Tsevan Rabtan: Violencia estructural

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En España, hasta hace muy poco, cuando la madre de un recién nacido, o los abuelos maternos, lo mataban, se imponía una pena mucho menor que a cualquier otro asesino. Esta “ventaja” ya no existe en nuestra legislación, pero permanece así en la de muchos países. Por citar algunos, México, Ecuador, Perú, Bolivia, Brasil, Chile, Colombia, Cuba, Costa Rica, El Salvador, Guatemala o Venezuela, entre otros. Hay algunos países, por ejemplo Dinamarca o Suiza, que lo recogen como asesinato atenuado, pero no por la cuestión del honor, sino considerando la situación de crisis tras el parto.

Las causas del infanticidio, en la actualidad o en el pasado, han sido discutidas por muchos antropólogos y biólogos. Y no se han puesto de acuerdo. Esto no importa demasiado a los efectos del asunto que quiero tratar en este artículo. Que sea una forma de control de población, como sostenía Marvin Harris, o una estrategia dirigida al éxito reproductivo de otros hijos, presentes o futuros, es una cuestión muy interesante, pero podemos dejarla para otra ocasión. Lo que importa es que siempre ha existido y que sigue existiendo y que es un comportamiento mucho más extendido de lo que pensamos. Veamos algunos datos.

Nos cuentan los antropólogos que han estudiado a los ayoreo, los yanomamo y los aché, que es frecuente que las madres maten —por ejemplo, enterrándolos— a sus hijos recién nacidos por causas como que la madre no tenga marido, que el hijo sea deforme, que hayan nacido gemelos o que el hijo nazca relativamente cerca de uno anterior. Los esquimales abandonan en la nieve a un 20% de las niñas nacidas y esto al parecer se relaciona con el hecho de que sean los varones adultos los que sufren un número mayor de accidentes, ya que son ellos los que cazan. El sesgo sexual en el infanticidio no es un caso aislado: en China (los europeos que llegaron en el siglo XIX se encontraron con cuatro veces más niños que niñas en algunas regiones, sobre todo con escasez de tierras, como en el bajo Yangtsé), en Birmania, India, Bangladesh, Jordania, Pakistán o Tailandia, tiene mucha más probabilidad de morir una niña recién nacida que un niño.

Las madres (y a veces los padres) suelen matar de forma que reciben un consuelo psicológico: dan menos alimento al niño, le exponen más al frío, le aplastan cuando duermen con ellos, a veces incluso dando el pecho. En Europa, en siglos pasados, las nodrizas con fama de “carniceras” tenían éxito comercial y los tornos en los que se dejaba a los recién nacidos eran una forma encubierta de infanticidio: hay datos de la primera mitad del siglo XIX, en Francia, de los que resulta que, entre el 85% y el 90% de los niños abandonados en esas instituciones fallecía en el primer año de vida. En la Alemania del siglo pasado, los hijos de viudas morían en un porcentaje muy superior tras la muerte del padre, mientras que los del viudo no se apartaban de la media … hasta que el viudo se casaba y los hijos competían con la prole futura de la nueva esposa. Esto coincide además con los datos actuales del primer mundo. En Canadá, un 12% de los nacimientos lo son de mujeres no casadas. Sin embargo, acumulan el 61 % de los infanticidios. Más aún, las mujeres matan a sus hijos con frecuencia 1,5 veces mayor que los hombres y demuestran menos remordimiento: sólo se suicida una de cada cincuenta madres infanticidas, mientras los hace el 43,6% de los padres infanticidas. En Estados Unidos, las madres solteras son, según una encuesta del sociólogo Richard Gelles, un 71% más violentas que las casadas y los padres solteros un 420% más violentos que los casados. También está acreditado que los padrastros son mucho más violentos con los hijos de su esposa (es 50 veces más probable que el violento sea el padrastro —y no el padre— en Inglaterra, 70 veces más probable en Canadá y 100 veces en Estados Unidos).

El infanticidio era más habitual en épocas pasadas por una razón añadida: los métodos abortivos como pócimas, apretar fuertemente con vendas, golpear la barriga de la embarazada o introducir objetos para provocar el aborto, eran muy peligrosos. Simplemente es más sencillo y menos arriesgado para la madre matar al recién nacido o procurar que no tenga oportunidades de crecer. Además, la muerte del recién nacido deja la madre disponible para nuevos embarazos y por tanto para oportunidades maritales (hay estudios al respecto incluso en sociedades industriales del primer mundo). Por esa razón, para evitar la amenorrea derivada de la lactancia, es tan habitual en muchas especies, y singularmente en los primates, que el nuevo macho dominante mate las anteriores crías de las hembras.

