Un momentito de lo falso - Jot Down Cultural Magazine

Un momentito de lo falso

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Aterriza como puedas. Imagen: Paramount Pictures.

Un número especial de la revista The New York Review of Books exploró el nacimiento de la expresión «políticamente correcto» y creyó localizar su gestación en la campaña electoral de Massachusetts en 1967. Los asesores del candidato republicano Rufus G. McGillycudy, que no era el favorito, estudiaron una estrategia para ganar terreno a su rival, con la seguridad de no perder sus propios votantes por un cambio de posiciones. En su equipo de campaña la imagen estaba a cargo de varios creativos que luego harían carrera en el mundo de la publicidad, entre ellos un neoyorquino argentino de origen napolitano llamado James Pizzaballa. Suya fue la idea de acuñar términos aparentemente progresistas que dulcificaran el discurso de McGillycudy, pero sin crear la más mínima inquietud en sus votantes de que seguía pensando lo mismo que antes. El ejemplo que convenció al candidato fue la palabra «afroamericano», porque estaba seguro de que mientras lo dijera todos sus votantes pensarían «negro» con unanimidad. Sin embargo, según un primer estudio pionero y confidencial realizado a toda velocidad, aunque nunca hubo pruebas de que se realizara y, es más, se sospecha que no se hizo y fue una mera conversación de Pizzaballa con la gente de su barrio y una ronda de llamadas entre sus primos, en fin, según ese estudio parece que en parte de los votantes progresistas, la más ingenua o idealista, creaba el efecto contrario: estaban encantados de parecer progresistas al usarlo y por alguna razón creían que ni ellos mismos seguían pensando «negro».

Pizzaballa y sus colegas pasaron dos noches sin dormir, en la recta final de la campaña, creando un catálogo alfabético de eufemismos que al llegar a la letra «P», y en un raro estado de lucidez fruto del insomnio, el alcohol y la ingestión de drogas blandas —término también inventado por ellos allí mismo—, bautizaron como «políticamente correctos». Al enunciarlos hacían bromas dibujando unas comillas en el aire con los dedos medio e índice de ambas manos. Se lo pasaron en grande, pero ninguno creyó sinceramente que aquello fuera a funcionar. En efecto, McGillycudy perdió las elecciones de calle y, es más, sufrió algunas consecuencias en su vida personal. En el partido fue objeto de bromas y empezaron a llamarle afeminado por su tacto impostado en la elección de vocablos, sin sospechar que realmente McGillycudy era homosexual. La presión y las bromas en torno al excandidato en los círculos del partido llegó a tal extremo que en la sede republicana de Massachusetts aún se recuerda el día en que McGillycudy entró borracho a las nueve de la mañana, se subió a la mesa de la sala de reuniones y ante el comité federal en pleno gritó a los cuatro vientos que era maricón. No gay, subrayó tres veces, maricón. Hasta citó a los peregrinos del Mayflower e inquirió, con una pregunta que nadie respondió, entre otras cosas porque hicieron como que no la habían oído, si acaso sus gloriosos antepasados no buscaban en esta tierra un nuevo futuro de libertad. Luego se quitó la camisa y enseñó un tatuaje en el pecho de una flor de cactus y un nombre, Ariel. En el otro lado de la mesa alguien comentó en voz baja, aunque se oyó, que estaba seguro de que era un nombre judío, aunque no sabía si de hombre o de mujer, o las dos cosas.

