Small Faces, Humble Pie y la trágica leyenda de Steve Marriott - Jot Down Cultural Magazine

Small Faces, Humble Pie y la trágica leyenda de Steve Marriott

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Steve Marriott. Foto: Getty.

 

Subir las escaleras fue toda una lucha. Registramos los dormitorios. La temperatura era muy alta y supimos inmediatamente que nadie podría haber sobrevivido al incendio. Empezamos a palpar las paredes; fue así como le encontramos tendido en el suelo, entre la cama y la pared. Yo diría que estaba acostado y trató de escapar. En cuanto vi el cuerpo supe perfectamente quién era. Yo había sido fan suyo; es difícil expresar mis sentimientos con palabras. La escena era horrible. Lo vi ahí tumbado y pensé: «Qué lástima». Me enfrento a muchos incendios, pero este fue como regresar a otra época por el camino de los recuerdos. Conseguimos salvar todas sus guitarras y su equipo musical. Me sentí muy mal, como el resto de bomberos. Era como ver que una parte de nuestras vidas se había ido para siempre. (Keith Dunatis, bombero del condado de Essex, Inglaterra).

Siempre he sido así y siempre lo seré. No puedo vivir bajo las reglas de otros. Lo siento. Tampoco espero que ellos vivan bajo mis reglas. Soy así. No soy capaz de vivir bajo sus reglas y si eso les hace sentir que estoy fuera de lugar, lo siento de verdad. (Steve Marriott).

No tiene tiempo para el entretenimiento ligero británico. Sus influencias vienen de los discos de rhythm & blues americano que ha estado coleccionando durante algunos años. Por eso se ha vestido de punta en blanco esta noche, porque va a ir a un club para escuchar y bailar los sonidos de la América negra. Una música empieza a brotar del televisor. Marriott se gira, estudia la pantalla con detenimiento. Cuatro jóvenes de Liverpool están tocando su último disco, y con ello, cambiando vidas a lo largo del país. Después de un minuto, la cara de Steve se relaja y frunce la nariz. «Un montón de mierda», dice burlonamente, con su voz juvenil y su acento callejero. Su padre levanta la mirada. Nunca se enfrenta a su hijo, eso es trabajo de su madre. Pero no va a aguantar esta muestra de insolencia. Sea su hijo o no, este jovencito necesita bajar los humos. «Steve», le dice, «cuando puedas llenar el London Palladium como han hecho los Beatles esta noche, podrás juzgarlos, pero hasta entonces harías bien en guardarte tus opiniones para ti mismo». Mientras se abrocha el abrigo, Steve responde: «Sí… bueno, un día yo llenaré el London Palladium, ya lo verás». (Steve Marriott: All Too Beautiful, de Joen Hellier y Paolo Hewitt, 2004).

El 20 de abril de 1991, el cantante y guitarrista Steve Marriott se quedó dormido sujetando entre los dedos un cigarrillo todavía encendido. Había bebido, como de costumbre. Acababa de bajar de un avión, procedente de los Estados Unidos, donde había dinamitado la enésima oportunidad para volver a lo alto del candelero; de hecho, aún no había abandonado el aeropuerto cuando protagonizó la enésima discusión con la que era su tercera esposa. Se fue a casa sin ella. Subió a un taxi y se marchó. Nadie volvió a verlo con vida. Poco tiempo después, fueron los vecinos quienes avisaron a los bomberos: el tejado de la casa estaba ardiendo. Cuando Steve despertó, supusieron los bomberos, el fuego ya lo había arrinconado, impidiéndole salir de la habitación. Intentó protegerse de las llamas deslizándose entre la cama y la pared, pero fue inútil, porque el humo llenó la estancia y el fuego consumió el oxígeno. Steve Marriott murió por asfixia a los cuarenta y cuatro años de edad. Su mujer recibió la noticia con estupor. No es que le sorprendiese un desenlace prematuro, de hecho diría que siempre había temido recibir una «llamada telefónica con malas noticias», porque su marido «vivía al límite», pero ¿un incendio? Eso sí que era inesperado.

Los titulares trágicos sobre su muerte eran los primeros que la prensa no musical le dedicaba en mucho tiempo. El gran público ya le había dado la espalda por entonces. Aunque había sido una gran estrella en su país, el Reino Unido, y también había gozado de fama en los Estados Unidos, su carrera se había ido desplomando por causa no solamente de su caótico modo de vida, sino también de los engaños de esa maquinaria de triturar personas sensibles con talento que era la industria musical. Le habían estafado mucho dinero, incluso había recibido amenazas de célebres mafiosos, de esos que vemos en los documentales.