En fin, la antropóloga Susan Scrimshaw reunió esos datos y concluyó que el infanticidio era general en Asia, que en África lo practicaban el 58% de las sociedades, en América del Norte el 65% y en América del Sur el 69%. En un estudio realizado en 60 sociedades abiertamente infanticidas, la causa se repartía entre la existencia de un exceso de prole (un 50%), malformaciones o mala salud (un 19%), el adulterio (un 18%), el incesto (un 3%), el sexo del nacido (un 3,5%) y el resto por otras causas.

Esos mecanismos de consuelo, además, se relacionan con prácticas conocidas que tiene una gran importancia en relación con el asunto del aborto que trataré después. En muchas sociedades hay rituales de bienvenida al recién nacido que se extienden hasta plazos muy largos. Se solía decir que la razón fundamental de estos plazos era asegurarse de que el nacido es viable. Sucede, sin embargo, que dentro de esa viabilidad se incluye la voluntad de la madre o del padre de que subsista. Como dice Harris, “igual que los partidarios del aborto definen al feto como ‘no persona’ las sociedades que alientan o admiten el infanticidio hacen lo mismo con el neonato”. Así, en el Japón premoderno, los parientes y amigos no felicitaban a los padres hasta que éstos manifestasen si iba a ser criado o no. Los famosos ¡kung consideran que el hecho de que se le dé nombre al nacido es la prueba de que la madre querrá criarlo y que no es una amenaza para sus hermanos. Los amahuaca de Perú simplemente no consideran “ser humano” al nacido hasta los tres años.

El infanticidio empezó a ser especialmente mal visto precisamente cuando los métodos anticonceptivos y el aborto se hicieron más seguros. Su uso generalizado a lo largo de la historia humana demuestra que esa idea de que las mujeres están programadas para tener una pulsión reproductora y para cuidar de todos sus hijos es, al menos, matizable. La realidad es que, en las sociedades avanzadas, estos sistemas de control de la natalidad (sí, el aborto es uno de ellos) permitieron rebajar el número de hijos y éstos se hicieron más valiosos porque en cada uno de ellos la inversión económica era cada vez mayor. Esto provocó el desarrollo de una cultura de protección de la infancia y muchas personas han interiorizado que siempre fue así.

Los seres humanos solemos confundir los productos de la evolución cultural con principios inmutables. Uno de ellos es el valor de la vida humana. Muchas personas creen que la vida humana tiene un valor absoluto y en ello basan su defensa de la abolición de la pena de muerte y el castigo del homicidio. No aceptan que el razonamiento sea simplemente práctico. Están infectadas por el mal de la “tolerancia cero”. Ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas o impedirlas nos cueste lo que nos cueste. Esa manera perniciosa de pensar es la que explica que el pánico ante el mal de las vacas locas llevase a la Unión Europea a una orgía de prohibiciones y de destrucción de ganado (incluso de incineración) sobre la base de unos riesgos mínimos —las medidas básicas se habían adoptado ya en Inglaterra— y ello pese a que ese proceso resultase tremendamente costoso y detrajese recursos que se habrían podido usar para evitar otras muertes. La manera razonable de pensar, sin embargo, es otra. En toda medida hay que evaluar sus costes y resultados predecibles y minimizar los resultados dañinos hasta el punto en que seguir con esa minimización no provoque un gasto de recursos que puedan utilizarse para otros fines similares. Los seres humanos sí han sabido que la vida de un anciano o de un niño no era absoluta. Hacían cálculos y tomaban decisiones que eran admitidas por el grupo. Las leyes, incluso las penales, se basan en esos cálculos. Y si se han vestido de “absolutos” lo ha sido por el miedo a relativizar la vida humana, por ejemplo, y que eso dé lugar a un régimen como el nazi. Yo soy partidario de lo contrario. La mejor manera de evitar la vestidura de los valores absolutos (también existía esa vestidura en el nazismo, que llegó a perjudicar su esfuerzo de guerra por llevar al fin su locura racista y genocida) es precisamente insistir constantemente en que las sociedades y el derecho son un resultado cultural, que las normas suelen basarse en razones y que el avance se debe fundamentar en una ponderación serena de pros y contras.

Ayer, el ministro Ruiz Gallardón, ante una pregunta idiota dio una respuesta idiota. La pregunta era idiota porque definir el aborto como “derecho reproductivo” es un ejemplo de ese lenguaje enmascarador del que hablo en este artículo. Abortar es matar a un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo y no tiene nada que ver con la reproducción, sino justo con lo contrario. Hace muchos años, cuando era adolescente, escuché a una mujer, en un debate televisivo, una frase que me impactó. Decía “cómo va a ser lo mismo matar a un niño que poner fin a unas cuántas células”. Me parecía una forma de expresarse cruel. Con el tiempo comprendí que la realidad es mucho más complicada, que el ser humano lo es desde que tiene un genoma único, pero que no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de siete, o un recién nacido que una persona de veinte años, y comprendí que el derecho debía llegar a soluciones razonables que evitasen que las mujeres abortasen jugándose la vida en cuchitriles infectos o que matasen subrepticiamente a sus hijos recién nacidos; y que controlar cuándo decides tener un hijo o no es importante, porque se relaciona con la vida de una persona que ya es adulta (la madre), de forma directa, y porque de esa decisión puede depender la vida de aquel que viene al mundo. Aprendí a descender a la realidad, a una realidad como la que encabeza este artículo, y a pensar en soluciones.

