Jot Down Cultural Magazine – El bulevar de la Victoria del derrotado Ceaucescu

El bulevar de la Victoria del derrotado Ceaucescu

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La pregunta es qué interés puede tener un edificio administrativo. Y la respuesta está en las ganas que tiene uno de verlo nada más llegar a Bucarest, la capital de Rumanía. Es bajarse en la Piata Unirii y empezar a buscarlo con la vista locamente. No hay que dar muchas vueltas sobre uno mismo, se alza en el horizonte al final de un bulevar tal cual ha sido descrito por activa y por pasiva: mastodóntico.

A eso hemos llegado. Casa Poporului, como la llamó Ceaucescu y como la siguen llamando en Rumanía coloquialmente, Palatul Parlamentului din România, como se denomina oficialmente, o el Palacio del Pueblo, como decidieron los anglosajones que sonaba más rimbombante e irónico, es un reclamo turístico de primer orden. Hay un interés, a veces pasión, o gusto morboso por este monumento. Construcción que significa muchas cosas, pero que, sobre todo, es un gran homenaje a la desproporción. Porque, al margen del urbanismo, desproporcionado es también el adjetivo que define la relación entre los méritos que hizo y el culto a la personalidad que exigía Ceaucescu.

Ya es como hablar de la prehistoria, pero al final de los años cincuenta, cuando de repente los soviéticos propusieron a sus satélites abandonar la senda estalinista —¡hala, fiesta!— tras haber empujado durante largos años a los partidos comunistas europeos a asesinar y encarcelar a más cargos y militantes que cuando el continente estaba en manos del Tercer Reich, los rumanos se negaron. Gheorghiu-Dej, antecesor de Ceaucescu, mantuvo la línea estalinista de autoridad férrea por motivos de orden interno, pero sobre todo se vio obligado a no realizar la transición por una razón de interés nacional: los planes de Jrushchov para Rumanía.

Se había acabado la doctrina estalinista de desarrollo industrial a cualquier precio en todos los países socialistas. En la nueva configuración, un mercado supraestatal, Rumanía iba a ser un bucólico país agrícola que, por ejemplo, enviaría alimentos a la RDA y recibiría bienes manufacturados. Un modelo, el del COMECOM, que así se llamaba, graciosamente parecido al de la UE actual, y al que los líderes rumanos se negaron. Ceaucescu, cuando llegó al poder, también se mantuvo firme en esa política. Promovió el desarrollo industrial de su país en contra de la planificación soviética, nada de ser el granero de nadie, y, llegado el momento, cuando la URSS de Bréznev invadió Checoslovaquia por medio del Pacto de Varsovia, se negó a participar con sus tropas y plantó cara al imperio. Hizo desfilar a los obreros rumanos con lanzacohetes como aviso para navegantes al Kremlin y, con un histórico discurso a favor de la soberanía de las naciones, obtuvo apoyos por todo el país. El Partido Comunista Rumano aumentó su base como nunca hasta ese momento había soñado. Se hicieron militantes hasta los opositores al comunismo. El liderazgo de Ceaucescu, y también su valor, fue un referente en todo el mundo. Pero claro, a lo que íbamos, el hombre entendió su prestigio de forma, digamos, desproporcionada.

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La salida por la tangente de la obediencia a Moscú le llevó a establecer un comunismo nacional que estrecharía lazos con Occidente. No obstante, al contrario que los yugoslavos, que trataban de vender su heterodoxia, el socialismo de autogestión, como una socialdemocracia escandinava avanzada, Ceaucescu tomó como modelo las doctrinas orientales, la maoísta y la norcoreana. Sistemas, por cierto, también de gran predicamento en Occidente durante los años setenta. Al menos en España, de las filas del maoísmo han surgido ministros conservadores en los años noventa y famosos periodistas que actualmente se encuentran posicionados en la extrema derecha. Con Ceaucescu, el sistema se basaba en que querer era poder, pero sobre todo había que creer. Concretamente, en él. El culto a la personalidad alcanzó niveles hilarantes y en eso se basaba todo. Cerrar los ojos y creer que todo iba bien. Y la verdad es que del todo mal no fue hasta que Ceaucescu cometió dos errores fatales. Primero, endeudarse con Occidente. Segundo, tratar de devolver la deuda. El conducator a veces parecía nuevo.

