Alberto Rojas: La memoria de las jirafas

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Aquella mujer tocaba una especie de guitarra fabricada a base de madera muy tosca, casi sin pulir, con unos cuantos trastes y cuatro cuerdas, pero no sonaba mal del todo. Acababa de llover, así que la selva brillaba a su alrededor al amanecer tanto como los aros de su cuello, mientras el sol ya se asomaba entre la bruma. Había cosas que allí no podían verse en un vistazo rápido, pero que estaban en la escena porque para entender la escena tienen que estar esas cosas: campos de amapolas blancas como puños ocultos en los pliegues de aquellas montañas, milicianos armados del ejército Karen y dos o tres grandes casinos en la orilla laosiana del río Mekong.

En la parte visible del tinglado, hordas de turistas atraídos por la mística del triángulo de oro, epicentro del comercio de opio en otras épocas, donde se encuentran las fronteras de Laos, Birmania y Tailandia. Nuestro barquero, tatuado con un dragón que reptaba por su cuerpo y amenazaba con estrangularlo, nos dejó a los pies de un templo de piedra desde el que podíamos divisar a cientos de tailandeses cruzar el río para jugarse su fortuna en las ruletas de los casinos laosianos. El juego está perseguido en Tailandia, por lo que la única manera de jugar es pasar unas horas en el país vecino empeñando todo lo ahorrado en vida. “La mayoría regresan a la mañana siguiente, arruinados, sin guardar una sola moneda para pagar al barquero”, nos explicó Sa Nam, nuestro guía.

Era 2009 y en esa salsa sobrevivían las tribus Karen y sobrevivía Monang, una mujer jirafa, la mayor del grupo y la que parecía ostentar algún tipo de rango sobre las demás. Bajo un calor húmedo que dolía le hice una foto. Mientras, dos o tres turistas compraban monederos o bolsos que ellas elaboraban en telas de vistosos colores. Si uno busca fotos de mujeres jirafa en Flickr puede encontrarla sin problemas. No quedan muchas como ella, quizá 120 en todo el mundo. Y los turistas la acribillan con sus flashes.

Cuando National Geographic las mostró al mundo en 1970 ya eran un pueblo refugiado y sometido, pero lo peor vino después: el orwelliano régimen de los generales birmanos persiguió a esta indómita etnia (formada por varios subgrupos) hasta que comprobó que para el Gobierno de Tailandia, donde se refugia parte de la tribu, era un buen reclamo turístico.

Guardé la foto de Monang y por alguna extraña razón la metí en la memoria del móvil junto a otras tomadas a lo loco aquí y allá. La foto no es buena, la luz es lamentable y el guía nos metía prisa, pero algo me empujó a escanear el negativo a mi vuelta y pasarla al teléfono. Hice bien.

En marzo de 2012, un mes antes de que Aung San Suu Kyi, la Mandela asiática, conquistara su escaño en el parlamento, el gobierno ya relajaba su represión contra los opositores y etnias rivales por la presión internacional. Y entonces el azar, que a veces te regala encuentros inesperados, volvió a ponerme delante de un grupo de mujeres jirafa cerca del lago Inle. Eran cuatro o cinco, vestidas y peinadas exactamente igual a sus hermanas en Tailandia, pero estas estaban sometidas a una especie de capataz que las hacía trabajar en telares y posar para los turistas.

Se me ocurrió mostrar a una de ellas la fotografía de Monang tomada tres años antes en aquella frontera de casinos y amapolas. Se quedó mirando la pantalla del teléfono, concentrada, hasta que señaló a una de sus compañeras. Esta se acercó, observó el retrato en blanco y negro y me habló en inglés. “Monang, mi madre. Tailandia”. Se llamaba Munli y me dijo que llevaba muchos años sin verla, que había tenido que huir con parte de su linaje. Sin embargo su memoria sigue viva en la distancia, como la guerra.

Posó para mí lejos de los turistas, con la dignidad de una princesa, y no me contó mucho más porque el negrero que las empleaba la amonestó con la mirada.

 


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