Hoy poca gente recuerda a Steve Marriott; si preguntamos por la calle casi nadie sabría decir quién es, aunque creo que casi todo el mundo ha escuchado su voz. No cabe demasiada vacilación a la hora de situarlo como uno de los mejores vocalistas que el rock británico ha dado en toda su historia, y su enorme talento musical está fuera de todo debate, pero para el público ha seguido siendo poco más que la voz «anónima» que sostiene una de las canciones más célebres de los años sesenta, «Lazy Sunday». Una maravilla, un himno que sonará durante toda la eternidad, pero ni mucho menos la única joya que Marriott dejó tras de sí.

Aun así, es una buena tarjeta de presentación para quien no termine de ubicarlo. En el videoclip, grabado de cualquier manera en su barrio, vemos al Steve Marriott irreal que la gente creía conocer: un tipo despreocupado, sonriente, que aparecía sentado entre amplificadores como si la vida no fuese más que un juego. Un joven de clase obrera que masticaba la letra con marcado acento cockney porque un amigo le había reprochado que siempre imitase el acento de sus ídolos estadounidenses. Cosa que hacían casi todos los músicos británicos de pop y rock, desde los Beatles a Mick Jagger: era el llamado «acento trasatlántico». Para demostrar que no renegaba de sus orígenes, Marriott escribió una canción sobre las riñas que tenía con sus vecinos y sorprendió luciendo la misma pronunciación callejera que empleaba para hablar en su vida cotidiana. La gente se hubiese sorprendido por muchas más cosas si le hubiesen conocido bien; Marriott era un individuo complejo, imprevisible, atormentado. Pero aquellos eran los tiempos aparentemente felices en los que era la cara visible de los Small Faces y el mundo le tenía por un tipo feliz:

Steve Marriott había nacido con ángel, pese a sus difíciles orígenes. Además era bajito y enclenque —un bebé prematuro que había peleado desde el principio para seguir con vida— en el seno de una familia humilde; su padre, después de trabajar en una imprenta, había abierto un pequeño bar, y Steve creció en un ambiente proletario. Pero su arrolladora personalidad compensaba lo que le faltaba en estatura y en posición económica. Desde muy pequeño tuvo sus rarezas. Su tía, que lo describía como un «niño difícil», lo llevó al cine para ver La vuelta al mundo en ochenta días; él, en vez de disfrutar, se pasó toda la película diciendo que quería volver a casa para estar con el peluche que le acababan de regalar.

Después fue un niño vivaz e incontrolable, perfecto estereotipo de bribonzuelo de la clase baja inglesa, como Keith Moon. Aunque después se empeñaría en desmentir muchas de las gamberradas que cometió durante su etapa escolar, en su colegio siempre lo recordarían por sus entrañables tropelías, como prenderle fuego a un aula… cosas así. En otra ocasión pintó de negro el caballo del lechero, que estaba repartiendo botellas por el barrio; el animal, cubierto por la pintura, empezó a ponerse nervioso a causa del calor y terminó encabritándose, volcando el carromato. Toda la calle supo que había sido él, porque solía rellenar las cerraduras con estiércol. En una ocasión salió a la calle gritando «¡Socorro! ¡Mis padres se están matando!». Ellos, claro, estaban tranquilamente en casa. El pequeño Steve era una fuente constante de conflictos.

Como cabe suponer, no parecía tener futuro como estudiante, ni en ninguna otra cosa. Eso sí, heredó la afición por la música de su padre, pianista aficionado y al parecer lo bastante bueno como para animar las fiestas locales. El pequeño Steve cantaba a todas horas en casa, obsesionado con su ídolo, el estadounidense Buddy Holly. Pronto empezó a ganar esos típicos concursos de talentos que eran tan habituales en los barrios de los países anglosajones y en su casa se dieron cuenta de que tenía cualidades; quizá la música sería una buena forma de dirigir su inagotable energía hacia algo positivo.

