Jot Down Cultural Magazine – Julio Iglesias, el embajador universal

Julio Iglesias, el embajador universal

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Fotografía: Cordon Press.

Desde niño, siempre he tenido la costumbre, quizá mala (buena no es), de fisgar entre los libros y discos de la gente nada más entrar en sus hogares. Se aprende mucho de sus criterios, aspiraciones y, a veces, algo sobre sus simpatías políticas. A pesar de tan sólido aprendizaje en encasillar a los demás por sus gustos o predilecciones culturales, cuando llegué a España durante mi año Erasmus no estaba preparado para la casi enfermiza politización de la cultura en todas sus manifestaciones. Si se encuentra un CD de Tom Jones y las memorias de Jackie Collins en las estanterías de una casa británica, es más probable que los propietarios sean partidarios de David Cameron que si tienen la novela homónima del tigre de Galas de Henry Fielding y un vinilo de Bob Dylan; aún así, la ciencia es menos exacta que, por poner unos ejemplos que vienen al caso, el tropiezo con los grandes éxitos de Julio Iglesias y la biografía de la reina Sofía en comparación con la última novela de Juan Goytisolo, y una grabación de Camarón de la Isla en directo.

No es una exageración afirmar que he podido fraguar una carrera a base de esta observación y su relación con idiosincrasias tanto mías como de los españoles que rayan en vicios. Hice mi tesis doctoral sobre la puesta en escena y recepción de los grandes dramaturgos del teatro áureo en la España contemporánea; una de mis conclusiones fue que la apropiación del Siglo de Oro por ciertos sectores de la derecha española ha tenido mucho que ver con el hecho de que hay más montajes de Shakespeare que de Calderón de la Barca, Lope de Vega y Tirso de Molina en su conjunto. Mientras el genio de Stratford se ve como popular en el buen sentido de la palabra, a sus homólogos españoles los tildan de populistas, un adjetivo que asume connotaciones mucho más negativas en España que en el Reino Unido; hay muchas explicaciones para este fenómeno, pero la apropiación de la cultura popular por parte de la dictadura franquista junto con la hegemonía de la doctrina marxista entre los intelectuales de oposición es clave. Por poner un ejemplo sobre la mesa, si nos fijamos en Reivindicación del conde don Julián (1970) de Juan Goytisolo, el polémico escritor despotrica contra lo que considera como el opio de las masas: tanto lo más rancio —ahora diríamos casposo— de la cultura nacional, entre lo cual figuran manifestaciones tan diversas como la exuberancia del barroco y los fans de Raphael, como lo que interpreta como una cutre invasión anglosajona a través de productos que van desde la Coca-Cola hasta los Rolling Stones. Se olvida muchas veces que la llegada de los Beatles a la España de 1965 —y la muy comentada posibilidad de que iban a rodar una película con Manuel Benítez, el Cordobés fue peor vista por la disidentes que por los fieles al régimen.

Un par de décadas más tarde, una colega mía coincidió con Goytisolo en una cena en un colegio de la Universidad de Cambridge; se quedó estupefacta ante la manera en que don Juan entabló la conversación con una curiosa pregunta retórica: «¿Qué piensas de la julioiglesiasificación del mundo?». Tampoco sabría contestar a tal interrogatorio: la superestrella siempre me ha dejado indiferente, pero no conviene ver los toros desde la barrera cuando la bifurcación entre los que quieren y los que odian a Iglesias es igual o mejor que muchas definiciones o explicaciones de «las dos Españas». Cuando se celebró un concierto en el Liceo en 2011, hubo ecos de antiguos y empedernidos conflictos de clase en el contraste entre la gente guapa dentro del auditorio burgués por antonomasia y los okupas de la plaza Catalunya en pleno fervor 15M.

Julio diría que la política platica con el cerebro y él canta para las almas; una afirmación de esta índole no solo da fe de sus raíces gallegas sino que también es buena prueba de la regla general de que el que se autoproclama como apolítico suele ser de derechas. De hecho, es el camaleón perfecto, un encantador maquiavélico del siglo XX. Recibió la primera oportunidad de salir a la palestra musical porque su padre, el celebrado ginecólogo Dr. Iglesias, tenía importantes amiguetes dentro del Movimiento Nacional, quienes tuvieron el poder para seleccionar a su hijo como candidato español para el Festival de Benidorm. Según el antiguo mayordomo, Antonio del Valle, Julio se trasladó a Miami entre otros factores porque no pudo aguantar el rumbo democrático que tomaba España después de la muerte de Franco; eso no evitó que el cantante diera un concierto de masas, subvencionado por el Estado, para coincidir con la celebración de la Copa Mundial en su país natal. El cantante ofreció varias galas en Sudáfrica durante el apartheid; a medida que fue mejorando su fama en los mercados occidentales y empeorando la imagen de la segregación racial se arrepintió y, en 1985, prometió que no volvería a actuar allí hasta que cambiara la política del país —como resultado, las Naciones Unidas le quitaron de una lista negra de cantantes que no acataban las sanciones que habían impuesto.

Eurovision 1970. Fotografía: Nationaal Archief (CC).

