Jot Down Cultural Magazine – La muchachada de las FARC

La muchachada de las FARC

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Fotografía: Rodrigo Durán

I

¿Dónde estamos? ¿Qué es esto? Tres de la tarde. El cielo desnudo sin nubes. El sol a media marcha. Un terreno rodeado de montes que suben y bajan en comba. Verde. A lo lejos alguna que otra casa. Los árboles forman caminos y en ellos tierra seca y aplanada, llena de piedritas. El campo que suena en el viento, en sus golpes a los árboles y en las pisadas de los carros que aceleran lejos. Los insectos zumbando. Un traqueteo de flautas destempladas todo el día. Lento. Hace frío y en la casa grande los pasos son limitados. Sí, el campo es amplio, pero está prohibido recorrerlo hasta el límite. En los salones hay vigilancia, en los cuartos, en la cocina y afuera de la casa también. Dizque les iban a dar ropa, dizque les iban a dar educación, dizque iban a ver a sus familiares. Cinco pasos y la inquietud se mete en el pecho. ¡Qué aburrimiento tan verraco! De repente… la guerra. Trece excombatientes de las FARC, menores de edad, sin sus fusiles ni uniformes camuflados, se levantan del salón de clases sin ningún aviso, dejan al profesor con la lección en el tablero —sorprendido—, y caminan a otro lugar, a escuchar vallenato. No más. Se cansaron de los juegos, de los dibujos y de las peloticas de colores. Si van a enseñarles algo que sea de verdad, nada de tratarlos como niños, como «retrasados», como incapacitados. Allí está Magda, también, indignada; también tiene menos de dieciocho años y también fue guerrillera de las FARC. Está acostada; su pelo negro, largo, se extiende en el suelo; tararea el vallenato y sus labios gruesísimos reciben el aire caliente de sus pulmones. Ay, qué aburrimiento. Ella y sus compañeros se convirtieron en el primer grupo de menores de edad desvinculados por el proceso de paz con el Gobierno; ahora están en manos del Estado y este los está preparando para volver a la «vida civil», como si alguna vez se hubieran escapado de ella. ¡Ja! ¡Ja! ¡Ja! Los «pelados» se burlan de los funcionarios que se quejan de sus comportamientos:

¡Qué niños tan resabiados!

Magda nació en una vereda del departamento de Antioquia, en una casa de campesinos, en medio de las montañas; es la menor de nueve hermanos, seis hombres y tres mujeres. Desde pequeña veía a los guerrilleros de las FARC. Le daban dulces, la alzaban, le hacían cosquillas y jugaban con ella. Sus papás los saludaban y los recibían en su casa. Todos los de la vereda lo hacían. Les daban agua de panela. Les preguntaban cómo estaban las cosas. Les decían que se cuidaran. Los guerrilleros se despedían y seguían su camino hacia los alrededores, a hacer guardia y vigilar al enemigo. Que les vaya bien. Que mi Dios los bendiga. Hacían parte de la comunidad: hermanos, primos, amigos, vecinos, conocidos.

Un día, cuando Magda tenía doce años, les dijo a varios guerrilleros que quería irse al monte, que quería ser guerrillera. Le respondieron que esperara un mes.

«Yo tenía todo. Nada me faltaba, pero me gustaba la guerrilla», dice Magda.

Pasó el mes y le preguntaron si lo había pensado bien. No había nada que pensar: dijo que sí. ¿Está segura? Sí. Sí. Sí. Respondió. Está bien. Planearon cómo se iba a volar de la casa, dónde la iban a esperar y a qué hora tenía que estar allá. ¡Ojo! No podía decirles a sus papás.

Sus hermanos trabajaban en otras tierras, a un par de minutos de su casa. Campesinos. Todos los días, entre semana, Magda y su mamá les organizaban el almuerzo en recipientes. Arroz. Papa. Carne. Huevo. Magda se encargaba de llevarles la comida. El día que se fue de la casa, en el fondo de la maleta donde llevaba la comida, escondió un par de camisetas, pantalones, medias y ropa interior. Caminó unos minutos. Saludó a sus hermanos. Les entregó los recipientes calientes. Intercambió un par de palabras y se despidió. No recorrió el mismo camino por el que llegó, hacia su casa. Se desvió y se encontró con una amiga, también de doce años, que quería irse. Siguieron juntas y minutos después se encontraron con cuatro guerrilleros sin uniforme que las esperaban en una vereda cercana. Caminaron cuatro horas atravesando potreros verdes que se inclinaban y declinaban. Calladas. Pararon en una casa en medio de la nada, descansaron. Los guerrilleros llamaron a alguien. Esperaron unos minutos y llegó otro grupo, ahora sí, con sus camuflados y sus fusiles colgando del hombro. Uno de ellos conocía a Magda, a sus papás y sus hermanos; cuando la reconoció, dijo:

«Culigada, te voy a quemar la nalga. ¿Qué hacés acá?». Le preguntó serio. Ella se rio.

¡Ya qué!

Volvieron a retomar el camino con el nuevo grupo. Pasaron dos minutos y ya estaban en el monte, en el campamento escondido entre los árboles gigantes. El sol bajaba hacia el horizonte. Anochecía. Magda vio al centinela cuidando la entrada. Lo saludaron. Vio la fogata, las hamacas, el basurero, la quebrada que atravesaba el terreno, los equipos de radio, los fusiles y a los guerrilleros caminando de un lado para el otro.

Los recibió el comandante. Miró a Magda:

«¡Ah! ¡Esta peladita cómo se vino!», le dijo. También la conocía.

Les ordenó que se bañaran y descansaran. Al día siguiente los levantaron en la madrugada. Los reunieron y les leyeron las Normas Internas de Comando:

Artículo 1. Para todo el movimiento rige la misma disciplina militar…

Y así.

