Nueva York desde la frontal (I): los (verdaderos) barrios étnicos de New York City - Jot Down Cultural Magazine

Nueva York desde la frontal (I): los (verdaderos) barrios étnicos de New York City

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Autor: Jacob Riis

Solo en Nueva York hay más descendientes de alemanes que descendientes de nativos y hay más alemanes que en cualquier ciudad de Alemania excepto Berlín. Solo en Nueva York hay cerca del doble de irlandeses que en Dublín, tantos judíos como en Varsovia y más italianos que en Nápoles o Venecia”. Robert Hunter, sociólogo, 1912.

Es difícil —por no arrancar con un imposible— aplicar en Estados Unidos la gama de modelos de inmigración que existe en Europa. El multiculturalismo anglosajón que se da en Inglaterra, el asimilacionismo francés, la sanguinidad alemana o el término medio que aplica España (por cierto, con notable éxito dada la cantidad y, sobre todo, velocidad con la que arribó la emigración a España), no son válidos en Estados Unidos. Mucho menos en Nueva York. Sobre todas las cosas porque la ciudad de ciudades se basó, se construyó y creció engullendo emigrantes que la engordaron hasta convertirla en lo que es hoy. Es cierto, existe una base social nativa que podría definirse en los colonos que llegaron en los siglos XVII y XVIII, pero, al fin y al cabo, también ellos eran emigrantes. Así pues, no había una asentada población originaria que organizase la llegada de una población externa —en principio— menos numerosa. No. Simplemente medio mundo se desparramó por Nueva York construyéndola física e “identitariamente” en apenas dos siglos.

La fecha oficial acordada en la que se fundó Nueva York es 1625 (hace dos días), por comerciantes holandeses que tuvieron a bien llamar a la ciudad Nueva Ámsterdam. El nombre se lo cambiaron amablemente los ingleses 40 años después tras un enfrentamiento del que salieron victoriosos y cuya gloria se llevó el duque de York. Instalados en la parte sur de Manhattan, la ciudad fue creciendo paulatinamente hasta que llegó la explosión en el siglo XIX. Fue en aproximadamente la segunda mitad de ese siglo cuando tuvo lugar la llamada Primera Gran Migración, que empujó a Nueva York a cientos de miles de extranjeros.

Casi todos los inmigrantes que desembarcaron en la ciudad esos años se instalaron en el Lower Manhattan, la parte sur de la isla (use un mapa, entenderá mejor todo lo que a continuación sigue). Tantos llegaron que el Lower Manhattan se convirtió en esta época en la zona con mayor densidad de población del mundo. Ante tan abrumadora avalancha los distintos pueblos se abrieron paso mediante la autogestión: se asentaron en áreas diferenciadas creando una suerte de minimundos donde hablaban su lengua nativa, consumían su dieta de origen y comerciaban entre ellos, otorgándose préstamos o intercambiando bienes solo entre sus paisanos. Además desconfiaban de la frágil y jovencísima oficialidad neoyorquina así que tenían sus propios sistemas de justicia, religiosos y hasta policiales. Un borrador del mapa del Lower Manhattan de aquellos años muestra que, en lo que actualmente es la turística Little Italy, estaban los italianos; en donde hoy está el bohemio East Village, se instalaron los alemanes; y el multiétnico actual Lower East Side acogió a irlandeses, judíos y afroamericanos, muchos de ellos recién liberados de la esclavitud. En el SoHo y Tribeca estaban las fábricas y almacenes. Los chinos, por cierto, estaban en Chinatown, donde hoy está Chinatown. Eran, en fin, barrios de recién llegados que mantenían intactos sus vínculos con el país de origen.

En pocos años, y ante tamaña superpoblación y desatención, la pobreza se hizo con la zona. Los nativos propietarios de edificios subdividieron las viviendas hasta la indignidad creando los tenements, pisos interiores, mínimos y compartidos por varias familias que se iban instalando según llegaban; lo que hoy en día en España se conoce como “pisos patera”. Los patrones de las fábricas del SoHo pagaban poco y mal y, en general, el paisaje era poco atractivo: muchas calles eran de tierra, la higiene tenía mucho margen de mejora y en las esquinas los niños dormían descalzos. Así era el Lower Manhattan no hace tanto: lo que hoy en día es una de las zonas más chic, cool (o como quieran llamarlo) del mundo, era una polvorienta barriada hace poco más de cien años.

