Antonio Pelayo y Enric González o el maquiavelismo eclesiástico - Jot Down Cultural Magazine

Antonio Pelayo y Enric González o el maquiavelismo eclesiástico

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Antonio Pelayo para Jot Down

Antonio Pelayo (Valladolid, 1944) es sacerdote, periodista y unas cuantas cosas más: cinéfilo, políglota, gourmet y sabio. Esto último puede sonar grave, pero es lo que hay. Parece igualmente cómodo con sotana y con corbata. Lleva casi tres décadas en Roma como corresponsal, actualmente de Antena 3. Esta conversación se desarrolla en su domicilio, un piso antiguo y amplio muy cercano a la Piazza di Spagna.

¿Cómo era la calle donde naciste?

Nací en la calle Núñez de Arce de Valladolid. Era una calle típicamente decimonónica. Desgraciadamente ya no lo es, por todo el barullo urbanístico que hubo. De hecho, la casa en la que nací ya no existe. De pequeño decía que si se caía la torre de la catedral nos mataba, porque la teníamos encima. Era una calle donde jugábamos a las chapas y hacíamos carreras. Había varias familias, todas con bastantes hijos.

¿Cuántos erais vosotros?

Éramos seis. Ahora somos cinco porque mi hermano mayor murió. Me llevaba tres años y le admiraba mucho, el pequeño siempre admira al mayor. Éramos amigos de los Nogués, que eran tres, de los Lafuente, que eran seis… de José Luis y Miguel Angel Gil; era una calle de amigos donde, al acabar el colegio, jugábamos. Y cuando fuimos algo mayorcitos empezaron los flirts con las chicas. Siento muchísimo que nuestra casa, de 1830, desapareciera. En esa casa fuimos muy felices, y para mi padre dejarla fue un trauma.

¿A qué se dedicaba tu padre?

Era agente comercial de productos farmacéuticos y de Nivea. Los laboratorios farmacéuticos se llamaban Amor Gil y hacían una cosa llamada Calcigenol. Era una medicina de calcio, gracias a la cual creo que nosotros hemos tenido una buena salud, porque lo tomábamos como agua. Mi padre tenía muchas representaciones de este tipo, fundamentalmente farmacéuticas, aunque también llevó conservas y productos químicos. Era un hombre de calle. Le gustaba mucho su profesión, decía que no tenía horarios, que trabajaba cuando quería… era un hombre feliz. Le habría gustado que mi hermano también hubiera sido agente comercial, pero mi hermano no andaba por allí.

¿Tú qué querías ser?

Desde los once años, que es la edad con la que entré al seminario, quise ser cura. Es algo extraño porque en mi familia no había precedentes, no teníamos al famoso tío cura o la famosa tía monja. Mi familia no era en absoluto clericaloide, ni mucho menos; éramos buenos cristianos, sin más. Al capellán de mi colegio, al que yo quería mucho, le anuncié un día que quería ser sacerdote. No se emocionó ni se puso muy contento, dijo que ya veríamos y ya lo hablaríamos con tiempo. Al poco tiempo se lo comenté a mis padres e inmediatamente me mandaron dos meses de vacaciones a las Arenas, en Vizcaya, donde teníamos amigos y parientes, con la consigna de que me aireasen y se me fuesen esas ideas. Estuve en las Arenas magníficamente bien, nadando y todo eso y, al volver, debía de ser finales de agosto, mi padre me llamó a su despacho y me preguntó. Le dije que seguía con la misma idea y lo aceptó. El sacerdote del colegio decidió que tenía que ir a Comillas, en Cantabria, no al seminario de Valladolid. Para mis padres fue un drama. El que se les marchase un hijo de casa a esa edad ya era grave, pero que encima se fuese lejos aún era peor. Como pensaban que la idea del sacerdocio no era más que una ventolera, me dejaron ir a Comillas. Entré en el seminario el 25 de septiembre de 1955, con 11 años, y mi padre se presentó el mes siguiente a buscarme, convencido de que iba a querer volverme a casa. Tuvo muy mala suerte, porque le pilló un día horrible, diluviaba. No pudimos salir de la famosa fonda La Colasa, donde se comía magníficamente, y le aseguré que me quería quedar. Volvió a casa y le dijo a mi madre que me había vuelto loco, que cómo podía querer quedarme allí, con aquel frío y aquellos muros llenos de musgo. Mi madre, claro, se llevó un disgusto tremendo. En Navidades no fui a casa y vinieron a visitarme por mi cumpleaños, el 11 de enero. Me vieron bien, les dijeron que era un buen alumno y se contentaron. Es decir, no hubo ninguna presión familiar. Mi madre no era de esas, como algunas que he conocido, de compañeros, a las que les hacía mucha ilusión tener un hijo sacerdote. Lo aceptó mal al principio, porque le parecía una cosa absurda, pero después se fue haciendo a la idea. Cuando en quinto año me echaron de Comillas me invitó a que volviera al colegio, pero le dije que quería seguir.

¿Por qué te echaron?

