Jot Down Cultural Magazine – Por qué la de Katy es la mejor canción de la historia

Por qué la de Katy es la mejor canción de la historia

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Red House Painters. Foto: Sub Pop.

Red House Painters. Foto: Sub Pop.

If you should ever leave me
Though life would still go on believe me
The world could show nothing to me
So what good would living do me. (The Beach Boys. «God Only Knows»)

La palabra escrita derrota a la hablada porque es mejor vehículo de Dios: tras el palique los testigos de Jehová esos acaban dándote un folleto. La palabra cantada fue y persevera como el primer gran ejemplo de fusión de los tiempos por reunir lo mejor de ambos mundos. De ahí el amor propio y el poder de seducción de la Argentina. De los salmos a los himnos, la canción corona el Sinaí de la comunicación eficaz y por eso Winston Churchill le daba cierta melodía al discurso patriótico y bélico que precede a una de las canciones más famosas de Iron Maiden.

En la palabra escrita, humana, los libros sagrados describen a Dios a imagen y semejanza del hombre para que el hombre adquiera la imagen y semejanza de Dios. Una vez que el mensaje llega a la parte receptora se juega el partido decisivo: la seducción de la persona que lo lee. Con un mínimo de aceptación, el mensaje será repercutido. El eco que termina donde empieza: ahí tienen la fórmula de lo infinito. Y entonces el mensaje tornará en tópico. En verdad relevada. A partir de ahí su utilidad puede ser eterna. En términos contemporáneos, por ejemplo, para anunciar perfumes, convocar multitudes, sonorizar un ascensor. En términos generales, el amor único.

Einstein predicó que el de la ciencia era el lenguaje universal, la fórmula consistente en fórmulas que sí posibilitaría erigir la Torre de Babel, porque con las letras escritas no hay manera. Ellas son demasiado humanas, por subjetivas y hasta los libros de los libros, sea Biblia, Corán o Torá, fracasan en el propósito de convencer a todos. Retomando un viejo chiste: aquí, en el terreno de lo escrito, no aprueba ni Dios; Jesucristo un cuatro y medio.

Las artes plásticas, en cuanto a propaganda o industria, han toreado de maravilla el obstáculo de la subjetividad. Aun pasadas y asimiladas las vanguardias del siglo XX, los ránquines históricos y la demanda del aficionado y/o el ilustrado se establecen de forma más o menos consensuada y sin estridencias. Las colas para ver la Mona Lisa riman con el estatus que tiene el cuadro entre los expertos y la historia. Hay una sincronía ejemplar entre lo más valorado y lo más popular. No hay grandes dilemas más allá de la pesada disyuntiva posmoderna sobre los conceptos, los timos, algún problemilla de diferido por el cual un van Gogh murió pobre, y la dificultad del público no afín a la expresión no figurativa. Minucias. Los tops de las listas se van alternando de cuando en cuando, como las mareas, pero es un mar libre de tsunamis.

La canción pop —y conste que el pop como cosa, al igual que el comunismo según Antonio Escohotado, es anterior al pop como término carece de ese firmamento de consenso. Ningún crítico o aficionado de arte puede negar la magnificencia de Leonardo, pero más allá de admitir la evidencia empírica de su poder como fenómeno, existen entre expertos y aficionados innumerables argumentos para descalificar a Elvis, los Clash o a Animal Collective. Cojo un escalafón al azar de las mejores canciones rock de la historia y está encabezada por «Sweet Emotion» de Aerosmith. Y no sería difícil hallar a devotos melómanos de esos que no concuerden. Que no colocarían «Sweet Emotion» entre las quince mil mejores canciones. Que la dejarían fuera de registro. Que con veinte mil álbumes en su fonoteca ni siquiera tengan al grupo. Elijo otra y está encabezada por «When Doves Cry» de Prince. Que no significará nada para otro amplio panel de oyentes. Exactamente del mismo modo que para aquella persona que no tiene la música pop por pasión. El oyente casual. O el tocado por la amusia, un trastorno de patente reciente que explica por qué hay personas incapacitadas para disfrutar o «comprender» tonos y melodías. Un tres por ciento de la población padecería amusia, según estudios, aunque aquí sospechamos que el porcentaje es mayor a tenor de cómo reaccionan nuestros comunes cuando pinchamos a Cannibal Corpse.

