Cristian Campos: Toda la verdad sobre la posible imputación de la infanta Cristina - Jot Down Cultural Magazine

Cristian Campos: Toda la verdad sobre la posible imputación de la infanta Cristina

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La infanta Elena de Borbón y la infanta Cristina de Borbón junto a su secretario Garcia-Revenga, imputado en el caso Noos junto al marido de la infanta Cristina, Iñaki Urdangarin. Foto: José Luis Cuesta / Cordon Press.

La infanta Cristina de Borbón y la infanta Elena de Borbón junto a su secretario Garcia-Revenga, imputado en el caso Noos junto al marido de la infanta Cristina, Iñaki Urdangarin. Foto: José Luis Cuesta / Cordon Press.

De todos los autoengaños con los que los ciudadanos españoles esquivamos a diario la tentación de reinstaurar la guillotina, el de la ilusión de orden es uno de los más comunes. Sin esa fantasía de estructura, es probable que alguna que otra cabeza se hubiera visto ya rodar al amanecer por la Carrera de San Jerónimo. En mi caso, por ejemplo, me suelen faltar piernas para acudir raudo al twitter de Tsevan Rabtan, mi proveedor de orden jurídico por excelencia, para saber si debo cabrearme como una mona o alegrarme del correcto funcionamiento del Ministerio Fiscal cuando leo en la portada del diario El Mundo el titular «El fiscal del Estado afirma por octava vez que no hay que imputar a la infanta Cristina». Tras leer el twitter de Tsevan Rabtan (o alguno de sus artículos en Jot Down) todas las piezas del puzle que hasta hace un minuto navegaban al pairo por mi cabeza encajan como si acabara de entrar por la puerta el mismísimo sargento de hierro. Tsevan Rabtan pastorea rebaños de gatos jurídicos como quien soluciona sudokus de una sola línea: a este hombre le cabe el Estado de derecho en un tweet.

Y puedo equivocarme, pero apuesto a que Tsevan Rabtan es un positivista de libro. O lo que viene a ser lo mismo: un racionalista optimista. Y esto hay que explicarlo para que se entienda.

El positivismo jurídico es una de las dos grandes teorías filosóficas del derecho. El positivismo afirma que derecho y moral son entidades independientes. De ese principio fundamental los positivistas derivan la conclusión de que para que una ley sea válida no es necesario que se adecue a la moral, sino únicamente que haya sido dictada por los organismos competentes siguiendo un procedimiento formalmente válido. El positivismo jurídico es una filosofía racionalista y no metafísica. Defiende la idea de que el derecho no es más o menos válido por el hecho de que se adecue a un determinado ideal de justicia o democracia. Llevado al extremo, un sistema jurídico 100% positivista podría perfectamente ser aplicado por un ordenador. Un funcionario seco, enjuto y desganado introduciría los datos empíricos relevantes sobre el caso a juzgar por un lado de la máquina, el procesador aplicaría los algoritmos pertinentes y, tras unos segundos de clicks, cracks, bzzzs y meeecs, el cacharro escupiría por el lado contrario un tarjetón con la sentencia. Es decir que dado un estado inicial y una entrada, y siguiendo los pasos sucesivos predeterminados, se llegaría a un estado final en forma de solución al problema planteado. Matemática pura y dura.

Pero el racionalismo a machamartillo no es un plato fácil de digerir. Porque los seres humanos no somos clones del señor Spock y porque la seguridad jurídica diamantina que proporciona el positivismo se logra a costa de erradicar el factor humano de la ecuación.

Y de ahí la segunda gran corriente filosófica del derecho: el iusnaturalismo o derecho natural. El iusnaturalismo sostiene que existen unas normas o derechos del hombres universales y anteriores a cualquier ordenamiento jurídico. De acuerdo al iusnaturalismo, ninguna norma jurídica sería aplicable, aunque haya sido dictada por los organismos competentes y siguiendo un procedimiento formal válido, si contradice esa ley natural preexistente. El iusnaturalismo confunde legitimidad con legalidad, pero a cambio parece empatizar mejor con esa naturaleza humana que no busca tanto el racionalismo cartesiano como una apariencia genérica de justicia que coincida con las intuiciones morales mayoritarias de una sociedad determinada en un momento concreto de su historia. Es la misma naturaleza humana, por cierto, que suele preferir una mentira bondadosa a corto plazo que una verdad incómoda a largo.

