Jot Down Cultural Magazine – Norton I, emperador de los Estados Unidos

Norton I, emperador de los Estados Unidos

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Norton I Emperador de los Estados Unidos y Protector de México. Fotografía: DP.

Norton I emperador de los Estados Unidos y protector de México. Fotografía: DP.

Es bien sabido que los Estados Unidos de América nacieron como una república independiente bajo la declaración de que «todos los hombres son creados iguales; que son dotados por su Creador de ciertos derechos inalienables; que entre estos están la vida, la libertad y la búsqueda de la felicidad», pero es poco conocida la historia de su único «emperador», Norton I.

Joshua A. Norton nació —no está claro— en Londres, Escocia o Zimbabwe el 4 de febrero de 1819 —quizá— y pasó sus primeros años en Sudáfrica. Llegó a San Francisco en 1849 desde Río de Janeiro y recibió una herencia de su padre de cuarenta mil dólares que aumentó con su habilidad para los negocios y una moral intachable que le dio respetabilidad y prestigio y le llevó a acumular una fortuna de más de un cuarto de millón de dólares. Perdió todo especulando con el precio del arroz, la principal commodity en una ciudad con numerosa población china. A eso le siguieron años de pleitos, la pérdida de sus propiedades inmobiliarias y un dramático cambio en su salud mental: «la excitación previa de las falsas expectativas y el choque de estas desilusiones unido a los problemas resultantes constituyeron un grave golpe a la cordura de Norton. Se retiró de la luz pública y cuando emergió en 1857 dio evidencias palpables y claras de una mente desquiciada».

El 17 de septiembre de 1859 Joshua A. Norton se declaró emperador de los Estados Unidos, indicando a los que quisieran oírle que ya en 1853 había sido nombrado por los legisladores emperador de California. Posteriormente añadió el título de protector de México, aunque durante el desafortunado reinado de Maximiliano Norton declinó dicho honor porque, como indicó con más cordura de lo esperable, «es imposible proteger a una nación tan inestable». A lo largo de los años, y hasta su muerte en 1880, fue dando a la luz distintos decretos o proclamaciones entre los que podemos destacar:

  • 12 de octubre de 1859. Disolución del Congreso de los Estados Unidos y prohibición de reunirse en Washington D. C. porque «el fraude y la corrupción impiden una expresión justa y adecuada de la voz pública; se produce continuamente una violación de las leyes causada por algaradas, partidos, facciones y una influencia indebida de las sectas políticas, y el ciudadano no tiene la protección de la persona y la propiedad a la que tiene derecho».
  • 16 de julio de 1860: Disolución de los Estados Unidos de América.
  • En 1862, preocupado por la guerra de Secesión, ordenó un bloqueo y exigió a las iglesias católica y protestante que le invistieran como emperador en público para «poder restaurar el orden más eficientemente de ese caos en el que el país se ha sumergido por el conflicto violento y las fieras disensiones de sus pueblos rebeldes».
  • 12 de agosto de 1869. Disolución de los partidos Demócrata y Republicano «por las luchas partidistas presentes en nuestro reino».

Algunos de sus decretos tienen la inteligencia de un visionario, como cuando ordenó el establecimiento de una comunidad internacional de naciones o las proclamaciones en que ordenaba la construcción de un puente suspendido y un túnel que cruzaran la bahía de San Francisco. Ambos proyectos se terminarían mucho después de su muerte, en el siglo XX: el San Francisco-Oakland Bay Bridge y el Transbay Tube. Ha habido campañas ciudadanas para cambiar el nombre del Bay Bridge o puente de la bahía y renombrarlo como puente del emperador Norton.

