Ricardo Cantalapiedra: Doctor Livingstone, supongo

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El mítico doctor David Livingstone (Glasgow,1813–Chitambo, Rhodesia,1873) causó impresión en el mundo en la segunda mitad del XIX. Médico, naturalista y estratega, con 28 años ingresa en la Sociedad de Misioneros de Londres. En 1841 es destinado a las misiones de África en la tribú bantú de Botswana, al sur del Continente negro. Llegó allí como misionero, médico y naturalista; luego demostró que por encima de todo era un explorador inteligente, un pionero muy eficaz. Es significativo que al final de su primer viaje dimitiera de la iglesia a la que había pertenecido. ¿Se apuntó luego a otra iglesia protestante? Solo consta que nunca dejó de ser ferviente cristiano. También llama la atención que no fundara misión alguna en sus estancias africanas. Llevó a cabo otros dos viajes que resultaron muy productivos científica, estratégica y cartográficamente. Cuando volvía a Inglaterra, siempre era para conseguir más ayuda económica. Entre otros muchos descubrimientos, fue el primer europeo que se adentró en el lago Nyassa (hoy Malawi), en 1859, y las espectaculares cascadas del río Zambeze (1855), que él bautizó como Cataratas Victoria en honor de la reina Victoria de Inglaterra.

Livingstone es un enigma. Para mí, sus actividades invitan a pensar que el doctor fue en realidad un espía para entidades comerciales y políticas británicas. No cabe duda, sin embargo, de que fue profundamente religioso y siempre que podía lanzaba algún pequeño sermón a quien se le ponía por delante. Nunca viajaba los domingos, que dedicaba a sus oraciones y ritos.

Inglaterra tenía fuertes intereses en la República Sudafricana. En 1806, Ciudad del Cabo, en manos de la Compañía Holandesa de Indias Orientales desde 1652, pasó a convertirse en colonia británica. En 1797 sucedió lo mismo con el cabo de Buena Esperanza, controlado por los portugueses desde 1487. El Reino Unido quería expansionarse por Tanganica (hoy Tanzania), Zambia, Malawi. Mozambique, Namibia, Angola y otros países de la zona. El norte del Continente ya estaba trillado por los franceses y por Godoy gracias al espía español Doménec Badía i Llebrich, que se infiltró allí como príncipe sirio llamado Alí Bey el Abassí y proporcionó a Francia puntuales informaciones militares, políticas y cartográficas que fueron fundamentales para el afincamiento de los galos en esas tierras casi al mismo tiempo que el predicador trabajaba en el sur del Continente. Livingstone y Alí Bey tienen demasiados puntos en común. El inglés y el catalán utilizaron métodos muy semejantes, aunque Alí Bey hubo de bandearse con pueblos islámicos bien organizados y combativos; Livingstone lo tuvo más fácil porque se encontró con multitud de tribus desorganizadas y sin ninguna estructura unitaria nacional. Todo ese trajín resulta demasiado costoso y llamativo para un simple misionero, lo cual demuestra que el doctor iba allí para otras cosas.

El predicador proporcionó a su país información minuciosa de todos los países que recorrió con su gran comitiva de porteadores, guías, reses y animales en abundancia. También llevaba sextantes, cronómetros, utensilios de topometría, medicinas, almanaque náutico, aparatos para medir la altitud y la humedad, fusiles de caza, carabinas, brújulas, tablas de logaritmos de Thompson, centenares de metros de tela de algodón, cajas de bizcocho, perlas y vidrios sencillos que tenían un gran valor para la ornamentación de los nativos, todos ellos muy dados a tatuajes coloristas y acicalamientos corporales. Además, portaba un gran libro de anotaciones y grandes hojas de papel para sus planos, todo ello guardado en cajas metálicas resistentes a la humedad. Era el único blanco de la expedición. La comitiva de Livingstone parecía más un ejército que una incursión evangelizadora. ¿Son esas las armas propias de un predicador?

