Channel Zero: corta-pega tu propio terror - Jot Down Cultural Magazine

Channel Zero: corta-pega tu propio terror

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Imagen: SyFy.

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La cibercultura ha creado un nuevo folclore. Algo que parecía perdido para siempre, la tradición de transmitir relatos mediante la palabra hablada, se ha visto recuperado inesperadamente con internet. Primero fueron las cadenas de e-mail, después los foros de discusión y ahora los grupos dedicados a un tema concreto en las redes sociales. Es otro resultado del universo que nos habita. Las ideas fijadas en la imprenta, inmutables y sólidas, se han venido abajo en un multiverso de códigos y visiones que se fagocitan entre sí. Mal que nos pese, la intertextualidad, la apropiación y el corta-pega son ahora los métodos de la comunicación y aprendizaje. En apariencia, este tráfago de sobreinformación va muy acelerado, pero se encuentra suspendido en el tiempo, bajo un desfile de noticias que llegan manipuladas desde origen desconocido, repetición incesante de las mismas voces, sucesión de fakes y virus maliciosos para la compra-venta… todo lo que llama a conjurar el miedo con más miedo y a la falta de certeza con más confusión.

Internet ha generado un enorme banco de datos, iceberg flotante en la nube, fabricado con diferentes soportes: breves documentos de texto, vídeos, imágenes o mezcla visual y sonora, que conforme se va extendiendo, se diversifica, invade los programas y muta en otros tantos. Su contenido es el fondo impreciso de la Red, está lleno de traumas infantiles, muertes horribles, la Conspiración y una serie de personajes de pesadilla, con los que se intenta —de momento, sin éxito perfilar sus borrosos límites (los de internet y los de nuestras vidas) al tiempo que encontrar un sentido, por pequeño que este sea, a nuestra vida y al mundo, ahora fragmentado en niveles y dimensiones espacio-temporales que no alcanzamos a imaginar. El fin es conjurar el miedo a la precariedad laboral, la soledad, las amenazas sociopolíticas, el desastre ecológico… con más miedo (monstruos nacidos en los videojuegos, fantasmas de la tele, páginas webs asesinas, programas diseñados para robarte el alma…).

Pero estos relatos del fondo y final de nuestra era ya no son como las leyendas urbanas del siglo XX, fábulas morales sobre los peligros de la vida moderna y las consecuencias de determinadas conductas no recomendadas por la autoridad, sino mitos construidos por y para el robot humano sobre el poder de las pantallas de los teléfonos móviles y los televisores, que sacralizan los nuevos soportes conectadas al centro de reptil, el miedo más primitivo. Se afirma que si te atreves a leerlas, si ves las piezas de vídeo, entras en determinados lugares de internet y las compartes, puede pasarte algo y nunca bueno: lo que está al otro lado entra en ti, si es que ese otro lado no es también este o si realmente hay algún lado. Ese banco de datos es mucho más poderoso que el mero símbolo o los cuentos de la ficción, porque ha adquirido vida propia, demostrando que puede saltar del terreno virtual, a pesar de que no lo creamos o lo interpretemos como «irreal». Los cibercuentos se han filtrado en la vida cotidiana, operan como un ente maligno entre las fuerzas y productos materiales. Como sucedía en El retrato de Dorian Gray, nuestros deseos más inconfesables se han hecho realidad. A fuerza de ciberdesear y temer por nuestros destinos, hemos invocado algo y «eso» se ha materializado en nuestras habitaciones. La cultura actual es el resultado de la fusión mal ensamblada entre diversos planos de nuestra conciencia, lo virtual y lo «natural», la cultura y los medios de producción, el hiperconsumismo contra una crisis económica y fin de la humanidad como única posibilidad de futuro. Somos carne e individuo, pero también somos, y cada vez lo somos más, ficción colectiva y máquina. Nos enfrentamos a un mundo totalmente nuevo y aterrador. Si lo prefieren, al final del mundo tal y como lo conocíamos.

Estos postulados del ciberpunk, esbozados en los años ochenta, se han visto cumplidos. Parece necesario pensar en el endeble armazón que sustenta este universo desde otros sitios alejados de la filosofía tradicional. La creación literaria y la tradición mistérica están más cercanas a este caos en el que nos movemos. La corriente irracional del pensamiento, pues, sería el punto de partida para hacer las preguntas y descubrir que el antropocentrismo científico hace ya tiempo que dejó de funcionar. Nos encontramos en el final o el comienzo de otro estadio, donde el hombre ya no es un hombre y no tiene la más mínima relevancia en el conjunto de fuerzas que manejan el universo. El escritor Francisco Jota Pérez ensambla este pensamiento en su último libro, en torno a las tramas de la hiperstición, Homo Tenuis (GasMask Editores, 2016).

