la veracidad y la prosa escolar al estatuto ilustrado, a la vez que la falacia apresurada pero efectista triunfa en medios tan linajudos como The New York Times, abrigo de reporteros estrella que se inventaban tal cual las noticias. La solución a lo Sarkozy de financiar con fondos públicos a la prensa condena inevitablemente su independencia. Y la salud democrática, asociada a la transparencia, empeora sin grandes aspavientos, más bien en virtud de un compadreo sutil pero ya tupido entre periodistas, empresarios y políticos. La prensa ya no es el contrapoder de los otros tres, dice Ramonet, sino un poder más, con sus intereses privados de supervivencia al margen de su vocación de servicio. Se trata de halagar el gusto de la masa, y si la masa no conoce a Lord Jones, pues no se habla de él aunque presida el Gobierno.

Hasta aquí, diagnóstico certero. Lo que ocurre es que nada de esto es demasiado nuevo en el ámbito siempre amenazado del periodismo libre. Internet lo es como causa, pero su cosecha de precariedad y venalidad es vieja como el primer periódico. Yo no me preocuparía demasiado por esta explosión cibernética, que al final se saldará con el darwinismo habitual, dejando vivos a los mejores gracias a lectores-clientes de élite, como sucedía antes de la gran masificación. Uno tampoco pondría los ojos como bolitas de alcanfor ante esa necedad del “periodismo ciudadano”, porque en el fondo la mayoría de blogs y webs particulares, cuando no vertientes de narcisismo pueril, son pozos de plagio desatado que no subsistirían sin vampirizar el trabajo diario de las grandes manchetas tradicionales, llamadas a seguir cumpliendo su función jerarquizante (“el hombre moderno es un ignorante saturado de información”, se afirma en el libro). Como advierte Arcadi Espada, el buen lector no compra el periódico sólo para reafirmar sus ideas, sino también para saber qué lugar ocupan esas ideas en el mundo. En una ocasión publiqué un pequeño ensayo sobre estos asuntos que mereció un honroso comentario del propio Espada en su blog.

Ramonet, sin embargo, presenta en su forma más virulenta los síntomas de quien ha pasado demasiado tiempo en Francia echando de menos el mayo del 68. Esa indignación zurda y naïf —tan francesa— puesta de moda por el tal Hessel, comulgada con unción digna de ruedas de molino más tragaderas. En el libro del veterano periodista español se les endosa a las grandes multinacionales la culpa de todo por defecto y se exculpa al pueblo siempre, en justa correspondencia muy socialdemócrata. El estilo adolece de factura colegial, con metáforas tan epidérmicas como el consabido “el avión no acabó con el barco” y eso. Por no hablar del papanatismo arrodillado ante WikiLeaks, o de la tópica observancia antiimperialista —siempre antes de Obama, claro—, o de la carísima concesión que supone escribir el sintagma “organización vasca ETA” sin añadir “terrorista” por lado alguno. Se enfada si los medios cuestionan la legitimidad democrática de Hugo Chávez o Morales, pero toma a los italianos por ovejas mediatizadas cuando votan a Berlusconi. Esto siempre me admira de la izquierda: que nació para derrocar el despotismo ilustrado y sin embargo crece y se desarrolla siempre para emularlo.

A quienes se sientan tentados de alarmarse bienintencionadamente por las tesis milenaristas de Ramonet, pero sobre todo, a los periodistas jóvenes que hoy tratan de abrirse hueco en medio de las salvas ensordecedoras del cambio de paradigma, los ajustes en precario, la invitación al desistimiento y al reciclaje profesional como traficante de órganos de bebés, copio a continuación un fragmento de un formidable artículo de Wenceslao Fernández Flórez, el mejor cronista parlamentario en español de todos los tiempos, extraído de su antología Impresiones de un hombre de buena fe. Es largo, pero verán ustedes que merece la pena. Principalmente por la fecha de su publicación: agosto de 1917. Y díganme cuántos epitafios del periodismo llevamos escritos desde entonces:

Decimos: «La censura arrebata nuestra libertad anormalmente.» No es cierto. La censura, por el contrario, regulariza una situación normal. Los periódicos y los periodistas madrileños vivimos sometidos a una eterna censura. ¿Quién puede gloriarse de decir la verdad, toda la verdad, con libertad completa…?

Desde el rincón provinciano solemos muchas veces dar suelta a nuestra indignación contra la hipocresía y aun contra el silencio de complicidad que observamos en la prensa cortesana. ¡Os, si nosotros tuviéramos una tan amplia tribuna desde la que hablar al país…! El negocio inconfesable de don fulano, la traición ruin de don zutano, la máscara engañadora de don perengano…, todo había de ser referido noblemente, a gritos, para que a los cuatro puntos cardinales llegase nuestra voz y el pueblo infeliz conociera los bajos secretos de la política, y todos los corazones se abriesen en un impulso redentor.

Y un día llegamos a Madrid y nos abre sus puertas uno de esos periódicos. Inmediatamente se va tejiendo en nuestro alrededor la red en que hemos de quedar retenidos. Una vez, don fulano nos fue presentado en un salón del Congreso y… ¡nos sonrió con una dulzura…! Otra vez hubimos de recurrir a don zutano para que aquel ascenso, tanto tiempo esperado, llegase al fin. Otra vez detuvo nuestra pluma en un comentario acre el saber que don perengano es accionista o inspirador o amigo del periódico… Poco a poco, nuestras manos se van inmovilizando. Rehuimos el tema, divagamos luego a propósito de él… Y un día nos sorprendemos a nosotros mismos pergeñando un artículo en el que cantamos una loa «a los grandes prestigios del ilustre estadista…» Y este ilustre estadista es aquel mismo bribón desorejado a quien nos habíamos propuesto pulverizar.