***

El Mono Jojoy, el 3 de septiembre de 2010, veinte días antes de su muerte, recibió a un grupo de guerrilleros recién reclutados. Después de saludar con la mano derecha en la sien, miró a sus soldados y dijo:

«Este poco de bebesitos…». Al frente, una decena de menores de dieciocho años. Hombres y mujeres uniformados con el fusil en la mano; escuchaban atentos el discurso de bienvenida.

En Colombia no existe una cifra exacta de cuántos menores tuvieron que escuchar a un comandante —en medio de la selva, en la ciudad o en cualquier casucha— hablando de la guerra, de los combates, de los enemigos, de los ideales, de las bienvenidas. Mejor dicho, en Colombia no se sabe con exactitud cuántos menores han sido reclutados por los grupos armados ilegales. Las estadísticas son tan variopintas que el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar (ICBF) tiene sus propios números, también el Ministerio de Defensa, la Defensoría del Pueblo, la Fiscalía General de la Nación y las organizaciones no gubernamentales (ONG). Lo de siempre: unos dicen que —mínimo— son ocho mil, otros, catorce mil, otros, más de dieciocho mil; entre la primera y la segunda estimación hay una diferencia de todo un movimiento guerrillero o grupo paramilitar.

La Agencia Nacional para los Refugiados (ACNUR), con base en los anteriores estimados, dijo que uno de cada cuatro combatientes colombianos, en general, era menor de edad; o sea, de los cuatrocientos cincuenta paramilitares que cometieron la masacre de El Salado, en Bolívar, ciento doce tenía menos de dieciocho años. Algo así, aproximadamente.

«Se necesitan sociedades con ciertas características para que exista el reclutamiento de menores de edad», dice María Cristina Torrado, profesora y directora del Observatorio sobre Infancia de la Universidad Nacional de Colombia. Antes de seguir con la conversación advierte que, para ella, los problemas de la niñez, en el país, no se reducen a los «niños soldados»: también están los niños desplazados, los desnutridos, los excluidos socialmente, los testigos de la violencia. Continúa:

«¿Qué tienen en común los países con grupos armados que reclutan menores de dieciocho años? Por ejemplo, la República Democrática del Congo, Sudán del Sur y Colombia… ¿Qué?», pregunta y hace una pausa.

En el mundo, hoy en día, según la UNICEF, existen cincuenta y un grupos armados (estatales y no estatales), en diecinueve países, que tienen en sus filas más de trescientos mil combatientes menores de dieciocho años:

«Tienen en común la pobreza, la desigualdad y la corrupción», responde María Cristina Torrado. «Sí. El reclutamiento de menores es un problema, pero hay que entenderlo en un país que lo hizo posible».

Los expertos, las organizaciones no gubernamentales y el Estado —en menor medida— coinciden en que el reclutamiento va más allá de la transacción (obligatoria o no) que hay entre un actor armado y un menor de edad. La pobreza, la falta de acceso a servicios de educación, salud, bienestar y recreación son determinantes, pero también se debe considerar la carencia de redes afectivas y de protección, y contextos de violencia intrafamiliar. Así mismo, el aislamiento de ciertos territorios, alejados de cualquier control y protección estatal, y, por ende, zonas con mayor presencia de grupos armados, que hacen las veces de Estado, condicionan que un menor entre a las filas o no. Otros factores que pueden unirse a las anteriores situaciones son la «herencia», que algún familiar pertenezca al grupo, o hasta la influencia de amigos, alguna revancha, aburrimiento, amor por alguien que está en las filas, empatía, poder, curiosidad o simple y llana necesidad: porque había pocas alternativas.

Según un informe de la Defensoría del Pueblo y UNICEF de 2006 sobre la caracterización de las niñas, niños y adolescentes desvinculados de los grupos armados ilegales, el 84% de los trescientos veintinueve menores encuestados dijeron que habían ingresado voluntariamente. La mayoría lo hizo porque «les gustaba lo que hacían», porque estaban siendo maltratados en sus familias, porque «les prometieron dinero» o porque «les gustaba las armas y el uniforme».

II

Tatiana veía todos los días a los guerrilleros y guerrilleras en su vereda. Uniforme camuflado, con boinas o sombreros, botas militares, insignias, con las correas que se cruzaban en sus pechos, los parches con la bandera de Colombia, el librito debajo y los dos fusiles cruzados. Siempre en guardia. Serios. El fusil entre sus manos. FARC-EP. Amarillo. Azul. Rojo. Estrellas, hoz y martillos. Tan poderosos. Tan imponentes.

«Me gustaba cómo se veían», por primera vez no baja la cabeza ni mira el piso cuando termina una frase; mantiene la mirada al frente:

«Era bacano verlos pasar en moto y en caballo», sonríe.

Dice que tiene diecisiete años. El pelo negro y los ojos más negros. La piel trigueña y lisa. Cuando sonríe se le forman dos bolas en las mejillas. Tiene los labios rosados. Su nariz es ancha y la punta, al final, se enrosca como una flor jorobada. En la muñeca derecha tiene tatuado el puma de la marca deportiva, ese logo en el que aparece el felino esquelético en plena posición de salto —me gusta, dice—; en la mano izquierda tiene su nombre en cursiva. Cada vez que habla hay que aguzar el oído, sus palabras son pausadas y mínimas: sí-no-tal vez-una risa corta-un silencio-su cabeza que se mueve de arriba abajo o hacia los lados. Entre sus brazos está su bebé: en pañales, robusto, con el pelo mojado, lleno de sudor, y con un brazalete de colores en la mano derecha. Siempre metiéndose el puño entero en la boca, babeando y con los ojos clavados en la persona que está al lado de su mamá. Tiene cinco meses. Su papá ahora está en una de las zonas veredales de la guerrilla o en uno de los hogares de tránsito para los menores excombatientes de las FARC: tiene diecisiete años, pero, según Tatiana, parece mayor.

