Jot Down Cultural Magazine – Iker Zabala: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

Iker Zabala: El libro que leería durante la película que no puedo perderme

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“Si este libro es tan corto, confuso y discutible, es porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una carnicería solo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan.
¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una matanza; algo así como ‘¿Pío – pío – pi?’” (Matadero Cinco, capítulo I)

El escritor Kurt Vonnegut (1922 – 2007) pasó varios años tratando de poner por escrito un testimonio veraz, sincero y relevante sobre la carnicería que él mismo había presenciado en sus tiempos de soldado de infantería del ejército de los Estados Unidos. Prisionero de los nazis en la ciudad de Dresde, fue testigo del brutal bombardeo de la capital sajona a cargo de la aviación aliada en los últimos meses de la Segunda Guerra Mundial, así como de las tareas de desescombro y búsqueda de cadáveres, en las que participó. En el silencio de las ruinas comenzaba una batalla de cifras que llega hasta nuestros días: él mismo estimaría las muertes en 130.000 (“fue peor que Hiroshima”, diría). La propaganda nazi lo haría en centenares de miles. La RDA, en 35.000. Una comisión de investigación encargada recientemente por el ayuntamiento de la ciudad estimó en un máximo de 25.000 el número de víctimas.

El recuerdo de lo allí vivido lo atormentaría para siempre. El paisaje lunar de cuerpos calcinados y cadáveres apilados, el silencio de la ausencia de vida, roto por el trinar de los pájaros; el hedor, el indescriptible hedor que podía provocar la muerte de un hombre por reiteración de vómitos. Pensó que sería enormemente fácil escribir un libro sobre aquello. También rentable. En 1967 el Verano del Amor llegaba a San Francisco y la guerra de Vietnam acaparaba los titulares. Una novela sobre una polémica y al mismo tiempo semiolvidada operación de la aviación angloamericana en una ciudad que, a diferencia de otras localidades alemanas, no reunía las características de un objetivo militar estratégico no podía llegar en mejor momento.

Pero tras varios miles de páginas escritas arrojadas a la basura, la inspiración no acababa de llegar. Su editor esperaba noticias sobre el ya “famoso libro sobre lo de Dresde”. Sin éxito. Y en un momento de íntima y clarividente lucidez, Vonnegut consideró que nada nuevo tenía que decir sobre aquello. Que escribir un libro contra la guerra era aún más inútil que hacerlo contra las glaciaciones: por muy aguda que fuera la prosa, jamás podría evitar la siguiente.

En el fragor de las imágenes que alimentaban sus pesadillas, aceptó que nada podía hacer por cambiar el pasado. Que el presente, a la vista de los acontecimientos, era una sarcástica reiteración de aquel. Y que lo mismo podía preverse del futuro. Pero si el “famoso libro sobre lo de Dresde” no podía hacer nada por la humanidad, quizá pudiera hacerlo por él mismo. En su exasperación, atisbó una desesperada vía de liberación y se entregó a ella: el padecimiento humano como esfuerzo estéril, lucha perdida de antemano por la que no conviene sufrir. ¿Y por qué no conviene sufrir? Porque la única vía de escape en esta batalla perdida es asumir que todo está ya escrito. Que todo ha sido, será y es.

El libro adoptó, así, una nueva perspectiva. Y esta fue demencial, irónica, alocada, genial. Vonnegut dio la vuelta a su novela creando un alter ego: Billy Pilgrim. Mitad chiflado; mitad lúcido. Testigo también del bombardeo de Dresde. Pusilánime, débil, estúpido, pero jamás superado por una existencia perfectamente anodina y salpicada de innumerables desgracias personales tamizadas por el filtro del absurdo, que es el único que aplica a la tragedia. Superviviente, al fin y al cabo, gracias a la propia manera de concebir su existencia: Billy asegura haber sido secuestrado por los habitantes de cierto planeta llamado Tralfamadore. ¿Y por qué no? Estos le habrían revelado la cuarta dimensión, el tiempo, enseñándole a aceptar que su vida es un conjunto inmutable, en el que todo ha sido, es y será. Los tralfamadorianos conocen el momento de la muerte y del fin de todas las cosas, incluso del Universo, pero invitan a Billy a obviarlo y recrearse en los mejores momentos de una existencia escrita de antemano. Así, Billy navega a su antojo por momentos de su propia vida, como si esta fuera un libro que puede ser abierto por cualquier página a voluntad. En un grito desesperado, Vonnegut afirma que la única forma de mirar de frente a los cadáveres de sus pesadillas es vivir la vida a lo Pilgrim: como una pluma que se deja mecer por el viento del destino, como un viajero del tiempo que conoce de antemano su nacimiento, su padecimiento y el momento de su muerte, y transita por ellos una y otra vez dejándose llevar, renunciando a toda emoción por cuanto esta solo parece conducir al sufrimiento, y sin siquiera reivindicar su propia personalidad, por cuanto esta no existe en tanto que creación propia. Es una perspectiva ciertamente sombría, pero la única que hace todo soportable.

“En Tralfamadore, según dice Billy Pilgrim, a nadie le interesa Jesucristo. La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad tralfamadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos para morir, y que cada cadáver es un progreso”.
(Matadero Cinco, capítulo X )

La muerte no es tal: solo la última página de la novela caleidoscópica, permanentemente revisable, llena de humor, desgracia, sonrisa y llanto que es la propia vida. Esa novela se llama, también, Matadero Cinco, y en ella caben la ironía, el sarcasmo, la mordacidad, la deshumanización, la locura como forma de huida, el viaje lisérgico; también un héroe ridículo, un desquiciado autor de novelas de ciencia ficción, una actriz de cine erótico abducida por extraterrestres, un vengativo asesino en serie, una justiciera revisión del Evangelio, una tienda de revistas porno, varios soldados americanos cagando al unísono, una esposa gorda, una vida estúpida, una auscultación de Jesucristo muerto en la cruz, un militar fascista casado con una go-go, varias carcajadas y decenas de miles de cadáveres entre las ruinas de Dresde. Porque también es una novela “sobre lo de Dresde”.