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La Segunda Gran Migración tuvo lugar en la primera mitad del siglo XX (aunque se extendió hasta casi los años 70) y, en esta ocasión, fue gestionada de otro modo. Comenzó a funcionar la isla de Ellis, puerta de entrada de la inmigración neoyorquina (por aquí entró Vito Corleone niño en El Padrino II o Paul Bergot en The Strong Man, de Frank Capra) lo que ordenó y ayudó a los inmigrantes. En esta nueva ola, a los europeos, asiáticos y africanos se les unieron los inmigrantes hispanos y de Oriente Medio. La mayoría siguió acudiendo al Lower Manhattan. Sin embargo, con el paso de los años, muchas comunidades fueron prosperando, lo que les llevó a abandonar las paupérrimas casas donde se hacinaban en busca de mejores condiciones de vida. Poco a poco irlandeses, italianos, judíos y alemanes pusieron sus ojos lejos del Lower Manhattan dejando su sitio a los nuevos inmigrantes chinos e hispanos. Los vecindarios étnicos se trasladaron al Bronx (italianos, irlandeses y afroamericanos), Queens (europeos y asiáticos) o Brooklyn (afroamericanos, judíos y asiáticos). Allí crecieron durante los 50 y 60 inspirando películas, modas urbanas, subculturas y tradiciones. Con el paso de los años y de las generaciones también estas fronteras fueron diluyéndose hasta formar el paisaje de la actual Nueva York: una revuelta megápolis en la que se hablan unas 500 lenguas (la ciudad del mundo en la que más idiomas se hablan) y donde casi el 40% de la población nació fuera de Estados Unidos. Sin embargo —sin este sin embargo no habría artículo— algunas de estas genuinas zonas étnicas del Lower Manhattan no desaparecieron, solo se trasladaron, y ciertos barrios sí mantuvieron —y mantienen-— un espíritu local que los ha convertido en minimundos incluso en nuestros días, en ciudades dentro de la gran ciudad. No salen en las guías de turismo y no tienen nada de especial para el común de los viajeros, pero logran transmitir la sensación de haber retrocedido en el tiempo.

La mudanza de Little Italy

En el siglo XIX el sur de Italia estaba abandonado como un hijo no deseado. El industrializado norte apenas prestaba atención a una población rural, conservadora y socialmente muy atrasada. Una evidencia: a principios del siglo XX el 70% de los italianos de sur eran analfabetos, un porcentaje diez veces superior al de ingleses, franceses o alemanes. Como la pescadilla que se muerde la cola, los sureños respondían dando la espalda al Estado que les despreciaba y organizándose por su cuenta: en núcleos familiares que asistían todas las necesidades. Se quisiera o no. Muchas de estas familias formaban la conocida mafia que, al fin y al cabo, no era más que un sistema social surgido de una población abandonada por el sistema oficial. La cosa no marchaba, ya que el supuesto “contra-estado” miraba solo por sus intereses sumergiendo a gran parte de los ciudadanos en la pobreza. Muchos de ellos decidieron largarse y gran parte eligió Estados Unidos como destino, lo que convirtió a la italiana en la minoría europea más numerosa de Norteamérica. Nueva York fue el lugar predilecto.

Entre 1860 y 1880 se instalaron en la ciudad unos 68.500 italianos. Cuando comenzó el siglo XX la tendencia se disparó, aupada por desastres naturales como la erupción del Vesubio o el terremoto en Sicilia. En 1920 casi 400.000 italianos vivían en Nueva York, casi todos ellos en el mencionado Lower Manhattan. Se agolpaban en lo que enseguida se conoció como Little Italy. A los recién llegados les atraía no tener que hablar inglés, conocer a paisanos y estar a un paso de casi todas las partes interesantes de la ciudad. Curiosamente, dentro del barrio, se dividieron según su procedencia: los del norte se instalaron en la calle Bleeker, los genoveses en Baxter y los sicilianos en la calle Elizabeth. Los napolitanos optaron por Mulberry y la mayoría de calabreses estaban en Mott y Lafayette. Todas estas son, hoy, calles excelentes para tomar el brunch. Por si fuera poco, cada comunidad hablaba su dialecto y crónicas de la época recogen, incluso, algunos enfrentamientos entre ellos. Casi todos se dedicaban a la construcción (el 90% de los obreros de la construcción en Nueva York a principios del siglo XX eran italianos) y trabajos manuales, también al comercio de fruta y verdura. Sus condiciones de vida —como la de la mayor parte de inmigrantes de la época— no eran las mejores: vivían hacinados en tenements y trabajaban por salarios irrisorios, además de no poder contar con un Estado todavía en construcción. En total, un inmejorable abono para que el trasplante de la mafia floreciera. Little Italy estaba dominada por los “capos” que, a principios del siglo XX, tomaron el control del barrio.

