Jot Down Cultural Magazine – Todo queda en familia

Todo queda en familia

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Mark Hamill, Carrie Fisher y Harrison Ford durante el rodaje de Star Wars: Episodio V – El Imperio contraataca, 1980. Imagen: 20th Century Fox.

Va siendo hora de reconocer que el incesto no es necesariamente una perversión o una forma de enfermedad mental, y que a veces puede resultar benéfico.

(Wardell Pomeroy, coautor del informe Kinsey).

A mediados del siglo XVII el dramaturgo John Ford escribió una obra de teatro de nombre sonoro: ‘Tis Pity She’s a Whore, es decir, Lástima que sea una puta. Sus dos protagonistas, Giovanni y Anabella, son hermanos de sangre que desarrollan una enorme atracción mutua y, animados por su tutora Putana (!), deciden consumarla en secreto. Desgraciadamente, lo que sigue es una serie de catastróficas desdichas que acaban con Putana cegada y quemada en la hoguera, Anabella con el corazón literalmente ensartado en una daga y Giovanni apuñalado por un asesino a sueldo. Y sin embargo, muchos críticos consideraron que la obra era demasiado permisiva con el incesto.

Los tabúes en contra del incesto tienen una base biológica clara: la descendencia endogámica tiene una variabilidad genética reducida, y por tanto una mayor probabilidad de desarrollar problemas físicos hereditarios, desde hemofilia (como pueden acreditar las casas reales europeas) hasta cretinismo o deformaciones físicas (como acreditan Deliverance y La matanza de Texas). Tradicionalmente, sobre los hijos nacidos de un incesto pesan abundantes prejuicios y prevenciones, y no es infrecuente que se les considere malvados, frutos de «la mala sangre». En la leyenda artúrica Mordred, el antagonista de Arturo, es el hijo bastardo del rey y su media hermana Morgause. En Juego de tronos la psicopatía de Joffrey Lannister se explica por su origen incestuoso, y si la mitad de los Targaryen están como una regadera es por demasiadas generaciones de bodas entre hermanos de sangre. Pero si eliminamos la endogamia de la ecuación, algo no tan difícil desde la popularización de los métodos anticonceptivos, la pregunta es inevitable: ¿por qué debería molestarnos el incesto siempre que no exista un abuso y se realice entre mayores de edad?

Me ha parecido interesante dar un breve repaso por alguno de los incestos más sonados de la historia, la literatura o el cine. Los he agrupado por cercanía familiar en secciones encabezadas por el delicioso circunloquio con el que se condena en varios versículos del Levítico el sexo con la parentela…

No descubrirás la desnudez de tu hermana

El incesto fraternal es un poderosísimo elemento literario que aparece prominentemente en novelas tan dispares como Ada o el Ardor de Nabokov o La caída de la Casa de Usher de Poe. A veces se enfoca con lirismo y delicadeza, como en Cooper o las soledades elementales, de Patrick Lapeyre, en la que el amor platónico del protagonista por su hermana coloca en pausa su vida sentimental durante décadas… Y a veces se trata con la delicadeza de un martillo neumático, como en Justine, Los 120 días de Sodoma o La filosofía del tocador del Marqués de Sade.

Es inevitable pensar que en el incesto fraternal, especialmente entre gemelos o mellizos, hay un punto de narcisismo: ¿qué mejor persona para amar que quien más se parece a uno mismo? Una famosa viñeta de Milo Manara muestra a la bella Lucrecia Borgia besando apasionadamente a su propia imagen en un espejo, como Narciso hipnotizado por la belleza de su cara reflejada en el agua de una fuente.

En la ópera de Wagner La valquiria vemos desarrollada una idea similar. Sigmundo y Siglinda son hermanos mellizos, hijos de Wotan, el Odín germánico. Fueron separados al nacer, y cuando se ven por primera vez, años más tarde, caen rendidamente enamorados. Siglinda canta que fue amor a primera vista, sí, pero claramente narcisista: «Vi mi cara reflejada en un río, y ahora se me devuelve de nuevo / Como si hubiera salido del agua, / tú me ofreces mi propia imagen!».

Desde ese flechazo inicial hasta llegar a ponerse físico no hay en realidad un gran paso. En el mundillo de la pornografía hay todo un subgénero incestuoso, aunque sea ilegal en muchos países… Incluso fantasear con el incesto queda fuera de límites en muchas ocasiones: en la red social Fetlife, el Facebook fetichista, están prohibidas las referencias al incesto a riesgo de perder la posibilidad de usar tarjetas de crédito en la web (¿PayPal como guardián de la moral?). George R. R. Martin se choteaba de Game of Bones, la parodia porno de Juego de tronos, porque había eliminado la potencialmente jugosa subtrama de incesto entre Cersei y Jaime para no herir sensibilidades y huir de problemas legales. «¡Mis libros son más guarros que su propia parodia porno!», se regocija Martin… La literatura fantástica adelantando a la erótica.