Por otra parte, hay muchas personas angustiadas por la proliferación de lo que consideran un crimen horrendo. Si hay una trivialización del aborto, esta se produce sobre todo en relación con los sentimientos de estas personas a las que se acusa, a menudo injustamente, de retrógradas.

Yo no puedo admitir que se me impongan dogmas sobre lo que es natural o no, y de ahí deducir nuestras instituciones jurídicas. No transijo sobre esto, pero también es un dato el que muchas personas consideren éste un grave crimen y un problema que se oculta bajo las estadísticas. Por esa razón, hace mucho llegué a la conclusión de que —mientras se inventa un anticonceptivo ideal— sólo en un sistema equilibrado y que privilegiase la seguridad jurídica podría producirse un acuerdo básico. Ya sé que los que defienden que el aborto es un crimen horrendo, lo seguirán pensando aunque se prohíba a partir de una determinada semana de embarazo, pero tendrán que admitir que es “mejor” que se prohíba de forma eficaz a partir de esa fecha a que se permita en cualquier caso. La seguridad jurídica se obtiene fijando un plazo antes del cual se permitirá el aborto sin restricciones, y fijando consecuencias penales para los abortos a posteriori. Con un plazo razonable (salvo excepciones como el riesgo para la vida de la madre que es un caso típico de conflicto de derechos), ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado y la consecuencia sólo puede ser que, traspasado ese límite, el aborto sea delito. Y que lo sea de verdad es el pago que debe hacerse a los que se oponen al aborto en cualquier caso para encontrar ese lugar de acuerdo. Naturalmente, soy consciente de que esta posición no se admitirá por mucha gente, pero la creo razonable y, cómo es la mía, la expongo, antes de seguir adelante.

Decía que el ministro había dicho algo idiota. Me explicaré. El uso del término “violencia estructural” contra las mujeres que abortan —y que, se supone, sin esa “violencia” no abortarían— es una manera retorcida de introducir el debate sobre si el aborto debe o no ser legal, y en qué condiciones. La coacción ya es delito. Para evitarse la pregunta de qué hace un ministro que consiente que se cometan delitos en masa contra las mujeres que abortan, el señor Ruiz Gallardón habla de una violencia difusa que tiene que ver con las condiciones laborales, con las opiniones de los progenitores A, con el futuro profesional o laboral. Es asombroso. Ellas son ellas y sus circunstancias nos dice el ministro y abortan por sus circunstancias “violentas”. Sin embargo, actuamos aplicando la ficción de que los seres humanos son libres y capaces de tomar decisiones conociendo  que los hay más tontos o más listos, más agraciados o más feos, más ricos o pobres. Ya sabemos que la suerte influye y que tiene que ver con cosas como el lugar de nacimiento, el sexo, la clase social de tus padres, y tus características físicas. Es una ficción importantísima porque no hay alternativa. No podemos legislar para completar las decisiones de las personas, como un Gran Hermano que le indicará a él o ella cuál es la decisión correcta. La cuestión que hay que discutir es si el aborto debe o no ser legal. Si lo es, las mujeres mayores de edad y capaces deben poder decidir sin intromisiones. Y si el señor ministro quiere fomentar la natalidad que lo haga favoreciendo los nacimientos en abstracto, no intentando penetrar en la mente de una mujer que decide abortar. La libertad es eso: dejar de discutir las razones de la gente para hacer esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus decisiones. Dejar de perseguir a los gordos, a los obsesos sexuales, a los machistas, a los zurdos, a los que fuman o se drogan, a los aficionados al fútbol, a los que escuchan a Amaral, a los que piensan cosas diferentes a las “correctas”, sin perjuicio de que asuman las consecuencias de su conducta. Las que sean. El afán regulatorio es la manera de uniformarnos, mediante el procedimiento de demostrarnos que el Estado es más capaz que nadie de decidir qué nos conviene.

