Jot Down Cultural Magazine – ¿Qué demonios es eso de pensar fuera de la caja?

¿Qué demonios es eso de pensar fuera de la caja?

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Imagen: DP.

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Jot Down para tuenti

Les propongo un juego. Un pequeño puzle: fíjense en la imagen de aquí arriba. Como ven, son nueve puntos distribuidos en una matriz de 3×3. Lo que les pido es que unan los puntos empleando solo cuatro líneas rectas tiradas de un solo trazo. Ni una más ni una menos.

¿Tienen ya la solución? ¿No? Les voy a dar una pista: no hay que conocer ningún complejo teorema matemático, tan solo hay que pensar, literalmente, fuera de la caja. ¿Tampoco? Bueno, no se preocupen porque al final del artículo tienen la respuesta. Eso sí, les recomiendo que no vayan directamente a verla sino que caminen un rato con nosotros a través del texto. Quizá puedan encontrar claves para girar su cerebro y aprender a cuestionárselo todo. Todo.

Solemos pensar en los genios como seres ensimismados que reciben la inspiración de manera casi mágica en forma de luminosos rayos de comprensión y conocimiento. Sin embargo, la mayoría de los avances de la humanidad, los culturales, los sociales y también los científicos, a menudo son el producto de arduas e innumerables horas de trabajo. De procesos largos y enlazados que son el resultado de otros procesos largos y enlazados y que vienen de otros procesos a su vez enlazados con referencias, estudios y evoluciones investigativas previas entretejidas con los procesos de otras personas que, del mismo modo, transitaron por recorridos distintos para llegar a soluciones distintas porque su problema inicial era distinto. O puede que fuese el mismo.

Lo que pasa es que todos esos mecanismos se comportan como artefactos de pensamiento lateral: para poder avanzar, en algún momento tuvieron que cuestionarse las soluciones conocidas y los resultados precedentes. Para llegar a puertos desconocidos, hubo que cambiar la forma de las velas, desplazar los engranajes del motor e incluso subirnos en otro aparato antes de echarnos a la mar. La operadora tuenti nos pide que no nos conformemos con lo que todos saben o creen saber. Que descubramos hasta dónde se puede llegar viajando en una máquina distinta.

Hay que sacudirse los prejuicios, que son breas pegajosas adheridas por la convención social, y cuestionárselo todo. Los principios, los procesos y los resultados. Pueden parecer conceptos vagos pero, en realidad, es la única manera de cambiar el mundo. Aunque sea nuestro mundo, porque entonces podremos ampliar la pequeña escala de nuestra cotidianidad en horizontes que nos parecían inalcanzables. Además, es la única manera de resolver el puzle que les planteé al principio del artículo. No tengan miedo a saltar desde el trampolín. Aunque esté tan alto que no sean capaces de ver la piscina, siempre hay agua. Si no saltan, nunca sabrán si el agua está fría o caliente o si es cava o zumo de arándanos o incluso si es un campo de fuerza semirrígido, de propiedades delicadamente turbulentas y una flexibilidad como nadie ha experimentado nunca. Salten como lo hicieron Fincher y Sorkin cuando se cuestionaron uno de los géneros más antiguos de la historia del cine.

David Fincher y Aaron Sorkin se cuestionaron el cine negro

Cuando en 2009 comencé a leer noticias que hablaban de una futura película que trataría sobre el nacimiento de Facebook arqueé tanto las cejas que se me cubrieron las entradas capilares. No, a ver, lo de los biopics estaba llegando a un extremo ridículo: a quién leches le iban a interesar las aventuras de un puñado de niñatos universitarios en sus, ejem, apasionantes peripecias hasta llegar a convertirse en multimillonarios digitales. Luego me enteré de que el director era David Fincher y las cejas se me subieron hasta la coronilla. Tenía que ser algún tipo de obra alimenticia, el cineasta responsable de Fight Club o Zodiac no podía haberse embarcado en semejante estupidez.

Pero la peli se estrenó en 2010 y empezaron a lloverle críticas entre lo favorable y lo directamente laudatorio. Así que me fui al cine. Y vi esto:

Y supe que estaba delante de algo gordo. Muy gordo. Discúlpenme que no sea más preciso pero es que apenas necesité tres minutos para darme cuenta de que The Social Newtwork era un artefacto denso, hondo y consistente como un portaaviones surcando el océano. Fincher sostenía planos delicados y precisos mientras el dulce chirrido de Trent Reznor y Atticus Ross nos replanteaba cómo debía ser una banda sonora cinematográfica. Y todo ello subido a lomos de un guion que cabalgaba desbocado percutiendo el metraje en incisiones propias del escalpelo de un neurocirujano llamado Aaron Sorkin.

