Ricardo Cantalapiedra: Africaciones (I) Memoria de África - Jot Down Cultural Magazine

Ricardo Cantalapiedra: Africaciones (I) Memoria de África

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África engancha, conmueve, fascina. Es un continente barroco donde la belleza, el mal, la miseria, las bestias salvajes y la atrocidad conviven dramáticamente. He estado tres veces en el África profunda: 45 días inolvidables por distintos motivos dramáticos, dos de ellos trágicos.  

Primer viaje: 25 de agosto-8 de septiembre 1994. Goma (Zaire , actual República Democrática del Congo)

El 24 de agosto de 1994, cuatro meses después del genocidio de Ruanda, salimos del aeropuerto de Barajas un grupo de 12 cooperantes de la ONG Médicos del Mundo y yo, único periodista de la expedición, enviado especial de El País. Nos embarcamos en un mastodóntico avión Ilyushin II-2 ruso. Se trata de un aparato especializado en ataque de objetivos de guerra, construido por la URSS en la Segunda Guerra Mundial. Con la disolución de la Unión Soviética en 1991, esos aviones fueron comprados por particulares que los alquilaban para vuelos comerciales. El que nos llevaba estaba viejo pero muy bien conservado y equipado, con un blindaje de 700 kilos y un peso en vacío de 4.500.

Aquel avión iba repleto de alimentos, aparatos médicos y medicinas de todo tipo. Nosotros nos acomodamos, incómodamente, entre sacos, grandes paquetes y petates. Todo fue bien hasta El Cairo. Allí tuvimos que aterrizar lejos de la terminal. Por aquellos días habían tenido lugar varios atentados contra turistas. Pasamos dos horas con mucha incertidumbre. Los hombres no teníamos otro remedio que hacer nuestras necesidades en la pista. Las chicas tenían que ir a la terminal acompañadas por algunos de nosotros y por un par de agentes de seguridad del aeropuerto. Los pilotos rusos negociaron no sé qué cuestiones y al fin nos dieron permiso para despegar y nos quitamos la congoja de encima.

Llegamos a Goma sin más incidentes. Nos reciben en el patético aeropuerto algunos cooperantes de Médicos del Mundo que estaban en Goma desde hacía una temporada. Lo primero que hacemos es descargar entre todos los víveres y medicinas que traíamos de España.

Goma es una ciudad de unos 200.000 habitantes distribuidos en una amplia área de centenares de kilómetros cuadrados. Se encuentra a orillas del lago Kivu, a 13 kilómetros del volcán Nyiragongo, enclavado en las Montañas Virunga, cadena de volcanes, todos ellos pasivos, excepto el Nyiragongo. Por estos contornos está ambientada la novela Congo, de Michael Crichton.  El centro de la población es una amplia calle sembrada de casuchas, tabernas sucias y restaurantes miserables. También circulan buen número de vehículos todoterreno de las organizaciones internacionales. Pertenece a Zaire, país dominado tiránicamente por el dictador “democrático” Mobutu Sese Seko (Zaire fue la primera nación “democrática” de África), de infausto recuerdo. Mobutu tiene su propio gobierno a espaldas del Parlamento, su propio ejército y su propia policía. Algo así como una democracia fantasma manejada por un dictador sanguinario.

El Genocidio de Ruanda comenzó el 6 de abril pasado. El avión en el que viajaban los presidentes de Ruanda, Juvenal Habyarimana, y de Burundi, Ciprian Ntayamira, alcanzado por dos misiles al aterrizar en el aeropuerto de Kigali, capital de Ruanda. El 17 de abril comenzaron las labores de exterminio de los tutsi lejos de Kigali, en Kibuye, cerca del lago Kivu. En tres meses murieron o desaparecieron 250.000 personas. A mediados de julio, el Frente Patriótico Ruandés (tutsi) se apodera de Kigali y obliga al gobierno hutu radical a huir a Zaire. Enseguida huyeron también más de dos millones de hutus, la mayoría de los cuales se establecieron a 5 kilómetros de Goma (“la ciudad de la muerte”), en Mugunga II, donde crearon el mayor Campo de Refugiados mayor del mundo.