Nos han vendido una motocicleta brillante en la que todo se debe hacer por buenos motivos, que nos deben gustar los animalitos y no ser crueles, que debemos ser comprensivos y sentir empatía por la madre naturaleza. Por eso, cuando hacemos cosas que no concuerdan con ese mundo irreal, disfrazamos nuestro discurso y hacemos piruetas para justificar esas “pequeñas” disonancias. Ésa es una forma de calmar nuestra mala conciencia y, de paso, de ceder nuestro raciocinio y nuestra capacidad de decidir en aquéllos que construyen sistemas en los que todas las causas y todos los efectos encajan maravillosamente. Yo prefiero la realidad. Es más jodida, pero no te engaña.

 

32 comentarios

  • Brillante.

  • Joder, estoy de acuerdo con lo que dices. Voy a dejar de fumar porros.

    En otro orden de cosas, Garzón se ha hecho unos cursos de telegenia y comunicación, y anda que no se le nota. Si supiera inglés teníamos ahí a un presidente al que podríamos dejar ir por ahí fuera tranquilamente en vez del monigote oligofrénico que tenemos ahora mismo, o el teletubbie que teníamos antes.

  • Jajjajajajajaaj… en mi comentario anterior, donde pone “Garzón”, que diga “Gallardón”.

  • Aun no estando de acuerdo con la parte que nos ha traido hasta este artículo (para mí abortar está igual de mal que matar a un señor de 45 años) la conclusion me parece brillante. Por favor papá estado, deja de meterte en mis asuntos que son míos! Y preocúpate de lo que realmente importa

  • Es la eterna dicotomía entre naturaleza y cultura. Somos mamíferos y muchos mamíferos sacrifican a sus crías en tiempos de escasez. Pero nuestra cultura y nuestra conciencia nos dicen que matar es malo. Efectivamente la Legislación sobre el aborto debe encontrar una solución intermedia. Y que cada cual tenga libertad para obrar según su conciencia. Es un artículo muy sensato.

  • Brillante. No puedo dejar de admirar cada artículo suyo, pero este me ha toca especialmente por la cercanía con que viví uno de estos episodios.

    ¿Cómo legislar sobre el aborto, cuando en realidad eso supone legislar sobre la libertad y la vida? Es el delgado filo de una navaja entre un campo de concentración regido por el Estado y una charca donde la vida no tiene valor más que para los fuertes.

    Brillante. Gracias por este sincero y crudo punto de vista que con mis palabras, mucho menos vistosas, me enorgullezco de compartir.

  • Quiero darte las gracias, Tse, porque tu texto me ha hecho pensar en cosas que creía tener claras. Higiene mental. Amén de que es buenísimo. Enhorabuena.

  • No me pierdo ni uno de tus artículos, Esteban.
    Saludos,
    Pablo.

  • Si “abortar es matar a un ser humano dependiente en un momento de su desarrollo (¿celular?, ¿un niño de 7 años es dependiente y sigue desarrollándose?), pero no es lo mismo un feto de cuatro semanas que uno de siete, o un recién nacido que una persona de 20 años, ¿en qué sentido no lo son?, ¿en qué sentido no sería lo mismo matarlos?, ¿en el mismo que asesinar a una de cuarenta que a otra de sesenta? Creo que hay determinadas líneas rojas que se han ido (se están) pintando a lo largo de la historia que no deberían ser rebasadas sin penalización, de lo contrario pienso que nos estaremos vistiendo con el más “absoluto” (otro) y resbaladizo relativismo.

    En cualquier caso, un artículo sensato, pero me cabe la duda de si suscribiría uno similar sobre prácticas igualmente tan generalizadas y documentadas a lo largo de la historia humana como, por ejemplo, la xenofobia o la pederastia. Tengo la molesta y rechinante sensación de que estas prácticas cuentan con una mayor reprobación y castigo social que el aborto, lo cual no deja de ser estupefaciente.

    • Son diferentes en el sentido de que si una embarazada de ocho meses tiene un accidente de coche (por su culpa) y pierde al niño, ni al más recalcitrante pro-vida se le ocurre juzgarla por homicidio imprudente. Por ejemplo.

  • La vida es pura ‘violencia estructural’. Desde que uno nace hasta que muere no deja de verse afectado por miles de circunstancias que bien podrían ser calificadas como ‘violencia estructural’.

    La mujer que aborta lo hace por la existencia de (llamémosle) una ‘violencia estructural’. Pues claro, no lo iba a hacer por gusto… La cuestión es: ante esa evidencia ¿sobre qué debemos actuar? Gallardón cree que sobre la mujer que aborta. Yo creo que sería más justo hacerlo sobre esa llamada ‘violencia estructural’.

    Gran artículo. Enhorabuena.

    • No solo desde que naces hasta que mueres no dejas de verte afectado por esa llamada “violencia estructural”, sino incluso antes de nacer, al punto que muchos ni lo hacen, todo sea por vivir más a gusto, que no “por gusto”.

