Pablo Mediavilla Costa: El peruano móvil

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Escribe Julio Ramón Ribeyro en 1950:

“Hoy me siento incapaz de todo. Una pereza moral irresistible. Solo ansío viajar. Cambiar de panorama. Irme donde nadie me conozca. Aquí ya soy definitivamente como han querido que sea. Conforme me aleje irán cayendo mis vestiduras, mis etiquetas y quedaré limpio, desnudo, para empezar a ser distinto, como yo quisiera ser. Pero ¿adónde ir? Si llevo dentro de mí el germen de todo mi destino, ¿para qué hacer rodar por todos los paisajes, como un circo ambulante, el espectáculo de mi vida equivocada?”.

El peruano tiene 21 años y vive en Lima. En su precoz reflexión sobre la pulsión por vivir otras vidas, un mal puramente literario, exhibe una lucidez exacta al entender que no hay huida posible, pero con esa sonrojante emoción en el estilo que trastabilla los primeros pasos de un escritor. Las fiebres pasarán rápido y Ribeyro contará la realidad con esa desconfianza tan valiosa para el buen hacer diarístico. Sus diarios de 1950 a 1978, titulados La tentación del fracaso son, hasta la página 68 en la que me encuentro, de los mejores que he leído.

La materia prima de un diario es, a mi entender, la inteligencia, desplegada de manera insolente y demoledora en un extenuante proceso de destilación de las cosas y sus colisiones. Ribeyro viaja a Madrid y París. Pasa hambre después de invertir las asignaciones de sucesivas becas en borracheras interminables que le dejan destruido en la cama. Come dos kilos de fruta para recuperarse de la resaca. Lee mucho. Fuma mucho (morirá de cáncer pulmonar en 1994). En sus entradas relata las peripecias diarias, reflexiona sobre el sentido de su escritura y retransmite la soledad que le aqueja, “deteniéndome delante de todos los muebles, dejándome caer en todos los sillones, prendiendo un cigarrillo en todos los umbrales“. Ribeyro, pinta de cowboy atacameño, camisa posada sobre su torso de fumador, es el joven que está a punto de deslumbrar con sus cuentos, lo que le hará descabalgar del boom latinoamericano, eminentemente novelesco.

Di con él en la biografía de Josep Pla escrita por Arcadi Espada. Ribeyro es citado: “Sería necesario leer cada mañana antes de empezar el día un par de páginas del diario de Paul Léataud a fin de afrontar la vida sin ninguna pretensión, ni énfasis, ni ilusión“. Me fui directo, en mitad de la noche, a la iberlibrería en busca del peruano y su libro de título tan sagaz, La tentación del fracaso, “una paráfrasis de la vida” a decir de Espada. A los tres días fui a recogerlo a la oficina de correos y luego me quedé leyendo de pie contra un muro donde daba el sol. Dentro del envoltorio de cartón, un ejemplar blanco de Seix Barral, robusto y brillante, con más de 600 páginas y una foto sepia en la portada, en la que Ribeyro parece un fuera de la ley que redactase su última voluntad en una máquina de escribir en algún motel de Arizona. Consumido por la tinta, el humo y la urgencia.

 

3 comentarios

  • Hace ahora 4 años, mi compañero de piso me pasó un archivador lleno de folios fotocopiados. Me dijo que eran todos los relatos de un escritor de su tierra que a él le gustaba mucho. Yo no lo conocía para nada y cogí la carpeta con cierto temor porque soy muy prejuicioso a la hora de leer mamotrencos, exijo un mínimo de garantías. En tres días había leído las casi mil hojas. Los relatos me encantaron, me pusieron muy triste y, cómo no, me dieron unas ganas terribles de largarme a Lima. Desde entonces no había vuelto a saber nada de este autor, de hecho olvidé su nombre. Hasta ahora. Mola mucho la faceta esta de jotdown de rescatar rarezas y caras B. Felicidades por el artículo.

    • Muchas gracias, para mí también ha sido un descubrimiento impresionante, aunque en lugar de ganas de irme a Lima, me dieron ganas de ponerme a escribir un diario. Un abrazo.

  • Recojo su recomendación. Gracias.

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