Estoy hablando de 1960, en tiempos del Concilio Vaticano II. En España en esa época, y en la Iglesia en general, se debatía sobre la renovación. También se desarrollaba ese debate en la Compañía de Jesús, que dirigía el seminario de Comillas. Para los jesuitas Comillas era una obra muy importante, porque había sido confiada por la Santa Sede a la Compañía de Jesús para la formación de un clero selecto. Éramos alumnos de toda España, incluso de América Latina. Entre los jesuitas hubo una polémica sobre si estábamos siendo demasiado “progres”. Entonces, en ese quinto año de mis estudios, llegó un vicerrector con la orden de poner las cosas en claro y volver a la antigua disciplina. Al acabar el curso ese vicerrector mandó una carta a mis padres diciendo que yo era muy buen alumno y un chico excelente, pero que no tenía el espíritu clerical que ellos exigían. Y estaba escrito así, spiritus clericandi. Mis padres, evidentemente, no lo entendieron, y tuve que traducírselo. No me ajustaba al patrón del seminarista clásico y piadoso. Entonces hice intervenir al cura de Valladolid del que hablaba antes y le expliqué lo que a mí me parecía que era la causa de la expulsión. Los jesuitas querían limpiar y consideré que me habían elegido como chivo expiatorio. No es que yo fuera un líder, ni mucho menos. El cura intervino y me admitieron en sexto año, a prueba. Hice un primer trimestre impecable, cumpliendo con todo lo que me decían. Y al poco tiempo cesaron al vicerrector, por lo que pude seguir tranquilamente la carrera, que era de trece años: seis de seminario menor, tres de Filosofía y cuatro de Teología.

¿Es entonces cuando te aficionas al cine?

No, iba al cine ya de pequeñín. Nunca he sido deportista, aunque he practicado algunos deportes —baloncesto, tenis— sobre todo en Comillas. Por 2,50 pesetas íbamos al cine Lope de Vega con un saco de pipas enorme a ver un programa doble; entrábamos a las 4 y salíamos a las 9. Ahí me aficioné al cine. Valladolid tenía la Semana Internacional de Cine Religioso y de Valores humanos, con la que después colaboré. Era aficionado al cine y veía muchas películas, pero ni se me pasaba por la cabeza escribir sobre eso. Más adelante, cuando ya estaba en Comillas estudiando Teología, durante varios años justo antes de la Semana de Cine me venían dolores de estómago y tenía que irme a Valladolid a hacer unos análisis; lo que hacía era asistir a la Semana de Cine. Al final se supo, porque durante tres años las crisis coincidían siempre con las fechas de la Semana, así que el padre rector me llamó y me dijo que prefería que le dijera la verdad. Empecé a escribir de cine en mi último año de estudios en Comillas. Cuando trasladaron la Universidad a Madrid esta afición se fortaleció. Se publicaba por aquellos años una revista llamada Cinestudio donde escribían José Luis Garci, Antonio Giménez-Rico, González-Sinde, el padre de la exministra… Era una revista fundada por José María Pérez Lozano.

Antonio Pelayo

Ya estabas en Madrid.

Sí, hice el último año de la Facultad de Teología en Madrid. Me ordené en Madrid en 1968, año sintomático y emblemático, que dirían ahora. El redactor jefe de la revista era Garci y ya nos contaba las películas y guiones que iba a hacer. Al mismo tiempo era crítico de cine de otro semanario, Vida nueva. A partir de ahí estuve bastante metido en la Semana de Cine de Valladolid. Aunque me quedé en Madrid tras ordenarme, soy de la diócesis de Valladolid, estoy lo que se dice “encardinado” en la diócesis de Valladolid, aunque es una diócesis en la que nunca he estado. Posteriormente entré en el Ya (el diario de la Editorial Católica).

¿Para escribir de cine?

No, para hacer información religiosa. En la revista Vida nueva, que pertenece al grupo PPC (Propaganda Popular Cristiana), había un sacerdote llamado Antonio Montero que era redactor religioso del Ya y al que ese año 1969 hicieron obispo auxiliar de Sevilla. No sé cómo se le ocurrió que fuese yo el que le sucediera en el periódico. Yo escribía de cine, pero no tenía estudios de periodismo. A todo esto hay que contar un pequeño intermedio: acabé la carrera en 1968, mi arzobispo no sabía qué hacer conmigo porque me conocía desde pequeño y sabía que era un urbanita y que no me podía enviar a un pueblecito; entonces me dijo que hiciera una tesis en Teología o Filosofía. Ese verano me fui a Alemania porque me había aficionado al alemán y lo había estudiado un poco. Estuve tres meses en Hamburgo y, al volver, habían cambiado al director de Vida nueva. Ahora era José Luis Martín Descalzo, alguien que me sonaba porque había leído su novela La frontera de Dios que había ganado el Premio Nadal. Así que fui a verle y él, que era un hombre con un carácter bastante atrabiliario, me recibió casi a patadas: “Estás perdiendo el tiempo, eso del cine son tonterías…”. Le dije que si él no quería no escribiría más críticas de cine, y me respondió que a él le daba igual, que lo que quería era que escribiera también otras cosas. Nunca lo había hecho antes, pero lo intenté. Y es entonces cuando a Antonio Montero se le ocurrió que yo fuera su sucesor en el Ya como redactor religioso. Eran años muy complicados, los años del post-Concilio. El redactor religioso tenía un despacho particular y además formaba parte del consejo de redacción, presidido por el exministro de Asuntos Exteriores Alberto Martín-Artajo, que me besaba la mano. Yo estaba un poco desorientado. Pero el arzobispo me dijo que no había ningún problema, así que dejé la tesis doctoral, con lo que la Teología española nunca perdió nada, e hice Periodismo.

