La sinfonía del mal olor

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Fotografía: toddeemel (CC)
Fotografía: toddeemel (CC)

Nuestro cuerpo es una sinfonía de olores. Horrísona y también armónica, según el lugar donde hundamos nuestra nariz (o el tiempo que haga de nuestro paso por la ducha). Por ello, la cultura popular, que tiene mucho callo a la hora de resaltar lo peor de la condición humana, repite aquello de «canta la Traviata» o «son tus perjúmenes mujer los que me sulibellan» cuando se enfrenta al mal olor corporal. O «te ha abandonado el desodorante». O, entrando en jerga más ramplona, «aquí huele a leonera» o «a choto» o «apesta a sobaca mora». La lista es tan larga y creativa como descacharrante.

Porque, a pesar de que tratemos de enmascararlo con sustancias aromáticas, el cuerpo hiede, y a veces hiede tanto que apetece ponerse una pinza de la ropa en la nariz. Y es que la sinfonía odorífera del cuerpo humano daría para una ópera de tres horas donde todo el mundo grita y llora mucho, así que vamos a centrarnos en las notas volátiles de los aromas más evidentes. Preparen, ustedes, sus fosas nasales.

La boca

Algunos poetas han asociado la boca humana a una cloaca, no solo porque de ella puedan brotar muchos sapos y culebras, sino porque una boca que huele mal es capaz de ahuyentar a cualquier interlocutor con una mano en la nariz y respirando cavernosamente a lo Darth Vader. Y es que la saliva produce uno de los olores más nauseabundos del mundo, como bien sabe la doctora Erika Silletti, que ha escrito libros enteros dedicados a ella y dispone de su propio laboratorio de saliva en la ciudad holandesa de Wageningen. Para Silleti no cabe duda de que la saliva incubada puede llegar a desprender un tufo mucho más repugnante que el olor a pies sucios o a pescado poco fresco.

Con todo, hay dos tipos de saliva. La estimulada (como la que segregamos al ver un plato suculento) y la no estimulada (la que segregamos todo el tiempo). Tal y como explica Mary Roach en su libro Glup: aventuras en el canal alimentario, la saliva estimulada «conforma entre el 70 y el 90% de entre litro y litro y medio de saliva que generamos cada uno diariamente». El 99% de la saliva estimulada es agua, así que su aspecto, sabor y textura no difiere demasiado del líquido elemento. Con todo, las diversas variaciones de proteínas y minerales de la saliva permiten verter la siguiente afirmación de todo punto cochina: si hiciéramos una cata de salivas, cada saliva nos sabría distinta.

La saliva no estimulada es mucho más viscosa que la estimulada. Es la saliva que fluye continuamente por nuestra boca. Es tan viscosa debido a las mucinas, largas cadenas de aminoácidos que forman redes. Las mucinas son nuestras amigas porque atrapan las bacterias que llegan a nuestra boca desde el exterior y nos permite tragarlas y destruirlas con los ácidos del estómago. A pesar de ello, en una boca normal pueden proliferar más de seis millones de bacterias, algunas beneficiosas, otras no tanto. Hay más de seiscientos tipos diferentes de bacterias bucales, y tener unas u otras depende del lugar donde vivamos e incluso de lo que indique la balanza de nuestro baño.

El mal aliento puede deberse a muchos factores, pero si se cronifica, entonces se denomina halitosis. Probablemente sea uno de los olores para los que nuestro propio cuerpo se protege mejor: es infrecuente que una persona con halitosis advierta que su boca huele mal. Pero la halitosis es un grave problema si mantenemos relaciones sociales. Ya en el Talmud, la recopilación de antiguas leyes hebreas, se consideraba que el mal aliento era causa suficiente de divorcio. Actualmente, el mal aliento es tan ubicuo y preocupante que mueve millones de euros en productos para eliminarlo. Por ejemplo, en 1921, Listerine no tenía demasiado éxito vendiendo líquido antiséptico. Hasta que popularizó el término «halitosis» y lanzó una campaña publicitaria que reconvirtió el antiséptico en enjuague bucal. Las ventas anuales pasaron de los cien mil dólares hasta más de cuatro millones en solo seis años.

El elemento clave de la halitosis es un sulfuro orgánico denominado dimetil sulfuro, que también se encuentra en los excremento humanos. Curiosamente también hace acto de presencia al tostar el grano de café verde, originando un hedor muy desagradable.