Cuando tenía trece años sus padres lo acompañaron a una audición teatral; consiguió su primer papel, nada menos que en el celebérrimo musical sobre Oliver Twist, donde interpretaba a Jack (el Arftul Dodger), aquel niño carterista que cantaba «Consider yourself», la canción más famosa de la obra. El reparto grabó la obra en un estudio, gracias a lo cual podemos escuchar al pequeño Steve Marriott cantando «Consider Yourself» cuando todavía llevaba pantalones cortos. Como también demostró poseer cualidades para la interpretación, dio el salto a la televisión y al cine, lo cual fue una perfecta excusa para abandonar el colegio. Estaba especializado en el rol de gamberrete de barrio, algo que era prácticamente un desdoblamiento de su propia persona. Gracias a YouTube es posible verlo en acción durante su etapa como intérprete adolescente. Podemos verle hablando con aquel acento endiablado que después trataría de camuflar en sus discos. Steve es de en medio, aunque es perfectamente reconocible; contemplen su impagable imitación de una conversación entre dos mujeres inglesas.

Su carrera como actor era tan prometedora que una academia privada donde acudían jóvenes actores lo admitió como alumno pese a que no podía pagar las cuotas. La interpretación estaba bien pagada, así que los Marriott pensaban que su desastroso hijo por fin iba a dar el salto a una posición social más sólida. Pero existía un serio obstáculo: no tenía ninguna vocación de actor. La música era su primer amor y lo de trabajar en el cine no despertaba el menor entusiasmo en él, así que decidió dejarlo cuando todavía era un chaval, para enorme disgusto de sus padres, que por fin lo habían visto encarrilado. No hubo manera de convencerlo para que continuase aceptando papeles. De hecho, se armó tal bronca en su casa que Steve decidió escaparse, viviendo durante una temporada escondido en las casas de sus amigos. Al final sus padres se rindieron, él se salió con la suya y consiguió trabajo en una tienda de instrumentos, algo que lo acercaba más a su auténtico sueño: seguir la senda de sus héroes, los músicos estadounidenses.

En la tienda conoció a Ronnie Lane, otro chaval de su edad, que quería comprarse un bajo. Tenían mucho en común: Ronnie también era enclenque y de extracción proletaria, también tenía un enorme talento y también admiraba a los músicos estadounidenses. Empezaron a hablar y, con la naturalidad con la que a veces suceden estas cosas, se gestó un nuevo grupo que daría mucho que hablar. Hablo, claro está, de los Small Faces. La banda duró solamente cinco o seis años años, pero fueron muy intensos: cosecharon unos cuantos éxitos y tanto Steve como Ronnie se situaron en la vanguardia de la efervescente escena musical británica, codeándose con grandes nombres del negocio. No solamente entraron en las listas con la inmortal «Lazy Sunday», sino también con «All or Nothing», «My Mind’s Eye» o «Itchycoo Park», entre otras.

Durante un tiempo los metieron en el saco de los grupos mod, pero a Marriott y Lane no tardó en fastidiarles esa etiqueta. Las influencias americanas con las que habían crecido cada vez se mostraban con menos disimulo en su música; en el enfoque vocal y compositivo del propio Marriott se volvía más frecuente un toque desgarrado que iba mucho más allá del pop, baste escuchar «Tin Soldier», en la que empezaba cantando con su voz más melódica para desmelenarse a mitad de tema. O qué decir de su «You Need Lovin’», versión de un tema de Willie Dixon, que con una única escucha nos basta para entender de dónde sacó Robert Plant la manera de cantar la famosa «Whole Lotta Love» de Led Zeppelin, incluyendo frases enteras entonadas exactamente de la misma manera. Plant, obviamente, era un fan de Marriott (es más, el propio Marriott lo recomendó para entrar en Led Zeppelin tras declinar la oferta de Jimmy Page). Plant le copió de manera muy descarada, pero Steve nunca le guardó rencor. Es de suponer que se lo tomaba como un elogio. Por desgracia, poca gente entre las decenas de millones de seguidores que Zeppelin tendría en los siguientes años reparó en ese detalle. Steve Marriott era una de las mayores influencias del grupo musical más vendedor de los años setenta, pero a la nueva generación pareció importarle un pimiento.

En cualquier caso, los Small Faces no conseguían desprenderse de la imagen de grupo pop, ni siquiera después de publicar el LP que según muchos es la obra maestra del grupo, Odgens’ Nut Gone Flake. Era un disco conceptual que huía del concepto de canción aislada y que vendió muchísimo, pero también aceleró la disolución de la banda. La incapacidad del grupo para traducir las nuevas influencias a los escenarios se convirtió en la principal causa del creciente disgusto de Marriott. Suena extraño, porque todos sus miembros demostraron ser grandes instrumentistas en bandas posteriores, pero quizá estaban demasiado verdes para dar el salto, como confesaría después el batería Kenney Jones.