Volviste a estudiar.

Había en Madrid dos escuelas de Periodismo, la de la Iglesia y la oficial. No quise estudiar en la de la Iglesia, entre otras cosas porque la mayoría de los profesores de esa escuela eran colegas míos en el Ya y me resultaba embarazoso andar de alumno de mis colegas. Pese a ello, donde la hice también había alguno del Ya. El director mismo, que era profesor de Derecho de la Información, y el famoso Bartolomé Mostaza (periodista católico, falangista y censor de teatro). Creo que fuimos la última o penúltima promoción de la Escuela de Periodismo del Estado antes de que la transformasen en Facultad de Ciencias de la Información. Yo era redactor religioso, pero al mismo tiempo cultivaba el relato cinematográfico con gran dispiacere del crítico de cine del Ya, Pascual Cebollada, quien veía en mí un competidor. Un día le llamé a mi despacho y le dije que jamás aceptaría ser crítico de cine del Ya. Pero él no hablaba más que español y no podía ir a festivales como el de Berlín porque para él ver películas con subtítulos en alemán era como no ver nada. Empecé a ir al Festival de Berlín, al de Venecia… Seguía cultivando lo del cine pero era redactor religioso, en la época de los problemas fuertes Iglesia-Estado, los años de Tarancón, del Concordato. Yo tenía la suerte de estar con Martín Descalzo en Vida nueva y conocí a otro sacerdote que quizá, de todos los que he conocido, es el más ejemplar y quien más me ha marcado. Se llamaba Jesús Iribarren y fue el primer sacerdote secretario de la Conferencia Episcopal. Era un hombre que había dirigido la revista Ecclesia, había creado la oficina de estadística de la Iglesia… uno de esos curas vascos fenomenales. Por supuesto, plurilingüe: hablaba alemán, francés, ruso… ¡hablaba ruso! Todos los años iba a la Rusia soviética. Además fue secretario de la Unión Internacional de Prensa Católica que tenía su sede en París. Te lo digo porque eso explica un poco mi posterior salto a París. Este hombre era redactor consejero y editorialista del Ya y compartíamos despacho. Para mí esos años fueron un magisterio… ni Escuela de Periodismo ni cuentos chinos. De él aprendí también a saber moverme un poquito en todo esto de la política. Así como Martín Descalzo era un manipulador nato, Iribarren hacía lo que tenía que hacer, tenía las ideas muy claras. Estuve en eso desde 1969 hasta 1976, cuando me fui a París. El irme fue una carambola. Ese año nació El País, un fenómeno que en el Ya no entendieron. Muchos del Ya se pasaron a El País: Paco Gor, Julián García-Candau, Feliciano Fidalgo… y nadie intentó retenerles. Les dijeron que era una locura, que era un periódico que iba a durar unos meses. Al director de entonces, Aquilino Morcillo, se le plantearon una serie de problemas de corte logístico; entre ellos la vacante en la corresponsalía de París.

La de Feliciano Fidalgo.

Exacto. Entonces el director decidió que yo fuera a Roma y que el de Roma fuese a París. Tras hablar con Iribarren, acepté. Lo que pasó es que la comunicación del cambio al entonces corresponsal de Roma le llegó tarde y puso problemas cuando lo hizo, así que como les corría mucha prisa me lo propusieron a mí. Me sentía más o menos preparado para Roma, pero para París tenía mis dudas. Volví a hablar con Iribarren y me dijo que no lo dudara, que para empezar mejor París que Roma, y que él me iba a dar contactos. Así aparecí en París. Y ahí comenzó para mí otro máster de periodismo. Feliciano me recibió con los brazos abiertos, y Rafael Conte lo mismo. Estuve en París la friolera de nueve años. Creía que sería un año, o dos, pero el Ya había entrado en una cadena de cambios de directores y desequilibrios ideológico-políticos para finalmente desembocar en una línea bastante más conservadora. Creyeron que yo no encajaría en Roma, así que enviaron a una corresponsal a la que luego sustituí… Llegué a Roma en 1985, y también pensaba que iba a ser para cuatro o cinco años. En realidad, de París me fui porque llegó un momento en el que me planté. Consideraba que como experiencia vital y periodística ya no iba a aprender más de París. E insisto en que fue un gran aprendizaje. Pero opté por Roma. Guillermo Medina, que fue uno de los directores que en aquella época pasaron por el Ya, lo aceptó. Realmente, tomé posesión en enero de 1986, hace ya 27 años.

