El museo donde los muertos enseñan a los vivos

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Fotografía: Luis Alborea

Algunas buenas historias comienzan con la huida de un amante por la ventana. Donjuanes, casanovas, pinkmans. También la del forense de Tambov, pero su relato se escribe entre los muros de un museo de los horrores. Envuelto en una atmósfera surrealista, atónito ante un dedo que flota en un frasco de formol desde hace más de treinta años, su voz apenas logra sacarme de aquella pesadilla de Mary Shelley.

«Este es el lugar donde los muertos enseñan a los vivos», dice el doctor Yuri Schukin Kirilovich. Cuatro décadas en la morgue no han borrado el brillo de sus ojos. Allí, en aquella pequeña ciudad de los Campos Salvajes, en algún lugar entre Moscú y Volgogrado, la antigua Stalingrado, el médico ruso muestra en persona la obra de su vida, las lecciones de la muerte. Su museo de los pecados.

«Vino al hospital con el dedo arrancado. Había ido a la casa de su amante cuando el marido se encontraba de viaje de negocios, pero volvió antes de tiempo. Salió corriendo por el jardín y tras saltar la valla, vio que le faltaba un dedo. Fue imposible cosérselo», cuenta el doctor Schukin sobre el primero de los más de seiscientos restos humanos que ha recopilado para su siniestra exposición. «Al charlar sobre aquello con otro colega médico, bromeábamos que todo era un castigo por sus actos. Y entonces surgió la idea, ¿por qué no mostrar las consecuencias de nuestro mal comportamiento? El alcohol, el tabaco, otras drogas…», explica el facultativo, laureado en 2010 con el segundo puesto del premio nacional «Médico del Año», en la categoría de investigador. Aquel acto estuvo presidido por Vladímir Putin.

A sus casi setenta años, el doctor. Schukin hace la visita guiada por el museo, situado en el departamento de Medicina de la Universidad Estatal G. R. Derzhavin. Su semblante serio y sus movimientos fatigados engañan. El trato inicial es cortés, pero distante. Sin embargo, basta ganar su confianza para que pronto reciba con los brazos abiertos al desconocido. Es entonces cuando aflora la verdadera alma rusa. Y una vez metidos en materia, sus ojos brillan mientras rememora las anécdotas que encierran aquellos cristales y el humor se impone a aquel turbador ambiente.

La visita

Pero empecemos por el principio del recorrido. «Mira la colección de libros, hay cientos, algunos muy antiguos», dice el doctor Schukin nada más abrir las puertas a la exhibición. «Está de broma», pienso. Nada más entrar en aquel recinto, una maqueta y una estantería con decenas de abortos humanos saludan de frente al visitante. Fetos de todas las edades y malformaciones posibles, hijos nonatos de madres con problemas. «Son libros de medicina, muchos de la Unión Soviética, y algunos están escritos por mí», insiste el doctor Schukin para que preste atención a la biblioteca situada a mi izquierda. «Anda, vamos», dice antes de comenzar su relato sobre los pecados.

«La madre de este era alcohólica. La de aquel consumía cocaína. Esta tomaba heroína…», explica fugazmente el médico. Apenas me da tiempo a preguntar por sus periodos de gestación. «De semanas a muchos meses», responde. Algunos fetos tienen multiplicadas las extremidades y poseen varios pares de ojos. Otros solo tienen uno, asemejándose a unos pequeños cíclopes. En uno de los casos más duros, prácticamente un bebé, el nacido logró sobrevivir unas pocas horas. Tenía duplicado el cerebro.

La estampa se vuelve más irreal al acercarnos. Junto a aquellos frascos cuelga un instrumental para abortos digno del doctor Moreau. Y pegado a ello, el recorte de una revista en forma de corazón con una pareja feliz. «El sexo, hagáis el amor o no, significa contacto. Y el contacto significa riesgo de enfermedades», alecciona a un grupo de estudiantes que acaba de entrar al museo. Todas son chicas y apenas alcanzan la mayoría de edad.