Hay varios pases diarios para visitar el Palacio del Pueblo. Mientras se espera en el hall de entrada, hay una barra donde se puede tomar un café, refrescos o cervezas de medio litro, lo que en Madrid llaman yonquilatas. También, adquirir souvenirs homologados, imanes de diversos padres de la patria, entre ellos Vlad Tepes, pero nunca nada de Ceaucescu, por muy rentable que pudiera ser el componente kitsch. Tampoco se encuentran en el resto del país. Otra opción es penetrar en una sala de exposición contigua que reúne obras de los artistas jóvenes locales más notables. Hay pop-art de toda clase. Me llama la atención encontrar una obra, o copia, de Esteban Villalta Marzi, un personaje poco conocido de la Movida. Es uno de sus cuadros en los que sale un musculoso torero luchando contra un astado a puñetazos en unas ruinas posapocalípticas humeantes, con palmeras y rascacielos de cristal, bajo la luz de una luna enorme. Lo tiene todo. Pocos sitios mejores que este lugar para exponerlo.

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De vuelta al hall, abundan los estadounidenses entre los grupos de turistas. En el mío son jóvenes. Están más de coña entre ellos que atentos a lo que les rodea. Pasamos el detector de metales y nos explican las normas de seguridad. Muy serias y rigurosas, pues nos encontramos en sede parlamentaria. También debajo de una gotera.

La guía explica con cierto cansancio lo inexplicable, cómo en Rumanía acabaron construyendo semejante edificio administrativo. En un pasillo, que muy bien podría medirse en campos de fútbol como en un telediario español, han colocado los trajes folclóricos rumanos en vitrinas de cristal. Los maniquíes en sus jaulas darían para una película de terror. Iluminan la estancia lámparas de todas clases y tamaños y aun así hay rincones oscuros. Posiblemente el palacio a pleno rendimiento chupe más luz que la Feria de Abril. Las bombillas fundidas se cuentan por docenas. Me parece digna de estudio cómo será la política de reposiciones, pero no hay tiempo para muchas preguntas.

Tras recorrer volando varias salas, que ahora sirven para organizar actos de empresas, conferencias y saraos de este tipo, llegamos a un salón en el que se dan conciertos. La guía explica que a Ceaucescu le fascinó ver que en los palacios de Corea del Norte destinaban espacios diáfanos de techos altos para que el amado líder diera discursos en petit comité, pero donde los aplausos retumbaban por el eco como si aclamase una multitud. No tenéis más que comprobar cómo suena, dice la funcionaria. Y cuando abandonamos la sala, un americano se impacienta: «Pero ¿nos vamos sin aplaudir?». «Adelante, adelante», replica la mujer y los estadounidenses tienen el mejor momento de la visita aplaudiendo con toda su alma. El supuesto estruendo les flipa.

Durante su régimen, Ceaucescu estuvo obsesionado con cambiar la fisionomía del país. El nuevo orden debía implantarse también arquitectónicamente. El casco histórico de numerosas capitales rumanas fue destruido para levantar grandes plazas nunca exentas de un buen balcón para que el conducator saludase a la multitud cuando visitase la ciudad. En el fondo, su plan nunca fue otro que convertir las ciudades en escenarios donde aparecer a mayor gloria de sí mismo. Se llamaban «plazas cívicas», incluían la casa de la cultura de los sindicatos, las residencias de las élites locales, hoteles, teatros y supermercados. Solo una región se libró de este tipo de proyectos, Transilvania. Tocar el legado cultural germano y húngaro le hubiese traído problemas en el exterior. No en vano, muchos pueblos transilvanos se han reconstruido o reparado en los noventa con dinero alemán. En los setenta, la transformación del resto del país fue masiva y en los ochenta el plan era culminarla con el gran Centrul Civic de Bucarest.

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No hubo que esperar tanto. Los acontecimientos se precipitaron por el terremoto de 1977, de 7,2 en la escala Ritcher. En Bucarest se cayeron decenas de edificios y en las labores de rescate se descubrió que en el barrio de Uranus los vecinos ocultaban armas, oro y joyas. Quedó patente que no era tan fácil controlar a toda la población. Así que como los edificios eran vulnerables, los residentes sospechosos y había que reconstruir tras el seísmo, esa fue la oportunidad inmejorable que necesitaba Ceaucescu para transformar el aspecto de la capital con un centro monumental que honrase los logros del socialismo nacional. «Quiero hacer algo que represente simbólicamente las dos décadas de ilustración que hemos vivido; necesito algo, algo muy grande, que refleje todo lo que hemos conseguido», manifestó en un discurso.

