Miente Pinocho, miente

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Ilustración de Carlo Chiostri, 1902.

Fábulas

Italia es ese país situado a dos centímetros de España y medio de Alemania. Un lugar cuyo terreno habitable (es decir, aquel que no ocupan estatuas de gente con los huevos al aire, sistemas de alcantarillado que se les han ido de las manos o Minecrafts de piedra) está repleto de personas muy agobiadas que al hablar sostienen abanicos de cartas invisibles en las manos, llevan gorras de fontanero con la inicial de su nombre bordada en ellas y se saben principales inventores de la verdadera comida moderna, aquella que ha decidido que el plato también ha de ser comestible y los cubiertos son solo un obstáculo que impide disfrutar de las placas tectónicas de mozzarella. También resulta ser la comunidad que históricamente ha legado a la civilización la mayor herencia artística: desde la espectacular maestría arquitectónica de una torre que se está cayendo, pasando por la herencia genética de Giancarlo Casanova materializada en esa romántica destilación del machismo en su grado más puro (el italiano por defecto es el único animal conocido capaz de ametrallar con un saco de ciao bella a toda falda en su campo de visión sin bajarse de la Vespa mientras apura su ristretto) y hasta desembocar en la alineación de artistas más extraordinaria jamás vista. Aquella que encabezan virtuosos de la envergadura de Leonardo, Donatello, Rafael, Miguel Ángel o el venerable Splinter.

Pero también es una tierra de fábulas, con una producción que planta cara directamente a la obra sucia de los hermanos Grimm, a los relatos de Hans Christian Andersen o a la inventiva psicotrópica del Lewis Carroll que perseguía el conejo de Alicia. El país ofrece una tradición bien nutrida de miles de cuentos fantásticos exitosos, desde Bajo el sol de la Toscana al espléndido relato en prosa de cualquier cosa que asegure un italiano tras la segunda copa en un after de Lloret de Mar. Y entre los pasillos de tan excelsa biblioteca una obra ha logrado destacar sobre el resto: el manuscrito titulado Le avventure di Pinocchio: Storia di un burattino (1883) firmado por Carlo Collodi. El cuento protagonizado por una marioneta que todo el mundo conoce. Que todo el mundo conoce mal.

La gran mentira de Walt Disney

Si invocamos la imagen de Pinocho la memoria visual del lector le remitirá directamente a la silueta con sombrero tirolés de la popular versión cinematográfica animada de los años cuarenta. O con un poco de suerte, a las encarnaciones estilizadas de madera que forman filas en las estanterías de cualquier tienda de souvenirs italiana como un pequeño ejército de musas de Quevedo. También resulta sencillo recordar su extraña naturaleza: para el conocimiento popular Pinocho es aquella marioneta afable y jovial que soñaba con ser un niño de carne mientras lidiaba con los problemas de un apéndice delator con la costumbre de crecer contra el deseo de su propietario, una situación clásica.

Pero el niño de madera original tenía poco de encantador y mucho de cabronazo insoportable, asesino involuntario, exconvicto e hijo deleznable. Y la napia extensible era poco más que una anécdota en una historia plagada de humor negro y situaciones rocambolescas. De la versión light, y por supuesto mucho menos interesante, que finalmente se enraizaría en el imaginario popular tiene la culpa el único hombre conocido que ha parido a un ratón con guantes.

Walt Disney se encontraba midiendo las columnas de beneficios que le había reportado el estreno de Blancanieves y los siete enanitos cuando cayó en sus manos una copia de Le avventure di Pinocchio ilustrada por Enrico Mazzanti. El entusiasmo que le despertó su lectura hizo que su compañía cinematográfica, que aún no había tenido tiempo de fusilar la tradición de leyendas de otros países con más historia, comenzara a tallar su adaptación a la gran pantalla. Por aquel entonces Disney estaba acabando de pintar las pezuñas de la que sería su próxima obra, Bambi, aunque las complicaciones de la producción hicieron que la versión del cuento italiano se le adelantase en el banquillo. Pero cuando el empresario se puso a trasladar la historia al universo de los dibujos animados se topó con un problema importante: era imposible que el Pinocho de la novela italiana resultase un personaje por el que el público sintiese simpatía en lugar de ganas de cascarle una hostia simétrica con reverb y repetición instantánea. Y al mismo tiempo sus desventuras resultaban demasiado sórdidas para una audiencia que hace dos días acababa de aparcar los pañales.

