Eddie Howe, del fango a la élite - Jot Down Cultural Magazine

Eddie Howe, del fango a la élite

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Eddie Howe, entrenador del Bournemouth, 2016.  Foto: Cordon.

La Premier 2016/17 puede ser testigo de la mayor concentración de talento en los banquillos de la historia reciente del fútbol. Los mejores entrenadores del planeta coinciden al mismo tiempo en la liga más mediática, y no son pocas las voces que lamentan que estas figuras —Antonio Conte, Arsène Wenger, Mauricio Pochettino, Pep Guardiola, etc.— están restando presencia al entrenador inglés.

Esta teoría, sostenida principalmente por representantes de la vieja guardia de los técnicos de las islas británicas, se ve comprometida por la aparición en los últimos dos años de Eddie Howe. Por debajo de la cuarentena, aún con aspecto de jugador, el entrenador del Bournemouth dignifica la figura del entrenador inglés situándose en las antípodas de clásicos como Sam Allardyce o Harry Redknapp. Eddie Howe no se mete en batallas de cuotas de técnicos nacionales contra técnicos extranjeros, sino que se dedica desde el silencio y la discreción a hacer progresar a un Bournemouth que de su mano sabe lo que es formar parte por derecho propio de la élite absoluta del fútbol británico.

La vida de Eddie Howe ha estado ligada al Bournemouth desde niño. Dos décadas atrás era el capitán del filial cherry cuando fue convocado por primera vez para un partido del primer equipo. El rival era el Hull y el escenario la poco glamurosa Division Two, tercer escalafón entonces del fútbol inglés. La cita lo tenía todo para ser un partido anodino más en el sur de Inglaterra, pero para el joven Eddie, que apenas había cumplido dieciocho años, era un sueño hecho realidad. El técnico en aquella época, Mel Machin, lo incluyó en una convocatoria que Howe creyó que sería la única, por lo que afrontó semejante regalo como un premio que debía aprovechar al máximo. Aún sin un contrato profesional, Howe no tenía grandes expectativas en aquel partido. Ni siquiera esperaba pasar el corte que le hiciera ganar una plaza en el banquillo. Machin no desveló el equipo titular hasta una hora antes del encuentro, y el apellido Howe fue el segundo que nombró, lo que suponía que no jugaría de central, su posición habitual, sino que sería el lateral derecho del Bournemouth.

A Eddie se le encogió el estómago. Le costaba asimilar que en una hora jugaría un partido de fútbol profesional. Aún hoy tiene grabada aquella impresión en la memoria. Con el partido en juego, recuperó sus dos primeros balones y empezó a percibir gestos de aprobación desde la grada. Comenzaba entonces una historia de amor que va ya por su segunda década sin avistar fin en el horizonte. Fue nombrado mejor jugador del partido mientras su madre lloraba en las gradas, henchida de orgullo, y su entrenador aseguraba a la prensa local que «Eddie tiene un brillante futuro por delante».

Howe jugaría dos partidos más en el maratón futbolístico navideño de Inglaterra, uno frente al Oxford y otro contra el Shrewsbury. En su tercera aparición con el primer equipo cometió un penalti y desapareció de las alineaciones por decisión de Machin, algo que Howe no cuestionó aceptándolo con entereza. Seis meses después, al finalizar la temporada, firmó su primer contrato profesional. Howe ya era un cherry por derecho propio.

Su cuenta de partidos comenzó a aumentar gradualmente en los siguientes años, siendo incluso convocado por la selección inglesa sub-21 para disputar el torneo de Toulon, una de las citas internacionales de obligado seguimiento para descubrir jugadores de futuro. Ya en 2001 había una larga lista de clubes interesados en fichar a aquel lateral cumplidor nacido en Amersham y del Bournemouth hasta la médula. Las secretarías técnicas de Burnley, Middlesbrough, Bolton y Cardiff tantearon la posibilidad de sacarlo de Dean Court, obligando a su entrenador, Sean O’Driscoll, a descartarlo de alguna convocatoria dada la presión que rodeaba al jugador, que siempre que tenía un micrófono delante repetía que él seguía siendo jugador del Bournemouth y que solo abandonaría su casa si el club así lo decidía. Steven Fletcher, capitán cherry en aquel momento, también quiso advertir a la afición: «Espero que nadie piense que la decisión de irse es suya, porque no lo es». Las urgencias económicas ya habían obligado al club a desprenderse de otros jugadores muy bien valorados como Jamie Vincent o Steve Robinson, y cada vez parecía más inminente que llegara el turno de que Howe hiciera las maletas para continuar su carrera alejado del sur de Inglaterra.