Aunque no es extraño que las personas afectadas de una psicosis tengan lo que llamamos delirios de grandeza, el caso de Norton es peculiar porque consiguió que la gente de San Francisco le apreciara y le siguiera la corriente. Los sanfranciscanos se dirigían a él como «Su Majestad», comía en los mejores restaurantes de la ciudad, se aceptaban unos billetes que emitía con su efigie y ningún propietario de teatro se hubiese atrevido a estrenar una obra sin reservarle un palco. Los responsables del Servicio Postal le regalaron un uniforme azul con charreteras y correajes dorados con el que se dedicaba a inspeccionar la ciudad con un bastón y un parasol. Uno de sus actos más famosos en uno de esos paseos fue interponerse entre un grupo de alborotadores y sus víctimas chinas, uno de los episodios de racismo que surgían periódicamente en la ciudad y que solían terminar con algún muerto. Norton se puso en medio del tumulto con la cabeza gacha y empezó a rezar padrenuestros a voz en grito hasta que unos y otros, asombrados, se disolvieron. Aunque algunos de sus decretos son dudosos, porque eran inventados por los periódicos de la ciudad, parece que decretó el cese del gobernador de Virginia por haber permitido la ejecución de «un hombre que estaba loco y que debería haber sido enviado a un manicomio»; ordenó al ejército que cesase en su violencia contra la Nación Sioux y reclamó el envío de ayuda a Tennessee tras el inicio de un brote de cólera. Si juntamos a eso que era un buen conversador, gentil y amable, cortés con los niños y respetuoso con los mayores, no parece sorprendente que la gente le quisiera. Seguro que muchos pensaban que aquel emperador de opereta era mejor que algunos de sus gobernantes legítimos.

Bummer y Lazarus, el emperador Norton I y Frederick Coombs aka George Washington II. Ilustración: DP.

Bummer y Lazarus, el emperador Norton I y Frederick Coombs aka George Washington II. Ilustración: DP.

Norton era comúnmente asociado con dos perros, Bummer y Lazarus, que también conseguían comidas gratis en diferentes restaurantes. Bummer se había ganado el respeto de los tenderos de Montgomery Street por su habilidad matando ratas y cuando llegó junto a él un perro malherido se encargó de cuidarlo, llevarle parte de la comida que conseguía y darle calor tumbándose cada noche a su lado. La improbable resurrección de este segundo can le hizo merecedor del nombre de Lazarus. Empezaron a trabajar en equipo y se cuenta que acabaron con ochenta y cinco ratas en veinte minutos, lo que es testimonio de su habilidad cazadora y de la cantidad de roedores que plagaban una de las principales ciudades de Estados Unidos en esa época. Los periódicos seguían la pista a los dos animales confiriéndoles personalidades particulares y contando sus andanzas reales o imaginadas. Cuando Lazarus fue capturado y llevado a la perrera, se organizó un alboroto al que los responsables de la perrera respondieron liberándolo y eximiéndolo de las ordenanzas municipales. San Francisco siempre ha sido acogedora y cariñosa con los distintos y los especiales. El elogio fúnebre de Bummer, por ejemplo, fue escrito por Mark Twain.

El 21 de enero de 1867 un policía novato de la Patrulla Especial, Armand Barbier, arrestó a Su Majestad Norton I, emperador de los Estados Unidos y protector de México, para obligarle a recibir tratamiento psiquiátrico. El resultado fue una auténtica revuelta en la ciudad. El jefe de policía Patrick Crowley pidió disculpas oficialmente a Norton y dijo de él que «no ha derramado una gota de sangre; no ha robado a nadie y no ha saqueado ningún país, que es más de lo que puede decirse de sus colegas», ordenando que fuera puesto inmediatamente en libertad. Ser jefe de policía no era una tarea fácil y Crowley y sus hombres son recordados por haber roto sesenta y cuatro porras de madera en las cabezas de los indignados ciudadanos que querían linchar a un criminal. Norton, magnánimamente, concedió un Perdón Imperial al bisoño Barbier y desde entonces todos los policías de la ciudad saludaban al emperador cuando se cruzaban con él. En el censo de 1870, el agente censal recogió que Norton vivía en el 624 de Commercial Street y en el apartado ocupación anotó «emperador», aunque también indicó que estaba loco. Cuando su vestimenta empezó a tener mal aspecto, el Concejo de Supervisores de San Francisco, una especie de consistorio, ordenó que se le comprase un atuendo nuevo, lo que él agradeció con una amable nota y decretando una «patente de nobleza en perpetuidad» para cada supervisor.