    • No mienta, Sagaidak. Ningún provida, al menos ningún portavoz provida defiende penalizar a la mujer por abortar, y desde luego no piensan así los providas habituales. Penalizar el aborto no implica penalizar a la mujer que aborta, de la misma manera que no penaliza al que consume drogas, pero sí se penaliza al que trafica con ellas.

      Por cierto, hay mucha gente de izquierdas a la que las palabras de Gallardón les parecen escandalosas por lo mismo que ha dicho usted: «sí, será violencia estructural, pero al fin y al cabo la vida no es más que violencia estructural». Manda tomates a dónde ha llegado la izquierda: en otros tiempos esta clase de argumentos se consideraban propios del ultra-liberalismo más cínico e inhumano («las condiciones laborales, por bajas que sean, no afectan a la libertad del trabajador, pues siempre es libre de aceptarlas o de quedar en el paro»). Sin embargo, lo que clásicamente era considerado muestra de la más perfecta hipocresía, si se aplica a la defensa del aborto se consideran grandes argumentos lógicos. Manda truco.

  • La capacidad escritora y discursiva del autor está fuera de toda duda y, desde luego, es un autor fanástico.

    Vaya esto por delante para no pecar de excesivamente negativo ahora que vengo con unas críticas.

    Una de ellas es el repaso a Gallardón. Personalmente lo entendí de otro modo. En una disputa parlamentaria quiso defender lo suyo aplicando los argumentos zapaterianos tan en boga estos años, lo que no deja de ser irónico. La ‘violencia estructural’ si ha sido famosa estos últimos años es por ser fundamentalmente la explicación sociológica que ha permitido la justificación de leyes discriminatorias (frente al macho), señaladamente por el Tribunal Constitucional. Sacar el argumento para atacar posiciones contrarias no deja de ser una muestra de ingenio parlamentario, dejando a un lado que se pueda o no creer en ‘el conceto’.

    Y hablando de credulidad, quizás vea ahí contradicciones del autor, que es un hombre razonablemente escéptico, realista, pero que luego ‘se traga’ sus dogmillas, como esas afirmaciones de ‘Los esquimales abandonan en la nieve a un 20% de las niñas nacidas’. Pero, hombre por Dios!, y encima con numericos y halo de exactitud verídica ¿pero es que lo van contando en encuestas?¿hay una empresa de tasación esquimal que los cuenta mediante fotos aéreas, tras el deshielo?

    Venga Tsé… ya puestos, antes que la fe en las encuestas y en los estudios antropológicos, me meto el Antiguo testamento.

  • Muy interesante artículo, como siempre.

    Por partes. Abrumadora la cantidad de datos de los cinco primeros párrafos, perfecto para contextualizar. Bravo.

    Asimismo, estoy de acuerdo también en la conclusión: ese desprecio por la libertad humana que subyace en el papá estado, siempre esculpiendo al ciudadano ejemplar. De igual forma, la frasecita de Gallardón cae en lo mismo: las mujeres abortan porque no son libres. Y no. Cualquier mujer sabe que hay alternativa.

    Como sabe, yo estoy en contra del aborto por las muy razonables razones que ya se expusieron en su blog. No voy a repetirlas. No me gusta el ambiente de “glorificación” del aborto, sobre todo entre las élites intelectuales y en los guardianes de la corrección política, pero para nada creo que Gallardón hablara con propiedad. ¡Con lo fácil que habría sido llamar a las cosas por su nombre!

    Donde discrepo de su artículo es cuando habla de principios inmutables y evolución cultural. Entiendo que es la clave de su artículo (y la fortifica con mucha habilidad retórica al afirmar que “la manera razonable de pensar, sin embargo, es otra”) pero no comparto la argumentación.

    Esa especie de pragmatismo que describe se olvida de un aspecto clave: el progreso moral. El hombre no dejó la esclavitud, por poner un ejemplo, por “una ponderación serena de pros y contras”. No. Había una visión de qué es el hombre. Algo que le ha preocupado a la propia Humanidad desde tiempos inmemoriales, me temo.

    Y por eso es interesante que cite en muchas de sus cifras culturas marginales, tribus perdidas de la mano de Dios. Ahí se demuestra, precisamente, que Occidente también ha progresado moralmente y que su visión de qué es el hombre ha influido en la sociedad y las leyes que se han dado (para defenderlo, entre otras cosas). Las normas suelen basarse en razones, como bien apunta, pero razones que también tienen en cuenta una dimensión moral anclada en qué es el hombre. Por eso confío en que el aborto, dentro de un siglo, será recordado como un mal de tiempos pasados.

