Jot Down Cultural Magazine – In memoriam: Daniel Rabinovich

In memoriam: Daniel Rabinovich

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Daniel Rabinovich. Foto: Cordon Press.

Daniel Rabinovich. Foto: Cordon Press.

Se llamaba Daniel Rabinovich. Un nombre así ni se olvida ni se pronuncia fácilmente, pero es posible que a muchos de ustedes no les suene de nada. Es algo habitual entre los integrantes de los grupos cómicos: al separarse e iniciar una carrera en solitario es cuando un humorista suele ser reconocido de forma individual. Pero este no es el caso porque todos ellos llevaban juntos desde 1967, para satisfacción de sus millones de seguidores. En varios países de Hispanoamérica, incluso, se le conocía por «Neneco», un apodo aún más desconocido entre los españoles.

Su nombre quizás no le suene, pero mejor que no apueste en contra si alguien le asegura que alguna vez usted ha reído a carcajada limpia con su humor inimitable, sus paya(sa)das brillantes y sus rimas imposibles. Momentos como «no se ofende si le digo “¿me repite la pregunta?”» o «tose, tose, Toto» seguirán haciéndonos reír ahora que él nos ha dejado aquí, justo ahora que tanto necesitamos el humor inteligente, como a él le gustaba llamarlo. Si tras todos estos datos sigue sin saber de quién hablamos, quizás es que usted lo conociera como «el bajito de Les Luthiers» o incluso como «el tonto de Les Luthiers». Ahora ya sabe de quién hablamos, ¿verdad? Siéntese entonces con nosotros, amigo, que hoy somos muchos los que estamos de duelo pero también, por qué no, riéndonos otra vez y otra vez y otra vez con sus genialidades como prueba de amor incondicional. Ya lo dejó escrito Torcuato Gemini allá por un siglo: «Aunque el sol ya se escondió, no esperes que yo me vaya. Amante fiel como yo, otro no, no creo que haiga».

Parece fuera de lugar escribir eso de «el tonto de Les Luthiers», ya que la intención de estas líneas es cantar una elegía a quien merece agradecimientos y aplausos por tantas carcajadas. Y sin embargo es un buen modo de recordar su grandeza, ya que buena parte de la comicidad de la banda se basaba en los clásicos gags del payaso listo (Marcos Mundstock) y el payaso tonto (el mismo Rabinovich). Es el caso, por ejemplo, de los mencionados Poemas de Gemini y, por supuesto, del ya mítico monólogo accidentado en el que Daniel intentaba con bastante poco éxito explicar cómo Johann Sebastian Mastropiero llegó a convertirse en músico oficial de la República de Banania.

Ese tomar prestado del humor clásico es a fin de cuentas uno de los grandes hitos de Les Luthiers: el homenaje constante a la tradición cultural para crear grandes piezas humorísticas que trascienden a la vez la época en la que se inspiran y la época en la que son creadas. Qué complicado es encontrar un estilo musical que ellos no hayan revisitado, desde la cantata barroca hasta los jingles de publicidad. Es obvio, por supuesto, que conseguir mantener un nivel tan alto de comicidad durante casi medio siglo no es fruto de la casualidad. En una entrevista de hace unos años, Rabinovich dejaba bien claro que hay mucho trabajo detrás de ese éxito y ese cariño incondicional en medio mundo:

Somos intelectuales, todos hemos ido a la universidad, todos somos músicos de carrera. Nos hemos esforzado estudiando instrumentos, armonía, filosofía. Cuando me preguntan acerca de un mensaje para los chicos, les digo que hagan lo que les dé la gana, dentro de la libertad de las buenas maneras, pero que en lo que elijan se preparen con todo. 

En solo dos días se nos han escapado dos grandes cómicos, cada uno a su manera, como eran Lina Morgan y Daniel Rabinovich. Dos días feos que nos recuerdan que el ser humano requiere de la belleza trivial del humor para poder descansar de la gravedad de este valle de lágrimas. El horror siempre ha sido parte integrante de la sociedad y parece que algo vamos mejorando si comparamos nuestro mundo, digamos, con el de hace tres siglos. Pero nos ha tocado en suerte una época en la que, si bien la violencia no es tan frecuente como entonces, sí estamos más informados de su existencia. Por eso mismo necesitamos tan urgentemente la risa, esa medicina misteriosa que solemos descalificar de vez en cuando porque alguien nos dijo una vez que vestirnos de gris es más elegante. Deberíamos dejar esa pose de interesantes para considerar a los grandes humoristas como verdaderos genios que hicieron por la sociedad tanto como Henry Ford o Edison.

