Jot Down Cultural Magazine – George Orwell: dos y dos son cinco

George Orwell: dos y dos son cinco

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George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Recuerdo que una vez le dije a Arthur Koestler: «La historia se detuvo en 1936», a lo que asintió con una inmediata comprensión. Ambos estábamos pensando sobre el totalitarismo en general, pero más concretamente sobre la Guerra Civil española. Antes ya había notado que ningún suceso es correctamente relatado en la prensa, pero en España, por primera vez, vi periódicos cuyos reportajes no tenían ninguna relación con los hechos, ni siquiera la mínima relación que se sobreentiende en una mentira ordinaria. Vi narradas grandes batallas donde no había existido combate alguno, vi completo silencio allí donde cientos de hombres habían muerto. Vi soldados que habían luchado valientemente ser denunciados por cobardes y traidores, y a otros que nunca habían visto pegar un tiro ser ensalzados como los héroes de victorias imaginarias; vi periódicos en Londres que vendían estas mentiras y vi a ávidos intelectuales construyendo superestructuras emocionales sobre eventos que nunca habían tenido lugar. Vi, de hecho, la historia escrita no en términos de lo que sucedió sino de lo que debería haber sucedido de acuerdo con diversas «políticas de partido». (…) Sé que está de moda decir que la mayor parte de la historia escrita está hecha de mentiras. Aun así, quiero creer que es en su mayor parte inexacta y subjetiva, pero que lo peculiar de nuestra propia época es el abandono de la idea de que puede ser verazmente escrita. En el pasado la gente mentía deliberadamente, o inconscientemente coloreaba lo que escribía, o se esforzaba por descubrir la verdad sabiendo que iba a cometer muchos errores; pero en cada caso creían que los «hechos» existían y que más o menos podían ser descubiertos. Y en la práctica siempre había un considerable cuerpo de hechos con los que hubiese estado de acuerdo casi cualquiera. (…) La teoría nazi, específicamente, niega que existe tal cosa como «la verdad». No hay, por ejemplo, tal cosa como «la ciencia». Solo hay «ciencia alemana», «ciencia judía», etc. El objetivo implícito de esta línea de pensamiento es un mundo de pesadilla en el cual el líder, o alguna camarilla gobernante, controla no solamente el futuro sino el pasado. Si el líder dice que tal o cual evento «nunca sucedió»… bien, entonces nunca sucedió. Si dice que dos y dos son cinco… bien, entonces dos y dos son cinco. Esta perspectiva me asusta mucho más que las bombas; y después de nuestras experiencias de los últimos años, esta no es una afirmación frívola.

(George Orwell, Recuerdos de la guerra de España, 1943).

—¿Cuántos dedos estoy mostrando, Winston?
—Cuatro.
—¿Y si el partido dice que no son cuatro, sino cinco, entonces cuántos hay?
—Cuatro.

La palabra terminó con un jadeo de dolor. (…)

—Aprendes muy despacio, Winston —dijo O’Brien con suavidad.
—¿Cómo puedo evitarlo? —sollozó. —¿Cómo puedo evitar ver lo que está frente a mis ojos? Dos y dos son cuatro.
—A veces, Winston. A veces son cinco. A veces son tres. A veces son todo eso a la vez. Debes esforzarte más. No es fácil alcanzar la cordura.

(George Orwell, 1984, 1949).

El periodista y escritor George Orwell pasó varios meses combatiendo en el frente de Aragón junto a una milicia del POUM reclutada en Barcelona. «España», escribió, «era el país que desde mi infancia más había anhelado visitar». Su etapa de miliciano terminó al ser herido de gravedad por una bala que, tras aparecer de ninguna parte, entró por un lado de su cuello y salió por el otro. Describió la sensación de recibir aquel disparo como análoga a «estar en el centro de una explosión». Oyó un fuerte ruido y fue cegado por una luz intensa; creyó que uno de sus compañeros le había disparado por accidente desde pocos metros, pero no: fue el disparo de un francotirador fascista. Tuvo que ser evacuado del frente en camilla y después transportado en una ambulancia que no cesaba de pegar brincos sobre los destartalados caminos de la zona, todavía consciente y sabiendo que muchos soldados morían en aquellos infaustos viajes de urgencia. Contra todo pronóstico, sobrevivió. Después, en los hospitales, los doctores y enfermeras iban a verle con la expectación que despierta un caso médico excepcional; no cesaban de repetirle lo afortunado que era, porque nunca habían visto a un soldado recuperarse de una herida como aquella. En su fuero interno, él se decía que hubiese sido más afortunado si nunca le hubiese alcanzado la maldita bala. Pero vivió, e incluso recuperó la voz, con el tiempo, aun cuando los médicos le habían asegurado que hablaría en un afónico susurro durante el resto de su vida.

Orwell había experimentado de primera mano los horrores de la guerra. Incluso tras la herida, se planteó volver al frente. Pero no estaba preparado para suponer que en la retaguardia le esperaba otra clase de horror: la represión política. Descartado para el combate, regresó a Barcelona junto a su mujer, que se había estado hospedando en un hotel durante los meses que él había pasado en el frente. Allí fue testigo de cómo muchos de sus amigos del POUM, incluyendo a hombres que habían luchado contra el fascismo con un valor inquebrantable, eran apresados por sus antiguos aliados en una purga generalizada que lo dejó descolocado. Cualquiera podía ser detenido sin previo aviso ni necesidad de mayor acusación que la pertenencia o la mera simpatía hacia las ideas revolucionarias de los socialistas libertarios o los anarquistas. Ni siquiera los ciudadanos de países extranjeros se libraron de una persecución que hizo desaparecer a muchos españoles, pero también a ingleses, franceses, belgas o alemanes. Los detenidos permanecían durante meses hacinados en celdas insalubres —cualquier sótano podía ser convertido en prisión— y no pocos de ellos fueron ejecutados sin la oportunidad de intentar defenderse en un juicio. Orwell, cuyo vínculo con el POUM anticipaba un destino funesto, consiguió huir a Francia in extremis, tras una concatenación de escenas dignas de una película de intriga. En 1938, mientras ya en Inglaterra escribía la crónica de su participación en la guerra española, titulada Homenaje a Cataluña, continuaba sin tener noticia de varios amigos, conocidos y camaradas del frente, a los que con tristeza suponía muertos.

Su voz física volvió, pero sus denuncias sobre lo sucedido en España resonaban en el vacío. Descubrió con estupor que la prensa inglesa, como el resto de la prensa europea, no relataba aquellas purgas tal y como él las había vivido, limitándose a repetir la versión oficial propagada por los mismos que las habían impulsado. «Con cuánta facilidad la propaganda totalitaria puede controlar la opinión de gente cultivada en los países democráticos», diría. Había esperado ver una oleada de indignación internacional ante los sucesos de los que había sido testigo, pero fuera de España todos parecían sentir alivio por el aplastamiento del impulso revolucionario en el bando republicano. «La historia se ha detenido en 1936», le dijo con tristeza a un amigo. Aquel fue el punto de inflexión en la vida, el pensamiento y la literatura de Orwell. El hombre de izquierdas con conciencia social continuó siendo un hombre de izquierdas con conciencia social, pero se convirtió también en el sombrío cronista de la muerte de la verdad. La fría manipulación de la realidad no era, como él había creído hasta entonces, patrimonio exclusivo de los regímenes fascistas. Incluso en las democracias con prensa libre y una clase intelectual autónoma, la verdad podía ser sepultada bajo una montaña de propaganda. Era el fin de la historia, de la preponderancia de los hechos; el escritor inglés se preguntaba con amargura si los sucesos que él había conocido, si las realidades de su generación, sobrevivirían al paso del tiempo. En el nuevo mundo, el de mediados del siglo XX, dominado por los grandes medios de comunicación, los hechos habían dejado de tener importancia. Este artículo es la crónica y el análisis, no de la novela 1984, que es lo bastante conocida, sino de su gestación.

La revolución soñada

Una de las primeras ediciones de Homenaje a Cataluña. Imagen: The Granger Collection / Cordon.

La guerra de España y otros eventos de 1936-37 inclinaron la balanza y supe dónde me encontraba. Cada renglón de cada obra seria que he escrito desde 1936 ha sido escrito, directa o indirectamente, contra el totalitarismo y en favor del socialismo democrático. (Por qué escribo, 1946).

Cualquiera que sienta el valor de la literatura, cualquiera que vea el papel central que desempeña en el desarrollo de la historia humana, debe también ver que es necesario, cuestión de vida o muerte, resistir al totalitarismo, ya venga impuesto desde fuera o desde dentro. (Intervención radiofónica de Orwell en la BBC, 19 de junio de 1941).

—¿Te das cuenta de que lo que estás sugiriendo es una revolución?
—Por supuesto, es una revolución. ¿Por qué no?
—Porque no puede haber una revolución. Nuestra revolución fue la última y nunca puede haber otra. Todo el mundo sabe eso.
—Pero querido, tú eres matemático: dime, ¿cuál es el último número?
—Esa pregunta es absurda. Los números son infinitos. No puede haber un ultimo número.
—Entonces, ¿por qué hablas de la última revolución?

(Yevgueni Zamiatin, Nosotros, 1920).