En el último capítulo, Vonnegut data la finalización de su novela en 1968, pocas semanas después de los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Ese mismo año (siempre según el concepto terrestre del tiempo, y no el tralfamadoriano) un director italiano rodaba entre España, Cinecittà y Estados Unidos su western más ambicioso.

Sergio Leone, como Billy Pilgrim, sabía mucho del tiempo. De cómo congelarlo, sobre todo. La secuencia de apertura de Hasta que llegó su hora (pésima traducción del justamente épico Érase una vez en el Oeste original) nos narra, durante nueve minutos y treinta segundos, lo que ocurre mientras se espera la llegada de un tren: uno puede relajarse escuchando el chirriar de un molino, o jugar con una mosca metida en el cañón de una pistola, o contar las gotas de agua que caen sobre el ala del propio sombrero. La espera será deliberadamente larga. La muerte llegará después, pero lo hará como un latigazo, rápida y casi imperceptible, a manos de un misterioso hombre que invoca su pasado a través del sonido de una armónica.

Pero el asesinato también puede orquestarse a modo de ópera trágica de exquisita planificación cinematográfica. En la segunda secuencia asistimos a la matanza de toda una familia a manos de un sorprendente villano: Henry Fonda, que entra en la película como si de una presencia fantasmagórica, cruel e inevitable se tratara. La muerte llega aquí como el oscuro presagio que es bienvenido por el silencio de varias cigarras.

Llega entonces la tercera secuencia. La familia que acaba de morir ya no acudirá a la estación a recibir a Claudia Cardinale, pero Ennio Morricone sí, otorgándonos uno de esos momentos que hacen del cine un disfrute supremo: basta eliminar el diálogo, dirigir la cámara al interior de la oficina de un jefe de estación, sorprender entonces con un movimiento vertical y subir la música. Está hecho.

Cuando Claudia Cardinale consigue finalmente alquilar un coche de caballos y este abandona el desierto andaluz para adentrarse, durante apenas cuarenta segundos, en la llanura de Monument Valley, tenemos ya la boca a la altura del esternón. Poco importa que tras treinta minutos nadie nos haya dicho aún de qué trata esta película (de hecho la línea argumental no nos será desvelada hasta la hora y media de proyección) pues intuimos que lo que estamos viendo es, básicamente, otra cosa.

La historia, escrita a tres bandas entre el propio Leone, Dario Argento y Bernardo Bertolucci tras revisar decenas de clásicos del western americano, mete en una batidora referencias de Centauros del desierto, Solo ante el peligro, Johnny Guitar, Raíces profundas y varios films más y les otorga un lenguaje diferente, por medio del que se nos vuelve a hablar del mundo viejo, el ferrocarril como representación del mundo nuevo y la defunción épica de los antiguos forajidos, que ya no tienen hueco en la vida doméstica, civilizada, familiar y americana del futuro. “Western postmoderno”, podríamos decir hoy en día en un arrebato pijo. Puede ser.

Debo confesar que mi primer visionado de Hasta que llegó su hora fue relativamente traumático. Conecté al máximo con las tres primeras secuencias y el inolvidable duelo final, pero me perdí en el juego de medios tiempos, diálogos confusos y elipsis con tirabuzón de su parte central. Echaba de menos una narrativa más tradicional. En el segundo visionado fue el personaje de Morton, quizá el mejor de la función, el que me atrapó. Y tras varias revisiones, conocida ya la historia, comprendí que Leone podría habernos mostrado cómo acabó Frank en la cama de Jill, qué ocurrió a Cheyenne en el tren de Morton, cómo llegó Jill a pensar en una vida futura con Harmonica, y muchas cosas más. Pero tendría que haberlo hecho a costa de reducir secuencias como la de la estación del principio. En una reacción ciertamente tralfamadoriana, Leone optó por recrearse en los mejores momentos de su película, aquellos que más le satisfacían desde un punto de vista artístico, sacrificando las escenas que menos le motivaban y reduciendo el guión a la mínima esencia, contando una historia de cuatro horas en dos y media. Y escogió así a su público: sabía que muchos se perderían la primera vez, pero que algunos advertirían la calculadísima estilización de sus imágenes, y que ese recuerdo les invitaría a sumergirse en su film varias veces, hasta captar la historia al completo. Y que cuando la captaran, comprenderían que eso era lo de menos.

El resultado de decisión tan personal es que puede haber ciertamente películas mejores que Hasta que llegó su hora, incluso varios westerns, pero es igualmente cierto que pocos films revelan a un director entregado a su oficio con tan absoluta pasión. Un autor que planifica las escenas con precisión de cirujano, caprichoso, que traslada todo un rodaje a Estados Unidos solo para poder permitirse plantar su cámara durante unos segundos en el terreno sagrado de su admiradísimo John Ford. La mirada de Leone es totalmente sincera. También democrática: parece querer compartir su experiencia con nosotros, agarrarnos por el hombro, invitarnos a mirar por el objetivo y tratar de hacernos comprender por qué ama el cine con locura.

4 comentarios

  1. Estupenda elección, y si se me permite, la película de George Roy Hill tampoco está nada mal.

  2. Apuntadas quedan. He llegado aquí desde el cojonudísimo artículo sobre Los Soprano de la edición impresa n°2. “Don’t stop…”

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