Sin embargo, según me cuenta Àlex Amaya Quer, doctor en Historia residente en Cluj-Napoca, ya existían planes anteriores a la II Guerra Mundial para transformar la capital. El rey Carol II en los años treinta tuvo en sus manos un proyecto muy ambicioso que incluía demoliciones en gran número de edificios y que tenía en común con los planes de Ceaucescu la construcción de un gran edificio administrativo en la colina de Dealul Spirii.

Cuando Ceaucescu se puso manos a la obra, lo más traumático fueron las demoliciones. Comenzaron en 1980 y no se echaron abajo solo los edificios afectados por el terremoto, se arrasó con todo. Cayó una sexta parte de la ciudad. El equivalente al área de toda la ciudad de Venecia. Se emplearon veinte mil trabajadores, muchos de ellos soldados haciendo la mili, «para reducir costes», detalla Amaya. Hubo también cincuenta arquitectos e ingenieros y centenares de camiones y grúas funcionando sin parar durante años. La zona a principios del siglo XX se había convertido en una barriada proletaria con la revolución industrial. La propaganda del régimen difundió que uno de los objetivos era eliminar esos guetos y rehabilitar una zona que no tenía ningún valor, aunque en sus estrechas calles había iglesias del los siglos XV y XVI.

Mihai Iacob, profesor en la Universidad de Bucarest, todavía se acuerda de los chistes que circulaban entre la población durante la demolición del barrio: «La gente decía: cuando vayas a Bucarest, ten cuidado que no te atropelle una iglesia, porque se movieron templos y algunos edificios sobre ruedas ¡fue un prodigio de la ingeniería rumana! Afortunadamente, se consiguieron salvar muchos edificios históricos de lo que la gente llamaba la “Ceausima”, una palabra mezcla de Ceaucescu e Hiroshima».

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Desde la colina, donde se ubicaría la Casa Poporului, saldría un bulevar que cruzaría la ciudad de este a oeste. Una calle de tres kilómetros y medio de largo y ciento veinte metros de ancho. Su utilidad era muy discutible técnicamente. Históricamente, la ciudad se había extendido de norte a sur. Pero a Ceaucescu eso no le importaba. Él, personalmente, dirigía las obras, sin saber siquiera leer un plano, según han confesado posteriormente miembros de la Unión de Arquitectos de Rumanía. La propaganda decía que destinó «parte de su valioso tiempo a dar instrucciones a los arquitectos, constructores e ingenieros». Además, su idea, en esencia, era poder realizar desfiles de masas en el bulevar como los que le habían fascinado en China y Corea. Lo demás le traía un poco sin cuidado. Solo tenía en mente ese objetivo y unas medidas, que el bulevar fuese más grande que los campos Elíseos de París.

En las expropiaciones se obligó a los vecinos a abandonar sus casas en veinticuatro horas. Según las propias fuentes gubernamentales de 1981, fueron realojadas siete mil doscientas setenta y ocho personas. A finales de la década, los estudios cifran en cuarenta mil los ciudadanos que fueron forzados a trasladarse a la periferia. El profesor Iacob no olvida aquellos desalojos: «El método, aparte de abusivo, era muy imaginativo en su cinismo: sé que, algunas veces, la familia salía de vacaciones y, a la vuelta, encontraba sus cosas apiladas delante del montón de escombros en que se había convertido su casa. Conozco a alguien que, durante un par de meses, se levantó todos los días con el ruido de las excavadoras, sin saber cuándo le iba a tocar, porque el régimen no se aguantaba solo, sino mediante la contribución sádica e imaginativa de muchos hijos de puta, así que, a veces, lo que hacían no era derrumbar metódica y ordenadamente un barrio, sino de forma aleatoria, derrumbándolo todo alrededor de una casa, por ejemplo, para que a algunos propietarios les diera un ataque al corazón».

Amaya Quer relata que tras las reclamaciones que se produjeron después de la caída de Ceaucescu, una ley, la 10/2001, preveía compensaciones, pero el Tribunal Europeo de Derechos Humanos las declaró insuficientes. Una actualización del decreto en 2013 aumentó las indemnizaciones a los afectados. Para Iacob, no se trata solo de dinero: «¿Qué te pueden dar a cambio de una casa llena de recuerdos de tu familia, marcada por la historia de unos tiempos mejores? Una casa con alma, a cambio de la cual recibías un piso de dos habitaciones, que en Rumanía significa salón y dormitorio, en un bloque frío, mal acabado o sin acabar directamente, en una zona desalmada en las afueras de la ciudad».

