San Sebastián: un paseo por el hueco y el viento - Jot Down Cultural Magazine

San Sebastián: un paseo por el hueco y el viento

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Fotografía: Bichuas (E. Carton) (CC).

En un extremo de la bahía de La Concha está Oteiza y en el otro Chillida. Paseamos para unirlos a los dos, y para unir de paso a lagartijas donostiarras con fusileros escoceses, a esqueletos de ballenas con avestruces metafísicas, a pintores con corsarios.

La ciudad de los cabezas ligeras

Queda un eco muy antiguo, casi apagado, en algunos lugares de San Sebastián con nombres extraños: Urgull, Polloe, Puio, Morlans, Mompás, Miramón, Aiete…

Son topónimos gascones. Los gascones estuvieron entre los primeros habitantes de la ciudad, hacia el año 1180: mercaderes y armadores de Bayona, que se instalaron a los pies del monte Urgull, en la actual Parte Vieja donostiarra, cuando el rey de Navarra fundó la villa y otorgó privilegios para el comercio y la pesca. La lengua gascona se habló junto con el euskera y el castellano durante siglos. Y hay quien se remonta hasta aquellos pobladores para explicar incluso el mote y la personalidad que se les atribuye a los donostiarras: «El sello gascón se advierte en el carácter propio de los donostiarras, que, en contraste con la gravedad vascongada de sus circunvecinos, tienen un aire jovial y despreocupado, por lo que con palabra vascuence se les suele denominar kaskariñas, esto es, cabezas ligeras, ligeros de cascos», escribió el historiador José Luis Banús.

Al margen de supuestas esencias, desde el momento de la fundación quedó clara la peculiaridad de San Sebastián dentro del territorio guipuzcoano. La ciudad nació marcada por la influencia foránea, poblada por comerciantes y marinos que establecieron relaciones fluidas con otros países —primero europeos, más tarde americanos—, por élites urbanas que mantuvieron buenos tratos con la Corona castellana y que con los siglos desarrollaron una impronta burguesa y liberal que a menudo chocó con la Guipúzcoa interior, más rural y tradicional.

1. «Me llamo Rosita. Siembro la muerte y el gemido»

Urgull: un montecito extraño con nombre gascón, que en realidad es una isla capturada por el continente, hogar de lagartijas que no existen en ninguna otra parte y de esqueletos de soldados ingleses a los que nadie recuerda.

Fotografía: Enrique Dans (CC).

Dejemos los pintxos por una mañana y subamos desde la Parte Vieja a Urgull. Subamos —desde el museo San Telmo, desde la plaza de la Trinidad o desde la basílica de Santa María: encontraremos fácil los caminos que serpentean por el bosque, solo hay que subir—. Subamos al castillo de La Mota. El rey navarro Sancho el Sabio fundó San Sebastián y construyó una torre en la cumbre de Urgull. Luego los reyes castellanos levantaron durante siglos murallas, baterías de tiro, galerías, fortificaciones. La cumbre de Urgull está a 123 metros sobre el mar. Poca escalada y mucha recompensa: las vistas de la ciudad son magníficas desde la batería de Napoleón y la batería de Santiago.

A los pies del tremendo Sagrado Corazón, de 12,5 metros de altura, el castillo alberga ahora la Casa de la Historia: una exposición muy didáctica con maquetas, grabados, fotografías, objetos viejos y vídeos sobre la vida donostiarra.

Desde el balcón panorámico del castillo se comprende el nacimiento geológico de San Sebastián: el monte Urgull era un islote, en cuya parte sur, más protegida del oleaje, se acumularon durante milenios las arenas y los sedimentos del río Urumea hasta formar un tómbolo, una lengua de tierra que lo unió al continente. En ese terreno anfibio nació la pequeña villa amurallada, al pie de Urgull. Esas tierrillas arrastradas desde las laderas de Goizueta (Navarra) hasta la orilla del Cantábrico componen ahora los metros cuadrados más caros del País Vasco.

