Prohíban, por favor

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Calígula, 1979. Fotografía: Penthouse Films / Felix Cinematografica.

Un hombre recorre los pasillos del Gran Conservatorio de Moscú. Las manos en los bolsillos. Las manos con las que ha enseñado a tantos a tocar. Este lugar se parece poco al que conocía. Aquí fue profesor Chaikovski. Aquí se acaba de calificar al compositor de espíritu degenerado al servicio de la aristocracia. Aquí se desprecia a Chopin: un esteta vacuo, un mono de feria de las clases altas. Aquí se escupe con superioridad proletaria sobre Liszt. Aquí se ha decidido que los solistas son inaceptables. La moral soviética no reconoce el triunfo individual. «Debemos acabar con el inútil sistema educativo que despierta en nuestros estudiantes de música el malsano deseo de competir y el impulso de destacar por encima de la colectividad». En eso creen los nuevos responsables del Conservatorio. En el fondo, estudiar música es una reminiscencia de los tiempos burgueses. «Acabas la carrera y te unes a una orquesta, y te pasas la vida soplando la flauta. ¿Y en qué te conviertes? ¿Eres realmente un comunista? ¿Es esto lo que haces cuando tu país necesita trabajadores para las cooperativas, ingenieros, agrónomos o pilotos?».

El hombre que se despide es un pianista. Dicen que de los mejores. Se llama Konstantin Igumnov. Camina cabizbajo pensando en los alumnos que ya no florecerán. El eco de sus clases resuena en algún lugar. Quizá en su cabeza. O en el aula número 45, donde tantas veces ha enseñado los secretos de su técnica prodigiosa; donde desvelaba el misterio de su virtuosismo a cientos de jóvenes de dedos inquietos. Ahora, las manos calladas en los bolsillos; la mandíbula tan apretada que espera a que se le taponen los oídos. Eso quiere. Que el silencio caiga sobre el silencio. Sobre el silencio mamotrético de la ideología. Si los solistas son inaceptables, él también. Con su piano varado frente a la orquesta y sus minutos de gloria en la partitura. No es este el mundo que le va a escuchar.

Konstantin Igumnov se fue del Gran Conservatorio de Moscú para ser sustituido por un camarada de prohibición fácil y limpias convicciones comunistas. El Estado tardaría años en recapacitar. En 1932, tres pianistas soviéticos fracasaron en el Concurso Internacional de Varsovia. Podían cantar la grandeza de Lenin de principio a fin, pero con el teclado sabían hacer poco más que un plan quinquenal. Los solistas volvieron a ser aceptados. Todo por la Nación.

Es tan fácil prohibir. Tan fácil como plantar un manzano en el jardín del edén. Tan fácil como señalar al demonio en un pentagrama, en una palabra, en una curva de la carne, en una ensoñación. Se puede hacer en nombre de tantos: de un dios o de otro dios, del Estado, de la razón, de la fe, de papá o de mamá. Como si nos gustara que alguien nos tutelara. Que nos dijeran lo que tenemos que hacer. Aunque no tenga sentido. Aunque sea encerrar a los solistas en el sótano del Conservatorio. Aunque sea algo tan ridículo como desnudarse y beber.

Es lo que sucede en Nueva Jersey. Está prohibido mezclar el toples con el alcohol. Se pueden hacer las dos cosas, pero nunca a la vez. Por eso jamás existirá un local como el Bada Bing. En el escenario real donde se rodó, el Satin Girls, bailarinas crepusculares con la mirada perdida languidecen con biquinis cargados de pedrería que no dejan ver sus redondeces blanquecinas. Da más pasta la cerveza que el contoneo. Y hay que acatar la ley. Mientras ellas giran perezosas por la barra, los parroquianos se acodan con su cerveza imaginando qué se esconde bajo la capa de strass. Se saben de memoria sus coreografías de paso subacuático, el instante en el que la carne rebosará contra el cilindro metálico donde se dejan caer. El eterno retorno de encerrarse en el baño para retocarse el carmín. De escupirle seducción barata a un cincuentón de amianto que solo piensa en beber.

Lo único que cambia es el autobús de turistas que llega siguiendo los pasos de Los Soprano. No pueden entender la escena: las strippers forradas de lentejuelas apagadas, su bamboleo desganado, un dólar cayendo despistado junto a sus pies. Los visitantes se preguntan qué hay de malo en emborracharse a la sombra de un pezón. Es la ley. Leyes estúpidas como la que impide en un pueblo de Connecticut andar hacia atrás durante la puesta de sol o la de Alabama que prohíbe entrar con un bigote falso en una iglesia —en hora de servicio.

Las prohibiciones del otro siempre son estúpidas. Las miramos con la displicencia del que ignora la viga en el ojo que no le deja ver. Como si a nosotros no nos gustara vetar. Como si fuéramos ajenos al secreto placer de la superioridad moral. Pero nunca lo somos.