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El palacio en lo alto de la colina no guarda proporción con absolutamente nada que haya en la ciudad como no sea la bondad de sus gentes. Algún centro comercial, como el edificio del Bershka y el Stradivarius en Piata Unirii, el Unirea Shopping Center, son gigantescos pero no hasta ese punto. La Casa Poporului de la arquitecta Ana Petrescu, fallecida en 2013, ocupa 6,3 hectáreas de tierra. Son ochenta y seis metros de altura con fachadas de doscientos setenta y seis metros de largo con columnas de capitel corintio. Alberga setecientas oficinas, restaurantes, bibliotecas, salones de actos, museos y el Congreso de los Diputados. Su estilo neoclásico ha sido comparado con las veleidades del París de Napoleón III, que afirmaba la supremacía de un imperio colonial. Y también con la Roma de Mussolini, el Moscú de Stalin y el Berlín de Hitler, los tres producto de la llegada de un nuevo hombre en un nuevo orden en el siglo XX, de infausto recuerdo en los tres casos. En el rumano, ya en los ochenta, cuarenta años después de los delirios totalitaristas en Europa, el nuevo hombre se encontró con esta construcción megalómana en mitad de la ciudad precisamente al mismo tiempo en que el régimen imponía las mayores restricciones de toda su historia por la mencionada intención de Ceaucescu de devolver la deuda externa. Hubo escasez de alimentos básicos, destinados a la exportación, y de energía. «Así se puede entender el cabreo de muchos bucarestinos al llegar diciembre de 1989», matiza Amaya Quer. No hay más que ver la evolución de la deuda externa rumana durante los ochenta en una gráfica. Es muy divertido. Cuando llega a cero, cuando se devuelve toda, justo ahí es cuando los rumanos se rebelan y le condenan a la pena máxima. Ahí está el umbral del sufrimiento de una sociedad en el mercado neoliberal. Ceaucescu fue traicionado por la cúpula del régimen y fusilado en directo por televisión. Y paradójicamente, bromas del destino, el conducator y su señora, la camarada viceprimera ministra Elena Ceaucescu, se fueron de este mundo sin disfrutar su juguete, el bulevar y la Casa del Pueblo, que a fecha de su juicio sumarísimo aún estaban sin concluir.

En la primera mitad de los noventa, las obras estuvieron abandonadas. El país tenía otras urgencias económicas en su difícil tránsito a la economía capitalista y suponía un quebradero de cabeza importante decidir qué hacer con todo aquello. Si en un país sumido en una profunda crisis era pertinente ponerse a terminar el edificio más grande de Europa y la zona en la que estaba albergado, que tenía el chistoso nombre de «Victoria del Socialismo». Hubo quien propuso demolerlo y otros más audaces quisieron convertirlo en el mejor casino del continente. Al final, en 1996, se celebró en su interior la primera sesión de los diputados nacionales y así se ha quedado. Los políticos que decidieron seguir adelante con el proyecto fueron muy criticados. No en vano, habían sido comunistas de segunda fila durante el régimen y se les acusó de no ver con malos ojos la obra urbanística del conducator. Poco a poco, el bulevar se fue surtiendo de neones de publicidad de nuestra vistosa y colorida sociedad de consumo y el primer McDonald’s, abierto en 1995, certificó que de victoria del socialismo ahí ya no había nada.

La visita al palacio termina en el balcón que divisa todo el bulevar. Al contrario que en Berlín, donde Stalinallee, actualmente avenida de Karl Marx, es un espectáculo arquitectónico bien integrado y monumental, con espacio para el ciudadano, terrazas, etcétera, aquí el acabado no es el mismo. Quizá por la orientación, porque el caudal de tráfico circula en el eje norte sur, lo que prevalece es un ambiente ciertamente desangelado. Lo cual no es necesariamente negativo. Una ciudad bulliciosa y deliciosamente caótica como es Bucarest tiene en este hachazo a su urbanismo una especie de oasis. Además, en el lado norte del palacio, junto al río Dambovita, está el parque de Izvor —de la fuente, en castellano—. La gente viene a correr, pasear al perro, tumbarse a la bartola, hacer deporte, como en cualquier otro parque de cualquier lugar del mundo, pero la paz es inmensa con semejante paréntesis en mitad de la ciudad. El detalle más simpático es que el recinto tiene en el centro un castillo infantil muy similar al palacio que domina el lugar. Los niños juegan como locos metiéndose por dentro, saltando, escapando por los toboganes que hay en cada esquina. Tal vez estos críos, cuando crezcan, ajenos a los ecos del pasado, lleguen a apreciar el legado urbanístico de Ceaucescu. O sus hijos. O sus nietos. O sus tataranietos.

