Dos cómics sobre el poder - Jot Down Cultural Magazine

Dos cómics sobre el poder

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Calvin and HobbesDurante algún tiempo estuve convencido de que el primer libro sobre política que leí fue Socialismo y anarquía de Errico Malatesta, uno de los teóricos del anarquismo de entre siglos y entre guerras mundiales. Lo robé de la estantería de mis padres con doce o trece años. Obviamente, no entendí ni una sola palabra. En el medio camino entre la infancia y la adolescencia la política me apasionaba y me frustraba a partes iguales. La veía en todas partes: se respiraba en las conversaciones de los mayores en torno a la mesa, en el sofá frente a la televisión, en películas y libros que me envolvían, incluso en el instituto. Pero cuando intentaba mirarla de frente se mostraba tozudamente incomprensible. El problema no es que no entendiese nada, es que no entendía por qué no entendía nada. Estaba ahí, por todas partes, una presencia constante, ostensible e imposible de ignorar en el rabillo del ojo. Pero al mirarla de frente y alargar la mano lo que para mí era la idea básica del mundo (que había buenos y malos, y yo quería ser de los buenos) se esfumaba entre palabras de origen incomprensible. Así que allá por la página noventa del libro de Malatesta debí cerrarlo con un bufido, decepcionado por el fracaso del que creía que había sido mi primer intento. Probablemente lo dejé sobre mi mesita de noche y en mi regazo lo sustituyó un tomo recopilatorio de mi cómic predilecto: Calvin & Hobbes. Ahora, desde hace unos años, sé que el primer libro sobre política que leí fue precisamente ese, y no otro.

Allí estaban, un chaval y su tigre de peluche con vida imaginada, explicándome con palabras extremadamente sencillas por qué el mundo era complejo porque los humanos estábamos en él para bien y para mal, y por qué eso de pensar en término de buenos y malos no tenía demasiado sentido. El niño con nombre de religioso con fe en la predestinación de los seres humanos y el tigre que, como el filósofo homónimo, creía que la humanidad era en el fondo un pozo oscuro que era mejor no explorar se pasaron diez años, entre 1985 y 1995, planteando todos los temas del mundo. No es una forma de hablar. Amor, ciencia, religión, muerte, imaginación, escuela, comida, cine, literatura, muñecos de nieve, trabajo. Todo cabía en cuatro viñetas. Pero lo que yo más encontraba era política. Para mí, y reconozco que esta es una lectura bastante personal, si hay algún hilo conductor en esos diez años de trabajo es la relación con la autoridad. Tanto Calvin como Hobbes presentan conflictos de manera permanente en su manera de relacionarse entre ellos y con respecto al mundo que les rodea, y la distribución del poder es la constante que explica todos ellos. Calvin y sus padres. Calvin y Moe, el matón de la escuela. Calvin y Rosalyn, su niñera. Calvin y sus profesores. Calvin y el propio Hobbes, quien posee al mismo tiempo las intenciones de un niño, los hábitos de un animal y el conocimiento de un adulto. Es Hobbes quien tiene la personalidad más compleja de toda la tira, y en quien se concentran las obsesiones de su autor, comenzando precisamente por el poder como desagradable pero inevitable constante en el ser humano.

Bill Watterson empezó a dibujar copiando las tiras de Peanuts de Schulz cuando era solo uno o dos años mayor que Calvin. Estaba fascinado con el estilo personal del maestro, con su cuidado y dedicación al elaborar cada tira una a una, él mismo, sin emplear fotocopias. Watterson soñaba con ser el próximo Schulz, e incluso le escribió una carta al dibujante, quien de hecho le respondió, llenándole (aún más, si cabe) de ganas por conseguir su objetivo. Al acabar el instituto hizo como los mejores periodistas y estudió una carrera de ciencias sociales, en su caso Ciencias Políticas. Sus primeros pinitos en las viñetas venían directamente de sus estudios: se encargó de la viñeta de comentario político del Cincinnatti Post durante solo seis meses hasta que le despidieron porque no era capaz de captar las particularidades del día a día de la política local. Paradójicamente, esta es su mayor cualidad. Yo, como todos, leía El Jueves. Y todos leíamos también a Forges y a Quino y a El Roto y a Ricardo y a Gallego y a Rey. Pero a mí nunca me satisfizo demasiado esa aproximación al debate político que de tan evidente era casi pornográfica; me recordaba demasiado a cuando creía que, efectivamente, uno podía simplemente ser de los buenos. Watterson tampoco parecía sentirse demasiado cómodo en la dicotomía exigida por el corsé de meter la actualidad dentro de un cuadrado. Así que decidió apostar por lo permanente en lugar de lo efímero. Filosofía y cotidianidad.

