Jot Down Cultural Magazine – La fiesta aún no ha terminado

La fiesta aún no ha terminado

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Bettye LaVette. Foto: Yancho Sabev (CC)

Bettye LaVette. Foto: Yancho Sabev (CC)

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Músicos homenajeando a músicos. Músicos impulsando carreras de músicos, salvándolas incluso. Músicos rescatando a músicos del olvido. Músicos metidos a productores, o productores metidos a músicos…

En realidad ha ocurrido siempre, hasta el punto de que no creo que exista un arte popular más generoso que la música rock, en el que el legado de unos se construye forzosamente sobre el de otros, en el que las influencias se reconocen sin tapujos, con orgullo, uniendo por el camino a generaciones. Diría, no obstante, que fue en la década de 1980, con el primer cuarto de siglo de rock and roll ya cumplido, cuando se comenzó a vivir en serio el primer revival autoconsciente.

En los años setenta ya se habían presenciado algunos destellos, como aquellas «sesiones londinenses» que se marcaron Howlin’ Wolf, Muddy Waters, Chuck Berry o Jerry Lee Lewis auspiciadas por «jóvenes» de la talla de Eric Clapton, Steve Winwood o Rory Gallagher. En plena new wave, Bruce Springsteen y Steven Van Zandt nos trajeron de vuelta al olvidado Gary U.S. Bonds, y Dave Edmunds hizo lo propio con los Everly Brothers.

No obstante, me atrevería a decir que el punto de inflexión en esta historia lo marcó la publicación de un álbum: el Mystery Girl (1989) de Roy Orbison. Una obra maestra producida por Jeff Lynne, T-Bone Burnett, Mike Campbell y Bono, en la que artistas consolidados como Elvis Costello o Tom Petty aportaron además sus composiciones. Precisamente fueron los Heartbreakers de Tom Petty la banda que acompañó a Orbison en tan soberbia grabación. George Harrison también estaba por allí, al igual que Al Kooper o Steve Cropper. Músicos de primer orden alabando al «Big O», que parecía vivir entonces una segunda juventud.

En 1986, Orbison participó en The Class Of ’55, una grabación colectiva junto a Carl Perkins, Jerry Lee Lewis y Johnny Cash, con la que se pretendía homenajear el irrepetible Millon Dollar Quartet, y en la que las cuatro leyendas de la Sun Records interpretaron algunos clásicos junto a composiciones recientes firmadas por roqueros de renombre como John Fogerty o Randy Bachman.

En 1987 tuvo lugar el mítico A Black And White Night, aquel gran concierto homenaje en el que Roy Orbison se dejó agasajar por sus «amigos»: de nuevo Elvis Costello, de nuevo Bruce Springsteen, Tom Waits, Jackson Browne, Bonnie Raitt, k.d. lang… T-Bone Burnett, de hecho, produciría la velada.

Al año siguiente, en 1988, Orbison se unió al supergrupo The Travelling Willburys, junto a Bob Dylan y a los citados Jeff Lynne, Tom Petty y George Harrison, grabando por el camino uno de los discos más exitosos de la historia…

Quizás demasiada actividad, quizás demasiadas emociones para el ya ajado corazón de Roy Orbison, que se rompió el 6 de diciembre de 1988, con tan solo cincuenta y dos años de edad. La muerte de Orbison, sin embargo, sentaba un extraño e involuntario precedente: el del roquero legendario homenajeado en vida por sus más fieles seguidores, que moría con las botas puestas, transformando su último aliento en un huracán de creatividad: el citado Mystery Girl vería la luz a título póstumo, convirtiéndose al instante no solo en un éxito internacional sino en su mejor grabación en décadas.

Pero la importancia de ese disco no está realmente en el número de ejemplares vendidos ni en sus calidades intrínsecas, sino en su concepto: Mystery Girl no fue nunca un mero ejercicio nostálgico, no se gestó como un álbum retro. Fue un disco de su tiempo, gracias seguramente a la inclusión de canciones compuestas por artistas contemporáneos, gracias también a una producción que puso el acento en la coherencia de la obra más que en la fama que arrastraba el artista que la firmaba.

