Juan José Gómez Cadenas: Paisaje con neutrinos

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Hace ya algún tiempo, en mi época de post-doc en California, durante uno de mis largos viajes por Estados Unidos (era mis años de not-so-easy ryder, a lomos de varias motocicletas japonesas) conocí a un vendedor ambulante al que llamaré Jerónimo. Era un indio navajo, andaría por los 50 (un anciano, para mí, que por la época aún no había cumplido los 30) y tenía un bochinche en la parte trasera de su roulotte en el que exponía cacharrería y souvenirs. Cuencos, platos, pipas de la paz y alfombras (sospecho que alguna de ellas Made-in-China) además de los también habituales cuadros naive que representaban al feliz piel roja, integrado, ecologista y en contacto directo con el Gran Manitú, antes de la llegada de los rostros pálidos.

Jerónimo y yo hicimos buenas migas, entre otras cosas porque, al igual que él, disponía por aquella época del preciado tesoro del Tiempo Libre. Durante un par de días anduve haraganeando por el desierto pintado, imaginándome estar a ratos en el Far West y a ratos en Marte, y por las noches me acercaba a la camioneta de mi amigo para compartir con él una cena indígena (pizza, naturalmente) y unas Buds (cerveza mala donde las haya, pero a los veintiocho años se tienen pocos remilgos) amén de unas hierbas medicinales sobre cuya naturaleza correré un tupido velo y cuyo consumo negaré con política convicción, si sobre ellas se me interroga.

Una de aquellas noches, Jerónimo me mostró un cuadro que tenía en su roulotte y que no estaba a la venta. Se llamaba Paisaje con apaches, y no lo he olvidado nunca.

El lienzo: una línea curva describiendo el horizonte. Un pedrusco minúsculo y un cactus no mucho más grande. Nada más.

Naturalmente, la gracia de la composición era lo que no mostraba. Los apaches invisibles, cuya presencia se inducía, imposiblemente agazapados bajo el ridículo canto rodado, maravillosamente disimulados por el flaco arbusto.

El cuadro exaltaba esa calidad de los apaches que pude apreciar a lo largo de las veladas con Jerónimo. Su sigilo, su silencio, su capacidad de desaparecer en el paisaje, de fundirse con él, de ser uno con la Tierra. Todo lo contrario del hombre blanco, todo lo contrario de mi Kawasaki Red-Ninja, Arrest-Me, y mi manera de entonces y de ahora, de hablar a voces (diré en mi descargo que siempre he estado un poco sordo) y mover los brazos como un molino de viento para acompañar mis argumentos, mientras Jerónimo tiraba de la pipa (perfectamente consciente de su cliché) y me toleraba, paciente y ecuménico.

Hoy quiero recordar a Jerónimo y aquellos días de agosto de 1988, remedando su cuadro con otro, que no se le parece en nada, o quizá en todo.

Paisaje con neutrinos

Ahí lo tenéis. La foto muestra un edificio, cuadrado, metálico, vagamente futurista. Tiene algo de hangar, algo de fábrica, algo de container, algo de nave espacial, algo de pecio varado en el océano helado que le rodea. Si os fijáis bien veréis un color anaranjado, en una de las ventanas inferiores, que sugiera una luz, calor, una chispa de vida en su interior.

El océano que rodea al edificio no es otro que la meseta Antártica. Estamos exactamente en el Polo Sur geográfico, el lugar mítico al que llegaron por primera vez Admundsen y Scott, aunque el segundo no vivió para contarlo. Estamos muy cerca, a menos de un kilómetro, de la base científica cuyo nombre evoca a ambos exploradores. No hay nada en al menos mil kilómetros a la redonda, excepto tundra nevada.

Si nos fijamos en la posición del sol, veremos que está atardeciendo. Lleva un mes atardeciendo, claro está. En el Polo Sur, solo hay un día, que dura seis meses, y una noche, que dura otros seis. La posición del sol nos dice que debemos andar cerca del fin del verano, que pronto caerá la noche y pasaremos de los cálidos treinta y tantos bajo cero de la canícula estival a cincuenta bajo cero o menos. En la Antártida puede hacer y hace, a menudo, más frío que en Marte. La noche está al caer. Cuando llegue, la estación Admundsen-Scott se quedará aislada, sin vuelos que la conecten con el exterior durante medio año. A Jerónimo le gustaría este sitio. Pocos turistas, mucho tiempo libre. Mucho silencio.

Este es el paisaje. Pero, ¿dónde están los neutrinos?

Los neutrinos llueven encima del Polo Sur, como llueven encima de toda la Tierra. Se producen a trillones en el Sol (alrededor de cien mil millones de ellos atraviesan la uña de nuestro pulgar cada segundo), se producen en la atmósfera, cuando los rayos cósmicos de alta energía que vienen del espacio exterior se estrellan, para nuestra fortuna, contra el escudo de aire que nos protege y nos alimenta, viene de aún más lejos, de las supernovas que al estallar destruyen su sistema solar y todo lo que les cae en muchos parsecs a la redonda, esos fuegos artificiales del cosmos, con los que Dios entretiene su hastío.

