Los fantasmas pagan impuestos - Jot Down Cultural Magazine

Los fantasmas pagan impuestos

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La duquesa de Alba y la beata, Francisco de Goya, 1795.

Cada dos por tres me asalta la pregunta: ¿acaso hay, aquí y allá, lugares retirados que aún frecuentan ciertos series curiosos a los que antaño cualquiera podía ver y hablar mientras se dedicaban a sus quehaceres cotidianos…?
M. R. James

Que los fantasmas existen en España está probado desde 1676. Los fantasmas, monstruos, trasgos y otros seres de diversa naturaleza no eran el envés de la realidad de entonces. Tampoco producto de la superstición y el temor. Eran, a todos los efectos, integrantes plenos de este mundo. Los hombres y mujeres tenían los ojos abiertos a lo invisible, a esa sociedad de lo oculto que convivía en su mismo espacio y que no siempre les aterrorizó. De hecho entre los siglos XV y XVII, los seres marinos con formas semihumanas que habitaban el océano que hoy consideraríamos fantásticos incluso pagaban impuestos. El rey de Portugal y el gran maese de Santiago pleitearon durante un tiempo sobre quién debía cobrar el tributo a dichos tritones y sirenas del mar; y quedó reflejado en el Archivo de Portugal que el de las ninfas correspondía a la corona, y el de los tritones, al gran maese.

Pero volvamos a España, donde 1676 marca un hito en la constancia documental de la existencia de los fantasmas. Aunque estos ya aparecen en escritos anteriores que hablan de pigmeos y gigantes, de hermafroditas, caníbales, hombres con cabezas de carnero o ánimas de muertos, es ese año cuando un monje capuchino zamorano publica la obra que trata de dilucidar el asunto de una vez por todas. No eran leyendas populares ni personajes literarios, eran realidad. La obra se llamó El ente dilucidado. Tratado de monstruos y fantasmas, y su subtítulo deja a las claras el objetivo que persigue: Discurso único novísimo que muestra que hay en naturaleza animales irracionales invisibles y cuáles sean.

Su autor fue Rafael Arias y Porres, nacido en casa solariega como Rafael Elías y ordenado como Fray Antonio de Fuentelapeña, tal y como pasó a la historia. Un monje capuchino que, tras desempeñar una labor incansable por las misiones provinciales capuchinas, de levantar capillas y pasar por Sicilia y Portugal; fijó el foco en lo oculto. Rubricó el primer tratado español sobre los fantasmas en el resto de Europa ya habían florecido otros tiempo atrás, como el Tratado sobre la aparición de los espíritus de Noël Taillepied, en 1588 y consiguió publicarlo en la Empresa Real de Madrid con todos los permisos necesarios. Y fue un escándalo, pero no una blasfemia.

Porque Fuentelapeña no solo ponía en cuestión verdades imperantes en su época, sino que fundamentaba su testimonio esto es, que los fantasmas existen en fuentes antiguas aceptadas como válidas por los hombres de ciencia de entonces, pero también aludiendo a seres mencionados en las Sagradas Escrituras. El capuchino conjugó ciencia y fe, o al menos trató de dotar la perspectiva religiosa de un tamiz cientifista. Se basó en los mismos argumentos con los que podían probarse los principios supremos de la fe, es decir, partiendo del principio lógico de que, entre los prodigios de la creación divina hay seres buenos y malos, y estos últimos en los que encuadra no solo fantasmas, sino toda clase de monstruos y duendes cayeron o quedaron en el aire y han de vivir en lo oculto. Pero existen igual que existen los seres superiores, pues unos y otros forman parte igualmente de la misma existencia natural, que Fuentelapeña denominó «Naturaleza oscura». Son seres materiales, pero invisibles. Y su maldad no es tal, como explica en una de las «Ocho pruebas de la existencia de animales invisibles» con la que arranca la obra.