La figura del productor cobra aquí una importancia capital: uno de los productores de Mystery Girl, el ya citado T-Bone Burnett, es hoy día considerado uno de los pioneros de la llamada americana; otro de ellos, el talentoso Jeff Lynne, líder de la Electric Light Orchestra, se terminaría convirtiendo en el rescatador oficial de carreras discográficas (Del Shannon, Brian Wilson, Joe Cocker). En los noventa, el estrafalario Rick Rubin, responsable entre otras cosas de la popularización del hip hop, se erigiría como la estrella de este tipo de grabaciones, gracias a sus ya míticas American Recordings con Johnny Cash. En los 2000, Joe Henry tomaría de alguna forma el relevo. Pero ya hablaremos de ellos más adelante.

La cuestión es que el caso de Roy Orbison se nos presenta atípicamente representativo para lo que este artículo, en el fondo, pretende plasmar: que la música no tiene edad, que el talento musical no se agota, que la autenticidad es inmortal.

«Soy un hombre del siglo XX pero no quiero morir aquí», cantaba Ray Davies en 1971, y eso debieron de pensar también Joan Baez, Eric Burdon, Porter Wagoner o Roky Erickson, artistas clásicos que han facturado en los últimos años, with a little help from their friends, sus mejores grabaciones en décadas.

E Insisto: no es nostalgia, no es un ejercicio retro, porque las siguientes dieciséis referencias que vamos a comentar se cuentan entre lo mejorcito de lo que llevamos de siglo XXI. Y sí, vienen firmadas por «vejestorios» que han decidido que la fiesta aún no ha terminado para ellos:

The Convincer (2001), de Nick Lowe

Nick Lowe (1949) debutó en 1967 al frente de la banda psicodélica Kippington Lodge, que con el cambio de década se transformaría en los impecables Brinsley Schwarz. A mediados de los setenta, Lowe dedicaría gran parte de su talento a la producción, hasta el punto de convertirse, junto a Dave Edmunds, en el productor más solicitado de la New Wave, con álbumes de The Damned, Elvis Costello o Graham Parker a sus espaldas.

En paralelo, Lowe fue desarrollando una carrera en solitario inspirada en el power pop pero sin excesiva repercusión mediática. De vez en cuando, alguna composición suya se paseaba por las listas de éxitos y los royalties inundaban su cuenta corriente: es lo que le ocurrió en 1992, cuando un desconocido cantante decidió versionar su famoso himno anti-hippie «(What’s So Funny About) Peace, Love And Understanding» para la banda sonora de El guardaespaldas, que como todo el mundo sabe es una de las más vendidas de la historia.

Con el dinero contante y sonante, Lowe decidió dar un giro a su carrera musical, reinventándose, abandonando los efluvios pop en pos de un repertorio más maduro, basado en el jazz, el blues y el country, de la mano del productor Neil Brockbank. The Impossible Bird (1994) sería la primera piedra colocada en esta dirección, pero sin duda fue The Convincer (2001) el álbum de la consolidación. Con cincuenta y dos años, la misma edad que tenía Roy Orbison cuando falleció, Nick Lowe, ahora trajeado y canoso, volvía al ruedo más elegante que nunca, reavivando un talento para lo crooner gloriosamente desconocido hasta por sus más fieles seguidores.

Don’t Give Up On Me (2002), de Solomon Burke

Sesenta y dos años tenía Solomon Burke (1940-2010) cuando Joe Henry lo metió en un estudio de grabación con unos cuantos músicos de sesión (Daniel Lanois y The Blind Boys Of Alabama entre ellos) y lo puso a grabar canciones de los más grandes compositores del siglo XX. Canciones además inéditas o compuestas ex profeso para la ocasión: Bob Dylan, Brian Wilson, Van Morrison, Tom Waits, Elvis Costello, el propio Nick Lowe…

Probablemente Don’t Give Up On Me sea el Mystery Girl del siglo XXI: otra obra maestra grabada en estado de gracia, fruto del respeto que una serie de músicos de reconocido prestigio le tenían a una voz prodigiosa, responsable a su vez de algunos de los más grandes clásicos de la historia de la música popular.

