Kay Parker, la madre que no nos parió

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Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. Eme Cu Eme Efe. A finalísimos del siglo pasado, esas cuatro letras eran coreadas en la comedia adolescente picante American Pie —ay, si Porky’s levantara la cabeza— por varios imberbes zagales durante una fiesta casera frente al retrato de la pechugona y ausente madre del anfitrión. Poco se podría sospechar quizás que semejante chiste fácil fuera a popularizar un término que soezmente etiquetaba una fantasía no extraña a la mente masculina pese a los tópicos sobre las preferencias en cuestiones de edad: la de la mujer madura considerablemente atractiva, “la Madre Que Me Follaría”. El chiste, el término, la etiqueta adoptada devino en moda en los siguientes años. Varias series de televisión se crearon alrededor de personajes principales con características que buscaban explotar la redescubierta veta sexual de la que, además, surgirían variedades específicas, como la del “puma” —cougar— que definía a la mujer madura con una actitud de depredadora sexual. Mujeres Desesperadas  y Cougar Town son dos casos populares al asunto. Por otra parte, en otras series —de cualquier género— las milfs aparecían como champiñones dentro del elenco de personajes, destacando por su tremendo sex-appeal. Como relucientes ejemplos me quedaría con Elizabeth Mitchell (Juliet Burke) en Perdidos y Sofia Vergara (Gloria Delgado-Prichett) en Modern Family. Por la parte que le toca —y con más tradición, si cabe— la cinematografía también ha usado la capacidad seductora de actrices veteranas como Michelle Pfeiffer, Diane Lane, Sharon Stone o Monica Bellucci. Catherine Deneuve y Susan Sarandon ya se habían marcado a principios de los ochenta un rollo lésbico-vampírico-existencial en El ansia. E incluso una Sofia Loren ya con sesenta tacos se atrevía a lucir palmito y lencería en una erotico-cómica escena de cama con Marcello Mastroianni en Pret-a-porter.

Foto Sofia Loren

Marcello, tú me has enseñado a ser una leona

¿Y el porno? El porno celebró la segunda venida de toda una serie de actrices que habían triunfado tiempo atrás y que demostraron no haber perdido su toque. Pese a que las vueltas al negocio del coito cinematografiado no eran algo completamente novedoso —casos como el de Nina Hartley o Ginger Lynn por citar un par— ahora los regresos venían arropados por el popularizado nuevo nicho que, al reconocer el atractivo y potenciar de la veteranía, permitía felizmente ampliar la edad media de la carrera —por lo general corta, sobre todo en comparación con sus contrapartidas masculinas— de muchas felatrices de culto.

Sin embargo, la presencia de la mujer de edad avanzada —que en términos de pornografía lo situaremos entre los treinta y cuarenta años— en el cine para adultos no siempre ha necesitado de la popularización de su fantasía. Cuando la escena sexual estaba incluida en el argumento como parte del mismo —y no era la totalidad del argumento—, cuando el sexo en pantalla buscaba como referente la cinematografía convencional en pos del reconocimiento y la categoría de arte, los directores buscaban actrices con las virtudes necesarias para representar los papeles de los guiones, combinando en lo posible tanto aptitudes físicas y sexuales como interpretativas. Georgina Spelvin, con 37 años de edad, algunos estudios de interpretación y unas pocas escenas de sexo a sus espaldas, se convertía en la protagonista esencial de una de las mejores películas pornográficas de todos los tiempos,The devil in Miss Jones. Otro caso célebre es el de Juliet Anderson. Con 42 años, se la inmortalizaba con el alias de Aunt Peg a raíz de la película de mismo título, en su papel de rubia arpía insaciable.

Pero la cumbre del mito erótico de la mujer madura —la mujer que mejor representó el ideal erótico-maternal para el espectador— no lo alcanzó ninguna como Kay Parker en Taboo, con su papel protagonista de Barbara Scott y el relato de una relación incestuosa madre-hijo. Una interpretación que, a efectos prácticos, perfectamente le valdría el título de Madre de todas las Milfs.

