Battlestar Galactica, apuntes y reflexiones (II): de la democracia en América al mesianismo socialista

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Los cylon destruyendo las Doce Colonias. Imagen: ABC.
Los cylon destruyendo las Doce Colonias. Imagen: ABC.

(Viene de la primera parte)

Este artículo contiene SPOILERS.

La democracia en América

Las Colonias originarias de Kobol son trece, como las trece colonias americanas; visto esto, las palabras de Tocqueville emergen solas: «Todas las colonias inglesas tenían entre sí, en la época de su nacimiento, un gran aire de familia. Todas, desde un principio, parecían destinadas a contribuir al desarrollo de la libertad, no ya de la libertad aristocrática de su madre patria, sino de la libertad burguesa de la que la historia del mundo no presentaba todavía un modelo exacto». Está claro que hay una analogía histórica. Y dicha analogía con la serie sería algo así como que los humanos, que perdieron el favor de los dioses y tuvieron que huir de Kobol (la madre patria, como la vieja Europa, regida por un sistema aristocrático, y que en la serie es representada por una especie de sociedad mezcla del Paraíso terrenal judeocristiano y del Olimpo mitológico griego) por sus pecados (según los monoteístas, «Dios abandonó a los hombres de Kobol por volverse a falsos dioses»). Instauraron en un nuevo mundo (las Colonias de la confederación galáctica, como las colonias de Norteamérica) los principios democráticos para que florecieran. Hay trece Colonias, pero una se perdió hace cuatro mil años y se la consideraba una leyenda: la Tierra.

Los cylon, creados por el hombre, son, de alguna forma, un instrumento de Dios, quien ha vuelto a castigar a los humanos por sus pecados, por su osadía; han castigado a las Colonias (que habían creado un mundo que contradecía el espíritu originario, quizá también en términos democráticos, de las Colonias). Pero la raza humana, casi extinta, tiene una nueva oportunidad, puede volver a comenzar en otro nuevo mundo, representado por la decimotercera colonia: la Tierra (que al final de la serie se trasmuta en un mundo completamente nuevo, pero homónimo). Y este nuevo comienzo para la raza humana, expresado casi en los mismos términos usados por los colonizadores americanos, pertenece a un nuevo ciclo de una historia circular, sin principio ni fin, en la que, como se repite una y otra vez en la serie, «todo esto ha pasado antes y volverá a pasar».

Los guionistas podían haber elegido cualquier modelo de sociedad o de gobierno, pero todo, desde el comienzo, nos recuerda intencionadamente al modelo socioeconómico y político de los Estados Unidos. Y además abundan las referencias a la historia de este país, desde la fundación de las colonias hasta la guerra de Irak.

Durante la serie, por ejemplo, se insinúa que la presidenta Laura Roslin pertenece al partido más defensor de las libertades, que sería el equivalente al antiguo Partido Demócrata-Republicano de comienzos del siglo XIX (origen del actual Partido Demócrata), porque se señala que la oposición son los «federalistas», exactamente el mismo nombre que tenía el partido más conservador de los Estados Unidos entre 1792 y 1816, y que, según Tocqueville, «deseaba restringir el poder popular».