«Mirad —advierte apuntando con su varilla a uno de los frascos—, su madre tenía sífilis. Se lo contagió su amante, que tenía otra mujer y no se lo dijo. Pagaron muchas vidas por ello».

La sífilis es uno de los grandes «pecados» de Rusia, que aún paga la brutal propagación del sida y otros males de transmisión sexual que comenzó en los noventa. En Ekaterimburgo, las autoridades han declarado una epidemia de VIH porque dos personas de cada cien sufren este mal. Una afección que cada año aumenta en el país en noventa mil casos nuevos frente a los tres mil de Alemania. Un contagio que se debe en gran parte al consumo de drogas con jeringuillas infectadas, según fuentes médicas.

«O usáis condones, un gran invento de hace más de un siglo, o podéis tener un problema», amenaza el doctor Schurkin antes de dar paso a la clase de sexología. «Este frasquito contiene semen. Con ello y el óvulo nacen los niños. Los chicos tienen que soltarlo, bien practicando sexo, bien con una polución nocturna —dice mirando al único visitante varón de la sala—. O queréis sexo seguro, o queréis un hijo, pero pensad lo que queréis», culmina señalando los bisturís para abortar.

Exhibición extrema

Resulta curioso que aquella exposición esté presidida por el retrato enorme de un patriarca ortodoxo. En ningún momento se habla allí de religión ni de moral cristiana, y la biblioteca es un compendio excepcional de literatura científica. «Mi intención es que la gente conozca las consecuencias de sus actos», insiste el doctor. Schurkin camino a la siguiente sección: el alcoholismo.

Allí no solo se exponen hígados de víctimas de la cirrosis. Sobre aquellas baldas se exhiben extremidades de gente que hizo el loco bajo los efectos de la bebida. Por un instante dejan de ser graciosos los vídeos de rusos en YouTube. Allí hay una mano con una marca a lo largo de su palma: agarró un cable eléctrico en el último instante de su vida. Otra, que parece sostener todavía un cigarrillo entre sus dedos, era de un fumador que se quedó dormido en la cama. Y una tercera es, simplemente, de una persona que en estado de embriaguez pensó que no necesitaba guantes ante el frío extremo. Su miembro amputado es un recordatorio de la inclemencia del invierno ruso.

«Este pie también es de un bebedor». Así presenta el doctor uno de los frascos más grandes de la galería, coronado con otro recorte de una revista, el de un motero. «Ligó con una chica del pueblo y se la llevó al río. Allí bebieron y tuvieron relaciones sexuales. Para impresionarla, ¡ya ves tú qué tontería si ya lo habían hecho!, cogió la moto y se puso a dar vueltas a toda velocidad. Iba borracho y perdió el control contra una valla. Su pie saltó una decena de metros», relata el médico. «La chica gritaba de terror (en aquel instante, el doctor imita sus gritos), pero allí no había nadie para ayudarle… Por suerte pasó una pareja de abuelos. Lo llevaron al hospital y sobrevivió. Ahora camina con una prótesis (imita su cojera)».

«El alcohol es un problema muy serio», lamenta el doctor Schurkin. En Rusia se bebía una media de quince litros de alcohol al año, principalmente vodka y un orujo local, samogón, aunque su consumo se ha reducido notablemente en los últimos tiempos y desde el Gobierno se insiste en políticas contra el alcoholismo. Como comparación, en España se superan los diez litros, principalmente de cerveza, pero hacer una analogía entre ambos países sería injusto. Rusia es mucho más que Moscú, San Petersburgo o un viaje de dos semanas en el transiberiano. Soportar inviernos extremos en algunos pueblos y ciudades golpeados por la escasez de medios y distracciones es duro. Las capas más pobres, que no se pueden permitir botellas de vodka que valen menos de cuatro euros, las sustituyen con el alcohol de algunas lociones. Y aunque está prohibida la venta de productos con alcohol metílico, el tóxico, algunos fraudes acaban en tragedias, como las decenas de muertos de diciembre. «Estos también bebieron alcohol industrial», dice en una ocasión el doctor, señalando varios frascos con entrañas.