Nueva York - Fotografía de Jacob Riis 4El paisaje duró hasta los años 30, época en la que muchas familias italianas decidieron moverse al norte, a East Harlem (hoy barrio hispano por excelencia) y, sobre todo, al Bronx, en busca de mejores y más económicas formas de vida. La Little Italy del Lower Manhattan comenzó entonces a perder vecinos italianos y no ha dejado de hacerlo hasta hoy. Solo los mafiosos sostuvieron la fama del barrio, ya que durante muchos años siguieron operando en los restaurantes que allí permanecen. El grueso de la población italiana salía adelante en el Bronx (ojo, también con mafia), especialmente en zonas como Belmont, al norte, donde se instaló la mayoría. Las viejas fotos de cientos de italianos vendiendo fruta en atestadas calles con carros de caballos dieron paso a las imágenes de peinados de gomina y cadenas de oro mientras sacaban brillo al Cadillac. Finalmente también esas instantáneas se borraron: con los años el etnicismo geográfico fue perdiéndose y los italianos se mimetizaron con los nativos, se integraron, hasta llegar a lo que son hoy en día: una parte vital de la sociedad estadounidense desvinculada de la mafia, que opera a otros niveles y en otros ámbitos. No todo se perdió. Algunos barrios sí sobrevivieron. Es el caso de Belmont, que mantuvo su espíritu y sus vecinos y hoy en día es considerada la auténtica Little Italy de Nueva York. A diferencia de otras zonas del Bronx, Belmont es un barrio seguro, de clase media-alta, con una universidad cercana y muchos visitantes los fines de semana. Si lo que se quiere es ver un verdadero barrio italiano en Nueva York es aquí a donde se tiene que acudir. Cada calle lleva añadido un cartel con el nombre de una región italiana: está la calle Piamonte, la Calabria, la Campania… banderas tricolor en las ventanas y escaparates, también pintadas en paredes y bocas de riego. A lo largo de la avenida Arthur se suceden las pizzerías, algunas escandalosamente buenas, como Roberto’s, donde se degusta el sabor del horno de leña. En una tienda de coches de segunda mano ondean banderas de Ferrari y un chico saca la basura con la camiseta del Nápoles. En mitad de la avenida hay un mercado, en el que se vende, además de pasta, todo tipo de productos frescos mediterráneos. También aquí se puede leer el periódico The Italian Tribune, el primero italoamericano de Estados Unidos. Belmont es, a día de hoy, el verdadero oasis étnico italiano de la ciudad. El superviviente de una historia de inmigración irrepetible.

Irlandeses: huída de Five Points

Si en el siglo XIX el sur de Italia estaba abandonado a su suerte, qué decir de Irlanda. A mediados de aquel siglo la isla verde era un país que rozaba el subdesarrollo. La mayoría de su población dependía exclusivamente del cultivo de la patata. Y ocurrió lo que no tenía que ocurrir: en 1845 una infección destruyó casi todas las plantaciones. El estrago —conocido como la Hambruna de la Patata— duró 12 años, hasta 1857, dejando a millones de familias sin nada en la mesa. En este corto y fatídico período de tiempo los irlandeses abandonaron su isla en masa. Casi 700.000 eligieron Nueva York. Para hacernos una idea de la apabullante llegada de irlandeses a la ciudad aquellos años, basta poner como ejemplo 1847: ese año, 1000 nuevos irlandeses desembarcaban cada semana en Manhattan. 1000 cada semana.

Sin nada se iban y sin nada llegaban, amontonándose en los barrios del Lower Manhattan y haciendo una generosa contribución a la pobreza reinante. Sus condiciones fueron lamentables: sus barrios se convirtieron en pocos años en barrios de miseria y crimen. En tiempo récord fueron rechazados y estigmatizados por los nativos más que cualquier otra comunidad; los veían como ladrones, borrachos y violentos. Por si fuera poco eran católicos, algo que encolerizaba a los nativistas, patriotas protestantes. Especial fama alcanzó uno de sus barrios, Five Points (donde también vivían judíos y chinos), recreado por Martin Scorsese en la película Gangs of New York (basada en el libro de Herbert Asbury). Five Points, enclavado en el corazón del Lower Manhattan, fue durante la segunda mitad del siglo XIX el barrio más pobre de cuantos formaron los inmigrantes. Era, por decirlo en pocas palabras, una cloaca donde la miseria, prostitución y violencia convivían en una mezcla que llegó a provocar una epidemia de cólera y dos revueltas callejeras, las más sangrientas de cuantas recuerda Nueva York. Entrar allí —como hizo Charles Dickens y después describió en sus Notas de América— sería el equivalente a pasearnos por el slum más miserable de Calcuta a día de hoy. Y es que, se cierra el círculo, la denominación slum para barriada marginal se aplicó por primera vez en Five Points.