Lo curioso del caso es que, pese a la derrota republicana, una buena parte del catálogo de Pizzaballa sí triunfó en la calle. Fue lento porque en realidad nadie volvió a hablar de ello, pero sobrevivió como recurso paródico en los circuitos de cómicos de monólogos en algunos clubes del estado. Con el tiempo su uso rebasó las fronteras federales. Una teoría rebuscada es que Pizzaballa sería también el vehículo de transmisión de esta terminología hacia Europa, pero en una variante seria que acabaría, paradójicamente, revirtiendo en Estados Unidos una década más tarde. Se basa en una historia, que ha adquirido trazos legendarios en la Universidad de Buffalo, que sitúa en este lugar un encuentro entre Pizzaballa y el filósofo francés Michael Foucault, que estaba allí en 1970 para dar una conferencia y de quien Pizzaballa era admirador. Este se coló en el acto diciendo simplemente que era medio argentino, y de inmediato fue acogido por la comunidad lacaniana del campus. Posteriormente, en una fiesta toga que duró hasta el alba, Pizzaballa quiso impresionar a su ídolo y, a falta de mejores ideas y estando muy borracho, sacó a colación sus ocurrencias sobre lo políticamente correcto, pero como en broma por el temor a hacer el ridículo. Testigos han relatado que Foucault en ese momento estaba prácticamente inconsciente, tumbado en unos cojines con la cabeza bajo una mesilla, pero otros apuntan que se lo hacía y en realidad no se perdía una. Son precisamente quienes no muestran ninguna sorpresa por el hecho de que, meses más tarde, Foucault usara el término y lo desarrollara en un ensayo publicado en Francia. A partir de ahí todo fue imparable.

Si pienso en lo políticamente incorrecto me acuerdo de inmediato de Aterriza como puedas. Una vez la vi después del 11S y ya nada más empezar me di cuenta de que era una película políticamente incorrecta en ese momento. Pero lo mejor vino con la escena del niño que visita la cabina de los pilotos y es interrogado por el comandante:

Joy, ¿alguna vez has visto a un hombre adulto desnudo?

Joy, ¿nunca has ido a un gimnasio?

Joy, ¿te gustan las películas de gladiadores?

Joy, ¿has estado alguna vez en una prisión turca?

Hacer chistes sobre pedofilia hoy es considerado algo muy fuerte, pero en 1980 por lo visto no. Ahora que lo pienso yo era un niño y a lo mejor me los hacían y no me enteraba. Aterriza como puedas jugaba con lo políticamente incorrecto, pero no creo que hasta ese punto. Parte de este diálogo incluso salía en el tráiler de la película. Todo ello revela que lo políticamente correcto es una referencia móvil, que cambia con el tiempo y las circunstancias. Pero esto seguramente ya se les ocurre a ustedes solos. Es que no sé bien qué decir sobre el tema. No tiene nada que ver pero a mí me hace gracia otro famoso diálogo del filme, que se pierde con la traducción, un juego de palabras con la pronunciación de surely. El médico le pregunta al protagonista si puede pilotar el avión y este contesta si se lo está diciendo en serio:

Surely you can’t be serious.

I’m serious, and don’t call me Shirley.

«Hablo en serio, y no me llame Shirley», replica el doctor. Se pierde la gracia en la traducción, pero en otros casos con las casualidades idiomáticas se sale ganando, y ahí está el ejemplo glorioso del Mitsubishi Pajero, o una guardería de Milán que se llamaba —lo juro, tengo fotos— guardería Follador. En cualquier caso se relativiza mucho Aterriza como puedas, al menos en una tercera parte, cuando se sabe que uno de sus tres directores luego hizo Ghost.

Para descubrir la evolución de lo políticamente incorrecto no hay nada como ver películas antiguas. Cualquiera de John Wayne en ese aspecto es fantástica, pero para mí es problemático porque me encantan las películas de John Wayne. También dan mucha envidia esos apartamentos en donde todos los salones tienen mueble bar y lo primero que hace la gente al entrar en casa es ponerse un copazo. Recuerdo una escena de Pillow talk (Confidencias a medianoche, 1959), una de esas comedias de Rock Hudson y Doris Day: él es un seductor que juega con ella y en un cierto momento quiere hacerle creer que es homosexual. Lo que hace es pedirle recetas de cocina y decir que echa de menos a su mamá. La cosa tiene aún más implicaciones si recordamos que Rock Hudson era realmente homosexual y que además murió trágicamente a causa del sida.

Las películas, como las fotos, dejan en evidencia las cosas pasadas de moda, aunque en el momento no se ven. Es como la tinta invisible. Salen a la luz con el paso del tiempo. Uno se hace una foto y piensa: ¿qué habrá en esta imagen que dentro de diez años sea ridículo? Y no es capaz de verlo. El presente es así: es evidente que hay un montón de cosas estúpidas que hacemos ahora, pero no sabemos cuáles son. Yo ruego a Dios todos los días que lo de Twitter sea una de ellas y que se pase pronto, pero me puedo equivocar y que la gente ya se quede así. Pero mirando hacia atrás se comprende que quien en los ochenta se opusiera a las hombreras era un genio incomprendido.

