Una íntima orden de batalla - Jot Down Cultural Magazine

Una íntima orden de batalla

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Carson McCullers en 1958. Fotografía: Cordon Press.

«Un escritor no es alguien que, por un lado, ama, odia, se regocija, se indigna o sufre y, por otro, “en sus ratos libres”, escribe». Josyane Savigneau reflexiona sobre lo que no es un escritor en la biografía que hace de Carson McCullers. De cómo el biógrafo de un escritor debe tener en cuenta que la vida y la obra se van entrelazando, pero también cuándo hay que separar el grano de la paja: que Carson McCullers muriera joven y sufriera intensamente, y esto generara así una obra menor en cantidad que la de muchos grandes de la literatura, es irrelevante a la hora de hablar de la calidad de sus relatos y novelas breves. Hay que saber hasta dónde buscar y en qué momento detener la búsqueda —no es fácil—. Entonces, sabemos qué no es un escritor: alguien que vive al margen de su escritura, o que vive al margen de la vida; de acuerdo, pero, ¿qué es un escritor?, ¿la escritura es un oficio y una manera de estar en el mundo?, ¿es igual al resto de oficios y vocaciones?

Una de mis citas preferidas sobre el acto —involuntario— de escribir es de Clarice Lispector. Me parece la mejor explicación de cómo el escritor lleva la literatura en las entrañas como lleva uno los órganos más necesarios o como decía Julio Cortázar que llevaba Buenos Aires, como se llevan los zapatos: «Mi vida me quiere escritor y entonces escribo. No es una elección: es una íntima orden de batalla». Es de una precisión y una elegancia excepcional, pero no lo digo con extrañeza, Lispector nos tiene acostumbrados.

Entonces, ¿un profesional de cualquier otro oficio no ha sido llamado a esa íntima orden de batalla pero en otro campo? Desde luego, puede ser. Es evidente que hay muchísimas vocaciones y que la vida puede entenderse a través de ellas, puede ser la medida del comportamiento de la persona que las elige, puede condicionarlo todo hasta el punto de convertirse en el centro de todas las cosas: puede ser esencial. ¿Y por qué el escritor es menos indivisible entre inspiración y vida? Marguerite Duras decía: «Escribir pese a todo». Por esa grieta decido indagar.

Escribir pese a todo

Cuando quiero entender algo procuro simplificarlo hasta que no se puede más, reducirlo al ejemplo más inverosímil, mezquino o extremista. Expongo todas las profesiones del mundo a un mismo hecho y así es como veo que el escritor (en realidad, cualquier artista) es distinto, por mucha vocación que tenga el futbolista, el carnicero o el cirujano. Allá voy: se muere la persona que más amas en el mundo. Puede ser tu madre, tu hijo, tu hermana, tu perro. Todos los oficios contra un acontecimiento brutal en tu universo particular de persona mortal y humana, vulnerable: ¿quién va a vivirlo, analizarlo, matizarlo, explicarlo a través de su trabajo? Probablemente: el poeta, el pintor, el escritor, el director de cine. Incluso el lector. ¿Quién va a tratar de entender el dolor, el azar, lo desafortunado de la vida sino el que se expresa a través de un arte que lo canaliza todo y le da un resultado equis para poder asimilarlo? Sí, desde luego: el futbolista estará deseando volver a tener una pelota en los pies para poder deshacerse de su pesar, el carnicero estará deseando volver a sus cuchillos para poder deshacerse de su pesar, el cirujano estará deseando volver a su posición para poder deshacerse de su pesar. Pero cuando acaben el partido, la jornada y la operación: la madre, el hijo, la hermana o el perro seguirán ahí, muertos, y volverá la incomprensión.

El escritor no descansa. «Escribir pese a todo». Pese a que fallen las fuerzas y no se tengan ganas. Quizá pase un tiempo hasta que se sea capaz de escribir una sola línea, pero la cabeza estará preparando el terreno —cavando, cultivando—. Es indivisible. Blanca Varela, cuando intenta hacer un pequeño recorrido sobre su vida, se da cuenta: «Lo que pasó después, lo demás, si no está escondido entre mis poemas, está entonces definitivamente perdido. Hablo de lo que hace la vida de cualquier persona, de cualquier mujer, como es mi caso. La casa, el amor, los niños, la lectura, la música, los viajes, la ciudad, y también el tedio, el dolor, la impotencia, la soledad y el silencio. Las dos caras enemigas reconciliadas por ese activo sueño que puede ser la poesía». Aquello que no fue fijado en la escritura se diluye: como si el fotógrafo solo recordara los lugares que ha captado con su máquina. Así es la vida que pasa por la escritura: si no está, desaparece.