Nueva York - Fotografía de Jacob Riis 3

En 1888 unas impactantes fotografías del periodista Jacob A. Riis (disponibles en el libro Cómo vive la otra mitad), hicieron tomar conciencia al ayuntamiento, que en 1900 desmanteló la barriada. La mayoría de irlandeses se trasladaron entonces más al norte, especialmente a lo que hoy es el barrio de Hell’s Kitchen, al sur de Central Park. Con ellos llevaron la fama —cientos de viñetas satíricas de los periódicos les ridiculizaban e insultaban— y las bandas criminales. Sin ser tan populares ni cinematográficas como las mafias italianas, los irlandeses formaron decenas de gangs, como los Westies (dicen que todavía activos), los 40 ladrones o los Conejos Muertos.

Con el paso de los años la comunidad irlandesa se fue integrando, dejando atrás su patética fama. De la misma forma que las italianas, las fronteras irlandesas se empezaron a difuminar en la misma proporción en que sus habitantes se cristalizaban con el resto de ciudadanos. De ser mayoritariamente clase obrera, los irlandeses pasaron a ocupar cargos en casi todo el espectro neoyorquino y estadounidense. Su cambio fue total (ha habido hasta ocho alcaldes irlandeses en Nueva York) y, a día de hoy, son una comunidad fundamental para entender la sociedad americana. Eso sí, su identidad sigue arraigada. No solo en tradiciones como el desfile del día de San Patricio (el más antiguo de la ciudad, que se lleva celebrando desde 1766), también gracias a algunos barrios “supervivientes”. Actualmente hay ocho barrios irlandeses en Nueva York, aunque muchos de ellos con cada vez menos densidad de población “verde”. Uno que sí la mantiene es Woodlawn.

Woodlawn es un barrio situado en el extremo norte del Bronx, que también lo es de la ciudad de Nueva York. La abrumadora mayoría de sus vecinos son irlandeses o descendientes de, pero en cualquier caso todos parecen recién llegados. Pasear por Woodland es como hacerlo por un pueblo irlandés, no cabe pensar que uno está en el Bronx. Las ventanas de sus bonitas y unifamiliares casas no perdonan la bandera irlandesa, ni tampoco los tréboles. En las puertas, cruces católicas y en medio del barrio, una iglesia. Hay decenas de pubs donde, a media tarde comienzan a llegar los obreros (gorro de lana y sudadera de capucha) a tomar pintas mientras ven el fútbol. Pero el de verdad, no el que se juega con las manos. Alguno ríe a carcajadas con la camiseta del Celtic de Glasgow, otro lee el Irish Echos, el periódico de la comunidad irlandesa, en cuya contraportada de hoy vienen los resultados de la última jornada de fútbol gaélico. Los resultados de la última jornada de fútbol gaélico en pleno Bronx. El acento, claro, es el de la isla. Nada de slang neoyorquino, aquí se escuchan tonos de Dublín y jerga de Cork. Como buen barrio todos se saludan y entre los jóvenes hay tatuajes de tréboles y cruces católicas en los bíceps. Es como una película, pero es real. Y se puede visitar. Y merece la pena.