Antes de 1936, los libros de Orwell ya tenían un marcado trasfondo de denuncia social; en ellos había tratado la pobreza y la dura vida de los trabajadores (Sin blanca en París y Londres, La hija del clérigo, Que no muera la aspidistra) o el colonialismo inglés que había conocido de primera mano trabajando como policía en Asia (Los días de Birmania). El principal objeto de interés de su literatura habían sido los efectos perniciosos que el capitalismo producía en los estratos más vulnerables de la sociedad. Convencido socialista, estaba asociado al Independent Labour Party, un partido que abogaba por la nacionalización de tierras y medios de producción. En aquellos tiempos, empero, el pensamiento político de Orwell se caracterizaba más por un idealismo humanista y una sincera preocupación hacia las condiciones de los más débiles que por los detalles concretos de la teoría política. Quién sabe si, de no haber combatido nunca en España, George Orwell se hubiese convertido en la referencia universal que hoy es. Es muy posible que no, porque nunca hubiese escrito 1984.

En la década de los cuarenta construyó lo más impresionante de su legado, desviando su principal foco de atención hacia los fenómenos del totalitarismo y la manipulación de la información. Como un científico que mira un cultivo en el microscopio y de aquello que ve —una muestra concreta confinada a los límites del portaobjetos de cristal— deduce leyes generales que pueden aplicarse fuera del laboratorio, Orwell desarrolló todo un análisis del totalitarismo a partir de sus experiencias en España, añadiendo después el análisis de lo que sucedía en otras partes. Primero escribió Homenaje a Cataluña para denunciar las purgas políticas y la manipulación informativa dentro del bando republicano, así como las mentiras deliberadas que se multiplicaban en la prensa europea —tanto la de izquierdas como la de derechas— sobre el aplastamiento de la revolución (denuncias que repitió unos años después en el breve pero también muy poderoso Recuerdos de la Guerra de España). Después amplió el campo de visión para efectuar una demoledora crítica del estalinismo en Rebelión en la granja. Por fin, condensó sus ideas sobre el terror político y la aniquilación del concepto de «verdad», aunque ahora de manera más abstracta, y por eso aplicable a totalitarismos de cualquier naturaleza y signo político, en su novela más famosa: Mil novecientos ochenta y cuatro (o 1984; el título numérico ha sido adoptado con frecuencia, más en español que en inglés, quizá porque es más llamativo). Estos son sus libros más famosos y los que más gente ha leído; pero también cabe insistir, porque no siempre se menciona cuando se habla de su figura, en la importancia de su abundante trabajo en prensa. En sus novelas las ideas aparecen condensadas en forma de sátira o alegoría, pero es en su trabajo periodístico donde encontramos el desarrollo más explícito y complejo, aunque fragmentado en una miríada de artículos, de todas esas ideas.

No es fácil resumir en qué consiste el poder de Orwell como escritor de ficción. Quizá reside en su pasmosa facilidad para destilar conceptos políticos y filosóficos que, expresados mediante sentencias nada presuntuosas, claras y cortantes, o mediante metáforas de una sencillez casi escolar, se convierten en axiomas que cualquier persona puede entender de inmediato. Pero su sencillez es aparente, porque están construidos sobre toda una montaña de reflexiones previas, que encontramos en sus artículos y parlamentos. Recuerdo que una de las primeras frases de un libro que de verdad me obligaron a pensar fue esa tan famosa de «todos los animales son iguales, pero unos son más iguales que otros», uno de los puntos álgidos de Rebelión en la granja. Por entonces, siendo casi un niño, no podía comprender su verdadero significado, pero era uno de tantos renglones que parecían estar impresos en otro color, emergiendo con luz propia de entre la habitual salmodia de tinta negra. Esa sensación, que nunca se ha extinguido, es compartida por muchos otros lectores: cuando Donald Trump llegó a la Casa Blanca, la prensa estadounidense comentó con cierta sorpresa el súbito aumento de ventas de ejemplares de 1984. El trasunto de la noticia revelaba una evidente lógica: en un país donde la mentira deliberada siempre fue considerada uno de los más imperdonables pecados de un presidente, el completo desdén de Trump hacia la verdad o siquiera hacia la simple noción de intentar no parecer un mentiroso es algo que produce asombro y un profundo estupor, así como el que sus partidarios parezcan indiferentes a esa actitud, hasta hace no mucho considerada más propia de líderes no democráticos. Así pues, mucha gente ha decidido indagar en lo que decía Orwell al respecto de la mentira y de cuál es su efecto sobre el pueblo (aunque más que en 1984, libro poco aplicable a los actuales Estados Unidos, la respuesta que buscan está en sus artículos, donde se explaya sobre la manipulación en contextos democráticos). Orwell dijo muchas cosas sobre la mentira y el uso que el poder hace de ella. Por brillante que sea el contenido filosófico y político de Rebelión en la granja o 1984, estos dos libros no son sino la conclusión final de varios años de trabajosa elaboración sobre el asunto.

El inicio de ese proceso de reflexión es Homenaje a Cataluña. Un impulso idealista fue lo que le hizo alistarse en la milicia barcelonesa del POUM. Para Orwell, al principio, la guerra española era una cosa bien simple: había que combatir al fascismo. Reafirmó esa decisión el ambiente libertario que se encontró al llegar por primera vez a Barcelona, donde se había erradicado cualquier práctica que simbolizase una diferencia social entre ciudadanos; comenta encantado cómo los dependientes, los camareros y hasta los limpiabotas trataban a los clientes de igual a igual, llamándolos «camaradas», sin rastro de la reverencia servil que se esperaba de sus trabajos. Otro ejemplo: le choca de manera muy positiva el cambio de comportamiento de las mujeres; en un pueblo aragonés observa a unas jovencitas y dice de ellas: «las chicas del pueblo eran criaturas espléndidas y vivaces, con cabello negro como el carbón, andares bamboleantes, y un comportamiento directo, de hombre a hombre, que era probablemente un producto de la revolución». Otro detalle que le sorprende es que nunca ve a una persona santiguarse; esperaba que, incluso en mitad de la fiebre revolucionaria, un gesto así sería automático en un país de honda tradición católica, y sin embargo ha observado que «para el pueblo español, en Cataluña y Aragón, la Iglesia era simple y llanamente un fraude». Sugería que la creencia sobrenatural había sido sustituida por la creencia en el anarquismo, que tenía a sus ojos una naturaleza «casi religiosa». Estos y otros rasgos de la revolución igualitaria que conoce en España se convierten en combustible para su idealismo socialista.

Este igualitarismo se extendía al frente, a las milicias del POUM, donde se rechazaba la estructura piramidal habitual en las unidades militares; a los mandos les estaba vedado tratar a los subordinados como inferiores. Algunos rasgos de la idiosincrasia española exasperaban a Orwell: la impuntualidad, la tendencia a procrastinar (que en su texto aparece sustantivada en un irónico castellano: the mañana) o la desorganización general. Sin embargo, tuvo que admitir que la exótica mentalidad igualitarista de los milicianos funcionaba mejor, a efectos del combate, de lo que él mismo había previsto, y que el sentimiento de solidaridad era auténtico. La «revolución» (en contexto español, Orwell siempre usa la palabra como sinónimo de «igualitarismo») le hizo creer en su causa ya no solo como oposición al fascismo, sino también como la posibilidad de construir un mundo mejor. Asimiló como propio ese proyecto, aun con todas sus imperfecciones, y llegó a parecerle concebible el establecimiento de un sistema basado en ese concepto igualitario de la justicia:

Las milicias españolas, mientras duraron, fueron una especie de microcosmos de una sociedad sin clases. En esa comunidad donde nadie estaba intentando hacerse rico, donde había escasez de todo pero no privilegios, ni lamidas de bota, uno tenía, quizá, un tosco pronóstico de cómo podrían ser los estadios iniciales del socialismo. Y eso, en vez de desilusionarme, me atrajo profundamente. El efecto fue hacer que mi deseo por ver el socialismo establecido fuese mucho más real de lo que había sido hasta entonces. En parte, quizá, se debía a la buena suerte de estar entre españoles, quienes, con su innata decencia y su omnipresente ramalazo anarquista harían que incluso las etapas iniciales del socialismo fuesen tolerables, si es que tenían la oportunidad de llevarlo a la práctica.

Los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña, aunque son quizá los menos conseguidos del libro —el resto es invariablemente fascinante— nos muestran a un Orwell que apenas entiende el país en el que pelea, que como británico encuentra irritante el desorden de las milicias, que apenas tolera las deplorables condiciones de un frente en el que nunca sucede nada, cuyas trincheras están rodeadas de excrementos y plagadas por bichos de todas clase (condiciones que en ocasiones consigue describir con un hilarante colorido: «Los hombres que lucharon en Verdún, en Waterloo, en Flodden, en Senlac, en las Termópilas… todos y cada uno de ellos tuvieron piojos reptando por sus testículos»). Pero son esos cuatro capítulos, pese a su relativo menor peso literario, los que retratan el conato de sociedad sin clases que lo ha deslumbrado, convenciéndole de que está peleando en el sitio indicado y junto al pueblo indicado. Pese a la cínica superioridad típicamente inglesa con la que no pocas veces censura los defectos de los españoles, no puede por menos que sentirse impresionado cuando los ve poner en práctica lo que antes le hubiese parecido una utopía. La manera en que el carácter miliciano estimula su idealismo es muy similar a la descrita por la argentina Mika Etchebéhère en su también extraordinaria crónica Mi guerra en España, un libro que por desgracia y a causa de motivos que no alcanzo a entender es muy poco conocido en nuestro país (léanlo, aunque planeo comentarlo en breve). Etchebéhère, también miliciana del POUM, se sintió igualmente conmovida por aquel igualitarismo revolucionario.