Una inglesa en los Estados Unidos del Porno

Kay Parker llega a la costa este americana desde su Birmingham natal en el 1965, con 21 años. Es criada en una Inglaterra triste y gris de postguerra profundamente represiva y cuenta en algunas entrevistas que si se hubiera quedado en las islas durante más tiempo, sencillamente no hubiera podido salir viva de su juventud. Su viaje a los Estados Unidos fue tanto una huida como una forma de descubrirse a sí misma. Y su entrada al mundo del cine para adultos no fue inmediata ni impulsiva, amén de que al cine porno por aquel entonces aún le quedaría unos años para ser legal.

Más de una década después de su llegada a América, conoció al actor John Leslie, que sería su contacto de entrada. Inicialmente, ella desconocía que se dedicaba al cine pornográfico, si bien algo se imaginaba; en aquella época, en aquel lugar, era casi más fácil estar metido en el mundillo que no estarlo. La inmersión de Kay en el mismo fue progresiva y sopesada, lo que nos da mucha información sobre su forma de ser. Era todo lo contrario del estereotipo de sureña inocente que buscando los focos de Hollywood acababa rodando porno casi desde el minuto cero y que la propia industria ha representado, parodiado y, de nuevo, fetichizado. Inteligente y reflexiva, además de ponderar cada paso que daba, la actriz reconoce que era —y durante mucho tiempo fue— bastante pudorosa. Incluso ya instalada en su carrera como pornostar, se consideraba a sí misma en medio de la escena del cine para adultos como “la mojigata del porno”. Por norma general, evitaba escenas extremas o papeles a los que no pudiera aportar algo más allá de la propia escena sexual. Y entendía que la práctica del coito ante la cámara, cuanto más natural y sincera fuera, mejor resultado daba.

En aquellos tiempos previos al inicio de su carrera no es menos cierto que también sentía una cierta necesidad de “desmelenarse”, quizás como forma de liberación de su restrictivo pasado al otro lado del charco. Esto, junto con la atracción que afirma sentía hacia el mundo del cine en general, hace más sencillo entender su proceso paulatino de entrada y, por otra parte, pone de relieve los paralelismos esenciales con el personaje de Barbara Scott que la hicieron única para el papel y explican el enorme éxito que le siguió.

En 1977, aceptaría su primer papel en V, the hot one de Robert McCallum, uno sin escenas sexuales, pero que supondría introducir un primer pie en la escena. La inmersión completa y su debut como actriz pornográfica se daría ese mismo año en Sex World de Anthony Spinelli. Kay Parker tenía 33 años y los productores del momento empezaron a tomar nota de todas sus virtudes y de cómo destacaba frente a la actriz porno media de aquellos años. Además de manejarse bien con los guiones y la interpretación, aquella mujer de melena castaña, ojos azules y exótico acento inglés, poseía un físico de infarto. Si a la Parker, en su juventud, le había picado algún bicho radiactivo del que obtener unas dotes proporcionalmente superiores a lo humano… bueno, solo digamos que el bicho en cuestión no era una araña. Para el anecdotario, Ron Jeremy afirmó en su día que Kay Parker es una de las tres actrices con las que lamenta no haber podido compartir escena nunca —aunque estuvo a punto, en Taboo 2— junto con Annette Haven y Jessie St. James.

Tres años después, en 1980, llegaba la oferta para rodar Taboo. El tema de la incesto tratado a través del cine para adultos era y no era nuevo. Existían antecedentes en producciones de bajo coste en ambas costas americanas. Y en Europa, los alemanes ya habían iniciado la serie de películas pornográficas con toques de comedia de Josefine Mutzchenbacher —otro porno de culto, menos conocido popularmente— basada en las escandalosa novela erótica Historia de una prostituta vienesa de autor anónimo, pero atribuida a Félix Salten, autor de Bambi: una vida en el bosque, el relato del que surgiría luego la famosa producción de la Walt Disney. En cualquier caso, en América, aquel era el primer guión sobre el asunto con algo más de profundidad y seriedad, pero tampoco exenta de puntos de comedia, como veremos.