Disney sometió el texto a un lavado a fondo: Pinocho sería reimaginado como un niño encantador cuya naturaleza de juguete se insinuaría con un par de trazos en las juntas de los codos y las rodillas, de la narración original se rescatarían unos pocos elementos, se convertiría un detalle puntual (que la nariz del protagonista creciese cuando este pronunciaba una mentira, algo que no siempre ocurría en la obra primigenia) en un rasgo identificativo y un sufrido secundario, el grillo parlante, promocionaría a coprotagonista adoptando nombre, Pepito, y rol de voz de la conciencia. En esencia la obra original sería sometida al conocido proceso de disneyficación, una depuración moral de la materia prima que la compañía acabaría perfeccionando hasta convertir en estandarte.

No se trataba del único caso en el que era necesario suavizar la perversión italiana: otra fantasía clásica titulada Sole, Luna, e Talia escrita por Giambattista Basile acabaría convirtiéndose en La Bella durmiente tras un doble barnizado caramelizado. La versión del cuento reescrita por Charles Perrault y adaptada por Disney es una bonita historia de amor entre un príncipe y una princesa en coma. Pero en el texto original era un rey, casado y horny, el que se tropezaba con la chica dormida y aprovechaba para violarla, dejándola preñada y detonando una serie de equívocos cuyo punto más cómico y cruel era una reina celosa dando caza a los hijos bastardos de su marido para cocerlos, adobarlos y servírselos a escondidas entre las carnes de su cena real. Todo para acabar repitiendo con sorna al comensal durante el banquete que aquellos manjares que masticaban sus dientes eran, sin duda alguna, de su propiedad. Comida, crueldad y drama, todo muy mediterráneo.

El caso de Pinocho resultaba similar, el títere de Collodi en la obra primigenia no solo tenía la leche tan pasada como para matar al grillo que le ofrecía consejo con el mango de un martillo, sino que su comportamiento era tan reprobable que el propio autor tenía claro que su destino final no podía ser otro que acabar colgando de un árbol con una soga al cuello.

La paradoja de Pinocho

Ilustración de Carlo Chiostri, 1902.

La paradoja de Pinocho es un sencillo enunciado de lógica que plantea el siguiente escenario: si el personaje respeta las fantásticas reglas de su apéndice nasal y en algún momento se le ocurre pronunciar la frase «Mi nariz crecerá ahora» el universo reventará como desgraciada consecuencia de la imposibilidad de decidir qué es lo que tiene que ocurrir a continuación. Porque dicha afirmación en boca de este personaje concreto nunca puede ser cierta ni tampoco falsa. Cualquier intento de concederle a la propia oración un valor binario, en función de si dice la verdad o la mentira, solo conduce a la contradicción.

La verdadera contradicción de Pinocho fue convertir a su auténtico padre en el escritor italiano más exitoso de la historia y que este no llegase a ser consciente de ello nunca. Su fábula se publicaría en más lenguas de las existentes, se realizarían unas doscientas cuarenta versiones incluyendo una adaptación en braille, y la novela acabaría convertida en el segundo libro más traducido y leído de la historia, solo por detrás de otro famoso recopilatorio de cuentos fantásticos: la Biblia. Pero su autor moriría mucho antes de que la obra llegase a convertirse en un éxito mundial.

La gran mentira de Carlo Collodi

Carlo Collodi, que en realidad se llamaba Carlo Lorenzini, daba la impresión de no querer escribir para niños sino para el regocijo de los padres más sádicos, y por eso suena a chiste que serializara su obra en un periódico titulado Il Giornale per i Bambini. Las aventuras de Pinocho arrancaba con un humor blanco simpático («—¿Qué te ha traído hasta aquí? —Mis piernas») y el descubrimiento de un tronco parlante, para acabar revolcándose en lo más profundo y enfangado de la comedia negra.