La metamorfosis de Barcelona

Orwell, al fondo, en el cuartel general del POUM, Barcelona, 1937. Foto: Rovira / UCL Orwell Archive.

Después de tres meses y medio de aburrimiento y escasa acción en su sector del frente de Aragón, Orwell regresó a Barcelona para disfrutar de dos semanas de permiso. Esperaba que la ciudad continuaría en sintonía con el socialismo libertario que la había caracterizado en su primera visita, el mismo que todavía imperaba en la milicia; confiaba en que las clases sociales seguirían siendo invisibles. Pero aquellos tres meses y medio habían dado para muchos cambios. A Orwell le costó creer lo que vio cuando bajó del tren:

En el tren, de camino a Barcelona, la atmósfera del frente persistía; la suciedad, el ruido, la incomodidad, las ropas harapientas y el sentimiento de privación, camaradería e igualdad (…) Cualquiera que haya hecho dos visitas a Barcelona durante la guerra ha remarcado los extraordinarios cambios que tuvieron lugar. (…) Lo que decían era siempre lo mismo: la atmósfera revolucionaria se había desvanecido. (…) Para mí, cuando recién llegaba de Inglaterra, Barcelona era más parecida a una ciudad de trabajadores de lo que había concebido como posible. Ahora la marea había retrocedido. De nuevo era una ciudad ordinaria; un poco enflaquecida y desportillada por la guerra, pero sin ningún signo exterior de predominancia de la clase obrera. El cambio en el aspecto de la multitud era chocante. El uniforme de la milicia y los monos azules casi habían desaparecido; todo el mundo parecía vestir los refinados trajes de verano en que los sastres españoles se especializan. Prósperos hombres gordos, mujeres elegantes y distinguidos automóviles estaban por todas partes. (…) Los oficiales del nuevo Ejército Popular, una tipología que apenas había existido cuando dejé Barcelona la primera vez, aparecían en enjambres y en sorprendente número. (…) No creo que más de uno de cada veinte de ellos hubiese estado en el frente, pero todos tenían pistolas automáticas enfundadas en sus cinturones; nosotros, en el frente, no podíamos conseguir pistolas ni por todo el oro del mundo. Conforme caminábamos por la calle, noté que la gente nos miraba fijamente a causa de nuestro sucio aspecto. (…) Hubo dos hechos que eran la clave de todo lo demás. Uno era que la gente —la población civil— había perdido gran parte de su interés por la guerra; el otro era que la división normal de la sociedad entre ricos y pobres, clase alta y clase baja, se estaba reafirmando. La indiferencia general hacia la guerra era inesperada y más bien nauseabunda. Horrorizaba a quienes venían de Madrid e incluso de Valencia. En parte se debía a la distancia que había entre Barcelona y la verdadera guerra. (…) Antes me había chocado la ausencia de mendigos; ahora había muchos. En el exterior de las tiendas de delicatessen de las Ramblas, pandillas de niños descalzos esperaban a cualquiera que saliese para clamar por pedazos de comida. (…) Todos los que habían estado en Madrid decían que allí era completamente diferente; en Madrid, el peligro común forzaba a la gente de casi toda condición a adoptar cierto sentido de camaradería. Un hombre gordo comiendo codornices mientras los niños están mendigando pan es una visión repugnante, pero es más difícil que se produzca cuando estás oyendo el sonido de los cañones.

Al entrar en una tienda junto a su mujer para comprar algo de ropa, el dependiente —tomando a los Orwell por turistas de clase alta— se puso a hacer toda clase de reverencias y gestos de sumisión, ante el desconcertado rubor del escritor, que se sentía abrumado por lo que estaba sucediendo. «Recuerdo pasar por una de las calles de moda y ver una tienda con un escaparate repleto de pasteles y bombones de lo más elegante, a precios desorbitados. Era la clase de tienda que ves en Bond Street o en la Rue de la Paix». El retorno de la sociedad de clases le resultó chocante, pero no era lo que más le preocupó. Si los cuatro primeros capítulos de Homenaje a Cataluña transcurren un tanto al ralentí, es el quinto, donde se dedica a desmenuzar el conflicto interno del bando republicano en Cataluña, el primero en el que la narración se torna vibrante, absorbente. Aunque Orwell invita al lector a saltarse el capítulo si no quiere aburrirse con una sopa de siglas, no tiene nada de aburrido, al contrario. En él demuestra su sensacional agudeza; el resto del libro continuará en la misma tónica electrizante.

Durante su permiso en una metamorfoseada Barcelona se desata una oleada de combates callejeros que mantienen la ciudad vacía y a la población aterrorizada durante días; son las «jornadas de mayo». El escritor inglés se encuentra una retaguardia plagada por las tensiones entre facciones. Los comunistas del PSUC y el PCE, cada vez más influidos por el Comintern —ayuda que el Gobierno republicano espera ansioso financiación y soporte militar de Stalin—, han frenado la revolución libertaria. Sobre el papel, el origen del conflicto reside en que los comunistas desean ganar la guerra primero para poder después hacer la revolución, mientras que los libertarios consideran que la revolución es la guerra (Orwell comparte esta idea, afirmando que la resistencia inicial al alzamiento fascista se produjo sobre todo por el impulso de grupos anarquistas y libertarios). Aunque la diferente perspectiva en torno a la manera de conducir la guerra era, desde luego, una importante cuestión, Orwell no creía que los dirigentes comunistas hubiesen sido sinceros cuando justificaban su creciente oposición a los libertarios en función de las necesidades militares. Él ya había notado la influencia del Comintern en otros partidos comunistas, por ejemplo en Francia; pensaba que a Stalin, en una hipotética guerra contra Hitler, le convenía tener como aliados a países con una capacidad industrial capitalista y no a países con una producción en estado larvario por estar recién salidos de una revolución (sobre todo si se trataba de una revolución libertaria cuyo control se escaparía por completo a Moscú). El inicio de una campaña de rumores en contra de la CNT-FAI y del POUM parece confirmar las sospechas de Orwell: de repente, los anarquistas y libertarios empiezan a ser englobados bajo la etiqueta de «trotskistas» porque en la propaganda «trotskista» es sinónimo de «espía del fascismo». Orwell traza un paralelismo entre las acusaciones a los «trotskistas-fascistas» y las que en Rusia se habían lanzado contra los «social-fascistas», esto es, los socialistas moderados. Sin embargo, todavía no cree que se esté gestando una persecución abierta.

El conflicto callejero se dispara porque la Generalidad de Cataluña desea controlar el edifico de la Telefónica: muchas colectivizaciones efectuadas por la revolución obrera han sido revertidas, pero el edificio de la Telefónica continúa en manos de la CNT-FAI, cuyos miembros operan las comunicaciones. Eso, se piensa, permitiría que los anarquistas tengan conocimiento de cualquier conversación de las autoridades, incluyendo las comunicaciones clave con el Gobierno de Valencia. Cuando se envía un comando de asalto para tomar el edificio, los miembros de CNT-FAI se resisten y la noticia provoca una espiral de tensión en toda la ciudad. Empiezan a sonar los disparos. Incluso la Guardia Civil —de lealtad dudosa, a ojos de Orwell— sale a la calle. Las distintas organizaciones políticas tiran de su arsenal y se atrincheran en sus respectivas sedes, aunque por lo general dando orden a sus militantes de no disparar a nadie salvo que se les ataque primero. Orwell, pues, pasa buena parte de su permiso atrincherado en la sede del POUM y vigilando a unos guardias civiles que se han hecho fuertes en un bar contiguo. Pero pronto comprueba que en realidad nadie parece tener demasiadas ganas de provocar un derramamiento de sangre, ni en un bando ni en el otro. Incluso los guardias civiles tratan de congraciarse con sus transitorios enemigos del POUM, dándoles botellas de cerveza y haciéndoles prometer que no les dispararán sin provocación previa. De todo esto deduce que las tensiones no han sido generadas por el supuesto fanatismo de los militantes, que a todas luces evitan pelear, sino que han sido impulsadas desde arriba. Es la primera señal de alarma de que algo no marcha bien en su bando, pero Orwell, en esos momentos, considera los disturbios como un episodio tan desagradable como pasajero. También preocupante es el asunto de la censura: tras el restablecimiento del orden, los periódicos libertarios o anarquistas empezarán a aparecer con recuadros en blanco allí donde las autoridades han censurado contenidos «inapropiados». Con el paso de las semanas, en un episodio digno de la futura 1984, esos diarios presentarán un porcentaje tan escandaloso de recuadros en blanco que se promulgará una nueva ley obligándoles a rellenar los huecos con otros contenidos, para no hacer tan evidente la mutilación informativa.

