Jot Down Cultural Magazine – El Tour de los caracoles: historias de ciclistas que se empeñaron en terminar últimos

El Tour de los caracoles: historias de ciclistas que se empeñaron en terminar últimos

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Wim Vansevenant, 2005. Fotografía: Vincent Kessler / Cordon.

El 26 de julio de 2008, la víspera de llegar a París, había tres ciclistas muy nerviosos. Dos de ellos se jugaban la victoria en el Tour de Francia y tenían que exprimir sus fuerzas en una contrarreloj de cincuenta y tres kilómetros. El tercer ciclista nervioso, al que nadie prestaba atención, se enfrentaba a un reto endiablado: debía pedalear lo más despacio posible, perder todo el tiempo que pudiera, pero sin acabar fuera de control y quedar eliminado.

Los dos ciclistas que necesitaban pedalear muy rápido eran el abulense Carlos Sastre (maillot amarillo) y el australiano Cadel Evans (segundo clasificado, con 1 min 29 s de retraso). Evans solo le quitó treinta y un segundos y Sastre ganó el Tour.

El ciclista que necesitaba pedalear muy despacio, pero no demasiado despacio, era el belga Wim Vansevenant. Aspiraba a terminar el Tour en última posición por tercer año consecutivo: sería una marca histórica. Lo tenía complicado.

Un obrero a pedales

Vansevenant cultivó con esmero el arte de la derrota. Nunca vistió un maillot amarillo, solo ganó una carrera menor en sus diez temporadas como profesional, pero en los Tours de 2006 y 2007 apareció en los periódicos sosteniendo la lanterne rouge, el símbolo del último clasificado: el farolillo rojo que antaño se colgaba al final de los trenes, para que los jefes de estación confirmaran que por el trayecto no se había desenganchado ningún vagón. Vansevenant terminó último en 2007 (a 3 h 52 min; es decir, como si hubiera pedaleado una etapa más que el ganador) y en 2006 (a 4 h 01 min); además fue penúltimo en 2005 y octavo por la cola en 2004. En esos cuatro Tours mantuvo una regularidad notable y entró en la selecta lista de corredores con dos farolillos rojos: Daniel Masson, Gerhard Schoenbacher, Mathieu Hermans y Jimmy Casper. Los hermanos Flores, navarros, también se llevaron dos farolillos a casa, pero uno cada uno: Igor Flores en 2002, Iker Flores en 2005.

En el Tour de 2008, el que debía servirle para pasar a la historia con un tercer farolillo, Vansevenant ofreció una exhibición de su lentitud calculada. Ya en la primera etapa se clasificó en el puesto ciento setenta y seis entre ciento setenta y nueve, encabezando un cuarteto de rezagados que perdió cinco minutos. Para la tercera etapa ya cayó a la última posición de la tabla. Y pareció que nadie iba a moverlo: todos los días se clasificó del puesto ciento veintinueve para atrás —salvo un excepcional ciento tres— y mantuvo el farolillo rojo sin problemas durante los siguientes dieciséis días. Cuando solo faltaban dos etapas para llegar a París, se despistó, llegó a meta muchos minutos antes que un grupo de descolgados y avanzó una posición en la tabla. Durmió angustiado: solo le quedaba la contrarreloj para perder el tiempo suficiente.

Las cualidades de Vansevenant no le permitían escalar puertos con los mejores ni esprintar con los más veloces ni rodar tan fuerte como los contrarrelojistas, ni siquiera participar en esas escapadas maratonianas en las que los secundarios se despellejan para conseguir un bingo que les cambie la vida. Vansevenant se dedicaba a otra cosa: ayudar al jefe. Y en eso era un fuera de serie. Año tras año, su líder Cadel Evans lo quería en el grupo selecto que le ayudaba en sus intentos de ganar el Tour. ¿Cómo le ayudaba? Eso era lo menos evidente.

Todos los líderes necesitan a varios Vansevenant que se desgasten por ellos en los lances menores de la carrera. En las etapas llanas, cuando el jefe marcha en una posición retrasada del pelotón y decide, por si acaso, subir a la parte delantera, puede hacer dos cosas: salirse a un costado del grupo y avanzar contra el viento, gastando fuerzas, o llamar a Vansevenant para que el viento se lo coma él. Vansevenant sale por un costado del pelotón, con el líder protegido a su rueda, y avanza hasta alcanzar las posiciones de cabeza. Así el líder se ahorra un gramo de esfuerzo que luego lucirá en los momentos decisivos de la carrera. En los finales veloces y angustiosos Vansevenant también debe jugarse el tipo en curvas y rotondas, debe meter el manillar en una jungla de manillares, ruedas y muslos, en una locura de bandazos, frenazos, gritos y pulsaciones a mil, para que el jefe pase los obstáculos sin apuros y en cabeza, no sea que una caída le deje cortado y pierda un tiempo precioso. Cuando el jefe y los compañeros tienen sed, Vansevenant deja de pedalear, se descuelga del pelotón hasta que le alcance el coche del equipo, carga ocho bidones de agua fresca en los bolsillos del maillot y en el cogote, pedalea de nuevo para adelantar a todo el pelotón y reparte la bebida entre los compañeros. Al día siguiente le tocará ponerse en cabeza y tirar a por una escapada peligrosa o marcar un ritmo fuerte para evitar las tentaciones de quienes planean fugarse. La misión de Vansevenant acabará al pie del puerto, reventado, y ya solo le quedará sufrir descolgado hasta la meta. Y todavía peor si el líder pincha en algún momento crucial de la carrera. Si Vansevenant anda por allí, frena, le da su rueda, lo monta en la bici y corre a pie para empujarle en la arrancada. Luego espera a que llegue la asistencia con una rueda para él y pedalea a muerte para no llegar fuera de control y salir al día siguiente a currar de nuevo.