La presidenta viaja en la nave Colonial One, una especie de Air Force One intergaláctica. En Battlestar Galactica se exaltan los valores democráticos. La forma de gobierno de las Doce Colonias es la de una república federal presidencialista, aunque no existen dos cámaras, sino un quórum de doce representantes (uno por cada colonia; más tarde uno por cada nave), que hacen las veces de Senado estadounidense en el sentido que lo describía Tocqueville: «El Senado tiene el derecho de considerar estériles algunos de los actos del presidente; pero no puede obligarlo a actuar ni compartir con él el poder ejecutivo»; un poder ejecutivo «que depende de la mayoría y que, sin embargo, [es] bastante fuerte por sí mismo para obrar con libertad en su esfera». Y en el caso de esta serie, se trata de un ejecutivo especialmente fuerte por la excepcionalidad de la situación de guerra continua y porque suele contar con el apoyo incondicional del ejército, en manos de William Adama, quien «siempre ha creído en la libertad, la democracia y todo eso» (según Saul Tigh) y solo se opone a las decisiones de gobierno cuando cree que el punto de vista militar salvaguarda la seguridad de la flota, cuando piensa que la presidenta ha perdido la razón por motivos religiosos (Adama es ateo) o cuando, momentáneamente, él es víctima de sus sentimientos personales en el rescate de algún ser querido. Esta situación de excepcionalidad, en la práctica, se configura en un poder bicéfalo, civil y militar, en el que el segundo está supeditado al primero solo porque el comandante respeta las reglas del juego preestablecidas; queda claro que si los militares quisieran tomar el control podrían hacerlo, y la aparición de la almirante Cain y su forma de entender la guerra no solo pone en peligro la democracia y la presidencia, sino la vida de sus opositores (el comandante Adama) y de toda la sociedad civil.

La voluntad del pueblo cuenta, además, con un personaje que encarna la virtud, el espíritu democrático, la protección de los derechos y libertades y la supeditación de lo militar a lo político en tiempos de guerra: el capitán de pilotos Lee Adama, hijo del comandante de Galactica, que no duda en enfrentarse a la presidenta o a su propio padre si cree que no hacen lo correcto.

La presidenta Roslin empieza a tener visiones y cree que puede estar predestinada a guiar a los supervivientes a la Tierra. Cuando William Adama considera que la religión le impide razonar la encierra y da por terminada su presidencia, pero el comandante sufre un atentado y queda al mando el subcomandante Tigh, un hombre con problemas con el alcohol, que disuelve el Quórum de los doce e impone la ley marcial. Lee Adama, entonces, ayuda a escapar a la presidenta, cuyo deber es defender «los artículos de la colonización» y su «democrática forma de vida». Se produce una secesión en la flota, entre quienes siguen a la presidenta y quienes permanecen con la estrella de combate, aunque al final, Adama, recuperado de sus heridas, cede para mantener unida la flota y evitar una guerra civil.

Este momento supone un punto de inflexión político marcado por el lento cambio de comportamiento de Laura Roslin. Esta, que aún no está totalmente convencida de su papel profético, actúa como si lo estuviera para conseguir sus objetivos: «me serviré de la religión», dice, y lo hace con el apoyo del exterrorista y miembro del Quórum Tom Zarek, quien también aprovecha la situación para sus propios fines personales (camuflados en su habitual mensaje de libertad e igualdad), porque no cree en profecías, pero cree «en el poder del mito».

Tom Zarek representa la voz del colectivismo frente a la del individualismo.
Tom Zarek representa la voz del colectivismo frente a la del individualismo. Imagen: ABC.

Tom Zarek tiene un papel importante porque es la voz del colectivismo frente a la del individualismo, de la solidaridad frente al egoísmo, del comunismo frente al capitalismo: «ya no hay economía, no hay mercados ni industria ni capital, el dinero no vale. Todos somos rehenes de la organización que tenemos. ¿Dónde estamos? […] La presidenta Roslin y sus políticas están basadas solo en la fantasía. Para sobrevivir hay que reestructurar nuestras vidas, hay que pensar en la comunidad de ciudadanos, en el grupo, no en el individuo. Tenemos que liberarnos del pasado y operar en grupo», aunque no hay que olvidar que es el discurso de alguien a quien, probablemente, según Apolo, «no le interesan los ciudadanos, solo quiere poder».

