Jobriath, el mártir olvidado del glam rock - Jot Down Cultural Magazine

Jobriath, el mártir olvidado del glam rock

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Escena del documental Jobriath A.D., 2012. Imagen: Eight Track Tape Productions.

«Preguntarme si soy homosexual es como preguntarle a James Brown si es negro».

El hotel Chelsea, al que alguien llamó la «catedral bohemia» de Nueva York, es un lugar con muchas historias que contar. La más conocida, quizá, data de 1978. Hablo del asesinato de Nancy Spungen. Ya saben, su cuerpo fue encontrado en la bañera con una puñalada en el abdomen. Tenía veinte años, y su novio, el inefable Sid Vicious, era el principal sospechoso del crimen. El mundo le conocía por haber sido bajista de los caóticos Sex Pistols, aunque se le daba mejor usar el bajo como hacha para golpear a un tipo del público que como instrumento musical. Vicious insistía en su inocencia; pocos le creían, aunque nunca se ha descartado la hipótesis de que el autor del crimen fuese una tercera persona, tal vez un traficante de drogas. Nunca llegó a celebrarse juicio, porque Vicious murió poco después a causa de una sobredosis de heroína, a los veintiún años de edad. Suicidio, según algunos. Incluso hubo quien fomentó el rumor de que su propia madre le habría proporcionado una papelina letal para librarle del encarcelamiento, porque ella —quien, por cierto, también terminaría muriendo por una sobredosis, que pareció un suicidio— era la que le había comprado la droga. En cualquier caso el punk ya tenía a sus Romeo y Julieta, con un final muy truculento.

En el Chelsea se alojaron personajes de lo más ilustre: Mark Twain, Stanley Kubrick, Dylan Thomas, Bob Dylan, Arthur Miller… la lista es demasiado larga como para citarla entera. Allí rodó Andy Warhol su película Chelsea Girls, y además el edificio es citado en decenas de canciones. Pues bien, en lo alto del hotel hay un apartamento coronado por una pirámide; poca gente recuerda que allí vivió Bruce Wayne Campbell. No era Batman: nuestro Bruce Wayne se había lanzado a la búsqueda del estrellato bajo el nombre artístico de Jobriath. No lo consiguió y su única recompensa consistió en que, aún hoy, haya quien se burle de su figura, considerándolo una especie de imitación «todo a cien» de David Bowie. Nunca tuvo suerte. También intentó ser actor y por ejemplo se presentó a las audiciones para los papeles secundarios de Tarde de perros, aquella inolvidable película en la que Al Pacino y John Cazale atracaban un banco y terminaban desencadenando una impresionante cascada de sucesos embarazosos. Jobriath no obtuvo el trabajo y sus últimos años fueron los de una vieja gloria que se desvanece en el olvido, solo que no era viejo: murió a la edad de treinta y seis años. El curriculum vitae de Jobriath es una descorazonadora sucesión de fracasos; tan es así que no es raro que se lo pinte como una anécdota esperpéntica dentro del glam rock, una especie de subproducto tragicómico de aquella década alocada en la que todo sucedía muy deprisa. El pobre Jobriath, que había estado a punto de tocar el cielo con las manos, terminó cantando en cabarets de mala muerte y, lo que es peor, prostituyéndose para seguir con su decadente tren de vida. Murió de sida, y pocos libros sobre historia musical le mencionan; lo habitual es mencionar a Freddie Mercury como víctima más notoria de esa plaga, dejando como nota a pie de página a Jobriath, aquel tipo sin talento del que nos reiríamos con ganas si su existencia no hubiese terminado siendo tan patética, en el sentido clásico de la palabra.