Una fantasía recurrente en el imaginario popular y presente por tanto en la pornografía es la del sexo entre gemelos (twincest). Si dos actrices se parecen mucho, es más que probable que acaben rodando alguna escena lésbica juntas. Y a veces, dos gemelos o gemelas de verdad ruedan escenas porno, como Brooke y Taylor Young en los setenta o Elijah y Milo Peters recientemente. Este último caso resulta especialmente interesante… Los gemelos Peters son dos chicarrones jóvenes de veintipocos años oriundos de la República Checa, la segunda meca del porno gay después de California. Son populares no solo por la previsible polémica incestuosa que rodearía a cualquier par de gemelos que follen entre sí ante una cámara, sino por la ternura y delicadeza que se muestran. En una entrevista dijo Elijah: «mi hermano es mi novio y yo su novio; es la sangre de mi sangre y mi único amor».

No todas las parejas de hermanos incestuosos llevan bien su relación. Una de las historias más hermosas y tristes del Silmarillion de Tolkien es la de Turin Turambar y Níenor Níniel, hermanos cuyo parentesco les es ocultado hasta que es demasiado tarde. Un hechizo de olvido lanzado por el dragón Glaurung fue retirado en el momento más inoportuno, e incapaz de enfrentarse a la idea de que su amado y amante era también su hermano de sangre, la bella Níenor se suicidó arrojándose a un caudaloso río. En esta línea, es inevitable preguntarse qué hubiera pasado si Han Solo hubiera resultado no ser tan sexy como para enamorar a Leia. ¿Se hubiera arrojado la princesa a un río de Endor si hubiera descubierto demasiado tarde que Luke Skywalker era su hermano?

Y ya que ponemos un pie en la ciencia ficción, podemos aprovechar para hacernos una pregunta con sorprendentes ramificaciones: ¿se consideraría incesto follarse a un clon de uno mismo (con el género cambiado o no) creado mediante ingeniería genética? Sé que aún estamos en la época rudimentaria de la oveja Dolly, pero no tardará tanto en ser posible algo similar y ya lo han anticipado muchos escritores de sci-fi. A mitad de una conferencia sobre clonación en la Universidad de California, el gran Isaac Asimov improvisó una canción que es apropiado reproducir aquí:

Clone, clone of my own,
With its Y chromosome changed to X.

And when I’m alone
With my own little clone
We will both think of nothing but sex.

Es decir: «Clon, clon, mi propio clon / con su cromosoma Y cambiado a X. / Cuando esté solo / con mi propio pequeño clon / solamente pensaremos en follar». A Robert A. Heinlein parecía gustarle especialmente el tema del sexo clónico: en Time enough for love el protagonista embaraza a dos clones femeninos de sí mismo. Una variación de esta desconcertante imagen (o fantasía) implica viajes temporales en los que en vez de matar al propio abuelo, como es tradición, decide uno acostarse con uno mismo en puntos diferentes de la corriente temporal. En Todos vosotros zombis, del mismo Heinlein, un par de cambios de sexo y viajes en el tiempo permiten todas las variaciones posibles del incesto definitivo…

Pero en fin, ¿hay algún obstáculo moral o práctico al incesto entre hermanos que tengan el cuidado necesario como para no concebir? No resulta sencillo de encontrar. Ramón Chao recoge en un hilarante artículo de 1982 en El País la objeción más espectacular al incesto fraternal… Se la espetó a Margaret Mead un anciano de la tribu arapech de Nueva Guinea: «¿Que me case con mi hermana? ¿Está usted loca? No tendría cuñado. ¿No comprende que si me caso con la hermana de otro hombre, y si otro hombre se casa con la mía, tendré, al menos, dos cuñados? Y si no, ¿con quién labraría el campo, con quién iría de caza, con quién hablaría?». El cuñadismo como forma de vida, algo que creía yo tan típicamente español como la fabada, luciendo en todo su esplendor.

