Jorge Bustos: El libro y la película

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La película tiene que ser buena, tiene que fluir como el agua y pesar como el plomo, pero supongo que su caída no deja la misma huella en la sensibilidad del espectador si este es un arcilloso y maleable jovencito en formación que si el impacto queda amortiguado por las áridas geologías que van sedimentándose con la edad. Por eso no sé si Doctor Zhivago (1965) de David Lean es la mejor película de todos los tiempos o si solo a mí me lo parece, por más que no suele faltar en lo más alto de los rankings hollywoodienses al uso. Yo la vi con 17 años y me trastornó de un modo decisivo e irreversible. Desde entonces he perseguido como un certificado Acnur de calidad ambiental esa combinación temática de guerra y romance, de épica revolucionaria y romanticismo imposible en películas y novelas, y rara vez he salido defraudado de cualquier ficción que armonizara esos dos ingredientes nucleares. No es uno en esto demasiado original, porque la muerte y el amor vienen siendo asuntos enjundiosos para la visitación artística del hombre, al menos hasta que advino la Generación Nocilla para cambiar el paradigma epistémico de la humanidad. Los Nocilla y Mercedes Milá.

Doctor Zhivago, la novela del poeta Pasternak que valió por un Nobel —de los Nobel justificables, los anteriores a la caída del Muro y a la sustitución de lo bueno y lo mediocre por lo correcto y lo incorrecto—, cumple con matrícula todos los requisitos que los críticos avezados le exigen a la obra maestra: “odisea visual”, perfección técnica, sutileza moral, hondura filosófica, interpretaciones magistrales, guión adaptado con solidez, olímpica dirección de actores, inesperados regalos fotográficos, melodías que subrayan con la líquida melancolía de la balalaika —¡tan pura como el vodka más puro bebido para olvidar!— un clímax narrativo que no se borrará del recuerdo, que incluso inspirará el mural de un restaurante de comida americana. Ahí está contada majestuosamente —la película se rodó aquí, petando de nieve artificial los campos de Soria y Salamanca, debido a lo cual hay una generación de españolas bautizadas como la protagonista de las que me suelo enamorar periódicamente— la sentencia de Pla, que es la sentencia del siglo XX: “Cuando le das el poder a los virtuosos, todo el mundo se muere de hambre”. Nadie más virtuoso que Pasha Antipov, el marido de Lara, devenido Strelnikov por la obediencia intachable al ideal comunista, la consumación del proyecto hegeliano, la siniestra victoria de lo racional sobre lo humano, incluso cuando lo humano es alguien tan hermoso como Julie Christie mirándonos entre lágrimas desde la cima no de su propia belleza, sino de la belleza de todas las actrices de la historia. Ahí está contado también el barro bíblico que nos constituye y del que no está a salvo el poeta sublime interpretado sobriamente por Omar Shariff, el héroe ético que sin embargo cede a un adulterio cruel por lo que tiene de humillación de la más abnegada y amante de las esposas. Ahí está el pragmático que siempre sobrevive y que corrompe, Victor Ipolitovich Komarovsky en la piel experta de Rod Steiger. Y tantas otras lecciones en el espejo de la raza.

Pero a mí no me gusta por nada de esto. A mí me gusta porque toda la historia converge —a golpes visuales de flores amarillas, espléndidas y amenazadoras; a golpes sonoros de desgarradora música de cuerdas— hacia el amor incontenible que nos roba la feminidad encarnada sin mezcla de mal alguno; una mujer asediada, sensible pero dura, con toda la inocencia y sin ninguna ingenuidad; una mujer que “era como una corriente eléctrica, que poseía toda la feminidad del mundo”, en la descripción de Pasternak: Lara-Christie. Nos gusta como nos gusta la primera mujer de la que nos enamoramos y a la que no podemos ver, años después —en cada reposición televisiva—, sin volver a notar el calambre.