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¿Te atraía Roma?

Ya había estado antes otras veces.

Me refiero al trabajo. Más concretamente: ¿te atraía la información vaticana?

Me atraía más Italia que el Vaticano. Por diversas peripecias ya había cubierto los dos cónclaves de 1978 como enviado especial. Me pareció una experiencia muy interesante, pero me gustaba más Italia: el cine, la cultura… Tampoco es que me pareciera que la información religiosa no tuviera interés, porque yo llegué en 1985, el año en que Joseph Ratzinger publicó su obra más famosa, el Informe sobre la fe, que tuvo mucha importancia. Vine a hacer ese sínodo extraordinario sobre el balance del Vaticano II y ya en el año 1986 me instalé. Y en seguida me di cuenta de que aquí había todo un mundo informativo. He hecho de todo: cine, economía, costumbres, política, enología… Y entrevistas muy particulares, como a Cicciolina, por ejemplo, a futbolistas, a actrices, a Fellini, a Sofia Loren… Luego, la experiencia de seguir a Juan Pablo II por el mundo. En un año podía hacer seis viajes, y te ibas a cuatro o cinco países africanos, europeos, latinoamericanos… era una experiencia fabulosa. Uno de los primeros viajes que hice, que fue el más largo de Juan Pablo II y el más largo que había hecho jamás un papa, tuvo como trayecto Roma-Bangladesh-Singapur-Fidji-Nueva Zelanda-Australia y ya, de regreso, para descansar, las islas Seychelles. Esa oportunidad es muy difícil tenerla. Y luego viajes africanos que comenzaban en Zimbabwe y acababan en Mozambique pasando por Lesotho y Swazilandia. Fascinante. Además, veía cómo la Iglesia evolucionaba en un sentido u otro conociendo personajes más o menos importantes. Uno se da cuenta de que la evolución dentro de la Iglesia es muy complicada y, desgraciadamente, muy lenta, pero por otra parte inexorable. La fuerza de las cosas te obliga a evolucionar. A contracorriente, luchando contra estos y aquellos, pero acabas por evolucionar. De hecho, nadie puede negar que en estos últimos 50 años, que casi son los que llevo yo de vida informativa, la Iglesia ha experimentado muchísimos cambios.

Hablando de estos cambios, últimamente se critica mucho a la curia. Parece que el gobierno vaticano se dedique básicamente a conspirar y entorpecer las cosas. ¿Qué está ocurriendo?

La curia, más que una renovación de personas (que es necesaria) o de estructuras (que también es necesaria), requiere un cambio de concepto. En este momento la curia es un órgano de poder que fagocita las iglesias locales. Y creo que eso no es defendible teológicamente. El primado del papa es algo que nadie puede discutir, pero el primado del papa, que es el de San Pedro, el de Gelasio, el de Alejandro VI, el de Pío XII y el de Juan XXIII, se ha ido ejerciendo de forma muy diferente a lo largo de los siglos.

Y en los primeros años del cristianismo Antioquía, por ejemplo, rivalizaba con Roma.

Exactamente, pero el primado se ha ejercido de forma muy diferente. No quiero decir que la actual fórmula sea mejor o peor que la anterior, o que sea tan conveniente como otras formas que se puedan adoptar. Pero en los últimos años, después de que la Iglesia dejara de ser un Estado independiente, hay más presión por controlar la maquinaria eclesial y ahí se ha producido una hipertrofia de la curia romana. Como digo, creo que fagocita, porque los obispos son tan sucesores de los apóstoles como el papa, y el papa es de derecho divino, pero la curia romana no, y ahí caben muchas cosas que se pueden cambiar. Además, la curia está en Italia y es fundamentalmente italiana. Pablo VI hizo un primer esfuerzo, con éxito parcial, para internacionalizarla. Ahora vemos que algunos jefes de los dicasterios (ministerios vaticanos) son extranjeros (hay un polaco, un francés…); el aparato, sin embargo, es italiano, con todo lo que eso comporta. El problema básico consiste en reformar a fondo el aparato de la curia porque hay que revisar las relaciones entre el primado y la colegialidad de los obispos.

La colegialidad se establece en el Concilio Vaticano II.