El maltrato

Unos pasos más adelante, el doctor se detiene de improviso. Con un semblante totalmente serio, mide sus palabras, las pronuncia con una gravedad inusitada, y pide a las estudiantes toda su atención. A juzgar por su rostro, sospecho que aquel es uno de los instantes que justifican toda aquella locura. La visita de aquellas chicas no habrá sido en vano.

«Este cerebro pertenecía a una mujer. Aquí podéis observar varias zonas ennegrecidas. Su novio la golpeó en la cabeza. Al principio no parecía nada… Murió varios días después», relata el médico a las alumnas. «Esto es violencia, no amor», sentencia ante las chicas semanas después de que la Duma aprobase una ley que despenaliza los malos tratos más suaves. Según los datos oficiales, unas treinta y seis mil mujeres y veintiséis mil menores son víctimas, cada día, de la violencia doméstica.

Y otros pecados

Del museo de los vicios no se libran ni siquiera ni los tatuajes ni los piercings. En una de las estanterías flota en formol el dibujo de una Virgen que se hizo un joven cerca de la entrepierna «para impresionar a las chicas». La tinta infectó la piel y no hubo más remedio que cortar. El piercing, por suerte, aún no forma parte de la exposición: lo lleva una de las alumnas y es objeto de una severa reprimenda por parte del doctor. Schurkin. «La lengua también es un órgano y tiene nervios. Si te lo ponen mal, puedes perder el gusto para siempre», advierte antes de mostrar con un gesto como podría hincharse la boca de la desdichada.

El paseo culmina con el área de fumadores. En concreto, con una escena digna del cine de terror italiano de los ochenta: una calavera ennegrecida sobre una estaca de cajetillas de tabaco. «¿Esto es real?», pregunto. «Aquí todo es real», responde con una sonrisa y una bata del departamento de Medicina de una universidad estatal.

«Si fumas, se quedan así tus huesos», advierte el doctor Schurkin mientras pone bajo nuestras narices una botella de agua totalmente ennegrecida por el humo. «Así están tus pulmones cuando fumas un par de cajetillas al día», añade antes de explicar con una esponja —posiblemente de los tiempos soviéticos— cómo funcionan los alvéolos. «Y estos pulmones tuvieron cáncer», añade apuntando a otra colección de frascos. «Y ni se os ocurra fumar cigarrillo electrónico, es muchísimo más dañino».

La visita, prevista para media hora, ha durado toda la mañana. No ha resultado tan dura como esperaba. De camino a la salida, de pronto me doy cuenta de que lo que parecía ser una maqueta resulta ser el corte transversal de la espina dorsal y el cerebelo de un donante, con orejas incluidas. Había logrado abstraerme hasta entonces detrás de la cámara y la conversación, pero es justo en aquel momento cuando recuerdo cómo el día antes estuve a punto de echarme atrás por las desagradables fotos que había visto del museo.

«Aquí todo es real», insiste el Dr. Schurkin.

El Museo del Pecado se encuentra en la Universidad Estatal G. R. Derzhavin, calle Sovetskaya, 93, de la ciudad de Tambov. Abierto de lunes a viernes, de 09.00 a 17.00, con cita previa.

4 comentarios

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  3. Oppiano Licario

    Dostoyevski sigue llorando en su tumba, porque parece que hay pueblos condenados a un purgatorio milenario.
    Los rusos llevan el sufrimiento grabado en los tuétanos; siempre me llamó la atención su preferencia por películas que no acaban bien o con final trágico, a diferencia de las McPelícula’s caramelo del mainstream americano.

  4. Agustín Serrano

    Es mejor lo artificial o la dura realidad.

    El camuflaje y la superficialidad o la aceptación de que el dolor es la única verdad.

    Decirle a quien está enfermo que se va a curar o ser directo y comunicarle que padece una enfermedad terminal.

    Apartar la vista o dejarse arrastrar por la morbosidad.

    Cigarrillo de mentira o cigarrillo de verdad.

    Personalmente, con matices, prefiero la versión rusa de la verdad, aun con sus tragedias y su aparente falta de sensibilidad.

    Me ha gustado mucho leer este artículo.

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