Dispuesto a convertirse en el segundo carpintero de la historia que lograba ser padre sin ni siquiera meterla, Gepeto tallaba a su propio hijo para descubrir que la paternidad de un vástago torcido podría convertir su vida en un infierno. Pinocho hacía acto de presencia riéndose en la cara de su progenitor, robándole la peluca y propinándole una patada en los morros en el instante mismo en el que su creador le dotaba de piernas. A continuación huía del hogar, acababa provocando que Gepeto fuese arrestado como sospechoso de malos tratos, volvía a su casa sin ningún cargo de conciencia evidente y remataba el día espachurrando a un grillo de más de un centenar de años de vida que le recriminaba su actitud. Pinocho en solo un par de capítulos acababa de convertirse en el «muñeco diabólico» de la época. Y la justicia literaria no se hacía esperar: poco después de tanta tropelía, los pies del protagonista eran incinerados accidentalmente durante una siesta. En ese momento el escritor revelaba sus verdaderas intenciones, la tragedia que estaba componiendo no solo retrataba a los infantes como unos pequeños hijos de puta en los que no se puede confiar, sino que estaba dispuesta a castigarlos salvajemente. Mientras otras fábulas infantiles adoctrinaban sobre cosas realmente útiles, como por ejemplo que la mejor forma de acabar con un adulto es arrojándolo al interior de un horno, y la gran mayoría de esos cuentos trasmitían el mensaje de que los niños buenos estaban destinados a recibir cosas buenas, las aventuras de la marioneta arrinconaban su moralidad en la esquina opuesta: el destino de los niños malos era sufrir cosas peores.

Pinocho convertido en un surtidor de lágrimas se disculpaba de su comportamiento y prometía ser un niño trabajador, pero en la página siguiente escamoteaba el desayuno a su padre, se escaqueaba de la escuela vendiendo el libro por el que Gepeto había intercambiado su único abrigo y se metía en una espiral de despropósitos que acababan condenándole a ser engañado, perseguido, apuñalado y finalmente ahorcado en un árbol por un par de criaturas en las que había llegado a confiar ciegamente, un zorro y un gato (este último manco por culpa de un mordisco salvaje de Pinocho). Con ese fatídico desenlace, con el títere balanceándose inerte con la soga al cuello en el capítulo 15, acababa originalmente la historia en la cabeza de su creador. Pero cuando el editor del periódico contempló el trágico final, y a la horda de niños que estaban defecando ladrillos tras descubrir que el travieso juguete había muerto agonizando, obligó al escritor a resucitar al antihéroe y continuar con la historia. Y fue entonces cuando Collodi se aflojó el cinturón y se bajó los pantalones. Acordaría retomar la narración pero a partir de ese momento la cosa se desmadraría por completo: situaciones más delirantes, un Pinocho más bipolar, un humor más oscuro y unos castigos más salvajes.

El muñeco visitaría tierras extrañas dominadas por niños malos, se transmutaría en burro, conocería a fantasmas de niños muertos, formaría parte de un circo, sería objeto de estudio de tres extraños médicos, se enfrentaría a serpientes gigantes, visitaría el estómago de un gigantesco pez y acabaría protagonizando una extraña escena de zoofilia velada al agradecer a un atún la ayuda prestada plantándole un cálido beso en los morros. Pero tanta aventura fantástica vendría acompañada inevitablemente de un desfile de vejaciones sádicas contra el niño de madera. El protagonista sería torturado, golpeado, encarcelado, adoctrinado con un látigo, vendido una vez transformado en burro a un caballero que desea despellejarlo para hacerse un forro de tambor con su piel, separado de su padre durante dos años, devorado por peces hambrientos, a punto de ser frito en una sartén, amenazado con ser enterrado vivo, atado a una piedra para ser arrojado al mar y sobre todo fusilado psicológicamente: en un par de ocasiones la historia hace creer al títere que su padre y la figura que ejerce de su madre (el hada azul) fallecen por su culpa. El desenlace del relato concede una tregua a la criatura protagonista y la transforma en un niño real cuando decide redimirse y encarar el buen camino, pero todo lo que ha ocurrido antes se encuentra más cerca del torture porn que del cuento que alguien le leería a sus niños para que durmiesen plácidamente.