Una vez pasaron los ciento veinte minutos y pude volver a recolocarme las cejas en el lugar que tenía más a mano (el bolsillo), me pregunté a qué género pertenecía la película. Las revistas de cine decían que es un drama, pero no. Drama es un término demasiado difuso. La red social tiene escenas dramáticas pero su núcleo se construye a través de otras características. Las fronteras entre buenos y malos están completamente difuminadas, los personajes son antihéroes con motivaciones psicológicas difíciles de establecer, inmersos en un microcosmos cínico y violento. Además, el lenguaje empleado por Fincher es elíptico y profundamente metafórico, aparte de visualmente estilizado como un cuadro de Turner (la escena de la regata es un ejemplo capital).

Ahora copien en Google las últimas frases que he escrito y comprobarán que es la definición que ofrece la Wikipedia de film noir. En efecto, The Social Network es cine negro. Fincher y Sorkin habían convertido una historia a priori completamente banal en un filme tan negro que podría haberlo protagonizado Humphrey Bogart en lugar de Jesse Eiseberg. Sin detectives ni asesinatos, pero con el misterio y la atmósfera fatalista de El halcón maltés.

No es de extrañar que Sorkin ganase el Óscar a mejor guion adaptado y que, al año siguiente, se encargase de adaptar Moneyball, el libro de Michael Lewis que cuenta la historia de cómo los Oakland Athletics de Billy Beane consiguieron la mayor racha de victorias en la historia moderna del béisbol. Y no es de extrañar, porque la película dirigida por Bennett Miller es una cinta trepidante, pero cuyos protagonistas se mueven entre llamadas telefónicas y fichajes, sentados en despachos y rodeados por gráficas y estadísticas. Cuestionándonos dónde reside el verdadero corazón de la hazaña deportiva.

Rinus Michels se cuestionó el corazón del fútbol

A las cuatro en punto de la tarde del 7 de julio de 1974, el árbitro inglés Jack Taylor sopló su silbato. Johann Cruyff golpeó el balón posado en el centro del campo y comenzó la final de la Copa del Mundo. Cincuenta y cinco segundos después, el espigado número 14 holandés caía derribado en el área germana. Durante ese escaso minuto que transcurrió entre el pitido inicial y el instante en que el colegiado señaló el punto de penalti, los más de setenta y cinco mil espectadores y los varios millones de televidentes que contemplaron el arranque del partido asistieron a un espectáculo escrito por Arthur Charles Clarke: indistinguible de la magia. No fueron los únicos. Para los once futbolistas alemanes que corrían por el césped, el balón era una flecha. Eran cien flechas cruzando ante sus atónitos ojos por el Little Big Horn en que se había convertido el Olympiastadion de Munich. El cuero había pasado por ocho jugadores holandeses distintos en dieciséis pases consecutivos entre las incrédulas piernas de los integrantes de la Mannschaft. Acababa de nacer La Naranja Mecánica.

Podrán decir que, en realidad, hasta que Cruyff no arrancó en la medular y regateó hasta el área, ninguno de esos pases fue realmente efectivo. Pero se equivocan. Cuando Michels se sentó en 1965 en el banquillo del Ajax, se declaró un inconformista. El viejo fútbol ya no le servía, así que decidió cambiarlo desde dentro. Se cuestionó las denominaciones en el campo, se cuestionó el dibujo táctico que había visto durante toda su vida, e incluso se cuestionó la forma física de los jugadores. Ya no pertenecerían a una sola zona de la cancha, sino que deberían moverse por todo el césped. Se le llamó totaalvoetbal, fútbol total. Todo contribuía a todo. Todos los jugadores lo eran todo: los delanteros presionaban en la primera línea de la defensa, los centrocampistas se desdoblaban por la banda transformados en extremos, y los zagueros subían a rematar porque sabían que el espacio que abandonaban no iba a estar desguarnecido, otro jugador cubriría su posición. Las posiciones solo eran palabras escritas en el acta mientras el balón resolvía problemas trigonométricos entre las botas de futbolistas que no deberían estar allí. Pero lo estaban. Porque todos estaban allí. Porque todos eran todo.