Aunque nunca le ha tocado el papel de mariachi luchador metido en un golpe de Estado —como hacía Enrique, el benjamín del matrimonio Iglesias-Preysler, junto con Antonio Banderas en Once Upon a Time in Mexico, película de Robert Rodríguez—, la música de Julio casi constituyó la banda sonora de las dictaduras militares para muchos latinoamericanos. Los trabajos de Katia Chornik, una investigadora de la Universidad de Manchester, han revelado que solían torturar a muchos presos políticos en Chile con la música del español puesta a tope; aunque sería injusto echarle la culpa por los gustos de los matones de Pinochet, tampoco se debe olvidar que disfrutó de un trato personal y privilegiado del régimen dictatorial, bajo cuyo amparo volvió una y otra vez. Julio no ha dejado de ofrecer galas en países represivos en pleno siglo XXI; incluso ha llegado a cantar en directo con la hija del dictador de Uzbekistán. Ahora que se ha apagado un poco su estrellato en el llamado primer mundo, se puede notar un fenómeno bastante consistente en sus giras: cuanto menor es el PIB del país y peor su historial de vulneración de los derechos humanos, más cuesta una entrada para un concierto de Julio Iglesias. Para explicar este fenómeno hace falta entender su valor como icono de la supuesta modernidad y sofisticación.

Mi primer encuentro con su música fue cuando encontré uno de sus discos en las estanterías de la casa de mi tía; cuando le pregunté quién era, ella me contestó: «El hombre con quien debí de haberme casado en vez de tu tío». Hasta hace más o menos diez años, no había cena en su casa sin aceitunas y un disco de Julio, ambos buques insignia de cierto espíritu aventurero y cosmopolita que a ella le parece que la separaba de la mayoría de mis parientes más paletos. Tanto Raphael como el teatro del Siglo de Oro disfrutan de renombre internacional dentro de ambientes muy dispares, pero el caso de nuestro cantante es distinto y único: se ha convertido en un símbolo universal. Julio Iglesias era la marca España antes de que se le ocurriera a nadie acuñar tal término. Le pagaron dieciocho millones de dólares por aparecer en una campaña de Coca-Cola; su álbum Momentos vendió más ejemplares que Thriller de Michael Jackson en Brasil y a partir de su primer concierto en Beijing en 1988, visto por más de cuatrocientos millones de televidentes, Julio —o 胡利奥·伊格莱西亚斯, en mandarín— se ha convertido en el artista extranjero con más ventas en China; ha actuado en recepciones oficiales para presidentes tan diversos como Reagan, Chirac y Clinton. Digan lo que digan sobre Coca-Cola, los chinos o la Casa Blanca, saben invertir bien el capital tanto económico como simbólico, y Julio se ha convertido en un blanco atractivo y lucrativo. Para bien o para mal, el exportero de Real Madrid es, junto con la revista Hola, lo más parecido a la Coca-Cola made in Spain. Pero, ojo, el hecho de que algo o alguien sea un símbolo universal no quiere decir que signifique lo mismo en todos los sitios; a los guiris, por ejemplo, siempre nos parece raro que a veces haga falta en los menús del día pagar un suplemento por un refresco: no entra en nuestra mentalidad que una cerveza o un vino puede ser más económico que una Coca-Cola.

Cuando anunciaron que iba a dar un par de conciertos en Londres para coincidir con la entrega de un galardón por ser el artista latino con más éxito de todos los tiempos, hice el peregrinaje al Royal Albert Hall no solo para ver al español más universal en su salsa sino para observar la variedad entre la homogeneidad, es decir a su(s) público(s). Arrancó con «Amor», una de las canciones más emblemáticas en español para el mercado anglosajón. El público, muy entregado desde el principio hasta el final, quería que todo fuese apoteósico pero resultó obvio que algo no iba bien a pesar del apoyo incondicional de los fieles seguidores: casi no pudimos ni oír ni ver al gran ídolo, quien se ha quedado cojo y afónico. En una reseña de The Daily Telegraph, Neil McCormick, uno de los críticos más importantes y respetados de Gran Bretaña, echó la culpa a la mala acústica de la sala y dedicó elogios a la actuación en sí. Mi impresión, sin embargo, fue que los desajustes de sonido se hicieron adrede —no había problemas durante el recital del telonero, el aún más casposo Carlos Núñez— en lo que se puede interpretar como un sorprendente acto de humildad por parte de la estrella. Dio la impresión de haber trabajado mucho por disimular sus limitaciones: la aparición continua de un par de bailarines de tango sirvió para distraer la atención de su falta de movilidad; mientras que el bajo volumen de su micrófono durante la mayoría de la actuación permitió que una intepretación de «Hey» pareciera poderosa a base no tanto de las cuerdas vocales sino por la amplificación, muy bien manejada por su equipo de sonido. Un inciso: una pregunta que me surgió con la abdicación del rey Juan Carlos fue qué habrá sido de Hey, el cachorro de león que Julio compró para sus majestades a principios de los años ochenta.

