Jot Down Cultural Magazine – Pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain

Pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain

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La gran belleza. Imagen: Indigo film.

La seriedad solo es estimable en los niños. En los hombres sabios es el reflejo de la renuncia. (Ennio Flaiano)

Una de las mejores cosas que se pueden decir de Italia es que en ocasiones parece que la vida allí no va en serio. También es una de las peores, pero no vamos a perder el tiempo ahora hablando de eso.

Las generalizaciones de sujeto múltiple («los españoles son…», «los franceses son…») llevan en sí mismas la promesa de un reduccionismo absurdo, de una generalización inane. Un ejemplo: los italianos poseen una ligereza desinhibida que los hace felices. Ya, ya, la realidad es más compleja, sí. También tozuda e irreductible a los límites de nuestros prejuicios y manías. Pero precisamente para esos reduccionismos tenemos nuestras sensaciones, y la sensación que yo tengo cuando voy (cosa muy frecuente) a Italia es que la gente, incluso la más aparentemente seria, conserva toda la vida un lado infantil y alegre. Es muy significativo allí, por ejemplo, que la tercera edad se manifieste a veces en profusión de bronceados imposibles, peinados a la moda y cuellos del polo subidos. La única regla de las acciones italianas es que reporten siempre una cierta satisfacción, y por eso el país genera un tipo de persona por lo general desacomplejada en lo que a los pequeños placeres se refiere. Ello le permite, por ejemplo, disfrutar de la música, el cine o la literatura sin atender a su presunta respetabilidad artística, sin establecer barreras separadoras entre lo banal y lo elevado. Sin asignar etiquetas inútiles, el italiano se recrea por igual entre lo sublime y lo trivial, siempre que obedezca a sus propósitos. Y lo más importante: tampoco mira continuamente alrededor, clasificando sin descanso no ya a los objetos, sino también a los sujetos. Por eso en Italia no abundan las chanzas a cuenta de los frikis. Tampoco existe la palabra «cultureta».

Esta sensación mía, subjetiva y discutible, se resume en que la actitud de un italiano ante El amor victorioso de Caravaggio parece en ocasiones no ser muy diferente de la que reserva a «Com’è bello far l’amore» de Raffaella Carrà. Esto puede verse como la enésima concesión a la vulgaridad por parte del país que por herencia y patrimonio menos debería abandonarse a la superficialidad, pero yo prefiero entender como una forma de sabiduría ese darse cuenta de que Caravaggio y la Carrà reservan cada uno sus propias recompensas, sus maneras no divergentes de disfrutar de la vida. Y además la Carrà es la Carrà, perdone que le diga.

No poner barreras al disfrute es una manera de sabiduría. Renunciar a la indignación estéril, a las batallas perdidas de antemano, es otra. Una de las fuentes de amargura más comunes del hombre contemporáneo es la actitud de los millennials y demás gente que el ciudadano indignado percibe como perdida en su propio onanismo en las redes sociales. Hay un tipo de persona que sufre ante la plaga de selfis, fotos de magdalenas, perros y pies derechos tatuados que invade la red. Que rechaza por hipócritas las calculadas identidades paralelas que sus amigos crean en Facebook. Que está harto de que cualquier «mindundi» pretenda sentar cátedra en Twitter diciéndose cargado de razón inapelable por haber encontrado algo en Google. Que cree que ha muerto la inteligencia, que el ser humano se degrada. Que el mundo se va a la mierda, vaya.

Ese ciudadano protesta desde su púlpito con medios muy elaborados, perora en el vacío y cuando nadie le escucha se justifica en que la gente no sabe leer más de ciento cuarenta caracteres. Pero olvida que pretender luchar contra eso es bastante difícil. También lo más importante: que a veces el único que no se divierte es él. De eso hablamos. De eso y de que, volviendo a Italia, allí han dado este año con una manera de reírse un poco del «homo smartphone» sin faltar al respeto, parodiando el estado de las cosas con menos literatura y más alegría. Sumándose a la fiesta y sentando cátedra desde púlpitos más populares:

«Occidentali’s Karma», la canción de Francesco Gabbani que Italia manda este año a Eurovisión, es todo un fenómeno nacional desde que ganó el Festival de Sanremo el pasado mes de febrero. Puesta rápida en situación: sepa que en Italia hay tres cámaras, Congreso, Senado y Sanremo. El festival es el evento televisivo del año, paraliza el país una semana entera (son cinco noches seguidas en prime-time con picos de share delirantes) y a veces parece concebido para calibrar el estado de la nación. De hecho el día después de la final vi un debate en RAI1 en torno a la pregunta «¿Qué Italia sale de Sanremo?». A ojos españoles puede resultar cómica tanta relevancia sociológica dada a un grupo de guaperas más o menos cursis cantando «ti amos» varios, pero Sanremo tiene también algo de celebración alegre y desinhibida de afirmación nacional, llena de positivismo y buen rollo desde el eslogan : «Tutti cantano Sanremo». También su punto rancio, cómo no. Hay italianos ajenos al fenómeno que se dicen hartos de convivir desde hace sesenta y siete años con ese barómetro vivo de la nostalgia nacional compartida. Y sin embargo no dicen que el festival sea «casposo», porque ni que decir tiene que esa palabra tan fea no existe en italiano.