El verdadero cuento sobrenatural contiene algo más que muertes secretas, huesos ensangrentados o una forma envuelta en sábanas y agitando cadenas, según los cánones establecidos. Ha de estar presente cierta atmósfera de inquietud e inexplicable miedo a fuerzas desconocidas y ajenas, y ha de haber un atisbo, expresado con la apropiada seriedad y sentido de portento, de esa concepción, supremamente terrible, del cerebro humano, que es la de la maligna y específica suspensión o abolición de esas leyes inmutables de la naturaleza que constituyen nuestra única salvaguarda contra el ataque del caos y los demonios del espacio insondable. (H. P. Lovecraft, El horror sobrenatural en la literatura y otros escritos. Madrid, Edaf, 2002, pág. 129)

Imagen: SyFy.

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Las páginas de miedo más fascinantes de los últimos años no vienen de autores con firma y editorial conocidas. Han sido creadas por anónimos y corta-pegadas por otros muchos, que bien las han enriquecido o empeorado a lo largo de su deriva por internet. Su fuerza ha sido tan grande, que en la actualidad hay docenas de webs dedicadas a estas leyendas y alguno de sus «creadores» ha pasado del nick de usuario a tener un prestigio como autor y lógicamente como producto. Pero lo más impresionante ha sido su entrada en la realidad de forma abrupta y sangrienta. El ejemplo más popular, lo que empezaba como un juego con manipulación de imágenes en un foro sobre relatos extraños, (Something Awful), se convertiría poco después en portada de tabloides y relleno para programas sensacionalistas. La historia de Slender Man, personaje que acechaba en el mundo infantil, mezcla del hombre del saco y monstruo de rasgos imprecisos, con largas piernas y brazos, saltaba de los foros de aficionados para fijarse en las pesadillas. Desde allí se manifestaba como el objeto ritual de varios intentos de asesinato de niñas a manos de otras niñas y abrazaba la paranoia colectiva. Para cerrar el círculo, el personaje y su historia es ahora objeto de varias adaptaciones al cine y televisión, sin descartar por supuesto la venta de merchandising inspirado en su imagen. Slender Man se manifiesta provisto de tentáculos en esas fotos manipuladas. No es por azar y remite al mito literario más importante de los últimos tiempos. La obra de Lovecraft, especialmente en su última etapa, ya no es la de un portentoso escritor de género fantástico, sino la de alguien que ha trascendido su época y ha sido capaz de escribir a través de su literatura lo que está esperando por venir, una intuición de pesadillas, ciclos cósmicos y monstruos.

El canal SyFy termina estos días de emitir la primera temporada de Channel Zero, una serie que ha reformulado los contenidos del género de terror utilizando estas historias de corta y pega de miedo, creepypastas, según la jerga de internet. El plan es dedicar cada temporada a un relato, siendo independiente en temática y personajes, con director y puesta en escena propias. El resultado no podía haber sido más sorprendente. Su creador, Nick Antosca, escritor de ficción en editoriales independientes como Word Riot Press y responsable de la última temporada de la serie Hannibal, ha sabido prescindir del festival de efectos y detalles gore de la anterior para simplificar una idea excelente, y hacerla más sobrecogedora si cabe. La serie se ajusta a los nuevos cánones de este terror «extraño», sin forma concreta ni explicaciones manidas, que se desarrolla de forma pausada y va acumulando la tensión en cada episodio hasta un desenlace trágico.

La primera temporada, Candle Cove, se inspira en la ciberleyenda del supuesto programa de televisión infantil capaz de provocar efectos horribles en los niños. El cuento, creado originalmente por el dibujante de cómics Kris Straub para una página de weird fiction, (Ichor Falls) se transforma en una angustiosa trama sobre la maldad de los niños, la otredad y el rechazo a lo diferente reflejada en los gemelos protagonistas y los problemas de socialización en la escuela. Sobre todo, trata de los errores de los padres en una comunidad pequeña marcada por la tragedia. Un pedagogo infantil de cierto prestigio que se nos presenta abrumado por la vida y el fracaso familiar vuelve a su pueblo para saldar las cuentas del pasado. Su hermano gemelo desapareció misteriosamente en un suceso en el que murieron varios niños de su colegio. Él está convencido de que todo fue a causa del programa de televisión que veían, el que convirtió a su gemelo en un ser terrible, poseído por el espíritu de un personaje de la serie, el reflejo catódico del mal agazapado en el interior de los habitantes de esta pequeña ciudad. No hace más que llegar y todos los fantasmas, las marionetas y la violencia de aquel tiempo, van surgiendo del suelo, de las paredes de las habitaciones y de las pantallas de la televisión, como en un vídeo con efectos especiales.