La supuesta oferta del Burnley era de seiscientas mil libras, una cifra más que interesante para un equipo de tercera categoría. En medio de aquella vorágine, y tras perderse un partido ante el Port Vale, Howe regresó a la titularidad contra el Walsall en casa. Toda la afición estaría pendiente del que aún era uno de sus ídolos, esperando ver en su actuación algún indicativo de si tenía la cabeza puesta en el Bournemouth o ya se veía como un claret. Howe volvió a ser víctima de los nervios en aquel partido. Temía el recibimiento de su afición ante la intensidad de los rumores. Seis minutos después del pitido inicial el Bournemouth abría su primera ventaja en el marcador con gol de Eddie. No sirvió para ganar el partido (finalizó 2-2), pero sí para ser nombrado jugador del partido, igual que el día de su debut. Con veintitrés años Eddie Howe ya tenía bien amueblada su particular parcela en el corazón de la afición.

Su primer adiós no sería en 2001, sino un año más tarde, cuando terminó la primera etapa de Eddie Howe en el Bournemouth. En plena lucha por una permanencia que finalmente no llegó (el club descendió a la Division Three al término de la temporada), las arcas del club necesitaban dinero de forma urgente dada la situación deportiva y la remodelación de su estadio. Harry Redknapp, profundo conocedor del club —defendió su camiseta durante cuatro años y fue su entrenador entre 1983 y 1992—, se llevó no solo a Howe, sino también a Richard Hughes, un prometedor escocés, por un total de quinientas mil libras. Teniendo en cuenta que el Burnley pagaba doce meses atrás doscientas mil libras más y que el Oldham también ofreció una suma superior, el sentimiento de desolación en Dean Court era palpable. El equipo se desgarraba sin uno de sus referentes y sin una de sus joyas de futuro en uno de sus momentos más delicados, una papeleta difícil de justificar en público para Sean O’Driscoll. El entrenador no maquillaba la situación, lamentando no solo la marcha de Howe, sino la de un rosario de jugadores clave para el equipo durante la última década. La afición cherry se preparó para lo peor, pero el verdadero calvario estaba a punto de comenzar para Howe, que no solo se despidió del brazalete de capitán y de su afición desde el centro de la defensa del Bournemouth, sino también de su condición de futbolista.

La segunda mitad de la temporada 2001-02 se la perdió tras haber jugado un único partido. Un golpe en apariencia menor en su debut contra el Preston lo dejó en el dique seco hasta final de temporada. Más cruel aún fue lo sucedido en el inicio del curso siguiente, cuando los ligamentos de su rodilla se rompieron siete minutos después de comenzar la temporada, dejando a Howe ante una pesadilla de dieciocho meses de recuperación y dos operaciones fallidas a causa de un mal diagnóstico de su lesión. Tras pasar por las manos del prestigioso doctor Richard Steadman, por las que han pasado figuras de gran relevancia del mundo del fútbol y de los deportes de invierno, Howe pudo estirar un poco más su carrera deportiva, pero esta ya no se desarrollaría en el Porstmouth ni en el Swindon, club al que decidieron cederlo para que recuperara sensaciones. Con la camiseta del Swindon no llegó a jugar un solo minuto, y en agosto de 2004 se convirtió en la gran alegría de la afición del Bournemouth cuando regresó cedido a la plantilla de Sean O’Driscoll. El técnico no le podía garantizar un puesto en el once titular, pero eso era lo de menos para Eddie, que disfrutó de la pretemporada como disfrutaba de aquellos partidos de los cherries que veía desde el fondo sur de Dean Court con apenas diez años.

El hijo pródigo había vuelto y para la afición no había nada más importante que volver a ver a su defensa predilecto recuperar los colores rojo y negro y que su cuenta de partidos —doscientos uno en aquel momento— siguiera aumentando. Howe pasó de jugar dos partidos en dos años a jugar dos en un lapso de solo tres días con el Bournemouth, recuperando sensaciones y deseando que la cesión inicial de un mes se alargara lo máximo posible —para los jugadores mayores de veintitrés años es de tres meses o noventa y un días, según las normas de la Football League—. Tras los tres meses, el traspaso del Portsmouth al Bournemouth fue permanente. Eddie volvía a ser un cherry, tenía veintiséis años y su conocimiento del fútbol comenzaba a ser muy profundo, no solo en lo táctico, sino en lo humano: la pasión de su gente, la salida a un club más grande, los dos años de infierno… Todas esas experiencias estaban ya en el disco duro del futuro técnico que empezaba a gestarse.