Como les había sucedido a los Beatles, los Small Faces empezaron a componer música que les resultaba difícil trasladar de manera fidedigna al directo. Algunas nuevas canciones se quedaban fuera de las actuaciones y esto hacía que Steve Marriott se sintiera frustrado. Decidido a montar otro grupo con el que dejar atrás estas limitaciones, anunció que abandonaba Small Faces de la manera más brusca imaginable: durante un concierto de Nochevieja —que no estaba sonando demasiado bien— se acercó al micrófono y pronunció las palabras mágicas: «Lo dejo». Después, sencillamente, se marchó del escenario. Siempre fue muy impulsivo a la hora de tomar decisiones, cosa que en el futuro perjudicaría el devenir de su carrera, pero en aquella ocasión, la verdad, acertó. Los Small Faces habían dado mucho de sí, pero dejarlos dio pie a sus mejores años como compositor e intérprete. El mundo todavía no tenía idea de lo grande que Marriott podía llegar a ser, y todo lo que necesitaba era un vehículo a su medida.

Los dos líderes de Small Faces siguieron caminos distintos, y de hecho estarían un largo tiempo sin hablarse. Ambos querían un sonido más americano, pero Ronnie Lane optó por una banda más centrada en un rock & roll directo, y Marriott estaba interesado por introducir elementos de psicodelia y sobre todo mucha influencia de la música negra estadounidense. Lane, más lo que quedaba de Small Faces, se juntó con dos miembros de The Jeff Beck Group —quizá les suenen los nombres: Rod Stewart y Ronnie Wood— para formar The Faces, con los que al principio seguían casi al pie de la letra los patrones marcados por el susodicho Jeff Beck, aunque poco después alcanzarían el éxito internacional gracias a canciones más sencillas, como la famosísima «Stay With Me». Por su parte, Steve Marriott había firmado una alianza con un guitarrista y cantante que había sido uno de sus mayores fans, Peter Frampton, en una nueva formación donde pudiese dar salida a sus ideas con mucha mayor libertad. Esa nueva banda era, cómo no, Humble Pie. Desde el principio dejó claro que la orientación más pop de los Small Faces había quedado atrás. De hecho, el primer tema del primer álbum era una versión de Steppenwolf, los autores de «Born to be Wild», lo cual era toda una declaración de principios. En Humble Pie todo iba a sonar muy, muy americano.

En 1969 publicaron dos álbumes, en los que había sitio incluso para canciones country con contenido político en referencia a los problemas raciales en los Estados Unidos, una muestra más de la americanización de su estilo. En ocasiones, Marriott y Frampton incluso se repartían las voces. En el tercer y cuarto disco endurecieron aún más su sonido, como muestra valgan «One Eyed Trouser Snake Rumba» o «Red Light Mama, Red Hot!». Peter Frampton se marchó poco después para comenzar una carrera en solitario, pero el sonido de Humble Pie no se resintió lo más mínimo. Primero porque ficharon a un nuevo guitarra solista, Glen Clempson, que demostró poder llenar el hueco a las seis cuerdas (aunque el propio Marriott tocaba bastante bien). Y segundo, porque Steve Marriott seguía siendo la gran atracción y no le hacía falta demasiado acompañamiento para dejar hipnotizada a la audiencia; en los directos, sobre todo, eclipsaba al resto de la banda con autoridad, sin importar que se tratase de canciones lentas o rápidas. De hecho, hubiese podido eclipsar a casi cualquiera. Se dejaba llevar por las vísceras y ni siquiera necesitaba tener una tormenta eléctrica detrás para desatar la tempestad él solo. Hasta en un delicado formato acústico era capaz de desplegar una insólita energía. Uno de sus grandes momentos es la versión que hizo de una canción de The Yardbirds, «For Your Love». Aunque la suya era mucho más reposada y atmosférica, la expresividad de su voz llevaba el tema a nuevos niveles de intensidad.

Las versiones eran el terreno donde mejor podía captarse su grandeza como cantante, porque permitían compararlo con algunas de las grandes voces del negocio. Vean por ejemplo, la antológica interpretación de «Rolling Stone», la canción de Muddy Waters que dio nombre a la banda en la que todos ustedes están pensando. Todavía más impresionante, y esto es mucho decir, es lo de su versión de «Black Coffee», un tema de Ike & Tina Turner. Huelga decir que era toda una osadía —¡y más para un cantante masculino!— intentar ponerse en los zapatos de toda una Tina Turner. ¿Una locura? No, porque Steve Marriott estaba a tal nivel que podía no solamente se salía con la suya, sino que competir directamente con el original, ¡incluso superarlo! Menuda fiera. Contemplen esta actuación y díganme cuántos cantantes masculinos conocen que podrían sacar adelante algo como esto.

