La rapidez y el premio

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Fotografía cortesía de jamesrhodes.tv

Hay una alegre cantinela que puede escucharse a lo largo y ancho del mundo: «Eso que usted creía muy difícil e inalcanzable es en realidad muy fácil; usted puede lograrlo, ¡y en muy poco tiempo!». Hay que reconocer que es una idea muy versátil: igual sirve para vender un curso de mandarín en ocho lecciones que para enseñarte a diseñar tu propia página web. Desde que triunfó la igualdad, todo está al alcance de todos; desde que no tenemos paciencia, además, muy rápido.

La velocidad tiene ventajas admirables: el AVE, el programa corto de la lavadora, los cursos intensivos, el correo electrónico. Siempre he sentido simpatía por estas palabras de Marinetti: «Nosotros afirmamos que la magnificencia del mundo se ha enriquecido de una belleza nueva: la belleza de la velocidad. Un automóvil de carreras, con su radiador adornado de gruesos tubos parecidos a serpientes de aliento explosivo… un automóvil que ruge, que parece correr sobre la metralla, es más bello que la Victoria de Samotracia». Incluso escucho a veces a Philip Glass. Además, estoy en contra de ese movimiento absolutamente reaccionario del slow food. Así que cuando me enteré de que James Rhodes promete enseñarte a tocar a Bach en seis semanas sentí una irritante curiosidad.

Hace unos días me llegó el libro, un ejemplar precioso que ha editado Blackie Books, encuadernado en tela, ilustrado, con una cinta azul para marcar las páginas. Lo primero que hay que decir es que «Bach» no es Bach: es el preludio en do mayor del Clave bien temperado. Con todo y con eso, desacralizar cosas falsamente endiosadas es un ejercicio apreciable. La educación musical que se nos administra en este país sería escandalosamente bochornosa si no estuviese velada por la inmundicia general del sistema educativo. Salvo que sus padres lo hayan arrastrado al conservatorio, puede que su única experiencia como músico haya sido soplar por una flauta dulce el «Noche de paz» o el himno de su comunidad autónoma. Tocar el piano no es una actividad reservada a los espíritus superiores y está bien dejar atrás estos resabios del Antiguo Régimen. Pero es un error calamitoso pasarse de frenada y convertirlo en algo para gente especial.

«Aprender a tocar un instrumento puede abrirnos la puerta a una nueva dimensión que muchos de nosotros hemos olvidado incluso que existe. Si escuchar música resulta balsámico para el alma, tocarla equivale a alcanzar la iluminación». He aquí las cinco primeras líneas del libro. El método que propone Rhodes consiste en reservar cuarenta y cinco minutos seis días a la semana. A cambio, asegura que serás capaz de tocar el preludio tú solito: el libro trae la partitura. Pero promete otras muchas cosas: que el libro será «una suerte de droga iniciática», que te vas a sentir «relajado y zen, […] además tocarás el piano de maravilla», lo cuantiosos efectos beneficiosos de aprender música («aumenta la memoria, ayuda a gestionar el tiempo y a organizarse, incrementa la coordinación, mitiga el estrés, mejora el sistema respiratorio y fomenta la felicidad en tu vida y en la de quienes te rodean»). Y todo ello en mes y medio, empezando por aprender el nombre de las notas y su sitio en el pentagrama, qué tecla corresponde a cuál, en qué se diferencia una blanca de una semicorchea y para qué sirven los pedales.

Creo, como cree este pianista, que a todos nos beneficiaría saber algo de música (él mismo advierte que este libro no te va a convertir en un concertista), pero me inquietan las prisas. Te voy a descubrir algo maravilloso y lo voy a hacer muy rápido. Cada capítulo comienza con una cita que recalca el gran tesoro que es la música de Bach y, sin embargo, algo tan grandioso va a estar a tu disposición menos de lo que tarda un crío en aprender a solfear un compás de dos por cuatro. Es Rhodes quien deja claro por qué vamos a toda pastilla: «Siguiendo el espíritu del mundo en que vivimos, he creado este método de la forma más sencilla, más inmediata y más instantáneamente gratificante posible. Es un Tinder para pianistas, solo que con un final feliz diferente».

Podríamos pensar ingenuamente que esto es una estrategia de divulgación: vamos a quitar a «la cultura» todas esas rémoras aburridas para que los que se acerquen muerdan el anzuelo y, a través de este pequeño truco, luego quieran estudiar piano de verdad, o leer a los clásicos o sacarse el abono del teatro de la comedia. El razonamiento es: como esto que ofrecemos es, aun descafeinado y mascadito, tan objetivamente maravilloso, nada impedirá que se enganchen («inocular el virus» es una expresión muy repetida en estos casos) y entonces, nuestras artimañas y nuestra condescendencia quedarán perdonadas en vista del enorme beneficio final que han reportado. Pero (¡al fin llegamos a lo sustancial!) estas iniciativas realmente no pretenden que usted termine yendo al teatro, o estudiando piano, o leyendo la Ilíada. Qué va: estas propuestas solo pretenden que usted se sienta especial.