Eddie Howe en su etapa como jugador, 2004. Foto: Cordon.

En la temporada 2006/07 la vida de Eddie Howe volvería a dar un gran giro. En julio aún no lo sabía, pero estaba a punto de comenzar su último curso como futbolista profesional. Arrancó la pretemporada de su décimo año como cherry con la décimo quinta mejor marca de partidos disputados con la camiseta del Bournemouth, y se preparaba para pelear por un puesto en el once titular con Warren Cummings, Shaun Cooper, Neil Young, Karl Broadhurst y Shaun Maher, sus compañeros y rivales en la defensa. La rodilla volvió a darle un aviso en agosto del año anterior y la temporada terminó con problemas en el tendón de Aquiles del central, cuyas cicatrices seguían acumulándose en sus piernas y en su moral sin descanso. Howe se las arregló para integrar el cuarteto titular junto a Young, Broadhurst y Cummings, lo que le valió formar parte del conocido como Fab Four defensivo del Bournemouth, bautizados así por Joe Roach, técnico interino tras la salida de Sean O’Driscoll. Para ocupar de forma definitiva el puesto de entrenador llegaría a Dean Court Kevin Bond, el entrenador del Portsmouth durante la infausta etapa como jugador pompey de Howe. Fue un guiño macabro del destino, pues cuando Bond se hizo cargo del equipo Howe volvía a estar recluido en la enfermería, recibiendo inyecciones para aliviar sus cada vez más recurrentes dolores de rodilla.

Bond se negaba a no aprovechar de nuevo todo lo que Eddie Howe podía aportarle, y antes de terminar el año lo reconvirtió en jugador-entrenador para que pasara a formar parte de su cuerpo técnico y le ayudara a suavizar la transición desde O’Driscoll, que había estado seis años al frente del equipo. El respeto que el técnico dispensaba al jugador y la buena mano que tendría con los jugadores, sobre todo con los más jóvenes, convertían a Eddie en el mejor complemento posible.

Cada vez era más difícil para el central encadenar tres partidos consecutivos, los dolores en su rodilla no le daban tregua y su nuevo puesto dentro del cuerpo técnico era la antesala de su adiós. Unos meses después terminó colgando las botas, la lucha contra sus articulaciones había llegado a un punto de no retorno y terminó aceptando con dolor que sus mejores años como futbolista, aún sin llegar a la treintena, quedaban atrás.

Sus primeros pensamientos de retirada habían llegado un año antes, pero Sean O’Driscoll le hizo un último favor al club alargando una temporada más la presencia de Howe en el primer equipo, transformando a quien debutó como lateral derecho en un solvente central zurdo que aprendió a usar con acierto su pierna izquierda. Sus actuaciones mejoraron notablemente, pero la rodilla volvió a llamar a la puerta, esta vez para llevárselo para siempre de los terrenos de juego.

De donde no lo pudieron alejar sus articulaciones fue de los banquillos. Eddie Howe no tardó mucho tiempo en firmar su primer contrato como entrenador del equipo reserva del Bournemouth, donde ejercería no solo como estratega sino como modelo de conducta para los jugadores de la cantera. El compromiso de Howe con la institución fue intachable durante toda su carrera y se esperaba que con él al frente salieran nuevos Eddies que encandilaran a la sufrida afición de Dean Court. Al frente del segundo equipo cherry, Howe demostró que no le temblaba el pulso ante las dificultades. Si una plaga de lesiones asolaba al equipo, prefería subir automáticamente a los jugadores de las inferiores antes que lamentarse en público. No iba a ser él el que se quejara por un contratiempo así, lo que le empezaba a conferir un empaque de hombre de acción, capaz de encontrar soluciones sin excesivos dramas.

No había dudas sobre las condiciones de Eddie Howe como entrenador. Bajo el manto protector de Sean O’Driscoll se reveló como un central con una amplia comprensión del juego, y en su primer año al frente de un equipo como primer entrenador se empapó de vídeos y libros para profundizar en sus conocimientos. La renovación fue inevitable tan solo un año después, en los pasillos de la institución pocos superaban a Howe en afectos y popularidad. Era el Special One de la costa sur de Inglaterra.