El fútbol total tomó el mundo al asalto. Consiguió tres Copas de Europa consecutivas con el Ajax, aunque solo una de ellas bajo la batuta de Michels. El sistema flotaba en el banquillo de Cruyff cuando Koeman batió a la Sampdoria en 1992, y fue su versión supervitaminada e hipermineralizada la que convirtió al Barça de Guardiola en el que algunos cronistas consideran el mejor equipo de todos los tiempos.

Por cierto, Cruyff marcó el penalti, aunque el resultado final fue 2-1 favorable a Alemania. Porque el totaalvoetbal no sirvió para que La Naranja Mecánica ganase el Mundial de 1974, pero cambió el fútbol para siempre. Mediante pases precisos y cambios de posición, mientras el balón se movía en renglones escritos por todas las direcciones del césped.

Mark Z. Danielewski se cuestionó cómo leer un libro

Un prólogo. Capítulos. Planteamiento, nudo y desenlace. Letras que forman palabras que se imprimen en renglones rectos uno detrás de otro rellenando cien, quinientas, mil páginas. Un libro que se lee de principio a fin. Hasta que Mark Z. Danielewski publicó La casa de hojas en el año 2000 y nos pidió que lo desaprendiéramos todo.

House of Leaves. Fotografía: Alan Trotter (CC).

House of Leaves. Fotografía: Alan Trotter (CC).

La novela no era una cucharada líquida metida en la boca, requería que nosotros cogiésemos el cuchillo y el tenedor, cortásemos el filete, calentásemos de nuevo el trozo de carne y lo masticásemos en mordiscos desacompasados. House of Leaves se lee de adelante al medio y de atrás hacia fuera, los renglones son caligramas de Apollinaire surcando páginas en diagonal, en espiral y en recorridos ignotos: con un principio y cien finales. Con cien principios y sin final. Hay que girar el libro, hay que doblar el libro, hay que salirse del libro. La casa de hojas es un grimorio mágico que requiere una danza ritual. Es un animal mutante en constante transformación física. Literalmente física. Es espacio y dimensión. Es topología y arquitectura.

Espen Aarseth lo llamó literatura erdógica. Ergon hodos. El camino y el trabajo, porque el trabajo necesitaba un determinado trayecto. Era la de Apollinaire y la de Joyce y la de Cortázar, pero también era la de los videojuegos conversacionales y la del hipertexto digital y la del I Ching y la de «Elige tu propia aventura» y la del final de una reseña cinematográfica. Danielewski lo cogió todo y se lo cuestionó —nos lo cuestionó— todo. Y por el camino descubrió otro lenguaje y nos invitó a que aprendiéramos de nuevo a leer un libro.

House of Leaves. Fotografía: Alan Trotter (CC).

House of Leaves. Fotografía: Alan Trotter (CC).

Porque no siempre hay que salirse de lo conocido para ser feliz o incluso para mejorar, pero a veces, hay que mirar desde fuera de la caja para encontrar la solución. O las soluciones. Las filmadas, las jugadas y las escritas. Las habladas por tamtan, por tuenti o a través de un idioma que ni conocíamos ni creíamos que existiese.

A veces hay que salir al otro lado del artículo para saber cómo unir nueve puntos empleando cuatro líneas rectas.

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23 comentarios

  1. Qué grande Fincher, qué grande el plano de la bota del asesino en Zodiac.

    Has escrito un artículo fantástico. Enhorabuena.

  2. Hay una forma mucho más facil de unir los puntos sin darle tantas vueltas, una cruz y un aspa.

    • La prueba consiste en 4 lineas rectas SIN levantar el lapiz del papel; este tipo de “genialidades” que hay que tener para resolver ciertas pruebas que se nos proponen creo que serían mucho más frecuentes si no se plantean las pruebas en entornos y contextos normalizados y formales. Pierde mucho chiste la prueba si le dices a la gente que pueden alargar las líneas hasta donde quieran o si la prueba la planteas de botellon con los colegas en vez de en una entrevista de trabajo.

    • “Hay una forma mucho más facil de unir los puntos sin darle tantas vueltas, una cruz y un aspa.”

      Nope, así no quedan unidos todos los puntos ;)

  3. ESTOY CON TICO, a mi es la primera que me ha venido a la cabeza, no dice que hay que pensar fuera de la caja??? :)

  4. Con una ‘E’ mayúscula también se unen todos y son 4 lineas.

  5. Hay un problema en el planteamiento del problema del primer párrafo, y es que no se menciona que deben realizarse las cuatro líneas seguidas, es decir, donde acabe una debe comenzar la siguiente. Sin ese requisito hay mil maneras fáciles de resolverlo.