Sí, está ahí, no nos la inventamos los curas progresistas o los periodistas aventurados, está en el Concilio y no se ha aplicado en su totalidad. Un caso concreto es el sínodo de los obispos. No nace como un contrapoder al papa porque sin este no existe, igual que las iglesias locales, pero al sínodo se le ha acabado dando una estructura y un funcionamiento muy limitados. En realidad lo que hacen los obispos, con algunas excepciones en algunos sínodos, es viajar a Roma para ratificar lo que la curia ya ha decidido. Es una especie de… no diría un juego, pero le falta autenticidad. Y creo que esa es una de las tareas que le esperan al nuevo papa. La curia es discutible en cuanto a su concepto, pero si encima funciona mal, arbitraria o corruptamente… y con corruptamente no me refiero a dinero, porque en la curia se maneja muy poco, sino a otra cosa. La curia no puede tratar a los obispos como unos doctrinos que llegan aquí… He oído a personas de la curia hablando de los obispos con desprecio, diciendo que son unos ignorantes. Todo eso tiene que cambiar. La Iglesia son 1200 millones de personas en el mundo y 4000 obispos ejerciendo, eso es ingobernable con el esquema vigente. ¿Cómo va a recibir el papa cada cinco años a esos 4000 obispos? Pues como pasaba últimamente: unos minutos para hacerse la foto, un intercambio de frases y ya está. Es ingobernable. Y lo es sobre todo porque no responde al esquema que yo creo que puede tener la Iglesia, de Iglesia unida en torno al papa pero no uniforme sino plural. ¿Cómo va a ser lo mismo una Iglesia de la Patagonia que una húngara? ¡Es imposible!

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Abordemos el tema de la pedofilia y los abusos sexuales. No solo existen acciones criminales, sino falta de reacción por parte de las autoridades eclesiásticas e incluso encubrimiento. ¿Qué está pasando?

Antes de responderte quiero subrayar que creo que ha habido una exageración notable en el volumen de este escándalo, partiendo de un principio sobre el que no puede quedar ninguna duda: un solo caso de pederastia es espantoso. He conocido a dos personas víctimas de la pedofilia, una de un sacerdote y otra que no tiene nada que ver con un sacerdote. Son dos personas devastadas, así que un solo caso es horroroso, y si viene de un cura es peor todavía. Pero se ha exagerado de tal forma el volumen de este escándalo que parece que todos los curas son pederastas y que solo los curas son pederastas. En Roma había unas normas del Derecho Canónico bastante obsoletas, pero porque tampoco se sospechaba que iba a tener tales proporciones. Se ha exagerado muchísimo, pero tampoco puedo negar que ha habido muchos casos.

El sacerdote estadounidense Lawrence Murphy abusó sexualmente durante décadas de decenas de niños sordomudos y, pese a las denuncias, nadie hizo nada.

Sí. Predominó la idea de que por el bien y el prestigio de la Iglesia era mejor que no se supiera y se intentó camuflar y disimular. Error garrafal y manifiesto. También ha habido, y esto lo digo con ciertas precauciones aunque tengo algún dato para decirlo, un fenómeno de chantaje dentro de la Iglesia. Un cura pederasta al que llama el obispo para decirle que le consta lo que ha hecho y responde: “¿Ah, sí? ¿Y sabe usted que Fulanito y Menganito también y si a mí me hacen algo me voy a ocupar de que también se sepa lo suyo?”.

El mecanismo Bárcenas.

Exacto. A algunos obispos les han chantajeado estos curas pederastas, y les ha funcionado durante años. No digo en todos los casos, pero ciertamente en algunos. Por otra parte, creo que en Roma se ignoraba la amplitud del fenómeno. De hecho, una de las cosas que hizo Ratzinger cuando salió a relucir lo de Boston y todos esos casos en Estados Unidos fue preguntar qué habían hecho los nuncios en Washington. ¡No había ni un solo informe!

La diplomacia vaticana tiene fama de estar muy avisada de todo.

Pues sí, pero no informaban por lo mismo, para no dañar el prestigio de la Iglesia. No digo por complicidad, aunque en algún caso seguramente también la haya habido. Ha sido una política equivocada y menos mal que se ha reaccionado. A eso hay que añadirle otro aspecto: estos casos han representado una mina de oro para los abogados estadounidenses. Se llevan un 25% o 30%, y eso sobre los miles de millones que se han pagado en concepto de indemnizaciones. Ahora les va a caer el 30% de los 10 millones de dólares que paga la diócesis de Los Ángeles. Les interesa rebuscar nuevos casos. Todo eso ha contribuido a amplificar extraordinariamente la imagen del fenómeno. Pero que quede claro que lo considero una política equivocada, porque lo que hay que hacer es reaccionar con absoluta firmeza, a un cura se le reduce al estado laical y ya está, luego que haga la vida que quiera hacer, pero con la Iglesia ya completamente desligada de la responsabilidad.

¿Y el fenómeno de Vatileaks, las filtraciones, cómo se explica? Es gente que está en la curia y dice querer defender al papa difundiendo la verdad, pero el efecto no es ese.

Es un fenómeno puramente italiano. Hasta ahora todos los implicados, de un modo o de otro, son italianos. Tú, que conoces Italia tan bien como yo, sabes que aquí siempre hay algo de dinero por medio. No creo que Paoletto (el mayordomo de Benedicto XVI, condenado por robar documentos) se haya ido con los bolsillos vacíos. Probablemente no se podrá probar nunca, pero no lo creo. Lo que sí creo es que ha sido una lucha de poder. Ese es el origen de todo eso, cuya víctima ha sido el papa, aunque víctima indirecta porque probablemente el objetivo era desmontar el poder de Bertone (secretario de Estado del Vaticano), desprestigiarle de tal modo que tuviera que irse, porque no olvidemos que todo esto empieza cuando Bertone cumple los 75…

y no se jubila.