Orwell parte de nuevo al frente, y esta vez sí le espera una intensa acción; la hasta entonces estática guerra de trincheras de su sector se está moviendo y tiene ocasión de jugarse la vida en diversos lances que narra con una viveza espectacular. Por lo demás, los inconvenientes de la vida en las trincheras continúan siendo los mismos, así como la endémica carencia de armamento decente en la milicia del POUM y la casi total ausencia de artillería aliada o apoyo aéreo (Mika Etchebéhère, en su libro, describe una situación idéntica en otro frente del POUM, donde los milicianos están a completa merced de los cañones y bombarderos del enemigo, abandonados por las autoridades republicanas). Herido de gravedad en el cuello, abandona el frente y regresa por tercera vez a Barcelona. Esta vez se topará con una pesadilla: el POUM ha sido prohibido, como otras organizaciones libertarias, trotskistas o anarquistas; sus miembros e incluso sus simpatizantes están siendo encarcelados de manera indiscriminada. No se han producido nuevos disturbios callejeros, como muchos se temían, pero en su lugar se está ejecutando una despiadada represión política. Descubre —gracias a un compatriota que ha sido marino y consigue reconocerlos por su silueta— que han sido buques ingleses los que han transportado tropas gubernamentales desde Valencia para militarizar Barcelona y asegurar que ni CNT-FAI, ni POUM ni grupos similares puedan ejercer resistencia. Así, de manera indirecta, entiende también que los gobiernos democráticos europeos están felices de mirar hacia otro lado mientras se purga todo resto del impulso revolucionario. Él está con el POUM, así que es un objetivo más y ser ciudadano británico no va a ayudarle en absoluto, pero consigue escapar a Francia gracias a la inesperada colaboración de un oficial republicano.

Cuando regresa a Inglaterra comprueba con estupor que la información ofrecida por los periódicos no se parece en nada a lo que él ha vivido. La versión oficial, que POUM y CNT son organizaciones al servicio del fascismo, se ha impuesto en los periódicos de izquierdas también fuera de España. La prensa de derechas, cuando no alaba a Franco, culpa a los ahora perseguidos partidos libertarios de haber provocado los desórdenes de Barcelona con el fin de desestabilizar al Gobierno republicano, otra manera de acusarlos de estar al servicio del fascismo, pero sin usar palabras que puedan chirriar a los lectores conservadores. La verdad, descubre Orwell, es un material tan precioso como frágil, que se quiebra con facilidad cuando se impone una atmósfera de paranoia política en el lugar desde donde surgen las noticias. Así, nos ofrece una primera pincelada de lo que después será una de sus grandes creaciones de ficción, el Gran Hermano:

No es fácil expresar con palabras la atmósfera de pesadilla de esos tiempos —la peculiar intranquilidad producida por rumores que siempre estaban cambiando, por los periódicos censurados, y por la constante presencia de hombres armados. No es fácil de expresar porque, por el momento, lo que resulta esencial para esa atmósfera no existe en Inglaterra. En Inglaterra, la intolerancia política todavía no es un hecho asumido. Hay persecución política a pequeña escala; si yo fuese un minero del carbón no quisiera aparecer ante el jefe como un comunista; pero el «fiel hombre de partido», el gánster-gramófono (1) de la política continental, es todavía una rareza, y la noción de «liquidar» o «eliminar» a cualquiera que esté en desacuerdo contigo no parece natural. Solamente parecía natural, demasiado natural, en Barcelona. Los «estalinistas» tenían la sartén por el mango y por lo tanto era cuestión de mera rutina que todo «trotskista» estuviese en peligro. (…) Era como si alguna gigantesca inteligencia malvada estuviese flotando por encima de la ciudad. Todo el mundo lo notó y lo comentó. Y era extraño que todos lo expresaran casi con las mismas palabras: «La atmósfera de este sitio… es horrible. Como estar en un sanatorio mental».

También menciona la indiferencia e ignorancia de los burgueses británicos que visitan España con intenciones supuestamente filantrópicas y no han captado nada de lo que sucede. Será otro de los temas habituales en la escritura de Orwell: la burbuja en la que viven determinados sectores sociales, para los que la realidad termina allá donde termina su reducido mundo de privilegios. No tardará en extender esta misma crítica, aunque de manera más extensa y elaborada, a los intelectuales de los países democráticos:

Algunos de los visitantes ingleses que pasaron rápidamente por España, revoloteando de hotel en hotel, parecen no haber notado que algo andase mal en la atmósfera general. La duquesa de Atholl escribe, y cito el Sunday Express, 17 de octubre de 1937: «He estado en Valencia, Madrid y Barcelona… un perfecto orden prevalecía en las tres ciudades sin demostración alguna de fuerza. Todos los hoteles en los que estuve eran no solamente “normales” y “decentes”, sino extremadamente confortables, a pesar de la escasez de mantequilla y café». Es una peculiaridad de los viajeros ingleses que realmente no creen en la existencia de nada más allá de sus elegantes hoteles. Espero que encontrasen algo de mantequilla para la duquesa de Atholl.

Orwell había entendido bien los motivos por los que una población española empobrecida y castigada durante siglos había iniciado la resistencia contra Franco como una necesidad para la supervivencia, pero también como una oportunidad para iniciar una revolución que les permitiera sacudirse el yugo de aquellos mismos poderes que habían apoyado a Franco al otro lado del frente. Afirmaba que habían sido los anarquistas los primeros organizadores de la resistencia, pero que las clases populares se habían sumado a esa resistencia (y a la revolución) gracias a su anhelo de cambiar el país. Como Etchebéhère, conoció a muchos españoles incultos y analfabetos que apenas entendían nada de la jerigonza ideológica de los partidos, pero que sí tenían una cosa clara: querían una sociedad más igualitaria y más libre. Orwell recuerda que las milicias en las que combatió estaban formadas por voluntarios y que ningún miliciano hubiese soportado las penosas condiciones del frente ni la constante amenaza de morir o quedar mutilado si no hubiese sido sincero su convencimiento de estar persiguiendo un país mejor. El que los intelectuales, españoles o europeos, hubiesen jugado a la guerra de salón opinando —desde muy lejos del frente— sobre la necesidad de terminar con los impulsos revolucionarios del bando republicano era algo que le sacaba de quicio. Buena parte de la intelligentsia creía a pies juntillas lo que contaban los periódicos de sus respectivas cuerdas, sin apenas filtro crítico, y a partir de ello construían complejas elaboraciones sobre la guerra que eran por completo ficticias, y si las informaciones cambiaban por conveniencia política, entonces los intelectuales cambiaban sus opiniones con ellas.

El imperio de la mentira

Orwell con su unidad de la Home Guard durante la Segunda Guerra Mundial. Foto: UCL Orwell Archive.

La ingente cantidad de informaciones falsas le abruma y el pesimismo empieza a hacer mella en él. Media Europa es fascista y la otra mitad, la democrática, contempla con indiferencia (es más, con regocijo) la inquisición contrarrevolucionaria en la España republicana. Buena parte de la izquierda europea está controlada por la propaganda comunista apoyada y financiada por Stalin, pero a Orwell le parece significativo que señalen como enemigos de la España republicana a los mismos que señala la derecha, esto es, a los anarquistas y los libertarios. Añadiendo un insulto a la herida, la prensa conservadora inglesa calificaba el alzamiento de Franco como una hazaña propia de patriotas y buenos cristianos, una cruzada destinada a erradicar una revolución infame que era descrita en tonos muy distintos a lo que Orwell había visto; él no negaba los desmanes revolucionarios —contra la Iglesia, sobre todo— pero pensaba que fuera de España estaban siendo magnificados a niveles absurdos por la derecha, mientras que las purgas políticas eran silenciadas, así como eran silenciados los crímenes del bando franquista. En Inglaterra, para su desmayo, incluso su detestado Hitler parece una opción preferible a los estallidos revolucionarios; muchos políticos y periodistas son partidarios de una política de distensión con el Führer, quien es visto como un freno —no muy agradable quizá, pero efectivo— que puede detener la expansión del comunismo. Es ya legendaria la tragicómica fotografía del Premier británico Neville Chamberlain agitando el papelito firmado por Hitler por el que, en teoría, se evitaba cualquier guerra con Alemania; esa sola imagen bastó para mancillar el recuerdo de Chamberlain en la historia. Pues bien, Orwell pensaba que esa política de distensión era un completo error y que tarde o temprano, con papel o sin él, habría guerra entre Inglaterra y Alemania. El objetivo de Hitler era el de someter todo el continente por la fuerza. El propio Hitler, insistía Orwell, lo había dejado caer en Mein Kampf. Sin embargo, la miope realpolitik del Gobierno británico no se detenía en esos pequeños detalles. Los ingleses parecían creerse inmunes a las turbulencias que se producían en el continente. Él, de manera casi profética, se pregunta hasta cuándo podía durar el ensueño del Reino Unido. Escribió las siguientes líneas en 1938, apenas dos años antes de que los bombarderos alemanes descargasen sus bombas sobre las ciudades británicas:

Y entonces volví a Inglaterra— la Inglaterra del sur, probablemente el paisaje más pulcro del mundo. Es difícil, cuando pasas por allí y especialmente cuando estás recuperándote pacíficamente del mareo del barco con suaves almohadones bajo tu trasero, creer que de verdad algo está sucediendo en cualquier parte. ¿Terremotos en Japón, hambrunas en China, revolución en México? No te preocupes, la botella de leche estará mañana sobre el escalón de la puerta y el New Statesman estará el viernes en los quioscos. Las ciudades industriales quedaban lejos, un borrón de humo y miseria oculto por la curvatura de la superficie terrestre. Aquí abajo todavía estaba la Inglaterra que yo había conocido desde la infancia: las veredas del ferrocarril ahogadas por flores silvestres, los espesos campos donde grandes y relucientes caballos pacen y meditan, los lentos arroyos bordeados por sauces, los verdes senos de los olmos, las consueldas en los jardines de las casitas de campo; y después la amplia y pacífica campiña de las afueras de Londres, los carteles anunciando partidos de cricket y bodas reales, los hombres con bombín, las palomas de Trafalgar Square, los autobuses rojos, los policías azules —todo ello durmiendo el profundo, muy profundo sueño de Inglaterra, del cual me temo que nunca despertaremos hasta que de él nos arranque de un tirón el rugido de las bombas—.