El debate académico es en realidad bastante más complejo, pero de momento bastará con lo explicado. En la práctica, el positivismo y el iusnaturalismo han llegado a una entente cordiale porque ambos se necesitan mutuamente. El positivismo sin iusnaturalismo conduce a la conclusión de que los funcionarios de los campos de concentración nazis eran inocentes de toda culpa porque se limitaban a cumplir órdenes legalmente válidas. El derecho natural sin positivismo conduce a la aplicación de la sharia.

A simple vista, positivismo e iusnaturalismo parecen dar pie a dos tipos de sociedad radicalmente diferentes. La realidad es que son dos caras de la misma moneda. Ambas teorías, y aquí volvemos al principio del artículo, proporcionan una ilusión de orden y de previsibilidad, una fantasía de disciplina. Positivismo e iusnaturalismo son teorías idealistas que pretenden estructurar, jerarquizar y sistematizar el ordenamiento jurídico. Positivismo e iusnaturalismo dicen que cuando se ha dictado una resolución no ajustada a derecho o claramente injusta es porque algo ha fallado. Porque alguno de los engranajes del sistema se ha corrompido o no ha funcionado correctamente o ha sido saboteado. De acuerdo a esa metáfora, un país sería tanto más inseguro jurídicamente cuantos más engranajes fallaran, por las razones que sea, en sus maquinarias ejecutiva, legislativa y judicial.

En realidad, el Estado de derecho no es una máquina, ni un ordenador, ni el equivalente de un sistema físico cerrado. El Estado de derecho, como el ordenamiento jurídico que lo hace posible, es una lucha de poder.

Y eso es lo que dice exactamente la tercera gran teoría filosófica del derecho, esa oveja negra llamada realismo jurídico.

El realismo jurídico es una teoría desarrollada principalmente por juristas estadounidenses (con permiso de la llamada escuela escandinava). Lo que es lógico si pensamos en la merecida indiferencia con la que se suele recibir en el mundo anglosajón esa insufrible tendencia europea hacia la discusión académica formalista, circular, endogámica, improductiva y estéril. El realismo jurídico es, como su propio nombre indica, una teoría que describe el derecho tal y como este funciona en la realidad y no como se supone que debería funcionar en un mundo ideal. Porque en la vida real las leyes son solo uno de los factores, y ni siquiera el más importante de todos ellos, que influyen a la hora de dictar una sentencia. Según el juez Olivier Wendell Holmes Jr., el derecho no es más que la previsión de lo que dictarán los jueces. Como quien acierta una quiniela, sí. Para otros realistas lo verdaderamente importante no es el ordenamiento jurídico considerado como un sistema cerrado que contiene todas las respuestas a todos los problemas de índole jurídica que se le puedan plantear (la máquina de la que hablaba antes), sino el sistema considerado en su conjunto: la ley, sí, pero también las presiones políticas, la moral, las reglas realmente obedecidas por la sociedad con independencia de su legalidad y de su legitimidad, los prejuicios del juez, los del jurado e incluso todos aquellos pequeños detalles (una úlcera del fiscal) que pueden llegar a influir de una u otra manera en la resolución del caso. Para un realista, la justicia no existe. El realismo jurídico es, en definitiva, nihilismo puro, cinismo pesimista y antimetafísica todo en uno. O la física cuántica de la teoría jurídica: no existen certezas, solo probabilidades.

Y dirán ustedes: «Pues vaya novedad, ¿ahora se entera Campos de que el Gobierno presiona a los jueces? ¡Entonces yo también soy un realista jurídico!».

No, criatura, no. Tú no eres un realista jurídico: tú eres un conspiranoico, que no es lo mismo. El realismo jurídico no le presupone un poder prevalente a ninguno de los factores que influyen a la hora de aplicar el derecho. Mejor dicho: no le presupone un poder prevalente a ninguno de ellos en todo momento y circunstancia. Si así fuera, un realista jurídico diría «el derecho es lo que el Gobierno quiera que sea el derecho». O «el derecho es el resultado de aplicar los prejuicios de los miembros del jurado al caso en cuestión». O «el derecho es lo que diga el eslogan de las manifestaciones de más de cien mil manifestantes». Y no es el caso.

El derecho no es más que lo que se obtiene tras filtrar la ley del más fuerte por un colador al que llamamos Estado de derecho por pura convención pero que en realidad es una trama de intereses cruzados con apariencia de orden y de estructura. Una ficción consoladora aunque mentirosa. A veces, esa ley del más fuerte tenderá a gotear por el agujero del colador llamado «Gobierno». A veces, por el agujero llamado «ley». A veces, por el agujero de la «presión popular». Y a veces por un agujero situado a medio camino de todos ellos.