Foto Jessie St James

Barbara Scott pudo haber sido rubia y algo menos madura

Kirdy Stevens, director de la obra que nos ocupa —fallecido este pasado mes de Octubre— tuvo en mente inicialmente a Jessie St. James, una de las mujeres más guapas del porno de finales de los setenta para el papel principal; pero por lo que fuera la oportunidad para interpretar a Barbara Scott acabó en manos de Kay. La verdad es que las dos mujeres se parecían la una a la otra en el proverbial blanco de los ojos. La primera era una esbelta y rubia californiana con rasgos atléticos. Kay Parker, todo lo contrario: le sacaba diez años de edad, le ganaba en voluptuosidad y en tallas de busto —lo que parecería más apropiado para una representación maternal— y poseía el punto del acento británico que podía dar matices ya no solamente maternales, sino también matronales. En cualquier caso, el papel y la decisión de interpretarlo acabó recayendo sobre ella.

Y en la encrucijada de aceptar la que sería la interpretación de su vida tuvo sus reparos. El tema del incesto la echaba para atrás, pero el guión era bueno, el personaje importante y había muchas posibilidades para la interpretación dramática. En el imaginario artístico del momento quizás corría también la película de Bertolucci estrenada el año anterior, La luna, sobre la relación incestuosa entre una viuda cantante de ópera y su hijo adicto a la heroína. Al final, la británica reflexionó que si no era ella quien asumía el rol, lo asumirían otras y que aquel era un tren que debía tomar. Si ella era Barbara Scott por lo menos podría ponerle corazón —y no solo cuerpo— al personaje. Y dio el sí.

Taboo : Crónica de un incesto anunciado

(Van avisados de que voy a hacerles el spoiler de la trama entera.)

Así como de un porno argumental nos esperaríamos un inicio narrativo que nos llevase algo más tarde a alguna escena sexual, Taboo empieza directa al tajo, pero de una forma que ya nos habla de la personalidad de sus personajes a través de la práctica coyuntal. La película abre la historia con Bárbara Scott sobre el lecho matrimonial practicándole una felación a su amado esposo, Chris, a oscuras. El afortunado varón extiende una mano para encender la lamparita y así poder disfrutar visualmente de los favores que está recibiendo; sin embargo, no tardará ella en lanzarse sobre el interruptor para volver a apagarla. Poco después, su marido la volvería a encender, contrario al quizás inverosímil pudor de su mujer. Hay quejas, algo de refriega, pero la pareja acaba rematando la faena. Sin embargo, a la conclusión de la misma  Chris anuncia a Bárbara —aún más inverosímilmente— que la deja por su secretaria a causa de su constante mojigatería en la cama.

Tras semejante desencadenante de la acción, no se nos tarda en presentar a otros personajes principales de la historia. El primero es Paul, hijo de Barbara, un rubio Apolo americano de ojos azules interpretado por un Mike Ranger de veintiocho años, que en la historia pretende tener bastantes menos (se afeitó un prominente mostacho a lo John Holmes, moda varonil del momento), acorde con la edad de un universitario de primeros años; Kay Parker en aquel momento tenía treinta y seis años y, a la inversa, su personaje pretendía aparentar alguno más. Paul no parece excesivamente sobresaltado por la idea de que su padre abandone a su madre y en la escena del desayuno en el que lo conocemos por primera vez ya gasta miradas furtivas al generoso escote maternal bajo una bastante suelta bata de dormitorio. Pronto veremos que Paul tiene una vida sexual bastante rica: queda para estudiar con su novia —interpretada por Dorothy LeMay— y una amiga y nos demuestra que es capaz de contestar preguntas de historia general a lo Trivial mientras usa la boca para otros menesteres. Después de la tercera respuesta correcta, su pareja deja de hacerle preguntas para pasar a temas más elevados, probablemente asombrada por la increíble cultura de su novio. No tardará tampoco en sumarse la amiga a todo el asunto. Vamos, lo normal de quedar a estudiar historia.