El caso… Los guerrilleros se la pasaban cerca de su casa y a ella le gustaba cómo se veían. Fuertes. Lindos. Interesantes. Le dijo al esposo de su prima (un guerrillero) que quería unirse; él le respondió que no, ¿para qué? También le contó a su hermana y esta le dijo que lo pensara. Pero Tatiana no tenía nada que pensar; quería irse. Punto. A mediados de 2015 se fue al lugar donde normalmente se reunían los guerrilleros, no le dijo a su mamá, ¿para qué?

«Mucho gusto, ¿cuál es tu nombre?…», preguntó el comandante.

Le advirtieron que aquí se trataba a todos por igual. Todos tenían que «ranchar», o sea, cocinar; también construir sus caletas, o sea, sus camas; también limpiar, hacer guardia, recibir entrenamiento militar (a veces cuatro horas al día), organizar las aulas de estudio y asistir a las clases de siete de la mañana a tres de la tarde. Cada noche tenían que escuchar las noticias de la radio y luego comentarlas; después dormir temprano, a menos que tuviera guardia. Así, una y otra vez, todos los días. Sin luz ni ventilador ni televisión. Tampoco había motos. ¡Bienvenida!

«Me dio muy duro», confiesa Tatiana, mira hacia abajo.

No la dejaban ver películas de acción, de Hollywood, porque eran del «imperio yanqui», basura capitalista. Tampoco podía escuchar música pop o reguetón, a menos que tuviera mensajes revolucionarios. Mejor dicho, podía escuchar canciones como «Amor fariano», «¿Qué mal puede salir?» o «Hasta siempre, comandante»; también podía ver películas del Che Guevara o de la Revolución cubana. Era obligatorio ver los vídeos con las últimas noticias del proceso de paz entre las FARC y el Gobierno, en La Habana; tenía que escuchar al «camarada» Pastor Alape y después responder las preguntas de sus superiores:

«¿Qué opinan de lo que dijo el camarada?». «¿Están de acuerdo?». Y así.

Lo peor era cuando le tocaba hacer guardia en la madrugada: uno de los guerrilleros pasaba al lado de su «caleta» y con la palma de la mano y los labios pegados a ella, como dándole besos, hacía un sonido llamado «chupeteo», un ruido seco, fastidioso.

Se aburrió. Empezó a preguntar por su mamá. Le decían que estaba bien. Ella respondía que quería verla. Le decían que no se podía, que ella estaba bien. Y empezaba a llorar y les decía a sus amigos («a los pelados») que no, que su mamá le hacía falta, que quería irse. Y que no, que no se preocupe, que ella está bien, que no se ponga triste, que nosotros la vamos a ayudar, ya verá cómo se amaña.

«Los pelados nunca se ponían tristes», alza la mirada y, como si quisiera interrumpir de una vez por todas la conversación, mueve el bebé, le hace muecas, lo carga, pone su cabeza sobre su hombro, lo sienta entre sus piernas, le hace otra mueca. Silencio. Tan incómoda.

El bebé tiene su puño entero en la boca, chupa: la barbilla está llena de babas y el pelo empapado. Hace calor. Parece un luchador de sumo, pequeñísimo. Tiene las piernas y los brazos gruesos, debajo de las nalgas se le forman varias líneas de piel arrugada. Tatiana dice que no recibe leche materna, solo la leche del tetero. También dice que es igualito al papá y muestra una foto de él en su celular. Gafas Ray-Ban, boina y el uniforme camuflado. Muy serio. Ni la vestimenta ni la expresión le ponen años: un adolescente. Sí. Igualitos.

«¿Cierto?», mira la pantalla de su celular, mira al bebé.

Tatiana está sentada en una de las tantas sillas de madera, sin espaldar, de un restaurante al frente de la carretera. Detrás de ella hay un oficial del Ejército revisando un computador portátil. Digita de vez en cuando y mastica un chicle todo el tiempo. Concentrado. El control del televisor está a su lado, junto a una maraña de papeles y cables. A tres mesas de él hay dos soldados comiendo una bandeja paisa y tomando agua de panela con el fusil sobre las piernas. Alrededor están varios soldados haciendo guardia o caminando sin la chaqueta del uniforme, en camiseta blanca; también están los empleados del restaurante, que atienden a los comensales: a los militares que se están quedando en un hotel al lado del lugar. Detrás del restaurante, en un parqueadero, bajo unos árboles, hay dos camiones de carga, tres Jeeps y dos camionetas con un fusil largo en el techo, todos pintados de color verde guerra. Ejército Nacional de Colombia. Patria, honor, lealtad.

Cuando llegamos al restaurante, después del mediodía, el ejército ocupaba casi todas las mesas. Para Rodrigo Durán (el fotógrafo) resultó extrañísimo, para mí también. A Tatiana parecía no importarle. No había planeado que estuvieran, pero, bueno, ¿qué se le hace? Se mimetizó. Los ignoraba, al menos eso parecía. Hablaba con reserva, pero por su timidez, no por la presencia de los soldados.

¿No te da miedo?

«No. Los veo como mis enemigos», responde arqueando los labios: orgullosa; se le sale una risita burlona. Ni siquiera mira a los militares.