Fotografía: Turismo Gipuzkoa (CC).

En la puerta de la Casa de la Historia está Rosita. La encontraron en el fondo del mar, en la bocana del puerto de Pasajes. Ahora ella vigila San Sebastián desde lo alto: «Me llamo Rosita Wicke. Siembro la muerte y el gemido. Me hizo Juan Vastenove. Esto es verdad. Año 1502». Rosita es una bombarda de bronce, un cañón de gran calibre, que lleva grabados con letras góticas su nombre y su amenaza. Y el escudo del condado alemán de Oldenburg. La encontraron en el fondo del mar, arrojada por algún barco que aligeraba peso para no zozobrar. Los expertos revelan sus vergüenzas en voz baja: Rosita era pesada y torpe. Para moverse, debían arrastrarla una docena de parejas de bueyes. Y los artilleros tardarían tanto en cebarla que solo podría disparar una bomba cada quince minutos. Lo más probable es que no disparara nunca, añaden con discreción, para no ofender. La trajeron a la cumbre del monte Urgull, donde recuperó su orgullo y su posición dominante, aunque la colocaron apuntando al océano y no a la ciudad, quizá para que se siga creyendo temible.

2. La lagartija donostiarra y la tumba del coronel Tupper

Del castillo de La Mota, bajamos hacia la otra vertiente, hacia el mar abierto, y seguimos los cartelitos hasta el Cementerio de los Ingleses. O preguntamos a las lagartijas.

Este cementerio es el equivalente donostiarra de unas ruinas guatemaltecas o camboyanas: monumentos ruinosos, perdidos en la vegetación. Alberga lápidas y mausoleos de oficiales británicos que cayeron defendiendo San Sebastián y el régimen liberal contra el asedio carlista de 1836-37. Entre la vegetación también se alzan pedazos de un monumento que conmemora la destrucción de la ciudad en 1813 durante el asalto angloportugués contra los ocupantes napoleónicos. Hay soldados de piedra tirados por los suelos, a los que les faltan brazos y cabezas, pero no por culpa del enemigo sino del abandono: de los muñones asoman los hierros que antaño sostenían esos miembros perdidos.

Fotografía: Mertxe Iturrioz (CC).

Aquí yacen el coronel Tupper, del Sexto Regimiento de Fusileros Escoceses (muerto en Aiete), el coronel Oliver de Lancey (muerto en Hernani), los soldados Newman, Howard, Gates, Smith… Las inscripciones dicen: «A la memoria de los valientes soldados británicos que dieron la vida por la grandeza de su país y por la independencia y la libertad de España» (aquí alguien lanzó un reventón de pintura). Y otra: «Inglaterra nos confía sus gloriosos restos. Nuestra gratitud velará su eterno reposo». El cementerio se inauguró en 1924 y, según cuenta el minucioso cronista Javier Sada, el alcalde Pardo, con sombrero de copa, prometió ante los embajadores de Inglaterra y de Estados Unidos, ante las reinas María Cristina y Victoria Eugenia, el príncipe de Asturias, infantes, duques, marqueses, diputados, generales, soldados y músicos, que el pueblo de San Sebastián, «hidalgo y caballeroso», veneraría estos restos como si fueran los de sus propios hijos. Luego se celebró un simulacro de batalla naval en la bahía de La Concha, con disparo de cañonazos desde Urgull y lanzamiento de bombas desde la playa, «simulando un volcán». Y la Real Sociedad venció por cinco goals a cero al Esperanza, en el primer partido del Campeonato Guipuzcoano.

Ah, las lagartijas: entre las lápidas podemos buscar alguno de estos reptiles, pertenecientes a una subespecie endémica, la Podarcis hispanica sebastiani, muestra escurridiza de la insularidad de Urgull. Solo viven en otro lugar del mundo: la isla de Santa Clara, en el centro de la bahía de La Concha.