Humble Pie nunca disfrutaron del nivel de popularidad de compatriotas como Led Zeppelin, los Rolling Stones o The Who, pero no les fue mal. Vendían bastantes discos, hacían giras de las que el público salía encantado y eran apreciados en ambas orillas del Atlántico. Sin embargo, Steve Marriott era cada vez más infeliz. Su primer matrimonio se había ido al garete; siempre se sintió muy afectado por los fracasos emocionales, aunque después tardaba poco (o nada) en buscarse otra pareja. Y sobre todo se sentía cada vez más presionado por la necesidad de hacer conciertos y grabar discos, porque sus ingresos no eran los que podía esperar una estrella. Apenas dormía, se atormentaba cuando tenía que comenzar una nueva gira, y vivía en un constante carrusel de cambios de humor, agravado por la adicción a la cocaína y el abuso del alcohol. Lo peor: el dinero se le agotaba. Los sustanciosos dividendos de la etapa de Small Faces se los había llevado su mánager Don Arden (el padre de Sharon, la esposa de Ozzy Osbourne, y un elemento de cuidado), por lo que Marriott terminó llevando a Arden a juicio. Este aceptó devolver el dinero a plazos; de hecho hizo entrega del primer pago… y después se esfumó durante un tiempo, sin depositar el resto del dinero. Marriott se quedó sin nada.

Aún peor: lo mismo estaba pasando con los beneficios que producía Humble Pie. El mánager de la nueva banda, Dee Anthony, había sido el responsable que Humble Pie consiguieran importantes giras por los Estados Unidos, pero también estaba estafando a sus representados. Después de su estancia en aquellos dos grupos Steve Marriott hubiese debido ser millonario. Al principio no había reparado en ello, enfrascado en la euforia del estrellato, pero con el paso de los años se dio cuenta de que todos a su alrededor estaban ganando dinero menos él. Enfurecido, amenazó a Dee Anthony con tomar medidas judiciales. ¿El problema? Que Dee Anthony, como dicen en Los Soprano, era un hombre «conectado».

Nacido en el Bronx neoyorquino, su auténtico nombre era Anthony D’Addario, y su triunfante trayectoria como promotor musical estaba respaldada por la «familia» Gambino, una de las principales organizaciones mafiosas de los Estados Unidos. En cuando Marriott empezó a revolverse contra su manager, comenzó a sonar el teléfono en su casa, e individuos desconocidos pronunciaban amenazas. La nueva mujer de Marriott tuvo la osadía de comentarlo en una entrevista, y al poco Marriott fue convocado por D’Addario para tener una reunión en el Ravenite, un «club social» situado en la Pequeña Italia de Nueva York. Allí, la familia Gambino tenía su base de operaciones. Vamos, que era como ser convocado a una reunión en el Bada Bing de Tony Soprano.

Steve llegó allí pensando que iba a tener una discusión de negocios más o menos normal, pero se encontró con los amigos de D’Addario. Hablo de individuos como Paul Castellano y (¡glups!) John Gotti. Le hicieron una oferta que no podía rechazar: o abandonaba su cruzada legal contra su antiguo representante, o se vería metido en muy serios problemas. Aunque Steve Marriott venía de la calle, no estaba preparado para encontrarse cara a cara con alguien como Gotti. El resultado fue previsible: el pobre Steve se rindió y dejó de pelear por los antiguos royalties, así que las fortunas que D’Addario le había timado se esfumaron para siempre. Decepcionado, se marchó de Humble Pie.

Para colmo, algunas grandes oportunidades profesionales habían pasado de largo. Cuando Mick Taylor salió de los Rolling Stones, Keith Richards se empeñó en llamar a Marriott para que ejerciera como segundo guitarra. Incluso llegó a hacer una audición con el grupo. Empezaron a tocar. Marriott, sabiendo que su papel iba a ser el de guitarrista y segunda voz, se mantuvo en un discreto segundo plano durante bastante rato. Sin embargo, en un momento en que Keith Richards empezó a tocar un fraseo de guitarra que le inspiraba, Steve se acercó al micrófono y empezó a cantar como lo había hecho en Humble Pie. En otras palabras: se merendó a Mick Jagger. Los Rolling Stones estaban encantados… todos, excepto Mick Jagger, quien contemplaba horrorizado la posibilidad de que Marriott lo eclipsara prácticamente a voluntad cuando estuviesen sobre un escenario. Después de la audición, pese a la insistencia de Richards en que Marriott era el hombre indicado, Jagger vetó su entrada en el grupo.