Como acto de protocolo, el concierto no tenía parangón: todos supimos y desempeñamos nuestros papeles a la perfección. La canción del cachorro fue un desahogo emocional antes de que el público se pusiera en pie para la recta final, de temas más animados; también dio la oportunidad para un despliegue de hombres de seguridad, quienes iban a ser necesarios cuando una mujer bien entrada en años intentó subir al escenario para abrazar a su latin lover. Constituyó una versión esperpéntica del famoso cameo que hizo para un especial del día San Valentín del programa norteamericano The Golden Girls. El celebrado efecto que Julio inspira en mujeres de cierta edad ha sido apuntado por The Guardian, que ha comentado que da miedo a cualquier hombre cuya mujer ha mirado en los ojos de un camarero italiano más de lo estrictamente necesario. Sería un escándalo entre sus lectores si hicieran un comentario parecido sobre un rapero africano, y es muy llamativo que el periódico más políticamente correcto del Reino Unido no tenga reparos en mezclar lo italiano con lo español, reproduciendo en vez de desmitificar la facilona sexualización de los cuerpos y voces latinos por los anglosajones. Es solo un ejemplo entre muchos —el ejemplo más emblemático sería The Minstral Show— de cómo lo exótico puede conceder cierto protagonismo, pero siempre conlleva el riesgo de convertir al exótico en un payaso pendiente de los caprichos del público que manda. No sé hasta qué punto es verdad pero dicen que el galán italiano Eros Ramazzotti ya maneja el inglés demasiado bien y tiene que asistir a clases de enunciación para seguir hablando con el acento foráneo que exigen sus admiradoras; Julio no dejó de dar juego con su deje inglés durante todo la actuación y, antes de una canción típicamente latina según él, prometió que todas las mujeres del público iban a quedar embarazadas después del concierto y eso a pesar del hecho de que más del setenta por ciento del público femenino ya había pasado la edad en que incluso el doctor Iglesias hubiera podido facilitar los, digamos, trámites necesarios.

Iglesias en el Royal Albert Hall el pasado mes de mayo. Fotografía: Cordon Press.

Si uno se fija en los comentarios y las críticas de sus conciertos en las páginas web de Ticketmaster, muchos se quejan de que Julio cante demasiados temas en español. Hasta cierto punto, el cantante debe ser consciente de este chovinismo anglosajón: pasó por alto algunos de sus grandes éxitos en castellano —«De niña a mujer», «Soy un truhán, soy un señor»— para ofrecer versiones bastante mediocres de canciones ya anodinas de George Michael o The Cars. No es casualidad que sea en Benidorm donde hay un auditorio nombrado en honor de Julio, junto con una estatua: como la ciudad, es un cóctel que compagina lo familiar con lo exótico, y hace hincapié en las diferencias, pero siempre dentro de un discurso universal mezclado con idiosincrasias locales. Así invita a Carlos Núñez, quien ya había insistido en el espíritu celta de sus gaitas, para que vuelva al escenario para hacer juntos «Un canto a Galicia»; y antes de cantar —o, mejor dicho, susurrar— su tema más famoso en Inglaterra, «To All the Girls I’ve Loved», presenta a un joven desconocido estadounidense, quien reemplaza a Willie Nelson, como un «yanqui» —una palabra que no he oído desde la última vez que vi una película de John Wayne.

Soy consciente de que quizás he dado la impresión de que el concierto fue una birria total; hasta cierto punto lo fue y, según la prensa, un gran porcentaje del público en su siguiente concierto en Dublín pidió, sin éxito, que el promotor les devolviera el dinero. Sin embargo, en ningún momento me aburrió. En primer lugar, me quedé fascinado por la gente que había a mi alrededor: dos chinos adinerados, unas chicas cursis de Valladolid y dos abuelitas inglesas. Pero, más que nada, me sorprendió lo que había de entrañable y patético en la figura de Julio: se nota que es adicto al escenario y, en contraste con Bob Dylan —quien es igual o peor de voz, pero da la impresión de que no le importa para nada—, parece que echa mano desesperadamente de todos los limitados recursos a su alcance para que el público se lo pase bomba. Más que nada me recordó al protagonista de la película The Wrestler (El luchador), y no acabo de decidir si el cantante es más o menos patético que el personaje de Mickey Rourke por ser un multimillonario. Quizás el momento más trágico llegó cuando alguien tiró una bandera española al escenario y le costó mucho esfuerzo recogerla; minutos después durante una absurda pero pegadiza interpretación de «Bacalao» (si nunca has visto el videoclip para esta canción, merece la pena echarle un ojo en YouTube), una ayudante le colgó otra más pequeña en la solapa. Se hubiera podido preparar y defender una tesis doctoral sobre las distintas connotaciones que conllevó la bandera nacional durante aquel acto. Curiosamente, en estos momentos, la sonrisa y movimientos de Julio, acartonados por la edad y el exceso de cirugía plástica, me trajeron a la mente las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol.