Uno de los mayores expertos mundiales en halitosis es el microbiólogo Mel Rosenberg, de la Universidad de Tel Aviv, que se describe a sí mismo como un odorólogo. Gracias a él disponemos de una prueba clínica para testear el mal aliento llamada Halímetro, así como una prueba con tornasol llamada test del OK-2-Kiss, que mide la presencia de bacterias en la boca.

Los genitales

Flat Earth Theatre presents "The Underpants" by Steve Martin April 1-9, 2011. Featuring Maggie Carr, Justus Perry, Kathy Berenson, Mike Handelman, Nick Bennett-ZendzianBill Conley, and Michael Wayne Smith. Directed by Sarah Kimball. The Arlington Center for the Arts, Arlington
The Underpants, 2011. Fotografía: Flat Earth Theatre

El tufo hacia el que mostramos mayor pudibundez es el que emana de nuestros genitales, tanto masculinos como femeninos. «¿A qué huelen las nubes?», entonaba un anuncio kitsch de compresas para referirse eufemísticamente a la neutralización del olor a menstruación.

Pero la falta de olor no siempre es un buen indicativo de la salubridad de la vagina. Para muchos lectores, una vagina que hieda es una vagina sucia, un corte mucilaginoso relleno de miasmas. Pero nada más lejos de la realidad. Hay vaginas que apenas desprenden olor y otras que huelen más, pero eso depende exclusivamente del tipo de flora vaginal que ha prosperado en ellas. Como demostró el Proyecto Microbioma Humano en 2012, hay floras vaginales ácidas y otras menos ácidas. Las primeras provocan olor, las segundas, no. Pero ambas muestran equilibradas comunidades de bacterias imprescindibles para protegerse de microorganismos patógenos.

Una vagina totalmente limpia y aséptica, pues, puede ser mucho más sucia que una vagina olorosa. Como apunta irónicamente Natalie Angier en su libro Mujer, una geografía íntima, una vagina sana debe cantar un poco, tener su propio bouquet.

Y es que la vagina es una suerte de ecosistema que cambia según las circunstancias y cuyo equilibrio resulta crucial, y que además está habitado por cinco categorías de floras microbianas, tal y como ha señalado Jacques Ravel, de la Universidad de Maryland, uno de los mayores expertos en el estudio del microbioma de la vagina. En otras palabras, existen cinco tipos de cosmos vaginales. Y lo más llamativo es que tales categorías parecen relacionarse con etnias específicas, un poco como sucede con las bacterias de la boca. Las vaginas tipo IV son más habituales entre las estadounidenses de origen afroamericano que entre las caucásicas. Otras categorías de vaginas son más proclives a hacer una transición a otra categoría. Las tipo II, por ejemplo, no suelen cambiar nunca. Las más olorosas no son peores ni mejores, sencillamente son de un tipo en el que se permite el crecimiento de bacterias productoras de compuestos amínicos.

En el caso del pene, los olores no revisten tal grado de tabú, pero son también una fuente de preocupación para algunos hombres. Al igual que las vaginas, existen dos clases de penes en función del tipo de microorganismos que allí prosperan: los penes circuncidados y los penes no circuncidados. En el caso del pene circuncidado, el glande está expuesto al oxígeno del ambiente, lo que favorece la proliferación de bacterias aeróbicas. Por el contrario, el glande cubierto por el prepucio favorece a los microorganismos que prefieren la falta de oxígeno, los anaeróbicos.

También como en el caso de la vagina, un pene demasiado higienizado es contraproducente. Los penes tienen su propio olor. Y, de hecho, en una relación monógama, los microorganismos de ambos genitales acaban siendo muy similares entre sí, en una suerte de sincronía odorífera.

En el caso de que mantengamos relaciones casuales sin preservativo, entonces las mezclas de microorganismos podrían producir olores inesperados. En estas circunstancias sería más apropiada la unión de una vagina con un pene no circuncidado, pues este alberga bacterias anaeróbicas similares a las que se producen en el ambiente cerrado de la vagina. Un pene circuncidado, sin embargo, mostrará mayor probabilidad de alterar la flora vaginal, tal y como explica Pere Estupinyà en su libro S=EX2: «especialmente cuando hay eyaculación y el semen aumenta el pH vaginal de 3,5 a 7 dejando a la flora bacteriana por momentos indefensa ante invasores que puedan empezar a crecer sin freno».