El propio Steve admitiría después que haberse dejado llevar durante la audición había sido un error, pero como de costumbre había actuado de manera impulsiva: «En cuanto Keith empezó a tocar ese riff, no me pude contener». Surgió otra oportunidad cuando más o menos por la misma época la canción «Lazy Sunday» experimentó una inesperada segunda vida comercial, volviendo a sonar en las radios y escalando las listas de éxitos una vez más, media década después de haber sido publicada. Marriott y sus antiguos compañeros de Small Faces vieron este hecho como una gran oportunidad para reactivar el grupo. Incluso Ronnie Lane estaba disponible, tras haber abandonado los Faces descontento con el desinterés de un Rod Stewart más centrado en labrarse una carrera en solitario. Por entonces Lane y Marriott ya se habían reconciliado; lo que Steve no sabía era que  a su viejo amigo le había diagnosticado esclerosis múltiple, terrible enfermedad que también padecieron su madre y su hermano, pero que él mantuvo en secreto mientras se materializaba el retorno de Small Faces. La reunión, sin embargo, no tuvo nada de éxito. Después de grabar un par de discos que pasaron sin pena ni gloria, volvieron a disolverse.

Después de haber sido estafado por sus dos anteriores managers, la actitud de Marriott hacia el negocio musical se tornó desconfiada y agria. Un día, su nueva manager Laurie O’Leary  —que por lo que sabemos no era tan mala persona como los otros dos—, recibió una llamada de Andrew Lloyd Webber, el famoso compositor de musicales, que se había convertido en una figura internacionalmente famosa gracias a Jesucristo Superstar. Webber era un fan acérrimo de Marriott y quería convencerlo para que interpretase al Che Guevara en su nueva gran producción, Evita. Lo primero que hizo Marriott al saberlo fue enfadarse por haber recibido el mensaje a través de su representante; sus palabras, según O’Leary, fueron «¿Por qué cojones no me llama directamente a mí?». O’Leary tuvo que tranquilizarlo y hacerle entender que contactar con el representante era la forma protocolaria de actuar.

Steve aceptó reunirse con el compositor, aunque para sorpresa de su manager decidió ponerse una camisa de seda que había conocido días mejores («estaba completamente rota, si me preguntan a mí, no estaba en condiciones de ser usada»). La reunión tuvo lugar en «un hall increíblemente pijo», donde había un gran piano de cola; cuando llegaron Marriott y O’Leary, incluso salieron camareros a ofrecerles una copa. Steve había vivido el éxito y había conocido a otros músicos famosos, pero encontrarse con el refinadísimo ambiente en que vivía Lloyd Webber debió de suponer un choque. Quien piense que el autor de Jesucristo Superstar era un hippie, se equivoca. Webber era (o es, que aún vive) una figura completamente opuesta a Marriott: provenía de una acomodada familia donde todos eran exitosos intérpretes de música clásica; se había educado en las mejores escuelas, hablaba con un refinado acento de clase alta, etc. Pero también era un gran fan de la música rock y durante la reunión demostró sentir el mayor respeto hacia Marriott, tratándolo con total reverencia, como si fuese uno de sus ídolos. Según O’Leary, no tuvo el menor gesto de condescendencia.

Se sentó al piano para interpretar las partituras de Evita que deseaba poner en voz de Marriott. Este lo escuchó dando golpecitos en una copa de brandy que le habían servido. Cuando Webber acabó de tocar, Steve se levantó, se giró hacia su manager y para asombro de los otros, exclamó: «¿De qué cojones va esto? ¡No soy una puta marioneta!». Después, se marchó sin despedirse. Su desconfianza hacia los managers parecía haber llegado a un extremo tal que no podía evitar volverse paranoico ni siquiera cuando uno de los compositores más famosos del mundo del espectáculo le estaba ofreciendo trabajo.