Foto Kay Bata

Cosas que te pondrías para desayunar en familia

El otro personaje importante a presentar es Gina, interpretada por Juliet Anderson, que hace las veces de amiga íntima de Barbara. Su personaje no puede ser más diferente al de Kay, una mujer madura sexualmente liberada que a las doce del mediodía está montándose tríos con su pareja y una amiga asiática. Su personaje, opuesto natural y contrapunto dialéctico al de la protagonista, también dará respiros de humor al guión. Ella tratará de animar a su buena amiga después de su ruptura matrimonial. Y su propuesta para que lo supere todo, inevitablemente, pasará por encamarla lo más rápido posible con algún conocido, pese a que Barbara no esté mucho por la labor. Mucho más formal, su primer paso para reiniciar su vida consiste en conseguir un trabajo en la oficina que dirige un viejo amigo, Jerry. Pero allí también estará presente el furor sexual del que pretende escapar: Jerry, ya en el primer día de trabajo, muestra unos avances hacia ella que no le gustan nada y que están más cercanos al acoso sexual que al cortejo romántico que ella quizás preferiría. Pero tras hablarlo y varias disculpas, pactan una relación estrictamente profesional.

A la vuelta del trabajo, Paul llega también a casa con su novia y no pierde la oportunidad de espiar a su escultural madre en la ducha y arreglándose para salir. Además de las miradas furtivas matinales, el joven ya había tratado —con éxito— de colarle un nada sutil beso con lengua tras la coartada de un inocente ósculo familiar durante una charla madre-hijo. Así, la irresistible atracción que siente hacia ella se va haciendo cada vez más patente. Este enfoque, también, ayuda a aliviar ligeramente la dura carga del tema del incesto en la película: Barbara no es una depredadora sexual —no es una cougar— sino todo lo contrario; es su hijo el que trata de hacer avances hacia ella y quien desarrolla la obsesión inicial hacia el otro. En una nueva escena de sexo con su novia —una vez su madre ya ha salido con su cita— se nos intercala alguna escena recordando a su madre desnuda para insistirnos en esa idea.

Mientras tanto, Barbara ha salido con un amigo de Gina para asistir a una fiesta. Una fiesta en la que, a los pocos minutos de llegar, empieza a circular gente sin ropa porque, sin ella saberlo, la han llevado a la clásica swinger party de la costa oeste setentera. Su acompañante insiste en que participe, pero ella se niega. Pero que ella se mantenga al margen no impide que el evento devenga en orgía desenfrenada. Kirdy Stevens nos regalará la breve instantánea de un daisy chain, una ourobórica cadena de sexo oral perfectamente heterosexual, elaborada ante los ojos de la atónita Barbara —que, por otra parte, está también ocupada sacándose de encima a un hippie de la edad de su hijo—. Tras el intercambio lúbrico masivo, la fiesta termina —ella es la única que no ha participado sexualmente del encuentro— y su acompañante la deja en casa.

Pero algo más tarde, ya acostada, no consigue pegar ojo. Todo el mundo menos ella parece tener una vida sexual plenamente satisfecha. Allá por donde circule, sea su entorno familiar, profesional o social, no encuentra más que sexo, sexo y sexo que por su forma de ser rechaza por sistema. Pero toda esa presión —suponemos que por desgaste— acaba haciendo mella y se encuentra a sí misma, de madrugada, excitada y acariciándose con el recuerdo de lo que ha visto durante su cita, fantaseando con su participación de la multitudinaria orgía y colocándose imaginariamente en el centro de aquel círculo de gente desnuda que ahora trata de alcanzarla con sus manos mientras se deja llevar —por fin— por el éxtasis. Pero así como hace unas horas disponía de múltiples opciones para elegir con quien saciar su repentino deseo, en esos momentos se encuentra sola en casa.

O no exactamente sola.