Luego, la presidenta se recupera de su enfermedad y afronta las elecciones a las que no había concurrido (cumplió, como sustituta, el mandato restante del presidente de las Colonias tras su muerte) y en las que se enfrenta a Gaius Baltar. Unas elecciones que, como la humanidad se juega su futuro, suponen una oportunidad para la hipérbole. En primer lugar, la presidenta, defensora de los derechos de las mujeres y del aborto, debe prohibirlo y penalizarlo para que no se extingan los humanos. En segundo lugar, Gaius, que va perdiendo, da un vuelco a su campaña apostando por algo en lo que no cree: el establecimiento permanente de los humanos en un planeta árido (Nueva Caprica) que no está preparado para una estancia permanente y en el que pueden encontrarlos los cylon, porque «las personas votan a sus esperanzas, no a sus miedos. No quieren oír la verdad. Están cansados, agotados. La idea de parar, de empezar una nueva vida es lo que cala entre los votantes». Por último, la presidenta, que ya está perdiendo el impulso de sus visiones místicas y de sus profecías sobre la Tierra, pero que ha recordado que su oponente tuvo relación con una cylon antes del ataque a las Colonias, intenta amañar el resultado falsificando votos, aunque William Adama la convence de no hacerlo: «si lo hacemos, seremos delincuentes […] Si intenta robar estas elecciones morirá por dentro, sería como trasladar su cáncer a su corazón. El pueblo ha elegido. Tenemos que aceptarlo»; a pesar de que hayan hecho «una mala elección».

En medio de este periodo de interesante deriva ética de Laura Roslin que comienza con el mencionado punto de inflexión, se produce, pues, una ruptura: lo que en la propia serie se denomina el «periodo sombrío» de la presidencia de Gaius Baltar y el establecimiento en Nueva Caprica. El comportamiento ambivalente del nuevo presidente con respecto a los cylon propicia la convivencia de humanos y cylon en Nueva Caprica, aunque en una situación de absoluta desigualdad que termina con los humanos oprimidos y Gaius entregado al desenfreno sexual al frente de un Gobierno títere de los cylon (metáfora mezcla de los Gobiernos títeres estadounidenses en Irak o Afganistán y del régimen nacionalsocialista del III Reich) que desembocará en la firma del presidente Baltar, a punta de pistola, consintiendo la ejecución de cientos de personas.

Los episodios que transcurren en Nueva Caprica son de los más interesantes en términos políticos. Los humanos se establecen en un territorio bastante árido, situado en un antiguo delta entre dos ríos que recuerdan al Tigris y el Éufrates. Cuando se han establecido, llegan los cylon y lo invaden. Sus fuerzas son tales que las estrellas de combate no pueden enfrentarse a ellos y tienen que saltar y abandonar allí a la gente durante meses.

En este periodo sombrío, los cylon, que se rigen por un sistema democrático en el que cada uno de los siete modelos conocidos hasta ese momento tiene un voto y toman las decisiones por mayoría, deciden vivir «en paz» con los humanos e instalarse también en Nueva Caprica «para traer a la gente la palabra de Dios […]. Para salvar a los humanos de la condenación trayendo el amor de Dios a este pueblo ignorante», según el modelo Uno; «porque la mayoría de los cylon piensan que la masacre del género humano es un error», según el modelo Seis; y «para encontrar la forma de vivir en paz, como Dios quiere que vivamos», según el modelo Ocho. Pero lo cierto es que se trata de una invasión militar cylon que convierte el Gobierno colonial de Gaius Baltar «en una pantomima», que establece una «autoridad de ocupación» (como la de los nazis en Cracovia, la de los israelíes en Palestina o la de los estadounidenses en Irak) que tiene el control absoluto de la ciudad y que reprime, secuestra, tortura y mata a la población civil que se resiste.

Este escenario, un campo de refugiados en un entorno que recuerda a alguna zona semidesértica de Oriente Medio, la música extradiegética oriental que lo acompaña, la autoridad de ocupación y la resistencia armada que se organiza en Nueva Caprica y que basa sus acciones en el terrorismo, invitan a pensar, irremediablemente, en la ocupación estadounidense de Irak. Pero lo curioso es que la serie adopta, principalmente, el punto de vista (que es el de los héroes) de la población civil ocupada que se ve abocada al terrorismo como único medio de luchar por su libertad e incluso expone las posibles justificaciones, alentando a la reflexión y propiciando el debate.

El establecimiento en Nueva Cáprica supone un punto de inflexión en los planteamientos éticos.
El establecimiento en Nueva Cáprica supone un punto de inflexión en los planteamientos éticos. Imagen: ABC.