A nivel anecdótico y sociológico, la experiencia me ha venido de perlas para hacer reír a la gente tanto británica como española después de un par de cañas. Pero soy funcionario y el Estado paga mis nóminas: ¿se puede justificar como trabajo? Contestaría que sí, tanto en lo que respecta a la investigación como a la docencia; lo digo no solo porque he llegado a la conclusión de que no solo es la cultura popular digna de nuestro estudio y respeto, sino también porque me gustaría sugerir, y sin ningún afán iconoclasta, que, como intentaré demostrar a continuación, no supone una exageración afirmar que no se puede entender cabalmente la Transición a la democracia sin tener en mente figuras como Julio Iglesias.

Existe una relación muy estrecha entre la política y la cultura popular en España. Después de haber trabajado para Adolfo Suárez como asesor personal y acuñado el eslogan electoral «Contigo, yo puedo» —una frase que serviría igual de bien para el titulo de una canción de Julio Iglesias—, Alfredo Fraile se convirtió en el representante del cantante durante quince años. Su siguiente trabajo importante: ser asesor personal de Silvio Berlusconi. Mientras redacto estas hojas estoy metido en una investigación sobre cómo y por qué el Ministerio de Turismo e Información apoyó las actuaciones de Raphael en la antigua Unión Soviética en 1971 cuando se habían roto las relaciones diplomáticas entre los dos países décadas antes. Otro tema que me fascina es la posible existencia de documentación que daría constancia de las airadas acusaciones de que el régimen franquista ofreció sobornos para garantizar la victoria de Massiel sobre Cliff Richard en Eurovisión. Estos son solamente un botón de muestra de la importancia que concedieron altas figuras del Estado español a la apropiación de las estrellas y los acontecimientos masivos por lo que solemos llamar en inglés soft power, es decir el uso de productos culturales para cultivar las relaciones internacionales.

Marina Pérez de Arcos, una joven y muy prometedora doctorando de la Universidad de Oxford, está sacando ahora mismo importante material sobre las relaciones bilaterales entre España y los Estados Unidos durante los años ochenta. Dentro de este material, hay una serie de telegramas entre miembros del National Security Council sobre Manuel Fraga y su obsesión con conseguir una foto con Ronald Reagan en 1983 —así, la disponibilidad que Aznar demostró para perder la dignidad a cambio de aprovecharse de cada oportunidad por salir en los medios con George W. Bush tiene un antecedente.

Fraga y Reagan en 1985. Fotografía: RTVE.

Lo que los estadounidenses denominan «the Fraga Saga» es un auténtico sainete en el que el entonces líder de Alianza Popular queda muy mal parado; pero lo que más me llama la atención es que, en vez de solicitar la reunión a través de la Embajada española en los EE. UU. o la embajada americana en Madrid, emplea a Julio Iglesias como alcahuete. No cabe la menor duda de que el «Celestino» de la canción causó mejor impresión entre la flor y la nata de la sociedad estadounidense que el líder de la oposición; sus relaciones públicas también aseguraron que ganara a Camarón de la Isla, un competidor musical con mucho más talento pero mucha menos tenacidad o ambición. En una tertulia del club taurino de Londres —una organización que merece otro artículo— Roberto Elms, un locutor de la BBC, me contó cómo su amigo representó durante una época al gitano gaditano en los EE. UU. Organizó un concierto en el Radio City Music Hall en Nueva York con la esperanza de que su talento fuera de serie convencería a Quincy Jones —quien acababa de de producir Thriller— para que colaborara en su próximo disco. Al final de un concierto verdaderamente apoteósico, había una cola de gente que quería felicitarle. Camarón ya había saludado a Aretha Franklin cuando le tocó a Quincy Jones. En vez de darle la mano, soltó: «¿Quién es este moro?». El mismo año, la colaboración entre Diana Ross y un español más diplomático salió en todas las emisoras principales del país más poderoso del mundo.

Si a mí el año de Erasmus me supuso un gran número de choques culturales, es lógico suponer que funciona de una manera parecida para los que embarcan en el camino inverso. Entre las sorpresas que les espera a los españoles destinados a Leeds, imagino que entra el hecho de que van a estudiar a personajes como Julio Iglesias, Corín Tellado, Paquirri y Alaska; esto sería casi imposible en una universidad española. ¿Quién tiene razón? Si soy sincero, honestamente, no lo sé. Hice una carrera de Filología pura y dura en Oxford, y esto me ha facilitado los recursos tanto económicos como intelectuales que me permiten consultar no solo las confesiones del mayordomo de Julio Iglesias sino también las actas de las Jornadas del Teatro Clásico de Almagro cuando paso por la Biblioteca Nacional. Es decir, me parece más factible defender una tesis sobre Lope de Vega y después hacer investigaciones sobre Isabel Preysler que al revés; y esto es algo que la veneración de los llamados Cultural Studies —tan en boga en las universidades anglosajonas— no suele tomar en cuenta. En el peor de los casos, funciona como una enseñanza antidemocrática en la que un hereje consagrado reserva todo su conocimiento más ortodoxo para sí mismo, y se dedica a hablar con los alumnos sobre temas más guays como los reality shows que, en la mayoría de los casos, ya formarán parte de su vida cotidiana y de los cuales sabrán mucho más los chavales que el maestro.

