Jot Down Cultural Magazine – El mejor de los caminos que llevan a Roma

El mejor de los caminos que llevan a Roma

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Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

22 de abril de 1765

Mi muy estimada Elizabeth,

Por fin hemos llegado a Milán. El trayecto desde París ha sido agotador, pero no tanto como el tiempo que estuve allí alojado. Lo que es una lástima, porque París sería un lugar encantador si no estuviera tan lleno de franceses. Aun así no soy el único que se siente destrozado: el carruaje ha quedado totalmente desvencijado tras cruzar los Alpes. ¡Qué locura, Elizabeth! ¡Nos desmontaron las ruedas, las transportaron en mulas y a nosotros en palanquines! Espero que esto no sea una metáfora de la brutalidad de estas gentes: ya sé que en estas tierras se forjó el Senado romano y el Renacimiento, pero que ni una simple rueda sirva aquí para algo es una imagen que tardará en olvidárseme. Ahora tengo el firme propósito de descansar dos o tres semanas antes de proseguir el viaje. Así tendré ocasión de acercarme a los lagos y de conseguir algo más de dinero en alguno de los bancos en los que desde Londres me aseguraron que tendría crédito.

Milán ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

No voy a negarte que todos estos meses han sido una aventura extraordinaria, pero aún no termino de comprender el encanto que tiene para tantos caballeros ingleses este llamado Grand Tour. Me sería infinitamente más grato estar todo este tiempo a tu lado preparando nuestro enlace en lugar de estar rodeado de salvajes. No sé, Elizabeth: los profesores en Oxford siempre nos insistían en lo necesario que es para un joven aristócrata como yo conocer de primera mano el continente europeo y en especial Italia, cuna de la civilización. En el principio fue Grecia, claro; pero hay que estar muy chiflado para acercarse a ver unas ruinas que llevan siglos en manos de los turcos. Por si fuera poco, mi padre estaba tan ilusionado con mi viaje como cuando él mismo lo hizo en su juventud y no tengo otro remedio que seguir el camino. Al menos tengo la suerte de que para ello me dota con fondos casi ilimitados para visitar estas tierras cálidas pero de momento hostiles. Digo «de momento» porque en cuanto tenga ocasión pretendo acercarme al Teatro Regio Ducal de Milán para asistir a alguna de esas extraordinarias óperas de las que se habla con tanto entusiasmo. Imagino que me aburriré tanto como en cualquiera de los escasos momentos en que no rememoro tu dulce sonrisa. Pero ya te haré saber mi opinión cuando tenga más tiempo.

Recibe todo mi afecto,

Charles.

6 de julio de 1765

Querido James,

Sé que prometí escribirte antes, pero tú que conoces Italia mejor que yo sabes que aquí el ritmo de vida es muy distinto. La vida social no es tan ajetreada como en Londres, y sin embargo parece que no da tiempo para nada. Pero no escribo para disculparme sino para que sepas que sigo vivo. ¡Si supieras qué verano tan extraordinario ha sido este! Cuando dejábamos Milán y la serenidad de sus lagos pensaba que sería difícil encontrar un lugar más apropiado para mi carácter. ¡Qué engañado estaba! Nada más llegar a Cremona pasamos por la plaza y me quedé allí petrificado casi una hora. Yo por aquel entonces no había conseguido aprender una palabra del idioma, pero eso no fue impedimento para admirar a toda aquella gente congregada en el mercado, delante de esas hermosísimas construcciones renacentistas. ¡Cómo huelen los mercados en Italia, James! ¡Y qué distinta la comida por aquí, qué sabor tan intenso tiene! Es cierto que nosotros tenemos mejores carnes, pero jamás he visto tal variedad de frutas y verduras tan sabrosas. En Parma, unos días después, visité el teatro Farnese. ¿Qué decir de él, aparte de que ojalá nuestro Shakespeare hubiera podido gozar de un teatro tan bello? ¿Y ese tamaño? No me extraña que apenas haya sido utilizado tres o cuatro veces desde que se construyó hace casi ciento cincuenta años. He ahí una gran diferencia entre Inglaterra e Italia: nosotros tenemos una concepción más práctica de la vida, entendemos lo material como una herramienta al servicio de la humanidad y por tanto abominamos de la ostentación —ese absurdo capricho tan de moda entre los franceses— mientras que creamos unas practiquísimas redes de comunicación. Aquí, en cambio, ¡qué hermosamente saben aprovechar la ostentación en las ciudades y qué infames y monstruosas son sus carreteras! ¿Y sabes qué? Me parece que ese modo de entender la vida es más adecuado para la felicidad. ¿Es que acaso la belleza no es un fin tan deseable como el progreso de la sociedad? Algo similar pensé recorriendo las calles rojas de Bolonia, pero donde he caído rendido ha sido en Florencia.