El caso del semiólogo californiano Alfred La Joya ha sido muy significativo, aunque silenciado por la mayor parte de los medios. Cometió la imprudencia de criticar a Steve Jobs el día que se murió, en plena beatificación masiva mediática, diciendo que era un señor que fabricaba cacharritos y que no era para tanto. Fue peor cuando, en un debate televisivo, espetó que internet era por encima de todo y en primer lugar, como demuestran las estadísticas, el mayor avance humano desde la Edad de Piedra en la práctica de la masturbación. Tanto literal como simbólica. «De lo primero estamos todos muy contentos y agradecidos, de lo segundo un poco menos», señaló. Luego explicó, buscando descaradamente la polémica, que con todo el mundo volcado en la autopromoción hay un grave riesgo de que la inflación de egos desvíe la órbita terrestre y acabemos estampados en una supernova mientras medio planeta tuitea en el móvil que esa mañana se encuentra bien. «¡Dentro de poco la retirada del móvil se considerará método de tortura!», gritó mientras se lo llevaban del estudio.

Sobre Twitter circula por ahí un panfleto, exclusivamente en papel y por tanto prácticamente clandestino, con un cuento breve que no está mal. No lo he leído pero me lo han contado. Va de un creador de virus informáticos que en una tarde de aburrimiento logra romper el protocolo de seguridad de Twitter y escribir, sin ser advertido, más de 140 caracteres. El primer día, para probar, escribió 141 y nadie se dio cuenta. Sintió una soledad cósmica, poniendo un pie en un universo desconocido. Luego probó con 145 y no pasó nada. Al día siguiente se lanzó y escribió 168 o así. De inmediato fue detectado por varias de esas patrullas de internautas holgazanes dedicados a buscar fallos y la noticia corrió como la pólvora. Fue una conmoción mundial. Naturalmente se le trató como un peligroso subversivo y se le insultó merecidamente. Pero enseguida contó con un buen número de seguidores, que vieron en su idea algo deliciosamente transgresor y en él un nuevo apóstol de lo políticamente incorrecto. En cuestión de días Twitter se desbordó y la gente empezó a escribir con la extensión que le daba la gana. Al principio se produjo la clásica efervescencia de fascinación de todo nuevo medio, como una especie de liberación, porque de repente estalló en el planeta una suerte de represión contenida: todo el mundo deseaba desde hace tiempo liberarse de la tiranía de los 140 caracteres. Ir un poquito más allá, decir algo que no cabía. En definitiva, ser libre de expresarse sin ataduras. Una de las mayores paradojas es que sus más feroces adversarios fueron algunos de los principales diarios, por decisión de sus directores, pues si ya era ridículo que tuitearan treinta veces al día, con el nuevo sistema resultaba completamente inverosímil. Sin embargo al cabo de solo un mes el tráfico de Twitter se desplomó por la imposibilidad de la mayoría de los usuarios, no tanto de construir un mínimo pensamiento elaborado, sino de tener la paciencia de seguirlo. Pero sobrevivió de forma estable, aunque minoritaria, en una nueva fórmula llamada «Twitter 200 o Más», o «Twitter 200+», para abreviar. La extensión se disparó hasta decenas y cientos de los antiguos folios y, por comodidad, algunos textos empezaron a imprimirse. Se llamaron libro tuiteado, y al final, libro a secas.

En El hombre rebelde (1951), manual de desobediencia individual (se encuentra gratis en internet), Albert Camus definía al hombre rebelde como alguien que decía que no: «Significa, por ejemplo, “las cosas han durado demasiado”».

Uno de los intentos más frustrantes de lo políticamente correcto ha sido el de la expresión «nosotros y nosotras», saldado con un rotundo fracaso. La punta de lanza de esta batalla civil en España fue, si lo recuerdan, la Asociación para la Igualdad Semántica de Sexos (AISS). Las siglas eran una ingeniosa onomatopeya, en modo autoirónico, de la expresión que se les escapaba a los miembros —¡Aiss!— cuando se equivocaban y decían únicamente «nosotros» o «nosotras», obviando groseramente la presencia de al menos una persona del otro sexo en el mismo espacio físico.