Y sí: el realismo jurídico conduce, como el ateísmo en su terreno, a la conclusión de que esas ficciones consoladoras con las que pretendemos tranquilizar nuestro miedo al vacío y a la falta de un propósito final son solo eso, ficciones. La ley, el orden, el Estado, la solidaridad, la justicia… no existen. Son solo probabilidades. Utopías administrativas y académicas.

Así que, ¿imputarán a la infanta Cristina?

Pues yo que sé, oigan. Dependerá de quién tire más fuerte de la cuerda.

De lo que pueden estar seguros es de que la respuesta a esa pregunta no está en la ley.

19 comentarios

  1. Ahí van mis cien euros a que no la imputan.

  2. Creo que a día de hoy la imputación se paga 700.000 a 1.

    • Comprenderás entonces, Campos, mi manera de ir por la vida, que consiste en “arreglar” las cosas a mi modo, pasando de leyes, jueces y otras zarandajas. Eso sí, hay que ser muy espabilado para que no te pillen cuando haces “lo que sea que haya que hacer” para nivelar las balanzas. Yo he hecho cosas terribles, horrorosas para el común del rebaño, pero al acostarme me duermo más tranquilo que un bebé pensando en que nadie se mete conmigo sin pagar un altísimo precio. A veces, incluso, un precio prohibitivo, el más alto…

  3. Ahí van los míos también, y me apuesto todos los dedos de la mano a que los españoles no hacen nada para que la imputen, y acatan la prevaricación del fiscal

  4. Creo que el símil de los positivistas jurídicos con una ordenador en el que se introducen los datos no puede salir adelante. Y es porque, a fin de cuentas, los datos los va a introducir un ser humano, que va a decidir cuales introduce y cuales no, e incluso puede que decida introducir una cantidad ingente de datos, suficientes para “petar” el supuesto computador.
    El positivismo jurídico es una utopía, bonita pero irreal.
    La justicia material es otra unidad de destino en lo universal, que legitima a los jueces a saltarse textos legales para la consecución de un fin supuestamente elevado como es la justicia (si dos personas son capaces de ponerse de acuerdo en un caso concreto sobre una sentencia justa, es para darse con un canto en los dientes).
    Lo bueno del positivismo es que es una vía para evitar el nepotismo. Pero tremendamente imperfecta, y nos las cuelan como nos las cuelan.
    No tenemos solución. Nada de lo que hemos inventado en siglos ha mejorado el juicio de la tribu, y su visión anárquica del mundo.
    Si Vd. sigue ahondando en la estructura del derecho, acabará haciéndose anarquista o comunista, porque no hay poder que lo corronpa más que el del capital, y más en nuestros días en que se ha convertido en sinónimo de poder absoluto.
    Si quiere Vd. justicia, olvídese de su liberalismo, anarcocapitalismo, o demás monsergas.
    Lo peor es que la otra opción se suponía que proporcionaba a cambio una cierta sensación adormecedora de libertad o sedación, que ahora vemos que desaparece.
    Además, si hoy en día quisiéramos ser positivistas en España, tendríamos que empezar por borrar todas las leyes, pues por sí mismas hacen petar a ese supuesto computador-juez.

  5. No sé si la acabarán imputando o no, todo depende de lo que convenga a….., y vivimos tiempos convulsos en los que aparecen intereses distintos cada día. Hay mucha mierda para tapar y esta es una buena manta.
    En el nuevo CGPJ seguro que en el nombramiento de algunos de sus miembros ha pesado su sesgo en este caso, como en otros.

  6. El artículo es muy interesante y el sr. Campos demuestra una perspicacia verdaderamente elogiable. De todos modos, considero que va “demasiado lejos”, quién sabe si imbuido en el entusiasmo que da la transgresión (a mí me suele pasar, ;) ), en sus conclusiones finales. Puede que el colador no tenga un sustento tan rígido como se suele hacer creer, pero las presiones y resto de circunstancias descritas no pueden hacer lo blanco negro, sino sólo modular (el campo de acción es amplio, sí, pero no infinito).

    Por poner un ejemplo burdo: imaginen que a la infanta la pillan descuartizando un quincemesino de estos de “no nos representan”. El cuchillo en la mano y goteando sangre. Podrá haber mil influencias, presiones, atenuantes sacados de la manga, etc., y muy probablemente la sentencia final no sea la misma que la que hubiera recibido un españolito de a pie. Pero hay un mínimo de pena, ateniéndonos a criterios jurídicos, del que ni un millón de Tsevans no la salvarían.

    ¿Que nuestros asideros son más débiles de lo que pensamos? Sin duda. Pero ahí están. Peor sería vivir sin ellos.