Florencia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Fue un amor a primera vista. Aún antes de entrar a la ciudad, desde lo alto de la colina el Arno nos saludaba satisfecho y embriagador. ¿Y qué te podré decir de la majestuosa cúpula de la que el propio Miguel Ángel ya dijo que era la más bella del mundo? Llevo aquí varias semanas e intuyo que aún me quedaré algunas más: comienzo a defenderme notablemente con el toscano y gracias a eso he conocido a gente muy interesante dispuesta a enseñarme algunos de los mejores rincones de esta extraordinaria ciudad. Podría llenar cientos de hojas con mis experiencias aquí, pero ahora he de dejarte porque me esperan para una fiesta en casa del señor Mann, el célebre ministro británico que está aún más enamorado de esta ciudad que yo mismo.

Un fuerte abrazo,

Charles

9 de octubre de 1765

Querido padre,

Le escribo esta vez no solo para solicitarle más dinero, sino para agradecerle de corazón su insistencia en enviarme a estas tierras. Como sabe, me encuentro en Roma y no creo que pueda existir sobre la faz de la tierra otro lugar en donde mejor puedan entenderse las lecciones que la historia está dispuesta a enseñar al que sabe escuchar atentamente. Esta es tierra de virtud y moral verdadera, padre, y estoy satisfecho de haberla conocido de primera mano. Entiendo ahora que esta ciudad ha transformado mi carácter: usted sabe bien que quizás debido a mi juventud jamás me he considerado muy devoto, pero la sola contemplación de los ritos religiosos me ha hecho considerar que no somos más que hijos de nuestro Señor y que su presencia a nuestro lado es la mejor de las bendiciones posibles. Sin embargo, y a pesar de la indiscutible grandeza de la iglesia de San Pedro, me siento más afín al delicado asombro que se respira en templos más pequeños. Es tanta la variedad de iglesias la de esta ciudad que cada día procuro acercarme a una distinta y aun así sé que jamás conseguiré conocerlas todas. Pero hay un lugar especial en mi corazón para Santa María della Vittoria, cuya célebre imagen de santa Teresa me recuerda a esta conversión que estoy sintiendo.

Roma ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Pero hay algo más de lo que debo hablarle, y es que he comprendido que no hay mayor mal que la vanidad del mundo. No cabe duda de que Inglaterra tiene el prestigio suficiente como para convertirse en un grandísimo imperio, pero me basta pasear por el foro o por el Coliseo para entender que de aquellos grandes emperadores hoy no queda más que un vago recuerdo y un puñado de piedras bellísimas pero corroídas por el paso del tiempo. Deberíamos todos aprender la lección, padre, y desear que cuando no seamos nada ojalá estemos tan cerca del cielo como al mirar hacia él desde el interior del Panteón.

Le envío todo mi afecto y le reitero mi agradecimiento, extensible a mi adorada madre. No quiero que se preocupen por este cambio tan repentino en mí, sino que se alegren de saber que regresaré siendo una persona completamente nueva y transformada gracias a este Grand Tour. Si puede, no olvide hablar con el banco para que den la orden de ampliar mi crédito en Roma: son muchas las obras pías que pueden hacerse aquí y quisiera, en la medida de lo posible, ser recordado como un notable benefactor de esta ciudad que tanto ha hecho por mi humilde persona.