El año en que nací también nació Calvin & Hobbes para el público. El éxito fue instantáneo, quiero pensar que por dos razones. La que se cita más habitualmente es el absoluto derroche de imaginación que suponía el trabajo de Watterson sin perder la universalidad y cercanía de los temas y el enfoque empleados. El universo creado por el niño de seis años era tan acaparador como familiar, tan desbordante como recogido. Eso hacía que el lector se sintiese al mismo tiempo identificado y cómplice. Pero hay un motivo más profundo y a la vez más sencillo para explicar por qué el seguimiento de las aventuras de Calvin y su tigre fue y es tan grande: Watterson hablaba a su público con una complejidad inusitada en las tiras cómicas. No se trataba de emplear referencias rebuscadas. Tampoco alegorías enrevesadas o sarcasmo afilado. No. Watterson transmitía cosas muy difíciles con un estilo extremadamente sencillo. Esto hacía que el lector pudiese no solo escoger el nivel de lectura de cada tira, sino saltar de uno a otro con toda la facilidad del mundo. Cuando por ejemplo Calvin gritó que la felicidad no era suficiente, que demandaba euforia, encerraba en esa frase todos los problemas que tenemos para explicar por qué el incremento del bienestar genera una demanda aún mayor del mismo, dejándonos encerrados en un círculo vicioso en el que más riqueza no parece correlacionarse totalmente con más felicidad subjetiva. En otro momento, Calvin y Hobbes se ponen a jugar a la guerra, se disparan a la vez en la frente con una pistola de ventosas y, tras un segundo de reflexión, Calvin dice que qué juego más tonto, ¿no? Watterson va aquí desde el más sencillo alegato pacifista hasta la teoría de la «destrucción mutua asegurada» según la cual ninguna superpotencia nuclear debería tener incentivos para atacar a la otra aunque sí para armarse al mismo nivel, dado que cualquier movimiento ofensivo significaría desencadenar una guerra que acabaría con ambos bandos. La misma idea que hay detrás de la película infantil Juegos de guerra, por cierto; era este un tema bastante recurrente hacia el final de la Guerra Fría.

Pero lo que yo veía cuando leía a Watterson era, insisto, poder. Calvin no entiende por qué su padre tiene que ir a trabajar y él a la escuela, ni por qué tienen que dejarle vigilado por Rosalyn cuando se queda solo. Se niega en redondo, de manera constante (y tremendamente imaginativa y variada) a seguir las directrices de su profesora. Cuando triunfa se jacta de cómo la saca de quicio. Cuando pierde se queja de la opresión a la que se ve sometido, citando incluso a George Orwell. La obra entera de Watterson está dentro de un triángulo en el que los dos vértices principales son Calvin y todo el mundo adulto. Calvin intenta vivir de acuerdo a sus normas e intereses, pero se encuentra con que es imposible no estar bajo los dictados de los mayores. Trata incluso de establecer una democracia con respecto a la elección de quién ocupará su puesto de padre, incluyendo reportes, encuestas e informes en los cuales él es al mismo tiempo votante, analista, medio de comunicación y spin doctor. Al final todo acaba chocando con la insalvable barrera del poder adulto. Por eso Calvin toma un camino tangencial que le lleva al tercer vértice: su mundo con Hobbes. Un mundo aparentemente imaginario, pero en el que en realidad caben todas las posibilidades que no son viables de la otra forma. En términos gramscianos, Calvin desafía la hegemonía adulta estableciendo una definición distinta de la realidad. Sin embargo Calvin nunca puede escapar al hecho de que son los demás y no él quienes disponen del monopolio de la violencia, y en general de todo lo material. Sus debates con Hobbes suelen, pues, terminar con el tigre siendo capaz de librarse del sometimiento, no así el niño. Dentro de esta tensión también tiene lugar el debate entre la fe en la humanidad (más bien en sí mismo) de Calvin y la pesimista y escapista visión de Hobbes. Pero el eje principal, anterior, sigue siendo el poder. Que sigue, en todas sus dimensiones, en manos ajenas a Calvin. Y yo no podía sino dejar de admirar la tozudez de un chaval de seis años que intentaba lo imposible, como una revolución tanto ideal como material, constante, en un régimen totalitario de rutina. En ese pozo sin fondo se hundían y de él surgía todo lo demás.