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Fotografía: Jelena Arsić

34 comentarios

  1. Pingback: El bulevar de la Victoria del derrotado Ceaucescu

  2. Lo que no olvidaran son las atrocidades y hambruna que trajo el comunismo y por dignidad no venden esos recuerdos a turistas: en España, en 2015, aparece la pasionaria en el anuncio electoral de izquierda unida.

    • Puede que el comunismo haya traido, como dices, atrocidades y hambrunas.
      ¿ Y el capitalismo ? ¿ te parece que ha traido algunas ?
      Te recuerdo que, en el mundo actual, mayoritariamente capitalista, un elevadísimo porcentaje de la población mundial ( no tengo cifras aquí, pero seguro que anda por 1 / 3, o más, de la humanidad ) pasa hambre.

      • En el mundo previo al capitalismo ese del SXX pasaba hambre algo así como 8/9 de la población mundial, cuya esperanza de vida al nacer rondaría con suerte la treintena. Queda mucho por hacer pero algo hemos avanzado.

      • Si alguien promete un sistema con el que se acaba inmediatamente el hambre en el mundo sabrás que te encuentras ante un mentiroso. Lo que cuenta es la tendencia. Donde hay capitalismo el porcentaje de hambrientos se reduce, en el comunismo aumenta. A mi generación nos vendieron en los 80 el hambre en Etiopía como un fallo nuestro, de Occidente y de nuestro sistema capitalista. Pero entonces era una dictadura comunista.

  3. Eso de que “los partidos comunistas europeos a asesinar y encarcelar a más cargos y militantes que cuando el continente estaba en manos del Tercer Reich” es una completa falsedad histórica que no tiene ningún tipo de asidero. Quienes sostuvieron esa tesis han hecho malabares estadísticos para justificar una mentira tan grande como las masacres nazis. Que hubo crímenes en los regímenes de Europa del Este no lo duda nadie, pero que la dimensión de los mismos sea del orden de los nazis es un disparate o una mal ajuste de cuentas ideológico sin sustento alguno.

    • Gabriel, gracias por el comentario. La cita es de ‘Historia de las democracias populares’ de François Fejtö. Si crees que otras fuentes contradicen o actualizan al húngaro, por favor, apórtalas para que pueda corregir el artículo.

      • Aunque sea tangencial y no entre de lleno en el asunto, pero sí en la cuestión de la URSS y el comunismo, creo que los artículos y libros de Domenico Losurdo son adecuados.

      • Gabriel, se refiere a asesinar y encarcelar a cargos y militantes. Evidentemente no es comparable a las masacres nazis, pero al menos éstos (excluyendo el episodio de la noche de los cuchillos largos) no realizaron purgas internas tan salvajes como las realizadas por los comunistas.

  4. En España en cambio, como podemos estar orgullosos, tenemos Valle de los Caídos y fundación FF subvencionada por el Estado. Todo con mucha dignidad, buen gusto y buena conciencia.

    Las atrocidades y la hambruna de los países comunistas las trajeron hombres muy malos (y hasta alguna mujer peor, las mujeres siempre peor).

    Pero las atrocidades y hambrunas de todos los países que fueron, son y serán capitalistas son naturales como la lluvia y el sol.

    Espero que siga apareciendo La Pasionaria en carteles de Izquierda Unida. Al menos mientras con nuestros impuestos se sostenga lo que menciono en el primer párrafo.

  5. Por alusiones jeje mi comentario hace referencia a que es un disparate que a día de hoy se defienda desde la esfera política lo iindefendible como es una ideología genocida (de clase) como es el comunismo.
    En cuanto a Franco no soy fan siento decepcionar pero no lo menciono ya que no veo que aparezca en ningún sitio relevante de la política actual, afortunadamente.
    Si quiere polemizar le diré que mi úni a afinidad con él es que estaba enfrente del MAL responsable de 100 millones de muertos pero era eso un dictador no un tipo al que admire.
    En cuanto a la hambruna global que siempre será una lacra, ha mejorado con el capitalismo como puede comprobar en cualquier sitio.
    La comparación en relación a atrocidades cometidas bajo capitalismo-comunismo es tan intelectualmente ridícula que la paso por alto.

