La Casa Blanca es el salón de un matrimonio de Karachi - Jot Down Cultural Magazine

La Casa Blanca es el salón de un matrimonio de Karachi

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Nixon en la bolera de la Casa Blanca, 1971. Foto: Corbis.

En la eventualidad de que alguien le apunte con una Beretta 92 y le pregunté por qué es blanca la Casa Blanca, sepa que existen dos maneras de responder a eso. La que se enseña a los niños en la escuela («para cubrir las heridas del incendio provocado por los británicos en 1814»). Y la que se enseña a los estudiantes en las facultades de Historia («para proteger la piedra porosa durante las heladas»).

Ahora imagínese que se queda encerrado en el ascensor con varios desconocidos y, justo en ese incómodo momento en que nadie sabe qué decir, usted se ofrece a explicar cuándo llegó la electricidad a la Casa Blanca. Les recuerda que fue instalada en 1891 pero que tardó mucho más en utilizarse de manera regular porque Benjamin Harrison y su mujer, Caroline, preferían alumbrarse con lámparas de gas por miedo a electrocutarse o provocar un incendio. Pruébelo. Es complicado no salir airoso después de eso.

O piense que se encuentra semidesnudo en la sauna del gimnasio y ve entrar a un viejo compañero del colegio, que ahora trabaja en el servicio de posventa de El Corte Inglés y tiene una cicatriz rosácea a la altura del bazo. Puede tratar de evitar lo ineludible poniéndose a hablar del famoso piano de la East Room. Y para ello resulta conveniente saber que el instrumento llegó en algún momento de la mañana del 10 de diciembre de 1938, cuando Theodore Steinway se lo entregó en persona al presidente Franklin D. Roosevelt, poniéndole en conocimiento de que la madera era caoba hondureña.

Es una situación menos probable, pero también puede ocurrir que se encuentre usted en el parque consultando el e-mail desde su teléfono sin darse cuenta de que por detrás se aproxima su panadero, a quien además dejó a deber cincuenta céntimos de euro la semana pasada. Antes de darle tiempo a respirar, dispare. «¿A que no sabe quién donó una máquina de café para la sala de prensa?». Lo hizo Tom Hanks en 2004, en solidaridad con los periodistas del White House Press Corps, que hasta entonces bebían agua sucia. Hanks, puede añadir para ganar un poco más de tiempo, renovó su generosidad seis años después, cuando volvió a pasar por allí y vio en qué condiciones lamentables se encontraba la cafetera anterior. Sobre esto hay distintas versiones, pero es poco probable que su panadero esté al tanto de ello.

Son todo detalles, pero no sobra ninguno. Y si usted no engorda el inventario de banalidades sobre la Casa Blanca es porque no quiere. La materia prima está ahí esperándole, al alcance de cualquiera con conexión a internet y una cuenta de Amazon: millones de datos intrascendentes que pueden salvarle la vida o sacarle de situaciones irritantes. Salpican reportajes, libros, conferencias, debates académicos y documentales dedicados al tema. Existen, cito de memoria, archivos y testimonios a los que acudir para saber qué cubertería utilizó Nancy Reagan para celebrar el cuarenta y dos cumpleaños de su hijo Ron. Imagínese cómo caería eso entre sus superiores justo antes de empezar la reunión de los martes.

Si además vive en Washington, y según en qué barrio esté, puede resultar imprescindible saber situarse en la Casa Blanca. Aun sin haber estado nunca, hay gente capaz de orientarse para llegar desde la Vermeil Room al Ala Oeste sin perder tiempo por los pasillos. Entiéndase que la historia de los Estados Unidos es tan reciente, breve y portentosa que se escribe en tiempo real. Y que el interés por la vida de los presidentes alcanza un fetichismo maníaco en un subcontinente donde es posible volar desde el George Bush al Ronald Reagan haciendo escala en el John F. Kennedy o el Abraham Lincoln. O desde el Gerald Ford al Bill and Hillary Clinton, haciendo una escala técnica en el Dwight D. Eisenhower o el Theodore Roosevelt.