***

Tiro Fijo y el Mono Jojoy, en junio de 2000, en pleno proceso de paz, junto a otros miembros del Secretariado de las FARC, la punta máxima de la pirámide estructural de la guerrilla, ordenaron y planearon la movilización de cuatrocientos guerrilleros, aproximadamente, desde el municipio de La Uribe (Meta) hacia el departamento de Norte de Santander. El objetivo era recuperar territorios, en términos militares y políticos, en el Magdalena Medio. Para lograrlo, pasarían por los departamentos del Meta, Caquetá, Guaviare, Guainía, Casanare, Boyacá, Santander y Norte de Santander. No recorrerían el camino más rápido, en línea recta, para evitar a los militares; rodearían el occidente del país para llegar, luego, al norte: más de mil cien kilómetros de camino, la distancia que recorre un jugador profesional de fútbol, en promedio, en cien partidos.

Los guerrilleros partieron días después de la orden. ¡Señor, sí, señor! Primero hacia al sur, siguieron la vertiente del río Duda, que serpentea metiéndose en la selva tropical: árboles gigantes que sirven de techo para impedir que los helicópteros del Ejército vean la fila de guerrilleros. Luego hacia el occidente, en la frontera entre Meta y Guaviare, rodeando las montañas y la serranía. Mes y medio de camino. El fusil en la mano y la maleta en la espalda. En Guaviare se encuentran con una de las cuadrillas de las FARC. Los guían por la zona y se unen a ellos una docena de combatientes. En agosto, un mes después, están casi en el extremo occidental del departamento. Los helicópteros sobrevuelan. Normal. Tiran papeles con mensajes para que dejen las armas. Normal. Suben hacia Guainía, al norte, y los recibe otra cuadrilla: se suman soldados. Siguen el camino del río Guaviare hacia el occidente, en la frontera entre Guanía y Vichada, hasta llegar a Barranco Minas, donde una de las cuadrillas los surte de armamento y más guerrilleros. Siguen hacia el norte, cerca de la frontera de Venezuela, y atraviesan el Vichada y sus ríos. Caminan una parte de Casanare y en octubre están en Arauca. Otra cuadrilla los recibe. Cinco meses desde que partieron. El fusil en la mano y la maleta en la espalda y los pies como piedras. Nadie habla, no pueden hacerlo. La selva y su ruido. Cruzan la parte norte del Parque Nacional Natural El Cocuy; llegan a Boyacá, se encuentran una cuadrilla y se aclimatan al frío por quince días. Fogatas y abrigo. Las plantas de los pies tienen unas capas gruesas y amarillas: la piel está fuerte como la cera. Algunas heridas están aún rojas. Normal. Inician camino y después de unos días están en Norte de Santander. Noviembre. Seis meses. Atraviesan de occidente a oriente el departamento. Seis meses y unos días y unas horas más. Un guerrillero se escapa y se entrega al Ejército. ¡Hijueputa! ¡Traidor! A finales del mes llegan a Santander. Otra cuadrilla. Los guían. Sí, hacia el norte. Otro día. Otro sobrevuelo. Las balas empiezan a silbar —se inicia la Operación Berlín, del Ejército Nacional de Colombia—. Cae un camarada, cae otro. Los militares rodean las líneas. ¡Pum! El comandante del grupo guerrillero grita que hijueputa, que nos tienen, que hay que enfrentarlos hasta morir. Y apuntan y corren y se esconden. Muchos guerrilleros disparan por primera vez en un combate: hace pocos meses los habían reclutado. Al final no pudieron hacer mucho.

De los cuatrocientos combatientes que hacían parte de la misión de las FARC, por lo menos ciento cincuenta eran menores de edad, escribió Human Rights Watch en 2003 en el informe «Aprenderás a no llorar». Casi la mitad del grupo tenía menos de dieciocho años. Según la Unidad para las Víctimas, más de cien guerrilleros murieron producto de la Operación Berlín; el Ejército dijo que habían sido cuarenta y seis —nada más— y que, de estos, veinte habían sido menores de edad. En cuanto a los capturados, la Unidad para las Víctimas dijo que fueron noventa en total, entre ellos setenta y dos menores de edad; el Ejército dijo que no, que habían sido treinta y dos menores. Mejor dicho, del total de guerrilleros muertos en la operación, casi la mitad tenía menos de dieciocho años y, por lo menos, una tercera parte de los capturados tenía ese mismo rango de edad.

La Operación Berlín marcó un antes y un después en las políticas de protección de los menores reclutados en la guerra y en la prevención del reclutamiento de esta población en el país. La cifra de muertos destapó el fenómeno en su carne y el número de capturados generó inquietudes sobre la capacidad del Estado para atender, de manera activa, a los llamados «niños soldados».

Antes de la operación, según la legislación de la época, los menores que pertenecían a algún grupo armado ilegal eran infractores y no eran sujetos de derecho y corresponsabilidades; o sea, eran delincuentes, estaban incluidos en la acción penal y eran enviados a Centros de Observación o Recepción, junto a los otros infractores: ladrones, matones, extorsionistas, maltratados, analfabetas, expendedores de drogas, inocentes, desposeídos, ambiciosos, malos, buenos, cuchilleros, pobres, amenazados… Niños.

La comunidad internacional y algunas personas emprendieron, desde la década de los ochenta, una campaña de protección de los menores de edad, en general, y de los «niños soldados», en particular. Se empezó a hablar, desde la política, de que los niños eran el futuro, de que los adultos debían cuidarlos porque ellos —también— tenían derechos: no podían ser tratados como «los grandes». La guerra es para los mayores, no para los pequeños, decían. De un momento para otro los niños se convirtieron en niños y, a partir de entonces, se concibió una idea protectora, en general, de ellos. En 1989 se firmó la Convención de los Derechos del niño; en 1999, la Organización Internacional del Trabajo (OIT) dijo que el reclutamiento obligatorio de niños para utilizarlos en conflictos armados era una de las peores formas de trabajo infantil; ese mismo año el Estatuto de Roma calificaba como crimen de guerra «reclutar o alistar a niños menores de quince años en las fuerzas armadas nacionales o utilizarlos para participar activamente en las hostilidades». El Estado de Colombia aceptó y ratificó todo. Los políticos empuñaron las banderas de la niñez: dizque no más trabajo infantil, los niños deben estar en las escuelas, deben estar jugando; la justicia se comprometía a perseguir a los papás «explotadores»: no más correas de cuero, no más insultos, no más abandono, no más gritos. Ajá. Ni un niño más para la guerra.