Cuando Hitler invade Polonia los ingleses, en efecto, despiertan. En Europa, un fascismo rampante se ha empezado a extender como una mancha de aceite, amenazando con terminar con la existencia de las democracias liberales. Los Gobiernos de Francia y el Reino Unido, comprendiendo por fin que Hitler es un peligro, le declaran la guerra. De manera sorprendente, los nazis y los soviéticos firman un tratado de no agresión, aunque Orwell no se lleva a engaño y en su interesantísima reseña de Mein Kampf, publicada en un periódico unos meses más tarde, afirma que «en la mente de Hitler, el pacto ruso-alemán representa no más que una alteración del calendario». La idea del líder nazi siempre ha sido la de atacar primero Rusia y después Inglaterra, pero Orwell afirma que se ha alterado el orden de la secuencia porque los rusos son «más fáciles de sobornar». Predice que el III Reich se revolverá contra la URSS en cuando considere controlada la guerra contra Inglaterra. En efecto, Alemania invadió la URSS en 1941. Esto produjo un vuelco en la actitud europea hacia Stalin, que de repente era enemigo del agresor nazi y por lo tanto un aliado, si bien coyuntural y no demasiado querido, de las democracias occidentales. En Inglaterra, la derecha que había contemplado (y seguía contemplando) con simpatía el levantamiento fascista de Franco, la misma que había querido pactar con Hitler hasta que este lo hizo imposible, había tenido que quitarse la venda de los ojos en cuanto al dictador alemán. Y, sin embargo, con la nueva situación incluso los conservadores se ponían otra venda ante Stalin. La izquierda, claro, no hacía sino profundizar en sus simpatías hacia el estalinismo.

Todo esto produjo una profunda desazón en el escritor. Entendía la necesidad perentoria de acabar con Hitler y así lo expresó de manera muy activa desde su posición de periodista, pero bajo un punto de vista ideológico continuaba aislado. La propaganda bélica acentuaba el uso de la mentira (tras sus colaboraciones bélicas en la BBC, esta institución servirá en parte para inspirar el «Ministerio de la Verdad» descrito en 1984). Mirase a su derecha o a su izquierda, Orwell no encontraba nada a lo que agarrarse. La Europa de la nueva década era un caos que había resultado de la demagogia, la propaganda, la manipulación y la mentira. Franco, Hitler, Stalin o Mussolini eran monstruos a los que, en su momento y por diversos intereses, habían tolerado y hasta defendido muchos poderes fácticos en los países que todavía eran democracias. Ahora las necesidades estratégicas requerían que se tratase a Stalin como un amigo. Esto no amilanó el afán de denuncia de Orwell. Su libro Rebelión en la granja, nuevo resultado de sus experiencias en España y de sus análisis del estalinismo, contenía, como era de esperar, un ataque furibundo al líder soviético. Sin embargo, la nueva alianza bélica provocó serios problemas para que pudiera verlo publicado. La obra no fue un éxito de crítica y público hasta meses después del final de la guerra, cuando con el III Reich ya extinguido volvía a ser evidente que el comunismo soviético era enemigo de las democracias capitalistas occidentales. Evidente, al menos, para las derechas; Orwell continuaría decepcionado con la actitud todavía complaciente de buena parte de la izquierda hacia Stalin. Como izquierdista convencido él mismo, se sentía aislado. Pero en la nueva coyuntura, al menos, Rebelión en la granja pudo ser finalmente apreciado, así que su fama como escritor se redobló.

El fascismo

Rebelión en la granja, 1954. Imagen: Halas and Batchelor.

En Homenaje a Cataluña y Rebelión en la granja Orwell atacaba de manera evidente al totalitarismo de corte estalinista porque era lo que había conocido de cerca en España, pero no había dejado de ser un socialista y sus simpatías libertarias, de hecho, se habían acentuado. Como decíamos antes, son muy populares sus novelas, pero no cabe olvidar que una buena parte de su trabajo consistió en una gran cantidad de artículos y pequeños ensayos sobre muy diversos asuntos políticos, y no pocos contenían reflexiones muy agudas sobre la mentalidad del totalitarismo fascista, al que definía como «una especie de maldad sin sentido, una aberración, un “sadismo en masa”, la clase de cosa que ocurriría si de repente vacías un sanatorio mental y dejas libres a los maníacos homicidas» (Spilling the Spanish Beans, 1937). Ya antes del final de la Guerra Civil española se había lamentado de que el conflicto terminaría en un tipo de dictadura u otro, porque tras sus experiencias en Barcelona suponía que, en el muy improbable caso de una victoria republicana, era posible la instauración de un régimen contrarrevolucionario respaldado por Stalin. Sin embargo, incluso ese régimen le parecía preferible a una dictadura de Franco, que estaría apoyada por los mismos poderes fácticos de naturaleza arcaica que habían oprimido a los españoles durante siglos. Orwell detestaba con parecida pasión a Franco y a Hitler, pero mientras Franco era un problema solamente para España, Hitler lo era para toda Europa. Orwell entendió con rapidez que el fascismo sui generis de Franco era de naturaleza distinta al de otros movimientos ultraderechistas de la época: «El asalto al poder de Franco ha diferido de los de Hitler y Mussolini en que ha sido una insurrección militar, comparable a una invasión extranjera, y por lo tanto no ha tenido mucho apoyo popular, aunque Franco ha estado desde entonces intentando conseguirlo. Sus principales seguidores, aparte de ciertos sectores de los grandes negocios, han sido la aristocracia terrateniente y la enorme y parásita Iglesia». Pero Hitler y Mussolini sí se habían apoyado en la demagogia para ganar respaldo popular; Franco no era un político, ni aun en la acepción más laxa del término; era un tirano apoyado en la fuerza, no en las ideas, y carecía de una masa de seguidores. Su alzamiento había provocado una resistencia popular generalizada allí donde sus partidarios no pudieron ejecutar una represión inmediata, y no estaba respaldado por una ideología convencional; su adopción de los símbolos y consignas de un partido fascista, la Falange, tendría un carácter más bien sobrevenido y cosmético.

Franco, eso sí, no podía hacer daño más allá de las fronteras españolas. Cosa muy distinta era lo de Hitler. Antes de estallar la Segunda Guerra Mundial, a Orwell le había indignado el apoyo o el relativismo no solo de los políticos sino también de muchos intelectuales hacia la figura del Führer; había avisado una y otra vez del peligro que Hitler constituía. Además, y sobre todo, reflexionó acerca de los resortes que lo habían llevado al poder. Los españoles habían plantado cara a Franco, pero Hitler había sido elegido democráticamente. Pero ¿en dónde había radicado el éxito de la propaganda nazi? A Orwell le preocupaba mucho la relación entre el lenguaje y las ideas; en su breve ensayo Politics and the English Language (1946) afirmaba que el deterioro de los usos lingüísticos produce un deterioro generalizado de las ideas en el pueblo; incluso notó ese deterioro en la propia Inglaterra, durante los años de propaganda bélica y patriótica (no achacaba la responsabilidad exclusiva al Gobierno sino, como de costumbre, también a la prensa y la intelectualidad), e identificó ese mismo proceso como una de las claves del éxito popular de Hitler. No es casual que Hitler describiese en Mein Kampf cómo la simplificación se convertía en su principal herramienta propagandística: no se les debe hablar a las multitudes sino con ideas que sean extremadamente simples, y si se presentan en forma de consigna breve y pegadiza, aún mejor. Orwell también había sufrido la simplificación en sus propias carnes, cuando en España miles de personas con pensamientos de lo más diverso habían sido etiquetadas de un día para otro como enemigos gracias a una sencilla etiqueta: «trotskista». En la enrevesada (y para muchos ciudadanos de a pie, incomprensible) escena política de la Barcelona republicana, una sola palabra parecía haber eliminado toda complejidad. Si la guerra iba mal era culpa de los trotskistas, como los males de Alemania habían sido culpa de los judíos, o los de Rusia de los «social-fascistas», o, ya en la España de Franco, de los rojos. Una afirmación muy simple, aunque sea falsa, dificulta la discusión a causa de su misma sencillez, de su escasa elaboración, y parece inútil intentar revocar una consigna con libros y análisis sesudos que nadie va a leer.