Después de esta declaración no me apetece nada proponerles a ustedes un libro, pero en fin. Podríamos proponer la propia novela en que se basa fidedignamente la película, pero quedaría todo excesivamente ruso. Les voy a obligar a que se lean, so pena de morir en el vacío y en la ignorancia, Cita en Samarra de John O’Hara. La he mencionado en algún artículo reciente. Es la novela que más me ha removido en los últimos años por la brillantez sucinta —milagrosa diríamos a tenor de la ebriedad perpetua de su autor— con que está narrada la decadencia fulminante de un matrimonio fitzgeraldiano, hermoso y maldito, socialmente inalcanzable y súbitamente tocado por la autodestrucción. Pero O’Hara narra sin estridencias, su sentido del tempo es perfecto e impide soltar el libro que le granjeó sin haber cumplido los 30 un nicho áureo en el canon occidental de Bloom para los restos. No me hable ninguno de ustedes hasta que se haya leído esta obra. Cita en Samarra toma el título de una inquietante leyenda árabe que comprime, con la precisión formidable del cuento alegórico popular, una enseñanza fatalista sobre la condición humana, enseñanza que la aristocrática novela que nos ocupa desarrolla sobre la moderna identificación entre carácter y destino. Les contaré el cuento para que abran boca:

Había en Bagdad un mercader que envió a su criado al mercado a comprar provisiones, y al rato el criado regresó pálido y tembloroso y dijo: Señor, cuando estaba en la plaza del mercado una mujer me hizo muecas entre la multitud y cuando me volví pude ver que era la Muerte. Me miró y me hizo un gesto de amenaza; por eso quiero que me prestes tu caballo para irme de la ciudad y escapar a mi sino. Me iré para Samarra y allí la Muerte no me encontrará. El mercader le prestó su caballo y el sirviente montó en él y le clavó las espuelas en los flancos huyendo a todo galope. Después el mercader se fue para la plaza y vio entre la muchedumbre a la Muerte, a quien le preguntó: ¿Por qué amenazaste a mi criado cuando lo viste esta mañana? No fue un gesto de amenaza, le contestó, sino un impulso de sorpresa. Me asombró verlo aquí en Bagdad, porque tengo una cita con él esta noche en Samarra”.

 

4 comentarios

  • No soy un experto en cine, por lo que me enorgullece de sobremanera coincidir con aquellos a los que se les tiene en cuenta su opinión.
    Soy un enamorado del cine de Lean. De Dr. Zivagho, evoco a menudo una escena cuando lo quiero es huir de todo o de todos.
    Sahrif es miembro obligado de un batallón de partisanos que deambula por la tundra nevada. Situado a la cola y sin que nadie se fije en él, da lentamente la vuelta a la grupa y desaparece entre la niebla. ¡Qué forma tan épica de decir “Ahí os quedáis”!

  • Tengo ganas de leer ese libro. Creo que la historia del mercader de Samarra incluida en el libro es en realidad la version de Somerset Maugham.

    Vecchioni hizo una canción preciosa con esa leyenda: Samarcanda.

  • Recuerdo, como tú, la honda sensación que me causó el primer visionado de Dr. Zhivago, en aquel entrañable programa de Garci que ejercía de cine-club para los aspirantes a cinéfilo que víviamos en provincias.

    A mí también me cautivó la mirada oceánica de Julie Christie; tengo clavados sus ojos llorosos, lo único que Lean iluminó en el reencuentro de la biblioteca. Ahí, en aquella mirada, parecía condensarse todo: el hombre, el sueño, la revolución, la pasión imposible, el exilio y la “muerte dulce”. Porque el peor invierno no era el ruso, Yuri.

    P.D. Por cierto, el cuento lo re-narraba Bernardo Atxaga en “Obabakoak” y, páginas más tarde, ejercía una variación especular simpática. Te gustará.

  • Trato de reconocerte, fui una valquiria a tus ojos? Desde Viena, con cari… hay letras, signos y acentos que aqui me son imposibles, disculpa. No sabes lo que te agradezco ambas recomendaciones. Bajo esta lluvia taciturna… o mejor: bajo esta lluvia, taciturna, es cuando mas me apetece y alimenta leer, leerte. Abrazo.

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