Carlo Collodi no tenía hijos, y la razón podría deducirse leyendo su obra más conocida. El escritor consideraba que a través de las letras era posible construir alegorías que reflejasen su forma de pensar y si aceptamos esa afirmación como cierta es fácil interpretar que la visión que tenía el caballero de la infancia no distaba demasiado de asomarse a una letrina con unos prismáticos. En Las aventuras de Pinocho todos los niños son seres indeseables que mienten, engañan y traen de cabeza a sus responsables, criaturas para las que el autor demuestra tener un muy amplio y colorido repertorio de adjetivos de los cuales ninguno es agradable. Y el remate, la moraleja violenta, es que cada uno de esos pequeños maleantes acabará sometido a un castigo espantoso. La gran mentira de la literatura infantil es creer que el autor italiano más exitoso del género era una persona que realmente quería a los niños. Porque Collodi escribió el cuento para niños más conocido de la historia para dejar claro que los odiaba profundamente.

Nota:

Uno de los párrafos de este texto es total y absolutamente falso, será una empresa de la propia inteligencia del lector el averiguar  de cuál se trata.

Ilustración de Carlo Chiostri, 1902.

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6 comentarios

  1. Pingback: Miente Pinocho, miente – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. Los viejos cuentos infantiles solo son aptos para sádicos sin remedio, son cuentos para adultos (perversos, pero aun así más inteligentes que las homologadas bobadas sentenciosas que pasan por literatura infantil sana), y sin embargo me fascinaban en aquella muy trastornada pero tan piscópata infancia. Era cuestión de costumbre, era la pavorosa anticipación de la peor normalidad, era el surrealismo lisérgico (“Estaba el señor don gato” o “El patio de mi casa”) y un protofeminismo con glamour: “Hache, I jota, ka ele, elle, eme, a, que si tú no me quieres otro amante me querrá”. O aquel dechado de ternura: “Un bichito colorado ha matado a su mujer con un cuchillito de punta alfiler, le sacó las tripas y se puso a vender: ‘¡Se venden!, ¡se venden las tripas calientes de mi mujer!'”. Eso se canturreaba con la banda sonora del ta-te-ti. O “Mambrú se fue a la guerra” que parece el recochineo sobre una elegía. O el clasista y desesperado “Tengo, tengo, tengo: tú no tienes nada […] Caballito blanco, llévame de aquí…”. O la agónica “A la una nací yo. / A las dos me bautizaron. / A las tres me puse novia. / A las cuatro me casaron. / A las cinco tuve un hijo. / A las seis se me murió. / A las siete lo enterramos. / A las ocho morí yo”… No sé si es catarsis, enseñanza trágica o advertencia, ni por qué normalísimos padres (en el sentido corriente: no eran para nada psicópatas) nos autorizaban el disfrute de esa oscura poesía.

    • Manuel

      O la famosa cancioncilla de la pobre niña que esta en casa esclavizada con una tarea para cada día: un día lavaba, otro planchaba…
      Eso en nuestra infancia era lo normal, ocuparnos de tareas de personas mayores y servir de mano de obra, por ejemplo, en el campo, los que teníamos padres agricultores.
      Hoy en día, a más de la mitad de padres de aquellas épocas se les retiraría la custia de sus hijos.

  3. Rafa B

    ¿El segundo libro mas vendido de la historia?

  4. ¿Su fábula se publicaría en más lenguas de las existentes?

  5. videls

    ¿mentira?
    “La verdadera contradicción de Pinocho fue convertir a su auténtico padre en el escritor italiano más exitoso de la historia y que este no llegase a ser consciente de ello nunca. Su fábula se publicaría en más lenguas de las existentes, se realizarían unas doscientas cuarenta versiones incluyendo una adaptación en braille, y la novela acabaría convertida en el segundo libro más traducido y leído de la historia, solo por detrás de otro famoso recopilatorio de cuentos fantásticos: la Biblia. Pero su autor moriría mucho antes de que la obra llegase a convertirse en un éxito mundial”

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