Don’t Give Up On Me es una fiesta impecable. Don’t Give Up On Me relanzó la carrera musical de Burke. Don’t Give Up On Me recibió el Grammy al mejor álbum de blues del año, el primero que ganaba el artista en toda su carrera.

Before The Poison (2003), de Marianne Faithfull

Marianne Faithfull (1946), eterna musa de los Stones durante los años sesenta, ha terminado convirtiéndose, en el siglo XXI, en la musa del rock alternativo. El idilio comenzó en 2002, con el lanzamiento del sorprendente Kissin Time, que incluía canciones compuestas por Beck, Billy Corgan, Jarvis Cocker y Damon Albarn (Pulp y Blur de hecho tocaban en el disco).

Al año siguiente, en 2003, Faithfull grabaría el magistral Before The Poison con la ayuda de PJ Harvey y Nick Cave (que no solo produjeron las sesiones sino que compusieron la práctica totalidad del álbum). Los Bad Seeds acompañaban, de hecho, a la Faithfull en aquellos temas producidos por Cave. Y Adrian Utley, de Portishead, se dejaba ver por los créditos de este disco sombrío, supuestamente inspirado por los sucesos del 11-S, que no vio la luz hasta 2005 (desconozco los motivos).

Mientras que Kissin Time, en su iconoclasia sonora, representaba algo así como un «experimento», Before The Poison ayudaba a «contemporaneizar» la rasgada voz de Marianne Faithfull. Before The Poison es un disco de su tiempo pero es también un cálido y sentido regalo de parte de Harvey y Cave, dos de sus más directos herederos.

Van Lear Rose (2004), de Loretta Lynn

Setenta y dos años tenía Loretta Lynn (1932) cuando grabó este Van Lear Rose, aunque quizás el dato más chocante sea el relativo a la edad de su productor, Jack White, que entonces contaba con veintiocho.

El jovencito White ya había dado muestras de interés por el country y el blues más añejos al frente de los White Stripes, pero probablemente nadie se esperaba que aquella pasión enfermiza se materializara en una colaboración tan estrecha con uno de los grandes mitos de la música de raíces. O quizás sí, pues para algo Loretta Lynn ha sido una de las cantantes más combativas que ha dado el country en el siglo XX.

El caso es que Van Lear Rose, en clara referencia a sus inicios como coal miner’s daughter, es un triunfo de principio a fin. Compuesto en su totalidad por Lynn (salvo por el impactante tema «Little Red Shoes», cofirmado por Jack White), y con los Raconteurs haciendo de sección rítmica, el álbum se alzó con el Grammy al mejor álbum de country del año, convirtiéndose de paso en el mayor éxito pop de Lynn hasta la fecha. Es lo que tiene sumar a la honestidad de Loretta Lynn los escarceos guitarreros de Jack White, que la combinación se presenta incontestable.

Lookaftering (2005), de Vashti Bunyan

Se lo tomó con calma Vashti Bunyan (1945), que grabó este Lookaftering, su segundo álbum, treinta y cinco años después del primero, aquel Just Antoher Diamond Day (1970), producido por el mítico Joe Boyd, que nadie escuchó en su día.

Aquel silencio por parte del público llevó a su autora a una especie de retiro autoimpuesto, abandonando de paso su carrera musical, hasta que a alguien en el año 2000 le dio por reeditar ese primer y único disco, que se convirtió de forma inmediata en un «clásico perdido», llamando la atención de luminarias del weird folk como Devendra Banhart o Joanna Newson, que no tardaron en reclamar más material de esta excéntrica compositora.

En 2001, Bunyan colaboró con Piano Magic en la canción «Crown Of The Lost»; y en 2005, Animal Collective grabaría con ella el EP «Prospect Hummer» para el sello Fat Cat, donde terminaría publicando este Lookaftering, con producción de Max Richter. De esta forma, Bunyan, a la que el tiempo había convertido en una especie de Marianne Faithfull de cuarta fila —en los años sesenta había publicado únicamente dos singles, uno de ellos, «Some Things Just Stick In Your Mind» (1965), compuesto por Mick Jagger y Keith Richards, encontraba por fin, en pleno siglo XXI, un público devoto de ese folk tan pastoral que facturaba, incomprendido en su momento pero tremendamente apreciado por las hordas del neo folk, en un giro del destino similar al ocurrido con la música de Nick Drake. Con la diferencia, claro está, de que al menos Vashti Bunyan sigue entre nosotros para disfrutarlo.