    • Franco estaba frente al mal que produjo cien millones de muertos y junto a otro mal que también produjo decenas de millones de muertos.
      Porque Paquita la culona era aliada de Hitler y Mussolinni, ya sabes, solamente el Holocausto judío, la invasión de la URSS y la conquista de Etiopía, por citar tres ejemplos provocaron unos 27 millones de víctimas civiles, siendo conservador en las cifras.

  6. La apología del comunismo debería merecer el mismo rechazo que la apología del nazismo. El comunismo es una ideología totalitaria basada en unas ideas económicas y filosóficas absurdas, que destruye toda libertad individual y sólo produce tiranía y miseria. Se ha intentado en países de todo clima, cultura, historia, religión y etnia y siempre ha terminado igual.

    El respeto a la propiedad privada no es el origen del mal, sino muy al contrario, la condición necesaria para la libertad, la dignidad, el libre desarrollo de la personalidad, la libertad de expresión y en general todos los derechos civiles y políticos que hay en las democracias liberales y que son imposibles en una “democracia popular”.

    Por supuesto, el respeto a la propiedad privada permite también que cada cual pueda disfrutar del resultado de su esfuerzo, valía e ingenio, redundando en el beneficio y avance de la sociedad.

    Yo no soy comunista. No envidio lo que no merezco, no deseo imponer a nadie mis deseos mediante la fuerza del estado, y no les deseo ni siquiera a los justificadores de la tiranía que tengan que vivir como se vive en un país comunista. Hay que ser miope y desagradecido para no valorar lo que tenemos y anhelar la miseria física y moral del comunismo.

    • “Yo no soy comunista. No envidio lo que no merezco, no deseo imponer a nadie mis deseos mediante la fuerza del estado,”

      Yo soy comunista y conozco también a otros. Es más diría que soy apologista del comunismo, así como ellos.

      Le aseguro que afirmar sobre este grupo en concreto, en el que me incluyo, que está compuesto por personas envidiosas o que desean imponer sus deseos con la violencia estatal es desmesurado, aventurado, maledicente y absurdo.

      • Totalmente de acuerdo MónicaF. Negar que el comunismo no ha traído las mayores desgracias a la humanidad es como negarlo del nazismo, ni más ni menos.

        A los que reniegan del capitalismo les diría que con todos sus males ha sido el sistema que más ha aportado por el bienestar de gran parte de los habitantes del mundo, pese a que con sus flaquezas haya hecho sufrir a algunas partes.

        Aún así, díganme diez grandes inventos de sociedades comunistas que nos hagan la vida más fácil actualmente.
        Excepto los dedicados a la vida militar no se me ocurre ninguno, así, a botepronto.

        Y sí, el comunismo, con Stalin, Mao, los jemeres etc eran regímenes genocidas per sé. Negarlo lo mismo que negar el holocausto judío. Hay una extensa bibliografía sobre ello, y es tan extensa que catalogaría de sandezsugerir que toda esa bibliografía es tendenciosa.

        Y otra cosa, se puede ser perfecta y lógicamente un anticomunista y un demócrata sin tacha, lo digo por los neocomunistas que se creen en un altar moral y van tachando al resto de franquistas, nazis, etc. Ahorrároslo porque no deja de ser un argumento pueril, si no cretino.

  7. Decir que el comunismo es una ideología genocida (de clase) o una ideología totalitaria, y compararlo con el nazismo, es como la teoría de la pinza, que suelen vender aquellos a los que se le fué hace rato. Y oir sandeces como que la hambruna global ha mejorado con el capitalismo, cuando constituye el principal obstáculo para solucionarla, me obliga a intervenir. Sugiero a los que exponen semejantes cabriolas que muestren con hechos contrastables lo que están afirmando, pues ofenden a todos quienes tenemos la sana costumbre de leer.

    Si nos basamos en la fútil y kitsch megalomanía del edificio expuesto y de su promotor, lo que constituye un hecho bastante periférico y regional, y lo asociamos a la base del comunismo, cuando contradice plenamente sus esencias, -ya que el pueblo no necesita de un Palacio semejante para ser representado- estamos engañando al grueso de la población. Y aprovechar lo grotesco del edificio para soltar semejantes diatribas denota un perfil bastante bajo, sobre todo teniendo en nuestro país ejemplos similares, como el valle de los caídos, el Ministerio del Aire, o cualquier dantesco perifollo de ese ‘estilo’ denominado neoherreriano, concebido por Franco, a imitación de la Germania de Speer. Cual quier país de Europa peca de cierta megalomanía en sus edificios públicos.