Foto Swinger Party

Mucha gente desnuda y sábanas con estampado de flores: un solo fotograma para saber que estamos en la California de finales de los setenta

Un polvo para la historia del cine porno

Bárbara se levanta y tal y como avanza por el pasillo se nos enchufa la tonadilla funky característica de la película como preludio a lo que va a venir a continuación. Pasa frente a la habitación de Paul y se detiene cuando lo escucha gemir. Si bien, si paramos la oreja, más que gemido la gesticulación verbal de su hijo suena más como el graznido de un pato que como un gemido.

Entra al cuarto y allí se lo encuentra. Durmiendo en su cama como ella lo trajo al mundo. Hace un amago de resistencia, pero las lujuriosas imágenes mentales vuelven a asaltarla. Duda, se aleja, vuelve a dudar y acaba por sentarse en la cama junto a él. Stevens intercala esta secuencia con imágenes, esta vez, de ella practicándole una felación a un desconocido. Porque ahora sí, el director ya ha soltado todos los pathos. Y finalmente, Bárbara termina por derribar toda barrera mental y moral, dándose a la catarsis. En toda la boca.

Lo que sigue es una de las escenas de sexo más ardientes de la era dorada del porno americano. Kay Parker ha comentado en varias entrevistas algunas de las claves que probablemente hicieron que la escena clave de la película, la encarnación de su título, fuera tan tremendamente exitosa. Por un lado, Mike Ranger era un actor con el que, antes de esa película no había “trabajado” nunca. Y confiesa que había una patente atracción mutua del uno hacia el otro incluso fuera de cámara, lo que hacía fácil darle credibilidad al encuentro amoroso y al deseo contenido y posteriormente desatado entre ambos. El otro aspecto clave es el trabajo de interiorización del personaje por parte de la actriz, en todos sus aspectos. Kay se había puesto perfectamente en la piel de Barbara y llegado el momento, trató de infundir tanto amor como pasión a la escena. Con una perspectiva no libre de un cierto misticismo, la británica explica que en ese lugar, en esos instantes, la unión de energías entre todos los que trabajaban en el rodaje —y en particular de Mike y ella— hizo de la escena algo irrepetible, que explica su posterior gloria. Al margen de explicaciones cercanas al new age de las que no necesariamente tenemos que ser partícipes, la actriz reconoce que esa interpretación marcó una techo en su carrera y que en ninguna otra película llegó a ejecutar nada de tan alto nivel.

Floja conclusión

kay parkerPara aquellos de los presentes que vean porno esperando a la mejor escena —leen ustedes Jot Down, revista supuestamente para gente con criterio, por lo que presumo que serán de esos— les adelanto que si se sientan a ver Taboo esa escena no solo es el gran clímax de la película sino que también deberá ser la de todos ustedes.

Porque desafortunadamente el momento cumbre de la película también marca el momento en el que se va rápidamente cuesta abajo. Al día siguiente del acto, inexplicablemente, Barbara acepta una casta y pastelosa cita con su jefe en localizaciones reconocibles de San Francisco. Todo lo funky se vuelve balada romántica. Posteriormente, incluso, hay un nuevo encuentro sexual entre Paul y Bárbara  donde ella sucumbe de nuevo a la tentación y su desliz de la noche anterior deja de ser un mero “accidente”, tratando fallidamente de inyectarle dramatismo y más pasión al asunto.

Prueban también con algo de humor, incluso —lo que desinfla más la historia—, porque, sobrecogida con lo que ha pasado, nuestra protagonista acude a su mejor amiga para recibir consejo. Y Gina, cuando oye la historia hace lo más lógico —para ella, claro— en esas circunstancias, que es masturbarse. También hay que ponerse en su lugar: de golpe y porrazo, su amiga ha pasado de ser una mosquita muerta a salir con el jefe que la acosaba y a acostarse con su propio hijo. ¡Y ella se creía liberal!