Dos años después de la Operación Berlín, en la ley 782 de 2002, se señaló que los menores reclutados eran víctimas de la violencia política y no delincuentes. El ICBF se encargó de diseñar y ejecutar un programa de protección para la asistencia de todos los casos de menores de edad involucrados en la guerra. Se restablecerían y garantizarían todos sus derechos: atención psicosocial, acceso a la salud, educación, un plan de vida y, dependiendo del caso, la reunificación con su familia. Algunos menores serían adoptados, otros vivirían en los hogares del Bienestar Familiar hasta los dieciocho años, otros huirían.

«Teóricamente, sí… Escritas encuentras un montón de cosas, pero la implementación se queda corta», dice José Luis Campo, un español que llegó hace unos años a Colombia y que ahora es coordinador general de BENPOSTA en el país, una organización no gubernamental que diseña y desarrolla proyectos para la protección de los niños, niñas y jóvenes en situación de riesgo. Habla sin recelo y sin bajar el tono de voz cada vez que hay un tema «sensible»: reclutamiento, grupos armados, medios de comunicación y política. Le indigna que utilicen a los niños como un botín de guerra:

«Si vas a lugares como Tibú, en Norte de Santander, jum… ¡Ni idea! Todas esas leyes no existen. ¿Al alcalde qué le interesa? ¡Nada!». Hace una pausa:

«Ese es el tipo de contradicciones que tiene el país».

La Defensoría del Pueblo, en 2014, en el informe de «Prevención del reclutamiento de niños, niñas y adolescentes», escribió que «El Estado colombiano, a pesar de contar con programas para atender a la niñez víctima del conflicto armado (…), desafortunadamente no ha logrado articular una política pública integral orientada a prevenir efectivamente el reclutamiento y a atender eficazmente a sus víctimas».

Y sí. Por ejemplo, las FARC, el ELN y los paramilitares, los grupos armados ilegales más grandes del país, a pesar de comprometerse varias veces, a lo largo de su historia militar, a no reclutar más menores de quince años o hasta de dieciocho años, lo siguieron haciendo. Las cifras seguían siendo altas y el Gobierno, a pesar de los esfuerzos, no lograba mermarlas. Por ejemplo, en el proceso de desmovilización de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), entre 2003 y 2006, de los mil menores, aproximadamente, que pertenecían al grupo, menos de cuatrocientos se desvincularon; se estima que seiscientos volvieron a sus casas —en el mejor de los casos— sin la intervención del Estado (a pesar de lo que estipula la ley y de los acuerdos entre los paramilitares y el Gobierno):

«Hay información fidedigna que indica que un número considerable de niños no fueron entregados por sus comandantes y, por tanto, no participaron en un proceso oficial de desmovilización», escribió en 2009 el secretario general sobre los Niños y el Conflicto Armado en Colombia del Consejo General de la ONU.

***

El 26 de agosto de 2012, en La Habana, Cuba, se firmó el Acuerdo General para terminar el conflicto entre el Gobierno de Colombia y las FARC-EP. Algunos celebraron, otros se indignaron, otros miraron con suspicacia el anuncio: en ningún punto nombraban a los menores reclutados, no dijeron si los iban a «soltar» o si, por lo menos, iban a tratar el tema de su desvinculación. Varios fruncieron el ceño: ¿Será que la guerrilla seguirá utilizando a los jóvenes en el conflicto? ¿Habrá una salida masiva de menores? La Defensoría del Pueblo y las organizaciones civiles exigieron respuestas. Ni el Gobierno ni las FARC se pronunciaron. Silencio. Un mes, dos meses, tres meses, cuatro meses… Al fin se escuchó una voz: «El tema de la niñez se tratará en el último punto de la agenda, el de víctimas», dijo Sergio Jaramillo Caro, Alto Comisionado para la Paz. Otro silencio. Más suspicacia.

El expresidente Álvaro Uribe Vélez aprovechó las incertidumbres del proceso y atacó cada uno de sus puntos «sensibles»:

Impunidad. Masacres. Secuestros. Terrorismo. Castro-Chavismo. Asesinato. Narcotraficantes. Y de nuevo: Impunidad. Masacres. Secuestros. Terrorismo. Castro-Chavismo. Asesinato. Narcotraficantes. Una y otra vez: Impunidad. Masacres. Secuestros. Terrorismo. Castro-Chavismo. Asesinato. Narcotraficantes y… Reclutamiento de niños.

¡Indignante!

Curioso. Repentinamente uno de los argumentos para deslegitimar el proceso de paz era el reclutamiento de menores de edad por parte de las FARC. Curioso. El fenómeno sucedía hace décadas y ni Álvaro Uribe Vélez ni sus seguidores habían elevado —antes— su voz de protesta.

José Luis Campo, el español, se vuelve a indignar recordando esas escenas. Tanto tiempo buscando soluciones al fenómeno del reclutamiento, rogando para que se tomen medidas efectivas, denunciando los abusos contra la niñez de cada uno de los grupos armados, legales e ilegales… Y nada:

«A los políticos nunca les ha interesado los niños involucrados en la guerra, pero de un momento a otro sí». Hace una pausa. Piensa:

«En medio del proceso de paz utilizaron a los niños como un botín de guerra; que si no entregan los niños paramos esto; que cómo era posible negociar con reclutadores de niños… ¿Y quién les preguntó a ellos qué querían?». Toma un sorbo de café. Continúa:

«En Colombia hay un sistema de protección negativo hacia los niños… Un sistema farisaico… Prima el escándalo. En el momento en el que pase el show todo va a acabar».

