El cura obrero que desafió a la mafia - Jot Down Cultural Magazine

El cura obrero que desafió a la mafia

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Ilustraciones: C. Fosch

¿Cómo determinan las leyes nuestras vidas? ¿Qué pasa cuando la ley no la impone el Estado, sino organizaciones criminales? Para ensayar una respuesta, Revista 5W ha lanzado su número 2, Las reglas del mundo, un libro de crónica y fotografía con 256 páginas escritas desde varios rincones del planeta. Se puede comprar aquí. Este texto de Mariangela Paone es uno de los que aparece en el volumen.

Revista 5W es una publicación de crónica y fotografía internacional con una apuesta radical por la narración y la imagen, en web y en papel.

Giacomo Panizza se enfrentó a la mafia calabresa. Aceptó gestionar un edificio incautado a los clanes en un territorio subyugado por el miedo. Una de las cooperativas que el cura fundó en Calabria, dedicada a ayudar a personas con discapacidad y a refugiados, comparte el patio trasero con los antiguos dueños, que mantienen su campaña de intimidación. Pero lo último que haría el padre Giacomo es someterse a la ‘Ndrangheta.

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Cinco metros separan dos mundos: uno, el de la acogida, el rescate social, el desafío a la ley del más fuerte; el otro, el de la violencia, el control del territorio con las armas, el desprecio a las leyes del Estado y a la vida misma. Cinco metros que son como una trinchera, en una tierra donde reivindicar un derecho es a menudo una empresa titánica.

Cinco metros separan el edificio Pensieri e Parole (pensamiento y palabra) de otro, gemelo, en el que viven los Torcasio, uno de los clanes que más violencia ha sembrado en este rincón del sur de Italia que se llama Lamezia Terme.

El edificio Pensieri e Parole también había pertenecido al clan, hasta que acabó engrosando la lista de los inmuebles incautados a las ‘ndrinas: los diferentes grupos de la ‘Ndrangheta, la mafia calabresa, la más poderosa de Europa.

A pesar de la incautación, cuando en 2001 el comisario nombrado por el Gobierno italiano para gestionar temporalmente el Ayuntamiento de Lamezia —disuelto en dos ocasiones por infiltración mafiosa— decidió meter mano al inmenso patrimonio inmobiliario de los clanes locales, los Torcasio seguían viviendo en la casa.

Todos los intentos que el comisario hacía para entregar aquellas estructuras a quienes pudieran necesitarlas —familias de gitanos que vivían en algún campamento informal a las afueras de la ciudad o personas sin hogar y sin recursos— tenían el mismo resultado: al día siguiente, los beneficiarios se presentaban para devolver las llaves. El delegado probó incluso con la Policía Municipal: los agentes, cuando supieron que su nueva comisaría sería un caserón de tres plantas en el barrio de Capizzaglie y que allí vivían los Torcasio, amenazaron con ponerse en huelga.

La última esperanza del comisario era un cura.

«Ninguna administración, ni de izquierdas ni de derechas, se ha atrevido a asignar estas viviendas —dijo el comisario al padre Giacomo Panizza—. Nadie lo hará, por miedo a perder votos. Así que es mejor que lo haga yo. Y me gustaría darte la peor: un edificio rodeado por otras casas del clan. Si funciona, las demás las podremos asignar más fácilmente».

El padre Giacomo sabía a qué se enfrentaba. Era 2001 y llevaba un cuarto de siglo en Lamezia. Conocía a los Torcasio, y sabía lo que significaba tenerlos como vecinos. El grupo criminal protagonizó desde 2000 una faida —una guerra entre clanes— que ha dejado en diez años sobre el asfalto un reguero de sangre y más de cincuenta muertos. Una lucha sin cuartel por el control del territorio en una de las regiones más pobres de Europa, Calabria, donde el crimen, en cambio, factura cada año una cifra que, según varios estudios, equivale aproximadamente al 3 % del PIB de Italia.