En los años siguientes nada que encontrase entre viñetas consiguió captar realmente mi atención como lo hicieron los personajes de Watterson. Sí, Mafalda y sus amigos resultaban reconfortantes, pero también un tanto maniqueos. El Roto proporcionaba una falsa profundidad en la que sumergirse era tan peligroso como tirarse de cabeza a una piscina medio llena. Forges era costumbrista y divertido, pero nada más que eso. Un Berlanga sin crónica. También recuperé (más bien me topé con) ciertas obras de la transición, particularmente el trabajo de Carlos Giménez después recopilado en los tomos España una, grande y libre. Un buen retrato del momento, sin duda. Pero contado desde un punto de vista muy particular, un tanto exasperante para mi gusto, por simplista. Así que durante el resto de mi adolescencia dediqué mis horas de cómic a la ciencia ficción, es decir, a Moebius. Muy alejado de las orillas de la política, no era sino un descanso. Fue temporal: duró hasta que Watchmen llegó a mis manos.

watchmen

Estaba acabando mi propia carrera de ciencias sociales, Sociología, con una aspiración parecida a la de Watterson. No en el dibujar, sí en el entender el mundo que me rodeaba y ser capaz de hilvanar siquiera un poquito del mismo en una narración de cualquier formato. Ya para entonces uno de los asuntos que más espacio ocupaban de mi estrecha mente era qué podía hacer Calvin aparte de sus pequeñas rebeldías diarias y su constante establecer una definición paralela de su entorno a través de su constante dialéctica con Hobbes. Bueno, más ampliamente me preocupaba cómo controlar y contrarrestar al poder. Un poder que, en cualquier caso, necesitábamos. La explicación hobbesiana del poder es que todos nosotros, seres humanos, nos ponemos de acuerdo para otorgar la capacidad de ejercerlo a una entidad libre, en principio, de la captura por la fuerza de nadie. Lo hacemos así para evitar la dominación y el abuso. Lo hacemos así para poder cooperar. Sin embargo, esto no es una solución al problema de cómo y por qué se mantiene así.  Océanos de tinta, de letras, de modelos teóricos y matemáticos se han venido ocupando de este problema en múltiples variantes: por qué la democracia se sostiene a sí misma a veces y otras sucumbe a un golpe de fuerza, por qué el mercado funciona en ciertas ocasiones sin que una parte intente expropiar a la otra pero no en otras, por qué la corrupción es la forma prevalente de asignación de recursos solo en ciertos países mientras en otros la cooperación se produce por otros cauces. En Watchmen no encontré una respuesta al interrogante. Pero sí una forma descarnada de plantearlo publicada, casualmente, al mismo tiempo que yo era concebido y los primeros Calvin & Hobbes aparecían en periódicos estadounidenses. No soy demasiado amigo del azar, pero tener la misma edad que mis cómics predilectos encierra un cierto encanto que se pierde en la mezcla de páginas e infancia.