Quiero que mis estudiantes sepan que «Quijote» no es solo una canción de Julio Iglesias sino también un personaje de Miguel de Cervantes. Bromas aparte, forma parte de mi vocación docente no solo exponer a mis estudiantes a la belleza del arte, entre comillas, culto, sino también facilitarles las herramientas para explorar la cultura popular desde una perspectiva crítica. No aspiro para nada a que dejen de escuchar música pop o ver películas de Hollywood por mis clases; lo que sí espero es ofrecerles una visión más global de la cultura que les deje elegir según sus propios criterios y ver que hay óperas buenas, malas y mediocres, como en el caso de las canciones melódicas. Incluso en el muy poco probable e hipotético caso de que la canción ligera sea mala en su totalidad, solamente podemos y debemos decirlo con conocimiento de causa; como constata el aforismo, tan añorado tanto por los marxistas como por los punkis, know your enemy, o sea, «conoce a tu enemigo». Por este razonamiento, me dan vergüenza ajena tanto los supuestos intelectuales que presumen de no tener una televisión en casa como los ignorantes de verdad que se burlan de cualquier cosa que se aparta un poco de lo corriente. En España, este fenómeno se exagera por el hecho de que la gran mayoría de los profesores y autodenominados intelectuales suelen infra y sobrevalorar la cultura popular nacional a la vez. Según ellos, la cultura de masas no es digna de la palabra cultura, pero a la vez funciona como un somnífero para casi la totalidad del país; para que fuera verdad eso, la gente tendría que ser mucho más tonta de lo que es. Este cuento ya viene de lejos: si lees los muchos ensayos y artículos sobre el fenómeno Raphael a principios de los setenta, la narrativa dominante es que su éxito es un síntoma de una combinación de la pobreza cultural del país y la pervivencia de un Estado autoritario; para bien o para mal, el niño de Linares sigue siendo aquel y, en una de estas contradicciones que parece inverosímiles, encabeza el cartel del festival indie Sonorama este verano en Aranda de Duero. Por un lado, este fichaje es el resultado del hecho de que, como Lope, Raphael es un verdadero monstruo de la naturaleza —tiene tablas de verdad, y sus conciertos no tienen nada que ver con los de Julio Iglesias— y, por otro lado, el pasotismo de la posmodernidad que ha dado pie al auge inexorable de la nostalgia. Yo estaré allí, entre otros motivos, porque me parece que acabar con el binomio culto/casposo es una de las grandes asignaturas pendientes, no solo de las humanidades dentro de la universidad española, sino también de la implementación de los valores democráticos en la sociedad en su conjunto.

Fotografías: Mayor’s Office, City of Boston (CC).

 Duncan Wheeler, doctor por la Universidad de Oxford, es profesor titular de la Universidad de Leeds y profesor invitado de la Universidad de California y de la Universidad Carlos III de Madrid.

33 comentarios

  1. Buen artículo. Buenas reflexiones sobre la cultura “culta” y la popular en el ámbito académico. Lo mismo para la investigación en ciernes sobre los vínculos entre la política (RR.II.) y las figuras populares.

    Me ha hecho reír la referencia a “las figuras de Micky Mouse o el Pato Donald que andan por la Puerta del Sol”. Patéticos pero divertidos.

  2. Magnífico artículo. E impagable la anécdota de Camarón y “el moro”.

    • “¿Quien es este moro?”, preguntó Camarón. También hubieran preguntado lo mismo Lola Flores o “El Gallo”. El racismo es un camino de doble sentido. Quincy Jones debió ponerse pálido ante aquel gitano canastero.

  3. Hombre lo de que se marchó a Miami por el giro democrático español, entre otros motivos, parece una boutade de Antonio del Valle; todos los artistas españoles que abren mercados en USA se van allí para gestionar sus contratos y carreras desde el epicentro, como Banderas o Bardem, ambos nada conservadores y otros tantos. Aparte de ser EEUU una democracia y con mucho más antiguo pedigrí que la española en 1978-79.

    • En efecto, otro “hispanista” que no entiende nada. Por favor, ¿”representante español en Benidorm”? ¿Qué es eso? La inmensa mayoría de los cantantes del festival de Benidorm eran españoles. Benidorm era la versión española del festival italiano de San Remo. Nada que ver con Eurovisión. Qué nivel, Maribel.

  4. Otro hispanista que no entiende nada.

  5. Un artículo muy interesante y divertido.

  6. Se fue a Miami por miedo tras el secuestro de ETA es un hecho bastante conocido y que ignora. Que considere a Carlos Nuñez un casposo es otra cosa de compleja explicación, posiblemente entre los mejores representantes de la música celta y un virtuoso con varios instrumentos. En fin un poco por los pelos el articulo.

  7. Un programa doble cojonudo,sí señor. Núñez y sus poses tocando la flauta travesera te van ablandando y viene el acartonado y te remata. No se me ocurre combinación más letal.
    Y las similitudes entre algunos de los citados…Efectivamente Dylan siempre ha cantado como un perro apaleado. Pero uno entiende que la gente se gaste la pasta por ir a ver en vivo a una leyenda que ha escrito parte de la historia de la música popular de las últimas décadas. Raphael es un tipo que a los cinco minutos de visión, resulta estomagante, pero sabe cantar, tiene voz, y el jodío sabe reinventarse y con quien se junta. De ahí su vigencia.
    El amigo Julio, más allá de su fama de grana inseminador, y del cachondeo de los memes en las redes sociales es puro cartón. No canta, ni ha cantado en su puta vida. Es otra prueba empírica de los hábitos alimenticios de las moscas y su infalibilidad.