    Por esa misma razón no comparto esta frase: “Y si se han vestido de “absolutos” lo ha sido por el miedo a relativizar la vida humana, por ejemplo, y que eso dé lugar a un régimen como el nazi”. Creo que es justo lo contrario: la relativización de la vida humana (el judío no es hombre, ergo, se le puede gasear) nos ha hecho ver y reforzar lo absoluto de ésta. En eso también hemos evolucionado en Occidente: en los años 40 se mataban judíos por el mero hecho de serlo y en la actualidad no. Por eso también, por ejemplo, las leyes de la guerra la van racionalizando y no se penaliza matar a un soldado enemigo pero sí violar a una civil. Progreso moral.

    Ojo, con esto último no quiero caer en ingenuidades. Hay ocasiones en las que matar puede ser un acto bueno (en defensa propia, por ejemplo). Simplemente quería demostrar (intentarlo, al menos) por qué me chirría ese punto de su argumentación. No estoy infectado del mal de la tolerancia cero, pero no pienso, ni de lejos, “que el razonamiento sea simplemente práctico”. Hay algo más. Mucho más. La pregunta de qué es el hombre, ni más ni menos.

  • Aborto, no aborto, yo lo que no tolero ni toleraré nunca es que alguien me imponga su punto de vista en algo que es personal; y si tomamos como punto de partida este artículo, creo que queda más que explicado. Ditto para las drogas, posesión de armas, masturbarme (ríanse, pero no hace tanto era igual que el aborto), fumar, comer carne, casarme con gente de mi mismo sexo, etc. Creo en el ser humano y su capacidad para tomar decisiones por encima de todo, y que el individuo es el mejor indicado para tomarlas en lo que le concierne a sí mismo, y muchísimo más que la ley.

    Y que conste que soy consecuente con lo que digo. Es decir, nunca juzgaré a nadie por las decisiones que tome al respecto.

    • Lo mismo que dices se puede aplicar respecto a todo: «lo que no tolero ni toleraré nunca es que alguien me imponga su punto de vista respecto al fraude fiscal», ««lo que no tolero ni toleraré nunca es que alguien me imponga su punto de vista respecto al asesinato», ««lo que no tolero ni toleraré nunca es que alguien me imponga su punto de vista respecto a la inconveniencia de la censura»… Oiga, que los que somos partidarios del canibalismo también tenemos nuestro punto de vista personal: ¡respétenos!

  • Sr. Pararapachín, la clave está en lo qque dice: “en algo que es personal”. Lo personal deja de ser personal cuando afecta a otra persona. Habla Ud de masturbarse, bien, es personal, hágalo cunado quiera, pero no debe tener sexo con otra persona si la otra persona no consiente, habla de drogarse, dróguese si quiere, pero no drogue a otro sin que el otro lo consienta, matarse es personal, mátese si quiere, pero no…

    Seguro que sabe darle continuidad al razonamiento. Y si piensa sacar a relucir el argumento de que un montón de células no es una persona, me permito recordarle que Ud mismo, y yo, no es más que un montón de células.

    Por otra parte y centrándome en el artículo, decoir que comparto gran parte de la argumentación del articulista, yo no soy para nada un furibundo antiabortista, pero me parece que para llegar a conclusiones acertadas hay que partir de premisas acertadas. La premisa es que abortar es poner fin a la vida de un ser humano. Hoy día la vida humana tiene más valor que hace un par de siglos, pero lo que vemos en las noticias a diario nos dice que está lejos de ser algo sacrosanto. Si queremos legalizar el asesinato por conveniencia, es algo debatible, pero para ello hay que ser honestos con lo que queremos y con lo que hacemos.

    Deshumanizar a la victima es un metodo eficaz y antiguo de justificar el asesinato, se ha utilizado por regímenes totalitarios (los nazis y sus untermänchen), se ha usado para esclavizar (durante mucho tiempo se ha considerado que los negros no eran humanos y era el argumento usado para condenarlos a la esclavitud), o drectamente, se ha supeditado tener derechos a ser ciudadano del estado (antiguas Grecia y Roma, si no eres ciudadano, no tienes derecho que valga). Esta parte, la deshumanización de la victima, creo que es el único tema relevante que el articulista se ha dejado sin tocar.

  • Pues leyendo su artículo he caído en la cuenta de que con toda probabilidad, los 7 hijos siguientes a mi abuela que tuvo mi bisabuela, no murieran todos ellos, antes de cumplir el año, de manera tan natural, como me contó siempre mi abuela. Pienso en las míseras condiciones que vivían, la guerra de por medio y obligados a viajar de un lugar a otro y… En fin.