Corolario: en caso de que nos preocupe el olor, es recomendable el sexo con profilácticos o, al menos, sexo con penes no circuncidados. No obstante, dado que la circuncisión parece proteger mejor a los hombres del contagio del VIH, gracias a dos familias de la microbiota anaeróbica (Clostridiales y Prevotellaceae), el aroma de la promiscuidad sin preservativo podría constituir un mal menor.

Axilas

Fotografía: Dominik Golenia (CC)
Fotografía: Dominik Golenia (CC)

El sudor, en sí mismo, es inodoro. Básicamente está compuesto de agua en un 99%, y el 1% restante contiene pequeñas cantidades de sal, amoníaco, calcio y otros minerales. Y además resulta imprescindible para nuestra supervivencia, pues se encarga de regular la temperatura corporal. Por ello todo nuestro cuerpo suda, a excepción de los labios, el lecho de las uñas y algunas partes de la vagina y el pene, que carecen de glándulas ecrinas. Una simple gota de sudor es capaz de reducir la temperatura de un litro de sangre en un poco más de medio grado centígrado.

De modo que sudar no debería tener tan mala prensa. E incluso lo de sudar como un cerdo, para añadirle una connotación peyorativa, es solo un mito, porque los cerdos son incapaces de sudar (lo que, por otra parte, les obliga a rebozarse en fresco barro del suelo para refrigerarse: es decir, que lo correcto sería afirmar que no sudas como un cerdo). En ese sentido, las personas que sufren de hipohidrosis o anhidrosis (sudor escaso o incapacidad de sudar, respectivamente), tienen mayor probabilidad de morir a causa de un golpe de calor.

Cuando el sudor se mezcla con las bacterias de nuestro cuerpo, que abundan particularmente en las zonas del cuerpo cubiertas por pelo o que no son aireadas a menudo a causa de la ropa o los pliegues de la piel, se empieza a desprender el efluvio típico de gimnasio. En el caso de las axilas se cumplen ambas condiciones para generar bacterias: vello y pliegue de piel cubierto de ropa. Por eso las axilas son los primeros árbitros que anuncian nuestra falta de higiene. A través de la axila producimos solo el 1% del sudor del cuerpo pero parece que la quintaesencia de la pestilencia a sudor se concentre justamente ahí.

Tampoco los sudores huelen igual. Según un estudio llevado a cabo en Austria, todos tenemos una huella odorífera tan representativa como la huella dactilar. Seguro que en algún episodio de CSI acabamos viendo cómo atrapan al asesino husmeándole la ropa sucia: ya en tiempos pretéritos, los médicos olían a sus pacientes para diagnosticar determinadas enfermedades. Por ejemplo, Samuel Cooper, miembro de la Royal Society, escribía en su Diccionario de cirugía práctica (1823) que el pus se diferencia del moco por su «dulzón almibarado». Otro estudio suizo liderado por Christian Starkenmann apunta a que las axilas de las mujeres despiden un aroma a cebollas y uvas, mientras que la de los hombres se asemeja al olor acre del queso.

Entre otros factores, como los genes, el olor del sudor viene influido por lo que se come. Quienes toman mucho ajo o cebolla, o condimentan la comida con curry y otras especias, pueden llegar a oler como la olla de la cocina. Es decir, que el anterior estudio suizo probablemente arrojaría resultados diferentes si se hubiera realizado fuera de la frontera helvética. Una dieta rica en proteínas puede generar sudor con olor a amoníaco, pero también puede ser síntoma de infección de la Helicobacter pylori, la bacteria responsable de algunos tipos de úlcera.

El olor del sudor también puede cambiar debido a determinados medicamentos, como la penicilina o algunos antidepresivos. Alguien que tiene sudor con olor a pescado puede que esté tomando suplementos vitamínicos que le proporcionan un exceso de colina, un tipo de vitamina B. En el caso de que el sudor (y el aliento) huela siempre a pescado, entonces hay dos alternativas: o estamos ante un pescadero o alguien que padece síndrome del olor a pescado, también conocido como trimetilaminuria, un trastorno que no permite metabolizar la trimetilamina, una sustancia que hallamos en alimentos ricos en colina, como los huevos, el hígado o la carne de vaca.

Pies

El cuerpo humano está equipado con tres o cuatro millones de glándulas ecrinas, las encargadas de producir el sudor. Pero su distribución no es equitativa. La mayoría de ellas se concentran en las manos y los pies: unas quinientas por centímetro cuadrado. El sudor de nuestras manos no suele desprender olor, pero no ocurre así con los pinreles.