En las inferiores todo parecía funcionar a pedir de boca, pero los problemas reales estaban en los despachos y en el primer equipo. Las dificultades económicas comenzaban a generar problemas con la Football League, y la zona baja de la League One comenzó a ser el hábitat natural de un Bournemouth que terminó descendiendo a la cuarta categoría, la League Two, después de que les arrebataran diez puntos por las deudas del club, que ascendían a cuatro millones de libras. Nadie quería comprar el club y los cherries terminaron por hundirse del todo. Con una directiva provisional, en la siguiente temporada volvió a haber una deducción de puntos (nada menos que diecisiete) y una junta provisional, liderada por Alastair Saverimutto, que despidió no solo a Kevin Bond y su asistente, sino también a Eddie Howe. La prioridad absoluta pasaban a ser los resultados, lo que terminó por llevarse por delante a quien estaba predestinado a ser un día entrenador del primer equipo del Bournemouth.

La directiva supo rectificar a tiempo, y solo una semana después volvía a anunciarse el retorno de Eddie Howe al club, en esta ocasión como encargado de toda la cantera y no solo del filial. Howe no dio crédito cuando le anunciaron su destitución, causada por las malas decisiones en los despachos y los flojos resultados del equipo de Kevin Bond, y también se asombró cuando volvieron a reclamarlo tan solo siete días después. La semana más rara de su vida terminó con una nueva responsabilidad en la que todo el futuro del club pasaría por sus manos. Saverimutto, director ejecutivo del Bournemouth durante un solo año, estuvo a punto de pasar a la historia como el gran villano de los cherries, pero terminó tomando la decisión que llevó al club a la Premier League por primera vez. Jimmy Quinn, el sustituto de Kevin Bond en el primer equipo, también mostró su alivio cuando se enteró de que Howe no se marcharía.

En la Nochevieja de 2008, ciento veintiún días después, los dueños del club se reunieron en un hotel para decidir el cese de Quinn, que no había conseguido remontar el vuelo de un Bournemouth que languidecía en la zona baja de la League Two. No había comenzado 2009 y el gran salto adelante había llegado antes de lo esperado, aunque en una situación crítica, con problemas permanentes dentro y fuera de los terrenos de juego. Howe no lo supo hasta que, en una fiesta, recibió una llamada durante la que rechazó el ofrecimiento. A su juicio, llegaba demasiado pronto. Pero la directiva no aceptó un no por respuesta, de manera que Eddie Howe pasaba a ser el primer entrenador. Solo pondría una condición: trabajar a su manera. Kevin Bond, ya en el banquillo del Tottenham al lado de Harry Redknapp, tenía claro que Eddie era la persona adecuada en semejante situación, un escenario en el que «incluso José Mourinho hubiera sido destituido como entrenador del Bournemouth».

Lo ocurrido desde entonces es historia del Bournemouth. A siete puntos de la salvación, con un lastre de diecisiete puntos restados de antemano y sin poder pagar ni los campos de entrenamiento ni los sueldos de la mayoría de jugadores, la primera derrota contra el Darlington parecía el primero de los últimos coletazos de existencia del Bournemouth, pero como reconocería después el propio Howe, aquellos «fueron los seis mejores meses». El club llegó a estar a quince minutos de la desaparición, por lo que Eddie convocó a su plantilla y les comenzó a hablar con terminología bélica. Era una situación límite, un «ellos contra nosotros a vida o muerte» y no había marcha atrás. Seis meses después, en el último partido de la temporada, el Bournemouth derrotó al Grimsby Town por 2-1 y consiguió sellar una permanencia milagrosa, un 21.º puesto que les daba la vida.

Jeff Mostyn compraría el club y, aunque no podían fichar, de la mano de Eddie Howe se consiguió el primer ascenso en muchos años. Eddie le dijo a su nuevo jefe que si no llegaban refuerzos descenderían al quinto escalón del fútbol británico. Pero de nuevo volvía a equivocarse, como el día en que rechazó la oferta para ser el entrenador del primer equipo. Nueve meses después había fiesta en la ciudad tras confirmarse el retorno a League One.

Eddie Howe recién fichado por los clarets. Foto: Cordon.

Al igual que durante su etapa de jugador, las ofertas no tardaron en llegar a los despachos de Dean Court. Burnley, Charlton y Crystal Palace querían contar con los servicios del joven talento de los banquillos, y esta vez fueron los clarets los que consiguieron lo que varios años atrás no lograron con el Howe jugador. El Burnley tuvo que pagar un traspaso por el técnico de treinta y tres años, que se despidió del club de sus amores en su centésimo partido, situado en la League One, su lugar natural, y con las arcas un poco más saneadas que dos años antes.

