De la vida de las cucarachas. Un tratado entomológico-apocalíptico sobre los bichos negros que heredarán el mundo

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Fotografía: Matt Reinbold (CC).

Son las cucarachas, y no los humanos, la cima de la evolución. (Mohinder Suresh)

El escritor, filósofo e historiador alemán Ernst Jünger, afirma en su ensayo Sobre el dolor (1934) que «nos parece amenazado en proporciones inimaginables el insecto que va serpenteando a nuestros pies por entre las hierbas como si fuera atravesando los árboles de una selva virgen. Su pequeño camino se asemeja a una ruta de espantos; un enorme arsenal de fauces y pinzas se halla expuesto a ambos lados de ella». Pero si trascendiéramos el punto de vista humano y expandiéramos nuestra mirada al nivel cósmico de los dioses, comprenderíamos que la vida humana es infinitamente más frágil e insignificante que la de cualquier insecto. Y si ese insecto es una cucaracha, apaga y vámonos.

El objetivo del presente texto es demostrar, salvando los tamaños, que la cucaracha ocupa en la naturaleza y en el orden terrestre un rango superior al del ser humano, que le permitirá tomar las riendas del mundo en un futuro próximo. Poco importa que el descomunal ego colectivo de la humanidad proyecte un espejismo omnipotente. Las cucarachas se ocultan en la oscuridad, esperando que el Apocalipsis traiga un nuevo amanecer. Carecen de prisa porque tienen el tiempo en sus patas. Al fin y al cabo, ¿qué significa un puñado de siglos para una especie destinada a reinar durante eones?

Millones de dictiópteros no pueden equivocarse

Existen casi cinco mil especies diferentes de cucarachas. De entre ellas, cuarenta habitan en casas y solo tres soportan climas no tropicales, es decir, templados. Las especies que más abundan en esta cloaca llamada España son la «cucaracha del café» (o Blattella germanica), la «supercucaracha» (o Periplaneta americana) y, sobre todo, la «cucaracha negra» (o Blatta orientalis). Quien más y quien menos se ha tropezado alguna vez con uno de esos bichos negros, brillantes, aplanados, de unos tres centímetros de largo. Dos gruesos pares de alas son su principal escudo y la parte fundamental de su cuerpo: no en vano, el superorden al que pertenecen, los dictiópteros, viene a significar «alas en red». Pese a esas alas, que en el caso de las hembras son mucho más pequeñas, la mayor parte de las cucarachas prefiere moverse por el suelo.

Dice un estudio de la Universidad Complutense de Madrid, que en cada vivienda española habitan unas cuatro mil cucarachas. Y que por cada espécimen que se deja ver, hay unos cien más escondidos. Más que por miedo, se esconden porque no les gusta la luz; y la inmensa minoría que decide salir, lo hace de noche, en busca de algo que llevarse a la boca. Cualquier migaja del peor comistrajo, por ínfima que sea, es un suculento y generoso manjar para estos insectos. Por eso los exterminadores aconsejan aspirar bien los domicilios, puesto que el barrido y el fregado siempre deja restos de comida invisibles al ojo humano.

En estado salvaje, la materia animal muerta es el alimento principal de los blatodeos, estando los pájaros, los murciélagos y los humanos entre sus carroñas predilectas. Aunque en la película Creepshow (George A. Romero, 1982), cientos de cucarachas devoraban a un viejo misófobo, es difícil que esto ocurra en la realidad, pues es poco habitual que estos cautos insectos se lancen a cazar criaturas vivas. Como bien dice Michael Chinery en su Guía de campo de los insectos de España y Europa (1977), «en cautividad, los blatodeos devorarán de buen grado a sus hermanos y hermanas muertos aunque unos a otros no se atacan y matan para conseguir alimento». Pero a falta de chicha comen de todo, masticándolo gracias a sus fuertemente dentadas mandíbulas. Cables, pegamento, heces, pelo, cuero, desechos radiactivos, piedras, plástico… Las cucarachas no le hacen ascos a nada y, si nada encuentran, son capaces de pasar una eternidad en ayunas, reduciendo sus constantes vitales a la mínima expresión.