Según el siglo (y un siglo es como una emisora), Dios era un sieso implacable o Dios era un misericordioso. Siempre masculino porque la tinta era posesión del macho (creo que hasta los templarios no surge la Virgen como una protagonista de esos relatos inmutables que mutan que son los testamentos). De emerger esas crónicas hoy, intuyo que Dios sería transexual. O, menos chocante, un personaje como el barón Ashler que a la vez era baronesa.

El barón (¿o baronesa?) Ashler: entre el Abraxas de las mitologías y precediendo el concepto shemale. Imagen: Toei Animation.

El barón (¿o baronesa?) Ashler: entre el Abraxas de las mitologías y precediendo el concepto shemale. Imagen: Toei Animation.

Pero estas percepciones de la divinidad son colectivas, acaso impuestas por las jerarquías eclesiásticas, que son un poco como la industria discográfica antes de la revolución de las descargas. Son percepciones grupales, digo, como los ránquines de los cuadros. O de las películas. Pero en el pop, amigos, la anarquía es absoluta. Cada oyente es un eminente Harold Bloom. Cada Mona Lisa es susceptible de ser un bodrio. Canciones rápidas, canciones largas, virtuosismo, hazlo tú mismo, barroquismo o simpleza, la base blues o la base synth, sonidos juveniles y madureces, voces agudas y graves, academia e iconoclastia, tradición o innovación. Épica o lírica. Cada pauta es igualmente susceptible de sumar o restar para el criterio del oyente (los jurados-soplapollas de los concursos modernos no cuentan). Y esta diversidad se reproduce miméticamente entre los observadores especializados. La crítica musical es un heterogéneo océano cuyos criterios son antípodas. Hasta las grandes frases lapidarias, que por supuesto surgieron en forma escrita, se discuten. Citemos a Nick Hornby y su álter ego de Alta Fidelidad según el cual todas las canciones pop son tristes: «¿Escuchaba música pop porque estaba deprimido o estaba deprimido porque escuchaba música pop?». Corazones destrozados, rechazo, dolor y pérdida constituyen la receta cotidiana de la canción pop según Hornby. Falacias: existe el poderoso espíritu inverso que cultiva la religión contraria y es adepto a las canciones alegres. Y tiene razón. Y Hornby, también.

Y por todo esto puedo afirmar con la seguridad de no equivocarme que «Katy Song», del álbum de debut de Red House Painters, es la mejor canción de la historia. A la manera de los libros sagrados, las canciones inmortales van de contestar los porqués humanos. Y la crítica de explicar los porqués de los porqués. Y detrás de cada porqué otro espejo: los comentarios a esa crítica y los comentarios a cada comentario.

Et mi desir sont sans finer
En vous que ne puis guerpir n’entroublier. (Guilleaume de Machaut. «Foy Porter»)

Algunas de sus etiquetas serían las de canción triste, indie, larga y lenta. Una otoñal, o sea. Su estructura sería semiclásica. Una primera parte de cinco acordes repetidos para encadenar seis estrofas, sin estribillo, a medio tiempo. «Katy Song» es la mejor canción de la historia, en el escalafón general, sin ser la mejor canción en el escalafón de las canciones sin estribillo. Ni el mejor medio tiempo. Ni la mejor canción de Mark Kozelek, autor también de barbaridades emocionales a decenas. Con los Painters, con Sun Kil Moon, a nominativo propio. Esta verdad como un templo románico, el hecho de que la de Katy sea la mejor canción de todas sin ser también la mejor de decenas de las categorías en las que se encuadra, rebasa con mucho, en mi opinión, el mito indescifrable de la Santísima Trinidad.