  8. Que se le dedique un artículo de este tamaño a JI me llama la atención pero, ya que estamos aquí, no voy a dejar de hacer algunas reflexiones.
    Vaya por delante que JI nunca ha sido santo de mi devoción y que, en otra época, me hacía de cruces por el hecho de que tanta gente flipara con él en España y que fuera tuviera, efectivamente, la imagen que tenía. Como anécdota, la primera vez que estuve en Estambul, con mis padres, a finales de los 80, un taxista, al escuchar que éramos españoles, nos puso un cassette de JI, a modo de homenaje, y nos dejó claro, más por gestos que por su inglés macarrónico, que le encataba nuestro compatriota y que él no era precisamente el único turco que flipaba con nuestro acartonado galán. Siguió sin gustarme pero, como se suele decir, algo tiene el agua cuando la bendicen… Hoy día ya no me hago de cruces: no me gusta pero, oiga, a quien sí le guste, pues que sea con salud…
    Más inexplicable, con creces, me resulta el caso de otro real o supuesto “español universal” como Alejandro Sanz, que no canta una mierda, es malo como un dolor, todo él me resulta una impostura de pies a cabeza pero resulta que hay que creerse que es buen chico, tope humilde y todo eso. Como resulta que era amigo del grandísimo Paco de Lucía, ahora parece que algo tiene que habérsele pegado del genio de Algeciras. Claro que el propio de Lucía reconocía en una entrevista que, en su día, se había negado a grabar nada con JI, a pesar del insistente interés del gallego, simplemente porque no quiso, y eso que se lo habrían pagado muy bien, y luego se arrepintió de no haberlo hecho porque lo trató personalmente y, según decía, es buen tipo. En fin…
    Cito lo de AS porque, vaya, hay que reprocharle a JI sus conexiones franquistas, o las de su padre, pero se olvida en el artículo mencionar cómo, además de haber sido portero del Real Madrid y haber ido al Festival de Benidorm, sufrió un accidente de tráfico terrible del que escapó con vida en un alambre, a punto estuvo de quedar inválido y se metió como un año en un centro de tratamiento de parapléjicos, en Toledo, peleando a brazo partido por volver a andar. No cantará un carajo pero, vaya, que ha peleado como un cabrón no hay quien se lo quite. JI habrá sido un niño mimado del franquismo pero no es menos cierto que AS es progre hasta la náusea y tiene toda su corte de corifeos mediáticos, Grupo Prisa para empezar, y políticos (no hay autonomía o ayuntamiento del PSOE, y de otros partidos, claro, que no lo haya contratado, pagado con el dinero de todos a precio de platino) y que, vaya por dios, también reside en EEUU desde hace ni se sabe. Claro que AS reside en NY, no en la gusanera de Miami, y, coño, cómo vas a comparar… Por descontando que en este caso nadie se pregunta por los oscuros motivos que lo hayan movido a ello y se entiende que, claro, hay que estar allá porque allá es donde está la pomada, como pasa con Banderas, Bardem, Cruz y quien se ponga. Que allá en Yanquilandie todos ellos, JI o quien sea, paguen bastantes menos impuestos que acá se deja a beneficio de inventario: qué cosas, tú…
    A JI se le reprocha haber tocado en su día para la Sudáfrica del apartheid (igual que hicieron Queen o Black Sabbath, por cierto) o el Chile de Pinochet… igual que hizo Miguel Bosé, dicho sea de paso, pero no vamos a ponernos picajosos, ¿no? Se ve que nuestro amante bandido no sabía de qué iba aquello del Festival de Viña del Mar… Sin duda, habrá sido una decisión discutible la de JI. Pero resulta que, en su día, a Jorge Luis Borges se le ocurrió elogiar no sé qué decisiones de Pinochet o la posibilidad de haber usado la bomba atómica cuando Vietnam y, claro está, ésos era delitos de lesa intelectualidad. ¿Resultado? Uno de los mayores escritores no ya del siglo XX sino de la historia, da igual el idioma al que nos refiramos, quedó vetado para el Nobel de Literatura, en tanto que perfectos mindundis que no le llegan ni a la suela del zapato, empezando por nuestro Camilo José Cela, sí que lo obtuvieron… Ahí estaba la izquierda haciendo de las suyas, impartiendo o retirando bendiciones. Y si alguien lo duda, es que no sabe, o prefiere ignorar, el poder que llegó a tener, y sigue teniendo, el comunismo, o la izquierda en general, en la movida cultural durante décadas.