La simplicidad, sin embargo, no puede ser el único factor implicado en el éxito de la propaganda nazi. Ya hemos visto cómo Orwell criticaba, precisamente, que los intelectuales acostumbrasen a construir elaborados y complejos artefactos ideológicos sin preocuparse por si estaban basados en mentiras. Entre los partidarios del fascismo había personas cultivadas e inteligentes que podían distinguir cuándo una idea había sido simplificada a propósito, pero eso no les impedía adscribirse al mensaje. Así pues, otro factor debía de entrar en juego: la naturaleza del contenido del mensaje; cuando un mensaje apela a la razón requiere de una elaboración mental, aunque sea mínima y automática, por parte del receptor. Un cierto trabajo, una labor de comprobación de su consistencia. Si yo les digo a ustedes que las cucarachas mataron a Kennedy, ustedes pueden refutar esa idea en sus cabezas de manera inmediata, porque la afirmación es una falacia manifiesta. Pero un mensaje que apela a la emoción no requiere elaboración mental en el receptor, y por ese motivo no puede ser refutado con tanta facilidad. Si les digo que las cucarachas son repugnantes, muchos de ustedes —presumo que una mayoría— estarán de acuerdo al instante. No porque la idea sea una verdad objetiva —hay gente a la que le gustan o le interesan estos insectos—, sino porque ustedes lo sienten así. De este modo, al menos en un primer momento, asumen la idea como verdadera y como propia, sin mayor necesidad de reflexión. Algunas personas que no habían admitido nunca que estos animales les repelen, quizá porque pensaban que su asco era una reacción infantil o impropia, ven ahora que hay una persona que confirma, con las palabras más serias y en un medio de comunicación, que ese sentimiento de repugnancia es compartido por otros y puede por tanto ser considerado no solo admisible, sino normal e incluso inevitable. Y bien, es difícil justificar de manera intelectual un amor a las cucarachas, que son una plaga incluso para otras especies animales, pero piensen ahora en las arañas o las abejas; también inspiran asco o terror a mucha gente. En este caso, las elaboraciones ideológicas que pueda alegar un defensor de estos insectos (las arañas controlan otras plagas; las abejas polinizan el campo) sí pueden ser entendidas en un nivel intelectual como verdades objetivas, pero usted, en lo más íntimo de su ser, desea que no existan las arañas, ni siquiera las no venenosas, por beneficiosas que sean.

Orwell identifica esta distinción entre mensaje intelectual y emocional como elemento decisorio en la escena política. Afirma que en las democracias occidentales se apela a la razón: los políticos recurren a promesas de bienestar que pueden ser bienintencionadas o no, pero que en cualquier caso son razonables, porque en principio suponemos que la gente desea el bienestar. Sin embargo, esas promesas pueden terminar pareciéndoles huecas a los ciudadanos si no se acompañan de algo más, de un componente emocional, de un significado; el bienestar, por sí solo, no es suficiente. Con ello Orwell dio en el clavo de la demagogia hitleriana, que no prometía tal bienestar sino al final de una dura lucha, al precio de enormes sacrificios personales y nacionales. Así, el bienestar futuro toma la forma de logro, de recompensa colectiva, y adquiere un poder de atracción que no hubiese tenido de otra manera. De manera paradójica, esa fuerza de atracción hacia el sacrificio se acentúa en épocas de crisis donde ese bienestar físico no existe; el bienestar se torna más deseable; cuanto más deseable, más justificable el sacrificio requerido para obtenerlo. El pueblo que no sufre anhela sufrir; el que ya está sufriendo tiene una mayor disposición a sufrir todavía más.

Hitler, porque en su propia y triste mente ya lo siente con excepcional intensidad, sabe que los seres humanos no quieren solamente comodidad, seguridad, jornadas laborales breves, higiene, planificación familiar y, en general sentido común; también quieren, al menos de forma intermitente, lucha y autosacrificio, por no mencionar los tambores, las banderas y los desfiles. (…) Donde el socialismo, e incluso el capitalismo de una manera más codiciosa, ha dicho a la gente «os ofrezco bienestar», Hitler les ha dicho «os ofrezco lucha, peligro y muerte», y como resultado una nación entera se ha arrojado a sus pies. (Reseña de Mein Kampf, 1940)

A Orwell, sin duda, le hubiesen fascinado (y supongo que horripilado) los continuos desmanes verbales de la era internet, porque demuestran su tesis de la atracción que ejerce la lucha, la confrontación, aun cuando resulta innecesaria. En cualquier caso, la lucha es un eficaz sustituto de la verdad. Varios de los principios sobre la propaganda y manipulación expresados en 1984 —quien controla el pasado controla el futuro; el seguimiento ciego al partido expresado no como mera lealtad sino como la cordura, etc.— son destilados del estalinismo, pero es del análisis del nazismo de donde extrae la distinción entre la manipulación (o destrucción) de la verdad y el completo desdén por el concepto mismo de verdad. Orwell recalca un buen ejemplo al mencionar la absurda distinción que los nazis realizaban entre «ciencia alemana» y «ciencia judía». A mediados del siglo XX, esa división ni siquiera tenía sentido como concepto abstracto, dado que la ciencia ya era vista como un procedimiento que produce un cuerpo de conocimientos común a nivel mundial y que es puesto a prueba entre sus practicantes; los paradigmas científicos se basaban en hechos, no tenían un componente ideológico. Pero a los nazis no les preocupaba que su concepto de ciencia fuese visto como lógico o sensato, sino que fuese sentido por su público diana, que se adecuase a su mensaje simplificador de la realidad. Orwell comprendió bien que, mientras para los estalinistas la verdad era un producto manipulable y por tanto se podía hacer pasar una mentira como «verdad», para los nazis ni siquiera tenía importancia una «verdad» fabricada como producto. Stalin imponía una «verdad» a sangre y fuego; Hitler, en cambio, imponía emociones. Y las emociones son verdaderas por sí mismas, con independencia de con qué ideas las podamos revestir. Las ideas asociadas a ellas serán, pues, sentidas como verdaderas.

La geometría del totalitarismo

George Orwell, 1945. Foto: Vernon Richards / UCL Orwell Archive.

Escribir un libro es una horrible, agotadora lucha, como un largo combate contra alguna dolorosa enfermedad. Uno nunca se metería en semejante cosa si no fuese impulsado por algún demonio al que no puede resistir o comprender. Solo sabe que ese demonio es el mismo instinto que hace a un bebé llorar para recibir atención. Y aun así, es también cierto que uno no puede escribir nada legible a menos que pelee constantemente por borrar en ello todo rastro de su propia personalidad. (Por qué escribo)

Poco después de los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, Orwell escribió un pequeño ensayo titulado You and the Atomic Bomb en el que describía un mundo donde las grandes potencias, futuras poseedoras de arsenal atómico, serían adversarias pero sabiendo que no podían atacarse sin destruirse también a sí mismas. Así pues, evitarían una guerra declarada y tratarían de competir de manera indirecta, por ejemplo apoyando a diferentes bandos en guerras de terceros, como habían hecho Alemania, Italia o la URSS en la Guerra Civil española. Para describir ese estado de «paz que no es paz» entre grandes potencias, Orwell acuñó un nuevo término: «guerra fría»; una de sus tantas aportaciones terminológicas al pensamiento del siglo XX.

También predijo que la fabricación de armamento avanzado en los países industrializados se convertiría en un serio obstáculo para las insurrecciones populares. Hablaba de la extinta «era del rifle y el mosquete» como «la gran época para la democracia y la autodeterminación nacional». Un tiempo en el que las armas más modernas —los mosquetes— habían sido fáciles de fabricar y se podían producir en gran número había permitido que el pueblo se armase y había hecho posibles fenómenos como la revolución estadounidense. Sin embargo, a mediados del siglo XX, las armas decisivas eran mucho más complejas y costosas de producir. Por tanto, estaban solo en manos de los Gobiernos, y ninguna revolución popular era posible; no sin la aquiescencia del ejército nacional o la intervención del ejército de un país extranjero. «Cada desarrollo en la técnica militar», dijo, «ha favorecido al Estado contra el individuo y al país industrializado contra el atrasado». Orwell, en sus últimos años de vida, reflexionó en profundidad sobre los efectos políticos del progreso tecnológico:

Se nos dijo una vez que el avión había «abolido las fronteras»; en realidad, desde que el avión se convirtió en un arma seria, las fronteras se han vuelto definitivamente infranqueables. De la radio se esperaba que promoviese la comprensión y cooperación internacional; ha resultado ser un medio para aislar unas naciones de otras. La bomba atómica puede completar el proceso al robarle a las clases explotadas y los pueblos todo su poder de revuelta, y al mismo tiempo poniendo a las potencias poseedoras de la bomba en una situación de igualdad militar. Incapaz de conquistarse unas a otras, estas potencias, posiblemente, continuarán gobernando el mundo entre ellas, y es difícil ver cómo ese balance puede ser trastocado excepto por lentos e impredecibles cambios demográficos. («You and the Atomic Bomb», Tribune, 19 de octubre de 1945)

En efecto, el mundo pasó a estar controlado por potencias nucleares que han evitado guerrear entre sí, al menos de manera abierta. El balance no se ha roto, aunque el sistema político de una de esas potencias, la URSS, se vino abajo, debido a un tipo de «cambio demográfico» que Orwell no tuvo tiempo de predecir ni mucho menos de contemplar: las democracias occidentales, temerosas de la expansión del comunismo, reforzaron el estado de bienestar y las condiciones de la clase trabajadora, así como sus libertades civiles y políticas; la atracción irresistible de este modo de vida produjo la descomposición de las bases filosóficas del bloque soviético. Pero en lo esencial, el balance nuclear continúa intacto como el escritor inglés predijo en su día. En cuanto al avance de las condiciones del pueblo, hoy se discute si la caída de la URSS (y el fin del miedo a la sovietización del mundo) puede estar produciendo un lento desmantelamiento de los progresos conseguidos durante las pasadas décadas. Orwell, claro, no pudo saber de todas estas cosas. Pero también en este sentido nos resulta útil su mensaje, al menos como advertencia: el Estado moderno está bien armado y no necesita justificarse ante el individuo.