Judíos, un viaje en el tiempo

Nueva York - Fotografía de Jacob Riis 5Los judíos llegaron a Nueva York, grosso modo, en dos oleadas. La primera tuvo lugar entre 1830 y 1850. Durante estas dos décadas arribaron a Manhattan cientos de miles de judíos reformistas, la mayoría alemanes, lo que convirtió a la alemana en la tercera nacionalidad europea en cuanto a número en Nueva York. A ellos les tocó el este del Lower Manhattan (conocido como Lower East Side) y a su llegada, como casi todos los inmigrantes, desarrollaron su vida en polvorientas calles, atestados talleres y ridículas casas a compartir entre familias. Las condiciones de la población judía empeoraron con la segunda oleada de inmigración. Entre 1880 y 1900 llegaron otros miles provenientes de Europa del Este. Ya no eran judíos alemanes, burgueses, laicos. En esta ocasión desembarcaron en Manhattan miles de judíos procedentes de shtetls, pequeños pueblos de Polonia, Ucrania y Rusia en los que mantenían intactas sus costumbres, tradiciones y religión al margen del estado al que pertenecían. Llegaron a Nueva York huyendo de los pogromos y se instalaron en el Lower East Side como un calco de su anterior vida: sus viejas vestimentas, su religión, su música, su dieta, su lengua yiddish y, también, su pobreza. Los judíos se convirtieron en la enésima comunidad que se abrió paso entre la miseria y la violencia. La mafia judía (conocida en ocasiones como Kosher Mafia) tuvo enorme poder durante en el siglo XIX y principios del XX con bandas como la temida Yiddish Black Hand e históricos capos como Jacob ‘Johnny’ Levinsky.

La huida de la miseria, sin embargo, llegó antes que en el caso de italianos e irlandeses. Los judíos prosperaron a una asombrosa velocidad y naciendo el siglo XX ya estaban mudándose a la parte norte de la ciudad, a mejores casas, a mejores vidas. Con los años la población no ortodoxa se asimiló con el resto de neoyorquinos hasta alcanzar lo que son en la actualidad: una población perfectamente integrada en la ciudad. Sin embargo, los descendientes de los llegados del Este han mantenido sus comunidades religiosas intactas hasta hoy en día, en algunos casos de forma sorprendente, como si acabaran de llegar. Lo único que hicieron fue mudarse, dejando atrás los tenements del sur de Manhattan. El mejor ejemplo está en Williamsburg, especialmente el área alrededor de Lee Avenue, donde vive la mayor comunidad hasídica de la ciudad. Pasear por allí es viajar en el tiempo, el aislamiento es palpable, hasta tal punto que este barrio tiene sus propias “leyes”, sus propias autoridades y sus propias costumbres al margen de la ciudad de Nueva York. Tal y como ocurría en el siglo XIX cuando desembarcaron en Lower Manhattan. La vestimenta es la primera: ellos, sombrero, pelo largo sobre las orejas (peyot), barba y abrigo negro. Ellas, pañuelo o peluca (no pueden mostrar el cabello), falda por las canillas y tupidas medias. El inglés pasa a un segundo plano: todos los negocios tienen sus rótulos en hebreo y en muchos casos también en yiddish, igual que los autobuses escolares, que llevan a los niños a unas yeshivas y a las niñas a otras. Durante el Sabbat el barrio muere en el silencio y la inactividad, propia de la tradición más estricta de este día sagrado. Por cierto, de banderas de Israel, ni rastro. Los hasídicos son contrarios al sionismo, ya que creen que el pueblo judío solo debe retornar a la tierra santa con la llegada del Mesías.

El problema llega cuando estas normas internas chocan contra las de la ciudad. El ayuntamiento de Nueva York ha tenido no pocos problemas con esta comunidad. Hace dos años llegó a los periódicos el descubrimiento de que en la línea de autobús B-110, que atraviesa el barrio, las mujeres eran obligadas a sentarse en la parte trasera. Más grave resulta la existencia de una especie de autoridad paralela. Se trata de los misteriosos comités para las buenas costumbres, llamados Shomrim, grupos de vecinos que tratan de mantener las estrictas normas morales hasídicas en el barrio. Hace unos meses destrozaron una tienda que exhibía ropa femenina en maniquíes y amenazaron a varios comerciantes que vendían productos “no adecuados”, como revistas o tecnología para jóvenes. Estos comités vigilan la forma de vestir, castran el acceso a Internet en el barrio y hasta frenan el desarrollo urbanístico: en 2005 impidieron la inclusión del carril bici. Públicamente son rechazados y condenados por los rabinos del barrio —portavoces oficiales de estas comunidades— y aseguran que se trata de una minoría radicalizada perteneciente a la secta satmer, los ortodoxos entre los ultraortodoxos. Sin embargo el barrio sigue regido por sus propias y conservadoras normas, ajeno al desarrollo liberal y frenético del resto de la ciudad, sin que nadie haga nada por cambiarlo. Como en el siglo XIX.