El Tratado de monstruos y fantasmas es revolucionario incluso hoy en muchos aspectos, pero quizá uno de los más llamativos es cómo trata de erradicar la que era entonces y aún es hoy la principal característica de los seres extraños: el terror. «Los trasgos, fantasmas o duendes no son, como se juzgan, demonios ni otra cosa espiritual, sino solamente unos animales irracionales o unos engendros naturales vivientes sensitivos y nada ofensivos ni dañosos», advierte ya en la introducción de la obra. La obsesión de Fuentelapeña no era solo tipificarlos, explicar su origen y causas de su existencia, sino desenmascararlos para espantar el terror.

El fantasma y el miedo

Porque, contrariamente a lo que pudiera parecer, el hombre no siempre temió al fantasma. Durante siglos, de hecho, formaron parte de lo vulgar. Los más viejos relatos sobre ellos (en las religiones mesopotámicas ya se habla de espectros que se forman en el momento de la muerte del individuo, adoptando su personalidad y su memoria) muestran a estos seres como predominantemente noctámbulos, ruidosos, inquietantes… pero inofensivos. El hombre se estremecía ante la ultratumba por extraña, por desconocida y etérea, pero no porque pudiera procurarle un daño real. El siglo xv cambió el paradigma, y esos espectros inocuos empezaron a ser absorbidos por los maleficios de las brujas, convirtiéndose en agentes del demonio. Los inquisidores Heinrich Kramer y Jacobus Sprenger publicaron el Malleus maleficarum (o Martillo de las brujas) que reinterpretó la función de los fantasmas, catalogándolos como «demonios menores» que eran capaces de poner en peligro el alma y el cuerpo de los buenos cristianos. Gracias a la reedición de la obra durante más de trescientos años, y las aportaciones de otros eruditos demonólogos e inquisidores, el fantasma se volvió agresivo y quedó asociado a la culpa, el pecado y el castigo eterno. Los libros del siglo XVI se preñaron de muertos envueltos en mortajas y sudarios, que asesinaban y devoraban a quien los convocaba. Y a quien no. Se transmutaron en entes moralizadores.

Por eso el testimonio de Fuentelapeña supuso un salto verdaderamente significativo en la consideración fantasmal. Tratando de atrapar y definir la fenomenología del espectro, el capuchino dio por buena la creencia ancestral, pero le robó al demonio su control. Les despojó del estigma, desnudando la verdadera naturaleza de esos seres extraños, que ni mucho menos radicaba en atemorizar a los vivos. Sin saberlo, se adelantó a Bram Stoker, que puso en boca de Van Helsing aquel mantra de que «la fuerza más importante del vampiro radica en que nadie cree que existe». Con los fantasmas sucedía al revés. Su fortaleza radicaba en que la mayor parte de la gente creía en ellos. Y, al menos en eso, no se equivocaban.

Fuentelapeña se limitó a decirle al ciudadano del Siglo de Oro que lo que veía, detectaba o intuía, era real y además, atacable desde la razón. El ente dilucidado brinda, por ejemplo, una explicación extravagante de por qué los muertos de los cementerios, en ocasiones, se convierten en fantasmas y adoptan forma humana:

Confirmase lo quinto: porque de los cuerpos difuntos enterrados de poco tiempo, suelen salir semejantes fumosidades, que encendidas con el antiparistasis se ven sobre los sepulcros clarificadas (…) Y el que tomen la proporción del cuerpo humano en la estatura, proviene, o ya porque dichas exhalaciones tienen propensión simpática, a tomar cada una el lugar que le toca, según el miembro de quien se originaron, o porque (y es lo más seguro) según la cantidad que de un cuerpo puede salir solo piden semejante proporción (…)

El origen del fantasma, según sostiene, está en la corrupción de los vapores gruesos, en desvanes, sótanos y lobregueces, y en general, en lugares húmedos y deshabitados en los que el aire no rompe. Lo cual, sin quererlo y de soslayo, dio cierta lógica al solemne fantasma literario inglés y escocés, habitante de húmidos castillos y sótanos. También al duende, tan presente en la tradición oral y literaria española, al que Fuentelapeña dedica un epígrafe especial y un detenimiento singular. Afirma que son invisibles para unas personas y no para otras, por cuanto «son de naturaleza tan rara o de color tan remiso que solo los pueden ver aquellos que tienen agudísima vista y así suelen verlos los niños y no los adultos por la mayor perspicacia que conserva de la potencia visiva».