Ahora imagine un juego de mesa: un cartón de colores con cuadrados para avanzar y mapas y figuritas y armas. En un extremo unos y en un extremo otros: gritan, señalan, mueven cartas. El que gana define la suerte de los menores reclutados. ¡Sale y juega!

Las FARC insistían en que no hubo reclutamiento forzado, que ellos les brindaron protección a los niños y que, además, los menores no querían salir de las filas; las organizaciones civiles decían que cuál protección si ellos, al final, participaban en los combates y estaban expuestos a los ataques del Ejército o cualquier otra fuerza armada; los que estaban contra el proceso de paz decían que eran unos secuestradores de niños. Nadie «ganaba». Unos proponían que los menores volvieran a sus casas sin la intervención del Estado; otros exigían que el Estado se encargara de los menores desvinculados; otros decían que no había razón para negociar con esos individuos: ¡Secuestradores de niños! Nadie «ganaba». Para unos la reparación y la intervención del ICBF era esencial; para otros era esencial evitar posibles sanciones penales en un futuro (¿Por qué no los dejamos en sus casas directamente y ya?); para el resto había que meterlos a todos en la cárcel: ¡Secuestradores de niños!

El 15 de mayo de 2016, finalmente, después de varios meses de discusiones, se anunció el acuerdo de salida de todos los menores de quince años (veintiuno en total, dijo la guerrilla); también se anunció una hoja de ruta para la desvinculación de los demás menores. Se estableció que los que tenían menos de catorce años no podían ser declarados penalmente responsables y que los combatientes entre catorce y dieciocho años serían indultados por rebelión y delitos conexos (a menos que haya algún impedimento de las leyes colombianas); en cuanto a los menores procesados o condenados por cometer delitos no amnistiables o no indultables, se decidió estudiar su situación en una fase posterior, en la Jurisdicción Especial para la Paz.

El 10 de septiembre se desvinculó el primer grupo de menores de edad de la guerrilla: fueron trece excombatientes y no veintiuno, como se acordó en un inicio —en el operativo no incluyeron a todos los que tenían menos de quince años—.

***

Magda, como ya se sabe, fue una de las menores desvinculadas en septiembre; tenía diecisiete años. Un comandante, días antes, le dijo que iba a salir de las filas por los acuerdos de paz. Ella no quería, quería quedarse. Tantos años en la guerrilla, allí estaban sus compañeros; además, sin saber a dónde la iban a llevar, ¿qué iba a hacer como civil? Le respondió que no, no se podía quedar, que no se preocupara: la guerrilla iba a estar pendiente, la iba a cuidar, no la iba a dejar sola; es más, le darían 1.500.000 de pesos para sus gastos.

El 10 de septiembre varios guerrilleros dejaron a Magda y a otros siete menores en una vereda, cerca del campamento. No tenían sus fusiles ni sus municiones. Vieron a los funcionarios de la Cruz Roja. Se despidieron. Los entregaron. Los menores les pidieron ropa: no, no hay ropa. Subieron a unos carros y, después de unas horas, llegaron a una casa administrada por el ICBF: «A una casa grande», cuenta Magda extendiendo sus brazos. Allá la revisó un médico y un psicólogo; le preguntaron cómo estaba, cómo se sentía. Bien. A todos les mostraron la casa, los lugares donde iban a dormir; les explicaron cuáles eran los horarios de comida y las actividades que iban a desarrollar para volver a la vida civil. Les dijeron que podían ver a sus familias y, en un plazo corto, estar con ellas: Magda no veía a su mamá desde que entró a la guerrilla; es más, su mamá pensaba que estaba muerta: después de unos meses de que Magda se fuera, alguien le dijo que la habían matado en un bombardeo; su familia la veló en la casa.

La vida en la Casa Grande era aburrida, monótona. Todos los días llevaban a los menores excombatientes a un salón: «Nos ponían a hacer juegos de niños… con peloticas, nos tapaban los ojos… que a hacer dibujitos», cuenta Magda con un dejo de indignación:

«Está bien, nos cogieron de menores, ¡pero no de niños! Les decíamos que nos enseñaran cosas importantes y no esas bobadas. ¿Es que acaso somos pelados?», frunce sus cejas gruesas. Tiene unas chanclas rosadas —brillantísimas— con flores en las correas; las uñas de sus manos están pintadas del mismo color: se las muerde de vez en cuando y luego las mira detenidamente, dos segundos. Cada movimiento de su cuerpo emana autoridad; no titubea.

Les exigían a los profesores y funcionarios del ICBF que no los trataran como «pelados», que les dieran ropa, una buena educación —«seria», sin juguetes en el medio—. Se unieron como grupo y cada vez que los ponían a dibujar o a jugar, dejaban el salón, juntos, y se iban a otro lugar.

«Ay, aburridísimo. No nos daban nada», suspira.

También se quejaron de la comida. Cuando les servían probaban la carne y gritaban: «¡Está cruda!». La dejaban a un lado y no la volvían a tocar. No. No. No. Una y otra vez. Decían que si no sabían cocinar que los dejaran hacerlo, para eso vivieron tanto tiempo en el monte.