Jobriath no era un gran cantante, es verdad. Podría decirse más: como vocalista, dejaba que desear. Pero la idea de que carecía de talento musical, que durante años se convirtió en un lugar común al hablar sobre él, es falsa. Durante su infancia fue un niño prodigio, un prometedor aprendiz de piano clásico, elogiado por un famoso director de orquesta. Pero su lugar no estaba en la música clásica. Él se sentía más inclinado por el rock & roll y la música pop. ¿El problema? Era demasiado gay. Visto con la perspectiva de los años, eso parece el principal motivo por el que su figura nunca llegó a hacerse un hueco, ni siquiera en mitad de la fiebre de las lentejuelas y el rímel. Algo así parece paradójico: ¿era posible ser demasiado gay en plena era del glam? Suena raro, pero así fueron las cosas.

Siempre fue un individuo hipersensible e inadaptado. Su primera intención fue la de trabajar como pianista en musicales, pero eso lo llevó a descubrir su auténtica vocación, los escenarios, cuando obtuvo un papel en una obra teatral (una representación del musical Hair) y quedó seducido por el poder de las tablas. Cuando lo reclutaron para la instrucción militar —previa a un posible destino en Vietnam— no pudo soportar la vida en el cuartel. Cabe suponer lo que la rutina militar supuso para él, porque un joven tan afeminado difícilmente podía encajar en un cuartel. Escapó y trató de continuar con su carrera teatral, hasta que la policía militar lo encontró y lo metió entre rejas. Se vino abajo. Sufrió una crisis psicológica que lo terminó llevando a un hospital psiquiátrico. Durante el internamiento empezó a escribir canciones en las que describía, con aparente ligereza pero un tono descorazonador, lo que suponía ser homosexual y amanerado en la sociedad de su tiempo. Cuando en el ejército por fin se dieron cuenta de que no estaba hecho de la pasta de los Boinas Verdes, Bruce quedó en libertad para continuar con la música. Eso sí, el piano había quedado atrás. El ascenso del glam rock, de la estética de las plumas y lentejuelas, parecía ajustársele como un guante. Decidido a convertirse en una estrella, se mudó a California, pero no le fue demasiado bien, porque sus maquetas eran rechazadas por las discográficas. Bordeando la miseria, recurrió por primera vez a la prostitución para sobrevivir. El único que se interesó por sus grabaciones fue el mánager Jerry Brandt, que fue a buscarlo para ofrecerle hacerse cargo de su carrera y se lo encontró viviendo en condiciones lamentables, ocupando un pequeño apartamento donde ni siquiera había muebles.

Brandt era un tipo astuto y aprovechó la fiebre glam para vender a su nuevo protegido, que ya se hacía llamar Jobriath, presentándolo a las compañías como una gran estrella en ciernes. El mundo del rock siempre había tendido a la lentejuela, desde los mismos inicios, cuando Little Richard publicaba canciones que originalmente hablaban sobre homosexualidad (¿sobre qué creían que trata «Tutti Frutti?») y a duras penas lograba ocultar su amaneramiento. En general, el rock era más permisivo con la homosexualidad que el conjunto de la sociedad, por lo menos hasta cierto punto, y a principios de los setenta se convirtió en el primer estilo musical que, más allá del cabaret, convirtió la ambigüedad sexual y la estética afeminada en una moda. David Bowie o Marc Bolan jugaban a parecer homosexuales; Bowie prefería las mujeres y Bolan era bisexual, aunque también solía decantarse por el sexo opuesto. Había grupos musicales que intentaban parecer lo más homosexual que fuese posible sobre los escenarios, como The Sweet, aunque en realidad todos sus miembros fuesen heterosexuales. Tim Curry, el héroe de The Rocky Horror Picture Show y todo un icono gay de la época (¡o de todas las épocas!) también era heterosexual, pese a la naturalidad con la que llevaba el liguero en la película. Todo formaba parte del espectáculo. Aquella reivindicación de la libertad sexual era una consecuencia lógica de la era hippie, claro está, y también de la tradición de glamour estético iniciada en su día por Little Richard, una tradición continuada por discípulos como Jimi Hendrix, que ya en los sesenta vestía blusas con volantes de colores y vistosas boas de plumas. Al contrario que Richard, Hendrix nunca se acostaba con hombres, pero trabajando para él había aprendido que una estética llamativa tenía un enorme poder sobre el público. Cuando alguien expresa la idea, muy equivocada, de que la tradición del rock era homofóbica, siempre saco a relucir la verdad irrefutable de que uno de sus principales inventores y profetas no podía parecer más maricón.