El 8 de enero de 1880, Norton cayó desplomado en la esquina entre California Street y Grant Avenue y, aunque intentaron llevarle a un hospital, murió pocos minutos después. Iba de camino a una conferencia de la Academia de Ciencias Naturales. La noticia fue el titular de la portada de los principales periódicos de la ciudad, de nuevo con un respeto extraordinario («Le Roi es Mort» en el San Francisco Chronicle; «Norton Primero, por la gracia de Dios Emperador de los Estados Unidos y protector de México, dejó este mundo» en el Morning Call) y a su entierro asistieron más de treinta mil personas, una enorme multitud en una ciudad de poco más de cien mil habitantes. Norton iba a ser enterrado en un ataúd para pobres pero el Pacific Club, una asociación de empresarios, compró un féretro de palosanto y la ciudad pagó un entierro de primera clase.

Norton fue inmortalizado en obras de Mark Twain, Robert Louis Stevenson, Selma Lagerlöf y otros, pero sin embargo no tenía presencia en la literatura científica hasta 2014, en que Eric Lis publicó un estudio sobre él en Academic Psychiatry.

Se sabe poco de su condición mental. Parece que sus padres y abuelos eran respetados hombres de negocios, y no había antecedentes familiares de enfermedad mental. Su autopsia encontró que el cerebro parecía sano y su peso era algo superior a la media pero dentro de la normalidad para un varón sano de su edad. No consumía sustancias de abuso y no había estado en contacto con los servicios de salud mental. No se le recuerda ningún acto de violencia salvo romper un cartel que consideró una falta de respeto, y tampoco tuvo ninguna relación romántica, aunque propuso matrimonio a una joven de dieciséis cuando él tenía sesenta, propuesta que declinó amablemente dicha señorita por ya estar comprometida. Se sabe también que hasta su muerte fue capaz de agudas discusiones sobre política y sobre ciencia, que corregía rápidamente al que se dirigía a él como Mr. Norton para que no olvidase mencionar su augusto cargo, que le encantaba ir a la universidad y atender a la gente y que era un buen jugador de ajedrez. También se sabe que vivía en la pobreza, pero tenía un techo, y tras su muerte se encontraron en su domicilio monedas diversas por un valor total de diez dólares, un sable oxidado, distintos tipos de sombreros y tocados, cartas a la reina Victoria y telegramas falsos de distintos monarcas felicitándole por su próxima boda con ella. Drury, uno de sus biógrafos, cuenta una historia que parece más sugerente de un proceso psicótico. Parece ser que Norton le contaba a un conocido que realmente no era hijo de sus padres sino de la casa real francesa y que sus padres le habían entregado a los Norton para salvarle de unos asesinos. Cuando el interlocutor le dijo que eso era de locos, contestó «de esos hay muchos». Cuando un reportero le preguntó si era judío, contestó «¿cómo voy a serlo si soy un pariente cercano de los Borbones y todo el mundo sabe que no son judíos?». Esto último no deja de ser verdad.

Billete de diez dólares del emperador Norton I. Imagen: DP.

Billete de diez dólares del emperador Norton I. Imagen: DP.

Con respecto a su diagnóstico, Norton no cumple los criterios del DSM-V para esquizofrenia o trastorno esquizoafectivo. Aunque sufría un delirio no hay evidencias de que tuviera alucinaciones, ni problemas de lenguaje o de comportamiento. Sus veintiún años de «reinado» dan ciertas señales de abulia, pero ¿quién puede reclamarle el no trabajar cuando tenía tantos reconocimientos y el duro trabajo no parece ser una característica común de las testas coronadas? Era sociable y gregario, no hay evidencias de que tuviera pensamientos extraños ni comportamientos anómalos antes de los cuarenta años, no hay datos tampoco sobre trastornos del ánimo ni una manía pues sus creencias no eran episódicas. Está claro que los más cercano a un diagnóstico es que tuvo un trastorno delirante que duró décadas y que su funcionamiento en los demás ámbitos de la vida no estaba afectado. Hay quien puede pensar que lo que era en realidad era un farsante de tomo y lomo o que también, con el acuerdo entusiasta de su ciudad, se convirtió en una atracción, en el tonto del pueblo. Su caso sirve también para discutir —como Lis sugiere— si realmente hay que buscar un diagnóstico y establecer un tratamiento en un caso así.