Aún no escribí sobre eso

El escritor no escribe en sus ratos libres, como dice Joysane Savigneau: no tiene ratos libres. Como tampoco descansa uno de respirar o de pestañear. No exagero. Porque si el escritor tuviera ratos libres, entonces estaría dejando de entender algo esencial del día —se paralizaría un lado de su cuerpo, inútil—. Estaría incomunicado no solo con el mundo, también aislado de sí mismo. Le preguntaron a Saul Bellow qué sentía tras haber recibido el Premio Nobel y contestó: «No lo sé. Aún no escribí sobre eso». ¿En qué otra profesión, incluyendo todas las creativas y artísticas del lado del escritor, necesita uno contarse a sí mismo para comprender algo, para poder desentrañar lo que no se comprende? El pensador, el filósofo, el poeta, el escritor. Todos ellos utilizan sus herramientas, su oficio, para profundizar en cualquier herida. Sí, es agotador. Es como una madre: ¿tiene un rato libre en el que deje de ser madre, en el que deje la maternidad a un lado, o es madre también cuando se da un descanso, un baño, un capricho? ¿No está la madre siempre disponible, igual que la literatura, que la necesidad de escribir? Si no, ¿por qué tantos escritores intentan definir lo que es escribir, el acto, la íntima orden de batalla? Porque si no escriben sobre lo que significa escribir, no significa nada.

«Hay cosas que no pueden decirse, y es cierto. Pero eso que no puede decirse es lo que se tiene que escribir». María Zambrano lo tenía muy claro: hay cosas que no pueden ser dichas, pero sí escritas. También Mario Benedetti decía que hay que «escribir lo que no se puede explicar». ¿Lo que no se puede explicar se entiende mejor cuando uno ejerce de camarero, de socorrista o de albañil? ¿Puede alguien acotar un episodio de su vida siendo panadero o fabricando una pieza pequeñísima de un coche? Este es un elogio de la escritura, del escritor, y eso no significa que este sea el desprestigio del resto de oficios —es solo una explicación de cómo el escritor es menos cuando no está escribiendo, y los demás pueden dejar a un lado su vocación.

Caminante, no hay camino

«En suma, desde pequeño, mi relación con las palabras, con la escritura, no se diferencia de mi relación con el mundo en general». Lo dice Julio Cortázar y no hace falta que lo jure: hay cosas que existen entre líneas, y es cómo un escritor vive. La escritura puede ser decisiva en la vida de un escritor, cómo va descubriendo lo que esté por descubrir. No significa que el profesor, la cocinera o la asistenta social no vivan sobre unos cimientos y una base que les da su experiencia, su mundo profesional: es algo más profundo, incomprensible. El escritor es escritor a su pesar. Jeanette Winterson dice que nunca emplea el verbo convertirse para hablar de su condición de escritora, porque no fue una elección consciente. ¿Qué otra cosa en el mundo puede atraparte sin que lo elijas y tengas que cargar con ello y asumir todas las consecuencias, incluso las más desagradables? La enfermedad, por ejemplo. Y por eso se relaciona muchas veces la escritura con una enfermedad, pero también con la propia cura. No hay quien escape: «no hay vía libre, es una trampa genial», como canta Quique González. ¿Quién puede curarse de algo que duele pero es placentero, y en que es verdugo y víctima a un tiempo?

Simone de Beauvoir decía que «Escribir es un oficio que se aprende escribiendo», del mismo modo que Antonio Machado dijo «se hace camino al andar». No es ninguna casualidad que la vida y el oficio de escritor tengan el mismo método de aprendizaje: es imposible separarlos. Hay que caer del mismo modo que hay que borrar: equivocarse, reconstruir, empezar de nuevo, poner el punto final, pasar de página, revisar, corregir lo que no esté bien. Francisco Umbral lo dice y es indiscutible: «Escribir es la manera más profunda de leer la vida».

5 comentarios

  1. Pingback: 27/05/14 – Una íntima orden de batalla, por Jenn Díaz | La revista digital de las Bibliotecas de Vila-real

  2. Interesantes líneas, bien escritas.

    Saludos,

  3. Pingback: el acto involuntario de escribir | marges

  4. Pingback: “El acto involuntario de escribir” | caffellarg

  5. Muy bueno. Yo buscando hace unos años mis propias razones para ser escritor o entender el maldito hecho que te condena a ser escritor, encontré esto buscando en google: http://elpais.com/diario/2011/01/02/eps/1293953215_850215.html
    y me pareció increíble porque encontré similitudes en cada una de las razones que daban los autores. En fin, como dijo Rilke; “y reconozca si tendría que morirse en cuanto ya no le fuere permitido escribir” entonces si desgraciadamente no puedes responder que Sí. Entonces estás condenado.

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