Las preguntas de quién ha autorizado a estos tipos, los superhéroes, a cuidar de nosotros, por qué se erigen en guardianes de la libertad, y, sobre todo, qué asegura que se vayan a comportar de acuerdo a lo que de ellos se espera están presentes en prácticamente todas las historias con uno o varios superhéroes. Alan Moore decidió cogerlas y ponerlas sobre la mesa de la manera más cruda posible. En el mundo de Watchmen una pintada llena las paredes de la ciudad: quién vigila a los vigilantes. El problema eterno de los superhéroes es, pues, también el dilema central de la ciencia política.

Todos los autores han jugado con la faceta humana de los héroes, mostrando sus debilidades y sus dudas, sus inseguridades y el peso específico de la «gran responsabilidad» que conlleva el «gran poder» con que han sido agraciados, o maldecidos. La mayoría dejan incluso entrever que estos personajes no actúan en un vacío, sino que hay algo llamado estado e instituciones con las cuales deben interactuar. En Watchmen el centro de la historia es la gestión de ese poder dentro de un contexto determinado, y es de hecho el Estado quien lo crea, para después destruirlo ante la convicción de que habían creado un imposible dentro de un sistema democrático liberal. Una idea central en democracia es que, dado que cualquier facción o grupo es susceptible de perder el poder en cualquier momento (mediante elecciones) y todos acuerdan funcionar de acuerdo a ese sistema de turnos, el monopolio de la violencia no pertenece a ninguna parte de la sociedad que pueda ejercerlo sobre otra. Si el Estado cuenta con una fuente, así sea potencial, de poder superior a los actuales medios (superior al ejército), y es incapaz de controlar quién ejerce el control sobre dicha fuente, ha roto el equilibrio, o ha sentado las bases para romperlo. Eso era el Doctor Manhattan. Y también todos los «superhéroes sin poderes» que coprotagonizan la serie, particularmente Ozymandias.

Hay poca distancia entre el planteamiento de Moore en Watchmen y cualquier duda de cariz liberal sobre una parte del aparato estatal que goce de autonomía. Por poner un ejemplo reciente, la NSA y su aparente capacidad para compilar información sobre nuestras comunicaciones cotidianas. Sirve igualmente cualquier recelo que en cualquier momento se haya podido tener respecto a una parte del ejército en, no sé, la Grecia de finales de los sesenta o la España de la transición a la democracia. En realidad poca respuesta puede darse ante estos miedos. No hay ninguna fórmula que, hoy por hoy, nos permita asegurar totalmente que no va a existir un abuso de poder. Más aún: ni siquiera sabemos del todo por qué este abuso no es constante, por qué no existen facciones, en forma de superhéroes o de lo que sea, que intentan tomar el poder de las democracias occidentales por la fuerza. Tenemos algunas intuiciones y algunas regularidades empíricas, tales como que los países con ingresos per capita medios en adelante que se convierten en democracia no vuelven atrás. Pero no tenemos ninguna solución definitiva a la cuestión de por qué el mundo, nuestro mundo, no se parece más a la pesadilla de Alan Moore. Esa es la cuestión que me acecha al final de cada página de Watchmen, siempre que regreso a él.

Llegado a un punto de lectura y profunda reflexión, uno no puede sino decidir, simplemente, seguir el ejemplo de Calvin y buscar un nuevo vértice ajeno al círculo vicioso que nos encierra. Pero, ah, no todos tenemos un tigre de peluche tan excepcional a mano para construir un modelo alternativo que nos explique por qué el mundo que nos rodea no se viene abajo.

21 comentarios

  1. Pingback: Dos cómics sobre el poder

  2. Calvin & Hobbes ha sido un comic que he disfrutado como nadie cuando era pequeño pero que solamente he podido degustar como se merece ahora que ya no soy tan pequeño.

    Me ocurre lo mismo que con Mafalda. Me resulta fascinante que comics que nos entretuvieron tanto cuando en su momento tuvieran un trasfondo tan enorme, que a la vez enriquecieran a jóvenes y a adultos. Y me enorgullezco de haber podido crecer junto con Calvin, de ir poco a poco descubriendo que había más de lo que aparentaba, de ver como la realidad estaba “camuflada” en las inocentes historias de un niño y su peluche.