The Unfairground (2006), de Kevin Ayers

Quince años hacía que ese geniecillo llamado Kevin Ayers (1944-2013) no grababa un disco en estudio. Y para qué nos vamos a engañar: los últimos no habían sido muy meritorios que digamos. The Unfairground surgía, pues, del amor que le profesaban una serie de bandas indie que claramente llevaban en su ADN la música del de Canterbury.

Norman Blake y Francis MacDonald (de Teenage Fanclub), Gary Olson (de Ladybug Transistor) o Euros Childs (de Gorky’s Zygotic Mynci) colaboran en este álbum cuyo sonido remite a las clásicas grabaciones de Ayers para el sello Harvest (1969-1974). ¿Un ejercicio retro? No sé, solo digo que las canciones que componen este The Unfairground, firmadas todas por Ayers, no desencajarían demasiado en cualquiera de los discos de las bandas citadas. A lo mejor las que son retro son ellas, porque Kevin Ayers ha sido siempre él mismo, y este su último disco sirve tanto como colofón a una carrera musical repleta de hallazgos como último homenaje a uno de los creadores más particulares, independientes e influyentes del siglo XX.

The Scene Of The Crime (2007), de Bettye LaVette

El caso de la cantante de soul Bettye LaVette (1946) es tan sangrante como emocionante: con un solo single de éxito a sus espaldas, grabado en 1965, la carrera de LaVette se ha mantenido prácticamente en la cuerda floja desde sus inicios: baste conocer el dato de que su primer LP publicado (que no grabado) vio la luz en el año 1982, en el sello Motown.

A pesar de haber dado tantos tumbos a lo largo de su carrera, no creo que LaVette estuviera preparada para la llamada de Joe Henry, que le produjo para el sello ANTI- (especializado en sacar del arroyo a viejas leyendas musicales) el álbum I’ve Got My Own Hell To Raise (2005), compuesto exclusivamente por canciones escritas por mujeres, que la puso por primera vez en el mapa del gran público.

En 2007, Patterson Hood (líder de los Drive-By Truckers) se la llevó a los míticos estudios FAME, en Muscle Shoals (Alabama), y allí grabaría con ella (y con la ayuda del no menos mítico Spooner Oldham) este The Scene Of The Crime, formado por canciones compuestas por Willie Nelson, Eddie Hinton, Elton John o John Hiatt.

El disco, un cóctel apabullante de soul, country y R&B, entró directamente en el número uno de la listas de blues, y estuvo nominado al Grammy al mejor álbum de blues del año. Hace poco tuve la suerte de verla en directo (de alguna forma, ella es la inspiradora de este artículo), y puedo garantizar que la emoción con la que da las gracias al público por esta segunda oportunidad que le ha caído del cielo es, pues eso, emocionante.

Steps To Heaven (2008), de Charlie Louvin

Charlie Louvin (1927-2011) formó junto a su hermano Ira uno de los dúos country y gospel más influyentes de todos los tiempos. En activo desde la década de 1940, los Louvin Brothers redefinieron ambos géneros gracias a sus impecables melodías vocales y a su innegable talento como compositores. Reivindicados con ahínco por pioneros del country-rock como Gram Parsons, su repertorio ha ido ganando enteros con el paso del tiempo a pesar de su fuerte contenido religioso.

Con la muerte de Ira en 1965, el dúo desaparece pero Charlie continuaría grabando sin parar, al menos hasta mediados de la década de 1970. A partir de ahí, salvo alguna que otra grabación esporádica, pocos recordarían que el pequeño de los Louvin seguía por ahí con vida.

En la década de 1990, publicaciones como No Depression comienzan a reivindicar de nuevo el legado de los Louvin Brothers. En 2007, cuando Charlie cuenta ya con ochenta años, Mark Nevers (productor de Lambchop y Calexico) le propone, como regalo de cumpleaños, grabar un álbum de colaboraciones, de versiones de temas clásicos del dúo, junto a nombres míticos como George Jones, Tom T. Hall y Elvis Costello, y nuevas voces del country alternativo como Will Oldham, Jeff Tweedy o Kurt Wagner.