    Por no salir de los dobles raseros, a JI se le reprocha algunas conexiones non sanctas. Muy bien. Pero entonces, ¿qué hacemos con Silvio Rodríguez o Pablo Milanés? No tengo nada en contra de su música, ojo. SR me parece un músico como la copa de un pino y tiene unas letras cojonudas. Y PM también creo que ha hecho cosas estimables. Pero, vaya, puestos a pedir pedigrís democráticos, esos dos no es que actúen para dictaduras, es que llevan mamando y siendo mascarón de proa de una dictadura comunista asquerosa desde que empezaron. Y todos nuestros santones cantautores han desfilado en procesión al paraíso socialista caribeño desde hace ni se sabe. Pero, por supuesto, meterse con ellos como que queda feo, ¿no? Además, los más osados incluso querrán convencernos de que, un suponer, Víctor Manuel o Luis Eduardo Aute van allá a dejarle caer un par de cositas al Camarada Fidel para que cambie el chip. Y Fidel, acojonado, claro está… Mejor lo dejamos, ¿no? Me hace recordar una anécdota: hace ya unos años, en un ayuntamiento de un pueblo catalán las finanzas no andaban como que muy bollantes y el alcalde clamaba por una solución a quien fuese. Fue un técnico de Hacienda a no sé qué historia y el alcalde, en vista de que no le hacían ni puñetero caso, decide secuestrar el pobre técnico: “¡¡O me hacen caso o aquí va a ocurrir una desgracia!!”. Después de unas horas el buen hombre entra en razón y deja marchar al técnico. Al salir del ayuntamiento los periodistas le preguntan cómo una autoridad pública podía haber cometido semejante delito, a lo que el alcalde repuso que él no había cometido ningún delito, aunque era verdad que al funcionario de Hacienda lo habían tenido “sólo un poquito secuestrado”: textual. ¿Y cómo, me pregunto, se hace para tener a alguien sólo un poquito secuestrado? ¿Lo ataron de manos pero no de pies? ¿Le dejaban sacar la cabeza por la ventana de Salón de Plenos? No me negarán que tiene su aquél… Pues lo de las bendiciones o los anatemas para según qué regimen ignominioso toques, otro tanto…
    Por último, en referencia a Juan Goytisolo (en qué alta consideración lo tuve y qué bajo ha caído), lo de la apropiación del Régimen de nuestros autores del Siglo de Oro como supuesta justificación del escaso predicamento del que gozan hoy día es otra de las muchas paparruchadas con las que nos deleita nuestra progresía. Nuestro Siglo de Oro ya gozaba de general respeto desde hacía siglos. ¿O es que Azaña, los hermanos Machado, Ortega o Lorca echaban pestes de ellos? Seguro que no, ¿verdad? De lo que se trata, y esto, por desgracia, no es privativo del caso español, es que ya en los 60, en un proceso que describió muy bien Tony Judt, entre otros muchos, lo que se puso de moda era la iconoclastia (iconoplastas más bien habría que llamarlos), según la cual había que acabar con toda una serie de referentes de la cultura “rancia”, o “machista” o “racista” (los de la crítica lésbico-esquimal, en genial descripción de Harold Bloom, si no me equivoco). Eso, ya digo, ocurrió en todos lados y aquí no íbamos a ser menos, que para copiar estupideces, que nos llamen. Como resulta que por aquellos años aún estaba Pancho I el Hidráulico vivito y coleando, pues nada, cagarte en Lope o en los sonetos de Quevedo quedaba antifranquista de cojones. Como, paralelo a todo ese cuestionamiento, había que ensalzar hasta el delirio todo lo que sonase a igualitarista (ahí están nuestra maldita LOGSE y todos sus clónicos posteriores para demostrarlo) y denostar todo lo meritocrático o lo que significara un mínimo esfuerzo (todo eso sólo es fuente de traumas y sufrimiento: en fechas bien recientes uno de nuestros insignes pedabobos ha dicho alto y claro que prefiere mil veces un niño feliz pero ignorante que un niño al que se le haya obligado a aprender o memorizar algo… Ahí queda eso…) y es evidente que leer a Lope o Garcilaso requiere un cierto esfuerzo, pues nada, fuera de nuestro currículo académico o reducido a la mínima expresión y todos felices como el perro de un amigo mío, que es tonto y amnésico (el perro, claro), pero mi amigo lo quiere un montón.
    En fin, todo lo que rodea a JI y otras cosas que se citan en el artículo está rodeado de verdades a medias y malentendidos, no ya para los extranjeros sino, lo que es peor, para la gente de aquí