Posado para el disco Jobriath. Fotografía: Elektra Records.

Jerry Brandt pensó que Jobriath podría encajar de maravilla en la escena glam, y no tardó en conseguirle un fabuloso contrato con Elektra Records. La compañía desembolsó casi medio millón de dólares, equivalentes a unos tres millones de euros actuales, para hacerse con sus servicios. Se le lanzó con una intensa campaña promocional y en 1973 publicó su primer álbum, Jobriath, una combinación entre rock y folk muy típica del momento. Pero Jobriath no encajó en la escena. Al revés, pronto empezaron las comparaciones —desfavorables— con Bowie, esas mismas comparaciones que lo persiguieron hasta más allá de la tumba. Hay que decir la verdad: el disco no estaba, ni mucho menos, al nivel de lo que podía producir Bowie, en especial durante su época más glammy con Mick Ronson al lado. Tampoco la voz de Jobriath, quizá el aspecto más flojo de su música, estaba a la altura. No voy a decir que el álbum estaba entre lo mejor de su tiempo, pero si se publicase hoy estaría mucho mejor considerado y la verdad es que no era peor que otros discos que sí tuvieron éxito. Las canciones eran agradables de escuchar; hablo de temas como la divertidísima «Rock of Ages», «Take Me I’m », «I’maman» o «Blow Away», en la que Jobriath hablaba sin tapujos de los sufrimientos asociados a su homosexualidad, con un atrevimiento insólito en aquellos tiempos y unos juegos de palabras que, más allá de su aparente ligereza, evidenciaban un trasfondo muy traumático. Como decía antes, puede sorprender que en plena fiebre glam hubiese un artista que pareciese demasiado gay, teniendo en cuenta que muchos músicos pretendían parecerlo aunque después, entre bastidores, se dedicasen a perseguir faldas como si les fuese la vida en ello. Pero la industria musical de entonces, y por supuesto el público en general, tenía ciertos límites en su permisividad. Las letras de las canciones no solían tratar la homosexualidad de manera abierta, y todo se movía a un nivel estético y de actitud que tenía mucho de farsa. Artistas como Bowie o The Sweet jugueteaban con la ambigüedad sexual, pero lo de Jobriath no tenía nada de ambiguo. Él era muy, muy afeminado, en todos los aspectos, no se molestaba en disimularlo. Su apoteósica aparición en la NBC, actuando embutido en un ajustado mono de color rosa y una escafandra que se convertía en collar, con una actitud que hacía que Little Richard pareciese Charles Bronson, era algo para lo que el público no estaba preparado. Hasta Bowie moderaba su estética cuando aparecía en televisión, dejando de lado el desenfreno de sus conciertos en vivo, pero Jobriath, más allá de estar actuando, dejaba entrever que aquella era su verdadera naturaleza. Y sobre todo, en sus canciones era mucho más explícito que cualquier otro artista glam. Él hablaba de su propia vida, enfrentando al oyente con una realidad que iba mucho más allá de las lentejuelas.

