Jot Down Cultural Magazine – King egg

King egg

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King egg
Miguel B. Núñez
Una china en mi zapato, 2012
80 páginas. 15 x 21 cm.
Cartoné. Color.
14 euros.

Dicen por ahí que Miguel B. Núñez comenzó garabateando en revistas guitarreras más heavies que cabalgar a pelo a la Jörmundgander (Heavy Rock y Trash Metal), y que acabó luciéndose en los escaparates de NSLM, Strapazin, Mondosonoro, Stripburguer, El víbora, Vacas flacas o Bulb factory. También ha tenido tiempo de publicar los tebeos M, Demonios internos, Stroszek, Interferencias, Muertemanía y El corazón de los árboles. Y de fundar y empujar junto a otros dos gentlemen de renombre (Miguel Brieva y Paco Alcázar) la revista Recto.

Probablemente por todo esto a Núñez se le suelen colgar biografías en las que se le cita como autor alternativo —el presente King egg lo hace en su última página—, lo cual no deja de ser un concepto curioso y una forma de decir que su trabajo forma parte de aquel espectro que se mueve alejado de los tópicos y propulsado por razones mucho más interesantes que las señaladas por el tebeo masivo. Dicha denominación (alternativo) la mayoría de las veces no hace verdadera justicia al artista o al producto al que se refiere, ya que normalmente con la misma expresión se tiende a clasificar y etiquetar tanto las obras opacas y sesudas que solo entienden el creador y sus familiares cercanos, como las fábulas sencillas que parecen ser fruto de un, bastante sano, cariño por el mundo creado.

Quizá sería más justo señalar que Núñez es en realidad un autor que parece disfrutar de su creación, y este Kingg egg, que acaba de eclosionar en la editorial sevillana Una china en mi zapato, un bello vástago del mimo y el minimalismo cute.

El protagonista de King egg es un pequeño hombrecillo que un buen día nace de un huevo. Porque sí.

El personaje funciona como una revisitación con título anglófono de aquel personaje de otra obra de Núñez, Rey huevo. ¡No te comas los cormos!, destinada a los niños de nueve años en adelante si seguimos las recomendaciones oficiales, y a los probablemente no tan niños si seguimos las recomendaciones de Peter Pan. En Rey huevo un ser de idéntica gestación en cáscara se topaba con Pipiyamas, el Yeti, Juiyajumbos, el pollo René o los cormos titulares.

En King egg se repite la estrella principal y ciertas formas estéticas pero se abandona la vocación exclusivamente infantil e irónicamente todo se vuelve más sencillo: se renuncia a la palabra escrita y a los diálogos, también se prescinde de los trazos complicados en favor del minimalismo e incluso desaparece cualquier cosa parecida al margen de una viñeta.

El libro se estructura en pequeñas píldoras de una página de duración, no necesariamente relacionadas entre sí, en las que se desenvuelven diversas aventuras mudas que a su vez esconden en su interior metáforas, descripciones gráficas de sensaciones, ironías o simplemente anécdotas ubicadas en un mundo fantástico de seres extraños. Como si Hora de aventuras hubiese apostado por la cotidianidad y eliminado el artificio y la socarronería. King egg vive en una pequeña casa como cualquier persona, pero a su alrededor se despliega un bosque fantástico habitado por cabezas enterradas, calabazas de Halloween con miedo a las tormentas, gigantes de tierra y de mar, yetis bibliofílicos, platillos volantes y todo tipo de extrañas criaturas. En King egg el amor sale por sorpresa del interior de una tetera gigante y el muñeco de nieve construido como divertimento puede decidir acompañar a casa a su creador hasta el extremo de la licuefacción. Los trazos se embarcan en explorar, únicamente con las líneas imprescindibles, los sentimientos: la curiosidad, el miedo, el recurrente amor personificado en una compañera femenina, los celos o la continua sorpresa provocada por un mundo surrealista. Todo de manera sencilla, heredera de la inmediatez de las tiras cómicas y renunciando a los recovecos o motivos rebuscados. El volumen se convierte en un juguete de exploración minimalista, en una obra para contemplar en lugar de para leer, un ejercicio directo que quiere evitar las distracciones y en el que los colores aparecen de manera puntual en elementos muy concretos, como si fueran pequeñas huellas pinceladas.

Pero existe una marcada sensación de irregularidad a lo largo del collage fantasioso. Por momentos el lector se pregunta cuál es el objetivo de algunas de las historias relatadas. Y quizá lo más importante sea llegar a reconocer que no existe un objetivo como tal: en realidad Núñez parece haber encontrado el mundo que buscaba y posteriormente descubierto que sus personajes campan a sus anchas en él. Buena muestra de ello es la última de las historias, aquella en la que un personaje parece representar (aun sin gafas) una encarnación del autor en el interior de la propia obra.

Y, por eso mismo, dentro de esa sensación de conjunto desigual, mientras unos lectores admirarán la belleza esquemática de la propuesta, a otros probablemente les dejará algo fríos el ejemplar. Es sencillo averiguar en qué grupo se encontrará el lector, puesto que el tebeo no engaña: basta con echar un vistazo al par de páginas que acompañan a este texto (correspondientes a dos de las historias del volumen) para entrever lo que nos aguarda dentro de King egg y decidir si es de nuestro agrado o no.

Mención especial para la mimadísima edición de Una china en mi zapato, 80 páginas publicadas en cartoné, tan agradable al tacto como para dormir con él, con marcapáginas de acompañamiento y la elegancia en la elección del combo amarillo/azul y la presentación general.

King egg puede adquirirse mediante compra online a través de la propia página de la editorial Una china en mi zapato.

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