El coronel Tigh, torturado y mutilado por los cylon, se convierte en el implacable líder de la resistencia y adquiere un carácter despiadado, brutal, sin escrúpulos, que no considera límite alguno para las acciones de los insurgentes contra la opresión. Aunque dentro de la resistencia existen la crítica y el debate moral, el apoyo a las estrategias guerrilleras y a las acciones terroristas decididas por el coronel es incondicional.

Tigh se concentra en la venganza, «sangre por sangre». La resistencia comienza atentando contra objetivos cylon, pero pronto provocan ataques cylon contra los humanos (como la matanza del templo) para conseguir que la gente reaccione y se una a los insurgentes. Más tarde, extienden sus objetivos al cuerpo de policía humana que han organizado los cylon (todo el que colabore con los cylon es un objetivo). Los policías creen que van a ser más justos, pero en realidad se convierten en colaboradores de los cylon, que los usan para los trabajos más sucios contra los humanos (y, según Roslin, «no es fácil pensar en algo más despreciable que un humano haciendo el trabajo sucio a un cylon»), que incluyen secuestros, desapariciones y ejecuciones, porque «si vamos a traer la palabra de Dios según el modelo Uno eso implica emplear cualquier medio necesario para hacerlo, [como] el miedo», ya que «o aumentamos el control o lo perdemos. Es hora de medidas más severas», lo que lleva a los cylon a coaccionar al presidente Baltar a punta de pistola para que firme las ejecuciones, porque así Dios no pensará que los cylon han cometido un asesinato, es decir, «se cubren su trasero existencial». Esta respuesta cylon, después de que casi extinguen a la raza humana, solo se entiende en el contexto de crítica a la justificación de los Gobiernos títeres manejados por los estadounidenses.

Los insurgentes, en una escalada de violencia, pasan a cometer atentados suicidas: Roslin piensa que está mal y otros que se ha pasado de la raya, pero Tigh contesta despiadado: «Ya nada tiene importancia. Tengo un objetivo: destruir a los cylon […] he enviado a hombres en misiones suicidas en dos guerras [y es] exactamente lo mismo […], al final acaban muertos. Así que coja su piedad, toda su moralina y sus principios altruistas y métalos en lugar seguro […] hasta que esté sentada otra vez en su cómodo sillón […] Yo tengo una guerra que librar» o, antes, ante la crítica a un ataque al mercado, lleno de civiles, parece hacer una crítica más general hacia la barbarie del género humano: «¿De qué lado estamos? Estamos del lado de los demonios […] somos malvados en el Jardín del Edén, enviados por las fuerzas de la muerte para sembrar la devastación donde quiera que vayamos».

Pero Roslin también los justifica: «los ataques son de vital importancia para la moral, para mantener un grado de esperanza». «Los hombres y mujeres que combaten a los cylon tienen todo que perder y tan poca ayuda para ganar algo…». «Los desesperados toman medidas desesperadas». Así es como la serie pone al telespectador estadounidense en la piel de su enemigo.

El ejército, con ayuda de la resistencia, consigue rescatar a la población de Nueva Caprica y comienza el «segundo éxodo». La expresidenta Roslin asume de nuevo el poder gracias a que Zarek (vicepresidente legítimo, pero sin el apoyo del ejército) dimite en favor de Roslin a cambio de permanecer en la vicepresidencia. La presidenta, que no ha sido elegida por el pueblo, prosigue una deriva de autoritarismo paternalista.