Una etapa del Tour es un enorme y complicado andamio que todos los días montan docenas de obreros a pedales como Vansevenant, compitiendo o colaborando entre ellos, para que en el último momento los líderes trepen corriendo hasta lo más alto. Entre el anonimato de todos ellos, este belga obtuvo cierta relevancia gracias a su colección de farolillos rojos.

«¿Qué haces dentro del pozo?»

El prestigio del último es un fenómeno antiguo. De los ciclistas que corrieron el primer Tour en 1903, la historia recuerda a un puñado de los mejores Garin, Pothier, Aucoutourier—… y a Arsène Millocheau, que fue el peor con sesenta y cinco horas de retraso, casi un Tour entero de desventaja.

A los pocos meses de que Vansevenant obtuviera su primer farolillo en 2006, en Italia murió con ochenta y seis años Luigi Malabrocca, el modesto pero famoso maglia nera. Entre 1946 y 1951, el Giro de Italia otorgó al último clasificado un maillot negro y un premio en metálico, que desató batallas pícaras entre algunos ciclistas de aquella Italia hambreada de la posguerra. Malabrocca fue un especialista del escondite: se ocultaba en los bosques, en los graneros, en los bares, mientras el pelotón volaba hasta la meta. Cuenta el periodista Marco Pastonesi que un campesino de los Dolomitas vio una figura extraña rondando su granja, salió a investigar, se asomó al aljibe y encontró dentro a Malabrocca. «¿Qué haces ahí?». «Estoy corriendo el Giro de Italia».

La especialidad exigía discreción y capacidad de cálculo, y por ahí se le escapó a Malabrocca el maillot negro de 1949. En la última etapa necesitaba llegar dos horas más tarde que Sante Carollo, su eterno rival en estas tretas. En aquella época no se aplicaba el límite máximo de tiempo. Así que Malabrocca se bajó de la bici en plena carrera y se metió en un bar. Según Pastonesi, Malabrocca tomó un trago y luego aceptó la invitación de un admirador, que quiso contribuir al triunfo de su ídolo llevándoselo a casa para enseñarle su equipo de pesca. Al fin salió de la casa, pedaleó con placidez hasta Milán… pero en la meta ya no quedaban jueces ni cronometradores. Malabrocca corrió a buscarlos por la ciudad para avisarles de su llegada. Como no lo habían visto llegar, los jueces decidieron otorgarle el mismo tiempo del último grupo que había alcanzado la meta. Así que no consiguió perder el tiempo suficiente, acabó penúltimo y se quedó sin premio. Malabrocca, que no era un mal corredor (ganó quince pruebas como profesional, incluidos dos campeonatos de Italia de ciclocrós), lució en su palmarés los maillots negros de 1946 y 1947 y además inspiró una obra de teatro estrenada en 2009.

A los dirigentes del Tour, en cambio, no les hacía ninguna gracia la repercusión que obtenían algunos farolillos rojos, porque propiciaba escenas ridículas entre los ciclistas que remoloneaban para obtener el título. El austriaco Gerhard Schoenbacher terminó último el Tour de 1979 y ese invierno el patrocinador de su equipo le prometió una prima si conseguía otra vez el farolillo. Así que en 1980 se vivió una lucha (o mejor: una descarada ausencia de lucha) entre Schoenbacher y Philippe Tesnière, farolillo de 1978, a la que los periodistas dedicaron crónicas y entrevistas jocosas. Los organizadores, mosqueados con aquellos ciclistas que se empeñaban en acumular retrasos, se inventaron una norma insólita en pleno Tour: entre la decimocuarta y la vigésima etapa (ese año había veintidós), al final de cada jornada eliminarían al último de la clasificación general. Schoenbacher se apañó para remontar uno o dos puestos todos los días, esquivar la guadaña, perder tiempo en las dos etapas finales y acabar último de nuevo. La historia acabó torcida: el mismo día de la llegada a París, Schoenbacher recordó el asunto de la prima, su director deportivo le dijo que no había nada de eso, tuvieron una bronca y Schoenbacher acabó despedido del equipo.

«Dice que no le importa»

Wim Vansevenant, 2007. Fotografía: Cordon.