No descubrirás la desnudez de tus padres

Según la teoría freudiana, durante el desarrollo infantil aparecen una serie de emociones bautizadas como «el complejo de Edipo»: el deseo inconsciente de mantener relaciones sexuales con la madre y matar al padre (o viceversa en el equivalente femenino propuesto por Jung, el complejo de Electra). Este complejo edípico tiene una riqueza simbólica enorme y acepta una lectura muy animalesca: «matar al padre» es superarlo, convertirse en el macho alfa de la manada y obtener su hembra como recompensa. Pírrica recompensa en el caso del pobre Edipo de la mitología griega, a quien no le sentó demasiado bien enterarse de que sin pretenderlo había asesinado a su padre Layo y contraído matrimonio con su madre Yocasta. Su primera reacción al enterarse, tal vez desmesurada, fue arrancarse los ojos con un broche propiedad de su madre y salir huyendo.

La Biblia ofrece un inesperado ejemplo de este tipo de incesto de atracción paterna: la historia de las hijas de Lot. En realidad Lot no parecía tener a sus hijas en gran estima. Poco antes de la destrucción de Sodoma, el hospitalario Lot acogió en su casa a dos atractivos viajeros recién llegados al pueblo. Al correr el rumor, una multitud se juntó frente a su puerta exigiéndole que entregase a sus huéspedes para darles una cálida y sodomítica bienvenida… La respuesta de Lot, recogida en Génesis 19:7-8, no tiene precio: «Os ruego, amigos, que no cometáis esta maldad. Yo tengo dos hijas que no han conocido aún varón; os las entregaré para que hagáis con ellas lo que os parezca, pero a estos dos hombres no hagáis nada». Entregar a tus dos hijas vírgenes a una turba de violadores sodomitas para proteger a dos desconocidos puntuará muy alto en la escala de hospitalidad, pero no le permitiría a Lot ganar el premio al padre del año. La cosa quedó en tentativa, ya que los visitantes resultaron ser ángeles del Señor enviados para destruir la ciudad, pero es improbable que las hijas olvidasen la poca sensibilidad paterna.

Quién sabe qué se les pasó por la cabeza poco después, huérfanas de madre (convertida en una estatua de sal) y viviendo en una cueva tras haber ardido su casa, pero el caso es que esto fue lo que ocurrió (Gen 19:31-33): «La mayor dijo a la menor: nuestro padre es viejo, y no queda varón que entre en nosotras conforme a la costumbre. Ven, demos a beber vino a nuestro padre, y durmamos con él, y conservaremos de nuestro padre descendencia. Y dieron a beber vino a su padre aquella noche, y entró la mayor, y durmió con su padre; mas él no sintió cuándo se acostó ella, ni cuándo se levantó». La noche siguiente repite el show la hermana menor, también sin que Lot se entere de nada por culpa del alcohol. Eso sí, donde Lot pone el ojo pone la bala: ambas se quedan embarazadas. Esta borrachera incestuosa es una escena tan involutariamente cómica que no es de extrañar que haya sido representada a menudo en el arte, en cuadros de Rubens, Courbet o Jan Matsys.

No descubrirás la desnudez de tus hijos

El caso inverso, progenitores atraídos sexualmente por su descendencia, es ya marcadamente incómodo y sale a menudo del terreno de lo políticamente incorrecto para entrar en el criminal, especialmente si hay menores de edad de por medio.

En El beso, novela autobiográfica de Kathryn Harrison, no hay sospecha de pederastia y sin embargo resulta una lectura difícil e incómoda. Kathryn se reencuentra a los veinte años con su padre ausente, con el que no ha tenido demasiado contacto, y empieza una relación sexual y sentimental con él. En realidad, esta relación sería ya agobiante y enfermiza de por sí aunque no hubiera parentesco alguno de por medio, ya que el padre de Kathryn resulta sencillamente insoportable: absorbente, egocéntrico, celoso y acaparador. En cierto momento, por consejo de un psicólogo, ambos dibujan dos círculos cuya intersección representa su vida en común ideal. Los círculos de Kathryn se solapan en aproximadamente un tercio; los dibujados por el padre están prácticamente superpuestos. El padre no ama a su hija, la canibaliza. Quizá ve en ella una versión más joven y manejable de su exesposa…

Este tipo de incesto deja a menudo heridas psicológicas, especialmente si el receptor es menor de edad y se produce por tanto un abuso de confianza. En El corazón es mentiroso, de JT LeRoy (seudónimo y alter ego de la escritora Laura Albert) tenemos una madre que lanza sobre su hijo todo tipo de maltrato imaginable, entre ellos el sexual. La película Old boy es otro buen ejemplo de complejo de Edipo inverso, pero es difícil explicar por qué sin destripar detalles de la trama.

En cualquier caso, la vida real nos ofrece un ejemplo de incesto entre hermanos, padres e hijos en un totum revolutum: el caso de Eric Gill, uno de los mejores y más extraños escultores, diseñadores y tipógrafos del siglo xx. Es el padre de varios tipos de letra muy usados, en particular la sobria Gill Sans, en portada de los clásicos Penguin o en los horarios de los ferrocarriles de Londres. Como escultor era magnífico, y muchos de sus bajorrelieves decoran lugares prominentes de varios edificios británicos.