Candle Cove, a pesar de incluir flashbacks sobre los años ochenta, no hace aprovechamiento de la nostalgia, ni hay mención a tópicos requeteusados en otras ficciones, como vimos en Stranger Things. Con el contenido único de una historia desarrollada en internet, sin mediación editorial o una prefabricación externa, narra una historia sobre el miedo en todas sus dimensiones (personal, familiar, social y cosmológico), que se desplaza en paralelo desde el presente hacia el pasado, doblando y mezclando los dos tiempos. Pese a su retrato realista, con una planificación muy seria de los personajes y sus relaciones como niños y adultos, la historia proyecta un velo extraño sobre los paisajes, las casas, el bosque cercano y la mente de los protagonistas. En algunos momentos no sabemos si estamos en el programa de televisión, si es que vemos lo que sueñan los protagonistas o el conjunto está disfrazado como las siniestras marionetas que dirigen la ficción.

Imagen: SyFy.

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Todo en esta primera temporada nos es familiar, no solo por la propia ficción y sus valiosas referencias; en ella podemos encontrar rastros de obras maestras como Quién puede matar a un niño de Narciso Ibáñez Serrador o El otro, de Robert Mulligan, además de la reciente The Boy, de Craig William Macneill, quien fue escogido por Antosca para dirigir esta temporada. También planean las fábulas tradicionales sobre los dientes de leche infantiles, pero el mérito de la serie consiste en descubrirnos que hay algo que tenemos en común con la historia, que pertenecemos a ella de alguna manera. El miedo que acecha dentro de nosotros es capaz de cobrar una forma monstruosa y hacerse real en un momento preciso. La idea de un programa de televisión, una cinta de vídeo, capaz de manipularnos a su antojo y poder entrar en nuestra mente para deformar nuestra memoria, no nos es extraña, porque aparte de haberla leído y visto docenas de veces (Videodrome, Permanezcan en sintonía, Poltergeist, The Ring…), resuena en nuestro aprendizaje social. Tomar los mitos de nuestra infancia, elementos en principio inofensivos como un programa de la tele, un videojuego, una canción… y tras una obra de ingeniería social o un corta-pega de contenidos, imbuirles un sorprendente giro macabro, cubrirle de un tinte retorcido que no estaba antes y que aparece como en un mal sueño, es la forma cómo esta serie ensambla la ficción y la superficie de nuestra realidad líquida. Ayuda también en las espectadoras de determinada edad que los muñecos de Channel Zero guarden gran parecido con los de programas del pasado que sí se realizaron. Antosca y Macneill, conscientes de ello, contaron con Rob Mills, marionetista de Jim Henson y responsable de Fraggel Rock.

Channel Zero es algo nuevo. Pertenece a los que nacimos con una televisión en casa, no sabemos nada de lo que sucede aunque estamos saciados de datos, y solo nos conformamos con que no nos pase nada en los siguientes diez minutos. Los recuerdos que acumulamos están fabricados con nuestra experiencia personal, pero también son un simulacro, el fruto degradado de la contemplación de horas ante las pantallas, y en ellos muchas veces no sabemos si se trata de recuerdos o es lo que queremos recordar. La influencia de la tecnología es clave para entender la nueva conciencia, desestructurada y envuelta en memoria artificial. A la historia de Straub le pasó exactamente esto. Escribió una sátira en la que varios usuarios discutían en un fórum de nostalgia de la tele de los años setenta. El tema era la serie Candle Cove, un programa infantil protagonizado por marionetas que viajaban en un barco, con esqueletos disfrazados de pirata que animaban a los niños a «entrar dentro de una cueva». El relato, tras varios giros angustiosos, terminaba descubriendo la verdad: habían estado viendo como en un trance el canal sin señal de la tele durante horas, entre ruido blanco y mensajes amenazadores.

La historia, sin embargo, salió de la web de relatos de terror donde fue concebida hacia cientos de foros donde la gente comenzó a insistir en que habían visto aquel programa, que hubo una emisión real, aunque no supiesen decir en qué cadena o cuándo exactamente. Recordaban con detalle cada marioneta y los efectos nocivos que les había causado. Ya ha sucedido en épocas recientes. Los falsos recuerdos y la manipulación de imágenes pueden dar lugar a un pasado habitado por marionetas asesinas o la abducción de extraterrestres, eso en el mejor de los casos. La nueva oralidad se desenvuelve en maneras sorprendentes. Si adaptamos el folclore de internet a la variante española, ahora podríamos entender los traumas y las carencias que anidan tras las páginas de nostalgia por los programas de televisión de los años setenta u ochenta, los complejos tras esa querencia irónica por los contenidos más bochornosos de nuestra cultura, que no parece saciarse. Está claro. Se trata de gente que jamás vio aquello o fueron sometidos a un canal cero de Espinete Suicide.

Imagen: SyFy.

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2 comentarios

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