Así que, tras haber desarrollado un buen argumento, cargado las pulsiones sexuales y poner en juego un tema tan delicado como el del incesto, Taboo finiquita la cuestión con una conclusión sin chicha ni limoná. Paul y el gran dilema de la historia prácticamente desaparecen del panorama por arte de magia y Barbara confirma su relación con Jerry —bastante menos atractivo que Ranger y poseedor de una capa de pelo en la espalda a lo Ron Jeremy (bueno, exagero; realmente no existe nadie en la industria y quizás en el planeta con tanto pelo en la espalda como Ron Jeremy) en una última escena sexual finalizada con charla entre ambos en la que ella afirma que va a tomar las riendas de su vida, y constata que siempre habrá una parte que será solo suya, algo que no se puede contar, un tabú. Deja así al espectador con la puerta abierta a imaginar si pese a haber elegido a Jerry, aún pudiera continuar secretamente su relación con Paul. Final abierto en toda regla.

Después de Taboo

La obra magna de Stevens, pese a su ligero final, conserva una factura notable para una producción de la época. Más de treinta años después —y algunos retoques posteriores— se deja ver bastante bien pese a los cortes defectuosos y un exceso de acentuación de los rojos y naranjas; una maniobra técnica del director para tratar de dotar de más “ardor” a las escenas sexuales y todo lo contrario a lo que, según explicamos en otro artículo, empleaba Mario Salieri en sus producciones. Taboo, además, tiene unos insertos de audio para las escenas de sexo oral que sonrojarían a medio Desembarco del Rey.

La película generó su dosis de escándalo en el público, pero quizás no tanta como se hubiera podido esperar. Kay Parker se vio tanto increpada por detractores como apoyada por defensores de su trabajo; en cualquier caso, su fama se disparó. La historia se convirtió también en objeto para el cachondeo: el cómico Adam Carolla incluiría en algunos de sus shows chistes sobre las secuelas que siguieron a cuenta de las inverosímiles situaciones familiares que en ella se daban. Porque el éxito de la producción hizo que surgieran segundas y terceras y cuartas partes con apariciones de su ya popular protagonista —aunque de forma algo más secundaria— hasta la tercera entrega. Hay opiniones que incluso llegan a afirmar que alguna de estos trabajos posteriores superó al que lo empezó todo. Taboo 2 retomaba el tema del incesto pero con un rondo familiar completo de padre, madre, hermano y hermana, donde a lo largo de la trama se iban ejecutando todas las permutas heterosexuales posibles  entre ellos. También los hay que opinan que la mejor es la cuarta, probablemente por la aparición destacada de una jovencísima y reluciente Ginger Lynn con apenas un año de carrera a sus espaldas.

No se iba a quedar ahí la cosa. El título de Taboo aparecería en las carátulas de hasta veintitrés películas durante veintisiete años, convirtiéndose en una de las series de porno argumental más largas de la historia del género y duraderas hasta el momento actual (la última es del año 2007). En su recorrido —si bien con diferentes calidades y el tema del incesto apareciendo con diferentes caudales— la serie ha vivido diferentes épocas del porno americano, viendo su caída y resurrección, viviendo la llegada del minimalismo argumental, y todas las modas estéticas posibles, desde la proliferación de la silicona y las melenas rubias de bote cardadas hasta los tatuajes y el anillado corporal. También, como es lógico, tuvo en su reparto a actores y actrices de diferentes quintas. De entre ellas podríamos destacar a Nina Hartley, Sunny McKay, Misty Rain, Draghixa, Inari Vachs o Aurora Snow entre tantísimas; y de entre ellos a Ron Jeremy, Randy West, Joey Silvera, Hershel Savage, Mike Horner, Randy West o Vince Voyeur. En el mundillo, para los actores, seguramente hacer “una de Taboo” debía de ser como el equivalente a salir en “una de Bond”. Por otra parte, en cuanto a la dirección, Kirdy Stevens se ocuparía de las siete primeras entregas, pasando luego el relevo a nombres como Henri Pachard, Alex DeRenzy, F. J. Lincoln o Michael Zen. El propio Pachard en el 1985 recogería el polémico pero llamativo tema del incesto para rodar Taboo American Style, una obra en cuatro partes con una trama más de culebrón de clase media-alta americana, menos puntos de comedia y más de drama. Fue una de las obras de referencia del cine para adultos de ese año, pero su buen trabajo no dejaba de ser deudor del paso arriesgado que dio la película de Stevens, cinco años atrás.