Las nueve Chinatowns

Ah Ken es el nombre del que se considera el primer inmigrante chino de Estados Unidos. Este hombre de negocios cantonés llegó a Nueva York en 1865 y fue la primera persona de nacionalidad china a la que le fue concedido el permiso de migración, si bien ya había algunos (muy pocos) vecinos cantoneses en la ciudad, llegados en la década de los 40. Ah Ken se instaló en lo que hoy es Park Row (en el Lower Manhattan, cómo no) y allí montó una tienda de cigarros. Hoy, Park Row es el corazón de Chinatown.

La llegada de chinos a Manhattan no fue, ni mucho menos, tan apabullante como la de italianos, irlandeses o judíos, pero sí fue muy significativa. El primer grupo, compuesto por solo 200 hombres cantoneses, llegó entre los años 1860 y 1880 y se instaló en la barriada de Five Points. Pese al escaso número fueron un grupo de históricos valientes: sufrieron el racismo más virulento de irlandeses e italianos, mucho más numerosos y, pese a ello, resistieron hasta el punto de que siguieron en el barrio no solo después del desmantelamiento de Five Points, si no hasta hoy: el lugar donde aquellos 200 chinos pusieron sus pies por primera vez es la actual Chinatown.

Nueva York - Fotografía de Jacob Riis 7

La población creció a principios de la década de los 80, pero solo en 2000 chinos más, casi todos, por cierto, hombres, decididos a tantear el terreno para traer después a sus familias. La idea se les truncó en 1882, año en el que el Gobierno de Estados Unidos, arrastrado por las protestas del resto de inmigrantes, decidió vetar la entrada de más chinos en el país mediante la Ley de Exclusión China. Fue, y sigue siendo, la primera ley estadounidense en tiempos de paz que impidió la entrada al país a inmigrantes por motivos explícitos de su nacionalidad. El motivo para esta discriminación era la cólera de trabajadores irlandeses, italianos y judíos que aseguraban que los chinos trabajaban por salarios inaceptables y sin restricciones de horarios, abocando a los demás a la miseria. Ante la prohibición, los 2000 chinos de la ciudad se quedaron aislados ya que el Gobierno también impidió la venida de sus familias. El panorama resultante fue que, de los 2000 vecinos chinos que habían llegado, solo unas 200 eran mujeres. A tan antinatural desproporción se unió la limitación que también se les impuso en el acceso al trabajo y, como guinda, padecieron los rigores de la inmigración ilegal ya que, pese a la ley de exclusión, unos 5000 chinos más se colaron en la ciudad. Cuando el siglo XX se inauguró eran unos 7000. Sin mujeres, sin trabajo y viviendo en Five Points, pronto pasaron a formar parte de la galería de la violencia y pobreza del Lower Manhattan.

La pequeña pero sólida comunidad china se organizó en tongs, asociaciones opacas de empresarios y comerciantes que contaban, cómo no, con su brazo armado. Estos tongs solían dividirse entre kuominntang (nacionalistas) y comunistas. Los tongs controlaban todas las facetas de la vida de los ciudadanos chinos: les ofrecían protección, justicia, dinero y también les exigían impuestos. Algunos de los más importantes fueron “Las sombras fantasma” o “Los dragones voladores”. Los primeros controlaban calles tan turísticas hoy en día como Mulberry o Canal street. Los segundos, históricas como la bohemia Bowery o Grand street. Algunos de estas mafias siguieron activas durante todo el siglo XX y muchos creen o quieren creer que actualmente siguen operando. Sus principales actividades eran el comercio y los cigarros, pero también dirigían los fumaderos de opio y la prostitución. Los chinos, pese a lo diferentes que eran, se aclimataron pronto y muy bien al estilo de vida del Lower Manhattan.

La Ley de Exclusión no fue levantada hasta 1943. Fue entonces cuando miles de ellos emigraron desde China a Estados Unidos. A su llegada a Nueva York fueron ocupando los tenements que el resto de inmigrantes iban dejando en busca de nuevas vidas. La nueva ola tomó también el relevo de los chinos que ya habían prosperado y se dirigían ahora a Queens y Brooklyn. Fue esta nueva llegada la que permitió mantener Chinatown en el mismo sitio en el que todavía sigue. Hoy, el barrio chino de Manhattan mantiene una homogeneidad étnica asombrosa. Enclavada entre rascacielos y modernos barrios, pasear por Chinatown es como hacerlo por cualquier barrio de Shanghai.

La Chinatown de Manhattan, sin embargo, no es la más grande de Nueva York. En concreto es la tercera, de las nueve que hay en la ciudad, fruto de la llegada cada vez mayor de chinos durante la segunda mitad del siglo XX. Actualmente se estima la población china en Nueva York en unos 700.000 de los que más de 100.000 viven en Flushing, la mayor y más alucinante Chinatown de Nueva York.