Tenía que resultar muy exótico para aquellas tribus subdesarrolladas observar a un míster británico que siempre llevaba consigo a su perrito caniche, Tchitané. El pequeño caniche sobrellevó sin mácula las incesantes penurias y sobrevivió a los ataques de la terrible mosca tsetsé, encargada de liquidar poco a poco pero sin pausa los ganados del doctor y a muchos de sus hombres, eso sin contar las enfermedades tropicales. Sus porteadores eran muy numerosos. Negoció con centenares de tribus, algunas de ellas enemigas entre sí y de idiomas dispares. Tuvo que sortear a los numerosos ladrones que le iban saliendo, muchos de los cuales eran precisamente desertores de sus propias expediciones. Algunas tribus negociaban con los negreros árabes a quienes vendían hijos, mujeres o individuos que no les caían bien. Livingstone les increpaba, pero no porque estuviera mal visto por los dioses, sino porque esos usos acabarían por despoblar los pueblos.

En todos sus viajes tuvo constantes problemas con las caravanas de árabes negreros que habían logrado atravesar con camellos el desierto de Sahara. Dice en El último viaje del doctor Livingstone (Ediciones Grech. Madrid 1987): “Todos los árabes huyen de mí; se diría que para ellos mi nombre encierra la idea de la confiscación de esclavos. No comprenden que sea otro mi objetivo…”. ¿Cuál era el objetivo del doctor? Evidentemente no era acabar con el negocio de los esclavos que luego serían vendidos en los mercados árabes. Su idea era otra, desde luego: informar como fuera al gobierno inglés y a la Royal Geographical Society, tanto en lo referente a la geografía como en la descripción de los pueblos, costumbres, nivel económico, cultivos, posibilidades agrarias y religiones, que eran variopintas o simplemente no existían. A veces les entraba Biblia en mano, pero para los indígenas era como si les hablara en chino. Sorprende la cantidad de lenguas nativas que llegó a dominar. Los últimos años de su vida ya era amigo de los árabes y de los comerciantes indios de Zanzíbar. De hecho, muchos de sus guías y porteadores eran cipayos (miembros de la caballería del imperio otomano) que le causaron serios problemas por su falta de seriedad y por su abulia. En sus incursiones Livingstone tuvo muy en cuenta los anteriores periplos de su compatriota y contemporáneo el extraordinario explorador Richard Burton, una especie de superhombre que llegó a dominar 29 lenguas europeas, africanas y asiáticas.

En su relación con los árabes se daba con frecuencia esta curiosa anécdota: le pedían cerveza, él les replicaba que el Islam prohibía el alcohol; ellos contestaban que “bebían a escondidas”. Las cervezas de los nativos eran un trago largo y duro de graduación muy elevada, el agua de la vida, elaborado a partir de la banana y el maíz; nada que ver con nuestras cervezas. De esta manera consiguió que los árabes se emborracharan cuando a él le venía bien. En esas situaciones aprovechaba para establecer contactos productivos con las caravanas, que le prestaron a cambio datos fundamentales de aquellos países y le permitieron subir a sus goletas para navegar por el lago Nyassa. Los indígenas no disponían de embarcaciones que pudieran atravesarlo. Recorrió Mozambique, Tanganica, parte de Kenia, Uganda, Botswana, Zanzíbar, Zimbawe, Malawi, Zambia…

Los poderosos valedores con que contaba David Livingstone quedan patentes con el gran ejército-expedición al mando del galés Sir Henry Morton Stanley (1841-1904) que partió en su busca. Stanley residía en 1869 en Madrid como corresponsal del diario New York Herald. Hasta la capital española le llegó de su periódico el encargo. ¿Puede un periódico financiar semejante proeza económica y militar para encontrar a un misionero? ¿Quién organizó verdaderamente la magna expedición? No es difícil adivinarlo.

El médico y evangelizador era, por supuesto, otra cosa: doctor Livingstone, supongo. 

 

 

2 comentarios

  1. Alejandro Coso Burger

    Interesante y coherente teoría sobre Livingstone:espía.
    ¿Cuántos existen en la actualidad?
    Yo sospecho de reporteros e investigadores que viajan por el mundo subvencionados por los gobiernos.

  2. Ford Fairlane

    Para entender la figura de los exploradores europeos de segunda mitad del XIX, es muy interesante la lectura de “El sueño del celta”, de M.Vargas Llosa. Yo no sé mucho del tema – más allá de lo estudiado en el cole y de largas tardes de sábado viendo películas de Tarzán – pero lo expuesto en este libro es como una ducha helada que te despierta a un mundo desconocido. Si bien se centra más en la figura de Stanley, sospecho que Livingston, sin llegar a los límites de Stanley, tampoco sería una hermana de la caridad.

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