Goma es un tumultuoso caos tropical donde el mosquito anófeles aguijonea a Dios y al Diablo con impune fluidez. Al margen de los refugiados, esto es un nido espías, monjas y frailes, militares, traficantes de armas, aventureros, cooperantes de organizaciones no gubernamentales, funcionarios de Naciones Unidas y, aunque parezca mentira, turistas arriesgados de esos que van allá donde haya una guerra. Toda esta gente revolotea en torno a los más de dos millones de ruandeses de la etnia hutu hacinados en los campos de refugiados de Kibumba, Katale y Mugunga II. Goma no estaba preparada para convertirse de la noche a la mañana en el mayor campo de refugiados de la historia de la humanidad. El marasmo puede describirse con un solo dato: casi todos los días, más o menos a las cuatro de la madrugada, hay manifestaciones de policías y militares zaireños reclamando su sueldo, del que no tienen conocimiento desde hace meses. Esos mismos individuos ejercen de maleantes bajo cualquier disculpa, a cualquier hora y delante de quien sea. No hacen distingos en el momento de atracar: si no encuentran dinero, despojan al infeliz de sus ropas, incluidos los calcetines, y le dejan a la intemperie como Dios lo trajo al mundo. Todo esto lo veíamos discretamente desde la sede de Médicos del Mundo, en un rincón céntrico de la ciudad.

La llegada masiva de personas, alimentos y medicinas al bananero aeropuerto internacional, ha apuesto los precios por las nubes. Mientras los especuladores hacen su agosto, la mayoría de los ciudadanos contemplan impotentes el encarecimiento imparable de la subsistencia cotidiana. Goma tiene algo de poblachón de las películas del Oeste. Las aceras están atestadas de tienduchas miserables y cantinas cutres repletas de moscas y niños mendigando. Hay multitud de “farmacias” que lo mismo venden aspirinas que cazuelas. Cada esquina está tomada por hombre y mujeres con fajos impresionantes de billetes ofreciendo cambio de moneda. Se masca la miseria. Y nadie hace caso al volcán Nyiragongo, que cesa de humear. El contraste bestial está en las orillas del majestuoso lago Kivu, donde compiten en fastuosidad muchas villas, entre las que destaca la impresionante fortaleza del presidente Mobutu Sese Seko, para dejar bien claro en la región quién es el que manda. El nombre del presidente significa: “el gallo que se beneficia a todas las gallinas”.

Es temerario para un musungu (blanco) salir por la noche, aunque se hace, siempre en comando. Goma la nuit es un peligro inefable. En los dancings tenebrosos y en las discotecas-almacén se escucha la música zaireña del momento: Papa Wemba, Masututsa Dance Band, Empire Bakuba o el trío femenino Chico Chimora. Como toque exótico, también suena el mítico grupo mexicano Los Panchos. Los nativos bailan espectacularmente. Los perplejos y temerosos musungus observan apostados en la barra y son presa codiciada por las prostitutas de la noche. Este cronista acude a un espectáculo sorprendente: dos rameras se enzarzan en colorista y cruel pelea por conseguir los favores de un blanco vasco, gordito y barbudo. Las chicas se tiran de los pelos emitiendo insulto presuntamente denigrantes. El causante de la trifulca huye a la francesa.

El doctor Livingstone dice en su Diario que “África desconoce el pudor”. En esas discotecas palidece hasta el más chulo. Las mujeres, sin previo aviso y con absoluta normalidad, se acercan a los musungus de la barra, palpan con profesionalidad la entrepierna de los cuitados y sopesan el calibre del órgano sexual; si consideran que es menguado comparado con el de los nativos, te miran desdeñosamente y se alejan. Estas actitudes montaraces amilanan a hombretones alemanes, holandeses, españoles, suecos, chinos, australianos, israelíes, canadienses, americanos, belgas, franceses; en fin, una representación de casi todo el mundo. Muchos, incluido este cronista, abandonan en tugurio tímidamente  con el rabo entre las piernas.

El campo de refugiados Mugunga II es una patética reunión de unos dos millones de habitantes, una gran ciudad mísera, donde todas las miradas son de infinita tristeza y donde solo la algarabía de los niños da un poco de esperanza. Las organizaciones no gubernamentales y el ACNUR, organismo de la ONU para los refugiados, han logrado dotar al campo de hospitales, agua potable canalizada y centros donde se distribuye comida y ropas. Los escuetos edificios para esos menesteres son levantados por Bomberos Sin Fronteras que han llegado con las distintas ONG de todo el mundo. En la sede de Médicos del Mundo vive con nosotros una excelente y activísima cuadrilla del Cuerpo de Bomberos de Barcelona que hacen de todo, incluidos los servicios de seguridad. La gente vive en tiendas de campaña. Cada familia muestra a la puerta de su “casa” todo tipo de objetos para su venta: hay patatas, zapatos y botas para una sola pierna, estampas, bastones, ropa diversa. También detecté varias de estas chozas que exhibían a la puerta marihuana en rama a precios muy humildes.