El traumático final de la AISS estuvo marcado por un sondeo que, una vez presentados sus resultados, significó la disolución instántanea de la entidad. Algunos individuos de derechas, pocos, la verdad, usaban la expresión para parecer modernos. Algunos sujetos de izquierdas, más de los esperados, la verdad, la empleaban para parecer más de izquierdas. Pero lo realmente significativo del estudio es que la inmensa mayoría de los encuestados no la usaban para no parecer gilipollas.

La AISS empezó mal, dicho sea de paso. En su escaso año de vida causó sensación la rueda de prensa en que anunciaron su primer congreso anual, con lo que creían que sería un golpe de efecto publicitario para la causa. Salió el comité directivo, formado por tres mujeres y tres hombres, aunque no necesariamente por este orden, y anunció: «Nosotros y nosotras, después de mucho pensarlo y para dar una fuerte señal de compromiso con nuestras ideas, hemos decidido organizar nuestro primer congreso en Pontedeume, que queda en un punto más o menos equidistante entre El Ferrol y La Coruña».

Es en el mundo del marketing donde el manejo de lo políticamente correcto e incorrecto ha alcanzado un grado pasmoso de sofisticación. Uno de los axiomas más aceptados es que lo políticamente incorrecto desde el punto de vista del marketing suele ser lo correcto, y no tiene absolutamente ningún riesgo. En este sentido ha sido muy comentado el caso de la agencia rusa Kaskovo, expuesto como ponencia por su representante, Yuri Pichuwski, en la última convención mundial del sector. Intentaron lanzar un grupo pop de chicas, una especie de Spice Girls a la rusa, pero en plan cañero, porque si no en Rusia no colaba, y con una estrategia agresiva, inspirándose en trucos sencillos como enseñar una teta en una gala de MTV y cosas por el estilo. Sin embargo, para asombro de Pichuwski y su agencia, las chicas resultaron ser punkis de verdad, algo que causó un susurro de conmoción en el auditorio cuando lo contó. Estuvieron encantadas con la idea y se marcaron un concierto sorpresa, con pasamontañas de colores, diciendo obscenidades en una iglesia ortodoxa de Moscú. Fueron detenidas y acabaron en Siberia y cualquier agente de prensa les hubiera dicho que aquello no era buena idea. Es decir, lo es fuera de Rusia, y mucho más en una gala de MTV, aunque habría que montar una iglesia ortodoxa de cartón piedra y eso podría restarle espontaneidad. Lo de las Pussy Riot no es políticamente incorrecto, sino políticamente peligroso. «Hay una gran diferencia», concluyó Pichuwski al final de la intervención. Recibió una gran ovación y la moraleja se extendió rápidamente en los pasillos del Congreso con el lema «En Rusia bromas las justas», que en ruso rimaba y sonaba gracioso.

Jugar a escandalizarse se ha convertido en una forma de entretenimiento de lo más aburrido. Seguramente conocen el umbral crítico de Spinelli. Lo políticamente incorrecto, por su naturaleza, atrae un número siempre creciente de defensores de tal modo que se inicia un tendencia de reversión que al llegar al 40%, o por ahí, experimenta una aceleración irreversible, a medida que el grueso de la población se pasa en masa al otro lado, lo que convierte en un breve lapso de tiempo lo políticamente incorrecto en políticamente correcto. El fenómeno se reproduce pasado un tiempo en sentido contrario. Los individuos más perspicaces, que son los primeros en cambiar de opinión y de bando, son considerados creadores de tendencias o, de forma coloquial en círculos científicos, «listillos de Spinelli». Discípulos de Spinelli han teorizado que incluso se puede llegar a calcular la probabilidad de esos cambios en algunos escenarios tipo. Se produciría en un porcentaje que es directamente proporcional a algunos factores clave de la población de estudio, como —un suponer— el número de locales de sushi o el volumen de ventas de Paulo Coelho.