La cosa se podría haber quedado ahí, en un (excelente) disco conmemorativo, pero Charlie Louvin se animó con la grabación y decidió ir un paso más allá. Decidió grabar al año siguiente todo un álbum de gospel tradicional. Producido de nuevo por Nevers, y acompañado por un coro de voces negras, Steps To Heaven termina resultando sobrecogedor en su hermosura, en su hondura y en su sencillez.

Haih Or Amortecedor (2009), de Os Mutantes

Publicado (al igual que el disco de Betty LaVette) en el sello ANTI-, Haih Or Amortecedor marcó la vuelta de Os Mutantes al mundo de los vivos tras treinta y cinco años en silencio. Aunque de la formación clásica únicamente se mantenían Sérgio Dias y Dinho Leme, lo cierto es que para las composiciones Dias colaboró con Tom Zé y Jorge Ben, lo que quizás explique la potencia y solvencia del conjunto.

Os Mutantes se presentan en este nuevo disco con la misma libertad de formas de siempre, con la misma inventiva que gastaban allá por los años sesenta, cuando mezclaban psicodelia y ritmos tropicales, cuando experimentaban con formas y sonidos de todos los colores. Todo eso lo siguen haciendo con el mismo desparpajo, y suena igual de excitante hoy que hace cincuenta años. Triste resulta, por tanto, comprobar cómo un grupo que debutó en 1968 es capaz de mostrar un espíritu transgresor superior al de la mayoría de creadores del momento. Haih Or Amortecedor es toda una lección de vigencia y autenticidad.

You Are Not Alone (2010), de Mavis Staples

You Are Not Alone de Mavis Staples (1939) es una nueva referencia del sello ANTI-, producida además por Jeff Tweedy, el líder de Wilco. No era, desde luego, la primera vez que una estrella del rock intentaba reflotar la carrera artística de la gran Mavis Staples: a finales de los ochenta y principios de los noventa, Prince le produjo un par de álbumes; y en 2007, Ry Cooder, le grabó todo un disco de espirituales, también para el sello ANTI-. Así que la aparición de Tweedy en la vida de la Staples no tenía tanto de rescate como de sentido homenaje, y probablemente eso se note en el resultado final.

Con un repertorio formado por lecturas en clave de soul de clásicos de Randy Newman, John Fogerty, Little Milton o Allen Toussaint, junto a dos canciones compuestas por Tweedy para la ocasión, You Are Not Alone rivaliza en calidad con aquellas grabaciones míticas grabadas para el sello Stax a finales de los sesenta. De hecho, ganó el Grammy al mejor álbum de americana del año.

The Party Ain’t Over (2011), de Wanda Jackson

Otra fiesta, esta de verdad: la gran Wanda Jackson (1937) grabando su álbum más punky gracias, de nuevo, a una incendiaria y desvergonzada producción a cargo de Jack White.

A través de un repertorio de clásicos del rock and roll (Johnny Kidd & The Pirates, Eddie Cochran, Johnny Cash…), la reina del rockabilly se desgañita a gusto en esta grabación absolutamente frenética, de nuevo con los Raconteurs de sección rítmica, llena de guitarras fuzz y distorsiones varias, impropia para alguien de ¡setenta y cuatro años!

Ojo a la versión que se marca la «anciana» Jackson del «You Know I’m No Good» de la malograda Amy Winehouse. Para flipar y mucho. Para no parar de bailar.

Locked Down (2012), de Dr. John

Mac Rebbenack (1940), aka Dr. John, no necesitaba que nadie lo rescatara. Y seguro que tampoco necesitaba que viniera un jovenzuelo a decirle cómo grabar un disco de éxito. Pero el caso es que Dan Auerbach de los Black Keys se le acercó un buen día y le ofreció viajar a Nashville, donde se grabó este majestuoso Locked Down.