    El historicismo se impuso en la Unión Soviética a partir de los años treinta, asociado a la acumulación y ansia de poder de ciertos dirigentes, como Stalin, y dió al traste con los postulados originales del mismo. Todos los maravillosos experimentos constructivistas de grandes creadores como Tatlin, Leonidov, los Vesnin, Popova o Melnikov, asociados a la primera y fecunda etapa del comunismo, y que hoy todos admiramos como parte esencial de la historia del arte del siglo XX, fueron sustituídos por las burdas y grandilocuentes propuestas historicistas de Iofan, Fomin o Schusev, con algún que otro ilustre reconvertido, como Golosov.

    Este burdo edificio de Bucarest, absolutamente tardío, corresponde al último estertor de este movimiento historicista, procedente de las escuelas neoclásicas de Moscú y San Petersburgo y aderezado con algo de la escuela local, responsable de ampulosos edificios en Cluj-Napoca o Bucarest.

    Y siento discrepar competamente contigo, Mónica F, sobre el rasgo totalitario que achacas a la intervención del estado. Si su intervención no podremos nunca construir un estado del bienestar, donde debemos proteger a los débiles y desfavorecidos, sin duda, frente a la corrupción de los poderosos. Y si crees en un estado en el que ‘cada cual pueda disfrutar del resultado de su esfuerzo, valía e ingenio’, creo que solo te falta decir ‘y los demás, que se jodan’, ya que antepones la individualidad sobre la colectividad, que todos sabemos apreciar, así que dudo sinceramente que lo que propones redunde en un ‘beneficio y avance de la sociedad’. Confundir Libertad con Democracia (poder del pueblo) es un error demasiado extendido.

    • De acuerdo contigo.
      A mí todos estos que hablan siempre de los crímenes del comunismo ( aun reconociendo la parte de razón que tienen ), me recuerdan a Marhuenda, que le falta tiempo para soltarla a la más mínima.
      Sin embargo nunca hablan de los crímenes del fascismo, y son muy comprensivos con el franquismo, y por supuesto nunca critican al Pp.

  8. Has escrito un artículo excelente.

    Enhorabuena.

  9. Hay que reconocer que me han hecho reír dos cosas del artículo:

    1-Que insinúe lo malo que es devolver la deuda contraida porque es algo “neoliberal” (lo ético al parecer es coger la pasta y correr)

    2-El periodista FJL es exterma derecha, o sea, equivalente a un neonazi.

    Un artículo muy íberosocialdemocrata. Enhorabuena :o)

    • 1 – La deuda contraída es, en muchos casos, ilegítima. Se basa principalmente en la usura y la falta de escrúpulos del FMI y los bancos, y las instituciones neoliberales europeas, que quitan a los pobres para dárselo a los ricos.
      2 – Si no eres capaz de ver que FJL – aunque el artículo no lo menciona directamente – es de extrema derecha, debes considerar que el Pp es un partido de centro.

      • La deuda contraída se llama gastar más de lo que tienes, algo que hasta nuestras abuelas que no fueron a la uní percibían como fuente de problemas.

  10. Un par de apuntes para zappak ya que tiene la sana costumbre de leer:

    Lenin construía gulags en 1918, es algo inherente a su teoría política. Hay tanta bibliografía que no sabría por dónde empezar.
    Está muy bien ese alarde de nombres soviéticos que has soltado, yo puedo nombrarte a Volkov, Tikhonenko y Tarakanov y el resultado es el mismo, desde el origen el comunismo se impone por la fuerza y se elimina sin escatimar medios al que no piense igual. Eso es miserable, indeseable e indefendible.
    A lo mejor lo que defiendes no es comunismo sino otra cosa que está en tu cabeza.

    Mira cualquier informe de la FAO sobre evolución del hambre en el mundo y si discutes esos simples números no sé qué más decirte (216 millones menos de hambrientos en los últimos 25 años, más de un 11% de reducción, manda narices que me hagas buscar algo tan evidente que sabe cualquiera)

    Nadie compara comunismo y nazismo, podrían compararse por cierto, moralmente tienen el mismo desprecio por la vida humana frente a la “idea” y su daño en millones de muertos, mayor en el comunismo ya que estamos, es escalofriante.