En 1945, en paralelo al inicio de la era atómica, la vida personal de Orwell estaba entrando en un negro periodo. Poco después de que la pareja hubiese adoptado un hijo, su mujer Eileen murió durante la anestesia al someterse a una operación de rutina que, en principio, no debía haber tenido mayores consecuencias. El escritor se enfrentó a la pérdida volcándose con intensidad frenética en la redacción de artículos para prensa; el trabajo no le faltaba, porque su popularidad se había incrementado de manera considerable gracias al súbito (y algo tardío) éxito de Rebelión en la granja. Para colmo, su salud, que ya había empezado a decaer, empeoró con rapidez. Empezó a escribir El último hombre de Europa en 1947; mientras se quebraba los sesos con un manuscrito que se le resistía, y en vista del rápido declive en su condición física, le fue diagnosticada una tuberculosis, enfermedad que por entonces tenía elevadas tasas de mortalidad. Terminó al año siguiente, 1948. Se publicaría en 1949 con el título definitivo de Mil novecientos ochenta y cuatro (Orwell moriría en 1950, a la edad de cuarenta y seis años).

Lo escribió, como cabe suponer, en un estado mental muy particular: la devastadora viudedad, la enfermedad, la todavía resonante atmósfera de terror de la guerra y su honda decepción con la política, la prensa y la intelectualidad, hicieron de él un hombre sombrío. Para colmo, el éxito de Rebelión en la granja le resultó molesto y disruptivo. Se había convertido en una figura muy solicitada, cosa que le sacaba de quicio; se quejaba a sus amigos de que ya no disponía de «tiempo para pensar». Buscando la paz en una fría y remota isla escocesa —cuyo clima era el peor posible para su grave dolencia—, ocultaba su identidad de los lugareños empleando su auténtico nombre de nacimiento, Eric Blair. Sus vecinos contemplaban con preocupación y cierta conmiseración a aquel individuo solitario, que no parecía un hombre sano ni feliz. En efecto, aquel periodo final de su vida fue una cuesta abajo en la que tuvo que sacar adelante su obra magna. Cuando no estaba sentado ante la máquina de escribir, caía enfermo, con síntomas respiratorios que no dejaban de empeorar. Peleaba por la vida y por una creación que le estaba costando lo que restaba de su salud; su opinión sobre las primeras versiones del libro en el que trabajaba no era muy favorable: «es increíblemente malo». Emborronaba hojas y hojas con sucesivas capas de obsesivas correcciones. Envió una carta a su agente literario para disculparse por la tardanza en entregarlo: «Me he acostumbrado de tal manera a escribir en la cama que creo que lo prefiero, aunque por descontado es incómodo teclear allí. Estoy peleándome con las últimas fases de este maldito trabajo, que trata sobre el posible estado de cosas si la guerra atómica no es concluyente». Al final dio por finalizado el libro, aunque admitía no estar particularmente satisfecho (ni insatisfecho), lamentándose en tono lacónico de que el libro hubiera sido mejor «si no lo hubiese escrito bajo la influencia de la tuberculosis».

1984 fue su testamento literario, no solo porque se editó justo antes de su fallecimiento, sino porque era como un resumen final de su concepción de los mecanismos psicológicos y propagandísticos del totalitarismo. Era un libro distinto a todos los anteriores; no se trataba de un ensayo, ni de unas memorias, ni de una novela social, ni de un ejercicio paródico; era ciencia ficción distópica (aunque él empleó la palabra «sátira», con la que solía englobar este tipo de novelas). Mostraba la influencia, reconocida por el propio Orwell, de obras como The Managerial Revolution de James Burnham, Nosotros de Yevgueni Zamiatin y las novelas de H. G. Wells. Pero estas influencias eran más bien estilísticas o argumentales, y no impiden que debamos considerar que 1984 es, en esencia, un índice novelado del pensamiento orwelliano más característico; es algo que se desprende por su propio peso de la lectura de muchos de sus artículos anteriores.

Situado en una sociedad futura, describe una dictadura perfecta compuesta por los rasgos principales de la manipulación de la verdad y el control político que Orwell había identificado en las dictaduras de su tiempo, pero también en las democracias. Bajo determinadas circunstancias, algunos de los resortes que describe el libro pueden existir y tener efecto incluso en sociedades liberales. Orwell nunca pretendió, al contrario de lo que mucha gente cree, que su novela fuese profética. Como suele suceder en la ciencia ficción (y creo que es el motivo por el que se suele incluir la obra en dicho género), toma diversas premisas extraídas de la realidad y las lleva hasta sus últimas consecuencias para reflexionar sobre ellas, no tanto pretendiendo que el argumento cobrará realidad. En realidad, Orwell dijo muy pocas cosas sobre la novela, lo cual es uno de los motivos de la eterna fascinación que provoca: algunos detalles pueden ser interpretados de tantas formas como lectores tiene. Sin duda puede decirse que 1984 se parece a dictaduras que han existido, pero no quiere ser un retrato del totalitarismo de su tiempo, cosa que Orwell ya había hecho en Rebelión en la granja, sino una especulación sobre las consecuencias de la inoculación de las ideas totalitarias en un Estado cualquiera (él mismo, en una de las escasas referencias temáticas que hizo de aquella obra, la calificó como «utopía»; la palabra «distopía» todavía no era de uso tan común). Tras la publicación empezó a recibir buenas críticas, lo cual le alegró, habiendo peleado tanto y en tan malas condiciones para sacar la obra adelante. Eso sí, con su característico humor negro, un Orwell que ya se pasaba los días escupiendo sangre y que sin duda veía acercarse la muerte le dijo a su editor que no debía extrañarse si en cualquier momento había que sustituir la reseña publicitaria de 1984 con «un obituario».

El aplastamiento del individuo por parte del Estado es el asunto principal, aunque no el único, de 1984; las deprimentes desventuras del protagonista son un retrato tenebroso de la existencia bajo una dictadura en la que nada es dejado al azar. Hasta el más nimio detalle cotidiano en ese mundo de pesadilla está diseñado para ejercer un control total sobre las mentes y los cuerpos de los ciudadanos; cada rutina, cada mensaje, cada escenificación tienen un único propósito: erradicar cualquier resto de autonomía personal, de libertad, de autoestima. Es el totalitarismo perfecto, donde el ser humano ya no es humano, sino un engranaje en la maquinaria, un mero insecto. Orwell despliega un arsenal de conceptos y términos («Gran Hermano», «neolengua», «policía del pensamiento», «crimen mental», etc.) que han pasado al uso común, convirtiendo 1984 en una de las mayores fábricas de referencias terminológicas y filosóficas del siglo XX. 1984 es la Biblia del antitotalitarismo, no cabe discusión alguna. Es como el reverso de la historia, la crónica fantasma de un tiempo, ambientada en otro tiempo inexistente. Orwell edificó ese libro sobre sus experiencias como miliciano, como periodista, como hombre; sostuvo toda una teoría del totalitarismo ideal sobre miles y miles de renglones en los que durante años había diseccionado las perversas relaciones entre las democracias y las dictaduras, entre la prensa y la verdad, entre los intelectuales y el pueblo. La novela no es un retrato, ni una profecía; es una advertencia. Lo que narra puede suceder entre un Estado y los ciudadanos, pero también entre una empresa y sus trabajadores, entre una raza y otra, incluso dentro de una pareja. 1984 habla de su época, y de nuestra época, y de todas las épocas, precisamente porque Orwell no inventó una explicación de la represión; incluso en forma de ficción, expresó lo que había visto, vivido y analizado con suma preocupación. Por ello, sin importar ideologías o situaciones, allá donde el fuerte aplaste al débil, y aunque todo el resto del planeta fuera libre, se harán realidad sus sentencias:

Pero siempre —no olvides esto, Winston—, siempre estará la borrachera de poder, siempre creciendo, siempre haciéndose más sutil. Siempre, en cada momento, estará la emoción de la victoria, la sensación de pisotear a un enemigo que está indefenso. Si quieres una visión del futuro, imagina una bota aplastando un rostro humano… para siempre.

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(1) Léase agente de la propaganda estalinista.

22 comentarios

  1. El registro del artículo es alto, aunque el tono es desafortunadamente bajo. Pynchon en no recuerdo cuál edición hace un epílogo abrumadoramente sublime de Orwell y su obra maestra, 1984.

  2. Por qué en el artículo de George Orwell, le llaman “libertario” en varias ocaciones , si no es más que socialismo ?..
    George Orwell por lo que entiendo era socialista/marxista .
    POUM = partido obrero unificado marxista .

    Saludos

  3. Me choca que cuando se comentan los hechos de Mayo del 37, no se menciona por ninguna parte que los responsables e impulsores de esa purga en Barcelona a la vuelta del frente de Orwell son comunistas. Comunistas que persiguen, torturan y matan a anarquistas y troskistas. ¿Por qué no se dice con todas las letras? C O M U N I S T A S que purgan a gente de su mismo bando por diferencias ideológicas. Sí, los padres intelectuales de los Pablo Iglesias y Alberto Garzón de hoy, a los que nunca he oído abjurar y pedir disculpas por aquellas acciones…. Porque heredero de los fascistas no se declara nadie, pero de los comunistas, y con orgullo, sí. ¿Cómo se puede tener ese crédito o esa superioridad moral?

    • Los represaliados del POUM también fueron comunistas. Trotsky y los suyos también eran comunistas. Pablo Iglesias y Alberto Garzón precisamente no lo son, se quedan en socialdemócratas, y dudo que Stalin se cuente entre sus referencias intelectuales. Lo más parecido al estalinismo que promovió las purgas de Barcelona, hoy en día en España, son las organizaciones PCPE y CJC, que por cierto no tienen ninguna simpatía hacia Iglesias o Garzón.

