Juanjo Martínez Jambrina: El libro y la película

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Imagínate que estoy sentado en un confortable sillón viendo un lento atardecer sobre el estuario del Tajo en Lisboa. Imagínate que en lugar de Bruno Ganz soy yo el que está leyendo mientras a mis pies fluye la vida en la ciudad blanca. Porque hasta donde yo sé el cine y la literatura se inventaron para dar cuenta de los dilemas sociales merced a las emociones suscitadas en el lector o en el espectador. Me sorprende la complejidad de las emociones humanas. Por eso aparezco en el cartel de la película leyendo a Eva Illouz, socióloga francojudía de formación norteamericana. Como podría estar leyendo a Martha Nussbaum, la filósofa estadounidense que ha recibido el Premio Príncipe de Asturias de 2012 y que tanto ha escrito sobre el ocultamiento de las emociones más humanas a través de la repugnancia y la vergüenza. Pero estoy leyendo a la Illouz. Por eso, el libro que se ve en el cartel de la película se titula La salvación del alma moderna. Terapia, emociones y la cultura de la autoayuda (2008, ed inglesa; 2010, edición española, Katz eds.). Con la Illouz tenemos una deuda grave. El concepto de “capitalismo emocional” es una aportación suya de notable éxito en la literatura sociológica. Para ella, en nuestro mundo posmoderno las emociones y las relaciones sentimentales se construyen sobre una lógica económica, o sea, cada relación sentimental se somete a la prueba del algodón del capitalismo ¿qué y cuánto gano con esta persona al lado? ¿cuánto arriesgo en la relación? Todo ello en detrimento del modelo sociológico vigente hasta bien mediado el siglo XX: aquel ideal romántico donde todo se dejaba al albur de la pasión y el desinterés. Aquel espíritu desprendido de lo material a donde habíamos llegado tras el desencanto emocional que trajo la Revolución Industrial, tan descarnada y fría. El Romanticismo hizo del mundo de los sentimientos una vía de escape contra, digamos, la hiperracionalización del mundo. De ahí el desarrollo de la literatura del folletín, de los seriales radiofónicos, de la prensa popular… Pero hete aquí que un buen día, y esto Illouz no lo aclara bien, el capitalismo decide poner también las emociones a producir, a dar rentas. Gracias, sobre todo, a la obra de Sigmund Freud, que ofrece una explicación científica de las relaciones sociales, humanas y, por ende, del amor. Y una solución terapéutica para sus males. El amor a lo romántico pasa a ser algo sospechoso, incluso patológico, y se rechaza cualquier sufrimiento derivado de una relación sentimental, como, por otra parte, se rechaza cualquier sufrimiento venga de donde venga. ¿Para qué sufrir habiendo terapias…?

La propuesta de Illouz es clara: en los años 50 del siglo pasado, los psicólogos irrumpen en la sociedad: la escuela, la empresa, los servicios sociales, la sanidad, los juzgados, la familia, etc. y desde entonces el concepto de sufrimiento pasa a ser dependiente de la corriente psicológica predominante. El cine y toda la industria de la ficción hicieron el resto. De ahí que el hombre moderno vea ya como algo normal contarse su vida en términos psicológicos y recurrir a la psicoterapia o a los libros de autoayuda cuando siente que su felicidad no es completa. Esa felicidad a la que todo hombre que se precie debe aspirar para autorrealizarse porque así lo dejó escrito el psicólogo Abraham (¡!) Maslow.

Bueno, pues algo de esto que cuenta Illouz lo habían bosquejado ya varios autores pero ella va mas allá y demanda una crítica social adjunta, agregada. Es decir, que estas pautas de conducta social tan psicologizadas deben ir acompañadas de la oportuna evaluación de su rendimiento. O sea, que el propio capitalismo debe analizar el aprovechamiento que le ha traído el restringir los ideales románticos solo a aquellas clases populares que no pueden pagarse una terapia. No vaya a ser que con tanta búsqueda de la felicidad, con tanto terapeuta y hermeneuta de las emociones, estemos tirando la vida por la borda.

He dejado el libro de Illouz sobre el sillón y estoy entrando en el cine. En una sala proyectan al gran Scorsese en La Edad de la inocencia (1993), fresco colosal sobre la contención emocional en la sociedad refinada de principios del siglo XX. Otro día revisaré los lamentos de Newland Archer tras rechazar el amor fou que le ofrecía la Condesa Olenska y conformarse con un matrimonio convencional. O volveré a escuchar a su madre Mrs. Archer hacer una vaciado de filosofía social: “Una vez dijo: ‘Todos tenemos nuestros preferidos en la clase baja’, y aunque la frase era atrevida, su veracidad fue secretamente admitida en el fondo del corazón por gran parte de lo más distinguido de la sociedad”.

Esta vez prefiero sentarme a ver Los protectores, ese western nada crepuscular que Walter Hill rodó en el año 2006. En Los Protectores, Robert Duvall interpreta a un viejo vaquero sin demasiada suerte en el amor y la gran Greta Scacchi, tan bella como sencilla, hace un papelón de puta vieja maltratada por el tiempo y por los hombres. Hacia el final de la película ambos mantienen una conversación en una sobremesa al pie de un río. Hacía tiempo que no escuchaba una conversación tan pausada, rítmica y tenue sobre la intimidad y el amor. Le pregunta ella, la traumatizada, por las mujeres de su vida. Y le responde el viejo huraño : “Enamorarse es de cobardes… busco algo que va mucho más allá del amor… algo que sucede solo cuando los dos son solo uno, cuando no existe ella, ni él , ni tú ni yo…” Pura lírica. Adoro ese realismo infinito, concluyente, que emana de las palabras del viejo vaquero: “El amor no existe, me conformaría con tener al lado una buena mujer”. Si es que no somos casi nada…

 

 

 

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