El padre Giacomo entendió enseguida el simbolismo de la propuesta. Se trataba de transmitir un mensaje a la ciudad. Desde que llegó a Lamezia desde el norte de Italia, sin haber cumplido todavía los treinta años, no había dejado de desafiar la ley del más fuerte en Calabria.

Una gran familia

Antes de aceptar, el padre tuvo que hacer algunas consultas. «Le dije al comisario que tenía una familia muy grande y que tenía que hablar con los demás». Se refería a los que habían sido sus compañeros de viaje desde que llegó en 1976, en una misión que iba a durar cinco años y que continúa cuatro décadas después: un grupo de jóvenes discapacitados con los que había arrancado un proyecto utópico. Siguiendo el ejemplo de otras iniciativas realizadas con éxito en el centro y el norte de Italia, el padre Giacomo y aquellos jóvenes habían creado una comunidad en la que personas con discapacidad podían vivir de forma autónoma. Era la comunidad Progetto Sud. Buscar fórmulas para que los discapacitados no fueran dependientes era, a finales de la década de 1970 en Calabria, como hacer una revolución.

En el sur no existían los servicios sociales, sanitarios y educativos del norte. Eran las diferencias que se daban en un Estado unitario, en el que nacer en un sitio u otro determinaba si tenías más o menos. Los que iban en silla de ruedas estaban encerrados en casa. Tener un hijo con discapacidad se vivía casi como un luto —recuerda el padre.

El padre Giacomo tiene el pelo canoso y los ojos azules. Su piel clara destaca sobre el gris de la camisa de algodón y mangas cortas que viste en esta cálida mañana de mediados de julio. Está sentado en su despacho —repleto de libros, con dos guitarras (una española) y un piano—, que se encuentra en la que fue la primera sede de la comunidad: un edificio en el barrio de Nicastro que tenía que haber sido un colegio y que estaba abandonado. Cuando el padre llegó con su proyecto, el Ayuntamiento se comprometió a cederle el espacio, pero tardó tanto que el cura no dudó en liderar una ocupación, hasta que la administración firmó los papeles.

Yo venía de una fábrica de mi pueblo, Pontoglio, en el norte de Italia. Allí aprendí a ocupar edificios, viví enfrentamientos con la policía y me involucré en la política para luchar por los derechos de la ciudadanía. Con veintitrés años entré en un seminario, pero no había ido a la escuela. Mi escuela fue la fábrica, el lugar donde trabajé desde los once años.

Entre los miembros del grupo fundador de la comunidad estaba Emma Leone. Entonces tenía veintiún años y se sumó al proyecto junto a tres de sus hermanos que, como ella, padecían distrofia muscular. «Para nosotros era una novedad. ¡Mamma mia!, pensé. ¡Gente que me propone construir una vida en común, y de manera igualitaria! Yo ya me imaginaba encerrada en una residencia donde otros decidirían por mí. Así que decidí intentarlo. Y aquí me tienes ahora, con sesenta y un años».

Aquí Emma retomó sus estudios, que había dejado tras la primaria; aquí trabajó con sus hermanos —el último murió en 1992— en los proyectos que se habían puesto en marcha y que hicieron crecer la comunidad; aquí se casó en 1981 con Beppe, que había llegado para hacer el servicio civil, alternativo entonces a la mili, y decidió quedarse. «¡Quién se lo iba a imaginar!», dice Emma. El ritmo de sus frases, pausado pero constante, lo dicta el respirador que lleva puesto sobre la nariz, conectado con un tubo que le pasa por la frente y se dobla sobre la cabeza.

Sigue viviendo con su marido en la casa de la calle Conforti, la primera sede de Progetto Sud. Se llega por una calle empinada que pasa entre edificios medio destartalados. Desde el patio, dominado por una pérgola de glicina, se ve todo el valle hasta el mar. Un lugar de paz, que mientras otorgaba derechos y vida a una parte de la población, molestaba a otra, preocupada por ver mermado su poder. «Me resulta difícil llamarle padre Giacomo. Para mí, Giacomo es uno más del grupo, que nos ha ayudado a crecer en libertad y a superar la dependencia. Nos ha ayudado a sacar lo mejor de nosotros mismos», dice Emma.