«Nos quedan dos. Dos horas valiosas, maravillosas, extensas, y ¿qué hacemos con ellas? Vemos el último programa de telerrealidad, nos quejamos de cosas por internet, nos sentamos en el sofá atontados, contemplamos nuestras pantallas, hablamos del culo de la última Kardashian por Twitter. Lo que sea con tal de evitar quedarnos a solas con nuestros pensamientos. Ya basta». ¡No seas como los demás!

Reconocerán este odioso planteamiento en esas viñetas en las que aparece un montón de gente (gente desdichada, gente gris, montoneros) mirando el móvil mientras van en metro y entre ellos, refulgente, un mindfulness de esos, con un librote gordo entre las manos. Claro que bajo esta idea estúpida se esconde una lógica terrorífica. En estos casos siempre es conveniente recordar ese pasaje de La dialéctica de la Ilustración que advierte que cuando la radio retransmite la Novena Sinfonía, el locutor no para de informar al oyente de lo valioso y transcendental que es lo que está escuchando. «Que el consumidor tenga conocimiento de ello para legitimarse como individuo cultivado». La radio entonces, los cursos abreviados de piano, los programas de divulgación prêt-à-porter, los libros compendiados, no hacen otra cosa que reducir los bienes culturales (las grandes producciones del espíritu humano que a cada rato te recuerdan que son importantes y fundamentales) a bienes de consumo, que se adquieren como una credencial: he escuchado tal cosa, he leído tal cosa, no soy como tú, que miras Facebook. Solo así podemos encontrar sentido a libros como Kant en 90 minutos: es evidente que esto no va dirigido a alguien que tiene un interés real en conocer qué diablos es la cosa en sí, sino a alguien que quiere contar que sabe cosas de Kant.

«Vamos a acabar dedicándole un momento a fijarnos en lo lejos que has llegado. […] A lo largo de muy pocas semanas, gracias a la dedicación, la concentración y el esfuerzo, has pasado de apenas tocar una nota a interpretar a Bach al piano. Se trata de un logro asombroso, épico y maravilloso. Piensa en lo que significa. En vez de enseñarles a tus amigos las mil fotos que has hecho en tus últimas vacaciones en Sicilia, o de formar espirales con calabacines y zanahorias para una cena, ¡les puedes tocar esta pieza!».

Lo que ofrece Rhodes («Olvida el móvil, cierra el ordenador, apaga la televisión. Silencio. Toca el piano») no es aprender a tocar un preludio machacón de Bach: es una condecoración moral, un marchamo que lo certifica a usted como miembro de la aristocracia de las almas. Usted ya no es un petardo que enseña las fotos de las vacaciones: usted toca el piano. Si he escrito este texto es porque este libro deja muy a las claras una lógica que empapa hasta cebarla toda la disposición de la industria cultural en nuestros días, que es la lógica capitalista de reducción de todas las cosas a bienes de consumo. La ajustada idea marxista de la mercancía. Confío en que este ejemplo le ayude a detectarla en otras muchas partes. Tocar el piano, como leer a Hegel o pintar es difícil, pero está al alcance de todo el que esté dispuesto a dedicar el tiempo y el esfuerzo necesarios. Tocar a Bach es endemoniado: pregunte a cualquiera que lo haya intentado. Ocultar deliberadamente las dificultades que sin duda imponen según qué conquistas es una actitud paternalista y avasalladora. Y creo que ya no somos niños.

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5 comentarios

  1. Nacaser

    Muy bien escrito. Dejemos de hacernos fotos en los ascensores, mostrando nuestro pelo, y “seamos cultos”.

  2. Estupendo artículo, hace tiempo que me crispan todos esos titulares de obras bienintencionadas que terminan con un “sin esfuerzo”

  3. Eduardo

    Gran articulo, muy acertado, pero con una sola persona que pase de tocar un solo preludio de Bach, a descubrir y dejarse llevar por la maravilla de su musica, ya habra sido de utilidad el libro de marras.

  4. Moisés

    Excelente artículo! Admito haber caído antes.

  5. luchino

    Excelente artículo.
    Coincido con lo que dice Eduardo un par de comentarios más arriba. Si todo esto sirve para acercarnos a la música de Bach, o clásica en general, bien empleado estará.
    Me quedo con algunas frases: “desde que no tenemos paciencia, además, muy rápido.” Otra consecuencia indeseada del Google, todo tiene que ser inmediato, al momento, sin esperas. Y me temo que no siempre es posible.
    “«Olvida el móvil, cierra el ordenador, apaga la televisión. Silencio. Toca el piano») “.
    También muy de acuerdo, de vez en cuando no está mal apagar el movil o el Pc.

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