3. En un extremo, Oteiza: la Construcción Vacía

Bajamos de Urgull al paseo Nuevo y caminamos hacia La Concha. Pronto encontramos la Construcción Vacía, una gran escultura-ventana de acero que Jorge Oteiza quiso instalar en este extremo de la bahía.

De niño, Oteiza se metía en los agujeros que dejaban en la playa de Orio los carros que se llevaban la arena. Se tumbaba en el fondo del hueco, miraba arriba y así veía un círculo de cielo azul enmarcado por la tierra. Era un niño introvertido, asustado, impresionado por la brutalidad de otros chavales que estampaban gatos recién nacidos contra la pared y se reían, Oteiza era un niño temeroso de la muerte. En los huecos de la playa encontró una protección, un alivio de la angustia, una conexión entre la oscuridad y la luz, entre la profundidad de la tierra y el cielo. Después se maravilló con los crómlech: los círculos de piedras prehistóricos, monumentos funerarios que crean un hueco, un espacio vacío y sagrado. Escribió: «Como el avestruz —maravilloso y calumniado, metafísico animal que crea su pequeño crómlech enterrando la cabeza y el miedo en la arena—, el escultor del crómlech abre un sitio para su corazón en peligro, hace un agujero en el cielo y su pequeña cabeza se encuentra con Dios».

Fotografía: Torpe (CC).

Oteiza, fallecido en San Sebastián en 2003, invirtió la manera de entender la escultura: ya no se trataba de elaborar una masa sólida para ocupar el espacio, sino una obra que precisamente creara un vacío. Las planchas de acero de esta Construcción Vacía delimitan un espacio aéreo, que tiene formas distintas cada vez que cambiamos de posición. Así crea un hueco escultórico que enmarca la bahía, ese hueco geográfico que da sentido a San Sebastián y que decidió su carácter actual.

Porque San Sebastián apostó por el hueco. En el mapa de la ciudad la bahía de La Concha es un gran espacio vacío, un agujero abierto por el océano, y a mediados del siglo XIX hubo proyectos para cancelarlo: se elaboraron proyectos para cerrar el paso entre el monte Igueldo y la isla de Santa Clara, convertir la bahía en un gran puerto mercante y construir en el perímetro de sus orillas un complejo de muelles, almacenes, industrias y vías de tren. Aparcaron semejante proyecto y en su lugar tendieron el paseo de La Concha, que tiene sentido y belleza por el hueco oceánico que bordea. Es el emblema de una ciudad que apostó por el hueco, que apostó por el inútil y noble arte de pasear.

4. El corsario Erauso, pichichi de Terranova 

Antes de ser ocio, el mar fue oficio. Quedan rastros interesantes en el puerto. Bajando desde el paseo Nuevo, primero pasamos por el Aquarium, un museo oceanográfico de trayectoria centenaria y atracciones modernas, como el túnel traslúcido que permite atravesar el oceanario y observar en 360 grados a los tiburones, las tortugas y docenas de especies marinas que nadan a nuestro alrededor. Hay acuarios, hay exposiciones históricas, hay un esqueleto de ballena que mide once metros. Es el museo más visitado de la ciudad, sobre todo con niños, sobre todo cuando llueve.