    Por todo ello, Watterson y Quino merecen un reconocimiento infinito.

  3. Coincido contigo, Mafalda resulta maniquea en ocasiones, Calvin & Hobbes para mi es la mejor tira que se puede leer incluso hoy que desgraciadamente no se produce. Lo mejor es que es una tira que se adapta a quien la lee, la disfruto yo ya adulto pero la misma tira la disfruta un niño. Todos la interpretamos según nuestro estado de madurez y nuestro conocimiento de lo que nos rodea. Hay tiras que son simplemente un derroche de imaginación, las hay que son absolutamente tiernas y conmovedoras, las hay que son hilarantes y como dices las hay que son profundamente críticas y capaces de tocar temas complejos con una sencillez abrumadora. Creo que poco reconocimiento tiene Watterson para lo que hizo.

    • Efectivamente, de entre las más conocidas diría que solo Peanuts (las primeras) tiene tantos niveles de lectura como Calvin y Hobbes.

    • Buenas;

      Mafalda puede resultar algo maniquea porque sus tiras tienen, casi siempre, un fuerte contenido político… Pero vamos, en cuanto a la riqueza del contenido (el número de personajes y lo profundizados que están, el contexto histórico y las distintas situaciones que se producen en esa colosal historia de más de 600 páginas en total) me parece que no hay comparación… Además, creo que el autor de la crónica comete un error al mencionar sólo a Mafalda, porque la obra de Quino es mucho más extensa, y sus tiras que abordan temas más generales son una puta maravilla- capaz de transmitir una visión del mundo crítica, salvaje y a la vez tierna y llena de humor. Calvin & Hobbes, pese a seguir siempre una estructura lineal, me parecen personajes brillantes, con historias y situaciones brillantes… Pero tampoco me parecen, ni muchísimo menos, que estén por encima de personajes tan increíbles y universales como Miguelito, Guille, Susanita o Felipe.

  4. Carlos Giménez, con “G”, no con “J”…

  5. El autor de este artículo peca de lo que muchos lectores aficionados adolecen, el someter al cómic a una especie de examen nutritivo basado en el mensaje casi exclusivamente y obviando la otra mitad que es el arte, parte incluso más importante ya que denota el 70% del mensaje. Carlos GIMENEZ -nusé quién es Jimenez- es un artista que le da a Watterson 10 millones de vueltas, en el sentido artístico, el guión en sí normalmente no es obra del autor del arte por lo tanto se mide la capacidad artística de la obra valorando parámetros afines. Sí realmente queremos degustar cómic político, no hay nada más que recurrir al movimiento Underground AmeriKano, con genios como Pekar, Grump, Corben, Shelton, etc. y las maravillosas Kitchen Sink Press, y Rip Off Press. Watchmen es un cómic lleno de tópicos de superheroes sin superpoderes, lo cual lo hace interesante, pero para nada lo eleva a la altura del Olímpo del cómic art. De hecho el delicioso Eisner y su Spirit tiene más vitamina política que Watchmen.
    Tampoco es lo mismo hacer un Strip para los Weeklys, que una novela gráfica, lo mismo que no es lo mismo un relato corto que una enciclopedia.
    Por cierto, no estaría de más que el autor reflexionara sobre la diferencia entre Ciencia Ficción y Fantasía. Moebius, un auténtico genio, de ciencia ficción, poquito.

    • No creo que el autor esté obviando lo que le indicas, cualquier lector de cómic sabe que se trata de un todo y que el mensaje, lo trae también la ilustración, en perfecta simbiosis, ambos se dan vida, con los buenos esto siempre sucede

    • Siento la falta de ortografía; tuve una novia de apellido Jiménez con J y se me quedó el vicio.

      Respecto al resto, creo que queda lo suficientemente claro en el artículo que ni soy experto en cómics ni pretendo serlo. Esto ha sido solo una (modesta) forma de contar cómo dos obras influyeron en mi percepción del mundo y en aquello a lo que dedico tanto mi tiempo de trabajo como el de ocio, que es la política. Lo he contado porque pensaba que no era el único al que le había ocurrido algo similar con las citadas obras. La erudición la dejo para… bueno, para quien la tiene, que no es mi caso, y disfruta utilizándola.