Matando blatodeos a cañonazos

Las cucarachas estaban ahí antes de que el hombre fuera hombre y seguirán estando ahí cuando el hombre sea polvo. Los primeros fósiles de blatodeos datan del período Carbonífero, hace más de trescientos millones de años. Al parecer, en la prehistoria las cucarachas llegaron a medir hasta medio metro de largo. Se alimentaban de dinosaurios muertos y estaban por todas partes, hasta el punto de que algunos historiadores califican este período como «la Edad de las Cucarachas». Sin embargo, no empezaron a vivir con los humanos hasta que estos se instalaron en cuevas; las cucarachas encontraron ahí un hábitat tan acogedor, cálido y bien surtido como un hormiguero o un nido. Aunque oliera a humanidad.

A lo largo de los siglos esta incombustible especie ha aguantado hambrunas, glaciaciones y tormentas mil. Lo que no la mató, la hizo más fuerte. Y así ha llegado a la actualidad: menguada en tamaño, pero casi indestructible. Un espécimen común vive entre uno y cuatro años, una eternidad en cronología insectil.

La estructura de su cuerpo convierte a la cucaracha en un pequeño tanque dotado de un potente radar. En su libro The Cockroach Papers (1999), Richard Scheweid explica que estos seres poseen unos pelillos en el abdomen conectados al cerebro que les permiten detectar hasta la más mínima brizna de aire que suponga un peligro. Así, cuando un cerebro humano aún está procesando la luz de la bombilla que acaba de encender, la cucaracha ya ha tenido tiempo de esconderse. Porque esa es otra: las cucarachas corren a metro y medio por segundo, recorriendo en ese tiempo cincuenta veces la longitud de su cuerpo; vamos, como si un ser humano corriera a 320 kilómetros por hora. Una marca que no está al alcance ni de Usain Bolt, un jamaicano color Blatta orientalis que está considerado «el hombre más rápido del mundo».

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Pero aunque logres cazarla y la pisotees con todas tus fuerzas, es posible que la cucaracha siga viva y esté haciéndose la muerta, tumbándose inmóvil boca arriba y soltando una sustancia que huele a carne putrefacta. Y ahí se quedará, toda tiesa, hasta que la dejes en paz o la tires a la basura, que para ella es como el paraíso terrenal.

Para asimilar la fortaleza de un blatodeo, nada mejor que decapitarlo y comprobar cómo su cuerpo aguanta varias semanas sin cabeza, vivito y coleando, pataleando y correteando a la deriva hasta morir de inanición. Por su parte, también la cabeza es capaz de vivir sin cuerpo, moviendo ojuelos y antenas durante días hasta quedarse sin fuerzas. Menos grave es para ellas perder una pata, puesto que le volverá a salir más pronto que tarde; por eso resulta tan poco creíble El maleficio de la mariposa (1920), la obra de teatro de Lorca protagonizada por una cucaracha a la que le falta una pata.

Fumigar a las cucarachas con organoclorados, organosfosforados, piretroides y otras sustancias es perder el tiempo, pues ellas son capaces de neutralizar casi cualquier sustancia microbiana o química que se les arroje. Al cabo de un tiempo desarrollan una respuesta protectora a la toxina que las hace inmunes a futuros ataques. Al final, el veneno acaba siendo más perjudicial para el organismo humano que para el de los bichos, por más que la industria insecticida cambie de tóxico con frecuencia.

Por si fuera poco, las cucarachas pueden soportar dosis de radiación quince veces superiores a las toleradas por los seres humanos. Si estallara una bomba nuclear, la mayoría sobrevivirían y reinarían en el subsuelo, mientras que el aire libre se lo repartirían la Drosophila (bestia alada de color marrón amarillento, popularmente conocida como «mosca del vinagre») y la Habrobracon, avispa de hábitos parásitos y larguísimas antenas, que inyecta huevos en el cuerpo de otros bichos para que eclosionen allí y devoren a su huésped.

No resulta difícil, pues, imaginar un mundo futuro plagado de cucarachones, moscones y avispones mutantes pululando por ciudades en ruinas, picoteando nuestros cadáveres y los de otras malas bestias aniquiladas por la radiactividad, reproduciéndose como conejos y defecando a diestro y siniestro.

El excremento como arma de destrucción masiva

Si tomamos una lupa y examinamos una muestra de las numerosas heces de cucaracha que hay en cualquier hogar español, veremos unos ínfimos excrementos negruzcos que recuerdan al café molido o a la pimienta negra, si se trata de cucarachas pequeñas. Si son gordas, encontraremos una especie de cilindritos oscuros. Y si se trata de cucarachas americanas, las deposiciones serán grises, alargadas y poliédricas.