Un poco más adelante está el Museo Naval. El edificio es la casa torre del antiguo Consulado, una institución de 1682 que agrupó a mercaderes, armadores y capitanes donostiarras. San Sebastián fue el principal puerto ballenero del mundo en el siglo XVI. En la campaña de 1580, por ejemplo, cien barcos zarparon desde aquí para cazar ballenas en Terranova. Volvían con miles de toneles de aceite, el petróleo de la época, y lo vendían casi en monopolio a los puertos de media Europa. Cuando la caza menguó, los marinos vascos reciclaron sus habilidades: en vez de clavar lanzazos a las ballenas, empezaron a clavárselos a los marinos de países enemigos. Emprendedores, diríamos ahora. Los reyes castellanos, apurados en sus permanentes conflictos marítimos, recurrieron a vizcaínos y guipuzcoanos porque «en el arte de las guerras en el mar eran más instruidos que ninguna otra nación del mundo», según el cronista Hernando de Pulgar. Les concedieron patentes de corso, especialmente en tiempos de guerra, para atacar navíos rivales y quedarse con la mayor parte del botín. San Sebastián pasó entonces a ser el principal puerto corsario de Europa. Reconversión industrial, diríamos ahora. Hubo rachas memorables, como la guerra contra Francia entre 1552 y 1556, en la que Guipúzcoa armó trescientos barcos corsarios, que capturaron más de mil naves enemigas. El pichichi fue Juan de Erauso, quien navegó hasta Terranova y capturó dieciocho barcos franceses al abordaje en una sola campaña. Entre tanto, en el Caribe, los donostiarras saquearon tantas naves inglesas que el puerto de San Sebastián se convirtió durante una temporada en el gran mercado europeo de azúcar, algodón, arroz, aceites, aguardiente, betunes y maderas. Más tarde, la Real Compañía Guipuzcoana de Caracas, poseedora del monopolio para importar cacao, café y tabaco de Venezuela, amasó tantas fortunas como para pagar la construcción de la basílica de Santa María, un templo pagado con chocolate.

El Museo Naval acoge exposiciones sobre los oficios marinos y las grandes aventuras oceánicas vascas. En estos momentos, hasta el 9 de noviembre, ofrece una muestra magnífica: «La costa guipuzcoana en el arte», una selección de óleos, acuarelas, grabados y litografías, de autores como Darío de Regoyos, Menchu Gal, Tillac, Brugada, Eduardo Chillida Belzunce

5. El marcoincomparable

A la salida del puerto vemos el Real Club Náutico. Del mar como oficio al mar como ocio: en ese salto se explica la historia reciente de San Sebastián. En sus primeros tiempos, el Náutico tuvo como sede una gabarra anclada en la bahía. En 1929 construyó este edificio emblemático, una especie de barco blanco atracado, con sus terrazas y sus salones diáfanos, cuyos volúmenes sencillos y depurados constituyeron un hito de la arquitectura racionalista.

Vamos a trazar con los pies la silueta más conocida de Donostia, su logotipo natural: el semicírculo de La Concha. Una vez descartados los proyectos industriales y portuarios en la bahía, una vez que la reina María Cristina empezó sus veraneos y La Concha recibió el pomposo título de Playa Real, una vez que los aristócratas y grandes burgueses y demás pelotilleros de la corte compraron villas en San Sebastián, se encendió la Belle Époque donostiarra.

Para tener un casino como los mejores de Europa, en 1887 se levantó un rotundo palacio de arenisca con dos torreones, con sus salas de juego, salones de baile y restaurantes: el Gran Casino, que ahora es… el Ayuntamiento. «San Sebastián es muy bella a pesar de sus concejales», dicen que dijo Pío Baroja.

Desde el Ayuntamiento ya solo tenemos que caminar junto a la barandilla de La Concha, un diseño de geometría vegetal que se convirtió en símbolo de la ciudad y que prolifera en insignias, postales, trofeos colgantes… Ojo: hay una pieza de la barandilla, una sola, que está colocada al revés que todas las demás. Una pista: está cerca de los dos obeliscos coronados por relojes.

Fotografía: Emmanuel Dyan (CC).

A orillas de la bahía se construyeron los edificios nobles como el Hotel de Londres y de Inglaterra, donde durmieron Mata Hari, Trotski, Ravel, Romanones y el torero Lagartijo Chico —un saludo a los reptiles de Urgull—; las suntuosas villas de Miraconcha y el palacio de Miramar, una mansión con aires de cottage inglés que edificó la familia real en 1893 para sus veraneos.