A finales de los setenta Marriott estaba en la más completa ruina, hasta el punto de verse obligado a robar verduras en el campo para poder comer. Llegó a recoger botellas por la calle para venderlas a cambio de unas monedas. Esta situación provocó una reunión de Humble Pie, que funcionó bien a nivel musical y tuvo resultados comerciales aceptables, pero que apenas sirvieron para aliviar las deudas de Marriott. Vendió su casa y por consejo de su nuevo manager se mudó a Estados Unidos con el fin de evitar la cárcel, una posibilidad nada descabellada, puesto que no tenía con qué pagar sus atrasos con la Hacienda británica.

Además de los problemas económicos y el derrumbe de su segundo matrimonio, Marriott quedó muy afectado por otra noticia terrible: su viejo amigo Ronnie Lane, que ya empezaba a necesitar una silla de ruedas, hizo pública su enfermedad. Un emocionado Marriott le sugirió volver a grabar juntos. Lo hicieron, pero no pudieron promocionar el disco porque el estado de Ronnie empeoraba con rapidez y solamente podía salir al escenario de manera esporádica, cuando los vaivenes de su enfermedad se lo permitían (paradójicamente, vivió algunos años más que Steve: Ronnie Lane falleció en 1997, tras recibir tratamientos médicos que Rod Stewart y Ronnie Wood, por entonces millonarios, tuvieron el muy noble detalle de pagar de sus bolsillos). Steve, entretanto, hizo varias giras nostálgicas por Norteamérica, centradas en revivir temas de Small Faces y Humble Pie. Como los resultados financieros no eran los esperados, terminó regresando a las islas Británicas, donde, por lo menos al principio, tuvo que residir en casa de su hermana.

Formó un nuevo grupo, un trío llamado Packet of Three, y como si fuese un novato regresó al circuito de clubes. Ya no se fiaba de nadie, así que solamente actuaba si le pagaban al momento, en metálico. Se negaba a firmar contratos o dejar las cosas en manos de intermediarios. Aunque Marriott ya no estaba en primera línea, la banda sonaba bien y todavía había mucha gente que se acordaba de él. Eso le permitió hacer giras internacionales, aunque no en grandes recintos, sino más bien en clubes y escenarios medianos. Incluso consiguió dejar de beber, al menos por temporadas, gracias a su tercera mujer, que era la madre de su séptimo hijo. Los excesos le habían pasado factura; sin haber cumplido los cuarenta, parecía bastante más mayor de lo que era, y desde luego su voz se había resentido a causa de los excesos con el alcohol, pero alguien con semejante potencia y expresividad vocal podía perder la mitad de su garganta y aun así continuar al frente de una banda de rock haciendo un muy buen papel.

Dado que sus giras aún despertaban cierto interés, Marriott recibió nuevas ofertas, pero su carácter difícil y la desconfianza casi enfermiza —¡aunque muy justificada!— que sentía por todo el entramado de la industria musical terminaron arruinando cualquier posibilidad de resucitar su carrera. La división de EMI en Alemania, país donde el rock anglosajón tenía un estatus casi religioso, contactó con él para ofrecerle cien mil libras si accedía a trabajar para ellos. En EMI pusieron todo de su parte para que el trato fuese posible; la reunión iba a tener lugar en Colonia, pero la compañía le compraba el billete, le costeaba el hotel y se lo ponía todo en bandeja de plata.

Steve estaba en plena gira, pero firmar el contrato significaba seguir haciendo lo mismo a cambio de más dinero, así que dijo que acudiría a la reunión. La noche anterior, él y sus dos compañeros de grupo durmieron en un hotel contiguo al aeropuerto, para no perder el avión. Por la mañana, se levantaron y empezaron a caminar hacia la terminal. De repente, Marriott dijo: «Oh, ¡a la mierda! No quiero ir a Alemania». Se dio la vuelta y se fue. Sus compañeros de grupo no podían creerlo. Disgustados, se bajaron del carro y dejaron el grupo. Él no hizo nada por arreglar la situación. Era como si ya solamente fuese capaz de trabajar sin firmar papeles, cobrando en mano, como cualquier artista primerizo. Como hacía conciertos en recintos medianos o pequeños, tenía que tocar constantemente para vivir, pero al menos no le faltaba trabajo. Podía pagar un alquiler y ya no tenía que ir por ahí robando verduras.

Eso sí, seguía desperdiciando oportunidades. El grupo Bad Company, que había gozado de gran éxito en los setenta, planeó una reunión a finales de los ochenta. Llamaron a Marriott para que formase parte de ella. Una vez más aceptó en principio. Incluso llegó a acudir a un ensayo. Empezó a tocar y todo iba bien… hasta que se emborrachó y terminó insultando a la mujer del batería. Después abandonó el estudio; ni que decir tiene que no se hizo con el puesto.