El relato de esos seis párrafos sí es de corte clásico porque trata de un amor perdido, de su marcha y su rastro. El Kozelec compositor es de los que aprehende la universalidad a partir de contar historias locales, la vivencia propia. A lo Pablo Carbonell. Nada del impersonal «ella». Nada de «un lugar donde se pone el sol». En el caso de la mejor canción jamás realizada, el texto consiste de nombres y geografías exactas: una oda a la tal Katy que se pira a Londres, donde Londres podría ser cualquier barrio del mundo y Katy cualquier nombre de alguien perdido por alguien. Belén, por ejemplo, que a la vez es donde nació Cristo. En esta primera parte cantada, un par de versos casi idénticos concentran el poder el texto: «(estar) sin ti es a todo lo que se limita mi vida»; «¿a qué se limitará mi vida sin ti?».

Plantada en el frondoso limbo que separa la canción de masas del purismo underground, la de Katy se trata, en efecto, de una canción (única) más sobre la pérdida en vida, aquella que no tiene solución. Esa cuyo mensaje-cliché desmiente el otro tópico según el cual todo tiene arreglo menos la muerte o un disco duro destrozado a hachazos. El ateísmo se esfuerza en desmentir partes de la verdad relevada cuando resulta que entre los tópicos cotidianos, que son la fuente de la verdad ciudadana, hay trolas mucho mayores. «Todo tiene solución menos la muerte». Eso sí es herejía y falacia de falacias.

Interior del disco Rollercoaster. Imagen: 4AD.

Interior del disco Rollercoaster. Imagen: 4AD.

El resto del texto acumula autoculpa —«tienes una familia a la que recurrir / y eso es más de lo que jamás pude darte» y autoflagelación «dejaste una parte sangrante en mí. Vacío y perturbado, mirando el agua». Y el silencio en cada esquina donde se secan las lágrimas para que broten más lágrimas. El milagro de las lágrimas secas.

Y ahora
en medio de esta canción
como en medio de todas las canciones
viene un punteo. (No me pises que llevo chanclas. «Las calles de Chicago»)

En el minuto 4:30, a mitad de la canción, sobre los mismos acordes y sin solución de continuidad, Kozelec comienza a tararear. Un tarareo irreproducible. Está la vocal a, pero es difícil discernir las consonantes. Erres o pes o eles. Es poderoso: la intraducible mano que mece la cuna es la mano que mece el mundo. En el minuto 4:30. El minuto-y-segundo de los youtubes es como los salmo-versículo de la Biblia. O los temporada-episodio de las series de televisión. El 4:30 de Katy Song es como medio 26:3 de Isaías. «Guardarás en completa paz a aquel cuyo pensamiento en ti persevera».

Y ahora es cuando me corresponde poner palabras a la emoción sin texto. ¿Cómo se puede corear, celebrar, la miseria? Es aquí cuando «Katy Song» reproduce el poder cautivador, y tan a menudo siniestro, de la religión. La celebración del dolor, del dolor la pena, un clásico artístico como la carcajada ante el desastre. La capacidad humana de hacer figurar el alma. Eso que llaman la mística, o como sea, que después de esos cuatro minutos más de confusión, puede dejar al oyente con una taquicardia, una lágrima, una asfixia o respirando mejor. O indiferente. La indiferencia de quien dejó atrás frente a quien no superará el accidente. El cociente de ambos valores dimensiona la herida.

Y en el tarareo las preguntas brotan del pecho. Por qué quiero seguir queriéndote. Por qué eternizar el recuerdo. Como los románticos, condenados a arder siempre de amor a la vez que condenados a la soledad, el sometido (o sea, yo) volverá a escuchar la canción de Katy. Como la manía de pulsar la piel que duele. Quizás se canta para celebrar que para Katy la ruptura abre un futuro y será dichoso como hay dicha más allá del Edén que tornó en infierno.

Quizás pero no.

Si hasta aquí podría tratarse «Katy Song» de un ejemplo más de la muy eficaz ecuación belleza/dolor que preña los archivos musicales de ayer y hoy, queda por revelar, vía intrahistoria, que en la fórmula quedaba todavía una parte (más) de drama. Esa Katy fue en efecto una exnovia del cantante. Que falleció a los treinta y cuatro años, de cáncer, tras haberse roto ya la pareja. «Peleó por su vida de una forma que jamás había visto», cuenta Kozelek. «Cuando quiera que me encuentre deprimido, pienso en lo que ella hubiera dado por vivir otro año». Todo tiene solución menos la muerte.