Flushing está situada en Queens, al lado del aeropuerto de La Guardia y pegada al estadio de los Mets, segundo equipo de béisbol de la ciudad a la eterna sombra de los Yankees. Cada dos minutos un avión sobrevuela el barrio. Debajo, ajenos, miles de vecinos hacen vibrar las calles. La principal, Main St, está atestada de gente con prisa que siempre llega tarde a algún sitio. Tanta hay, que se forman dos sentidos de peatones y es inviable ir en el contrario. Todos son chinos. Y todos quiere decir que, solo muy de vez en cuando, se ve a alguien no asiático. Es, directamente, como estar en una ciudad china. Todos los rótulos están en chino, hasta el McDonald’s de turno tiene sus caracteres en mandarín. Tiendas, karaokes, puestos de frutas y hasta tiendas de animales vivos listos para el consumo, con conejos y gallinas apilados en minúsculas jaulas. Si alguien ofreciera eso en otro barrio les lloverían las denuncias.

Es, en síntesis, un viaje a otra civilización en una docena de paradas de metro. Es la supervivencia de una comunidad étnica como ninguna otra lo ha logrado en la gigantesca Nueva York.

(Continúa)

Nueva York - Fotografía de Jacob Riis 6

Fotografías del archivo Jacob A. Riis

46 comentarios

  1. Pingback: Nueva York desde la frontal (I): los (verdaderos) barrios étnicos de New York City

  2. Artículos como este son los que justifican la presencia de jotdown en mi carpeta de favoritos. Felicidades, interesantísimo.

  3. Gran artículo, diría que hasta se me ha quedado corto…

  4. Enorme! Felicidades!!

  5. Magnífico artículo. Mi enhorabuena al autor.

  6. Excelente. Únicamente puede echarse en falta algo sobre los negros llegados del Sur…

  7. Interesantísimo artículo.

  8. Buenísimo, esperando ya la segunda parte

  9. Muy bueno!

  10. Buenisimo y 100% veridico.

    nuevayorknoseacabanunca.com

  11. encantador conocer el desplazamiento de los migrantes, espero pronto la segunda parte

  12. Genial! Me ha encantado!

  13. Perdón, pero yo creo que las cruces que se tatuan los irlandeses son cruces celtas, las que tienen un círculo que se cruza con los brazos de la cruz. Las cruces son idénticas entre católicos o protestantes, son cruces. Lo peculiar de las irlandesas no es su catolocismo. Aquí, en España hay múltiples cruces, y desde luego católicas, y no tienen ese diseño. Por lo demás, un buen artículo sobre una ciudad siempre fascinante.

  14. Buen artículo, al menos como primera parte.
    Una precisión: el fútbol gaélico se juega con las manos. Yo no me arriesgaría, hablando de irlandeses, a decir que el fútbol asociación o soccer es “Pero el de verdad, no el que se juega con las manos”. El fútbol gaélico es tan de verdad como el aquí deporte rey.

    • Bueno Greg, muchacho, ¡nos arriesgaremos! Además, ¿por qué demonios se llama “Football” si se juega con las manos…?

  15. Alguien puede dar una lista de películas que puedan mostrar todo lo que describe el artículo. Algo así como más películas como Gangs of New York.

    • Aunque no se película, Lamentaciones de un prepucio de Shalom Auslander cuenta muy bien lo que es vivir un barrio de judíos ortodoxos hoy en día.

    • Te recomiendo el libro en el que se basa lejanamente “Gangs of New York” y que se menciona en este artículo. Cuenta la historia de los bajos fondos neoryorkinos desde mediados del s. XIX hasta la primera década del s. XX (justo antes de la prohibición del alcohol y el ascenso de la Mafia).

    • Según he leído hace poco, Scorsese va a crear una serie a partir de Gangs of New York, no solo de los barrios de Nueva York sino también de Chicago y otras ciudades de principios del siglo XX.
      Para todos los que nos gusta Scorsese, las series de calidad y artículos como este, lo esperaremos con ganas.

      Por cierto, muy buen artículo, hace de jotdown de lo mejorcito para leer un rato.

    • Mírate la serie Copper.

  16. Esto sigue no?. Esperando expectante la próxima entrega.Como me fascina esa ciudad, que pasada!!!.

  17. Bestial!!

  18. Mira que me extraña que un irlandés se ponga una camiseta del Celtic de Glasgow (Equipo escocés) ¿No habrá caído el autor en más de un tópico literario forzado?