Aunque la infección irreversible llega cuando nos convertimos en nuestro propio censor. La distopía verdadera es la prohibición que no se tiene que imponer porque la hemos aceptado como normal. La plaga de lo políticamente correcto, de la asepsia, la supresión de la catarsis, la abolición de la imagen del mal —que puede existir, pero no se puede ver—. Ese momento en el que nos molesta contemplar a Bogart fumando porque da mal ejemplo. El día en el que, absurdamente paternalistas, nos planteamos a qué edad hay que leer Lolita de Nabokov. Terminaremos resucitando a la madre de Bambi en nombre de una infancia preservada del dolor. Y nos escandalizarán las seis letras del verbo follar. Nos escandalizan ya.

«Quiero que todo el mundo piense igual. Rusia lo está haciendo por medio del Gobierno. Aquí ocurre por sí solo». Lo dice Andy Warhol, que ha elevado la copia al altar mayor del arte. Lo dice un hombre que ha descubierto que las mentes biempensantes le dejan el camino libre para escandalizar. Lo dice como reafirmación de sus efebos, de sus pelucas, de su corte y sus boutades. Lo dice un descerebrado que se atrevió a rodar una versión de La naranja mecánica y que nunca se arrepintió. No como Kubrick, que lo hizo para después negarse a sí mismo hasta la prohibición.

La naranja mecánica, 1971. Imagen: Warner Bros / Hawk Films.

Antes de renegar, Kubrick había defendido la libertad de retratar el mal. Como lo había hecho en su nombre Anthony Burgess, autor de la novela que había inspirado aquella apoteosis pop de la infamia. «Ni el cine ni la literatura pueden ser culpados de un pecado original. Un hombre que mata a su tío jamás se podrá justificar acusando a Hamlet. Del mismo modo, si la literatura fuera responsable del caos o del asesinato, entonces el libro más condenable de la historia sería la Biblia, la pieza de literatura más vengativa que existe».

Y, a pesar de todo, tres años después de su estreno, cuando La naranja mecánica todavía reventaba la taquilla del Reino Unido, Stanley Kubrick decidió guardarla en un cajón. Pidió a la Warner su retirada definitiva. En silencio. Como si se avergonzara no tanto de haberla hecho como de esconderla después. Se le había acusado de que el comportamiento del personaje que interpretaba Malcolm McDowell provocaba reacciones en cadena: asesinatos, palizas, violaciones. Kubrick siempre se había defendido. Pero un día todo cambió. «Recibíamos constantemente notas de amenaza», recordaba su mujer. Y aquellos anónimos, aquel terror sobrevenido, funcionaron como el método Ludovico. Cambiaron su forma de ver las cosas. Y un día decidió acabar. En enero de 1974, Kubrick solo deseaba romper con la película. Enterrarla. No era la primera vez. Durante años había intentado sacar de la circulación las copias de su primer largo, Fear and Desire. Ahora era más fácil. Solo se lo tenía que pedir a la Warner. Ni siquiera lo tenían que contar. Y lo hicieron en secreto. Se supo mucho tiempo después, cuando Adrian Turner decidió hacer una retrospectiva para el National Film Theatre y se le negó una copia. «La naranja mecánica está retirada de la circulación», fue la escueta explicación.

Kubrick había sucumbido y se había convertido en su censor particular. El más temible. En cierto modo, él también había pasado por la sala de lavado de cerebro en la que se convierte a Alex en un hombre de bien. Esa en la que todos entramos sin darnos cuenta antes o después. La que poco a poco nos ordena como pequeños apóstoles de la prohibición. No parece grave. Empieza por pequeñas intolerancias cotidianas. Hasta que la tiranía de lo correcto se convierte en el gran-hermano-dictador.

Toma un lápiz rojo y tacha lo que te ofenda.