Daniel decidió dedicarse al humor al descubrir que era más fácil hacer llorar al público. Algunos de los más grandes actores de la historia, no lo olvidemos, murieron con la espinita de no haber sido recordados como grandes cómicos. En una hipotética lista de actores legendarios es muy posible que muchos nos olvidáramos de incluir en primera instancia a los hermanos Marx, a Laurel y Hardy, a Buster Keaton, a Peter Sellers o incluso a Woody Allen. Todos ellos, sin embargo, comparten con Rabinovich la grandeza que pocos consiguen: que treinta años después de haberlo oído por primera vez sigamos descuajeringándonos con un mismo chiste. Si los anglosajones presumen de «la parte contratante de la primera parte» y del sketch del loro muerto, nosotros los hispanohablantes estamos a la altura con la gallina dijo eureka.

¿Y cómo se consigue ese prodigio? No hay una regla mágica porque el humor es patrimonio de cada uno mientras que todos solemos emocionarnos con más o menos las mismas cosas. Rabinovich tenía suficiente experiencia a sus espaldas como para saber que una buena receta para el éxito era evitar el machismo, la misoginia, el mal gusto y la xenofobia. Sirva aquí como ejemplo «Perdónala (bolérolo)», que en otras manos podría haber sido grosero, simplote y prescindible. Qué elegancia derrochan, en cambio, cada uno de ellos. Con qué facilidad mueve Daniel al humor con un simple «y dale».

El típico tópico requiere que digamos aquí aquello de que hoy sus sketches pasan a la inmortalidad. Esto es una bobada, por supuesto, porque llevan allí desde hace años. Hay algo, sin embargo, que es posible que no se recuerde en el futuro y por eso queremos dejar constancia de ello aquí: a los pocos minutos del anuncio de su muerte, las redes sociales se han llenado de posts elogiosos, de tuits melancólicos, de enlaces a sus mejores momentos enviados por gente de distintos países, de posicionamientos políticos contrarios, de religiones enemistadas y de opiniones enfrentadas. Personas escondidas tras avatares anónimos y personajes públicos de gran prestigio se han unido para recordarle. Gente que se odia en el día a día, carne de mute, de unfollow y de block, enemigos en las ondas y en los platós. Debe ser cierto aquello de que nuestras vidas son los ríos que van a parar al mar, porque hoy ese señor bajito de Les Luthiers ha sido el río de La vaquilla en el que todos somos iguales cuando nos bañamos en pelotas.

Gracias por los buenos ratos, Daniel. Gracias por la «hermenéutica telúrica incaica» y por pedir que haya paz para evitar que dos que discuten se vayan a la haya paz. Gracias por la vieja leyendo ebria, por la vinchuca haciendo vinchú, por encontrarte con Felisa en el restaurante y por enseñarnos a gritar ¡Achicoria! cuando las cosas se pongan complicadas. Habrá quien diga que no fuiste para tanto, que todas las elegías son en el fondo una hipérbole nostálgica, que no nos pusimos tan sensibles cuando otros se marcharon tras responder algunos de los grandes misterios de la existencia. Hoy muchos te despedimos con la sonrisa fresca, ya lo ves, porque gracias a ti podemos decirle a cualquiera que ya no nos asusta el acertijo.

6 comentarios

  1. Un canal de TV argentino informaba con este rótulo:

    MURIÓ RABINOVICH, UN ARTISTA IRREEMPLAZABLE
    HABÍA SIDO REEMPLAZADO POR PROBLEMAS DE SALUD

    Parece que el redactor estaba inspirado por el mismísimo Neneco.

    • O el periódico que puso en un destacado “El actor, de 71 años, tenía 71 años…” ¡Caramba, qué coincidencia!

      Nos ha dejado una sonrisa tan permanente dentro que sobrevive hasta a su muerte.

  2. Grande Neneco y grande elegía, felicidades. Nos ha dejado un grande. @Machuwon

  3. Da mucha pena que haya partido…. una verdadera pérdida

  4. Pingback: ¿Cuál es el mejor sketch de Les Luthiers? - Jot Down Cultural Magazine

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