Si entramos en el dormitorio de un adolescente y huele a pies probablemente están llegando hasta nosotros los efluvios de distintos compuestos, como el ácido isovalérico, el ácido propiónico, el ácido acético o el amoníaco. Todos ellos originados por bacterias que, en ocasiones, también intervienen en la elaboración de algunos tipos de queso de fuerte olor, como el Limburger o el Bel Paese. Para demostrarlo, la microbióloga Christina Agapakis incluso ha elaborado quesos empleando cepas bacterianas de pies humanos.

Los calcetines acostumbran a constituir piezas casi radiactivas. Nadie quiere estar cerca de uno (sobre todo si está usado). Sin embargo, en el Museo Naigai, en Japón, les rinden culto con una colección de veinte mil pares, la más gigantesca del mundo. Además, en algunos casos, el mal olor a pies puede ser nuestra salvación: en África, donde miles de personas mueren de malaria al año debido a la picada del mosquito Anopheles, prolifera una araña que siente atracción por el olor a pies. La ventaja radica en que esta araña, la Evarcha culicivora, se alimenta del mosquito Anopheles. Un caso evidente de win-win.

Olores que no existen realmente

Fotografía: christine kaelin (CC)
Fotografía: christine kaelin (CC)

Pero también hay miasmas que solo existen en nuestra mente. Olores que, por muy desagradables que nos parezcan, solo captamos nosotros y nadie más. Como quien está sufriendo un espejismo en mitad del desierto.

Es el caso de quienes tienen una lesión del nervio olfativo debido a una infección o un traumatismo en la cabeza y padecen la llamada fantosmia. Aquellos a los que todo les huele mal tienen una vida tan difícil que, en muchos casos, incluso valoran la posibilidad del suicidio. Joan Liebermann-Smith, en Escucha tu cuerpo, explica lo que ocurre cuando sufrimos fantosmia u olores fantasma: «A diferencia de las visiones fantasma, en las que a menudo se ven animales muy bonitos o escenas agradables, los olores fantasma normalmente son muy desagradables».

En el caso de quienes sufren hiperosmia, existe una hipersensibilidad olfativa que les permite detectar la fragancia del perfume de una mujer mucho después de que haya abandonado la habitación, al estilo del protagonista de El perfume, de Patrick Süskind.

Así puede llegar a sonar la grandilocuente sinfonía del olor del cuerpo humano. Y si viviéramos en un mundo de dibujos animados, todos nosotros emanaríamos ese vapor oleaginoso que representa el alcance de un aroma determinado. Como bombas fétidas andantes.

Imagen de portada: Toony (CC)

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7 comentarios

  1. Nada más desagradable que el olor a merda perfumado. Puestos a a elegir es mejor puro.

  2. La mitad de las mujeres están convencidas

  3. Pingback: Jot Down: la sinfonía del mal olor

  4. Martin Gala

    Siempre marginando al ojo del culo, incluso cuando se está tratando sobre un apestoso tema como el que nos ocupa.

  5. Mr. Pollón

    Pues en el sexo oral a ver quien es el guapo que mete la nariz o la lengua en un chochete oliendo a matarratas. Eso de que tenga que cantar un poco la almeja…pues mejor que cante por soleás cuando la menda se masturbe ella solita. Es mucho peor un olor vaginal con el chichi a medio lavar, por razones evidentes (fluidos vaginales, regla, orina..), que un pene sin lavar, sobre todo si no está circuncidado. Circuncidado es prácticamente imposible que desprenda olor salvo si no te lavas dos o tres días seguidos. Y aún así es difícil…

    • No es cierto. Los genitales masculinos o femeninos, siempre huelen algo a sardina y bacalao y esto es debido a que cada vez que orinamos, la zona queda contaminada por el olor. Sería preciso que cada vez que lo hiciéramos, nos frotaramos vigorosamente con agua, jabón y desodorante. A ver quién es el guapo o guapa que hace eso ocho o diez veces al día…

      • Sol Membrillo

        Está claro que Mr. Pollón no lo hace, desde luego… Tienes razón en lo del olor a orina porque yo en la ducha matutina, me enjabono a conciencia las zonas comprometidas incluyendo el prepucio. Pues bien, por la tarde-noche, al ir a orinar, ya me llega el aroma a Cantábrico y es por eso -entre otras cosas- que vuelvo a ducharme antes de meterme en la cama.
        ¡En el fondo no somos más que un conglomerado de mierda!

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