6. El Abrazo: un vértice entre Oteiza y Chillida 

El Pico del Loro es el farallón que divide las playas de La Concha y Ondarreta. No es un centro geométrico de la bahía pero sí es el punto que la divide en dos. Su nombre es una traducción chusca del topónimo original Loretope (que significa «debajo de Loreto», por la antigua ermita consagrada aquí a tal Virgen). Sobre el promontorio se levanta el palacio de Miramar, ahora de acceso público, con unos jardines que regalan las mejores vistas de la bahía.

Un poco antes de llegar al palacio, en una terraza del paseo de La Concha se levanta el Homenaje a Fleming, una escultura de granito de Eduardo Chillida. Y en la parte más baja de los jardines del palacio está El Abrazo, otra pequeña escultura de Chillida, enclavada casi como un vértice geodésico, casi equidistante, entre la Construcción Vacía de Oteiza y el Peine del Viento de Chillida, cada uno en un extremo de la bahía. Este Abrazo de acero anticipó el abrazo de carne y hueso que se dieron Oteiza y Chillida en 1997 para cerrar tres décadas de enemistad.

7. Y en el otro extremo, Chillida: Peine del Viento 

Caminamos por la playa de Ondarreta hacia el extremo occidental de la bahía. El paseo se dirige a una última frontera: la escultura del Peine del Viento. Al escultor donostiarra Eduardo Chillida le entusiasmó cómo la ciudad se disolvía aquí en un acantilado, en este último rincón a veces habitado por personajes esporádicos como los pescadores y las parejas de amantes, y solitario otras veces, cuando batían las olas y los vendavales. Le fascinaba este límite constantemente perdido y recuperado entre la urbe y la naturaleza. Él mismo jugaba de niño en estas rocas, pescaba, remaba en este pasaje estrecho entre el monte Igueldo y la isla de Santa Clara, en este mismo paso que antaño pretendieron cerrar para construir un puerto mercante en la bahía, y que Chillida abrió aún más al mar. Quizá el mayor mérito de su escultura es que preservó el lugar, que ayudó a mirarlo y a descubrirlo: «El lugar es el único protagonista de esta obra», dijo.

Y allí pretendió «reconquistar la ciudad comercial, donde se especula con dinero, recuperarla un poco para la gente más sencilla que pasea, que quiere ver el mar y estar cerca de él».

Fotografía: Lanpernas 2.0 (CC).

El arquitecto Luis Peña Ganchegui, amigo de Chillida, se encargó de preparar el escenario. Pensó un espacio a la manera de los templos griegos, con gradas de granito rojo que se abren a las esculturas, al mar y a la ciudad, que invitan a la contemplación. Chillida quiso que la naturaleza participara, cuando quisiera, en el escenario. Y por eso en el suelo se abren algunos huecos, unos sifones por los que saltan chorros de agua y bufidos de viento cuando el mar rompe furioso contra la base del paseo.

Chillida instaló tres grandes piezas en las rocas, tres formas de acero que se abren como garras, como tenazas, como signos de interrogación. Dos de ellas se oponen, se interpelan en horizontal, y entre ambas, al fondo, una tercera se levanta en vertical. Chillida quería crear un espacio sagrado, un encuentro entre la naturaleza y la obra humana.

Estas tres piezas son, en realidad, el Peine del Viento XV. Porque hay veintitrés peines. El que conocemos ahora se instaló en las rocas en 1977, pero Chillida cuenta que en 1952 ya había elegido el lugar, que ya lo había «ocupado espiritualmente», y que ese mismo año empezó con su serie de los peines del viento. La prolongó hasta 1999. Esa serie incluye veintitrés peines: dibujos en lápiz y tinta, pequeñas piezas de hierro, de hierro y madera, de hierro y granito, incluso de plata.