    Espero no ser tachado de supersticioso, ;).

    • Depende de quien la pille y lo rápido que actue el poder colador. ¿O acaso se ha encarcelado a Juan Carlos por el asesinato de su hermano? Si el que llega primero lo quiere así, siempre se puede montar un accidente o buscar otro culpable.
      Y no ocurre solo con los grandes poderes fácticos. Si no es por la gran carambola del siglo, ahí sigue Dolores Vázquez pudriéndose en la trena.

  7. Perdón: “la salvarían”, en lugar de “no la salvarían”.

  8. No apuestes a que Tse es un positivista de libro. Lo es: http://www.jotdown.es/2011/09/tsevan-rabtan-peste-de-iusnaturalistas/

  9. Quien prefiera una versión más destroyer de este artículo y por el mismo autor: http://www.zoomnews.es/49940/zoom-plus/caosfera/y-que-importa-lo-que-diga-ley

    Estoy con Pablo. El margen que puedan tener los jueces a la hora de interpretrar y aplicar la ley no es de una elasticidad infinita.

  10. “La humanidad no progresa gradualmente de combate en combate hasta que llega a la universal reciprocidad, donde el imperio de la ley finalmente reemplaza a la guerra; la humanidad instala cada una de sus violencias en un sistema de leyes y así procede de dominación en dominación. Los eventos históricos consisten en la inversión de la relación de fuerzas, la usurpación del poder, la apropiación de un vocabulario vuelto en contra de aquellos que una vez lo usaron.”
    Foucault.

  11. Te ha quedado de lo más didáctico, Cristian. Tenía la intención de dejar un par de comentarios pero más o menos sería repetir lo dicho por Metal & Troll y por Pablo, e incluso podría aprovechar la cita de Foucault de st, pero ya me imagino que te habrás puesto en la posición de la grulla al leerla.

    Así que tiro por otro lado y añado sólo una cosa: siguiendo con la analogía cuántica, puede que el realismo jurídico asigne probabilidades a algunos eventos, pero la propia física cuántica asigna probabilidadas nulas a un gran número de fenómenos. Así, la probabilidad de que yo salga impune si me lío a hachazos por la calle es cero. Si queremos que lo mismo ocurra con todos aquellos comportamientos que consideramos sancionables, creo que hay que velar por que la justicia funcione como aconsejan los positivistas jurídicos como Tse (porque la interpretable vía iusnaturalista sí que es un camino de incertidumbres que ríete de la cuántica). Pero para ello sin duda hará falta vigilarla con los ojos de un realista jurídico (como hace el propio Tse, creo: le he leído apostar a que la Infanta no será imputada varias veces).

  12. Pues no puedo añadir mucho más. 100% de acuerdo con Pablo, Sámuel y con Metal & Troll. La frase de Foucault además está muy bien buscada y es un resumen perfecto de la idea que busca transmitir el artículo, más allá de la explicación de las tres principales teorías del derecho: el progreso es siempre tecnológico o científico, pero no humano.

    • Hola Cristian, aunque sea otro post, permíteme que te felicite del análisis que has hecho de EWS, por favor me gustaría saber tu opinión sobre esta parte de la película que te expongo ahora, un saludo.

      Enhorabuena por este texto, es fascinante el análisis que has hecho de EWS. Maravilloso de verdad. Y de película decir que es una obra maestra, de una inteligencia y cercanía a la que pocas películas llegan hoy día.

      Yo quiero preguntarle a Cristian Campo, si él entiende que en la orgia Mandy en verdad cambia su vida por la de Bill. Si la intención de asesinar a Bill fuese real, no hubiese salido de allí. Por mucho que la chica se ofrezca, el extraño, el intruso que se ha reido de ellos es él. Por lo que sino no es todo un puro acojone para impresionarle, como apunta Victor, no se entiende que acepten acabar con la vida de la chica en vez con la del médico. ¿vosotros como interpretáis este asunto? Saludos, y da gusto encontrar un sitio donde se valore y se reconozca la calidad de EWS

      • Para calidad la de las tías que salen en la escena de la orgía. ¡Qué bellezones de cuerpos perfectos! Hay un gazapo impropio de un perfeccionista enfermizo como Kubrick: cuando a Tom Cruise va a abordarle una de las mujeres enmascaradas su vello púbico crece de un plano a otro.

  13. Que fácil es pontificar desde la tribuna!

  14. pobrecita dejadla,se enamoro de una polla

  15. Pingback: Gobierno de la Comunidad de Madrid: historia de una organización criminal « INFOXICADO

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