Pero Gill tenía dos peculiaridades: una vida sexual de una frecuencia e intensidad inusitadas, y el convencimiento más o menos explícito de que la familia que fornica unida permanece unida. Gill murió en 1940, pero hasta 1989 su vida sexual permaneció en las sombras; fue su biógrafa Fiona MacCarthy quien sacó a la luz los secretos familiares de Gill dejando ojiplático a todo el mundo. Por ejemplo: como modelos para la talla Éxtasis, su propia versión de los dioses hindúes copulando, reclutó a su hermana Gladys y su esposo. Debió gustarle lo que vio, ya que poco después empezó una relación incestuosa con Gladys que duraría gran parte de su vida. Más tarde le tocó el turno a su otra hermana, Ángela, y cruzó una línea roja cuando incluyó en sus avances sexuales a sus hijas de quince y dieciséis años, Petra y Betty. En sus diarios personales Gill fue dejando un minucioso recuento de sus abundantes experimentos sexuales, de los que no se libra ni la mascota de la familia («hoy he descubierto que un perro puede unirse con un hombre»). Gill no tenía la sensación de estar haciendo nada malo: hay algo extrañamente científico y desapasionado en sus textos. Esto no lo digo para justificarlo (lejos de mi voluntad meterme en tal jardín), aunque la naturalidad extrema que adoptó tal vez explique por qué sus hijas guardan aún hoy un buen recuerdo de su padre, para sorpresa de su biógrafa MacCarthy. Según ella, «el impulso de probarlo absolutamente todo, de empujar hasta el límite las experiencias, era parte de su naturaleza y parte de su importancia como artista y comentarista social y religioso». Otras visiones no tan benévolas sobre su legado llaman a boicotear su obra, especialmente la religiosa (¡Gill era un católico devoto!) por pederasta, abusador y pervertido. Por su parte, la comunidad de tipógrafos reaccionó con cierto sutil sarcasmo: por ejemplo Barry Deck diseñó una variante de la letra Gill Sans que bautizó como Canicopulous.

No descubrirás la desnudez de tu prima

Si no fuera una traición de confianza como la copa de un pino, podría contar aquí cuatro o cinco historias de amigos y amigas que «despertaron a la sexualidad», por usar un eufemismo, con los primos durante las vacaciones veraniegas, en lo que podría ser un cruce de Verano azul con Garganta profunda. Tardes tórridas en la playa, aburrimiento, arrímate aquí que te enseño esto que tengo…

Así como el incesto con familiares de primer grado es más o menos tabú en la mayor parte del mundo, el juicio moral y legal sobre el sexo con primos o primas varía enormemente según el país y la época. No parece haber un problema religioso: más de un patriarca hebreo se casó con una prima (por ejemplo Isaac y Rebeca), la ley islámica tampoco pone ninguna objeción y la Iglesia católica lo permite previa dispensa eclesiástica. Ya hemos hablado antes de los riesgos genéticos del incesto con familiares cercanos (hemofilia, albinismo, etc), pero el riesgo no parece extenderse en demasía a la descendencia de los primos. Un estudio de la australiana Universidad de Murdoch ha mostrado que la probabilidad de defectos genéticos serios en hijos de primos en primer grado es más o menos un 4 %, la misma a la que se enfrentan las mujeres que dan a luz después de los treinta y cinco años. Esta información hubiera tranquilizado sin duda a los varios personajes de Jane Austen que se acuestan o casan con sus primos en varias novelas.

Ampliando un poco más el árbol genealógico, las posibilidades de conocer bíblicamente a algún pariente sin ser consciente de ello aumentan. Eso me hace pensar en una reflexión que hace tiempo que me da vueltas por la cabeza… Durante mis años universitarios fui donante de esperma: no solo colaboraba así con parejas infértiles, sino que tampoco me venían mal los treinta euros con que se compensaba cada donación. Cuando se me dijo que el límite legal de hijos que podían concebirse a partir de mi esperma era de seis, en un primer momento no entendí el motivo… pero tiene que ver con el incesto involuntario: evitar o al menos limitar la posibilidad de que un hijo mío y una hija mía, desconociendo que comparten padre biológico, acaben follando y engendrando descendencia endogámica… Solo espero que si algún día ocurre algo así, mis descendientes incestuosos por sorpresa se lo tomen menos a la tremenda que Níenor, Sigmundo o el pobre Edipo Rey.

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