Atentamente,

Su hijo Charles

12 de enero de 1766

Carissimo James,

Come stai? Scusa si al escribirte se me cuela alguna parola, pero el alma y el vino della bella Italia son tan parte de mí como el aire que respiro ogni mattina. Estoy de vuelta en Roma y no sé cuánto tiempo me quedaré aquí. Si fuera posible, tutta la vita! Ah, Roma, chè bella puttana! ¿Sabes? Me gusta aún más esta ciudad tras haber recorrido estos meses Nápoles y Sicilia. No tengo nada que objetar de ellas, claro, pero Roma es como una experta amante a la que se le toma más cariño cuanto más vuelves a ella. ¡Qué delizia de ciudad! Todos los caminos llevan a Roma, sí, pero este Grand Tour es sin duda el mejor de todos ellos. A ti te puedo decir todo esto, James, porque nos conocemos lo suficiente como para no escandalizarnos el uno al otro con nuestros vicios, a los que deberíamos llamar virtudes de los sentidos. Afortunadamente este invierno está siendo más fresco de lo habitual y es fácil convencer alle ragazze para riscaldarsi un tanto. ¡Qué carnes tan prietas tienen las italianas, y cuánto les gusta hacer y dejarse hacer! ¡Y cómo gritan quando sono in letto! También hay por aquí algunas compatriotas nuestras que se han animado a hacer este viaje, pero no me interesan lo más mínimo. Nunca se sabe si van a ser lo suficientemente discretas, aunque ellas mismas son las primeras en disfrutar de los encantos degli italiani. Esto es lo que siempre me dice Stefano, mi cicerone particular desde hace meses: que las inglesas son puritane hasta que llega un italiano susurrando y les quita la sílaba ri. Fue él quien me convenció para visitar las ruinas recién descubiertas de Pompeya, donde me determiné del todo a disfrutar de la vida.

Pompeya ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Te seré sincero: ya había tenido mis primeros escarceos en Milán, pero en Pompeya comprendí que en cualquier momento podemos ser polvo y cenizas. No sabemos lo que seremos mañana, así que no hay más verdad que el cuerpo y sus placeres. ¡Ay, James! ¡Ojalá pudieras conocer a Stefano! Apuesto a que te parecería un joven lo suficientemente interesante como para que los tres juntos pudiéramos retomar aquellos divertimentos privados que tú y yo compartíamos entre clase y clase. Sicilia sería un lugar encantador para ello: apenas llegan los británicos tan al sur por miedo a los piratas, pero es una isla en la que uno puede encontrar lo que quiera: los mejores templos de la Magna Grecia, buena comida, naturaleza…  ¡No me digas que no te atrae la idea de subir a la cima de un volcán!

Te dejo ya, porque hay un baile de disfraces en un palacete privado y aún tengo que asearme para ir debidamente preparado, porque ya sabes que aquí cuando termina el baile empieza «la fiesta». Mi padre sigue creyendo que soy uno de esos beati aburridos que tanto le gustan y no parece tener problema en seguir manteniéndome. Y si en algún momento descubre mi verdadera vida… Pazienza! No hago más que imitar sus faltas de juventud, así que ¿quién sabe? Quizás también logre imitar sus virtudes cuando tenga su edad.

Tuyo siempre,

Charlie

27 de abril de 1766

Elizabeth,

Llevo ya más de un año en Italia y aún no dejo de sorprenderme. He recorrido casi todo el país: tras Roma he pasado por Rimini, Mantua, Padua… Ciudades bellísimas todas ellas que merecen ser descritas con más detalle. Pero ahora estoy en Venecia, una ciudad que parece haber sido construida para que la belleza se adueñe violentamente de cada una de las almas que la pueblan. Se habla mucho del carnaval veneciano, pero nada de lo que se diga jamás podrá hacerle justicia. Y esto no sucede solo con el carnaval: San Marcos, los canales, Murano, Santa Maria dei Miracoli…  Es imposible visitar esta ciudad sin quedarse sin habla.