  • Como siempre un placer,Rabtan.Pese a que me parecen razonables las consecuencias prácticas de su posición,me llama la atención que la fundamente en un supuestamente deseable compromiso para satisfacer- en algo,al menos- a dos visiones:la de los que lo consideran una práctica tolerable y la de los que lo consideran un asesinato.Pero mi opinión este tipo de compromiso sólo es aceptable porque no está tan clara la definición de “ser humano”.Creo que la idea de que no es lo mismo un cigoto que un feto de ocho meses está bastante extendida (por eso la píldora del día después es bastante menos controvertida),el problema es que no sabemos dónde poner la frontera. Pero si en un futuro la ciencia contribuye a fijarla con precisión, sin duda ese compromiso acabará reflejándolo.

  • Están infectadas por el mal de la “tolerancia cero”. Ciertas cosas están mal y hay que perseguirlas o impedirlas nos cueste lo que nos cueste.

    Véase la estúpida, criminal y criminógena cruzada antidroga

  • ‘…el ser humano lo es desde que tiene un genoma único…’
    Pero Tsevan, Vd. sabe que el nasciturus (ente jurídico al que se le atribuyen expectativas, en el contexto del derecho privado) no es persona. No hay autonomía (no diré libertad, que no está el horno para bollos).
    Concuerdo en que razonablemente se fija un momento, a partir del cual se permite la intromisión pública (declarando el aborto ilegal) en el destino del que Vd. llama ‘ser humano’, y otros embrión o feto, pasando por encima de la voluntad de la ciudadana que libremente dejó transcurrir el plazo establecido para abortar, aunque el destino del embrión físicamente esté vinculado a la afectada. Esta vis pública, esta intervención resultado de un concierto racional (porque la ciencia no arrojará ningún criterio nuevo o definitivo que escinda el desarrollo fetal), permite negar el ‘derecho al im·propio cuerpo’ y conciliar posiciones radicalmente enfrentadas (o en último caso, ampliar el campo de los conformes y la paz social).
    Espero que en 100 años el número de infanticidios genuinos de los que habla Tsevan, no se produzcan o se queden en abortos dentro de plazos.
    Gran artículo (la guinda al final).
    Bolaño

  • Pero Sr. Bolaño, sabe Vd que la realidad jurídica no necesariamente responde a una realidad científica. Anteriormente (y aún hoy en ciertos sitios) la realidad juridica era o es que la mujer es inferior al hombre, o que una raza es inferior a otra, o incluso se ha dado la relidad juridica de que ciertas razas ni siquiera tienen la categoría de humanos.

    La realidad jurídica es lo que uno o varios legisladores quieren que sea, por lo que perfectamente puede equivocarse de pleno. La realidad científica también se equivoca, pero tiene sistemas que fomentan la autocrítica y la revisión de lo conocido. Desde el punto de vista científico un feto no es la madre ni es el padre, es un ser diferenciado, con su propio ADN que será siempre suyo.

  • Aunque no esté de acuerdo con algunas afirmaciones del artículo, me ha gustado su sinceridad y que llame a cada cosa por su nombre. Sobre el tema del aborto tengo algunas reflexiones:
    1ºLa clave del asunto es determinar cuándo un feto es un ser humano, porque desde ese momento sería titular del dº a la vida. ¿Desde que tiene un genoma único? ¿desde que se forma el cerebro? ¿desde que tiene todos los órganos vitales?
    Lo lógico desde un pv jco sería que, ante la duda, adoptásemos la postura más proteccionista (desde que tiene un genoma propio) ya que el dº a la vida es el dº fundamental más importante porque sirve de soporte a todos los demás. Por tanto la protección jca de este dº debería ser la más garantista. En caso de conflicto con otros dºs fundamentales (dº libertad,…) debería prevalecer siempre el dº a la vida. Sólo en caso de conflicto entre la vida de 2 sujetos cabría que el dº a la vida de uno de ellos se subordinase al otro (ej: legítima defensa, aborto por peligro físico de la madre).
    2º Si hemos reconocido que el feto es un ser humano por tener un genoma propio ¿porqué no es lo mismo un feto de 4 semanas que uno de 7? ¿Por la falta de forma humana, que tranquiliza nuestra conciencia?
    3º Si la cuestión del aborto debe abordarse desde un pv práctico: ¿Son positivas para la sociedad las tasas de natalidad actuales? ¿el Estado del bienestar puede permitirse que haya 100.000 abortos cada año? No sólo por el gasto directo que supone, sino por la disminución de potenciales contribuyentes al sistema de pensiones.
    4º Actualmente nos encontramos en la sociedad mejor informada en cuanto a métodos anticonceptivos se refiere. El nivel de efectividad de estos se acerca al 100%. La mayoría de los embarazos tienen su origen en una decisión libre de las personas (al no utilizarlos), conociendo y asumiendo el riesgo de embarazo que existe. El 98% de abortos (si analizamos los datos del Ministerio Sanidad) no son por peligro físico de la madre, malformaciones, o violación. Exceptuando estos casos ¿en los demás, debe el Estado asumir el coste de un comportamiento irresponsable que no tiene consecuencias dañinas para la salud de la madre?
    5º Una cuestión políticamente incorrecta que me planteo: la decisión de abortar corresponde únicamente a la mujer en base a que el feto depende de ella. Pero si el feto es tb resultado del material genético del hombre, y éste no quisiera abortar ¿no debería tener algun dº (aunque fuese a una compensación)?