Su estancia en Burnley, equipo de Championship, suponía un paso más en su carrera. Sin embargo la experiencia fue más bien insulsa, tanto para él como para su esposa, Vicky, por lo que ya comenzada su tercera temporada en Turf Moor decidió hacer las maletas para volver al sur, aprovechando que Paul Groves había sido despedido en el Bournemouth al tener al equipo coqueteando nuevamente con los puestos bajos de la League One. Era un paso atrás desde un punto de vista racional, pero Eddie Howe no es una personalidad común dentro de la industria actual del fútbol y el pensamiento ajeno le es totalmente indiferente. Su lugar y el de su mujer estaban en Bournemouth, y no dudaron en bajar de categoría para regresar a casa. Desde el punto de vista emocional, qué duda cabe, el retorno era lo mejor para todos.

El Bournemouth había cambiado radicalmente en sus dos años y medio lejos de casa. El ruso Maxim Demin se había hecho con el club y el dinero había dejado de ser un problema. La afición ya exigía victorias y quién mejor que Eddie Howe para dárselas. El Bournemouth no solo no sufrió en la temporada 2012/13, sino que ascendió a Championship. No fue un «nosotros contra el mundo» como en su primera etapa, por lo que el camino debió de parecerle incluso sencillo al joven entrenador, que había vuelto para no marcharse más.

No hubo riesgo de que el Bournemouth recayera tras su ascenso por falta de aclimatación. La Championship se convirtió en una mera estación de paso para llegar a la Premier League. La primera temporada finalizó con un cómodo décimo puesto y en la segunda el Bournemouth fue líder de la segunda categoría con un récord de noventa y ocho goles. La apreciación de que el dinero ruso fue el gran catalizador del vertiginoso ascenso del Bournemouth hasta la Premier League es lo que más molesta a Howe, que defiende que la columna vertebral del club seguía siendo la misma que agonizaba en los últimos puestos de la League One a su llegada.

La sorpresa de la permanencia del Bournemouth en Premier en su primera temporada entre los mejores del Reino Unido fue relativa, porque el buen hacer de Eddie Howe es conocido por todos en el club. Amante del trabajo diario, Howe guarda un registro de todos los entrenamientos que ha realizado desde que comenzó a entrenar y dedica sus vacaciones a profundizar en los métodos de otros colegas. A Eddie Howe se le ha podido ver captando ideas en los centros de entrenamiento de Athletic, Fiorentina o Empoli para alimentar su insaciable ansia de conocimiento. Su diario de trabajo, guardado en cuadernos con anotaciones a mano, es su más preciada posesión y recoge el camino que ha llevado a la gloria al Bournemouth en la última década. Hasta tal punto llega la dedicación de Howe que le entregó a su esposa un horario en el que queda reflejado en qué momentos está disponible para ella y en cuáles su dedicación es única y exclusivamente para el Bournemouth. Este horario, como es normal, nunca se cumple, por la dinámica humana de toda relación afectiva, pero es una buena muestra de hasta qué punto Eddie está comprometido con su club.

La adicción a su trabajo ya les está llegando a sus hijos, especialmente al joven Harry, que a sus seis años ya ve cómo su padre le lee Inch and Miles: The Journey to Success, un cuento infantil escrito por John Wooden, legendario entrenador de baloncesto universitario con diez títulos de la NCAA con UCLA. Fallecido en 2010, Wooden protagonizó una de las charlas TED sobre deporte más vistas en internet. Sus mantras sobre el éxito y la relatividad de la victoria y la derrota están grabados a fuego en el cerebro personal y profesional de Eddie Howe. Wooden admitió poco antes de morir que su mayor lamento era no haber dedicado más tiempo a Nellie, su mujer, y eso también ha calado en Howe.

Su primer año en la Premier League estaba lleno de novedades. Estadios emblemáticos llenos hasta la bandera y los mejores jugadores del planeta llegando a Dean Court cada quince días. La experiencia estaba hecha a medida para que la gente de Dorset disfrutara de un año en la élite con una plantilla llena de nombres semidesconocidos antes de volver a Championship, pero una vez más Eddie Howe demostró que él no está de paso, que ha llegado para quedarse y para dejar al Bournemouth como un miembro más de la élite futbolística británica. El Tottenham de Mauricio Pochettino y el Manchester City de Manuel Pellegrini fueron los rivales más duros que se encontró el curso pasado, según dijo el propio Howe, que también pudo comprobar de primera mano cómo la historia que ha ido labrando en los últimos años con el Bournemouth despierta más simpatías que recelos entre las aficiones y los entrenadores rivales.