Pensemos en cuando, unos cinco años después, alguien tuvo la idea de «fabricar» a los Village People para captar a una audiencia homosexual. Los Village People terminaron captando a todo tipo de público, pero eran como una caricatura, una especie de guiño simpático y artificioso a los estereotipos del mundillo gay. Algunos de los miembros del grupo, como el cantante principal (¡sorpresa!) o el que siempre iba vestido de cuero, ¡ni siquiera eran homosexuales! Es verdad que en ocasiones se acercaban al límite de lo aceptable (lo del videoclip de «Macho Man» tiene tela, ¡en 1978!) pero rara vez resultaban «molestos». Sus letras, sí, hacían referencia a asociaciones juveniles o a la marina, pero enfocaban el asunto desde una perspectiva divertida, que podía disfrutar cualquiera que tuviese sentido del humor, incluso muchas personas de inclinación conservadora. Eran un grupo con fantásticas canciones, principal razón de su enorme éxito, pero también eran como una broma. Es decir: en aquella misma época, la actitud e indumentaria escénicas de Freddie Mercury eran tanto o más elocuentes. Además, los Village People surgieron en otro momento histórico, que desde la perspectiva actual parece casi el mismo, pero no lo era. Había diferencias de contexto muy importantes entre 1973 y 1978, como tampoco había sido lo mismo publicar un disco en 1962 que en 1967. Por entonces las cosas cambiaban muy deprisa en la sociedad y en el negocio musical; quizá no tan deprisa como hubiesen debido, pero desde luego aquella diferencia de cinco años puede percibirse con mucha claridad, tanto en la música como en el cine. En ese sentido, Jobriath llegó antes de tiempo. A él resultaba imposible verlo como una broma, como un homosexual que jugaba con los estereotipos pero ajustándose a lo que una audiencia amplia pudiese digerir. Jobriath era real, su actitud era real, sus letras eran reales, y eso sí era incómodo para mucha gente.

Hoy se le reivindica precisamente por eso: porque llegó demasiado pronto pero demostró una indudable valentía al ir más lejos de lo que hubiese osado cualquier otro músico homosexual de su tiempo. Recordemos que en los setenta Elton John o el propio Mercury se abstenían de reconocer su condición sexual. Incluso en 1998, cuando salió del armario Rob Halford, cantante de Judas Priest, reconoció que lo hacía con un enorme miedo a que su público mostrase rechazo. Al final no fue así. No pasó absolutamente nada y a los fans de Judas Priest no les importó lo más mínimo que Halford se acostase con hombres. Desde luego, el público heavy de finales de los noventa ya no era el de los ochenta, esto es verdad, pero la homosexualidad de Halford había sido objeto de rumores desde finales de los setenta, cuando empezó a vestir cuero en escena, y aun así el paso de declararlo en público le había aterrorizado. En 1998, casi en el cambio de siglo, habiendo sucedido el grunge (que no era muy gay, pero sí había contribuido a extender una mentalidad muy progresista entre la llamada Generación X) y habiéndose convertido el ya difunto Freddie Mercury en un icono universalmente venerado. Pues bien, aunque a los heterosexuales nos resulte difícil ponernos en su piel, en los setenta la vida no debió de ser nada fácil para Jobriath. El que él hubiese trascendido la ambigüedad y hubiese salido del armario públicamente, cuando ningún otro artista famoso lo hacía de manera explícita, suponía todo un acto revolucionario. Que, por desgracia, no obtuvo recompensa.

Su segundo álbum, Creatures of the Street, en el que también había canciones apreciables, como «Scumbag», «Heartbeat», «World Without End», tampoco llegó a ningún lado. La discográfica estaba decepcionada; habían invertido mucho dinero en él, pero su estrella no despegaba. Y aunque sus directos dejaban buen sabor de boca, sobre todo gracias a su indudable carisma escénico, la escasa atención que despertaron aquellos dos discos tuvo como consecuencia el desinterés de los promotores. Deprimido, Jobriath decidió rendirse. Bajo otro nombre, empezó a actuar en restaurantes y cabarets de mala muerte, interpretando canciones melódicas de Cole Porter y similares. También volvió a prostituirse. En 1981 empezó a mostrar extraños síntomas que al principio no supo cómo interpretar, porque había enfermado de un mal del que por entonces no se sabía mucho: el sida. A lo largo de los meses siguientes su estado fue de mal en peor. Murió a finales de verano de 1983. Hoy cabe recordarle por lo que fue, un pionero. Su música podrá gustar más o menos, pero desde luego demostró que, habiendo tenido una vida de mierda, aún le quedaba coraje para decirle al mundo quién era. Jobriath nunca se escondió, y eso es su principal legado, un legado extraordinariamente valioso. Y, qué demonios, ¡siempre ilumina el día verlo en acción con su maravillosa escafandra! Esto que van a contemplar, amigos, esto es carisma:

10 comentarios

  1. Jobriath nunca se escondió pero desdeñó de su personaje escénico para actuar en cafés… Buen artículo. Todo un descubrimiento.