    • Por supuesto que los irlandeses visten la camiseta del Celtic por más escocés que sea…fundado por irlandeses y católicos a ultranza, enfrentados a los protestantes unionistas del Rangers, el hecho de que la liga irlandesa no tenga suficiente nivel convirtió a muchos “irish” en aficionados del Celtic.

      Mire el escudo del equipo y los colores de las bufandas de sus fans y se dará cuenta…

      Tópico? No, costumbre arraigado desde antes de la legendaria Copa de Europa del 67…

    • Te extraña que un irlandés se ponga la camiseta del Celtic?? Entonces es que no has visto un partido de fútbol en tu puta vida. Que manera de pasarse de listillo y criticar por criticar.

      • Quise decir “Mira que me extraña que un irlandés DE NUEVA YORK se ponga una camiseta del Celtic de Glasgow (Equipo escocés)” Perdón por el lapsus, pero, ¿a qué ahora tiene otro significado?
        Y de fútbol, pues hombre, algo sí que he visto, y algo de Irlanda también, en persona, e incluso de Nueva York. En todas partes he visto camisetas del Barça, o de los Chicago Bulls, por poner un ejemplo, igual que en Mauritania o en Malasia, por puro efecto globalización. Ahora, que me quieran vender un barrio “virgen” irlandés en Nueva York en pleno siglo XXI, donde se ponen camisetas del Celtic de Glasgow porque “fue fundado por irlandeses y católicos a ultranza, enfrentados a los protestantes unionistas del Rangers”… que cada uno crea en lo que quiera. Sinceramente, pienso que lo más irlandés que queda en la costa Este son las novelas de Dennis Lehane.
        Saludos

        • Yo no lo vendo nada que no quiera comprar, claro…;-)

          Pero, insisto, por el significado que tiene el Celtic, muchos irlandeses (o mejor, aquellos norteamericanos de origen irlandés) visten como símbolo la camiseta del Celtic.

          Vea los vídeos del grupo House of Pain (NY) o de los Dropkick Murphys (Boston) y verá que es así.

          Pero sólo era una puntualización sin ningún otro ánimo.

          Un saludo

  19. Interesantísimo artículo, en lo histórico y en lo sociológico, sobre una fascinante ciudad. Enhorabuena.

  20. Encantador, sincero, y muy bien escrito el artículo. Es un placer poder leer cada día esta revista y jamás me cansaré de decirlo y recomendarla.

    Gracias.

  21. Estoy ahora con temas de inmigración y ciudadanía en EE.UU y este artículo, además de hablar de una ciudad que es un auténtico imán para mí, me ha venido de perlas. Gracias y que vengan muchos más. Recomiendo, de paso, a quien vaya a Nueva York una visita al Tenement Museum para conocer de primera mano esos pisos interiores mínimos de los que habla el autor.

  22. Como curiosidad también, aunque me imagino que muchos lo conoceréis, el primer cementerio de judíos sefarditas que fueron de brasil a nueva amsterdam, está en el 55 de Saint James Place, cerca de Chinatown.
    Así como las casas estilo “dutch” de south william street y la calle stone street donde hay un mini festival de la cerveza por octubre.

  23. De los mejores articulos que he leido ultimamente..muy cuidado y detallado en su redacción.

  24. Gran artículo. Como debe ser… Bien documentado… Bravo!

  25. Interesantísimo, ha cambiado completamente mi visión de Nueva York (ha roto un prejuicio, más bien).

  26. Muy interesante ver las distintas fases por las que pasan las diferentes comunidades de inmigrantes para integrarse en la ciudad. Todas siguen unas pautas parecidas excepto la china. ¿Quizás porque sea la única de origen no occidental o judeo-cristiana?

  27. Muy interesante. Acabo de visitar NY hace poco y la verdad es que te hace ver la ciudad de otra manera. Gracias

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  30. Excelente artículo, ya quiero leer la segunda parte. También estaba confundido por lo de que un irlandés vista la camiseta de un equipo de fútbol escocés pero, buscando y leyendo en Internet, ahora tiene sentido.

  31. Precioso. Solo una cosa, ¿qué significa que en el sur de Italia estaba “socialmente muy atrasado”? ¿qué es estar socialmente adelantado? ¿es por derechos sociales o por qué? Gracias, a ver si alguien me responde.

  32. Inpresionante. Buen trabajo.

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