      Por último, en muchos casos la diferencia entre ciencia ficción y fantasía es la misma que entre formas de hacer la paella, esto es, una cuestión de fundamentalismo bastante poco instructiva, a mi parecer.

      • Coincido con el autor de este artículo, aunque no había hecho un análisis detallado de mis lecturas, Calvin y Hobbes ha sido el único cómic que realmente me ha enganchado, de hecho el primero que leí fue en inglés y en ese idioma seguí (en español pierde detalles). Gracias por recordármelo y por descubrirme que sí que hay gente por ahí que le da a esa obra y a sus personajes entrañables y pensantes la importancia que se merecen.. :)

    • Se ve aquí perfectamente cómo la incapacidad para comprender algo lleva a la pedantería; que no consiste en la mostración de conocimientos, ni mucho menos, sino en esto, pero hecho de manera inoportuna y fuera de lugar.

      Ha perdido usted completamente el norte del texto, no lo ha entendido. Ha tomado como un análisis crítico, en la línea de lo que sería una crítica literaria, algo que para nada lo es, y encima con esa distinción tan mostrenca, tan grosera (por gruesa, poco fina) entre dibujo y guión. Es normal que su lista de cómics para el disfrute político no venga a colación ni sirva para responder a nada del artículo, sino sólo para exponerse a usted mismo y su extensísima cultura de “nombrecitos”. Respecto a la distinción entre géneros, la educada respuesta del autor ya es más que suficiente.

      Sólo un par de cosas más: si va a criticar las faltas de ortografía a alguien procure no cometerlas usted. Y, bueno, no lea Watchmen, es demasiado mainstream y usted requiere bocados mucho más selectos y con más jugo.

  6. La gente que ha estudiado Periodismo también tiene derecho a ser un gran periodista…

    • Derecho no, lo que tiene es el deber de ser al menos un buen periodista, pero…

    • Ya estamos, se hable de lo que se hable…
      Menos exigir, pedir y quejarse y más remangarse y ponerse a hacer.

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  10. Me ha encantado el artículo. Felicidades. Aunque no comparto los mismos gustos que tú, me gustaría aconsejarte un cómic que quizás sería interesante para “complementar” tu artículo. El cómic se llama” Marshall Law” y es interesante porque el protagonista es un humano que mata superheroes… de dibujo feo, impecable rotulación y guión pluscuamperfecto la historia de Marshall Law está salpicada de teorías psicológicas sobre los superheroes y su relación con la sociedad. No te lo pierdas.

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  12. Calvin y Hobbes, un poco como The Wire, es un vehículo perfecto para entrarle al inglés con ganas. Yo también recomiendo leerlo en su idioma original. Es una obra que no envejece y para cualquier tipo de público. Watchmen, que es otra gran obra, sin embargo es difícil que impacte tanto a quien no haya estado de leer tebeos de superhéroes -también es verdad que ahora los supertipos ya están en todas partes y puede que esta percepción mia esté equivocada-. De Carlos Giménez, más que el España una, que es muy de combate y de un determinado momento, recomendaría los dos primeros álbumes de Paracuellos. Algunas tiras de Mafalda es cierto que son demasiado obviamente políticas, y demasiado simplistas, pero si, virtualmente, pudieses apartar esas, el conjunto que resta es en mi opinión sobresaliente. El Roto… el problema de El Roto es que no puedes estar haciendo un aforismo, a ritmo de uno al dia, once meses al año, desde hace más de veinte años sin caer en maniqueismos y reiteraciones. Es imposible. Por comparar con Quino y con Waterson: ambos ‘mataron’ sus obras a los diez años de publicación, porque sentían que se estaban repitiendo. Aparte de que el heterónimo de El Roto está muy constreñido a una determinada manera, tono, temas… Es más carne de antología que de un Obras completas, pero esa antología, yo creo, sería también muy muy notable.

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