Gracias a los incansables cooperantes, la situación va “normalizando“: la epidemia del cólera está prácticamente atajada y la mortandad se ha reducido drásticamente, a pesar de lo cual el número de muertos diarios varía entre 200 y 400. La meningitis se incrementa en los últimos días y el sida avanza sin piedad. Las diarreas hacen estragos, sobretodo entre los niños. Pero en la ciudad, como en cualquier gran urbe, existen zonas de prostitución y famélicas tabernas. A los alrededores de Mugunga también malviven miles de hutus que no han podido acceder al campo. Entre ellos hay mucha mortandad. Cuando los fallecimientos ocurren durante la noche, los familiares en vuelven a sus muertos en esterillas y los dejan a las orillas de la carretera. Cada mañana un camión recoge los cadáveres, que son depositados en una inmensa fosa común aliñada con cal viva.

En el interior del campo suele haber dos o tres linchamientos diarios. Los hutus no tienen compasión con los ladrones ni con los espías que incitan a volver a Ruanda. Se ensañan con ellos: lapidan, masacran los cadáveres sacándoles los ojos y sometiéndolos a degradaciones rituales. Lo más peligroso del campo lo constituyen unos 15.000 soldados vencidos en la guerra. Son terribles: armados de machetes, algunas armas, marihuana y alcohol, realizan danzas militares llenos de rabia y acaban con quienes se enfrentan a sus alardes. Por eso todos los cooperantes abandonan el campo a la seis de la tarde. La noche allí es muy peligrosa. Esos soldados atracan los dispensarios y los barracones donde se almacena la comida. Matan a cualquiera que se oponga a sus desmanes. La normalidad es dantesca.

Varias decenas de religiosos y religiosas están agazapados en la zona de Goma a la espera de poder entrar en Ruanda para continuar con su labor apostólica y humanitaria. Cada dos o tres días, algún enviado de esas instituciones se desplaza a Kigali e informa de la situación. Oficialmente, no hay peligro en Ruanda para los religiosos. Oficiosamente, nadie se fía. El viernes llega a mediodía a Goma Juan Bartolomé, coordinador de Cooperación Internacional de la Agencia Española. Viene del campo de Bukavu (500.000 refugiados) y nos dice que la situación allí es similar a la Mugunga II. Pero destaca que ha ocurrido el primer linchamiento dentro del campo: un infiltrado tutsi fue asesinado y no quedó ni rastro de él.

El 5 de septiembre envío mi crónica a El País. Dos días después embarcamos en el aeropuerto de Goma de vuelta a España en el mismo avión ruso que nos trajo. Pero aún no espera un sobresalto. En el aeropureto de Nairobi (capital de Kenia), el piloto nos comunica que hay un cambio en la ruta: no volamos a Madrid sino a los Emiratos Árabes, donde tienen que recoger un cargamento de armas destinado a Yugoslavia. El colmo de nuestro viaje es vernos implicados indirectamente en el tráfico de armas internacional. Nos negamos tajantemente y nos ponemos en contacto con la embajada española. De inmediato llega un funcionario de la misma. Al cabo de dos horas ya está todo solucionado: la embajada logra acomodarnos en un vuelo regular de Alitalia con destino a Roma. En el aeropuerto de Roma compro El País. Me lleno de rubor al leer la columna de Eduardo Haro Tecglen que dice así: “He estado muchas veces en la ciudad de Goma, lazareto de todos los negros, cementerio de asesinados y muertos de hambre, desesperación de la peste: me la han enseñado fabulosos reporteros de televisión de todas las cadenas y naciones, y me ha sobrecogido. Hasta que he leído en este periódico la crónica de Ricardo Cantalapiedra no me he enterado bien de lo que pasa y cómo pasa… No lo digo en detrimento de la televisión: hay algunos documentales insuperables. Pero el uso de la palabra está reservado a lo escrito, y no corre peligro… La cultura del periódico no se sustituye con nada. Cantalapiedra, Carrión, Rosa Montero, Armada, Reverte, Maruja Torres, Rosa Montero… Miran, perciben y cuentan a través de ellos. Es arte, esta cultura: tan antigua, tan renovada cada día. No hay que temer por ella. Ni hay que despreciar la televisión: camino riquísimo”. Vuelo a Madrid con rubor, con recuerdos muy amargos y con el sosiego del deber cumplido.

 

 

5 comentarios

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  2. Magnífico reportaje. Eso es un “problema”. Aquí sólo de habla de la crisis. ¡Enhorabuena!

    • Estoy muy agradecido, señor Turcia. Intentaré en mis siguientes reportajes causarle la misma impresión. Aquí tiene usted un amigo.

  3. Estupendo reportaje de Cantalapiedra al que, por cierto, algunos echamos de menos en las columnas de “El País”

  4. Fantástico reportaje, Cantalapiedra. Esperamos Africaciones II

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