Las oscilaciones entre lo correcto y lo incorrecto son cada vez más rápidas, en función del grado de desarrollo de cada sociedad, y terminan por degenerar en un torpor de valores, llamado Nube de Spinelli, estado en el que ya se cuela prácticamente cualquier cosa. Los teóricos políticos y publicitarios más sagaces lo denominan Estado Ideal de Spinelli. En la actualidad los perfiles de Facebook son un excelente ejemplo de despliegue calculado de lo políticamente correcto e incorrecto en permanente mutación, como valores intercambiables y sin ninguna relación con lo real. Por ejemplo, en el perfil de Facebook del propio Spinelli, desenmascarado por sus alumnos de Teoría de la Comunicación de la Universidad de Bolonia, pone que se llama Debora, tiene diecisiete años y su película favorita es Dirty Dancing.

En España, dada nuestra idiosincrasia, lo políticamente incorrecto ha echado raíces en dos pulsiones nacionales de origen histórico: el miedo a parecer facha y el deseo irrefrenable de ser moderno. Hay estudios muy buenos, pero oficiosos, de la fundación FAES que apuntaban cómo esta combinación de factores abría una puerta formidable a nuevos patrones de consumo, con la preciosa colaboración de las páginas de tendencias de los principales diarios nacionales, y a la progresiva disolución del mismo concepto de fascismo. Porque de repente cualquier cosa era fascista, y en esto han desarrollado una labor impagable exponentes de los nacionalismos vasco y catalán, así como elementos exaltados del movimiento antitaurino. Este fenómeno, subrayaba en amarillo uno de los estudios, al menos en un borrador inicial, también abría una nueva era de posibilidades a lo que es auténticamente fascista, que ya no se sabe ni lo que es y ni los propios fascistas reales lo saben. También ellos se hallan en un periodo de total desorientación. Informes policiales reservados han señalado que ya ha habido incluso una marcha fascista sobre Madrid, con el problema nada desdeñable de que nadie se ha enterado. Fue ignorada por los medios de comunicación, salvo una facción con inquietudes de vanguardia que se movilizó con una columna de pingüinos por la autovía de Burgos e inmediatamente apareció entre los vídeos más vistos de los diarios digitales. Pero obviando, como fue reprochado al grupo por el sector crítico en una asamblea posterior, el fundamental elemento ideológico de la iniciativa. La facción fue expulsada, aunque el movimiento se quedó con los pingüinos, por considerar que eran ajenos a la polémica. La conclusión de los investigadores, que en este punto se muestran extremadamente cautelosos a la hora de mostrar aprobación o condena, es que cuando llegue el fascismo de verdad nadie se dará cuenta. Aunque es probable que para entonces seamos todos fascistas pero igual, sin darnos cuenta, y todo nos va a parecer maravilloso.

Se puede caer en el error de creer que lo políticamente incorrecto es patrimonio de las minorías, pero en ocasiones es insospechado lo bien que puede llegar a conectar con las ideas de una parte compacta de la población. Esto son nociones de párvulos para todo líder político populista que se precie: moverse en términos de presunta incorrección política es algo que en realidad desentierra al monstruo cavernario que duerme en toda sociedad y todos nosotros. Esto es pero que muy válido en España, donde los juicios eruditos son vistos con aviesa desconfianza, mientras todo lo que provenga de, por ejemplo, del bar o la peluquería se antoja mucho más auténtico. Uno puede pensar que presumir de no leer es algo transgresivo, dicho así en una tertulia, hasta que se percata de que es una secreta opinión generalizada. Salvo para ponerse a la cola para comprarse el libro de Belén Esteban.

Supongo que ya están enterados de lo que pasó el otro día cuando la autora firmaba ejemplares de su libro en El Corte Inglés. Un comando situacionista, enviado en misión suicida, irrumpió en los grandes almacenes vestido con camisetas con las frases más agudas de La sociedad del espectáculo. Cuando lograron concitar la atención de los presentes se embadurnaron de refresco de cola y gusanitos naranja fosforito y se revolcaron por el suelo entre espasmos. La gente aplaudió a rabiar y la espera se les hizo mucho más llevadera. Pensaron que estaba todo muy bien organizado.

La degeneración de las etiquetas ha hecho posible que lo politicamente incorrecto sea de lo más previsible, lo que le resta cualquier componente subversivo. Nunca es una sorpresa, y ese es el criterio clave para detectar lo que realmente lo es. De ese modo uno descubre cosas contracorriente donde menos se las espera, como un amigo que me confesó el otro día que había empezado a ir a misa. Joder, qué fuerte, pensé.