    • Después de todo este rollo tan interesante solamente me queda decir que ‘Bollante’ se escribe con ‘y’.Un saludo

    • No era Cataluña, sino Miranda del Castañar, en Salamanca. Y era un inspector de educación, y no de Hacienda:

      http://www.elmundo.es/1998/02/20/sociedad/index.html

      Dicho esto, coincido en su análisis.

    • Se te va la olla, muy fascista tienes que ser como para infravalorar 2 hechos tan brutales como elogiar la figura de Pinochet (en cualquiera de sus facetas) y plantearse si quiera el uso de un crimen tal como la bomba atómica en Vietnam. Mucho más fascista debes ser para apuntar que EL COMUNISMO o la izquierda quisieron aventajar a Camilo José Cela FRANQUISTA hasta la médula, censor del régimen y superviviente de la Guerra Civil por ser capaz de llegar a la zona controlada por fascistas. TE PASAS.

  9. La vida sigue igual

    Julio es el mas internacional de nuestros cantantes, un gran profesional que puede cantar mas que correctamente en varios idiomas y que ha sabido escoger muy bien sus compositores, ademas de el mismo componer algunas pocas mas. Prueba: sus ventas o el numero de cinco estrellas de sus álbumes en Amazon.

    – Momentos

    A Isaías le pusieron su música en Istanbul, a mi me la pusieron, por los mismos motivos, porque gustaba, en el centro de China en un lugar bien remoto.

    – Que nadie sepa mi sufrir

    El articulo expresa los mismos estereotipos y prejuicios, ya rancios, de siempre.

    – Me olvide de vivir

    Anda riete un poco mira los primeros enlaces

    http://goo.gl/nN9ix7.

    La gente parece tener otra vision de Julio que el autor

  10. En la segunda foto, la de blanco y negro, juro que lo veo con sombrero y gabardina, empujando por unas escaleras a una viejecita en silla de ruedas. El film es El beso de la muerte con Richard Widmark.

  11. ¿Lo dices por los dientes de mula de ambos? Estoy de acuerdo. Y ya pasando a Julio en particular, digo que me uno a los que sostienen que como intérprete, nunca ha sobrepasado el nivel de cantante de feria de pueblo, tipo Bertín Osborne y similares. Pero amig@s, es que no hay que olvidar la vertiente “mojabragas” de algunos crooners como Julio Iglesias, Es la única explicación plausible para este despropósito de su éxito masivo a nivel mundial. Y es que en todo el mundo hay mujeres necesitadas y duras de oído. Los españoles no estámos solos en esto, no seamos soberbios ya que en todas partes hay gilipollas.
    Algo bastante similar pasó con Sinatra, aunque la distancia entre ambos como cantantes sea sideral…

  12. Pingback: Julio Iglesias, el embajador universal

  13. ¿Portero del Real Madrid? ¿Midiendo 1’70…?

    • Pues sí. Sonará a coña pero no lo es. Era portero suplente pero, si no me equivoco, algunos minutos llegó a jugar. Se hizo una película, diría que a comienzos ya de los 70, que se llamaba “La vida sigue igual”; perfectamente prescindible, dicho sea de paso. Bueno, pues ahí aparece todo eso. Si mal no recuerdo, por aquella época estaba Miguel Muñoz de entrenador. De todas formas, Miguel Ángel o Gª Remón, porteros en los 70 y comienzos de los 80, tampoco es que fueran torres, que digamos. Y Ablanedo, estimable portero del Sporting de Gijón e incluso internacional con la selección española, mediría esos 1.70 como mucho

      • Pero vamo a vé ¿Donde coño está escrito que Julito mide uno setenta? ¡Pero si é una torre, a mí me saca el cabezón!

  14. Yo no fui portero del Real Madrid pero sí de una finca en Madrid donde vivió hace muchos años Julio Iglesias y debo decir que de 1’70 nada de nada. Debía de andar por encima de los dos metros, yo le echaba 2’32 más o menos cuando pasaba por mi lado, claro que con la edad habrá perdido algo de en verga dura y ahora estará sobre el metro ochenta centímetro arriba centímetro abajo.

  15. Julio grande siempre.

  16. A mi madre yo le regalé el doble en vivo en vinilo de JI. Que lo tocaba a todas horas…
    Pero uno haría cualquier cosa por su madre…

  17. Julio iglesias uno de los mejores cantantes de mundo por mucho que diga ulgun escritor o catedratico de universidad y yo si se de musica y de cantantes no como algunos pue van deintenlectuales. y no tienen ni idea de musica y ademas escriben articul duermen a las ovejas

  18. Divertido artículo. Lo mejor, sin duda, la mención a Marina Pérez de Arcos, una belleza de mujer…

    Llega Marina como una brisa
    Conjugando una rosa anglófila
    Y los demás nos paramos a mirar
    A admirar quedamente
    El derroche de luz y de fragancia
    Que lentamente, como una magia,
    Va inundando el mundo.

  19. Tamoco hace falta irse a Oxford para hacer una tesis sobre cultura popular. En la muy provinciana Universidad de Castilla- La Mancha leí hace años mi tesis sobre prensa juvenil femenina, que no debía estar muy mal cuando la publicó la editorial Fundamentos, eso sí,sin imágenes. Aquí el pdf con imágenes, imprescindible porque es un análisis de sociología visual: https://www.academia.edu/2345273/El_universo_ic%C3%B3nico-simb%C3%B3lico_en_la_prensa_juvenil_femenina
    No aparece Julito porque ya es muy mayor para la chavalería actual. Y mi nombre enlaza al blog que trabajo con mis alumnos de secundaria, allí donde se “encuentran” de verdad la cultura académica y la cultura popular. Menuda pelea: https://www.academia.edu/2345254/Los_fines_de_la_educaci%C3%B3n_a_la_luz_de_la_cultura_de_masas

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