Un regalo para la ciudad

En el desierto de Lamezia Terme, Progetto Sud ha hecho florecer, en cuarenta años y en medio de toda clase de dificultades, más de treinta asociaciones y cooperativas que emplean a unas ciento cincuenta personas. El catálogo de iniciativas es largo: ayuda a las personas con discapacidad, reconquista de derechos ciudadanos, acogida y reinserción de menores problemáticos, asistencia a los enfermos de VIH durante los años más dramáticos de la propagación del virus, reinserción de drogadictos y, en los últimos años, acogida de refugiados y menores extranjeros que viajaban solos.

Recuerdo el momento en que la asamblea debía tomar una decisión sobre la casa confiscada. La familia a la que había pertenecido no permitía que nadie entrara. El comisario decía que si esta operación salía bien, se tumbaba el miedo, se echaba una puerta abajo. Giacomo nos dijo: «Yo estoy en peligro, pero aquí también estáis vosotros». Y nosotros aceptamos. ¿Qué sentido habría tenido decir que no después de haber recogido firmas para que se aprobara la ley nacional sobre los bienes incautados a las mafias? —comenta Emma, quince años después de aquella tarde en la que el cura les reunió en el patio de la comunidad Progetto Sud.

Había mucha gente —recuerda el padre Giacomo—. Expliqué la propuesta, y también que perderíamos el dinero invertido allí, porque el inmueble pertenecía al Ayuntamiento y podían quitárnoslo. Y me dijeron: «Vamos a entrar y vamos a hacer un regalo a esta ciudad».

Casa tomada

El padre Giacomo fue a visitar el edificio junto al comisario y los recibieron los antiguos dueños. El delegado del Gobierno les dijo que al día siguiente volverían y que la casa tenía que estar vacía. Así fue, pero entonces empezó una lucha más larga. En la casa contigua seguirían viviendo los Torcasio. «Cada día volvía y faltaba algo. Un día las tuberías de las duchas, otro día los calefactores, otro los interruptores…», recuerda el padre.

Al principio, para entrar en la casa, el cura tenía que atravesar el patio que ambas viviendas compartían. Había un portón a la entrada y tenía que tocar al timbre para que lo dejaran entrar. «Además, seguían teniendo las llaves de la casa. Después de siete meses, aún no había encontrado ningún cerrajero dispuesto a cambiar la cerradura. Yo entraba, les daba los buenos días y ellos me insultaban en dialecto». La mayoría de las veces eran amenazas de muerte.

Un día me llamó la policía al móvil pidiéndome que fuera de inmediato a la comisaría. Habían grabado las amenazas de aquella mañana. Escuché la grabación. Decían que me matarían y que me harían estallar «junto a mis mongólicos». Los agentes me preguntaron si confirmaba aquella frase, si la había oído. Dije que por supuesto. ¡Estaba todo grabado! Me explicaron que aquella mañana no era como las otras, porque había uno [de los Torcasio] que había salido el día anterior de la cárcel y que había matado a otras personas. Firmé una declaración en la que daba veracidad a la grabación. Y los policías me dijeron que me había convertido en el primero en testificar contra los clanes en Lamezia. Hasta aquel día nadie había oído ni visto nada.

A Antonio Torcasio, miembro del clan que lo había amenazado, le impusieron una pena de ocho meses y medio de cárcel. Acababa de cumplir la condena cuando, al salir de la comisaría, murió acribillado por los disparos de dos hombres subidos en una motocicleta de gran cilindrada. Así falleció, a los treinta y dos años, uno de los más destacados miembros del clan.

El padre Giacomo llevaba ya meses viviendo con escolta. Un régimen de protección que, con alguna modificación, se ha mantenido hasta hoy.