Las enfermedades mentales parecen requerir, como punto de partida, que los síntomas tengan un efecto negativo sobre la persona afectada o los que le rodean. No parece ser el caso de Norton I. Siempre tuvo su vivienda y siempre recaudó suficientes «impuestos» para llevar una vida digna. La gente a su alrededor se sentían contentos y cómodos con su presencia. Se ha visto que en la población general hay cien veces más personas que llevan una vida normal con algún síntoma psicótico que los que realmente merecen un diagnóstico de enfermo mental. La presencia de síntomas no implica sufrimiento y un enfoque muy «normalizador» puede causar más daños que beneficios. También es para hacernos pensar el hecho de que muchos de estos supuestos o reales enfermos mentales tienen mejores vidas en los países en desarrollo, donde son parte de la comunidad, que en los desarrollados, donde son medicados y, a menudo, internados o al menos mantenidos a una buena distancia. También es necesario considerar que la situación del emperador Norton I habría sido distinta si hubiese tenido una familia que sufriera por su situación o sus convecinos le hubieran tratado peor, lo que sugiere que aquello de «yo soy yo y mis circunstancias» se aplica también a los grados leves de trastorno mental. A lo largo de la historia, y Joshua Norton es un buen ejemplo, algunos de ellos han conseguido vivir rodeados de calor humano y que el mundo sea un poco más interesante y un poco más entretenido.

El Dr. George Chismore escribió un poema en su honor titulado «Norton Imperator». Sus últimos versos dicen así:

Con todo hombre su amigo
Solo abdicó ante la Muerte
Qué emperador, príncipe o potentado
Puede evitar durante mucho un destino similar
O ganar un mejor final.

Para leer más:

Cowan, R. E. (1923) «Norton I. Emperor of the United States and Protector of Mexico» (Joshua A. Norton, 1819-1880). Quarterly of the California Historical Society. Enlace

Crowley, K. H. (1929) Chief of Police Crowley. Enlace

Drury, W. (1986). Norton I, Emperor of the United States. Dodd, Mead & Company, Nueva York,

Lis, E. (2015) «His Majesty’s Psychosis: the Case of Emperor Joshua Norton». Acad Psychiatry 39(2):181-185.

12 comentarios

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  2. Joshua Norton es una de las figuras más entrañables que ha dado la no muy dada a esa clase de manifestaciones historia estadounidense. De ahí que a día de hoy se le recuerde con tanto cariño, especialmente en la cultura popular, donde ha dejado una huella indeleble (Personalmente me acuerdo de uno de los mejores números sueltos de The Sandman relatando su historia de uan manera vagamente ficticia).

  3. Menudo personaje. Casi parece una de las biografías ficticias de Borges xD

  4. Comprendo que en un intento de “estandarizar” la cultura, o la conducta, o los procesos mentales, se recurre viciosamente al manual. Al de carreño, y al que nos ocupa. A media lectura me parecía que leía el diario secreto de Dalí, aunque paradójica mente, muy empatico!

    Su gobierno ha resultado, anormalmente enriquecedor.
    Gracias por rescatar esta pequeña joya del olvido.

  5. Tambien hay un volumen del comic Lucky luck llamado: “El emperador Smith” que esta basado en este personaje!

  6. En la novela satírica “un trabajo muy sucio” de Christopher Moore , tiene un personaje con estas características , y la novela en sí es divertida, la recomiendo. La trama se desarrolla en San Francisco.

  7. Recomiendo igualmente el número de The Sandman dedicado a este personaje. Delicioso.

  8. Eris prevalece.

  9. Un personaje como este le encaja como un guante a una ciudad como San Francisco,.. lo mismo que Lazarus y Bummer

    • O quizá es que San Francisco es así porque ha sabido valorar y cuidar a los diferentes. Por eso tanta gente que en otros sitios era acosada o agredida, allí se sentían respetados y valorados. Por eso ha sido también el caldo de cultivo ideal para muchos avances sociales, nuevas tendencias, una nueva forma de vivir ¡Y quizá vivir encima de una falla esperando siempre un terremoto también ayuda!

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