La serie de los peines está expuesta ahora, hasta el 28 de septiembre, en la sala Kubo-Kutxa del Kursaal, junto a la playa de la Zurriola. La exposición es gratuita, se llama «Chillida. Caminos» y constituye la excusa ideal para cruzar la ciudad de vuelta y rastrear los trazados que el escultor dejó en sus exploraciones: se puede seguir en sus obras de acero, alabastro, hierro, yeso o papel, en sus esculturas públicas monumentales o en sus diseños gráficos, en un código estético que ya es propio de la ciudad. Como muestra más reciente, el logotipo de la capitalidad cultural europea de San Sebastián 2016.

Una frase de Chillida sugiere el recorrido que debe hacer el visitante de la exposición, una sugerencia que sirve también para el visitante de la ciudad: «Alerta y libre hasta el final. Guiado solo por un aroma».

8. Posdata

Chillida murió en 2002, Oteiza en 2003. En noviembre de 2013, el oleaje reventó la costa donostiarra. En el paseo Eduardo Chillida, que conduce al Peine del Viento, el mar perforó los cimientos, hundió la carretera y abrió un socavón de veinte metros por siete. A través de ese socavón, volvían a comunicarse el mar y el cielo. Los donostiarras supieron que el autor de un hueco en el paseo Chillida tenía que ser, sin dudas, Jorge Oteiza.

Fotografía: Monster1000 (CC).

13 comentarios

  1. Pingback: San Sebastián: un paseo por el hueco y el viento » Ander Izagirre · Blog y web personal

  2. Es curioso que en España haya, al menos, 4 lugares denominados “Cementerio de los Ingleses”:

    – El que se halla en Camariñas, en la Costa da Morte, donde se enterraron apresuradamente los 172 tripulantes del HMS Serpent, naufragado en 1887.

    – Este del monte Urgull, en San Sebastián, en honor de los que murieron luchando en 1813 y en 1836.

    – El de Madrid, inaugurado en 1853 en Carabanchel, para dar sepultura a los extranjeros no católicos. Es el que figura como “Cementerio de los ingleses” por antonomasia en la Wikipedia.

    – El de Málaga, inaugurado en 1831 para dar sepultura a los protestantes. Por lo que parece, es más conocido como Cementerio Inglés.

  3. Y un quinto en Loiu (Bizkaia) que llaman británico

  4. En Santander está el Panteón del inglés :=)

  5. Otro en Río Tinto (Huelva) .

  6. perdón, quise decir Tharsis (las minas son las llamadas de Río Tinto)

  7. Estuvimos de vacaciones en San Sebastián, pero nos queda mucho por visitar

  8. No era Chillida, y no Oteiza, el que más importancia le daba a la idea del vacío?

  9. WOW!

    No he leído mejor homenaje a una ciudad. En lo literario y en lo sentimental. Te felicito. Y permíteme llamarte amigo porque ahora siento que lo eres, que tú y tu relato y esa ciudad vasca estáis dentro de mí. Quizás en un rato, al ritmo que nos va la vida, no. Pero por ahora… ¡gracias amigo!

  10. No sé por qué os parece curioso que haya lugares llamados Cementerio de los Ingleses, los ingleses son humanos y como tal mueren y son enterrados

  11. Si queréis destacar por las fotos, por favor, cuidadlas no sólo en las entrevistas y en el papel

  12. Muy bien escrito, da gusto leerlo y visitar la ciudad leyendo.

  13. Gracias

    —-> “Cuernos” azules de las farolas del Paseo Nuevo <—-

    En el Paseo Nuevo de Donostia hay unas farolas que rematan en una especie de cuernos que se iluminan de luz azul y se emite hacia arriba, a diferencia de las luces principales, que apuntan hacia abajo y son de color blanquecino.

    ¿Alguien sabe para qué sirven estas luces azules?

    ————–
    Se ruega copiar la respuesta en http://www.forodevecinos.com/consulta-cuernos-azules-de-las-farolas-del-paseo-nuevo-3168-185083

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