Vansevenant no llegó a cobrar primas ni a esconderse en los bares. Tenía la amenaza del fuera de control y las obligaciones permanentes de trabajar para su jefe. Pero en el Tour de 2008 no perdía de vista la clasificación y vigilaba para que sus rivales del fondo de la tabla no cedieran demasiado tiempo. «Es capaz de ponerse en cabeza y tirar del pelotón cuando hace falta», dijo su director Marc Sergeant, «y luego tiene la experiencia necesaria para saber que debe relajarse y llegar a meta con el menor cansancio posible, para trabajar de nuevo en la etapa siguiente. Por eso, su empeño por quedar el último no es un problema, porque cumple siempre con su trabajo. Si Evans ha estado cerca de ganar este Tour, es también gracias a él».

Vansevenant fue último desde la tercera etapa hasta la decimonovena, día tras día, mientras otros muchos se retiraban. «No le doy importancia», declaró al final de la decimoctava. «Tengo mucho trabajo ayudando a Evans como para preocuparme por el farolillo rojo. Llevo un par de días sin mirar la clasificación». Sin embargo, sus compañeros de equipo contaban otra historia: «Hace unos días le gastamos una broma», dijo Mario Aerts. «Le engañamos diciéndole que Mathieu Sprick había acabado dieciocho minutos por detrás de él. Dijo que le daba igual la última plaza, pero estaba muy nervioso hasta que comprobó la clasificación».

En la decimonovena etapa, Vansevenant terminó de arropar a Evans, lo dejó bien situado en un pelotón que ya lanzaba el sprint y un poco antes del último kilómetro se dejó llevar. Cedió un minutillo, como para reforzar testimonialmente su desventaja. Sin embargo, se le despistó un rival inesperado, el austriaco Bernhard Eisel, que venía mucho más atrás con un grupo de nueve náufragos. Vansevenant no contaba con él, porque Eisel le llevaba trece minutos de ventaja en la clasificación, pero ese día Eisel perdió casi catorce y de pronto, cuando solo quedaba un suspiro para llegar a París, le arrebató el farolillo rojo por apenas cuarenta y dos segundos.

En la contrarreloj de la penúltima jornada, Eisel, como último clasificado, fue el primer ciclista en tomar la salida. Detrás de él salió Vansevenant, controlando los tiempos y pedaleando siempre un poco más despacio que su rival, con un ojo puesto en los cálculos para no llegar fuera de control. Al final, Vansevenant fue 1 min 35 s más lento que Eisel y cayó de nuevo a la última posición por apenas cincuenta y tres segundos. Iba a pasar a la historia con su tercer farolillo rojo.

Pero aún quedaban las vueltas por París.

Como dicta la costumbre, el pelotón paseó mientras los fotógrafos tomaban imágenes de los campeones saludando, sonriendo y brindando con champán. Luego los ciclistas volaron por los Campos Elíseos, hubo ataques de último momento, los equipos de los velocistas marcharon como locomotoras, lanzaron el sprint por la victoria tan prestigiosa en París, Steegmans dio el último golpe de riñón y levantó los brazos, levantaron los brazos Sastre y sus compañeros, los demás ciclistas se estrecharon las manos, se abrazaron, se felicitaron después de dar la vuelta a Francia hombro con hombro durante 3558 kilómetros. Y un minuto más tarde aparecieron en la última curva dos ciclistas descolgados, que pedaleaban parsimoniosos y recibían los aplausos del público con una sonrisa irónica: Eisel y Vansevenant, en las posiciones ciento treinta y ocho y ciento treinta y nueve.

Eisel había dejado de pedalear a falta de un par de kilómetros y había tratado de rezagarse con disimulo. Pero Vansevenant le aplicó un marcaje fiero y se descolgó junto a él. Eisel se resignó, sonrió, le dio una palmadita en el hombro a Vansevenant y pedalearon juntos, de paseo hasta la meta.

En la salida de esa última etapa, Vansevenant había lanzado ante los periodistas una broma que en el fondo escondía una advertencia.

Se lo he dicho a Eisel. Estoy dispuesto a hacer una carrera de caracoles en los Campos Elíseos.

Y así, pedaleando lo más despacio posible, pasó a la historia del ciclismo.

6 comentarios

  1. Excelente articulo, gracias por escribirlo. Me he “jinchao” de reir. Y además he podido apreciar el ciclismo como no lo había hecho antes : )

  2. Divertidísimo artículo.
    Yo siempre salgo a pedalear solo. Hasta ahora, jugaba a fugarme de mis imaginarios perseguidores. A partir de ahora, me imaginaré que tengo a todo el pelotón delante.
    Menuda coartada me has dado, Ander.

  3. Un apunte, el director de Gerhard Schoenbacher en 1980 era Patrick Lefevere, director del ahora QuickStep

  4. Gran artículo que me he devorado con una constante sonrisa de oreja a oreja a medida que iba leyendo palabras.

  5. En suma, siempre se puede ganar…. Articulo muy interesante, para los que no conocemos los reglamentos y reconocimientos de los giros.

  6. apreciado andar, genial tu artículo, un abrazo alejandro desde colombia

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