Abramos un paréntesis para pensar cuántas cosas sabe un español culto sobre el Palacio de la Moncloa. Y cerremos el paréntesis admitiendo que desde la Casa Blanca se aspira a dominar el mundo y desde la Moncloa se aspira a pasar lo más desapercibido posible.

Las visitas alimentan el monstruo. Porque pasar una hora en la Casa Blanca es la culminación de una vida de esfuerzo para las personas más brillantes y ambiciosas del planeta, ya sean estrellas de Hollywood, líderes internacionales, magnates de la industria del peine o activistas antiglobalización. «Yo recuerdo con ilusión el día que me nombraron, pero no olvido ni un solo detalle del momento en el que pisé la alfombra del Despacho Oval», confesaba en privado el ministro de Exteriores de un pequeño país asiático. Incluso los dictadores más sanguinarios atraviesan el umbral como colegiales y habitan unas horas en su infancia. Sobre ese poder de seducción sabe algo Kim Jong-nam, hijo mayor de Kim Jong-il, quien tiró por la borda su prometedor futuro como dictador por visitar ya no la Casa Blanca, sino el parque Disney de Tokio.

En la State Dining Room los camareros tienen órdenes de retirar la cubertería y los objetos decorativos de las mesas nada más acabar la cena para evitar que los huéspedes sucumban a la tentación de meterse algo en el bolsillo, situación que se repite con una frecuencia alarmante. Según el Washington Post, el protocolo se activa incluso en los banquetes con primeros ministros extranjeros. Y a lo largo de los años, muchas personalidades del espectáculo, la política o el deporte han sido sorprendidos en plena faena. Entre ellos Meryl Streep y Barbara Walters.

La mayoría de lo que desaparece son pequeños objetos que se pueden esconder en un bolso o en una cartera de mano: toallas de baño con el sello presidencial, cucharillas, sujetapapeles, incluso adornos de cristal o de plata extraídos de los vestidores o los retretes.

En la Casa Blanca pasan muchas más cosas, y muy distintas, de las que uno puede imaginarse viendo series en Netflix bajo los efectos de la marihuana. Hay expectativas frustradas, caras largas, secretarias con acné, goteras, erecciones involuntarias, tipos desmotivados, bostezos y disputas matrimoniales, algunas incluso por dinero, ya que la pareja presidencial carga personalmente con los gastos de lo que se compra en la cocina. También hay conciertos, reuniones, cenas a las que nadie quiere ir y proyecciones de cine, la mayoría con listas exclusivas de invitados. Es también una experiencia turística para la cual es necesaria la mediación de una embajada o un miembro del Congreso.

En situaciones especiales se pueden visitar zonas normalmente cerradas, activando pulsiones desconocidas en las poblaciones colindantes. Un inmigrante mexicano me contó que había perdido su trabajo por no desperdiciar la ocasión de formar parte de uno de estos tours. Puso en riesgo la estabilidad económica de su familia, pero tiene colgada en Facebook una foto paseando por el Rose Garden que cuenta con más de quinientos likes. Y a un diplomático de firmes ideas antiimperialistas se le saltaron las lágrimas en el portón. Eran los años duros de Washington, cuando las prostitutas y la droga llegaban hasta el parque Lafayette. «Estaba tan emocionado que ni siquiera caí en esa contradicción del capitalismo tan sabrosa. Yo lloraba, pero de emoción».

Y, a pesar de todo, la Casa Blanca no deja de ser un lugar de trabajo, un lugar de oficinas con vivienda. Sus instalaciones son mejorables y la distribución resulta realmente incómoda. Por los pasillos no es frecuente encontrarse con Josh Lyman dando órdenes a Donna Moss, ni con C. J. Cregg interpretando «The Jackal» en un apartado. «Y la decoración me recuerda mucho a la de la casa de mis padres», me decía un día una periodista paquistaní. Es decir, que podríamos estar perfectamente volviéndonos locos de ilusión en el salón de un matrimonio de Karachi.

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