De la democracia a la autocracia. De lo secular a lo teológico

Según Tocqueville, «el mantenimiento de la forma republicana exigía que el representante del poder ejecutivo estuviese sometido a la voluntad nacional». Esto es así hasta que, a medida que avanza la serie, la presidenta se convence cada vez más de su destino como profeta y guía de su pueblo hacia la Tierra, según dictan las escrituras de los dioses de Kobol. Para evitar que nada se interponga en su destino, ligado al destino de la humanidad, el Gobierno de Roslin empieza a perder su tono conciliador, pierde la compasión, miente para ganar tiempo, se vuelve más implacable, pide a Adama que asesine a la almirante Cain y a Baltar que dimita de la vicepresidencia; ofrece cargos políticos a sus adversarios para acallarlos o apartarlos de los procesos de decisión, limita la libertad de reunión, la libertad religiosa, no consulta las decisiones militares con el Quórum, etc. En palabras de Roslin, que vuelve a contraer el cáncer, como se acerca a la muerte «le importan menos las normas, las leyes y la moral convencional»; «me temo que no controlo a los medios, pero me gustaría hacerlo» o, cuando le indican que debe al pueblo una respuesta, ella responde «¿Yo debo al pueblo?». Y no es solo ella; después de que el pueblo eligiese democráticamente a Gaius Baltar y de que este saliese impune de un juicio, muchos pierden la confianza en el sistema. Pero Roslin nunca llega a ese punto del pensamiento de Donoso Cortés que citaba Schmitt de que cuando llega la hora del último combate, ante el mal radical, solo queda la opción de la dictadura, porque aunque en la serie se presente como tentación e incluso modus operandi en la lógica militar, se insiste en que es mejor perecer que renunciar a la libertad y a los valores democráticos.

Tom Zarek explica la situación al recién nombrado miembro del Quórum Lee Adama: Roslin le mantiene de vicepresidente para «legitimar su golpe de Estado», para legitimar que no fue elegida. «Aparecen decretos y directrices […] sin el más mínimo debate». «Todas las decisiones que toman Laura o su padre acaban clasificadas». No hay un Gobierno, sino un acuerdo entre un político y un militar «para gobernar juntos por decreto». La presidenta sabe que «hay que pagar un precio cuando se pide ayuda al pueblo» y Zarek piensa que lo que ella quiere es «un Gobierno del pueblo y para el pueblo, e irrebatible ante el pueblo, esa es la idea». Porque «Laura ni siquiera permite que se conserven las actas de sus reuniones. El secreto y el control se están convirtiendo en una obsesión para ella». Y, según Zarek, no se trata de que se haya convertido en el «tirano benévolo» que a veces hace falta como dice Lee Adama con sarcasmo (quizá pensando lo que decía Tocqueville de que «no hay nada tan irresistible como un poder tiránico que mande en nombre del pueblo, porque está revestido del poder moral de la mayoría y, al mismo tiempo, obra con la decisión, la prontitud y la tenacidad de un solo hombre», porque «un tirano ansía el poder en beneficio propio, y lo único que Laura quiere es salvarnos a todos».

Este camino hacia una especie de autocracia paternalista, que no hacia la tiranía que para Tocqueville «se presenta a menudo como el reparador de todos los males sufridos, [que es] el apoyo del buen derecho, el sostén de los oprimidos y el fundador del orden» [1957: 248], se puede entender quizás en clave schmittiana o, mejor dicho, invirtiendo cronológicamente los argumentos de Carl Schmitt sobre la evolución de la lógica teológico-política.

La presidencia colaboracionista de Gaius Baltar en Nueva Caprica define una época oscura.
La presidencia colaboracionista de Gaius Baltar en Nueva Caprica define una época oscura. Imagen: ABC.

Carl Schimitt entiende la teoría moderna del Estado en función de la relación entre teología y política a partir de la secularización de una serie de conceptos teológicos. Dicha relación se presenta de cuatro maneras diferentes: el teísmo, el ateísmo, el deísmo y el mesianismo. El teísmo, que se identifica con el totalitarismo o el absolutismo, es el origen político en el que un soberano/Dios garantiza la seguridad/salvación de los súbditos. El ateísmo es la antítesis, que Schmitt identifica con la anarquía. El deísmo es una evolución secularizada del teísmo en la que el soberano/Dios está sometido a unas leyes sobre las que no puede ejercer ninguna intervención/milagro, y que se relacionaría con la democracia liberal. Por último, el mesianismo, es un concepto que Schmitt explica de manera críptica y al margen de los otros tres conceptos, como una «resistencia constante» a lo teológico-político; trataré de explicarlo más adelante.