Foto Cartel Taboo 2Por lo que se refiere a la saga de Taboo, sus argumentos verían también tramas de culebrón y teleserie, aderezados con secuestros y chantajes, el uso de familiares gemelos, visitas a turbios clubs de cuero, látigo y lencería de cadenas, algún que otro fenómeno paranormal —Randy West cantando en unos minutos de metraje al estilo musical al principio de la séptima entrega— y la aparición del ocasional tipo desnudo con máscara de gorila. También circularían por allí todas las profesiones tópicas de la novela romántica popular americana de las que el porno de esa misma nacionalidad de finales de los ochenta y noventa tiraba en busca de obtener algo parecido a una caracterización de personajes y el desarrollo de un guión: escritores frustrados, psicólogos pasmados, cowboys urbanos y ladronas de guante blanco enfundadas en negras mallas. No dejará de tocar tampoco en alguna entrega el manido tema de la muchacha inocente que vive su despertar sexual de la mano del ya no tan misterioso tutor desapegado emocionalmente del resto del mundo, mostrándonos el aburrido proceso de despendoleo académico que ya todos los seguidores de este género nos sabemos. A ver qué día alguien nos ofrece la vuelta de tuerca de este clásico tema y se atreve a enseñarnos el mismo proceso pero en un joven frikikomori despertado a la vida y al sexo por la cruel, pero en el fondo sensible, jefa del departamento de teleoperadores en el que trabaja. Por ejemplo.

Por otra parte —y precisamente quizás buscando algo de esa necesaria innovación— algunos directores de las últimas entregas ignoraron la temática sobre el incesto, cambiando este tabú por otro de su elección, dándole a la serie algo de variedad, pese a salirse de la línea que le dio la fama. El mejor quizás de estos aventurados experimentos fue el que propuso Red Ezra con la vigésimo primera entrega: Ezra no prescindía completamente del componente familiar, pero ambientaba su historia en el Mississippi de los años 20, donde el tabú que escondía el título de la serie resultaba ser el sexo interracial. Una trama simple con un punto de noir, algo de atrezzo vintage, buenas localizaciones y veraniegas escenas de sexo campestre en la América sureña daban como resultado una producción interesante, original y caliente. Quizás sirvió también para quitar el extraño sabor de boca que dejó la entrega anterior de James Avalon, en mi opinión, el más fallido de esos experimentos, titulado Taboo 2001: A sex odyssey. Avalon rodó un pastiche variado de ciencia-ficción sobre un futuro en el que el tabú era la mera práctica del sexo —incluso su mero pensamiento— sobre el que aglutinaba elementos e ideas sacadas de Blade Runner, Matrix, Minority Report y 2001, buscando un patente efectismo visual. Aunque —acorde con las limitaciones presupuestarias de una producción pornográfica— las localizaciones futurísticas que nos enseñaba no distaban mucho de cualquier discoteca con iluminaciones con láser y focos de colores. Al final, todo aquello terminaba por dejar escenas para el pasmo general, como el “homenaje” al monolito de Kubrick a inferior tamaño y con forma, sí, de falo.