Pero que las cagarrutas de las cucarachas sean insignificantes no significa que resulten inofensivas; entre otros males, provocan alergias, ataques de asma, poliomelitis o salmonelosis.

Al vivir en alcantarillas, desagües, conductos de ventilación, zócalos o vertederos, las cucarachas son también capaces de esparcir con sus patitas al menos treinta y tres tipos de bacterias, seis tipos de gusanos parásitos y siete clases de patógenos humanos.

La gran paradoja es que las terribles enfermedades que transmiten los blatodeos que habitan en ciudades se deben, sobre todo, a la porquería generada por el progreso humano. Una cucaracha de campo (Blaptica dubia) o criada en cautividad no es insalubre, sino todo lo contrario: en muchas culturas antiguas se usaban sus cenizas como antiparasitario, analgésico y digestivo. Y aún en la actualidad se comercializa en algunos países el llamado Pulvis Tarakanae (polvo de cucaracha) como remedio para hematomas e hinchazones.

Fotografía: USGS Bee Inventory and Monitoring Lab (CC).

Además, las cucarachas sanas pueden comerse sin problema. Hasta la ONU ha recomendado, con no poco cinismo, el uso de blatodeos como alimento para luchar contra el hambre en el mundo. En este sentido, el encargado del museo de entomología de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras, Bery Almendares, asegura que «estos insectos tienen entre un 40 y un 60 % más proteínas que la carne de res, son más fáciles de digerir y bastante más saludables que una hamburguesa». El experto aconseja, no obstante, ingerir los bichos cuando están en estado inmaduro porque tienen más carne y carecen de alas. Cabría también aconsejar olvidarse de cierta leyenda urbana que asegura que un señor se comió una cucaracha hembra, esta puso huevos en su interior y las crías le devoraron las entrañas.

Unas mentes maravillosas

El cerebro de las cucarachas posee un millón de neuronas y una memoria a largo plazo que les permite orientarse en un laberinto y distinguir la derecha de la izquierda, cosa que no todos los humanos son capaces de hacer. Tocan las cosas y esquivan las trampas gracias a sus antenas finas, largas, flexibles, dotadas de pelillos sensoriales y receptores químicos. Y miran con unos ojos compuestos por miles de lentes, que les permiten ver más de una cosa al mismo tiempo, si bien son incapaces de captar la luz roja. La artista japonesa Yoko Ono intentó (que no logró) plasmar la inabarcable mirada blatodea en su obra Odisea de una cucaracha (2007), que presentaba imágenes de la vida moderna desde el punto de vista de uno de estos insectos.

Sin ser tan asamblearias como las abejas o las hormigas, las cucarachas tienen gran facilidad para ponerse de acuerdo entre ellas y tomar decisiones de grupo, cosa que les será muy útil cuando les toque gobernar el planeta. Tal vez en ese momento, comiencen a agruparse en bandos y enfrentarse por el poder, como ya imaginó el historietista underground Gilbert Shelton en su cómic La guerra de las cucarachas (1987). Armas no les van a faltar. La Eurycotis floridiana, por ejemplo, te dispara a los ojos un dolorosísimo chorro formado por cuarenta sustancias apestosas e hipertóxicas si te acercas a menos de quince centímetros de ella. Y las que no tengan armas químicas, quizás empleen carros de combate. De momento, ya existe un pequeño robot experimental de tres ruedas, desarrollado por el artista e investigador Garnet Hertz, que ha sido pilotado por una cucaracha silbadora de Madagascar.

Cuando la guerra de las cucarachas llegue a su fin, los blatodeos desarrollarán una civilización que, sin duda, será más justa y armoniosa que la occidental. Florecerá una suerte de renacimiento cucarachil, que producirá numerosas obras de arte. Steven R. Kutcher, biólogo que pinta cuadros utilizando insectos vivos, ya ha demostrado que la pulsión creativa de la cucaracha puede ser muy superior a la humana, especialmente en el desarrollo de obras abstractas.

Total, que las cucarachas son listas como el hambre. Solo les falta hablar. Y aunque por ahora solo las de ficción han conseguido el don de la palabra (pienso en las blatodeas parlanchinas de películas como El almuerzo desnudo o El cuchitril de Joe) en realidad ya hay algunas especies que chillan y sisean. Démosles un poco de tiempo y montarán tertulias literarias.