Fabio Ilacqua, el autor de la letra de «Occidentali’s Karma», se ha divertido riéndose de esa supuesta superficialidad contemporánea de la era del smartphone, y lo ha hecho copiándole el lenguaje, tirando él mismo de las citas más masticadas de Shakespeare, Karl Marx, Andy Warhol o Heráclito para construir una canción-renuncia que huye de la seriedad como de la peste, parodia el mundo actual e invita al mismo tiempo a subirse a una marea cambiante que no es tan nueva ni moderna, pues esto del mundo lleva toda la vida en permanente mutación y esta es solo una más de ellas. La puesta en escena del tema abraza la presunta involución humana actual con una sonrisa, y presenta toda una filosofía de vida y un camino del conocimiento en gloriosa síntesis visual: hacia el final de la canción un tipo disfrazado de simio sube al escenario y se marca un bailecito junto a Gabbani al grito de Pase lo que pase panta rei («todo fluye», ya sabe) and Singin’ in the rain. Así, sí.

Desmond Morris, el autor de El mono desnudo referenciado en la canción, ha dicho al respecto: «He estudiado durante años el lenguaje gestual del mundo, y el de Gabbani sobre el escenario es extraordinario por cómo combina y armoniza culturas y referencias diferentes. Luego he leído la letra y me ha fascinado su belleza, su cultura, si riqueza de citas. Nunca había oído algo así, a lo mejor solo en Bob Dylan o John Lennon».

A lo mejor Morris exagera su buen pelín, pero sí es cierto que la canción no solo es una carcajada amable a cuenta de las identidades sociales online calculadas y autoimpuestas, la plaga de selfis o el cacareado fin de la inteligencia. También se ríe brillantemente de otra debilidad contemporánea: la interpretación entrañablemente simplista, tamaño tuit, que Occidente hace a veces de siglos de sabiduría oriental, y materializada en emoticonos de manitas juntas haciendo «Om», en estatuas de Buda decorando terrazas de Ibiza, en camisetas con mandalas para bajar a la piscina o en clases de yoga de barrio, de regalo por inscribirse a pilates, convenientemente compartidas en Instagram.

Aquí tiene a Gabbani y al simio en acción en la final de Sanremo. Debajo del vídeo, la letra traducida:

Ser….o tener que ser. La duda de Hamlet
Tan contemporáneo como el hombre del Neolítico
Estás en tu jaula de 2×3, ponte cómodo
Intelectuales en los cafés
Internetología
Socios honorarios del grupo de selfísticos anónimos
La inteligencia está démodée
Respuestas fáciles
Dilemas inútiles

AAA
Se buscan historias con un gran final… se esperan
Pero pase lo que pase …. panta rei y Singin’ in the rain
Lecciones de Nirvana, Buda en fila india, una hora de aire para todos, y de gloria
¡Alé!
La multitud grita un mantra, la evolución se tropieza
el mono desnudo baila el karma de los occidentales

Llueven gotas de Chanel sobre cuerpos asépticos
Ponte a salvo del olor de tus semejantes
Todos son todólogos con su web
Cocaína de los pueblos
Opio de los pobres

AAA
Se busca….una humanidad virtual, sex appeal
Pero pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain

Cuando la vida se distrae, caen los hombres
Es el karma de los occidentales
El mono renace
¡Namasté, alé!
Ommmmmm

Dicen que Gabbani parte entre los favoritos para la gala del sábado, lo cual no deja de tener su gracia porque la historia de Italia en Eurovisión dice mucho del clásico pragmatismo nacional. Hubo un tiempo en que en España se especulaba con que RTVE mandaba a propósito lo peor de lo peor al festival para ahorrarse el trago de tener que organizar el cotarro al año siguiente, pero es que los italianos directamente dejaron de ir por lo que pudiera pasar: entre 1997 y 2010 (también antes) la RAI pensó que para qué asumir siquiera el riesgo, y ni siquiera mandó representante. Había ahí un desprecio subyacente bastante justificado: piénsese que Eurovisión nació a imagen del más longevo Festival de Sanremo, pese a lo cual Italia tuvo que ver como algunos de sus primeras espadas ganaban en casa pero al cruzar la frontera volvían sin premio. En 1958 mandaron a Domenico Modugno con su «Volare», nada menos, y perdió. Como para no plantarse.

Quién sabe, a lo mejor el sábado se activa a última hora algún mecanismo de contingencia para evitar el desastre, o se opta por la democracia como última línea de defensa y vemos como el televoto del sufrido contribuyente italiano apoya en masa a los franceses, por si acaso. Poco importa: lo interesante es que en Italia se ha pillado muy bien el chiste de la canción de Gabbani: el otro día en Turín entré en una Feltrinelli, una de las principales cadenas de librerías del país, y la sección de libros de espiritualidad y religiones orientales, donde se agolpan las Upanishads, el I Ching o Krishnamurti, había sido rebautizada con sorna como «Occidentali’s Karma».

Porque hay que sonreír ante el chaparrón (no queda otra). Al menos en esta vida (y no hay otra). Así que ya sabe: la próxima vez que sienta que la inteligencia está démodée dese la razón si quiere, pero no se olvide de bailar. Porque pase lo que pase… panta rei y Singin’ in the rain.

Imagen: Metro Goldwyn Mayer.

2 comentarios

  1. Leyendo este artículo se me ocurren así a botepronto un par de canciones como “Nun te reggae piu’ ” de Rino Gaetano y “Figli di Pitagora” del dj Gabry Ponte, donde también se cuestiona la sociedad contemporánea haciendo un salteado de referencias de lo más variado, pero tengo la sensación de que en Italia hay una tradición más o menos arraigada de canciones de este tipo, a ver si alguien con conocimientos al respecto confirma o desmiente esta intuición mía.

  2. En Italia también abunda la caspa.

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