Entonces comprendemos que nuestras nobles ansias de redención han quedado reducidas a un egoísmo temeroso. Somos ya como aquellos de quienes abominábamos desde la lejana provincia. Ellos también habrían llegado antes que nosotros, con los mismos anhelos de generosa pujanza; pero el ambiente de este país mezquino y paupérrimo, donde el comer es una práctica suntuosa, aunque lo que se coma sea ese revoltijo insustancial que se llama cocido, los ha domeñado y los ha obligado a claudicar. Todos corrimos la suerte de los caballeros de los cuentos de magia que corren a libertar a la princesa y que van quedando en las orillas del camino convertidos en piedra. La Princesa Verdad nos espera en la agobiante prisión. Pero el encantador ha desparramado unos garbanzos cocidos en la senda de los libertadores que acuden, pluma en ristre. Y los libertadores los mascan con sus muelas averiadas y el hechizo los envuelve también.

Vivimos en constante régimen de censura, ejercida por los propietarios, por los directores de los periódicos, por nuestras ambiciones, por nuestras flaquezas, por nuestra miseria, hasta por las debilidades de nuestro corazón demasiado blando. ¡La censura oficial…! ¡Bah…! Mejor. Ella nos evita el trabajo de tener que buscar disculpas para encubrir acaso la inopia de gentes a las que tenemos la necesidad de defender”.

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11 comentarios

  1. Pedro Torrijos

    Lo malo es que en estos medios digitales escriben no-periodistas, que vienen a España a quitarnos el trabajo!
    *da un puñetazo en la barra del bar

  2. Savigny

    Gran artículo, sí señor.
    Un placer leer un análisis tan certero.
    Un saludo.

  3. Pingback: - Su Perfecto Caballero Británico

  4. LECTURA OBLIGADA

    DesEquilibros No pienso volver a enlazar un medio español

    Lo que, hasta donde yo sé, nadie ha contemplado, es la mejora de la calidad del producto que ofrecen…

    En los tiempos en los que la TV pública se ha distanciado del poder (no así las TVs autonómicas) y las radios se han posicionado y estancado claramente en el espectro político, la prensa ha heredado de ellas sus peores prácticas:

    • el divismo de sus protagonistas, el oportunismo ideológico, el sensacionalismo informativo y los titulares rimbombantes y vacíos;

    • súmenle a esto la pobreza informativa e investigadora que puebla sus páginas: refritos de redes sociales, “investigaciones” sobre famosetes, páginas y páginas sobre irrelevancias deportivas, verborrea descalificadora de cuanto y cuantos no les aplauden o ingentes recursos destinados a “analizar” el escándalo social de turno…

    • Item más: la oferta cultural se circunscribe casi exclusivamente a los productos que pertenecen al mismo grupo económico y de comunicación al que pertenece el medio en cuestión; la divulgación científica y técnica se centra cada vez más en novedades sobre gadgets de telefonía y aledaños o en titulares que referencian sucesos más o menos extraordinarios; …

    Por todo ello, este que les habla ha decidido dejar de hacerles el juego: no pienso volver a enlazar en redes sociales, agregadores de noticias o en el blog a estos medios

  5. Me ha gustado mucho el texto de Wenceslao, aunque no le veo relación clara con las críticas que le haces a Ramonet, supongo que me dirás que tendría que haber acusado de la situación actual a personas más cercanas…pero entonces te diré que no me parece tan grave no mojarse del todo por su parte, suficiente hace comparado con muchos…y al fin y al cabo ¿quién lo hace? ¿Qué esperabas? Tú mismo te respondes con el texto del propio Wenceslao. Parece que le exiges lo que sabes que nadie da…un poco extraño. Pero interesante. Gracias

  6. No soy blogger y apenas sigo dos o tres blogs, curiosamente de periodistas, pero me cuesta entender esas críticas al “narcisismo pueril” de los blogs en un texto con un toque narcisista tan evidente como el que sigue a la cita de Arcadi Espada, personaje, por otro lado, encantadísimo de haberse conocido. Será que me cansan los tipos encantados consigo mismos (a lo Azúa o Espada) y prefiero a los que cuentan cosas como Enric González, hayan estudiado Periodismo (como yo) o no.

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  8. “En una ocasión publiqué un pequeño ensayo sobre estos asuntos que mereció un honroso comentario del propio Espada en su blog.” APLAUSOS.
    La forzada referencia a “el tal Hessel”, denota la comunidad de vuestras palabras. Sin gastar más las mías, sigo tu ejemplo: (cita al canto)

    “…Algunos tienen el don de hablar con facilidad, mas sus discursos son por lo regular fútiles, y vacíos de sentido. Su facundia les ofrece muchas palabras, y su imaginación muchas ideas placenteras con que quieren encubrir su falta; pero este afeite no puede engañar á la razón , y solo fascina los ojos de la ignorancia.”
    Alfredo Adolfo Camus

  9. Pingback: La explosión del periodismo: Entre la distopía y la esperanza digital « produccionumh081112

  10. El periodismo no se está desintegrando. Son los grupos mediáticos los que están en una crisis que dejará en el mapa a media docena de ellos. En cuanto al artículo, pues flojillo, curioso el relato de F.Florez, pero me parece que el autor no ha hecho en su vida una información, no sabe muy bien quien es el “tal Hessel” rojillo y se rinde a los pies de Espada. O sea, que se ha retratado la mar de bien.

  11. ¿Alguien me puede explicar quien coño es el tal espada y por qué sale mencionado en uno de cada cuatro articulos en esta web?

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