Lubricidad y mutación

Como las personas, las cucarachas tienen complejas danzas y ritos de apareamiento para intercambiar feromonas y tirarse los tejos. Eso sí, a la hora de consumar, el macho cucaracha tiene más estilo y aguante que el varón humano. Su coito puede durar hasta una hora, durante la cual el macho extiende sus alas y la hembra se sube a su espalda para ser fecundada. Al cabo de un mes escaso, la hembra expulsará por su abdomen unos cincuenta huevecillos, de los que brotarán un puñado de ninfas blanquecinas que, tras mudar su membrana por un pequeño caparazón, ya estarán listas para la vida moderna.

Si alguien está interesado en contemplar actos sexuales protagonizados por cucarachas, no tiene más que teclear cockroach sex en YouTube y podrá echar un ojo a unos cuantos. En ellos puede verse con meridiana claridad a dos especímenes pegados por sus genitales, crujiendo de placer, cosa que no les impide seguir correteando a gran velocidad para driblar peligros.

Pero hay que escarbar en webs de dudosa reputación para encontrar grabaciones de «cruces» entre seres humanos y cucarachas. www.heavy-r.com, por ejemplo, alberga vídeos pornográficos hechos por y para regocijo de insectófilos, bajo etiquetas como bug porn. Uno de los más extremos es «Cockroachs Attack Penis», protagonizado por un señor que mete su pene en una botella llena de cucarachas. En descarnados primeros planos, vemos a los bichos pasearse lascivamente sobre el erecto miembro viril del individuo, succionándolo y acariciándolo hasta que este eyacula. ¿Qué lodos nos traerán estos polvos degenerados? En el mejor de los casos, la aparición de una nueva subespecie, un híbrido entre hombre y cucaracha que, a diferencia de los malogrados Gregorio Samsa y Seth Brundle, aprovecharía su mutación para trascender la condición humana. Quizá sea este aberrante pero necesario mestizaje el único futuro posible para nuestra especie. Descender al subsuelo. Tener muchas patas. Ser duro y frío. Cubrir el mundo con negros caparazones, pronunciando entre siseos el viejo mantra nietzscheano: «¡Yo os conjuro, hermanos míos, permaneced fieles a la tierra y no creáis a quienes os hablan de esperanzas sobreterrenales! Son envenenadores, lo sepan o no. Son despreciadores de la vid, son moribundos y están, ellos también, envenenados, la tierra está cansada de ellos: ¡ojalá desaparezcan!».

Fotografía: Geoff Gallice (CC).

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19 comentarios

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  2. Eduardo

    Me gusta ver que has corregido lo de (10 veces mas que los humanos) en cuanto al numero de neuronas. Creo que fue un desliz Freudiano… *Yo tambien conozco a una legion de individuos que tienen bastante menos neuronas que una cucaracha (o por lo menos aparentan hacer uso de un numero inferior) Interesante articulo y espeluznante tambien (incluso para un amante de la biologia como yo)
    Gracias

  3. Ignatius

    Horripilante a la vez que muy informativo, gracias. Ahora sé que la mía es una guerra que ya he perdido.

    Yo vivo en los trópicos y me toca lidiar con ellas casi a diario. También tenemos las voladoras, y ésas si que acojonan. Uno de los venenos que se usan tiene una base de cerveza y cacahuetes que las vuelve locas (creo que están esperando ansiosas a que les sirva), lo que demuestra que quizás no estemos tan lejos como especies …

    • Petete

      Me ocurre lo mismo, vivo en esa zona del mundo y por muy bueno que sea el barrio las hijas de la GP siempre aparecen. Además a los criollos no les importan que deambulen por ahí… Me dan tal asco que por las noches me subo una botella de agua a la habitación para no tener que ir a la cocina por la noche y encontrarme alguna. Qué les den a las blattodeas de los cojones.

      PD: Por suerte en España nunca me he encontrado una en mi casa

  4. María

    Por que no tiene, por que le falta marihuana que fumar!!!!

    No creo que sea horripilante si no todo lo contrario. Creo que el artículo es una cura de humildad, especialmente a los que predican que el cambio climático acabará con el mundo. Sólo la humanidad tiene las llaves de su propia salvación.