Los cuerpos desnudos el día del juicio. Una señora sin ropa en un pícnic. Una mujer grandiosa abierta de piernas. La bandera furiosamente pisoteada. La foto de un rey ardiendo. Un caballero meando en la boca de otro caballero. Una cama deshecha en la sala de un museo. El guante de Gilda. La música antisocial y ultraindividualista de Schumann. Copérnico y Montesquieu. Pipas de porcelana sobre el suelo. La palabra nigger en Huckleberry Finn. La palabra nigger, en general. Un negro de la mano de una blanca. Una blanca adolescente del brazo de un viejo millonario de cualquier color. Sexo por dinero. Dinero por ideología. Cada vez que un personaje de Tarantino dice fuck. Dos adolescentes francesas descubriendo la homosexualidad. Mein Kampf. Cinco músicos judíos en la Filarmónica de Berlín. Apalear a un mendigo que no se puede defender. Una capilla en la Universidad. Las Pussy Riot. El origen de las especies. La mantequilla perpignanesca de El último tango en París. Un chiste de Mahoma en la portada de Charlie Hebdo. Un chiste de Jesús. Howl. Un hombre frente a un tanque en Tiananmén. «Federico Fellini, pecador público». Gente follando en horario infantil. Niños hipnotizados durante horas ante la pantalla de televisión. Un chico metiéndose un pico en una foto en el Whitney. Salon Kitty. Las orgías de Catherine Millet. Las princesas de Disney. «Se va el caimán». La infidelidad de Mogambo. El Ulises de Joyce. Las fotografías de nínfulas de Lewis Carroll. Mendelssohn y Bach. Le mariage de Figaro de Pierre-Augustin Caron de Beaumarchais. Blow Up. El almuerzo desnudo. Cincuenta y ocho metros de los 2634 del Decameron de Pasolini. Las lenguas que se buscan de dos hombres. El sexo de los viejos. El de los idiotas. Las perversiones que no te atreves a soñar. Los pianistas. Las strippers. El tabaco. Warhol. El método Ludovico. El lápiz rojo con el que aprendes a prohibir.

Tacha todo lo que no te gusta. A los otros. A mí. La parte que te asusta de ti. Ya está. Era tan fácil. Bienvenido al Paraíso Prohibición.

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7 comentarios

  1. Agustín Serrano

    Lo mejor que he leído últimamente en Jot Down, lo que ya es difícil, teniendo en cuenta la impresionante calidad de algunos de sus artículos.

    Felicidades y muchas gracias.

  2. luchino

    Una puntualización, o dos: sobre “Una capilla en la Universidad”, o “El tabaco”, nadie, creo, propone que se prohiban, sólo que no se paguen con dinero público, en el primer caso; y que no se ejerciten en espacios públicos, en el segundo.
    Se puede poner una capilla donde se quiera, siempre que se la pague Vd; y puede fumar en su domicilio, o al aire libre.
    Pues a mí no me ofende casi nada del listado final, rarito que es uno.

    • Carlos

      Pues, aunque no te ofende casi nada del listado final, tu comentario parece venir de alguien que se ha visto gravemente ofendido con la lectura del artículo.

      • Santiago

        Más bien parece que usted ha querido ofenderse y a falta de excusas ha interpretado, no sé en base a qué, que luchino se ha ofendido para así poder ofenderse usted. O para intentar ofenderle. Y a mi ha conseguido hacerme responderle, que es algo que se hace casi exclusivamente cuando se está ofendido.

  3. ¿Prohibido prohibir? Lo del horario infantil me ha hecho dudar, ¡pero no! Si el horario infantil es perjudicial para los críos, en último término es mi responsabilidad que mis hijos no estén frente al televisor.
    Hace unos días mi pareja me comentó que una humorista (no recuerdo cual, lo siento) hizo chistes sobre gente con síndrome de Down y discutimos sobre si se deberían de prohibir. Opino que no, si no les encuentras la gracia cambia de canal y veta a la humorista (de manera individual, ojo) pero la libertad de expresión ampara también a los que tienen la gracia en el culo.
    Recuerdo a Ricky Gervaise haciendo chistes sobre el Holocausto y desternillarme de risa, eso no excluye mi solidaridad y simpatía por los judíos. En fin, el artículo me ha hecho replantearme ciertos temas y artículos así son muy de agradecer.

  4. Agustín Serrano

    Pues no sé si se deberían prohibir los chistes sobre personas con síndrome de Down. Como discapacitado físico con escasos prejuicios que soy, opino que fuera compasión y ciertas sensibilidades, pero creo que a la mayoría de las personas con obesidad les molesta los chistes de gordos. A los que sufren de alopecia, los de calvos. Y así un no acabar: ciegos, mudos, tartamudos, sordos, incluso cuando se bromea públicamente, -sin ir más lejos en algunos canales importantes de Youtube-, sobre homosexuales, transexuales, me imagino que dañará a quien lo sea. Es cachondeo, sí y es algo que jamás dejará de existir, mientras no haya un cojo, un gordo o un ciego en la sala a la que se intente hacer reír. También hay risas sobre enfermedades mentales, por no olvidar el gratuito uso que se hace, sobre todo en las redes sociales, de la palabra cáncer, que no digo yo que no se deba pronunciar, pero es que habitualmente se usa como insulto, en modo: ”eres un cáncer”. Si yo hubiera sufrido los horrores del holocausto, me sentiría incómodo escuchando chistes sobre el tema, porque pienso que todos o casi todos, tenemos la piel fina y más cuando es la nuestra.

  5. rasputinsky

    Añadiría una mas: colgar por el cuello hasta morir a los que apalean mendigos que no se pueden defender.

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