Además, el tratado se ocupa de cómo hacer desaparecer estos seres, que no son producto del demonio pero sí bastante puñeteros, ya que podían jugar a los bolos, contar dinero y mover objetos de los humanos.

Con el estampido de la pólvora se quebrarán, con los sahumerios calientes se consumirán, y con abrir las ventanas a dichas partes lóbregas donde habitan para que entre la luz y corra el aire se adelgazarán los vapores que se sustentan los dichos y vendrán ellos a perecer.

Si definir el espíritu de la obra de Fuentelapeña es complejo, tratar de delimitarla es un auténtico nudo gordiano. Y es que no solo los fantasmas y otros seres son objeto de sistematización del libro, que comprende 1836 proposiciones. Además de los «seres de aire» que diría Shakespeare, el capuchino incluye una colección de prodigios y hechos inesperados, que bascula entre lo extravagante y lo inquietante. Enuncia, por ejemplo, una teoría de la atracción universal en términos cotidianos, que según teólogos y juristas como Alfonso de Castro, adelantó en diez años la anunciada por Newton en su Philosophiae naturalis principia mathematica. Fuentelapeña, al final de la obra, se pregunta incluso sobre la posibilidad de que el hombre vuele en 1676, recordemos y no le falta pormenor alguno en describir el avión tal y como hoy lo conocemos. «El vuelo en el hombre es posible, pero siempre existirá por arte», dice. Algo similar a lo que hace con los principios de la radiotelefonía, que también expone. Pero todo se diluye en la lógica fantasmal, la verdadera espina dorsal de la obra; que siembra la duda de si mirados de lejos, todos los visionarios parecen locos, o es al revés.

Todo lo demás es fantasma

Al capuchino la muerte le atrapó antes de que pudiera completar su obra fantasmal. Planeó dos volúmenes más, pero los apuntes no se conservan. Tras la impresión de El ente dilucidado (cuya distribución algunas órdenes capuchinas trataron de evitar) le siguió una respuesta directa del capitán don Andrés Dávila Heredia, que escribió un folleto en 1678 refutando al capuchino. Con tono displicente y burlón, tachó al padre de «trivialista, vacío y banal» ya que «la materia de duendes ni es material, ni es corpulenta», considerando que no había cabida a un planteamiento científico de aquellos temas. Pero por feroces que fueran, los detractores contemporáneos de Fuentelapeña tuvieron mucho menos predicamento que él, y sus libros apenas alcanzaron tiradas relevantes. Su obra tuvo vigencia durante varias décadas, y no fue hasta el siglo XVIII que cayó en descrédito, cuando las críticas ilustradas encuadraron el libro como un compendio de supersticiones populares.

Triunfas tal de los miedos, que parece
Que quitas miedo, no; sino que los espantas.

Manuel Arias dedicó este soneto en El ente dilucidado, que a falta de otra mejor, podría incluirse como la síntesis más aceptable de la obra, que hoy sobrevive como una rareza bibliográfica que con el debido tino, puede encontrarse. La naturaleza del libro que deleitó a escritores como Emilia Pardo Bazán o Juan Valera se movió en la delicada y ambigua frontera de la ciencia, la especulación, la fantasía, la premonición visionaria y la anticipación, haciendo imposible encuadrarla en otra categoría más que en la suya propia. Que no es otra que ser el primer tratado de fantasmas español, en el que ya se nos advertía de que no había nada que temer. Porque incluso los fantasmas pueden pagar impuestos. Pero seguimos en ello, cotejando ficción y realidad.

3 comentarios

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  2. Este artículo es una prueba más de que aquí siempre hay algo insólito, interesante, nuevo y antiguo, que probar. ¡Un ramo así de gracias!

  3. qué buen post. Un único fallo: los cementerios no existían como tales en vida del autor. No como los imaginamos ahora, desde luego. Pequeñísimos predios, de unos pocos metros cuadrados a uno de los lados de cada parroquia. Cada pocos años, se sacaban los restos para dar espacio para los siguientes. Y eso, a la vista de los vecinos.

    Nada que ver con el cementerio burgués decimonónico.

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