  5. j.perilla

    Un artículo curioso pero el final es demasiado desagradable incluso para un escrito sobre cucarachas. Ya es conocido por todo el mundo que hay gente que mete el rabo donde sea, tampoco hacia falta ilustrarlo con tanto detalle. Admiro no obstante tu valentía -y ya de paso, tú estómago- por documentarte de primera mano visitando esos oscuros rincones de Internet, donde ni las cucarachas se meterían por voluntad propia.

  6. Gabriel P.

    ¿Eran necesarias todas las imágemes? Puff. xD

  7. Valhue

    Siento derribar el mito, pero no, es muy dudoso que las cucarachas hereden el planeta. Como los gatos y los perros, las cucarachas han llegado a su privilegiada situación actual por su inteligente decisión de parasitar a la especie dominante del planeta, pero por eso mismo están condenadas a desaparecer con él.
    Si los humanos desaparecieran los 40 tipos de cucaracha doméstica se irían al garete, quedando tan solo las silvestres, que no son, ni de lejos, las mandamases del mundo de los bichos con muchas patas.

  8. Las Pollas Hermanas

    Hace bastantes años, vi una cucaracha por el suelo del baño así que compré un aerosol de esos y fumigué por los agujeros y rincones. Desde entonces no he vuelto a saber de ellas aunque no sé si es debido al hedor ambiental que hay en casa, acentuado en el baño. Ahora me toca limpiarlo un poco porque desde las rebajas de enero que no se hace. ¡JI, JI…!

  9. LuchoCthulhu

    Esto me vino a la cabeza (para borrar otras imágenes non gratas que el artículo me aportó).

    https://www.youtube.com/watch?v=TdMV4vXlefA

  10. Joder.

    Mi vida no volverá a ser la misma después de haber leído esto. He estado al borde del llanto hasta el final del artículo.

  11. carles

    no se, tanto que dicen que aguantarían una guerra nuclear y yo con algo de Baygon me las suelo cargar!

  12. Pedro

    Metro y medio por segundo? Ni el Usain Bolt de los Blattoideos. Por cierto, la comparación del color de piel del atleta con el color de los animalitos estos es… Poco elegante, como mínimo.

  13. Petion

    Pues yo tuve que informarme hace un tiempo sobre las americanas. Existen trampas que van bastante bien, asi’ como remedios naturales, y en casa se las puede combatir. Vivo en Charlotte, USA, que es bastante calurosa y hu’meda. Se nota que al escritor le fascinan estos seres, hehehe.
    Fabuloso arti’culo.

  14. Qué espanto… Para leer el artículo he puesto la pantalla al mínimo con el zoom (ahora cuando escribo esto sigue, por lo que no veo un carajo). Luego he copiado el texto a un archivo de texto sin imágenes por lo que pudiera pasar… Qué horror… A veces mil palabras valen más que muchas imágenes… Y eso que no he leído lo de la copulación…. (Perdón poralas aerarratass)

  15. Rubí Gabriela Martínez Cesin

    Un recuerdo imborrable, bloquea mi memoria…algo que no me atrevo a
    Curar…

    Solo un par de noches, me toco salir… Y al llegar el amanecer,
    ¿Porque corro?
    ¿Porque me asuste?

    No entiendo esa agonía
    Pero se que lo volveré a ver
    Aun pienso en el misterio de esa noche.

    Me inundo en un mar de cuestiones
    Con recuerdos de sus tristes facciones
    Mi temperatura a lado de la suya no lo cambiara
    Son los nanosegundos que evocan tu eternidad.

    La muerte perfecta sin tabúes
    Con todo el desorden dentro de la mente
    Ignorando parte de la falsedad
    Abrazando el equilibrio
    Disfrazando una realidad

    Se desliza y baila
    Con el ritmo de su corazón,
    Con el ritmo de sus patas en la tierra
    Con las alas toca todo
    Las levanta con estilo.

    Yo sabia que faltaba algo
    Me
    Duelen las patas, porque son toscas
    Horribles y provocan asco.

    Degustar un placer de la belleza
    No es comparar,
    Si no, reír y mirarse al espejo.

    Me
    Convertí en la cucaracha del rincón
    Esta noche.

    Que
    Lastima me doy
    Cargando eso en el lomo
    Y a todas partes…

    Espanta, así es
    Ella su sed se quita
    Y sale bajo la luz blanca de
    La luna.

  16. Pingback: Aplasta una cucaracha, si puedes | por ciencia infusa

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