No podríamos concluir este artículo sin desvelar el destino siguiente de su estrella protagonista. Tras Taboo, como decíamos, Kay Parker participó en la segunda y tercera películas aunque con un papel algo menos destacado, si bien su nombre como actriz alcanzó el estatus de estrella a raíz de la película original, generándole gran fama y dándole numerosos papeles protagonistas en producciones posteriores. No solo las películas en las que participó “después de” se vendían como churros por su presencia en ella, sino que obras anteriores como Sex World se revendían con su nombre destacado en la carátula. Después de diez años de carrera y unas setenta películas —entre pornográficas y eróticas— a sus espaldas, a mediados de los ochenta abandonó la industria del cine para adultos: la llegada del vídeo, los bajos presupuestos y el empobrecimiento de los guiones mataron los aspectos que más le gratificaban de su profesión como actriz porno. La irrupción del SIDA en la industria y su subsiguiente alarma mediática también le influyó como a otros actores y actrices que se retiraron en esas fechas. Tuvo, sin embargo, un par de regresos eventuales. Participó en la novena entrega de la película recuperando brevemente el papel de Barbara Scott sin escenas sexuales de por medio. También, a mediados de los noventa, ejerció como directora de la película Tantric guide to sexual potency, dando salida a la que sí resultó ser su vocación y ocupación posterior, la de consultora espiritual, que aun ejerce desde su propia página web. En ningún momento, afirma, se ha arrepentido de su pasado como actriz porno, si bien constataba incluso en los años en los que se dedicaba a ello, que “sexo es lo que hago, no lo que soy”. Amante de las conversaciones largas y profundas, parece haber conseguido llevar el antiguo fetiche, ahora rol, con el que alimentó fantasías en Taboo a un plano más elevado, muchísimo menos físico, pero con ambición universal. Porque, irónicamente, Kay Parker jamás llegó a casarse ni a tener hijos. Cuán bien interpretaría su papel en aquel entonces que devino madre de culto sin jamás llegar a serlo. Hecho que probablemente no deja de alimentar, de nuevo, épicas, mitos y fantasías, ya que, de alguna forma, se convirtió en madre de nadie y al mismo tiempo, dentro de un universo eidético muy específico, en la madre de todos.

Kay Taylor Parker

14 comentarios

  • Gran artículo, se agradece el recorrido sobre las fantasías edípicas. Salud.

  • Muy buen articulo, pero Victor cabrito, la ultima foto rompe la magia! jaja

  • Pero ¿alguien se fija en el argumento cuando ve una peli porno?

  • Buenísimo . Felicitaciones al autor!

  • Estaría bien que alguna mujer escribiera en esta sección para ampliar información, experiencias, sueños, expectativas, deseos, imágenes …

  • Excelente relato de una experiencia común a muchos. Hace rato no leía una columna tan bien hecha. Saludos, y felicitaciones.

  • Excelente descripcion de taboo 1. Es y sera una pelicula de culto!!!. Alguna productora porno se animara a hacer un remake de esta pelicula???

  • muy buen comentario,admirable kay parker ,todavia con los años le queda rasgos de haber sido muy guapa.Ademas las peliculas con argumento y natural captan al espectador.LA MUJER COMO EL VARON TAL Y COMO SON ,NO COMO LOS VIDEOS DE AHORA TODOS HACEN LO MISMO, NADA NUEVO Y RASURADOS .

  • un muy buen articulo que nos deja conocer no solo a la gran actriz en un genero dificil a tener el reconocimiento que ella tuvo sino tambien a la vida de la no solo gran actriz sino tambien una gran señora, un doble reconocimiento para ella al haber obtenido esa magnitud de fama en un medio que aparentemento no solia solventar como dije doble merito para esa gran mujer, ahora si que en hora buena viva doña kay parker, y ojala alla mas homenajes para ella en vida que vaya que se lo merece sino vean la respuesta en la web.

  • La mejor película de todos los tiempos del porno.
    Clásica y perfecta.

  • KAY POR AÑOS FUISTE LA UNICA MUJER QUE MARCO UN ANTES Y UN DESPUES DEL CINE EROTICO NUNCA DEJARAS DE SER LA MAS BELLA DE TODAS AMOR

  • Por años me he mansturbado pensado en las películas de Kay Parker como me ha encantado esta mujer siempre tuve la fantasia de follar con una mujer madura como Kay Parker cuando era adolescente porque me encantaba…

    • un gran articulo y una pelicula de culto gran actriz hermosa
      a proposito alguna persona sabe cual es el correo de kay parker agradeceria si me lo enviasen

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