Entre todas las batallas que debe afrontar Howe como entrenador se encuentra la de los jugadores que consideran que no están jugando tanto como merecerían atendiendo a su calidad, algo hacia lo que él se aproxima desde el punto de vista de la entrega. Para Howe, es más importante que el jugador piense exclusivamente en dar el 100% antes que en compararse con otros compañeros de vestuario. «Yo solo puedo juzgarme comparándome conmigo mismo, así como se trata también de ponerme a prueba todo el tiempo. Nunca voy a ser lo mismo que ningún otro entrenador», reflexionó en una reciente entrevista en el Daily Telegraph, despejando de forma involuntaria cualquier posible comparación con titanes como Jürgen Klopp, Pep Guardiola o Antonio Conte, con los que ahora se ve las caras tras muchos años en las categorías oscuras de Inglaterra.

De cara a su segundo año en la Premier League, la plantilla del Bournemouth no es muy diferente a la que consiguió la permanencia en el primero. Manteniendo la base que lo ha llevado hasta las más altas cotas, Eddie Howe ha apostado por completarla con cesiones de jugadores prometedores de los equipos grandes. Nathan Aké llegó del Chelsea y se convirtió en una pieza clave de su defensa antes de ser reclamado nuevamente por los blues en Navidad. Jordon Ibe llegó procedente del Liverpool para tener en Dean Court —hoy Vitality Stadium— los minutos que Jürgen Klopp no podía concederle en el Liverpool, y la joya absoluta de la corona llegó procedente del Emirates en el último momento del último mercado de fichajes veraniego. Jack Wilshere, castigado por las lesiones en sus tobillos en los últimos años, no ha terminado de confirmar los pronósticos que lo situaban como un jugador de leyenda para el Arsenal. Arsène Wenger vio en el Bournemouth y en Eddie Howe, tal vez por su profundo conocimiento sobre la lidia permanente con las lesiones, el mejor lugar y el mejor mentor para volver a recuperar al aún joven Wilshere —veinticinco años—, que con el dorsal 32 a la espalda vuelve a sentirse futbolista y es pieza clave de un Bournemouth que sigue sorprendiendo a propios y extraños no solo en Inglaterra, sino cada vez más en Europa.

Los analistas de la ESPN lamentaron que el Bournemouth dejara escapar la posibilidad de buscar una gesta histórica en la FA Cup cuando quedaron eliminados a la primera frente al Millwall. Con un once con muchos suplentes, la exigencia hacia el equipo de Eddie Howe empieza a ser similar a la de los grandes de Inglaterra. Su nombre ha sonado incluso como uno de los candidatos a tomar el relevo de Sam Allardyce tras su cese al frente de la selección inglesa, señal de que Howe no solo es el ojo derecho de Dean Court, sino que su trayectoria empieza a ser analizada como la de un gran entrenador a nivel internacional. Su Bournemouth, cómodamente asentado en la zona media de la Premier League, no tiene techo hoy día y parece difícil imaginar a los cherries sin Eddie Howe en el banquillo. Al fin y al cabo, está donde quiere estar, y su concepción del éxito vital lo mantiene por el momento alejado de grandes sueños en otros banquillos. Con ser feliz en la costa sur junto a Vicky y sus dos hijos y seguir abriendo las instalaciones de Dean Court a las seis y media cada mañana le vale, al menos hasta el momento en el que el cansancio de cada día le indique que llega el momento de volver a casa por la tarde para pasar tiempo con su familia.

Antonio Conte le desea una carrera a la altura de su calidad y cree que puede hacerse cargo de un gran equipo; José Mourinho se declara un admirador de su trabajo en Bournemouth y para Pep Guardiola los cherries han sido el rival que mejor fútbol han desplegado contra él en su primer año en la Premier League. Los halagos se acumulan y la prensa no deja de situarlo en el banquillo de la selección, en el del Arsenal o en el de cualquier equipo grande que pueda ver su puesto de entrenador vacante en el corto plazo. Por ahora nada de eso parece estar en la mente de Eddie, ya exitoso en el que él considera su sitio en el mundo, concentrado en sacar el máximo rendimiento a su plantilla y, sobre todo, en hacer feliz a Vicky, con o sin horarios.

Pep Guardiola y Eddie Howe. Foto: Cordon.

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