Con claras reminiscencias a los discos de Dr. John de finales de los sesenta (la portada rescata, de hecho, al viejo «The Night Tripper»), en los que el funky de New Orleans se mezclaba sin piedad con el voodoo y la psicodelia, Locked Down suena de lo más contemporáneo, más que nada porque formaciones como los Black Keys se han encargado de revitalizar ese gumbo musical cocido a fuego lento. Cuando Ahmet Ertegun, el presidente del sello Atlantic, escuchó por primera vez a Dr. John, en 1968, se escandalizó: «¿Cómo coño vamos a vender esta mierda boogaloo?». Hoy día es fácil: Locked Down consiguió el Grammy al mejor disco de blues del año.

13 (2013), de Black Sabbath

Otra jugada maestra orquestada por el atrevido Rick Rubin: reunir a la formación original de Black Sabbath para grabar todo un álbum de material nuevo. Y triunfar. ¡A lo grande!

13 marcaba la primera vez, desde 1978, que Ozzy Osbourne se metía en un estudio con sus antiguos compañeros Geezer Butler y Tony Iommi. Bill Ward, en cambio, decidió no formar parte de esta reunión histórica («diferencias contractuales», alegó) y fue sustituido por Brad Wilk, de los Rage Against The Machine.

¿Y a qué suenan Black Sabbath en 2013? Pues a los Black Sabbath de 1970.

¿Y qué sentido tiene eso?, preguntará alguno. Afortunadamente, para los amantes del hard rock, todo el del mundo. Pero no es solo una cuestión de recuperación del sonido original (menos metalero, más orgánico, igual de denso y contundente), porque aquí, para colmo, hay detrás una colección de canciones fascinantes, compuestas en estado de gracia. «God Is Dead?», por ejemplo, podría ser el «Paranoid» del siglo XXI. Un nuevo clásico además galardonado con el Grammy a la mejor canción metal del año. Hacía catorce años que la banda no obtenía uno.

Life Journey (2014), de Leon Russell

En 2010, Leon Russell (1942) y Elton John grabaron juntos el álbum The Union, producido por (cómo no) T-Bone Burnett, que resultó ser un tremendo éxito comercial para los dos, y en el que colaboraron músicos de la talla de Booker T. Jones, Neil Young o Marc Ribot. Para Leon Russell, en concreto, aquel álbum supuso su primer éxito serio en casi treinta y cinco años.

A remolque de aquella grabación, Russell se embarcó en este Life Journey, producido esta vez por el veterano Tommy LiPuma, un álbum formado prácticamente por versiones (sobre todo de clásicos del blues y el jazz) con el que quiso homenajear sus raíces musicales (al fin y al cabo su título hace referencia a todo un «viaje de vida»), recuperando de paso el sonido de sus primeras e impagables grabaciones en solitario. Un disco hermoso de esos que solo pueden surgir cuando tienes setenta y dos años, y toda una vida a la que cantar.

This Is The Sonics (2015), de The Sonics

Una de las noticias musicales más estrambóticas del año pasado fue la publicación de un nuevo disco de The Sonics tras ¡cuarenta años de silencio! Cierto es que a esta banda norteamericana pionera del rock de garaje, que aún mantenía su formación original (con cambios en la sección rítmica), se la podía ver de vez en cuando dando conciertos en los miles de festivales retro que existen hoy día esparcidos por el mundo, pero nadie se podía imaginar lo pertinente que iba a resultar que grabaran un nuevo disco.

This Is The Sonics sorprendió a propios y a extraños y acabó formando parte de muchas de las listas de «lo mejor del año». ¿Y por qué? Por la energía que transmite, por la crudeza de su sonido, por su fiera voluntad en no pasar precisamente por ser una mera grabación retro. Lo que ofrecen por tanto estos Sonics renovados no es otra cosa que protopunk en los años del postpunk; o lo que es lo mismo: rock and roll vitaminado, que no es poco en los tiempos que corren, que es justo lo que (muchas de) las nuevas formaciones parecen ser incapaces de dar.

Rainbow Ends (2016), de Emitt Rhodes

Un autor excelso este Emitt Rhodes (1950), que en la década de 1960 lideró a The Merry-Go-Round, una de las formaciones de pop más exquisitas del momento, y que en los años setenta, ya en solitario, se dedicó a hacer lo que tendría que haber hecho Paul McCartney: descomunales discos de Pop, así con mayúsculas.