    Dejando ese pequeño detalle, muy interesante artículo. Me alegra ver que hay quienes comparten mi opinión de que la Red Social es una película más tensa y oscura que muchos films de misterio.

  6. Y leo éste articulo, patrocinado por tuenti, justo despues de http://www.jotdown.es/2015/06/tonto-el-que-lo-escriba/

    Por un lado gracias tuenti por pagarnos artículos… por otro lado cuan bajo estamos cayendo, que necesitemos que tuenti nos saque las castañas del fuego y ayuda a mantener una publicación interesante viva. :S

  7. Pues como artículo es bastante interesante y desde luego bien escrito, pero como anuncio publicitario me parece sublime.

  8. Se arruga el papel en la mano formando “una pelota arrugada” se coge un lapicero afilado y se atraviesa la pelota, después de algunos intentos es probable que atravieses todos los bolos negros con tu lapicero. Si no es así lo vuelves a probar.

  9. Ohhhhh, lo malo de hacer literatura es q no sirve para el deporte. Rinus Michels no inventó nada: simplemente copió el fútbol total que creó Alfredo Di Stéfano, qué ohhhh casualidad, era el ídolo de Johann Cruyff. Pero siempre suena más modernete y europeísta el rollo de la naranja mecánica. Coolturetas de pacotilla.

  10. Pingback: ¿Qué demonios es eso de pensar fuera de la caja?

  11. Pues un anglicismo de tres pares de cojones.

    Solo con imaginar a Galdós, a Baroja, a Ferlosio, a Reverte, escribiendo “era un hombre que pensaba fuera de caja” me entran mareos, náuseas y sudores fríos.

    “Outside the box”. Madre mía.

  12. Escribes que Cruyff marcó el penalti pero en realidad le tiró y anotó Neeskens.

  13. Hay 6 formas al menos de resolver el primero sin levantar el lapiz y con movimientos minimos.

    1) La teoria del punto gordo: Los puntos son suficientemente gordos como para hacer 3 lineas que los unan (si los puntos no son suficientemente gordos, las lineas tienen que ser suficientemente largas).

    2) La teoria de la recta astuta o plegar el espacio: Haces lo que te de la gana para unirlos (ej: doblas el papel y los agujereas, el lapiz no lo levantas, es mas lo dejas quieto y doblas el papel y lo agujereas.

    3) 4) 5) y 6): Se empieza por una esquina, como ejemplo la inferior izquierda. se sube hasta salir del area de puntos y poder trazar una linea recta hacia los dos puntos superiores en diagonal hacia abajo (el segundo de la primera fila y el tercero de la segunda fila. Se continua la traza sin desviarse hasta estar a la altura de la primera fila. Se continua hasta el primer punto. Desde el primero se traza una diagonal por los puntos que faltan hacia la esquina superior derecha. Esto se puede hacer de 4 formas segun en que orientacion estuviese el papel asi que son las formas 3,4,5, y 6.

    Es posible que haya mas formas pero no se me ocurren. Ya hice el ejercicio con las formsa 1 y 2,4,5,6 hace años en un bar, no es que se me hayan ocurrido ahora.

  14. queria decir formas 1,2,4,5,6 la 2 solo se me ocurrio parte entonces.

  15. vale que no consigo que salga bien. las formas 1 y 3,4,5,6. La 2 es la que solo se me ocurrio en parte.

  16. Ya en plan lenguaje la forma de unirnos tambien puede ser simplemente hacer un circulo alrededor de todos ellos y asi todos ellos estan “unidos” dentro del circulo.

    Vamos con pensamiento lateral hay muchas formas de solucionar el puzle, lo dificil es que a otra persona le parezca una buena solucion cuando solo ve algunas o espera una solucion concreta.

  17. “Les propongo un juego. Un pequeño puzle: fíjense en la imagen de aquí arriba. Como ven, son nueve puntos distribuidos en una matriz de 3×3. Lo que les pido es que unan los puntos empleando solo cuatro líneas rectas tiradas de un solo trazo. Ni una más ni una menos.”

    Lo que he dicho del circulo deberia ser un rectangulo para cumplir con lo de las 4 lineas rectas y la del 1) de las tres lineas no tiene ningun inconveniente en que sean 4 (una de ella da igual a donde vaya).

    Vamos que mirando detalladamente igual hay que ajustar el resultado pero en general las 7 formas que he comentado sirven.

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