    El comentario original que hice y que nos ha desviado del edificio megalómano de Bucarest es que a día de hoy no tiene sentido alguno defender de ningún modo ideologías criminales del siglo pasado, ninguna, y escribí que me parece lógico que no se vendan recuerdos de Ceaucescu… ni de Franco ni de nadie con las manos manchadas.
    El comunismo ha acarreado 100 millones de víctimas a ver si lo vamos asumiendo, no entiendo negar esto, es como negar el Holocausto. Ya sé que no me aprecias pero si este fuera un estado comunista ahora mismo, escribir esto, que ojalá Lenin arda en el infierno por asesino,me llevaría a la cárcel-tortura-muerte-destierro-trabajos forzados.

    Es más, al contrario que tú que desde tu auto-entregada y errónea superioridad moral crees que Mónica F. y el resto que no comulgamos con ruedas de molino deseamos que “los demás se jodan” yo pienso que la gente que aún pasea hoces y martillos está muy engañada pero a su modo (equivocado) busca el bien común, como hacemos todos.

    • Nadie ha negado las víctimas del comunismo
      Usted sí las del capitalismo, que son
      muchas más que las del comunismo
      Además de modo prepotente lo despachaba más arriba diciendo que no tenía entidad intelectual o algo así
      Yo en cambio pienso que quien yerra es usted, que no distingue sistema socio-económico y forma de gobierno

      • No debí escribir ningún comentario, ni haré ninguno más, mis sinceras disculpas por su tono y contenido.

        • Usted mismo. Cito su intervención anterior

          “La comparación en relación a atrocidades cometidas bajo capitalismo-comunismo es tan intelectualmente ridícula que la paso por alto.”

          Como en definitiva la cuestión es aportar datos y argumentos aquí los hay para quien los quiera

          https://es.wikipedia.org/wiki/El_libro_negro_del_capitalismo

          Sobre derecho constitucional, filosofía política e historia del siglo XX doy por supuesto que todos nosotros manejamos una bibliografía u otra.

      • Es lo que tiene, que como el comunismo no ha producido más que miserias y asesinatos allí donde se ha implantado, algunos ingenuos hasta pensamos que el comunismo es miseria y crimen, pero se ve que no somos tan sutiles como usted, que diferencia entre la idílica teoría y la horrenda práctica en todos y cada uno de los países donde se ha implantado.

        Pero para qué contestarle si veo más arriba que le gusta un negacionista de Stalin.

        • Del mismo modo, por lo que veo, que usted es negacionista de las miserias y asesinatos del capitalismo. Ni más ni menos.

          Y usted me dirá que el comunismo es perfectamente comparable al nazismo y yo le diré que este es una especie del capitalismo que usted defiende.

          Lo de que el comunismo solo ha provocado miserias y asesinatos, por otro lado, es falso. Ha provocado eso (por cierto, como el liberalismo, el cristianismo o el islam) y alguna que otra cosa buena.

          Creo que lo peor que ha traído el comunismo es a los anticomunistas (sobre todo a los ultraliberales, que no quieren saber de sí mismos que son fascistas).

          • De acuerdo en todo, y especialmente en eso de:

            “Creo que lo peor que ha traído el comunismo es a los anticomunistas”.

            No hay más que pensar en E. Aguirre, el ya mencionado Marhuenda, o, yendo mas lejos, Franco o Hitler, que eran muy anticomunistas. Tanto, que causaron miles de muertos para librarnos del comunismo.

  11. Disculpen la intromisión, pero, ¿están ustedes diciendo que el fascismo el liberalismo o viceversa? Tal vez entienda mal sus postulados, pero, al menos en lo económico (factor definitorio de ideologías como el comunismo o el liberalismo), el fascismo es intervencionista (como el comunismo), y el liberalismo es todo lo contrario.

  12. El comunismo ortodoxo de Lenin-Stalin-Mao afortunadamente está superado.
    A pesar de todo creo que en general los rusos vivían económicamente mejor en 1987 que en 1917 con los zares.
    Ya llevan más de veinte años de capitalismo en Rusia y tampoco están para tirar cohetes.
    Si el número de muertos sirve par rechazar un sistema político-económico, hay que inventar otra cosa que no sea comunismo/capitalismo.
    Piensen que tan solo la pequeña Bélgica, tan pequeñita y tan católica y mosquita muerta, arrasó la colonia del Congo masacrando unos cinco millones de personas.

  13. Gran artículo y gran debate. Muy divertido todo. Gracias.

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