Son más de cuatro minutos y medio de tarareo a modo de enumeración larga y monótona. Una letanía de tarareo. Un solista al que el pueblo responde. Al amor eterno, que persiste tras romperse el vínculo. Que vive y late a la manera de los inmortales descastados que ideó Borges.

En «Katy Song» el dolor, vaya fiesta, de vivir colgado de alguien se transmite fácil porque es real. Es real. El arte que imita la vida que imita el arte. Y su fuerza de transmisión es tal que permanece intacta aunque quien escuche no entienda la letra. Aunque la letra sea un tarareo. Avanza la letanía y se van abriendo, como un mar que se partiera, las fosas abisales. La llave de la profundidad suele ser un discurso simple. «La música es mi religión», dijo Hendrix.

Y si algún lector ha llegado hasta aquí sin conocer «Katy Song», solo tiene que darle ahora una oportunidad. En cuanto tome la sencilla y lógica decisión de que no es la mejor canción pop de la historia la confirmará como tal. Eso, la historia, es un compendio de historias y cada una empieza donde termina la otra. Aunque quien escuche no entienda la letra.

Toma misterio y doble lectura.

16 comentarios

  1. Canción maravillosa dentro de un disco maravilloso. Pero mi canción preferida de ese disco es “Mistress”, y esa SÍ es la mejor canción de la historia:
    https://www.youtube.com/watch?v=EhD3aG8J3pE

    • Coincido contigo soy adicto a escuchar “mistress” la canción más bonita y triste de todos los tiempos, además suelo escucharla primero en versión eléctrica y luego al piano. De todas maneras el artículo muy bueno

    • También voy con “Mistress” en este derby, pero el disco entero es celestial

  2. ¡Hola! Una corrección: Katy Song no pertenece al disco de debut (como pone en el artículo) de Red House Painters, sino al segundo en su discografía.

    • El primer larga duración de Red House Painters sí es este álbum que se comenta, que aunque sin título, como el segundo, es conocido normalmente como “Rollercoaster” por la foto de la portada. Anteriormente a éste habían publicado en 1992 un álbum de maquetas con seis canciones. Por lo tanto sí puede considerarse a “Rollercoaster” el álbum de debut del grupo.

      • ‘Down Colorful Hill’ es el primer largo, año 1992. ‘Rollercoaster’ el segundo, año 1993. Tomado de Wikipedia, AMG, RYM, Discogs, 4AD… En ninguna de estas fuentes pone que ‘Rollercoaster’ sea el debut.

        Me pica la curiosidad: ¿en algún momento se ha considerado ‘Down Colorful Hill’ una maqueta?

        • Mi fuente: Quim Casas en “Rockdelux Especial 30 Aniversario” (RDL 333 / NOVIEMBRE 2014), página 118. También, en la misma revista, página 184 sobre “Down Colorful Hill”, escrito por Ferrán Llauradó.

  3. Yo siempre he escuchado en el tarareo I’d rather die

  4. ¡Qué artículo y qué comentarios tan necesarios!

  5. Qué grande te hace ser el único oyente de la historia que crea que esta gran vulgaridad sea la mejor de la historia.

    Nos vemos en el 2029.

    ¿Is this a real file?

  6. ¡Ja, qué cachond@!

  7. Tremendas canciones, Mistress y Katy. Salmos para sanar el corazón cuando yo tenía 25 años…y todavía me conmueven:

    https://www.youtube.com/watch?v=4czaQZdo6OM

    Buen artículo, gracias.

  8. Na, prefiero Still Remains: “if you should die before me ask if you can bring a friend” https://www.youtube.com/watch?v=nsCGdFnyabw

  9. Vamos a ver. Esa canción es puro arreglo. Imagínatela grabada con los medios de los años 60 o 70 del siglo pasado; se quedaría en nada. Por Dios, no escriban esas barbaridades; no confundan a la gente

    • Mozart y Beethoven son puro arreglo también. Imagínenselos interpretados con los medios del siglo II d.C.
      Si a usted no le gusta “Katy Song” no tiene por qué justificarlo con argumentos chorras.

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