Ahora me interesa resaltar que la evolución natural del teísmo hacia el deísmo que se observa en nuestra historia, es decir, la evolución del absolutismo a la democracia liberal por la secularización de los conceptos teológico-políticos, en la serie Battlestar Galactica se produce de manera inversa (pues estamos ante un concepto del tiempo circular). La situación de excepcionalidad y la participación de mensajes divinos, señales proféticas y predestinaciones varias provoca la teologización de lo secular. La serie parte de lo que Schmitt consideraba el paradigma de deísmo (la Declaración de Independencia de los Estados Unidos, en la que Dios está, pero no como premisa fundamental sino como apéndice) y se inicia un camino desde la democracia liberal hacia un absolutismo en el que Dios cobra cada vez más presencia, un destino que no se llega a materializar, pero que sí inicia una trayectoria teológica y metafísica con intervenciones milagrosas hacia el mesianismo.

Como ya he adelantado, el concepto de mesianismo en Schmitt resulta especialmente inasible. Parece que se trata de una puesta en cuestión permanente de toda relación político-teológica en busca de un héroe/mesías que, supuestamente, tomaría el poder.

El personaje de Gaius Baltar es una mezcla de hombre/héroe/mesías que encarna lo mejor y lo peor del ser humano, pero no representa al héroe o mesías que establecerá un nuevo orden dando origen a un mundo utópico, sino que es una pieza más, aunque muy importante, en el devenir de la historia.

Por eso, la teologización de lo secular en la serie no conduce al mesianismo de Schmitt, sino que conduce al mesianismo de Walter Benjamin, al mesianismo judío-socialista que representan pensadores como Gershom Sholem o Hermann Cohen (pero también el discurso mesiánico revolucionario o «socialismo mesiánico» de amor y justicia de Gaius Baltar en la serie); es decir, no se trata de la llegada de un héroe/mesías sino de la llegada de los tiempos mesiánicos.

En Battlestar Galactica, el progreso tecnológico ha provocado una decadencia que ha culminado con la pérdida del territorio, que ha obligado a un largo éxodo (una diáspora) por el universo hasta que, gracias a una serie de sucesos mesiánicos, se restablece una esperanza redentora que ofrece la posibilidad de un futuro para la humanidad retornando a una tierra prometida (una Nueva Jerusalén), a un paraíso perdido en el que reine la paz y no existan opresores ni oprimidos, donde se pueda empezar de nuevo: la Tierra hace ciento cincuenta mil años.

Soberanía y estado de excepción

Ese camino ya mencionado hacia esa especie de autocracia paternalista, cuya explicación ya se ha visto en función de una serie de circunstancias excepcionales, no representa, sin embargo, un «estado de excepción», en los términos en los que lo define Carl Schmitt.

Ya se ha mencionado en clave polemológica que la situación de guerra que viven ambos bandos en la serie es sumamente excepcional, de una intensidad máxima. Según la conocida definición de Carl Schmitt, «el soberano es el que decide sobre el estado de excepción», es decir, sobre la «supresión del ordenamiento vigente para la autoconservación», sobre la supeditación del derecho a la supervivencia. El soberano está sujeto a una serie de trabas, pero en una situación tan irregular e imprevisible debe poder afrontar la situación y las complicaciones que de ella se derivan.

¿Qué ocurre en Battlestar Galactica? Se podría pensar que se permite cierto grado de despotismo político-militar representado por la deriva autocrática del Gobierno (más o menos representativo) de Laura Roslin (que en realidad es una deriva autocrática bicéfala: Roslin-Adama). Sin embargo, ni Roslin ni Adama son los soberanos, porque esta permisividad nunca llega a la del estado de excepción de Schmitt, puesto que solo se permite entendida en beneficio del bien común, de la supervivencia de la especie; pero ni siquiera por este motivo tan extremo se justifica la supresión total del ordenamiento vigente, solo su relajación. Cuando la presidenta quiere concentrar el poder judicial en el ejecutivo, el Quórum le para los pies. Cuando la clase trabajadora de la flota toma conciencia de su situación de explotados, las decisiones políticas son, finalmente, de respeto y de consenso, desde el paternalismo, sí, pero ajustadas a derecho (en lo político y en lo militar, por duras que sean en este último caso) y en defensa de la ética y de los valores de justicia y democráticos previos a la situación de excepcionalidad.