María Cristina Torrado, la profesora de la Universidad Nacional, lejos de la Casa Grande, sonríe; conoce muy bien esas historias:

«La palabra niño conduce a un engaño: de inmediato nos lleva a lo infantil y ese no es el caso de todos los menores de edad. Dejar de ser niño depende de una experiencia de vida… Los menores de edad que están saliendo de las FARC —la mayoría— son adolescentes y no niños». Silencio:

«Es más, dicen que los chicos que están saliendo no quieren reconocerse como víctimas».

Según cuentan varios funcionarios de las organizaciones no gubernamentales, los menores de edad que actualmente están en las filas o en un hogar transitorio son los abanderados del proyecto político del futuro de la organización —eso piensan los comandantes—. Su convicción y entrega por la causa es alta. Las FARC son su familia y sus camaradas, sus hermanos. Nada de que «cambiaron los colores por los fusiles» o que «perdieron su vida en la guerrilla»; para estos «niños» su vida es la guerrilla: palabras más, palabras menos. Así como existen las Juventudes Conservadoras o Liberales, que quieren ser como los «grandes» y tener en un futuro un puesto de mando y aplicar la «esencia» de la colectividad, ellos, los «pelados» de la guerrilla, son las Juventudes Farianas (o como quiera llamarlo): por eso no querían salir de los campamentos, por eso no querían someterse al protocolo de reincorporación del Estado, por eso no se consideran víctimas.

«Sí. Son combatientes, combatientes rebeldes, contestatarios y no son cualquier persona ni drogadicto», explica Julio, abogado de la Corporación Nelson Mandela, una plataforma jurídica para la defensa de los prisioneros políticos de las FARC. «Ellos no querían salir, ¿para qué?».

***

Tatiana seguía triste después de unos meses en el monte. Seguía extrañando a su mamá. No se acostumbraba a la vida de guerrillera. Quería irse. Cumplía sus funciones, pero de mala gana. Los guerrilleros de su misma edad la ayudaban, todavía; sobre todo uno, Maur, quien le enseñó a marcar su ropa y a hacer su caleta, su cama. De repente empezó a marearse, a sentir debilidad y más depresión. Maur le daba ánimos y, de paso, le decía cuánto la quería, que no se fuera, que fueran novios. Después se enteraron de que Tatiana estaba embarazada, que Maur era el papá y que las inyecciones no sirvieron: su barriga crecía y se formaba una luna pequeña debajo del camuflado. A los de «arriba», a los comandantes, no les gustó: eso se ve muy feo como revolucionaria, le dijeron a Tatiana.

En marzo de 2016 llegó un comandante, uno de los duros. Revisó el campamento, saludó y habló con los guerrilleros. Les contó cómo iba el diálogo de paz con el Gobierno; respondió dudas, les dio tranquilidad a sus «muchachos». Cuando vio a Tatiana le preguntó cuántos años tenía. «El comandante habló con el Propio y me dijeron que tenía que irme a la casa», dice Tatiana serena, tranquila.

Tuvo al bebé en el monte y unos meses después se fue a la casa de su abuela con él entre los brazos. Le dieron dos millones de pesos para los gastos.

***

Los niños y adolescentes, contrariamente a lo que se piensa en general sobre las consecuencias psicológicas de eventos «traumáticos», tienen una gran capacidad —mayor que la de los adultos— para superar. Eso piensa María Cristina Torrado, la profesora de la Universidad Nacional. Es posible que los menores de edad desvinculados, en términos clínicos, tengan estrés postraumático, ansiedad, terrores nocturnos o incontinencia urinaria, sin embargo, son pocos los casos. Si se comparan, en general, las consecuencias del reclutamiento en los menores vinculados con, digamos, las consecuencias de la violencia intrafamiliar en muchos niños de Bogotá o en cualquier ciudad capital, los primeros tienen menos probabilidad de sufrir traumas o, mejor, pueden superar sus traumas más fácil:

«En términos psicológicos, tiene mucho más impacto una niña que salió del Cartucho [uno de los expendios de droga más grandes del país], que una niña que salió de las filas de las FARC», dice José Luis Campo, el español. «Hay mucha fantasía sobre el asunto, sobre todo desde los periodistas: tratan a todos los menores combatientes como si estuvieran enfermos».

A pesar de «no estar enfermos», los expertos coinciden, casi al unísono, en que los menores desvinculados deben seguir unas rutas estatales y sociales para volver a la «vida civil». Es imprescindible, dicen, que los menores transiten un punto medio entre la guerra y el «mundo normal»: no es suficiente con darles algo de dinero y despedirlos. No importa la edad, si es niño o adolescente, si pertenece a un grupo u otro, si cree que es víctima o no, el Estado debe intervenir y restablecer sus derechos: impedir que los grupos armados ilegales los dejen a la deriva, ofrecerles herramientas para que se adapten a un nuevo contexto, brindarles oportunidades para crear otro proyecto de vida, asistir cualquier necesidad básica, garantizarles que la sociedad no los va a estigmatizar, protegerlos contra las represalias de otros grupos armados y, uno de los temas más importantes, evitar que vuelvan a la guerra: hay una gran probabilidad de que los menores excombatientes, gracias a las habilidades que aprendieron y ante la falta de oportunidades laborales y educativas (de nuevo, sus contextos sociales), busquen incorporarse a otro grupo armado; digamos, las Bandas Postdesmovilización.