Llegó una nueva oportunidad (¡otra más!) cuando su viejo amigo Peter Frampton le ofreció reunir la formación original de Humble Pie para grabar un disco y hacer una gira. De nuevo, era una oportunidad de oro. Por entonces Frampton era un hombre muy bien situado; ya no tenía grandes éxitos discográficos, pero tampoco los necesitaba. Su directo de 1976, Frampton Comes Alive, se había convertido en el álbum en vivo más vendido de todos los tiempos (¡once millones de copias vendidas solamente en 1976!) y en Estados Unidos había constituido un verdadero fenómeno; como se solía decir, «no hay hogar americano sin el Frampton Comes Alive». El manager de Frampton, por cierto, era nuestro viejo conocido Dee Anthony, el amigo de John Gotti. Pero con semejantes ventas ni siquiera él pudo evitar que Frampton se hiciese muy rico.

Es verdad que Frampton nunca tuvo otro bombazo comercial, pero podía vivir como un rey —se mudó a una bonita mansión en Nashville, Tennessee— solamente de las rentas que producía aquel disco. Giró formando parte del grupo de David Bowie, lo cual demuestra que estaba bien considerado, y en solitario tampoco le faltaban conciertos. Pues bien, cuando Frampton le hizo la oferta a Marriott, fue generoso y le prometió bastante dinero, suficiente como para que Marriott viviera cómodamente una temporada. Steve aceptó y voló a Estados Unidos. Las cosas empezaron bien; se pusieron a componer y grabaron algunos temas. Sin embargo, al poco de empezar las sesiones, el volátil Marriott decidió que no quería terminar el disco ni hacer una gira potencialmente muy lucrativa, y sencillamente se volvió a Inglaterra. Frampton, como cabe suponer, no entendía nada. Lo que no podía sospechar era que no volvería a ver a su amigo con vida.

Un trágico giro del destino quiso que a las pocas horas, después de bajar de ese vuelo de regreso, Steve Marriott muriese en el incendio de su casa. En vida había sido una víctima de sí mismo, como muchas personas con talento, pero también la víctima de un negocio despiadado e inmoral. Por lo menos nos quedan los viejos discos y las viejas filmaciones de un hombre sin igual, un torbellino de energía que tuvo una existencia atormentada, pero que sobre el escenario, como decía la canción, no necesitaba un doctor, porque el doctor era él. Veámoslo una vez más en acción, porque ya no los hacen así.

8 comentarios

  1. Pingback: Small Faces, Humble Pie y la trágica leyenda de Steve Marriott – Jot Down Cultural Magazine | BRASIL S.A

  2. Steve Marriott fue un grande! He pasado días y días de mi vida escuchando the Small Faces y Humble Pie. Que música, que energía y que voz!

  3. Excelente artículo, aunque siempre había pensado q había sido Terry Reid el q recomendó a Plant para Led Zeppelin. Otra cosa que me ha sorprendido es que el artículo no lo firme nuestro amigo de corazón rural, o mucho me equivoco o le pega más a él.

  4. Muchas gracias. Muy bueno excelente artículo. Quizá se queda un poco corto en alabar la grandeza de los 4 discos de los Small Faces. De lo mejor de siempre. Al nivel de Kinks Stones Beatles.

  5. Excelente artículo! Gracias por escribir sobre personas tan interesantes e inspiradoras como Steve Marriot.
    A modo de sugerencia, creo que la vida de el bueno de Ronnie Lane merecería otro artículo como éste.
    También creo que sería buena idea un artículo sobre algunos de los mánagers más infames del mundo de la música, gente como Allen Klein o Stan Polley. Aunque ambos aparecen citados brevemente en otros artículos vuestros, uno en exclusiva sería genial.
    Gracias!!!

  6. Excelente artículo para iniciarse en el maravilloso mundo musical de este gran genio. ¡Enhorabuena!

  7. Excelente. A la hora de redescubrir tesoros musicales me saco el sombrero ante Emilio. Nunca le agradeceré lo suficiente por su maravilloso artículo sobre Skip James. Y ahora esto. ¡Gracias!
    Y ya puestos, el artículo sobre la canción Man of Constant Sorrow. Caramba Emilio. Eres bueno entre los buenos.

  8. Muchas gracias por estos artículos.

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