Y no se jubila. “Si no te vas, te empujaremos”. Ahí tenemos otra cosa de esas contra las que luchamos, que es el maquiavelismo eclesiástico. En el mundo eclesiástico abunda una ingenuidad terrible que nace de la inmadurez de muchos clérigos. Siempre he dicho que Paul Marcinkus (obispo ya fallecido, implicado en la quiebra del Banco Ambrosiano y en negocios con la mafia a través del IOR, Instituto para las Obras de la Religión, el banco vaticano), del que consta positivamente que no se llevó ni un céntimo de las operaciones en las que estuvo mezclado, fue un hombre que pecó de una enorme ingenuidad y, si me apuras, de un poquito de soberbia, que también es otro defecto muy clerical. De repente se vio sentado a la mesa de grandes banqueros y financieros y creyó que iba a poder torearlos. No se dio cuenta de que estaba en aguas profundas, rodeado de tiburones dispuestos a devorar a quien fuera. A otros les ha pasado algo parecido. Eres una presa apetecible si manejas miles de millones y tienes un organismo financiero que, por pertenecer a un Estado soberano como el Vaticano, no tiene por qué someterse a las normas de otros Estados, a no ser que quiera hacerlo libremente, como ahora con la Unión Europea. Por ejemplo el caso de Raul Gardini, la famosa “tangente” Enimont, que fue la gran corruptela de los años del fiscal Antonio Di Pietro. ¿Cómo se aprovechó este señor del IOR? Creando una fundación con el propósito de ayudar a misioneros e iglesias necesitadas. Pero a los dos meses entraron muchos millones en la fundación y semanas después salieron, ya “lavados”. Gotti Tedeschi, cuando Benedicto XVI le nombró director del IOR, se encontró con que no había reglamento interno y pidió que se redactara. Le encargaron al cardenal Nicora que lo hiciera, pero por tres veces intentó presentarlo y nada. Gotti Tedeschi se fue sin que se aprobara el reglamento. Hay ingenuidad por parte de algunos eclesiásticos, pero hay otros que no son ingenuos sino que se están aprovechando. De esta lucha de poderes viene la filtración de los documentos. Creo que la variedad de los mismos es una pista para despistar; a Gianluigi Nuzzi (periodista receptor de las filtraciones) no le interesa para nada publicar un despacho a la Nunciatura de Madrid con una cosa absurda. ¿Cómo va a autorizar la Nunciatura de Madrid a ETA para que haga una rueda de prensa? Es absurdo, pero es para que no se vea demasiado lo que realmente interesa. Lo que se quiere es demostrar la inepcia del cardenal Bertone y cómo este está encubriendo operaciones muy discutibles. Creo que uno de los grandes defectos de Bertone ha sido la ingenuidad.

¿A qué se debe tanta ingenuidad?

La Iglesia siempre ha manejado dinero, pero lo ha hecho de una forma casi infantil. Ahora ya hay unos consejos económicos en las diócesis, pero hasta hace poco las parroquias recogían el dinero de las colectas del domingo, lo metían en una bolsa y el lunes iban al banco. Es decir, no hay preparación técnica. Los ecónomos de las diócesis tendrían que ser seglares preparados. Insisto en que hay una gran parte de ingenuidad. También hay codicia.

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El papa Francisco dijo que le gustaría una Iglesia pobre…

Maravillosa frase. Es uno de los retos que él mismo ha planteado, vamos a ver cómo es capaz de hacerlo. Mucha gente pregunta por qué no se vende la Capilla Sixtina. Pues no se vende porque no hay comprador. ¿Quién va a comprarla? ¿Y para hacer con ella qué? Hay cosas que no se pueden plantear. Lo que la Iglesia se tiene que imponer es la transparencia. Si te fijas en las cartas filtradas en el llamado Vatileaks, quienes sacaban partido del dinero de la Iglesia no eran eclesiásticos, sino empresas. El desfalco de Ambrosiano le costó a la Iglesia 270 millones de dólares, y ahí hubo una gran disputa entre Marcinkus, el papa y el cardenal Agostino Casaroli porque los dos primeros no querían pagar. Argumentaban que pagar suponía una admisión de culpabilidad, pero Casaroli decía que, culpables o no, había que pagar porque si no cargarían con el asunto durante siglos. Y los 270 millones que pagó la Iglesia son los únicos que han aparecido del crack de Ambrosiano. Nunca se supo dónde fue a parar el resto del dinero.

Aquel banco era pura mafia.