El edificio Pensieri e Parole alberga ahora una casa-familia para discapacitados graves, la sede de una cooperativa agrícola, las oficinas locales de Banca Etica y una casa de acogida para menores no acompañados. En total, Progetto Sud acoge a ciento treinta y tres refugiados y solicitantes de asilo en diecisiete casas, pero esta, la que está en el edificio Pensieri e Parole, tiene un doble valor simbólico.

Lunarossa —así se llama el centro para menores— está en la primera planta. Desde la cocina-comedor se ve el patio y la casa de los vecinos. Un par de gallinas corretean entre un coche aparcado al lado de unas macetas. La casa del clan, en frente, tiene la segunda planta a medio acabar. Exteriormente parece descuidada. En estas latitudes, el poder de los clanes no pasa por la ostentación de la riqueza, sino por la capacidad de control del territorio. Por eso les escuece tener al lado, en su propia casa, algo como Progetto Sud.

Superar el miedo

La noche de Navidad de 2011, una bomba estalló en la entrada y voló la puerta del complejo. Hacer estallar bombas frente a edificios, tiendas y establecimientos es la fórmula con la que los clanes en Lamezia imponen la ley del miedo para seguir extorsionando. En febrero de 2012 un disparo impactó contra una ventana y, en abril del mismo año, una ráfaga de disparos alcanzó los garajes. «La bomba fue una maniobra de intimidación. Esperaron a que los chicos regresaran a casa. Y hubo más. En otra ocasión nos robaron y quemaron la furgoneta para el transporte de los discapacitados». El cura también recuerda cuando, en 2009, inutilizaron los frenos de dos coches que utilizaban a diario en la cooperativa.

A los fogones, en la cocina de la casa de acogida Lunarossa, está hoy Khalifa, un chico de quince años de Gambia. Le toca preparar la comida. Es tímido y aún no habla bien italiano, pero, mientras mezcla los ingredientes para la salsa y añade varias latas de atún, resume su periplo hasta llegar aquí: el 21 de septiembre de 2015 salió de su país, el 19 de octubre llegó a Libia, y el 23 de diciembre a Lampedusa, seis días antes de su cumpleaños. Otros once chicos viven en la casa. Vienen de Gambia, Senegal, Egipto, Nigeria y Malí. En la pared hay varios murales: una bandera de Somalia, el mapa de África…

Desde que estos chicos se alojan aquí se ha roto otro tabú. Usan el balcón que está justo frente al de los Torcasio y allí tienden su ropa. «Cuando estalló la bomba, intentamos explicarles lo que sucedía. Pero pasaron más miedo el pasado verano», dice el padre Giacomo. El 11 de agosto de 2015, varias decenas de personas cortaron la calle y empezaron a lanzar consignas racistas y amenazas contra los trabajadores del centro. Entre ellos había dos concejales del Ayuntamiento y en cierto momento también se sumaron miembros del clan.

El último acto de intimidación tuvo lugar en julio de 2016. Un incendio quemó parte de los campos cultivados por la cooperativa Le Agricole, formada por mujeres italianas y extranjeras. Su sede también está en el edificio incautado al clan.

Pero el padre Giacomo y los trabajadores y socios de Progetto Sud no paran. Tras el edificio Pensieri e Parole pasaron a gestionar otro que había pertenecido al clan Notarianni y que ahora aloja un centro para refugiados. Después, otras asociaciones y organizaciones han seguido el ejemplo.

No era fácil, pero lo logramos —comenta Emma Leone—. Fue una auténtica oportunidad para la ciudad. Tras liberar aquel inmueble, se produjo una reacción en cadena.

Cuando al padre Giacomo se le pregunta por el miedo, contesta que el miedo está allí y que no se puede controlar.

Pero más miedo me da la idea de someterme a los mafiosos.

3 comentarios

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  3. Tremendo, no puedo ni pensar en cómo debe ser vivir así día tras día, durante décadas. Por suerte, aún quedan héroes.

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