Producido por el jovencísimo Chris Price, y con colaboraciones de Jason Falkner y Roger Josep Manning, Jr. (ambos de Jellyfish), Nels Cline (Wilco), Susanna Hoffs (Bangles) y Jon Brion (Beck), entre otros, Rainbow Ends es simple y llanamente una obra maestra.

Y que tras cuarenta y tres años en silencio, Rhodes reaparezca con un nuevo disco lleno de melodías y sensibilidad, es probablemente la gran noticia del siglo (al menos para los aficionados al buen gusto). La prueba definitiva de que la fiesta aún no ha terminado.

10 comentarios

  1. Hola Fran
    Excelente lista de Grandes aún con talento. Yo añadiría “Illumination” de Earth, Wind & Fire con producciones de Jimmy Jam & Terry Lewis, Raphael Saadiq, Will I Am -pagando deudas-.
    Y, aunque no quiere decir nada, esa organización que parece preguntarse ¿Algún abuelo ha hecho algo interesante? (Grammy) les concedió el suyo allá por el 2005.
    Un saludo.

    • Pues sí, gran aportación, sin duda! Saludos.

      • Para Fran y para toda la peña: acá va un ejemplo (en una de sus facetas) de lo que hace Seasick Steve. Observad al colega que toca con él, que se las trae. Cuenta la leyenda que John Paul Jones lo vió tocar en Londres en solitario y que le pidió para tocar con él. Si uno se fija en las miradas que le dedica JPJ, no cuesta nada creer que el hombre está feliz de compartir escenario con SS.
        https://youtu.be/RNmC_eE3YN4

  2. Creo que en el rubro de abuelos marchosos no puede faltar un capítulo al grandísimo Seasick Steve, que conoció el éxito por los sesenta y cinco añitos. Un maestro del blues, el rock y el country. Lo que haga menester, vamos. Excelente el artículo. Pocas cosas hay en el mundo más reconfortantes que sacar músicos del olvido. Gracias Fran por compartirlo con nosotros.

  3. Carlos Guitarlos arrastra una infeliz historia de abandono a la vida en las calles de San Francisco, después de haber alcanzado su cuarto de hora de fama local, cuando a principios de los 80´s, lideró una banda de punk en Los Angeles, llamada Top Jimmy & the Rhythm Pigs… poco mas… colaboraciones con músicos de la costa oeste, como Dave Alvin, antes de retirarse de la gloria, como tantos otros, por la puerta trasera del abandono a otros estímulos y el olvido como peor consecuencia…

    …alguién tiró de él, lo metió debajo de una ducha y lo puso a grabar “Straight From the Heart” (2003 Nomad), que haciendo honor a su título, es una tacada al corazón del oyente, sobretodo si éste está algo fatigado de tanteos que indagan pero no aciertan con la solidez del aldabonazo de un blues que te retuerza el estómago… con este disco ocurre a menudo y en cualquier caso, Carlos Guitarlos deja muy claro que su vuelta al redil mediático no ha supuesto transacción alguna… aquí se muestra como es, que es lo mismo que como le sale de los cojones… nada de inventos, solo R&B, rock & Roll facción rockabilly y americana en estado puro: desde un homenaje a “Easy Rider” hasta la recreación del impulso de Bo Diddley, aquí no falta nadie y nada sobra… la américa profunda del pastiche tradición vs contracultura, que aún no ha resuelto la ecuación. Solo recomendar este vitamínico reconstituyente de oídos ensordecidos, verdadera declaración de intenciones de un tipo, que puede que a estas alturas, haya sido definitivamente abandonado por su hígado

    • Desconocía la historia de Carlos Guitarlos! Habrá que poner remedio… ;)

      • si te gustó (como a mí) el último set de Bettye Lavette, te vas a sorprender de este disco, que marida excelentemente con ese que nos recomiendas de nuestra querida diva (y que aún no había escuchado, enganchado como estoy con Worthy)… hoy, trás cuatrocientos kilómetros de coche y ambos discos en el reproductor, tengo vitaminas para una semana… gracias!

  4. Qué bueno todo dios santo salvaste la tarde del Domingo lluvioso.

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