Venecia ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

He tenido el privilegio de entablar cierta amistad con el pintor más célebre de la ciudad: Giovanni Antonio Canal, al que aquí llaman Canaletto. Se dedica a pintar cuadros de Venecia para que los viajeros del Grand Tour tengan un buen recuerdo de la ciudad al regresar a casa. Yo he adquirido cierta soltura con el dialecto veneciano, pero puedo conversar con él en inglés porque vivió varios años en Londres. Hace unos días estábamos en el patio de uno de los cientos de palazzi que hay por aquí. Le pregunté si echaba de menos Inglaterra. Sin dejar de pintar, me sonrió y dijo claramente: «Ni por todo el oro del mundo volvería a ese país tan grandilocuente». Fue extraño, ¿sabes? Mi padre me envió aquí para adquirir habilidades sociales y diplomáticas, aprender idiomas y desarrollar una personalidad culta para poder ejercer mi carrera una vez de vuelta en Londres. Pero he descubierto que yo tampoco quiero volver.

De eso quería hablarte, Elizabeth. Hay un rincón al que acudo siempre que tengo ocasión: el teatro San Benedetto. Como sabes, durante este año me he convertido en un verdadero aficionado a la ópera. Durante el carnaval se estrenó una muy divertida de Paisiello, un compositor del que posiblemente no hayas oído hablar pero que aquí es muy admirado. Se titulaba Le nozze disturbate. Las bodas interrumpidas. No creo que se me olvide ese título porque yo, Elizabeth, voy a interrumpir la nuestra. Quizás debiera decirte que lo hago con todo el dolor de mi corazón, pero no quisiera continuar con esa hipocresía tan afectada que tanto nos caracteriza más allá del Canal de la Mancha. No soporto la idea de volver allí y no puedo pedirte que hagas tú el viaje hasta aquí. Es más, no estoy seguro de que quiera pedírtelo.

De camino a Venecia entramos en Verona. Una ciudad notable y famosa en el mundo porque entre sus calles transcurre la obra de amor más grande jamás escrita. Hace un año pensaba que cuando llegara a esa ciudad no dejaría de sollozar con tu recuerdo. Pero una vez allí, lo único que me venía a la cabeza era que mi viaje estaba llegando a su fin y no podía imaginarme la vida en el húmedo y próspero Londres sin el rojo de estos ladrillos, sin este olor a pescado, sin este vino que acaricia al tragar. Parecerá una locura, pero sin locuras solo somos un puñado de huesos de esos que se describen en los manuales de anatomía.

Verona ca. 1890. Fotografía: Detroit Publishing Co. / Library of Congress (DP).

Rompo contigo, Elizabeth, igual que rompo con mi vida anterior. Quien ha conocido este bel paese sabe que es difícil no enamorarse de estas tierras. Llevo aquí más de un año y siento que no os amo tanto como a ellas. Espero que puedas comprenderlo, igual que te deseo la felicidad que yo no podría darte lejos de este sol que me abraza y esta gloria en los ojos cada día.

Tu amigo,

Carlo

2 comentarios

  1. En(red)ado. Ver fotos de Italia y quedarse pasmado:

    http://holdontightmarie.blogspot.com.es/2010/04/enredado-ver-fotos-de-italia-y-quedarse.html

    El imaginario italiano a través de los fondos del Istituto Luce. Una exposición que se puede visitar en Roma

    http://holdontightmarie.blogspot.com.es/2014/07/el-imaginario-italiano-traves-de-los.html

  2. Pingback: El mejor de los caminos que llevan a Roma | EVS NOTÍCIAS.

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