  2. Fantástico artículo.

  3. Pues el primer disco me parece un discazo.
    Se supone que un personaje de Velvet Goldmine está inspirado en el

  4. Chapeau. Si, era demasiado gay. Descubrimiento

  5. Me alegra ver que, tras años de ser ninguneado o considerado una especie de “Bowie del pobre”, el legado artístico de Jobriath se esté rehabilitando con reediciones, un documental o artículos como éste.

    No obstante, cabe recordar que fue Morrisey el primero en revindicar su andrógina figura publicando a principios de siglo en su sello Sanctuary el recopilatorio “Lonely Planet Boy”. A día de hoy sigue siendo la mejor introducción para los neófitos; sus mejores canciones (pese a la inexplicable ausencia de “Rock of Ages”) y hasta algún tema inédito como ese “I love a good fight” que lo acerca al Elton John más macarra.

    Por cierto, antes de que Elektra cortara el grifo, Jobriath estaba preparando una presentación de su segundo disco que, de haberse llevado a cabo, habría dejado en bragas las idas de olla de Funkadelic o Pink Floyd en directo. Algunas de sus genialmente delirantes ideas eran aparecer vestido de King Kong (para posteriormente trasvestirse en Fay Wray) o la metamorfosis del Empire State en un falo gigante que escupía lefazos al público (!!!).

    Pd. Y sí, el personaje de Maxwell Demon en “Velvet Goldmine” bien podría ser perfectamente el hijo bastardo de Ziggy Stardust y Jobriath.

  6. Interesante artículo sobre Jobriath aunque no estoy de acuerdo en varias afirmaciones. Primero, no creo que el punto débil del vocalista fuese su voz,acaso un poco chillona pero muy acorde con su música. Segundo, sus dos álbumes son bastante recomendables, en especial el debut y tercero, están a años luz de la música de Village People, muy divertidos pero poco más. Aún así se agradece que Emilio De Gorgot haya hablado del infravalorado Jobriath.

  7. Buen artículo sobre ese personaje que nunca fue conocido por estos pagos.
    Me sorprende positivamente que aún se escriba sobre él y más aún que haya lectores que comentan con conocimiento y criterio.
    Rock on.

    • Amigo Julio acabo de hacer un increíble descubrimiento. ¡¡El primer disco de Jobriath se publicó en España!!

      Aquí las pruebas: https://www.discogs.com/es/Jobriath-Jobriath/release/5687055

      Es insólito que la censura dejara intacta ESA portada cuando un par de años antes se había merendado la del “The Man Who Sold The World” de Bowie, bastante más recatada en comparación. Es fácil imaginar el destino de semejante ovni en la España de aquel entonces. Vamos, que el pobre Jobriath no se comió un colín ni aquí ni en su casa.

      Por cierto, siguiendo la costumbre de la época los títulos de las canciones aparecen traducidos al castellano en la contraportada. Tengo que confesarles que me ha arrebatado eso de “Barco de la Estrella Matutina”.

  8. Yo supe de Jobriath gracias al libro “Gay Rock” del añorado Eduardo Haro Ibars. Lo que pasa es que entonces no era tan sencillo acceder a su música o a imágenes y tuve que esperar muchos años para escucharlo y, efectivamente, el primer album es muy bueno.

  9. Excelente artículo. Pero (siempre hay un pero, si no para qué hacer el comentario) yo hubiera apuntado un par de detalles más. Primeramente, y aun cuando la mención a Little Richard es muy acertada en lo musical, en lo teatral sin duda habría que mencionaqua Lindsay Kemp. Y por otra parte, aunque heteros como Bowie (que estaba más salido que el pico de una mesa) jugaran a ser gays, hay que reconocer que lo que hacían (su “I’m gay” de 1972″) abrieron las puertas del armario a los gays “de verdad” (como Halford a finales de los 90).

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