    • Perdonen mi osadía simplificadora, pero un genoma diferente, un ADN único, a partir de los gametos diferenciados, es un programa: es un código o marchamo en un soporte biológico ‘mínimo’, cuya vida no es autónoma, que terminará siendo el soporte autónomo (persona) cuya vida y desarrollo regirá, en buena parte (y esta parece ser la clave), dicho programa.

      El punto 3º es ingeniería social.
      El punto 4º es interesante: excluir de la SS los abortos que no sean malformación o resultado de violencia.
      El punto 5º es absurdo: una descarga eleva muy poco la entropía.

  • “La libertad es eso: dejar de discutir las razones de la gente para hacer esto o aquello y que asuman las consecuencias de sus decisiones.”

    Sencilla y brillante definición de la libertad.

  • “Más aún, las mujeres matan a sus hijos con frecuencia 1,5 veces mayor que los hombres y demuestran menos remordimiento: sólo se suicida una de cada cincuenta madres infanticidas, mientras los hace el 43,6% de los padres infanticidas.”

    ¿En qué puñetero estudio has encontrado una relación de causalidad entre el suicidio y el remordimiento que te permita relacionar infanticidio con suicidio en base a remordimiento? Lo siento, pero es que me enciende. No hay ningunaenemistad pero es que cabrea.

    La causalidad es una cosa seria. No es una colección de juicios de valor. Uno no tiene por qué suicidarse por sentir remordimiento. Soltando mi juicio de valor gratuito digo que uno se vuelve religioso por remordimiento, no se suicida. O busca leyes naturales, o leyes no naturales pero “correctas”, adecuadas…

    Y bueno, en relación al uso de “violencia estructural”, pues pongámonos serios. Ni gallardonadas ni definiciones firmadas por uno mismo. “violencia estructural” es un concepto marxista, Galtunguiano creo, y si uno quiere redefirnirlo empieza RECONOCIENDO su origen, autoría y a qué se refiere. Porque no es un concepto difuso, para nada. Lo vuelve difuso su uso irresponsable y, por qué no decirlo, ignorante. Lo demás, pues tiene poca o ninguna importancia.

    El uso del término es malo no porque esté equivocado argumentativamente sino porque no tiene en cuenta el concepto en sí. No se conoce, no se entiende, y por lo tanto todo el resto son elucubraciones de café que si llegan a buen puerto lo hacen de putísima casualidad. Es lo mismo que si yo acierto alguna teoría general de la termodinámica por “sentido común”. Pues como si no lo hubiera hecho, el error ya es previo.

    Hala, ya he soltado mi post cabreado del mes.

  • «Con un plazo razonable (salvo excepciones como el riesgo para la vida de la madre que es un caso típico de conflicto de derechos), ninguna mujer puede alegar que no ha tenido oportunidad de evitar un embarazo no deseado»

    Aquí está uno de los problemas: en una sociedad aquejada por el síndrome de Peter Pan, del hedonismo adolescente llevado hasta bien entrada la sociedad adulta, cualquiera puede alegar cualquier cosa, y de hecho la alega.

  • Discrepo con el final, con lo de que la frase de Gallardón sea «idiota». Gallardón se ha referido a que a muchas mujeres, en sus empresas, se les impide quedarse embarazadas, e incluso se les dice, una vez que han quedado embarazadas, que o abortan o se quedan sin trabajo. Si eso no es violencia no sé qué será.

    Negar que, en nuestras coordinadas culturales y éticas, eso sea una violencia, o afirmar que lo que dice Gallardón sea idiota, con base en un raciocinio antropológico sobre si el ser humano en libre en última instancia, me parece un ejercicio de masturbación mental más sorprendente, esto sí, que lo que ha dicho Gallardón.

    Por cierto, sorprendente no es, pero que la izquierda política, mediática y cultural (a excepción de Julio Anguita) salte como hienas contra Gallardón por decir lo obvio y por señalar lo que no es más que una evidente muestra de la deshumanización a la que hemos llegado en la explotación laboral, indica a la las claras la mediocridad moral y la hipocresía en que se mueve dicha izquierda.

    • Afortunadamente, ahí está el consecuente ministro Gallardón que ha aprobado junto con su partido, defensor de la vida y los valores, una reforma laboral que evita la precariedad y la explotación laboral.
      ¿No es cierto, Perhi?

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