      • Pues yo veo que en el artículo (y en los extractos del texto de Orwell) se menciona la palabra comunista varias veces…
        “Los comunistas del PSUC y el PCE, cada vez más influidos por el Comintern han frenado la revolución libertaria […] Orwell no creía que los dirigentes comunistas hubiesen sido sinceros cuando justificaban su creciente oposición a los libertarios en función de las necesidades militares. Él ya había notado la influencia del Comintern en otros partidos comunistas, por ejemplo en Francia…”
        Puedes sugerir que lo ponga en todas las líneas para que no se nos escape…

    • Excelente comentario, es lo mismo que pasa con los comunistas chinos con todas las purgas que hicieron antes y después de la toma del poder. Hoy nadie quiere hablar de ello…

  4. Excelentísimo artículo. He disfrutado de su lectura igual que lo hice con las tres obras principales de Orwell. Le han impactado las mismas cosas que me impactaron a mí.

    Desgraciadamente, Orwell, en su sombría clarividencia, tenía razón.

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  7. Brillante. Enhorabuena al autor.

  8. Orwell era un ludita sin imaginacion. Y la disociacion por motivos politicos entre los hechos y su relato lleva muerta desde la batalla de Kadesh.

  9. Excelente artículo. Enhorabuena.

  10. Excelente crónica, aunque se podían haber aligerado obviando algunas repeticiones, pero muy ricas y acertadas las citas de textos de Orwell.

    En relación con “Nosotros” de Eugenio Zamiatin, el mismo Orwell, en tiempos de Stalin y acabado Hitler, reconoció que empezó a escribir “1984” inspirado por el autor ruso quien ya percibió el porvenir totalitario con esta obra de 1920. ¡En tiempos de Lenin! La primera edición en francés, que es la que leyó Orwell, es de junio de 1929 (“Nous autres”, Gallimard Col. Jeunes Russes). Ver la reseña de Orwell en “Tribune” el 4 de enero de 1946, bajo el título de “Freedom and Happiness”, (Antología “Seeing things as they are: “Selected Journalism and Other Writings”, Penguin 2016, pp. 350-353) en la que indica los paralelismos con la obra del ruso en “Un mundo feliz” de Huxley.

    Zamiatin se exiló en Francia en 1931 (la publicación de su sátira fue prohibida en Rusia). Pudo irse gracias a la ayuda de Gorki. De otro modo, seguramente no habría superado las purgas estalinianas que se desataron pocos años después.

    En la reedición de la versión francesa en 1979 hay un prólogo de Jorge Semprún.

  11. excelente. triste. necesario.
    mantenerse en la dignidad.
    recuperar la alegría.

  12. Excelente artículo, gracias E. j. Rodríguez! Exhaustivo análisis y recuento del pensamiento y publicaciones de Orwell que, como todo gran pensador, se adelantó a su época. Acaso no vamos, aceleradamente, hacia lo que su agudo pensamiento preveía?

  13. “Homenaje a Cataluña”

    Su testimonió ayuda a entender momento tan convulso del s.xx

    Mis más sinceros respetos

  14. Orwell, junto con Camus, manteniendo la dignidad intelectual de la izquierda contra el estalinismo, a costa de la soledad política.

  15. Muy interesante, brillante y bien documentado. Pero me asaltan dudas que no quedan respondidas, v.gr. ¿qué fue lo que lo hizo abjurar de Stalin? ¿Cómo pudo ser tan clarividente a pesar de sus filiaciones políticas? Nunca estuvo en la URSS, y además criticaba con insistencia los análisis políticos y periodísticos occidentales de la época… ¡Pero si hasta Neruda escribió una Oda a Stalin, el mismo año en que murió GO! Por otro lado me desconcierta que cite a «Gran Hermano», «neolengua», «policía del pensamiento» y «crimen mental» como hallazgos terminológicos de 1984, y que no mencione el que a mí se me quedó más grabado: el del “doble pensar” (double thinking), perverso mecanismo que muchos usan (¿o usamos?) para adaptar lo que creemos a lo que debemos creer, de ver pero a la vez no ver porque no se debe ver.

  16. Estupendo artículo, muy concienzudo y brillante en algunos puntos. No obstante, creo que peca al mismo tiempo de un espíritu demasiado “buenista”, laudatorio, al contemplar el personaje, dejando de lado sus múltiples facetas oscuras. Sería interesante añadir que al abrir los archivos secretos del Foreign Office inglés, se puede comprobar actualment que Orwell se dedicó durante años a delatar a compañeros “criptocomunistas” con las mismas técnicas que él describiría – magistralmente – en 1984. Es más, escribía su obra maestra y delataba al mismo tiempo en una tremenda disociación de lo que fue su vida. Creo que las miserias y contradicciones internas de una personaje como Orwell por otro lado ilustran bien la confusión de su siglo y que nadie estamos a salvo por completo del totalitarismo. Un saludo

  17. Un interesante artículo sobre George Orwell, con extractos de páginas muy bien seleccionados. Los diarios de Orwell, que desconozco si se han traducido al español, son de mucho interés, como todos los textos personales o/y íntimos de un escritor de la categoría de Orwell. Me permito incluir dos extractos del editor de estos diarios, Peter Davison, en los que informa de la existencia de unos diarios escritos por Orwell en sus días en España.
    El primero corresponde a la introducción:

    “It is as certain as things can be that a twelfth, and possibly a thirteenth diary, are secreted away in the NKVD Archive in Moscow. In March 1996, Professor Miklos Kun, grandson of the Hungarian Communist leader, Béla Kun, told me that the NKVD had targeted Orwell and he knew of a file in its Archive devoted to him. (Béla Kun, having fallen out with the Soviet authorities, was probably shot in a Soviet Gulag on August 29, 1938, although an earlier Soviet account states that he died in one of its prisons on November 30, 1939.) Unfortunately the archive was closed to the public before it could be examined. Orwell wrote to Charles Doran on August 2, 1937 (CW, XI, p. 386) that documents had been seized from his wife’s room at the Continental Hotel in Barcelona. In Homage to Catalonia he states that six plainsclothes policemen took ‘my diaries’ (p. 164)”

    Y el segundo, un poco más largo, explica cómo Orwell consigue salir de Barcelona, y al final menciona la existencia de unos diarios escritos por Orwell mientras estaba en España, probablemente en manos de esa organización humanitaria de la seguridad del Estado soviético (los comunistas), encargada junto a la KGB de reprimir, asesinar, violación de derechos, el Gulag, etc.:

    “At Christmas Orwell left for Spain, calling on Henry Miller whilst passing through Paris where he picked up his travel documents. Initially he intended to report on the Spanish Civil War but quickly joined the POUM Militia (the Workers’ Party of Marxist Unification) to fight for the Republicans on the Aragón front. Jennie Lee, the wife of Aneurin Bevan and who served in Labour governments from 1964–70, who later became the first Minister for the Arts, wrote in a letter that Orwell arrived in Barcelona without credentials, had paid his own way out, and won her over by pointing to his boots, slung over one shoulder: ‘He knew he could not get boots big enough for he was over six feet. This was George Orwell and his boots arriving to fight in Spain’ (CW, XI, p. 5). After serving in the front line, whilst on leave in Barcelona, he became involved with the POUM in the attempt by the Communists to suppress all revolutionary parties, including the POUM. He returned to the front, was wounded in the throat, narrowly escaping death, and whilst convalescent had to hide in Barcelona until he and his wife, with John McNair, leader of the Independent Labour Party, and the youngest member of Orwell’s unit, Stafford Cottman, could escape from Spain on June 23, 1937. A document was later discovered, forming part of an official judiciary record of the trial against the POUM, asserting they were ‘confirmed Trotskyists’ and thus anathema to the Communist regime. Orwell never knew of the existence of this document. Sir Richard Rees met Eileen in Barcelona when she was working in the ILP Office and wrote ‘In Eileen Blair I had seen for the first time the symptoms of a human being living under a political Terror’. On March 8, 1937, whilst Orwell was serving at the front, The Road to Wigan Pier was published and the following weekend Eileen spent two days at the front. As explained in the Editor’s Introduction, Orwell’s diary or diaries written when he was in Spain are probably still locked away in the NKVD Archive in Moscow.”

    Excerpt From: George Orwell. “Diaries.”
    Edited by Peter Davison
    Introduction by Christopher Hitchens

    Me interesa remarcar esta última frase, traducción mía: “El diario o los diarios de Orwell escritos cuando estaba en España probablemente están todavía guardados bajo llave en los archivos del NKVD en Moscú”.

    Y sí comunistas de ahora son y así se reclaman y homenajean a los comunistas de 1917 en adelante, Stalin y demás, desde Izquierda Unida, Podemos, hasta el agujero negro del abertzalismo de izquierdas, cobertura política de la banda terrorista ETA, etc. No veo ningún problema en llamar a las cosas por su nombre ni en falsificar la historia, como muy bien señala en palabras de Orwell el autor de este artículo, E. J. Rodríguez, en el último párrafo del apartado titulado “el fascismo”.

  18. Dostoievski en “memorias del subsuelo” lo avanzó mucho antes.

  19. Brillante artículo, ha incrementado mis ganas de leer las obras de Orwell.

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