Vienen de mucho más lejos incluso, mensajeros de los fenómenos más violentos de la galaxia. Esos neutrinos de energía increíbles narran épicas tan fabulosas que nuestro limitado entendimiento no llega a asimilarlas. Esta última semana, la tragedia de la escuela de Connecticut ha poblado mis pesadillas. ¿Cómo son las pesadillas de la divinidad cuando imagina el agujero negro que poco a poco devora nuestra galaxia?

Ocupando un kilómetro cúbico, bajo el hielo de la Antártida

Ahí están esos neutrinos, invisibles como los apaches de mi amigo Jerónimo, lloviendo sobre la Antártida. Y en el segundo gráfico podéis ver el detector IceCube, el inmenso ojo de un Cíclope niño, enterrado a un kilómetro de profundidad bajo el hielo. 86 cables, si la memoria no me falla, cada uno de un kilómetro de largo, cubriendo un kilómetro cúbico con inmensos ojos electrónicos, que miran pero no ven. A un kilómetro de profundidad, bajo el frío hielo polar, no hay otra cosa que oscuridad y silencio.

Pero de vez en cuando un neutrino procedente de la atmósfera y a veces de la galaxia, se estrella contra las duras moléculas de lo real. Cuando esto ocurre, salta una chispa de luz y los ojos del gigante se animan por un instante. Una señal recorre los nervios de fibras ópticas y robustos cables, un ordenador traduce el pulso a kilobytes que más tarde se transmiten vía satélite hasta que, en algún sitio, un físico examina el cuadro y se asombra.

IceCube acaba de detectar dos sucesos increíbles, dos bombas de luz cuya extensión es tan grande como todo el centro de Madrid, desde Cibeles hasta Atocha, mensajeros, ¿de qué? De algo terrible, sin duda. Terrible, pero, afortunadamente, muy, muy lejano.

Y así, el físico se conmueve, contemplando su paisaje con neutrinos y ruega para que Dios siga mirando a otra parte, lejos de su verde planeta sobrecalentado, lejos de su querida familia a la que no dedica bastante tiempo, lejos de su amado país, destrozado por una raza vil de hombres tenaces, con carnets en los bolsillos que deletrean siglas en las que ya nadie cree. Lejos, lejos, reza el físico, consciente de que no se puede esperar otra cosa de la divinidad que la indiferencia o la aniquilación.

Yes, the newspapers were right: snow was general all over Ireland. It was falling softly upon the Bog of Allen and, further westwards, softly falling into the dark mutinous Shannon waves. It was falling too upon every part of the lonely churchyard where Michael Furey lay buried. It lay thickly drif ted on the crooked crosses and headstones, on the spears of the little gate, on the barren thorns. His soul swooned slowly as he heard the snow falling faintly through the universe and faintly falling, like the descent of the their last end, upon all the living and the dead.

También los neutrinos atraviesan suavemente el universo, también llueven, indiferentes, sobre todos nosotros, los vivos y los muertos.

12 comentarios

  • Muy bonito artículo, como siempre. Hay muchas personas que no quieren mirar para no tener que ver. No les gusta que seamos tan insignificantes. Incluso renuncian al placer de mirar al cielo por la noche por si acaso ven demasiadas estrellas que les hagan sombra. Estas personas también quieren impedir que otros miren.

  • Gracias Victoria. Afortunadamente hay otras personas como tú como aquel Apache de mi juventud, que miran mucho que lo ven todo…

  • Tío, este jotdown es pura poesía. Transformas los fantasmas de la materia en lluvia de espíritus indiferentes que cala y cala.

  • Pocos finales de una obra tan profundos y tan hermosos. Excelente artículo, como todos os que te leo, querido Juan Jose. Abazos.

  • Querido José Luis, me siento, como en aquellos días ya lejanos de principios de milenio, un alumno aplicado. Un gran abrazo.

  • Creo que no es necesario escribir por escribir, si no para contar algo, pero en fin..

  • Querido Witiliza, fíjate bien. Los Apaches están ahí…

  • Fantástico articulo.Durante todo el año pasado Carlos Pobes un físico aragonés estuvo a cargo del Ice Cube.
    Recomiendo su blog donde narró toda su experiencia.

  • Carlos es un buen amigo y por supuesto ya he recomendado su blog en twitter y en mi facebook. Gracias!

  • Según el gráfico los cables llegan a + de 1 km de profundidad y encima hay detectores incrustados ahí abajo… impresionante!

  • Enlazado desde http://unbosqueinterior.blogspot.com/2013/01/hojas-de-papel.html

    Evocaciones, metáforas, insinuaciones, rezos, presencia, el dios de los neutrinos, apaches en la antártida, mejor dicho, el espíritu de los apaches en un cerebro buscador de partícula que anuncian el fin del mundo en alguna galaxia lejana, muy lejana. No se trata de cómo escribes, sino como sueñas.

  • Impresionante, como todos sus artículos. Ni se le ocurra dejar de escribir.

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