Lo políticamente correcto es una memez. Más aún lo políticamente incorrecto. Y por favor, sobre todo no me llame Shirley.

Artículo extraído de Jot Down #6, disponible en nuestra store y en nuestra red de librerías.

11 comentarios

  1. Pingback: Un momentito de lo falso – Jot Down Cultural Magazine | METAMORFASE

  2. “Lapso de tiempo” es una redundancia espantosa.

    • No opina lo mismo la RAE, quiza porque el termino, ademas de al cronologico, puede referirse al ambito moral o cognitivo.

  3. organizar nuestro primer congreso en Pontedeume, que queda en un punto más o menos equidistante entre El Ferrol y La Coruña». Esta gente demuestra que es politicamente incorrecta (lease gilipollas) y tonta del culo. “El Ferrol” es O Ferrol, y “La Coruña” A Coruña. Y si no, escribid PUENTEDEUME. Ademas de eso, decir que el gag del niño de Aterriza Como Puedas lo fotocopiaron en Vivancos III pero con Juan Luis Galiardo. Ademas, como articulo es un ejercicio de cinismo ya que en Jot Down aparentais ser muy iconoclastas habiendo parido a la derecha Jot Down. Pero bueno, admito que ha habido cosas que me han gustado y hecho reir.

  4. El Ferrol, desde hace años, es Ferrol a secas, El Ferrol … es el del Caudillo, cosa eliminada ya hace muchos años. La Coruña y A Coruña, tienen la doble acepción lo mismo que Puentedeume y Pontedeume, Sanjenjo y Sanxenxo, … Se llama bilingüismo.

    • Ley 3/1983 del 15 de junio de normalización lingüística, art.10 “los topónimos tendrán como única forma oficial la gallega” (DOG 14/07/1983). No es bilingüismo, es catetismo. Es lícito castellanizar los nombres, y hablar de Londres (no London), Marsella (no Marseille), Lérida (no Lleida) y La Coruña (no A Coruña). Pero si lo haces, emplea la castellanización (dolorosa al oído) y di PUENTEDEUME. El único criterio empleado en esa frase es la total falta de criterio. Los únicos toponimos bilingües oficiales en España son los del País Vasco, como Vitoria/Gasteiz.

      • Topónimos muy conocidos y tradicionales (todos os que citas) sí que es lícito castellanizarlos. Pero los desconocidos o en desuso ya no. Y Sanjenjo no es un topónimo muy conocido de la misma manera que tampoco lo es San Saturnino de Noya, Mastrique o Brema. La catetada es traducir absolutamente todos los topónimos al castellano, como hace por ejemplo la Wikipedia castellana.

  5. El artículo es bueno, gracioso y sobre todo veraz. Lo que pasa es que es preocupante: “cualquier día seremos todos fascistas y no nos daremos cuenta. Nos parecerá maravilloso”

    Para muestra del absurdo y el peligro: Leer los primeros comentarios. Parecen intencionados para ilustrar el artículo!

  6. la polémica que lleváis en los comentarios entiendo que es en plan “para muestra un botón” del artículo, no? bravo señores (y señoras)!

    j

  7. ¡Muy bueno lo de la guardería Follador! Incluso mejor que aquel kebab que vi una vez en Napoli: “O Talebano” (El Talibán). Por cierto, tuve la suerte de asistir a varias clases de Spinelli en Bolonia, en 2005. Como quizás algunos recordaréis, fue el año de las grandes inundaciones en algunas ciudades del norte de Italia, pero pese a eso no me perdí ni una. En aquellos días era difícil no mojarse los pies, así que Spinelli acudía en chanclas. ¡Era muy bueno el jodío! Afuera diluviaba y hasta creo que, si no se lo inventa mi memoria, tronaba, pero él era más fuerte, parecía como poseído por alguna substancia mientras disertaba, y nosotros claro lo seguíamos intentando no perder detalle, especialmente cuando entraba en su “nube”.

  8. Que grande y necesario es Spinelli. Ojalá alguna editorial publique su obra en este país… mientras le enviaré una solicitud de amistad en Facebook.

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