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Un día llevaron a Magda y a los otros doce menores desvinculados al Parque Museo de Infantería de Marina, en Coveñas, Sucre. El guía les mostró la colección de uniformes de cada época, el armamento, los vehículos y botes fluviales. Visitaron la sala donde se muestra el proceso de reclutamiento de los infantes de marina: desde la llegada a la base de entrenamiento militar hasta el día de juramento de la bandera. Curioso: algo parecido hicieron ellos cuando ingresaron a la guerrilla. También les explicaron qué tipo de embarcaciones había: este es el buque Gorgona, este el Malpelo, este el Providencia, cada uno está dotado de tal y tal tecnología para tal y tal objetivo. Los muñequitos de las maquetas del museo se veían brillantes montados en sus lanchas con los fusiles en mano, a la espera, ¡pum!, ¡pum! Los maniquíes con su uniforme bien puesto, a la medida, posando, quietos: sus trapitos impecables y sus accesorios —¡Guau!—: los signos, las condecoraciones, los escudos, las banderas. En la parte exterior del museo, en el jardín, hay dos monumentos: el primero, un soldado grande y acuerpado, con su uniforme verde oliva, cargando a un niño disfrazado de marinero; el segundo, una figura de un viejo con bastón y gafas, canoso, vistiendo un traje negro con corbata de puntos, medio mal humorado, atrás de él hay una sombra que se extiende y forma la silueta de un soldado armado, al lado se lee: «Quien haya sido soldado… siempre será un soldado».

Magda se fue de la Casa Grande después de dos meses de vivir allá. Su mamá la visitó una vez y de inmediato buscó la forma de que volviera a casa. Los funcionarios dijeron que Magda no podía regresar a la vereda donde nació; era peligroso, muchos sabían que era guerrillera y… usted sabe, los paramilitares, el estigma, el rechazo… El tío de Magda propuso que ella viviera con su familia, lejos de la vereda y en una ciudad grande: nadie la reconocería y ellos se encargarían de cuidarla. Los funcionarios del ICBF visitaron la casa, recorrieron el barrio y conversaron con la familia del tío. Nada mal. Vivían en un barrio construido en las faldas de la montaña: las calles angostas y empinadas que se elevaban hasta perderse —arriba, arriba—; al lado, en fila, pero nunca uniformes, las casas de tres o cuatro pisos: una más ancha, una de un color más amarillo, una con un balconcito, una con un negocio en el primer piso (un asadero de pollos, una papelería, una tienda), otra con ropa secándose en el techo; y el ruido de las motos que aceleran para subir la loma, los carros viejos parqueados en la calle, la música ranchera, las mujeres con sus faldones largos llevando de la mano a sus nietos. Está bien, podía quedarse ahí.

A los pocos días se mudó. Estaba feliz porque dejaba la Casa Grande, pero también triste porque dejaba a sus compañeros; el adiós significaba, ahora sí, volver a la «vida civil». ¡A la vida civil! Como si eso partiera su existencia en dos, como si quisiera, en serio, dejar atrás lo que hizo, los amigos que conoció, al comandante que vio morir, las canciones revolucionarias, las fiestas, un ideal, las caminatas largas. ¿Una vida incivil? ¡Y por qué no! Le gustaba lo que hacía; le gustaba la gente que la rodeaba: sus camaradas, sus rutinas…

Su tío le explicó dónde viviría; le dio un espacio para ella sola en el último piso de un edificio de ladrillo; un lugar pequeño con una cocina, dos habitaciones, un baño y una sala: todo diminuto. Las paredes están como las trajo el obrero al mundo, sin ningún acabado, tan solo el cemento con su relieve fuerte y los bloques de ladrillo, uno encima de otro, desnudos; en el cuarto de Magda el techo está cubierto por puertas de armario con rejillas en el centro, están en posición horizontal, una al lado de la otra, y en el centro —en el puro centro— un bombillo redondo con luz amarilla; la cocina está abierta, sin divisiones ni puertas: en ella, en la única ventana, con un marco roto y una bolsa que remienda el hueco, se ve bajar de un canal —al frente— agua café con espuma en el lomo; asquerosa. Las cosas parecen estar ahí provisionalmente.

«El lugar está bien», dice Magda con algo de resignación, pero con respeto.

Tiene un par de amigos en el barrio y hasta está en un grupo de solteras en WhatsApp. Se burla de ella misma. Nadie sabe de su pasado en la guerrilla, solo su tío. Cuando sus amigos del barrio le preguntan por qué no está estudiando o por qué está en el Bienestar Familiar, ella les inventa cualquier cosa… La verdad es que extraña mucho a los compañeros de la guerrilla… no es lo mismo: «Aquí no se encuentra conversa». Los temas no le interesan, le aburren, se aburre.

Por un tiempo fue a varias consultas de psicología, se las programaron: la especialista le preguntaba cosas sobre su pasado, sobre su presente, que si la guerrilla, que si las bombas, que si los muertos y ¡agh! No le gustaba, le incomodaba: ¡Tantas preguntas!

«Yo no tengo que venir a contarle la vida a nadie…», dice indignada. Recuerda que le ponían juegos de niños y las casitas y la arena y los dibujos, otra vez: «Yo estoy bien».

Magda, de repente, saca de su habitación un cuaderno rosado. «Uy, no me acordaba de esto». Pasa las hojas. En la primera página está su nombre y abajo «Colegio La Montañita», su institución, literal. Las letras son redondas, cada trazo termina en una comba perfecta. Es su cuaderno de canciones revolucionarias; hay unas veinte: «Hasta Siempre, Comandante», «Linda Guerrera» y, entre otras, «Canción a Román», su favorita. Adentro también hay dibujos de corazones, osos, poemas y cartas de amor:

«Hola. Tal vez te parezca algo extraño que yo te mande esta nota pero me puse a pensar y no encontre otro metodo para aserte saber lo mucho que me gustastes desde la primera vez que te vi. Me gustan muchos tus hojos tu pelo tu cuerpo y esos lindos labios que tu tienes…». Magda sonríe.

Un admirador de la guerrilla. Lee un par de frases, pasa la página y termina:

«Se despide este pobre agonisante. Agonizante de amor por ti. Chao, preciosa».

Cierra el cuaderno.

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