El episodio de la lucha de clases que se acaba de mencionar es bastante interesante. El Gobierno de Roslin y el ejército han olvidado los problemas del pueblo y están concentrados en las decisiones estratégicas. Gaius Baltar, pendiente de juicio por su participación en los sucesos de Nueva Caprica, comienza una etapa mística y revolucionaria. Desde la cárcel escribe un panfleto más populista que socialista («Si escuchas al pueblo nunca tendrás que temer al pueblo»), pero que se difunde rápidamente por la flota inflamando la conciencia de clase de los más desfavorecidos, que se dan cuenta de que hay una clase dirigente que se libra del trabajo sucio que siempre deben hacer los mismos y en condiciones pésimas. Hay niños que trabajan en la refinería de tilio, en la que «la mayoría de los hombres no ha tenido un día libre desde el primer ataque a las colonias, son como esclavos; no pueden irse ni trasladarse ni controlar sus vidas». En la flota, se está asentando un sistema de clases sociales del que nadie puede escapar porque no hay oportunidades de educación. Unas clases o castas impermeables que existen dentro del ejército y entre naves, y que no solo reproducen sino que exageran y perpetúan las diferencias sociales entre Colonias anteriores a la guerra cylon. El racismo, el clasismo y la desigualdad de nuestro mundo, de nuestros continentes, se representan en las Doce Colonias de la serie.

En Nueva Cáprica, los soldados sometidos se convierten en terroristas. Imagen: ABC.
En Nueva Cáprica, los soldados sometidos se convierten en terroristas. Imagen: ABC.

El jefe de mecánicos, Tyrol, líder sindical y de la resistencia en Nueva Caprica, se enfrenta a la presidenta: «¿No ve lo que pasa? Los trabajos ya son hereditarios […] Adiestro a mi hijo para ser lo que soy y lo único que podrá ser. ¿Ese futuro queremos?». Pero quiere defender el sistema: «Mantenemos la democracia: tenemos Gobierno, tenemos derechos, elecciones»; sin embargo, el propio Baltar reafirma sus convicciones: «debería estar satisfecho, bien a gustito […] Eso es lo que quiere la aristocracia: que la clase trabajadora se crea bien tratada mientras escarba buscando las sobras de la mesa de sus amos […] Un reglamento para la aristocracia y otro distinto para todos los demás». El resultado es una huelga civil y otra militar. La militar es imposible de aceptar, por lo que Adama se muestra inflexible y amenaza con fusilar a los amotinados: «la supervivencia de la nave podría depender de quien reciba una orden que no quiere cumplir. Sin duda alguna, si cree que las órdenes son optativas, esta nave sucumbirá, al igual que su hijo y toda la raza humana»; pero, cuando se desconvoca, intercede ante la presidenta por las reclamaciones de justicia social y esta anima al propio Tyrol a ser líder sindical: «Los trabajadores de esta flota necesitan quien represente sus intereses y si esta sociedad se está polarizando hacia una clase política consolidada y una clase marginada sin representación, vamos al fracaso. No hará falta que los cylon nos destruyan, lo haremos nosotros». Es un momento de cambio y una posibilidad de empezar de nuevo, no solo igual sino mejor, de hacer realidad las utopías: «La flota que llegue a la Tierra no representará a la sociedad colonial en absoluto. Pienso luchar por esa sociedad hasta el último aliento». Una sociedad más justa, más igualitaria, como la que renacerá del mesianismo socialista.