Esos millones no han dejado ningún rastro. Los únicos fueron los de la Iglesia. Es decir, de todos estos negocios los que se aprovechan en realidad son los que utilizan a estos eclesiásticos ingenuos. Pero esto lo he visto también, aunque a menor escala, en el escándalo de Gescartera en la que se vieron envueltas algunas diócesis como la mía de Valladolid. Una de mis grandes sorpresas fue descubrir que la diócesis de Valladolid tenía muchos millones (de pesetas) para invertir. Pero luego te lo explicas. Una parte de esos mil millones proviene por ejemplo de mi madrina, que creó con algunos millones una fundación perpetua para misas. En una diócesis puede haber cien o más fundaciones de ese tipo. Es un dinero que está ahí para que cada año se digan misas para los difuntos de la familia. Luego hay posesiones… Hay diócesis que han tardado años en hacer la lista de su patrimonio y lo han acabado haciendo de forma aproximativa.

Volviendo a ti. De alguna forma, has renunciado a hacer carrera eclesiástica.

Si dijera que he renunciado estaría dando por supuesto que podría haberla hecho, cosa que es muy discutible. Pero volviendo a hablar del cura Jesús Iribarren, le pregunté por qué no era obispo y me dijo que él no aspiraba a serlo, que el trabajo que hacía era más útil a la Iglesia. Cuando sentía que le rondaba el nombramiento para obispo, escribía —me dijo— un artículo o dos y le cancelaban de la lista. Lo de mi carrera eclesiástica no me lo he planteado porque considero también que mi labor está más en el terreno de la información que en lo de ser obispo, cosa que, por otra parte, a la edad que ya tengo, sería algo descabellado porque para ser obispo hay que tener una cierta sensibilidad pastoral y una capacidad de gobierno que yo no tengo porque no la he ejercido. Además, no me gusta mandar y un obispo debe hacerlo. Si hubieran vivido mis padres quizá lo habría intentado por darles esa satisfacción, pero ahora me da igual.

Has vivido muy de cerca las crisis entre la Santa Sede y el Gobierno español. Hubo tensiones durante los años de Zapatero por lo del matrimonio homosexual. El matrimonio homosexual sigue como estaba pero la crisis se ha acabado.

Sí, es cierto. No digo que la Iglesia ahora se resigne, pero es realista y se da cuenta de que llega un momento en que dar marcha atrás legislativamente a un tema como ese es muy difícil, por no decir casi imposible. Porque los gobiernos que podrían hacerlo no tienen el coraje suficiente y porque una parte muy importante de la opinión pública lo da ya por hecho e irreversible. Hay dos consideraciones a hacer: en primer lugar desde el punto de vista estadístico es un fenómeno bastante minoritario. En España ha habido cifra arriba cifra abajo 15.000 matrimonios homosexuales, la mitad de los cuales corresponden a extranjeros que han venido para casarse. Bien es verdad, sin embargo, que lo que los obispos afirman es que se vulnera algo que ellos creen intrínseco a la naturaleza humana, que es que el matrimonio es solo posible entre un hombre y una mujer. Pero teniendo en cuenta que ellos ya ven que es muy difícil que políticamente sea reversible y que la opinión pública no lo considera un problema grave…

Es que comparado con algo como el aborto… es un tema de costumbres.

Efectivamente, es mucho más grave lo del aborto porque numéricamente es mucho más importante y porque ahí sí que no hay reversibilidad: una criatura que matas ya la has matado, un matrimonio homosexual es otra cosa. Uno de los errores graves del Partido Popular es que no hizo en su tiempo la ley de uniones civiles que hubiera hecho inviable lo que luego hizo Zapatero.

Más que inviable, innecesario.

Sí, porque ya no hubiera habido esas reivindicaciones de “yo quiero poder ir al hospital cuando mi amigo está herido”. Cosas que, por otra parte, son de sentido común. ¿Por qué este hombre que ha vivido con él 30 años no va a heredar y sí lo va a hacer un sobrino con el que no se ha tratado durante esos mismos 30 años? El Partido Popular no lo hizo, por las razones que fueran, y seguramente también por presiones eclesiásticas. Y es que hay eclesiásticos que viven fuera de la realidad. Te podrá gustar más o menos, pero no puedes negar que hay mucha gente que encuentra en esa unión matrimonial, entre comillas, una estabilidad emocional y sentimental que es mejor que andar por ahí tirándose a lo primero que encuentra. En este momento la Iglesia católica en España piensa que es una batalla estéril. No lo considera así la Iglesia francesa, que lo está viviendo en estos momentos, también con movilizaciones. Parecía que los obispos españoles eran los únicos que salían a la calle a protestar y no es así; los franceses, que viven en un país muy laico y democrático, también han salido a la calle a protestar. Aunque a mí no me gusta que los obispos protesten en la calle. Tienen otras maneras de hacerse oír mucho más apropiadas.

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Fotografía: Antonello Nusca

27 comentarios

  1. Toda la vida viendo a este hombre en el telediario y me acabo de enterar que es sacerdote… Esto habla muy bien de él o muy mal de mí…

  2. Yo al igual que Jesús tampoco sabía que fuese sacerdote, lo que sí era fácil intuir es que llevaba media vida viviendo en Roma como quien dice. Un placer la entrevista.