Volviendo al tema de la soberanía… ¿Cuál es la postura general de la serie? Defender la soberanía popular, pero permitir cierta extralimitación en la autonomía de gobierno. ¿Qué soberanía defiende ese gobierno que, incluso, parece autocrático? La soberanía popular, porque, como dice Tocqueville «En América, el principio de la soberanía del pueblo no es cosa oculta o estéril […] sino que se la reconoce en las costumbres y se la proclama en las leyes, se extiende con libertad y llega sin obstáculos a sus últimas consecuencias». Aunque «en Estados Unidos la centralización gubernamental existe en grado máximo», pero «el poder social, así centralizado, cambia de manos sin dejar por eso de estar subordinado al poder popular».

¿Cómo demostrar que en la serie la soberanía está en manos del pueblo? Gracias a los acontecimientos que se han narrado de Nueva Caprica. En términos schmittianos: si soberano es quien decide el estado de excepción, el único verdadero estado de excepción se produce cuando, en Nueva Caprica, el Gobierno legítimo de Baltar, sometido a los cylon, pierde su autonomía y, con ella, el favor del pueblo, que más tarde se encargará de juzgarlo, porque, según Tocqueville, «el presidente es un magistrado electivo. Su honor, sus bienes, su libertad y su vida responden sin cesar ante el pueblo del buen empleo que hará de su poder». El estado de excepción lo decide el pueblo, que suprime el derecho en virtud del derecho de autoconservación (no solo como especie sino como soberano) y que se entrega a la violencia y al terrorismo, y que los legitima; una violencia bélica que no es solo una violencia originaria, sino «creadora de derecho», como diría Walter Benjamin.

Existe, sin embargo, otro estado de excepción que culmina con la resolución de la serie. Para que la humanidad pueda empezar de nuevo, para un renacimiento de la moral y de la justicia, para alcanzar una comunión con la tierra prometida, el pueblo suprime el derecho y el Estado, y desaparece la contraposición «amigo-enemigo». Humanos y cylon aceptan su destino común como catalizadores de la nueva especie que dará lugar a la nueva sociedad en un nuevo mundo paleolítico sin estructuras políticas y sin herencia tecnológica (destruyen todas sus naves y posesiones dirigiéndolas al Sol). El final es una revolución (vuelta al origen), un comienzo que ha empezado en el socialismo utópico del mesianismo y ha terminado en el anarquismo primitivista.

(Continúa aquí)

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7 comentarios

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  2. Uno que pasaba

    Esto… ¿El autor es el único que no sabe que en la serie original las colonias eran doce y que en realidad el hilo argumental era una metáfora de las doce tribus de israel, el pueblo elegido y que la larga huida de los cylon era una referencia al éxodo?

    http://en.wikipedia.org/wiki/Twelve_Colonies

    • FuzzyLogic

      En la serie original, que era una adaptación ci-fi del Libro de Mormón. En la versión de 2003 el mormonismo prácticamente ha desaparecido de la trama, hasta el punto en el que los seguidores de la serie clásica bautizaron a la nueva como GINO – Galactica In Name Only.

      La serie de 2003 es prácticamente un repaso a los estados emocionales y mentales de América a principios del Siglo XXI – Bush, Irak, el terrorismo… Y el autor del artículo lo ha pillado, aunque por hacer encajar la serie en esa versión “reinterpretada” de Carl Schimtt que tanto se lleva ahora suaviza la deriva totalitaria de Roslin (que en la serie se presenta de un modo muy negativo) y se olvida del personaje de Lee Adama.

  3. Sombrerero loco

    Pues yo he leído bastantes cosas de esta serie porque me encanta, y me parece interesante leer algo distinto que no copia una y otra vez las mismas cosas que dice todo el mundo en Internet. Se ha escrito sobre el pueblo judío, y sobre los signos del Zodiaco, y se pueden escribir mil cosas porque entre lo bueno y malo de esta serie está que mezcla infinidad de cosas religiosas y políticas. Es aburridísimo leer los típicos artículos que copian la wikipedia. Y las colonias en la serie nueva no son doce, son trece contando la Tierra, no creo que esté mal hacer la analogía.

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