  3. Interesante personaje e interesante entrevista, también desconocía que fuera sacerdote.

    Echo un poco en falta el meter el dedo más en algunas tropelías recientes de la Iglesia Católica en España, como el escándalo de las inmatriculaciones o la casa de tócame Roque que parece ser la diócesis de Santiago de Compostela, como se ha visto tras el robo del Códice Calixtino, por no hablar de la actitud ultramontana de la conferencia episcopal, aunque se toque un poco por encima en la parte final de la entrevista.

  4. Nadie, excepto su familia y más allegados, sabía que este hombre era sacerdote.

  5. Pues yo debo ser nadie, porque sí sabía que es sacerdote. Y no soy ni familia, ni conocido, ni allegado, ni nada. Sólo que uno si quiere informarse, lo hace. Antonio Pelayo nunca lo ha ocultado.

  6. Muy buen artículo, este hombre no puede hacer carrera eclesiástica porque vive en la realidad. Habla de corrupción , de errores garrafales de la iglesia sin tapujos y por tanto nunca podría hacer dicha carrera. Una pena, por que a priori se le ve buena persona.

    Por lo menos a partir de hoy cuando le veamos por Antena 3, podremos saber que esa persona es algo más que un simple reportero, lo cual tampoco es poco.

    Y una pregunta que dejo a la comunidad, ¿alguien sabe si escribe criticas de cine en la actualidad? Un saludo!

  7. Fantástica entrevista por lo acertado de las preguntas que dibujan un escenario adecuado en el que enmarcar al personaje. A. Pelayo se muestra como gran conocedor del tema eclesiástico y del Vaticano, sin caer en clichés. ¡Enhorabuena a ambos!

  8. La entrevista es muy interesante. Pelayo me descubre cosas del Vaticano que ignoraba. Se nota que controla muchísimo toda la información que rodea a la Santa Sede. Tras leer la entrevista, creo que el titular es confuso y no se ajusta al texto. Da la sensación de que el entrevistado practica ese maquiavelismo eclesiástico. Dicho lo cual sigo pensando que Enric González es un periodista con enorme talento.
    Un saludo.
    ((Por cierto, en Jot Down estáis haciendo un trabajo estupendo))

  9. magnífica entrevista.Explicar lo que sucede, serenamente,es esperanzador.Cordialmente.

  10. Muchas gracias por esta entrevista tan bien hecha y tan interesante.

  11. Cómo he disfrutado esta entrevista. Magnífica.

  12. Interesante entrevista de un hombre que sin pertenecer “estrictamente” a la Iglesia la conoce a fondo. Lo que no termino de creerme es que haya tantos directores del IOR engañados. Lo siento pero eso no lo trago.

  13. Mítico el día que este hombre estaba haciendo una crónica desde el Festival de Venecia poniendo a parir “Balada Triste de Trompeta” y de repente aparece Alex De La Iglesia y empieza a sabotearle el reportaje poniéndose delante de la cámara y dando vueltas a su alrededor con cara de póker….

  14. Magnífica entrevista,como todas las de Enric.

  15. Gran entrevista y orguñosa de ser Vallisoletana como el.

  16. “incardinado” no: “encardinado en la diócesis de Valladolid

  17. Con lo interesante de las respuestas y lo corta que se me ha hecho…

  18. Sin duda, nada describe mejor a Antonio Pelayo que el adjetivo “sabio”. Tuve la ocasión de acudir a una charla suya en Santiago de Compostela (donde descubrí que era sacerdote) sobre la Iglesia y la comunicación mediática. Además de ser interesantísima, percibes en él la sabiduría de un hombre a quien podrías escuchar durante horas.

  19. Qué falaz (y vomitiva) la afirmación de Pelayo sobre que el Vaticano no sabía practicamente nada de los pederastas y que lo que quieren los abogados es dinero y por eso van buscando víctimas y forzándolas a denunciar.
    Y cuánta homofobia destilan sus palabras sobre el matrimonio homosexual cuando dice que los gays tienen que poder visitar a sus ‘amigos’ en los hospitales (se trata de parejas no de ‘amigos’) y que es mejor que los gays se junten para no ir follándose a todo lo que se les ponga por delante.
    No me sorprenden estas opiniones de un cura conservador y anciano -su clan las repite por activa y por pasiva-, sino la falta de profesionalidad de Enric González que, parece que por amistad personal, deja escapar vivo al entrevistado pese a tan lamentables respuestas (particularmente las referidas a los crímenes de abusos sexuales).
    Un retrato amable de un personaje que dice tales barbaridades es indigno de Jot Down y de sus lectores.

    • Algunos es que es oir la palabra “sacerdote” y automáticamente esputar “homofobia”, “conservador”…

      Vale ya. Si eso es con lo que te quedas de la entrevista dedícate a panfletos y propaganda.

  20. Se os coló una tilde de más. “Mi padre me llamó a su despachó y me preguntó…”

  21. Fantástica Entrevista!!!

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